Sistema dimisionario

Que jaqueca nos ha dado en esta península moteada de insularidades crispadas con la gratuidad de exigir dimisiones a troche y moche. Que pereza. Empezar la casa por el tejado, un empeño de finiquitar la obra sin haberse leido los planos, sin tener a mano un perfilador de destino con el que diseñar algo más allá de la rabia por tener tornillos de sobra, tablones de menos. ¿No nos hemos dado cuenta todavía que una mayoría absoluta no precisa de cambios de cromos para dejar de ser lo que es, lo que pretende apuntalar en cuatro años que pasan volando? ¿Qué un ministro antipático menos es un sustituto con el mismo manual de instrucciones de manera inmediata? Si el escenario político se compusiera de carteras autónomas, iluminadas todas por un grupo parlamentario plural y capaz de enchufar y desenchufar las reacciones sociales en función de como se vayan encendiendo ciertas bombillas blandas estaríamos situados en un plano evolutivo que, por esencia, se desprendería de esta sinrazón organizativo en menos que grazna un ciudadano.

FdezDiazGallardonDe eso, lamentablemente, no va la cosa. Indignado votante conquense o palentino, por situarnos en la estepa electoral donde se dilucida el equilibrio bipartidista, no desgaste sus gélidas cuerdas vocales en este invierno repetitivo. Reserve sus energías para menesteres de mayor empaque en la aventura del tiempo de futuro. Tal cual está montado el asuntejo, los dos o tres diputados que se reparten en la mayor parte del espectro provincial (tanta CCAA para utilizar como manual de instrucciones electivo un mapa decimonónico tan arbitrario como injusto) seguirán siendo los mismos, vote lo que vote, brame lo que brame. Se quede en casa diciendo “conmigo que no cuenten esta vez” ó se decida por elegir la papeleta que refleje con mayor ahínco el cabreo sordo que le tienen en insomnio social hace ya no se sabe cuanto. Desentume las dudas, la búsqueda de nuevas respuestas. Por ahí su voto descabalgará junto a cientos de miles, todos al sumidero de lo no contabilizado, de tanta opinión popular que no se traslada al arco parlamentario ni en forma de representación humano ni, como mínimo, de escaño vacío que traslade la abstención, la espalda al proceso que ya se sabe repetido como muralla pringosa.

FdezDiazWertOnce millones de ciudadanos han permitido que una decena de ministros respiren en función de las diferentes familias que pelean por el poder en el Partido Popular, y ese equilibrio resulta imposible de restañar porque con lo de comer no se juega. Si el jefe de las fuerzas aceitunadas ordena o permite desechar las olivas más negras, más plásticas y contundentes a presión sobre los que, ahogados antes de tocar el agua, se sumergen en la esperanza de encontrar futuro restando kilómetros, no se enrabiete si dice que Diego es mejor que digo, y que por eso no dice nada que queramos escuchar. Si los tertulianos se apropian de la cultura para que el dogma sustituya a la razón, pelillos a la mar. ¿Qué la mitad de la población ve limitada su capacidad de obrar, siendo tratada como irresponsables potenciales frente a su propia osamenta? Déjelo estar. Total, a saber a cuanto corresponde el kilo de lobby transministerial con respecto al de ciudadano enviatuits.

Claro, puede ocurrir que usted se arrepienta de haber emitido su voto como quien cambia de marca de zumo; o de no haber ido al colegio electoral; o de no tomarse muy en serio esto de la política porque “total, después siempre hacen lo que quieren”. Pero también ocurre que una ley electoral distribuidora de bipartidismo y unos intereses económicos más o menos poderosos resultan más sencillos de sustituir y transformar que el hastío y la miseria de un par de generaciones completas. Mientras nos damos cuenta del asunto, no olvide tomarse la píldora de las decisiones pragmáticas y no haga caso a los Gallardón, Wert, Báñez y compañía. Aunque sonrían, tienen más que claro que no son más que un apellido favorecido y una voluntad quebrada, en manos del verdadero objetivo.

Suspenso antes del examen

suspenso1Septiembre no deja de ser antesala mohosa del comienzo real del curso. En esos últimos días, coincidentes con un alumbramiento otoñal que ya no deja hojas pero se empeña en recrear luminosas desbandadas de microondas temperaturas, rabiosas en la algarabía de las estaciones en exilio, no hay libros que desempolvar, mucho menos que forrar para lucirlos, lustrosos, ante camaradas en solfa, prestos de igual manera a hacer lo propio, esto es, germinar la envidia colectiva, de multilanzadera, para desencontrarnos en la sonrisa, en la algarabía de comenzar la época repetida que, no por ello, resulta menos florida. En este caso no; siquiera necesitamos acercarnos a los pupitres, mucho menos ver reposar su material lustroso, en lontananza nuestra desidia, a quienes realmente se examinan a nuestra costa. Estamos suspensos, exiliados, erradicados, abandonados, desterrados y ampliamente mutilados, sin respetar la terminación de huesos y extensiones arteriales o venosas a la hora de amputar cualquier conexión con la vida social, colectiva. Ampliamente deficiente es nuestra valoración individual y colectiva, sin paliativos, sin necesidad de reclamar segundas opiniones, reclamaciones docentes superiores. Antes de desenvainar escuadra y cartabón, anhelos sociales con vitolas de probo ciudadano, poco nos falta para que los barrotes hagan recorrer, con la velocidad del sonido metálico insondable, la antesala del destierro ciudadano.

suspenso2Lo sabemos, estamos conformados de esa pasta muy alejada del adecuado dente conciudadano. De esa manera nos pueden golpear, siquiera a razón de debate proyectivo en lo legislativo, sino a base de mamporro abusón realdecretivo, con silenciosos 10% de hachazo al Pacto de Toledo en forma de cobro a golpe de cama cancerígena, vuelo ultrasónico de becas que trashuman sin ánimo de regresar en la siguiente temporada a visitar el esfuerzo académico juvenil, y así un largo etcétera de extensas puñaladas frente no sólo a sus enemigos de clase sino también a aquellos inocentes cautivos de la fe en que el rico maneja con mayor sabiduría la estrechez que aquél que, siendo de su clase, exhuma desconfianza por alargar del terruño alguna extremidad para invertirla en calamidades de todas las bandas. Y, así, es oir el timbre ruidoso, estridente, que anuncia el fin del recreo, y las ganas de huir son todas unas. Y tantas. Y huimos. Y no hay verja. Y no puede haberla.

Consejos a los Ministros

El Gobierno, unos de los tres poderes fundamentales del Estado, junto al legislativo y el judicial, ostenta la responsabilidad ejecutiva, y la Constitución regula su composición y atribuciones en su Título IV. Fundamentalmente, el Presidente del Gobierno y los Ministros que lo componen ostentan de manera colectiva una función política, una función ejecutiva y una función normativa. En este último punto, desarrolla de manera directa una función de creadora, con el instrumento reglamentario denominado real decreto, así como de manera extraordinaria con los instrumentos que emanan de los decretos leyes y decretos legislativos, convalidables posteriormente para consolidar su rango legal por las Cortes. De igual manera, tiene atribuida la capacidad impulsora para el desarrollo legal al proponer proyectos de ley a las Cámaras, de cara a su estudio, debate y aprobación.

Lo que viene ocurriendo cada viernes y que, hasta la aparición de la Vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría frente a los diferentes medios de comunicación, nos tiene con el corazón en un puño (cuando aparece y resume el contenido de las decisiones tomadas, sencillamente, el puño se cierra para triturar nuestra esperanza), no responde al perfil de un órgano colegiado que debe reunir a sus miembros para apuntillar o debatir de manera profunda determinadas vías de gobernanza que deben encontrarse perfiladas antes de entrar a ejecutiva escena. Para nada. Los miembros del Gobierno son la representación de las familias que han convenido sostener a Mariano Rajoy como aséptico cabeza de cartel, con esa apariencia bobalicona de sólo creerse él que es un líder sin contestación y respaldado por la unanimidad de la formación conservadora, y esos grupos no entran a la sala con espíritu colaborador, como elementos integradores de un órgano en el que descansa una responsabilidad crítica a estas alturas del desbarajute nacional.

Semana tras semana, la conclusión que se extrae al conocer el contenido de cada reunión es que la tramposa improvisación lo chorrea todo de puertas adentro. Varios ministros andan a la gresca, y no es ningún secreto precisamente porque si se puede segmentar de alguna manera a los miembros del ejecutivo, éstos se dividirían entre aquellos que, de manera más o menos disimulada, gestionan sus ministerios orientados por los intereses privados que surcan sus futuras codicias, y los que se estrenan en primera línea política y que, entre torpezas dialécticas y egolatrías mesiánicas propias del acelerón inesperado en sus respectivas carreras, descansan sus posaderas cada viernes sintiéndose imprescindibles para el futuro de la nación, de su nación.

Una mayoría absoluta, tal y como funciona la dinámica de partidos en nuestro país, se convierte en cientos de escaños que esperan las decisiones de sus compañeros de gobierno para levantar la mano en señal de asentimiento con el objeto de respaldar las decisiones tomadas previamente, quien sabe si en el Consejo de Ministros o en la sede de la formación política en cuestión. Pero con tantos miembros desquiciados en sí mismos y entre ellos, que si un Montoro afrenta a un Soria, que si un Guindos despreciando a una Báñez, que si un Wert volando torpemente libre, lo normativo desemboca en permanente improvisación con la nada deliciosa inocencia de creerse competentes mientras bloquean por completo el sistema.

La última zarandaja vestida de real decreto fue alumbrada en el día de ayer, equiparando las obligaciones de los ciudadanos desempleados con determinadas responsabilidades penales en beneficio a la comunidad. A partir de ahora, los primeros se verán obligados a participar en tareas de extinción y limpieza en la lucha contra los incendios. En caso contrario, podrán dejar de percibir la prestación a la que tengan derecho o ser sancionados. Con decisiones como éstas es imposible vislumbrar los planes del ejecutivo desde una óptica general: la principal obligación de un desempleado es personal, para con sus planes vitales, y el poder político no puede arrogarse la potestad de decidir su futuro individual o colectivo utilizándolos como cuadrilla para lo inmediato. Si el monte se quema más de lo habitual, la responsabilidad se encuentra en el área de medio ambiente; si faltan medios para su prevención, la estrategia coordinada de algunas carteras queda en entredicho; si la acción policial para atrapar con rapidez a los responsables no funciona, el Ministro del Interior debería dejar tanta rueda de prensa reveladora de secretos y ponerse manos a la obra en lo que le compete. Si las cosas cada día funcionan de peor manera, los Ministros no deberían reunirse para dar consejos, y tal vez deberían recibir unos cuantos.

Racimos de inmundicia

En estos escasos cinco meses de gobierno popular, como le gusta recalcar al Presidente Rajoy para despejar supuestas responsabilidades ejecutivas, hemos descubierto, por su mero actuar, características sonrojantes de una amplia representación de los responsables de las carteras gubernamentales. De este modo, el tertuliano Wert ya nos ha dejado más que claro que es precisamente éso, un tertuliano de los que se relamen con sus titulares de pacotilla, dispuesto a gozar con el escándalo que provocan frases que son griterío de mesa redonda, sin más conocimiento del medio que sus propios complejos como elemento del lado derecho del saloncito de debate; Fatima Báñez ha demostrado que sabe emplear su aptitudes en rogar a la virgen del Rocío que la deje como está y en perfeccionar sus habilidades en juegos para móviles. Todavía está a tiempo de tomar unas lecciones sobre legislación laboral, si tantas obligaciones no se lo impiden; Fernández-Díaz ha interiorizado la maldad que se esconde tras la ciudadanía que exige derechos y respuestas, respondiéndole con el látigo y la cachiporra de sus fuerzas represivas; y, finalmente, Luis de Guindos continúa su exitosa senda de directivo de empresas potencialmente quebradas, y quien se hunde en un Goldman Sachs, bien puede hacerlo con un Estado que sí se parece a Uganda, pero en mutilaciones varias e irreversibles.

De lo que sólo poseíamos fundados rumores, a modo de silbido bombardero, era del gusto laboral del actual titular de la cartera de Defensa, Pedro Morenés, por el negocio armamentístico. Su pasado como consejero de la empresa de fabricación militar Instalaza (véase web al respecto) suponía, desde el punto de partida, una macabra concatenación de responsabilidades, a primera vista, incompatibles. Pero el ministro ha aprovechado el maremagnum de desastres económicos y polémicas decisiones de sus correligionarios de Consejo para pasar fabulosamente desapercibido en este plazo de gobernación. Hasta ahora.

Morenés, como decíamos, representó a la citada empresa de la cosa militar desde 2005 a 2007, año en el que se aprueba la Ley 53/2007, de 28 de diciembre, sobre el control del comercio exterior de material de defensa y de doble uso. A partir de ahí ocupó el puesto de representante hasta el pasado 4 de octubre de 2011, tal y como recoge el Boletín Oficial del Registro Mercantil. Instalaza, entre su variado surtido de productos destinados a la excelsa decoración de un entrañable escenario bélico, mantenía como producto estrella en su catálogo las tristemente famosas bombas de racimo.

Pues bien, el artículo 8 de la citada ley limitaba la adquisición de determinados elementos armamentísticos, recogiendo lo dispuesto en el Tratado de Dublín. Una de esas limitaciones, en el marco del Derecho Internacional, hace mención al uso, almacenamiento y fabricación de las bombas de racimo, trampas diseñadas para causar la amputación y destrozo de máxima salvajada en los cuerpos vivos que tuvieran la desgracia de tropezarse con su mortífera presencia. No obstante, Instalanza decidió reclamar al Estado español, por supuestos incumplimientos contractuales, una indemnización de 40 millones de euros en concepto de desagravio por la prohibición aprobada, reclamación anunciada desde mayo de 2011 por lucro cesante de la corporación. Efectivamente, Pedro Morenés era su representante por aquellas fechas.

Cabría entender que desde su nueva responsabilidad de salvaguardar los intereses públicos en el área de defensa, Morenés habría optado por recusarse motu proprio del contencioso mencionado que, por supuesto, ha seguido su curso impasible. Pues los caminos excrutables del señor de la guerra parece que marchan por derroteros más silenciosos pero igualmente inmundos: supuestamente, Instalanza procederá a revender esa deuda adquirida con el Estado para que sea una tercera entidad la que se encargue de cobrar directamente de las arcas públicas, salvaguardando miserablemente la conexión del ministro en el entuerto belicista de esos podridos intereses del dinero sobre la vida, de la responsabilidad colectiva por debajo de la codicia que arrebata futuros.

En breve, cuarenta millones de nuestra saqueada tesorería, que ha visto como se ha llenado de nueva deuda para sanear un sector que decían inmaculado y ejemplo de gestión como el financiero, saldrán rumbo a indemnizar la decisión de no permitir la compra de artefactos que buscan aumentar el dolor y el martirio de víctimas siempre inocentes, más aún cuando éstas son niños que, años después de lanzadas las bombas, tropiezan con ese 30% de rango de fallo reconocido que queda enterrado en territorios devastados, confundiéndolas con una lata-juguete, una pelota-juguete, una muerte-juguete.

Wertguenza de ser ciudadano de la marca España

José Ignacio Wert, el miembro del Consejo de Ministros que ostenta el particular farolillo rojo de valoración entre la ciudadanía, no deja de haber sustentado su negativo logro en una amalgama torpe de chascarrillos inoportunos, meteduras de pata hasta propias de la novatada ministerial pero, fundamentalmente, en el proceso traslativo mal ejecutado que va de contertulio opinadetodo a responsable de tres carteras plagadas de asuntos candentes, informativamente en portada perpetua. Es significativo su nombramiento, alejado de cualquier quiniela más o menos arriesgada, ya que su aparente alejamiento de la primera línea política se fechaba a finales de 1987, cuando renunció a su acta de diputado por PDP, una minúscula formación de derechas que hacía de útil rémora en coalición con Alianza Popular. A partir de ahí, su devenir ha transcurrido fundamentalmente en ese limbo profesional que se califica como “sector privado”, pero que suele enlazar responsabilidades de tipo asesor en estrecha relación con cúpulas directivas afines al poder público, en este caso el que emana a la derecha de las corporativas imágenes. Tan cerca y tan de derechas como haber desarrollado la responsabilidad de adjunto al Presidente de BBVA, Francisco González.

José Ignacio Wert, un hombre sin piedad (Foto:Claudio Álvarez)

De esa faceta sustentada en la discreción, tanto desde un silencioso escaño llegado de provincias norteñas como en la segunda fila de la gestión privada, el ahora Ministro de Educación, Cultura y Deportes mutó sorpresivamente hasta desarrollar un personaje entre graciosete y ácido que comenzó a ganarse la vida, o a perderla, de plató en radio, de medio en cuarto, como contertulio profesional de cualquier materia que le pusieran a bien en el plato. Que el ánimo titiritero le viniera punzando desde la mocedad o que fuera producto de algún abandono en la cuneta de los favoritismos no está muy claro desde el gallinero analítico de éstas y tantas historias de bandazos mecánicos, pero que tenía madera de polemista insurrecto, no cabe ninguna duda.

A su llegada a la triple corona ministerial se produjeron reacciones desde todos los ámbitos y desde todas las casas, si bien el mensaje más repetido descansaba en una mescolanza entre simpatía lejana y confianza con el rabo del ojo a medio abrir. Un tío majete, decían muchos, acostumbrados a sus comentarios en aspectos que no resaltan posicionamientos de materia sensible: gustos musicales, cinematográficos, gastronómicos… no son anzuelo para pescar sustento del bueno, ideología o propósitos en caso de darle el timón al marinero errante.

En un trimestre, José Ignacio Wert no debe ganar para zapatero, porque ha metido la pierna en fango hasta las rodillas, y así un día tras otro; algunas veces, a propósito y con preparada sarna, como la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía utilizando como argumentos laterales mentiras tan despreciables como el equívoco de confundir manuales obligatorios con libros de ensayo, en lugar de cumplir con el santo mandato de la órden liberal y modificar el plan educativo sin berenjenales justificativos. Total, vamos a reforma por legislatura, a destrozo por rotura y, ésta, por mutilación. Pero no, el tertuliano no puede evitar emerger en momentos de disputa de hemiciclo y, en la confusión de un plató por el recinto donde descansa la Soberanía Popular, es capaz de utilizar argumentos a sabiendas de su improcedencia, con el único ánimo contractual de cumplir su papel de discutidor, de llevar la contraria valga lo que valga.

De ahí hasta hoy ha venido cayendo en impertinencias con sonrisa, patriotismo de taberna (generalizar la nación francesa con el mensaje humorístico de un programa televisivo sólo está al alcance de un cazurro con posibles), inhábil manejo de las redes sociales así como demostración suicida del nulo dominio del vocabulario y los correspondientes significados (glorioso por sorprendente la afirmación, primero, acerca de que la victoria en las elecciones generales del PP había sido “no por mayoría absoluta, sino universal; y, finalmente, tras la difusión de la incultez ministerial por parte de Ignacio Escolar en Twitter, responder con mayor brutalismo dialéctico haciendo la siguiente afirmación: en el texto se explica que “universal” quiere decir en casi todas las circunscripciones ¿Acaso no es cierto? Ya le respondemos nosotros, comisionista de la cultura: NO) y un arte exclusivo para meterse hasta en fregados de edificios que le vienen a desmano (los manifestantes apaleados en Valencia ahora son delincuentes, ahora no, ahora de nuevo sí y, además, extremistas conocidos…).

Todo ésto y, visto su comienzo de campeonato ministerial, lo que vendrá con certeza en las próximas jornadas, le hacen ser firme candidato a mantener esa posición privilegiada de Ministro más denostado por la ciudadanía, liderato conseguido a pesar del ambicioso arreón de sus perseguidores para alcanzarle, con reformas laborales esclavistas, subida de tributos, recortes por doquier, etc. Pero Wert no flaquea. Todo este incompetente proceder puede producir estupefacción, indiferencia, desasosiego y hasta resignada tristeza, pero nada más allá de lo esperado por un responsable del ramo en la hora que toca gobernar a la amplia derecha (la labor de Esperanza Aguirre puso el listón demasiado alto). Hasta hoy.

Las afirmaciones del ministro, en una entrevista (cómo le gustan, cuanto tiempo tiene para mantener su reverso de tertuliano incontenible) concedida a la cadena COPE, resultan repugnantes e ideológicamente viscerales. Wert ha afirmado rotundamente que las corridas de toros merecen especial protección por comprender un elemento fundamental de la marca España y que, por tanto, el Ejecutivo busca fórmulas para resaltar su aspecto cultural. Por lo tanto, para este individuo de eterna sonrisa roedora, la tortura y linchamiento de un hervíboro mareado hasta su insensible ejecución sumaria es, per se, una característica esencial de nuestra representación nacional, un elemento del que emana la sustancia que queremos trasladar al resto del planeta como consustancial a nuestra forma de ser y proceder. Y lo afirma el mismo que defiende un sistema de becas basado en la excelencia sobre la renta del alumno, en sus calificaciones independientemente del nivel de ingresos familiares del potencial receptor. En cambio, que las sangrientas palizas taurinas apenas atraigan público a las plazas no es óbice para extraer la conclusión de que cada día despiertan menor interés entre la población patria, que no hay resultados académicos que respalden la potenciación de su actividad. Sangre por sangre, España cañí para un ruedo desierto. Para sostener el negocio miserable que cultiva violencia injusta y desproporcionada a un animal indefenso y cautivo, que traslada a las nuevas generaciones valores ajenos al respeto por el entorno y por los propios semejantes, que verte sangre rendida para alzar a un héroe cobarde y aventajado, para toda esta inmundicia social, el ya sin paliativos miserable José Ignacio Wert sí tiene capital, carece de dudas, ahonda en su pigmentación de camaleónico provocador y, por desgracia, nos recuerda de la manera más eficaz posible que el empobrecimiento de España no se ciñe exclusivamente, ni mucho menos, a su realidad económica y financiera.