¿Votamos o compramos?

Si retiramos los eslóganes finales, si nos presentan estos poco más de treinta segundos de campaña comercial indefinida, resultaría complicado saber exactamente qué producto están ofreciendo a nuestro desnutrido bolsillo. Lo que sí resulta cristalino es que tras tanto paisaje, tras tanto físico deslumbrante, tras tanta afirmación con expectativas de consumo, cualquier ciudadano sin Delorean en sus neuronas tendría claro que el emisor de las secuencias con ánimo de sosiego mercantilista persigue que, una vez finalizado el látigo devorador, salgamos raudos al establecimiento más próximo a requerir que nos surtan de lo suyo, de lo que malamente venda. Pero no, retírense de los escaparantes más cercanos, porque hasta y sólo el 25 de mayo podrán formar parte exclusiva del producto que les pone en bandeja este anuncio. El destino se denomina “colegio electoral” y la corporación que les insta a acelerarse en busca de su mercancia no es otra que el Partido Popular. ¿Y el candidato? ¿Y alguna pista sobre sus propuestas para que los ingredientes no se nos indigesten? Ni rastro, que eso de separar consumismo con representación electoral es de un rojerío que hágaselo ver.

El PSOE dice, y dice bien en su trailer para el preverano 2014, que su intención principal pasa por mover Europa. Visto el ritmo activo de los actores que secundan su propuesta, y retirando de la misma manera siglas y colores, resulta evidente que no han sabido, o peor aún, no han querido transmitir a la compañía de comunicación que se encarga de esta campaña que el público objetivo es el conjunto de la ciudadanía a través de una ideología, una manera de entender Europa. Cuando los treinta segundos de spot se funden en negro, a lo más que alcanza el ideario visual y sonoro es a tentarnos con salir raudos a comprar leche hipedesnatada, enriquecida con omegas varios, para que nuestro corazón no palpite frenéticamente al ritmo de la desazón política. O quizás la socialdemocracia española pretenda realizar un viraje inmediato en su objeto social y ahora esté interesada en dedicarse a la organización de carreras populares o subidas verticales por estas tierras en llamas.

Europa1En formato gráfico la cosa no mejora. En la cartelería sí que los candidatos bicéfalos parecen condenados a “dar la cara”, pero a medias. Elena Valenciano no parece cómoda sin arropar su gaznate en este tiempo entre textiles, a medias entre el pañuelo de una damisela de Serrano y una activista alejada de gritos y fronteras. Se pretende un palestino, pero se queda más cerca de Estrasburgo que de Gaza, que eso pretende la cosa inamovible. De la unión fiscal, de los equilibrios ciudadanos en la Europa comunitaria, de las reclamaciones para que desaparezcan los lobbys que marcan tendencia inagotable en cuanto a la lucha desclasada se refiere, ni jota, ni soe. Sí se encuentra, en cambio, la “P” de perdidos en una envidiable foto-carnet que la arrimará a Bruselas de la misma manera que a los millones de despistados socialdemócratas españoles les aleja de la más mínima esperanza de encontrar bajo el puño y la rosa alguna predicción progresista en cualquier futuro próximo.

Europa2Y para no desentonar con la alianza de intereses a ambos lados de las urnas, siempre en busca del desapego más quejumbroso, de esa necesidad de parecer que te activan cuando no hay mayor somnolencia electoral que hacerte bostezar a propósito, Arias Cañete y los suyos no se quedan atrás. Ambos dejan claro en sus respectivas cartelerías que rojo y azul son colores que monopolizan, que buscan inundar nuestra inconsciencia para que no veamos más allá, ni mas acá. “Lo que está en juego es el futuro”, situado frente a un señor entrado en años (y no busquen más entradas perversas, que de los juegos dialécticos sabemos cuando retirarnos), y una mirada difusa entre el añil, los brillos, y unos binóculos que realzan párpados y pestañas en búsqueda de abrazos comunes. Ni vemos su futuro, ni nos resulta sencillo justificar su pasado, pero se obstina en remarcarnos que algo va “en la buena dirección”, y de no ser el colesterol y la carga triglicérica del protagonista, resulta complejo acompasar la señal con algún mensaje clarividente.

¿Votamos o compramos? Las dos grandes estructuras políticas, a pesar de sus más que pronosticable debacles en intención de voto, ¿nos tratan como consumidores a conciencia o se les ha acabado el repertorio de lugares comunes? Resulta evidente que enviarnos lejos de las urnas, tal y como están sus evidencias, les resulta más beneficioso que animar a votantes del pasado a encontrarse el domingo, tal vez, con ganas de doblar otros comodines, de ponerse de puntillas a ver qué hallazgos pueden encontrar en los estantes superiores.

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Sistema dimisionario

Que jaqueca nos ha dado en esta península moteada de insularidades crispadas con la gratuidad de exigir dimisiones a troche y moche. Que pereza. Empezar la casa por el tejado, un empeño de finiquitar la obra sin haberse leido los planos, sin tener a mano un perfilador de destino con el que diseñar algo más allá de la rabia por tener tornillos de sobra, tablones de menos. ¿No nos hemos dado cuenta todavía que una mayoría absoluta no precisa de cambios de cromos para dejar de ser lo que es, lo que pretende apuntalar en cuatro años que pasan volando? ¿Qué un ministro antipático menos es un sustituto con el mismo manual de instrucciones de manera inmediata? Si el escenario político se compusiera de carteras autónomas, iluminadas todas por un grupo parlamentario plural y capaz de enchufar y desenchufar las reacciones sociales en función de como se vayan encendiendo ciertas bombillas blandas estaríamos situados en un plano evolutivo que, por esencia, se desprendería de esta sinrazón organizativo en menos que grazna un ciudadano.

FdezDiazGallardonDe eso, lamentablemente, no va la cosa. Indignado votante conquense o palentino, por situarnos en la estepa electoral donde se dilucida el equilibrio bipartidista, no desgaste sus gélidas cuerdas vocales en este invierno repetitivo. Reserve sus energías para menesteres de mayor empaque en la aventura del tiempo de futuro. Tal cual está montado el asuntejo, los dos o tres diputados que se reparten en la mayor parte del espectro provincial (tanta CCAA para utilizar como manual de instrucciones electivo un mapa decimonónico tan arbitrario como injusto) seguirán siendo los mismos, vote lo que vote, brame lo que brame. Se quede en casa diciendo “conmigo que no cuenten esta vez” ó se decida por elegir la papeleta que refleje con mayor ahínco el cabreo sordo que le tienen en insomnio social hace ya no se sabe cuanto. Desentume las dudas, la búsqueda de nuevas respuestas. Por ahí su voto descabalgará junto a cientos de miles, todos al sumidero de lo no contabilizado, de tanta opinión popular que no se traslada al arco parlamentario ni en forma de representación humano ni, como mínimo, de escaño vacío que traslade la abstención, la espalda al proceso que ya se sabe repetido como muralla pringosa.

FdezDiazWertOnce millones de ciudadanos han permitido que una decena de ministros respiren en función de las diferentes familias que pelean por el poder en el Partido Popular, y ese equilibrio resulta imposible de restañar porque con lo de comer no se juega. Si el jefe de las fuerzas aceitunadas ordena o permite desechar las olivas más negras, más plásticas y contundentes a presión sobre los que, ahogados antes de tocar el agua, se sumergen en la esperanza de encontrar futuro restando kilómetros, no se enrabiete si dice que Diego es mejor que digo, y que por eso no dice nada que queramos escuchar. Si los tertulianos se apropian de la cultura para que el dogma sustituya a la razón, pelillos a la mar. ¿Qué la mitad de la población ve limitada su capacidad de obrar, siendo tratada como irresponsables potenciales frente a su propia osamenta? Déjelo estar. Total, a saber a cuanto corresponde el kilo de lobby transministerial con respecto al de ciudadano enviatuits.

Claro, puede ocurrir que usted se arrepienta de haber emitido su voto como quien cambia de marca de zumo; o de no haber ido al colegio electoral; o de no tomarse muy en serio esto de la política porque “total, después siempre hacen lo que quieren”. Pero también ocurre que una ley electoral distribuidora de bipartidismo y unos intereses económicos más o menos poderosos resultan más sencillos de sustituir y transformar que el hastío y la miseria de un par de generaciones completas. Mientras nos damos cuenta del asunto, no olvide tomarse la píldora de las decisiones pragmáticas y no haga caso a los Gallardón, Wert, Báñez y compañía. Aunque sonrían, tienen más que claro que no son más que un apellido favorecido y una voluntad quebrada, en manos del verdadero objetivo.

Las elecciones vascas y gallegas, en titulares

Con el 100% de los votos escrutados en los comicios autónomicos celebrados hoy en Galicia y Euskadi, es hora de extraer las conclusiones a golpe de teletipo. Es el modo más veloz de llegar a una meta descafeinada, sin grandes sorpresas en ambos comicios, pero en la que rezuman tendencias y respuestas puntuales que resultan determinantes en cuanto al presente inmediato y el futuro nuboso.

– El desplome de los Pachis: El circunstancial tandem socialdemócrata de los Pachis (López-Vázquez), supone un histriónico fracaso lejos del tono cómico de aquel actor que aunaba ambos apellidos. Eso sí, el enfrentamiento ante las urnas de ambos en el mismo escenario dominical responde a cuestiones de circunstancial estrategia y, sobre todo, proviene de tronos de muy distinto fundamento. El líder del PSOE gallego enfrentó la contienda desde un altar ruinoso, dividido y que alcanzó a costa de la fragilidad de las familias desunidas. Por su parte, Patxi López ha tenido que soportar meses de gestión como Lehendakari a sabiendas que el mareo ante el 21 de octubre era debido a una silla con una pata rota. Hoy ambos saben que su futuro político resulta inexistente, aunque es probable que el dirigente vasco, como buen profesional de la cosa pública, presente resistencia desde nuevas trincheras.

– Los ganadores: Pocas encuestas se atrevían a poner en duda que las formaciones con mayor número de escaños a obtener serían el PP en Galicia, y el PNV en Euskadi. En el primer caso las cuestiones que se ponían sobre la mesa de debate dudaban de la capacidad de los populares para reeditar la mayoría absoluta, cuestión que hubiera abierto, automáticamente, la formación de alianzas progresistas para desterrar durante un cuatrienio a la formación popular del ejecutivo gallego. No obstante, Feijoo ha conseguido convencer a su más que fiel electorado de que se encuentra capacitado para plantear una política autonómica con cierta independencia de las tijeras madrileñas. Lo que resulta inexplicable es que existan tantos cientos de miles empeñados en apostar por un optimismo suicida, pero no es menos cierto que, una vez más, la báscula electoral D´Hont se presenta como la maquinaria que mejor manipula el peso de las supuestas mayorías: PSdeG, AGE y BNG suman el mismo número de papeletas que los conservadores, pero…

Por su parte, los 27 escaños obtenidos por el PNV los sitúan a la altura de los sondeos más optimistas para la formación jeltzale, donde mucho ha tenido que ver si inteligente estrategia en las tres provincias vascas de cara a contener el crecimiento de Bildu, fundamentalmente en Guipuzkoa. El empate a nueve diputados en la provincia con mayor afinidad abertzale ha conseguido contener posibles cercanías en el número de poltronas a repartir y, con ello, desterrar el terror que supondría para la formación de Urkullu verse obligado a ceder la lehendakaritza.

– Juego de pactos: Con el encuentro finiquitado en suelo gallego, la margarita de los pactos en el País Vasco tardará en deshojarse, a pesar que el panorama en cuanto al reparto de escaños estaba más o menos dispuesto. Nadie ha querido expresar de manera rotunda la hoja de ruta que piensa seguir en los próximos días de cara a conformar un ejecutivo estable en Ajuria Enea, si descartamos el rechazo incuestionable de las formaciones constitucionalistas a asomarse siquiera a la sede de Bildu. Al PNV no le llega con los nueve diputados del PP, mucho menos con lo que supondría una alianza que en Madrid echaría chispas; compartir tareas de gobernanza con el derrotado supremo tampoco supondría una lógica de estabilidad ejecutiva, menos aún cuando el pacto con los socialdemócratas, histórico durante las dos últimas décadas del siglo anterior, resultaría histriónico en la hoja de ruta de ambas formaciones en los tiempos que corren. Con todo esto, el entendimiento entre las dos escuadras nacionalistas parece inevitable, si bien el ritmo hacia la búsqueda del autogobierno no parece realizarse con la misma cilindrada, además de suponer una antítesis política en un supuesto Estado vasco de incierto futuro del mismo modo que sucedió con la alianza PP-PSOE, a sensu contrario, durante la legislatura anterior.

– La mayoría silenciosa que se queda en casa… el día de las elecciones: En ambas Comunidades Autónomas se ha escenificado en idéntico porcentaje el desencuentro de la ciudadanía con su expresión como ser político colectivo; más del 35% de los habitantes con derecho a voto ha optado por no participar de la denominada fiesta electoral a pesar de la realidad en la que nos venimos desenvolviendo, ésa que nos desprecia como soberanos de la voluntad de nuestros destinos.

– Palabras que dejan sin ellas: Cobardías en pocos caracteres como la que precede no merecen ser comentadas. Ni siquiera pueden leerse como emanadas de un ciudadano común y corriente, porque memeces así eran y son la manera en que Esperanza Aguirre ha entendido lo que significa la política. La degradación de esa estirpe que sigue sin entender que suponen los derechos y las libertades de una Constitución que nombran, enarbolan, pero no leen ni entienden, conducen a soportar este terrorismo léxico que mata la convivencia, extermina el diálogo, acribilla la tolerancia y asesina el desarrollo político y social.

– Mario Conde, cuatro años a la sombra gallega: Determinados resultados que se han producido en ambos comicios pueden resultar complejos de entender ante el panorama que se nos viene presentando a mutilante velocidad, más aún cuando la mayoría absoluta del PP gallego nos acerca rápidamente a ese rescate hasta ahora en pause por motivos tácticos. Queda la esperanza de comprobar que la ciudadanía desconcierta pero no asquea: poco más de diez mil papeletas se introdujeron en las urnas con las siglas del SCD del Conde del alto delinquir. Los votos nulos y en blanco, siempre con un nutrido grupo de fieles seguidores, le superaron ampliamente.

Andalucía y Asturias: Análisis post electoral

Andalucía y Asturias han bajado la verja de sus respectivas jornadas electorales. Por partes, porque ambas respuestas no tienen excesivos puntos de semejanza en sendas urnas colectivas, si bien algunos medios ya vienen haciendo una facilona lectura acerca de la supervivencia socialdemócrata como contención a las inmediatas medidas mutiladoras del Ejecutivo central. Error. Los ciudadanos, cuando afrontan su responsabilidad ante los comicios, mantienen una decisión individual dentro de una abstracción colectiva de deseo, no de objetiva decisión. De este modo, el elector introduce la papeleta apoyando tal o cual propuesta política con la confianza de ser acompañado por una mayoría atronadora, no realizando labores de analista calculando qué puede ocurrir en base a su minúscula apuesta, a su deseo no contenido. Desde esta perspectiva, los resultados que han arrojado ambos comicios autonómicos pueden recibir, y de hecho ya están recibiendo, cientos de especulaciones resumidas para dar de comer a la terna de especialistas políticos, ésos que hace menos de veinticuatro horas no supieron pronosticar, en ningún caso, los resultados al sur de España.

Andalucía: Y es que la inmensa mayoría de medios de comunicacion tradicionales sólo estaban pendientes de una supuesta mayoría absoluta conservadora que, al parecer, se estaba jugando al límite. El resto de opiniones parecían deseos más que estudios objetivos sobre el escenario electoral real. Nadie se planteó que los resultados estarían condicionados por un aumento en casi doce puntos porcentuales de ese saco egoísta denominado abstención. Que aunque el batacazo en número de papeletas del PSOE se mantuvo dentro de los límites predecibles (700.000 votos menos), el PP obtuvo un crecimiento de escaños inversamente proporcional a su generación de la más mínima ilusión programática, descendiendo con respecto a la anterior cita electoral en casi 200.000 apoyos ciudadanos. En toda esta parálisis de la fiesta democrática, IU ha sido la única formación con presencia en la Cámara capaz de movilizar nuevas afiliaciones electorales, con un aumento de 100.000 papeletas que le han permitido doblar su presencia y, a la vez, ser llave indiscutible de la gobernabilidad andaluza. Está claro que las derrotas en el ámbito electoral son tan relativas que, si bien es la primera vez en la etapa democrática que los socialdemócratas no se alzan como la fuerza más votada en Andalucía, a estas alturas el ganador de las mismas aparece como el mayor de los derrotados. Resultados como los obtenidos en la provincia de Sevilla, donde el PSOE ha obtenido una ventaja de casi nueve puntos porcentuales, han hecho imposible la remontada soñada por la formación conservadora, pero ahora se abre otro escenario de vital trascendencia; Julio Anguita, a la hora de afrontar potenciales pactos con otras fuerzas políticas, utilizaba una rotunda expresión: luz y taquígrafos. Así debe ser, como fue en Extremadura, y esa seridad en los planteamientos programáticos permitió al PP gobernar en minoría en lugar de ensuciar los principios y la dignidad de la coalición de izquierda porque sí . Los apoyos ciudadanos no deben entregarse por veleidades de corriente similar, por frenar supuestos peligros. El valor que se le supone a la democracia, al encuentro electoral como acto central del pacto social, nunca debe desterrarse mediante pactos sin contenido. En ese sentido, Cayo Lara no ha estado especialmente acertado en esta noche post electoral dando por hecho un gobierno de izquierda en la CCAA más poblada del Estado español, mucho antes de enfrentar la actitud del PSOE en esa inmediata negociación, en ese pacto donde los más de cuatrocientos mil apoyos progresistas han exigido una forma distinta de enfocarnos como sociedad, de afrontar el futuro bajo la dictadura de la soberanía popular, no de los mercados o la corrupción. Arenas, el señorito de la eterna sonrisa, tendrá con casi toda seguridad que buscar refugio en Madrid; habrá que ver como los triunfadores protegen bajo su ala al compañero derrotado, obligado a regresar a su patria para ser profeta cuando estaba en la cúspide de Génova y que retorna con los zapatos nada lustrosos.

Asturias: Y, a la misma hora, se concretó otra victoria ácida. El PSOE recuperó terreno pérdido con respecto a los anteriores comicios autonómicos y se alzó con un triunfo probablemente vacuo cara a obtener una aspiración de gobernabilidad en la Comunidad asturiana. El tramposo partido de Álvarez Cascos (Foro Asturias) planteó este adelanto electoral como un innecesario plebiscito al grito de conmigo o contra mí, entendiendo desde su pecaminosa óptica que él es Asturias y, el resto, enemigos de la patria. Pues esa especie de ególatra referendum le comunicó que unos cuantos menos creen que sea el líder amantísimo que necesita Asturias, repartiéndose éstos descreídos del ex Vicepresidente entre los brazos de PSOE, IU y UPyD. Las tres formaciones mejoraron en un escaño con respecto a la cita con las urnas celebrada hace, escasamente, cinco meses; poco tiempo para tanto cambio pero, sobre todo, para tanta abstención. Asturias también se ha quedado en casa en este dominical comicio, hastiada con los discursos de uno y otro lado, y el recuento total obliga a un entendimiento entre Álvarez Cascos y sus otrora compañeros populares, que no sólo se han estancado electoralmente sino que vieron restado su apoyo en unas miles de papeletas. Y obliga porque Foro no aparece como la fuerza más votada y, esta vez sí, necesita compañeros de camino, aquellos que le dejaron en la cuneta; los únicos que tiene, por otra parte. Y necesitará a las huestes impredecibles de Rosa Díez si el escaño que, a estas horas, sigue bailando por 150 sufragios, rueda uno de los sillones parlamentarios hacia el lado socialdemócrata, no permitiéndole cerrar un acuerdo de mayoría únicamente con las fuerzas de Mercedes Cherines Fernández. Salvo que, pese a todo, la ausencia de entendimientos permita gobernar, nuevamente, a la fuerza más votada. Entonces sí, el PSOE podrá descorchar, después de mucho tiempo, alguna botella de champán esta noche. O mejor de sidra y vino fino.

Las vallas electorales que no cesan

Si usted quiere participar de la fiesta de la Democracia, tome aire y respire hondo. Seguramente, estos vacuos consejos no le sirvan de mucho, pero al menos ganará unos segundos antes de bucear en la tensión horripilante que supone entender que, entre el espíritu del asunto y la realidad legisladora, la distancia entre los ciudadanos y sus potenciales representantes se vuelve un universo completito de agujeros negros y antimateria representativa.

En primer lugar, arremangado y dispuesto a hacer efectiva la honrosa voluntad de ser voz de una bolsa ciudadana más o menos dilatada, es hora de salir a batirse el primer cobre frente al envite iniciático de la LOREG. Avales y más avales son necesarios recaudar como demostración previa de una voluntad popular abstracta, ésa que, sin comprometerse, parece decir que nuestra formación política tiene cabida en las urnas futuras. En caso de que la saca no chorree nombres, apellidos y firmas, el escollo que se asoma en la primera curva se antojará definitivo para caer lesionados y sin posibilidad de recuperarnos a tiempo.

Quién sabe, tal vez nuestra voluntad de hacer efectivo el mandato democrático de la elegibilidad nos endurezca el ánimo y, de este modo, saltemos con esfuerzo la primera valla a sortear. Hecho ésto, olvídense de las rectas plácidas, pues someternos al antojo de los comicios exige una dósis extra de anabolizantes y esteroides electorales: mitines, pegada de carteles, aprovechamiento de la difusión masiva por medio de redes sociales, etc.; en definitiva, transmisión eficaz del concepto político hacia la zona del cerebro en el que resguardamos nuestras apetencias ideológicas, nuestra manera de entender el mundo. Así hasta ese domingo de uñas y dientes, de profunda tensión estadística y encuestas a pie de intención obsubjetiva. La culminación del ánimo democrático, de trasladar la voluntad ciudadana a los dignos recintos de la discusión política, vierten toda su intensidad en una jornada que ha derivado su solemnidad procedimental hacia una suerte de fanatismo futbolero, de rojo y azul a golpe de victoria o derrota hueca.

¡Albricias! límites y más límites sorteados, porcentajes locales, provinciales, nacionales y universales no han podido con la consciencia colectiva expresada en sobres y papeletas válidas, sin manchurrones rechazables. Estamos en línea de meta, respaldados por un puñado de escaños que, juntos y bien pertrechados, darán voz y batalla a miles de demandas invisibles. Nadie se acerca a nuestra espalda, la campanilla hace rato que nos ha alertado de que nos encontramos afrontando la última vuelta, tal vez la primera de muchas y exigentes pruebas. Pero… ¿qué es esa muralla de hormigón grisáceo que se levanta a toda pastilla sobre el recto horizonte? Nuevos límites, límites subjetivos; adiós mojigata LOREG, abran paso al despistado Reglamento del Congreso.

¿Qué usted ha obtenido cinco o más actas de diputado? ¿Qué se las prometía muy felices en su cabaña de grupo parlamentario propio? Stop, in the name of law. Cándido representante periférico, para armar la tienda de campaña en la Cámara Baja, necesita la base del 5% de los votos totales a nivel nacional. ¿Qué no los ha obtenido? No pasa nada, la norma es magnánima con el voluntarioso candidato minoritario, y le otorga carta de naturaleza grupal en caso de haber arañado el 15% en las circunscripciones en las que se haya presentado. Vaya, así que a usted le ha dado por rascar un escaño en tierras forales extrañas sin haber alcanzado ninguna de esas dos condiciones tan ligeras, meras normas de trámite al alcance de cualquiera. Pues entonces la generosidad democrática se hará carne en la noble Mesa del Congreso, que estudiará al detalle su caso para resolver acorde lo establecido en eso tan concreto denominado voluntad popular.

Y en éstas nos vemos. Quiso el rebaño que las ovejas de IU no siguieran descarriadas una legislatura más, y el 6,92% de votos totales computados salvó a la formación progresista de encontrarse ante la judicatura congresista. Pero claro, los dignos miembros de la Mesa ven con malos ojos que esos díscolos de Amaiur, que cambian de nombre como de estrategia (¡a los mayoritarios populares se la van a dar con queso Idiazábal!), vayan a recibir a estas alturas conmiseración democrática, y ahí busquen alojamiento en eso que llaman grupo mixto pero que sabe a salsa mal casada. Si hablamos de UPyD la cosa cambia, son situaciones radicalmente distintas, arguyen. La letra de la ley está para cumplirla… y para interpretarla.

Tener grupo parlamentario propio comprende fundamentales herramientas de acción normativa: presentación de iniciativas legislativas, acceso a las distintas comisiones del Congreso, tiempo de intervención en plenos y sesiones de control, etc. Pero, más allá de las consecuencias prácticas, se pone en valor el espacio representativo otorgado por los electores, se levanta o se retira la última valla para aquellos que llenan el minúsculo espacio que les otorgan las estructuras bipartidistas, bipolares. Qué tiempos aquellos en los que Coalición Canaria, con tres diputados acodados en la bancada peninsular, podían formar grupo parlamentario propio merced a la generosidad cedente del Partido Popular, que les prestaba a dos amiguetes de Soria o Ciudad Real a cambio de fieles manos alzadas, de intervenciones con oratoria pelotera y entregada. Los tiempos cambian, la legislación permanece. La interpretación de la misma, según de donde vengas, según lo que vayas a decir.

Un ciudadano, una expectativa de voto

Más allá de la inerte mayoría popular en los comicios del pasado domingo, el concepto destacado de tantas y tantas valoraciones post electorales tiene como análisis central la denostada normativa electoral que viene provocando no pocos desequilibrios en la relación elector-elegible. Y es cierto, innegable, que el camino hasta la urna, lejos de resultar una actividad ilusionante en la vertiente de protagonismo directo, resulta una frustración por el valor que acaba resultando de nuestra papeleta en la balanza de la correspondencia representativa. ¿A cuanto sale el kilo de diputado, oiga? Depende de la inflación poblacional y otros mejunjes de macroeconomía política, señora.

La transmutación del papel con siglas en carne y huesos congresista, de ese ejercicio comprometido que deviene representación irresponsable, efectivamente ha centrado multitud de foros, sesudos debates que, en ocasiones, desembocan en beligerancia simplista. ¿Un ciudadano, un voto? Jacobinismo del bueno, del puro destilado a base de calcetín con manchurrones; parece lo justo, lo obvio, el camino recto entre dos puntos que la clase política apabullantemente mayoritaria nos ha venido coartando con sus interesadas curvas paisajísticas, desentrándonos del placer visual del bosque con ese abeto en medio del escenario límpido. Ciegos interesados en el paraíso de los tuertos lúcidos; recordemos los resultados dominicales, con una mayoría absoluta inapelable de una formación que gobernará a pierna suelta y, a pesar de eso, no alcanzó el 45% del escrutinio global, del tal forma que un sistema de vía directa y poder ciudadano equilibrado conllevaría la ingobernabilidad permanente de la expresión política emanada de esa población de igual calibre. Peor aún, revolveríamos la paradoja hasta el extremo perpetuo de someter a las mayorías conscientes a la voluntad de las minorías imprescindibles para la sostenibilidad de la gobernanza más o menos estable.Vamos, lo que suele ocurrir ahora, pero para siempre jamás. La República italiana, desde 1945 hasta su perversión berlusconiana de obligada concentración bilateral, puede dar buena cuenta de ello.

No cabe duda que, a día de hoy y desde los albures de esa transición a la que se le ha corrido el rímel con las lluvias del especulativo invierno, el sistema electoral nacional no se ha mirado al espejo y, así, únicamente Izquierda Unida ha practicado una suerte de trágica trashumancia desértica, llorando en el valle lo que otros recolectan sin quebrar el lomo. Estos días se destaca cómo la justicia que supondría la urna sin forma de papelera hubiera dispuesto la multiplicación de los congresistas y voluntades de la formación progresista frente al panorama de la pureza electora. UPyD se ha subido al carro de esas reivindicaciones, pero su peregrinar por el sendero del desequilibrio electoral resulta diletante dado su inmediato crecimiento representativo y su manejo de la farándula propagandística sobre los programas asentados. Aún les quedan cabañas reales que recorrer para encontrarse en circunstancias de exigir el paso vallado por el kilómetro cero de ésto que supone hablar en nombre de cientos de miles de divergentes ciudadanos.

Seguramente resulte hipócrita conquistar una atalaya de opinión para saber que no se sabe nada, salvo que lo afirmado carece de razón. Algo es cierto, innegable, y debe ser el paso para restaurar, si alguna vez poseímos tal justicia en una nación cobarde desde la desesperanza que nos hace acomplejados por supuestos imperios repugnantes de antaño, el sufragio universal con maýusculas. Y ese caldo debe comenzar a hervir desde la propuesta socialdemócrata de eliminar, por obsoletas y responsables de la duplicidad de funciones y recursos, las Diputaciones Provinciales. De igual manera, ese debate obliga a arrastrar la inmediata supresión de las circunscripciones territoriales de igual denominación como termómetro iniciático de la voluntad popular segmentada. La división territorial que sirvió de base política a mediados del siglo XIX carece de trascendencia y espíritu objetivo en la España autonómica y, más áun, absorbe una cómoda excusa geográfica para aprovechar, meticulosamente, el estudio personalizado del elemento político; para más inri, compensar, de inicio, a cada provicia con dos diputados por barba, porque sí, como si éstos acudieran a la Cámara Baja por libre, con la defensa a capa y espada de sus electores por montera, aniquila a sangre fría cualquier voluntad de equilibrar los propios desequilibrios de un consenso de cuarenta y cinco millones de potenciales analistas políticos.

Cada uno de nosotros arrima el ascua a su sardina o, en este caso, a su filia ideológica o hooliganismo partidista. De éso hay poca duda, no nos caracterizamos por una objetividad generosa en cuestión de colores gobernantes. Somos aún así de impúberes democráticos. Lo que ocurre es que nuestro sistema político tampoco ha hecho mucho por sacarnos del cascarón y echarnos a volar. Tal vez nos ama tanto que se ha encargado de mutilar nuestras alas para que no abandonemos el nido timorato; o, más bien, esos tres quintos de consenso en sus cosas de clase política privilegiada parece que siguen entendiendo que, para que no nos pongamos de acuerdo, deben seguir marcándonos la hora de llegada tras disfrutar de eso que llaman la fiesta de la democracia.

Alea iacta non est

Desde este instante hasta el cierre de los colegios electorales restan veinticuatro profundas horas, aprovechable plazo para tomarse muy en serio una de las herramientas más directas para expresar la opinión que esta miseria que nos rodea provoca. Está claro que el proceso cuenta con décenas de trampas en su estructura, recuento y valoración de la opinión colectiva, triquiñuelas que han pasado inadvertidas en tiempos de opíparo despiste pero que fueron conscientemente implantadas por los padres y las madres de una transición que ya reconocemos no tan afortunada como la historiografía oficial había diseñado; también es notorio que el descontento frente a unos comicios aumenta exponencialmente en cuanto comprobamos cómo el poder político tradicional se demuestra cómplice o incapaz (o ambas cosas) de cara a emitir o construir respuestas siquiera que influyan en la esperanza diaria de las masas de ciudadanos excluidos a diario de la trampa del consumo. Estar en primera línea evitando desahucios que tapian viviendas vacías y expulsan dignidad a la noche fría, rebosar las plazas para construir respuestas dignas ante el enemigo sin rostro debe ser una constante permanente, porque ese mal avaricioso repliega en ocasiones vela, pero nunca abandona su misión de dominar nuestros mares con galas de rival mezquino, con técnicas de pirata al acecho en lugar de almirante de Armada, con la cobardía del que se sabe sucio aunque vista caro.

Mañana ganará el capital, como así ha sido desde la plácida muerte de la dictadura; sólo hemos venido asistiendo a una somnolienta continuación de una pobreza pactada, si bien estamos asistiendo a la derrota definitiva de la esperanza. Una mayoría absoluta del Partido Popular, comandado por un fracasado esclavo de sus dueños y, a la vez, de sus codiciosos subalternos, sin energía siquiera para verter mentiras más allá de su silencio de prisionero chivato, de franquiciado torturador, será tan terrible como esos gobiernos en minoría de falsa izquierda, sustentados en formaciones nacionalistas de la misma internacional conservadora de los ominosos populares; el capital siempre ha mandado, envileciendo de manera continuada los espacios de crecimiento ciudadano y de auténtico gobierno de todos.

No importa. Todavía es tiempo para nuestra esperanza, para echar el resto de la verdad y la razón a nuestro alrededor, para recordar que el limitado poder de la papeleta no debe ser, precisamente por ese particular en mayor medida, objeto de especulación minúscula. Nadie te pregunta qué actitud estatal hay que tomar para decisiones trascendentales en nuestro destino, menos aún lo harán para detectar tu compleja intención a la hora de votar con la intención de evitar ésta o aquella derrota balompédica del menos malo, para recolectar el espíritu completo del panorama que entiendes menos gravoso a tus inmediatos anhelos e intereses. La única respuesta se encuentra en la convicción, los principios, los valores. En definitiva, las pertenencias intelectuales e ideológicas que hemos ido acumulando en el trayecto de nuestros encuentros, lecturas, aprendizajes y, también, violentas resignaciones. Ahora es el momento de la valentía, de salir del colegio electoral conscientes de que cualquier oportunidad en la que podamos demostrar qué camino queremos tomar realmente no sea desaprovechada. Esta es una de ellas, de igual modo que el lunes debemos continuar con esa buena costumbre y aprovechar el empuje de la expresión democrática. No hay motivos para la pereza electoral, el recuento global en sí es una respuesta común a una situación sucia y trágica que no hemos manchado nosotros; al menos, siempre lo será en nuestra acción cotidiana, entrando y saliendo límpios de dobleces y estrategias en algo tan hermosamente primario cómo resulta expresar nuestra expresión global, aunque ésta se encuentre carcelariamente atrapada en un folio con nombres ordenados y blindados.

Esta noche y todas las siguientes, los seguros victoriosos ordenan inhumanos desalojos de familias expulsadas por un sistema que se sabe sin enemigos a los que acallar; las programaciones televisivas se inundan de casuales ofertas para contratar magníficos seguros de salud al mismo ritmo que la Xunta de Galicia bloquea las tarjetas sanitarias de otros tantos congéneres abandonados a su suerte de eterno desempleo. Vuelven las castas, las aulas y consultas sólo para quien las pague, y nos lo cuentan desde el juguete predilecto, el que rocía la adormidera envasada de hechos consumados, en monodósis inapreciables a corto plazo. De otra manera no se entiende las columnas millonarias de derrotados que se negarán mañana a razonar su seguro infortunio. Por eso, como siempre y a pleno rendimiento, durante la jornada dominical coloreemos las urnas con la alegría del voto honrado, de la extensión de nuestro compromiso consciente hasta el mensaje masivo de que no van a pudrir nuestro destino con su asesina avaricia.