Revueltas patrocinadas

Ahora que por Egipto se ponen lúgubremente de moda los tonos militares, da que pensar la supuesta estacionalidad de las revueltas que inundan las costas mediterráneas desde Tetuán hasta Latakia. Más de dos años después de que germinaran, supuestamente, masas floridas al albur de una democracia transmitida a golpe de tuit y “me gusta la libertad”, el calendario parece haberse detenido en plena insolación; Túnez soporta, a día de hoy, el mismo deterioro institucional, caos en los servicios y violación sistemática de los derechos humanos primarios con un dictador múltiple, sin rostro, el de sus propias cadenas oligarcas. A Libia mejor ni asomarse, presa de la venganza en cada esquina, con un Estado absolutamente fallido y la mutación (¿o sería más exacto recordar que no es más que la presencia, sin adornos externos, de la verdadera condición de la codicia?) de toda aquella troupé bendecida como “reformistas democráticos” en una suerte de señores diarios de la guerra por el control de la riqueza, cualquiera que ésta sea. Por Siria no se libran de sus propios libertadores, patrocinados con descaro por un interés mayor a cualquier apariencia cuneiforme de las primeras farsas en el innoble arte de la ocupación macroeconómica de los pueblos. Y de Egipto, ¿qué decir de Egipto? Tan asqueada de dictadores y tan amantes del totalitarismo, ansiosos por elegir y excitados por no aceptar sus propias elecciones. En todos estos casos, lo que allende sus respectivas fronteras se debate debería tener una postura uniforme, alejada de impulsar alienaciones en la opinión pública, favorable siempre a dos principios inmutables: la democracia y la protección y defensa de los derechos humanos. Pues depende, pues depende.

CORRECTION-GREECE-VIOLENCEEs lo que tiene intentar comprender por qué la turba se maneja contra uno, contra otros, o contra ellos mismos, en una sucesión de odios sociales que no parecen deslizarse en función de mayor o menor cantidad de polen de indignación en el ambiente. Allende nuestras fronteras, acostumbrados como estamos a no encontrar más enemigos que el abstracto villano del capital, representado en aquellos mismos a los que hemos entregado, con repetitivo desdén, nuestra confianza cuatrienal, ver imágenes de masas gritando y exigiendo, en lenguas interesadamente traducidas, valores supremos que damos como innegociables (a pesar de que se nos vayan dispersando, como calderilla revoltosa, a diario) nos emocionan. Si a eso le unimos montajes con musiquilla libertaria y un par de tomas de jóvenes en primer plano, los pelos como escarpia revolucionaria que se nos ponen.

Pero como el prisma del largo plazo suele ser mucho más sensato que secundar, sin miramientos, aquello que nos dicen que huele a violeta de la libertad, presenciar la segunda parte de algunos aconteceres que creíamos no iban a contar con trilogía deberían hacernos sospechar que los guionistas ocultos suelen inclinarse por exprimir al máximo la rentabilidad de sus productos. En casos como el egipcio, parece ser que el sufragio universal como cartelera del éxito de la floresta pasada no resulta adecuado cuando a los Hermanos Musulmanes nos referimos. Democracia sí, pero sin pasarse. Aquí no entran en juego mayorías, consensos ni negociaciones posibles, que no está el capital para patrocinar premiere al aire libre y que caigan chuzos de islámica punta. Para poder corregir ese desatino climatológico en lo electoral, siempre podemos contar con el héroe de turno (vease El Baradei y otros star de la oligarquía occidental de rostro árabe) y el estético despliegue de cámaras enfocadas hacia el plano adecuado.

Revuelta2Si a este lado del Mare Nostrum nos da por hacer de las nuestras, discutiendo la servidumbre del poder político a todos menos a quienes los han elegido, rechazando la alienación que resulta dar como hechos innegociables el sacrificio de un mayoritario lado para armar la fertilidad del que siempre gana fuera de las urnas, la estética de las mareas y las pancartas se torna, por obra y gracia de los patrocinadores, en una pira repleta de encendidos anti sistemas (¿es ese término rechazable per se?) que merece dispersar en mamporrero desorden. Entonces, dos costas se enfrentan en función del producto de sistema político manufacturado que se pretenda introducir. Por Siria llevan dos años erre que erre, y mira que les cuesta. Pero no hay salida, si el marketing exige frente libertario en busca del cambio de cromos, no hay valla publicitaria, ni sacrificadas abejas polinizando a diestro y siniestro que eviten la desertización de cualquier esperanza crédula.

Una gélida e inacabable primavera

El inevitable poder de la semántica ha venido contrayendo las esperanzas propias (que no ajenas, occidentales) de cambios positivos para el discurrir de la sociedad norteafricana y de Oriente Medio. La luminosidad de una primavera con plazas atestadas de valientes, sin temor frente a presuntas maquinarias inhumanas, se ha ido marchitando pero sin recibir apenas rayos de cálido efecto ultravioleta y, un año después, el escenario en el que permanece la esperanza continúa sin barrer, con olor a putrefacción política.

Desde nuestra analítica sociedad, presta a emitir juicios de valor acerca de realidades y territorios que se califican de ejemplares y peligrosos casi en el mismo párrafo, qué sencillo resultó asistir a un conglomerado de sesudas reflexiones acerca de elementos de leyenda que magnificaban la condición humana en cuanto valor de progreso colectivo. Capaz una sociedad semianalfabeta y dividida, acostumbrada a la supervivencia individual, en convertirse de la noche de los tiempos a la mañana del futuro en hormiguero ordenado frente a la Reina voraz. Aplausos, aplausos, de nuestras democracias, que no tardaron en ponerse públicamente del lado de aquellos sumisos habitantes de territorios-dique que, precisamente, optaban a derrocar a dirigentes amigables, bastiones de control ante el abstracto fenómeno del islamismo radical (como si Islam pudiera ser, en su esencia, poesía para despiadados), generalatos que obviaban la permanente agresión sionista a sus congéneres. Hoy Túnez y Egipto han perdido el rostro incómodo que consumía miles de estatuas y cartelones publicitarios de oda al dictador en el que centrar la causa-efecto-solución de las rebeliones, mas continúan comprobando como el poder sin rostro eterniza los mismos baches, idénticas desigualdades e injusticias. No importa, el analista allende los mares continuará acostándose con la satisfacción literaria de hacer creer, y hasta convencerse dogmáticamente, que todo está resuelto porque las santificadas redes sociales demostraron su eficacia una vez y volverán a hacerlo cuando se estime oportuno. Las redes sociales, el fenómeno de la interconexión tecnológica en poblaciones sin apenas acceso a estaciones de comunicación y con, precisamente, angustiosas realidades económicas como para estar provistos de smartphones, ipad y demás zarandajas de insensata digestión. Que cosas tan cinematográficas.

¿Qué fue mientras del día en que florecieron las rosas del desierto? En esa eclosión colorida de cambios esperanzadores, las fuerzas vivas de este lado del globo no quisieron ser pacientes para con las decisiones populares y arrancaron por soleares en Libia. Primero, una exclusión aérea y, para cuando quisimos darnos cuenta, teníamos a la representación del mal encarnado en rostro informe, empalado, golpeado y, finalmente, asesinado en plena calle como argumento de un futuro esperanzador en esto de la exportación democrática. Un año después, Amnistía Internacional viene denunciando la sistemática violación de los derechos humanos en la práctica totalidad de centros de internamiento visitados en el país beduino; las milicias continúan actuando con bélica impunidad, la inseguridad y falta de servicios es insoportable, regresando a tiempos de permanente conflicto tribal en un terreno arenoso que nunca aspiró a ser Estado.

Hoy toca Siria, y destruir así cualquier cordón umbilical con el escudo iraní, dejando al descubierto su viabilidad como Estado soberano. Nuestros medios de comunicación ya están ejerciendo su obligatoria avanzadilla de concienciación ciudadana en cuanto a lo que ocurre minuto a minuto de Damasco a Homs. No hay institución supranacional que valga ni convenio de cooperación que se precie que evite ser superado por la indiscutible verdad de nuestros gobiernos, que pierden el sueño de repente ante su destino universal en la protección humana allí donde se cometa una injusticia; ellos la detectan con eficacia meridiana, sobre todo cuanto más cerca ocurra del imperio israelí y más negro sea el suelo por donde se pisa. Eso es democracia, eso es primavera. Aprovechen que, como unas soñadas rebajas, ésta nunca acaba. Usted, que se informa escrupulosamente en prensa, radio y televisión, ya lo tiene claro.

Trilogía revolucionaria en el magreb: éxito de crítica y público

Debe ser terrible, de cara al show televisivo mundial, que las necesidades ciudadanas reprimidas y aplastadas durante décadas estallen incontrolablemente e impidan organizar convenientemente el batiburrillo de imágenes, anécdotas, escándalos y, en definitiva, carnaval de realidades puras o cocinadas que se mezclan y hornean para ser degustadas a las dos y a las ocho de la tarde.

En artículos anteriores analizábamos la inoportunidad de extraer facilonas conclusiones sobre la realidad desbordada en el norte de África en relación con la caída del muro de Berlín y, por ende, el castillo de naipes formado desde Moscú hasta Varsovia, Bucarest o Praga. La conclusión definitiva era la ausencia de un centro de poder y una política y vinculación común entre todas estas dictaduras mediterráneas, similares en su pleitesia yankee y sionista, encabezadas por dinosaurios ávidos de petrodólares, pero sin un plan común, sin una ideología que irradiara y justificara una vía de acción colectiva. Desde tiempos de Nasser o Ben Bella, el magreb carece de conciencia universal, ni tan siquiera ya emana de esas tierras el hedor anticolonialista que permitía manipular las mentes patrias para sostener sacrificios y esfuerzos.

Todo esto, a pesar de no quedarnos más remedio inicial que sospechar acerca de las noticias que nos acercan diariamente, hacía presagiar una explosión incontrolada, una mecha con varios destinos, presta a explotar como un caos inevitable. Pero no, a medida que pasan los primeros días de este año 2011, la movilización contra las dictaduras en el magreb se va rebelando en forma de revolución por entregas, por cómodos capítulos para no perder el hilo de la trama. Efectivamente, mientras se sucedían los hechos valientes en Túnez como historia principal de la primera parte, nos iban codimentando el guión con tímidas tramas paralelas; algunas manifestaciones aquí y allá, en Argelia o en Yemen. Consumado el primer acto heroico estrenan la segunda parte, comprobado el éxito de crítica y público, con Egipto como protagonista. En este caso se repite el esquema que ha arrasado en taquilla, con una población imparable y constante, valiente e inexpugnable frente al sátrapa incólume, que no da su brazo a torcer, pero perfeccionado en relación a su antecesor. Nos encontramos ante un archienemigo militar, más rocoso y mezquino, sin atisbo de debilidad y dipuesto a resistir hasta el fin de los días, todo esto aderezado por nuevas minitramas que nos iban anunciando ya los posibles derroteros de próximas entregas.

El triunfal desencadenamiento de esta perfeccionada trama de faraones modernos dio paso a la resolución de la intriga que ya acechaba a los consumidores de éxito popular, emocionados ante tanta leyenda histórica por minuto: ¿Cómo se resolvería la trilogía, con que nos sorprenderían para mejorar lo ya visto? Imposible pero cierto, Libia. A por todas, sin medias tintas. Nos sugerían que el protagonista podría ser Bahrein, Argelia, incluso Marruecos, pero se dieron cuenta que tenían que rematar la jugada a lo grande, no volver sobre los pasos andados.

Y en esas estamos, presenciando la más enquistada y violenta de las revueltas. Se cuenta, que no se ve, acerca de ciudades liberadas del yugo tirano, de miles de muertos bombardeados por aviones y tanques, de la incosciente resistencia del maligno, encerrado tras las torres de Trípoli a la espera de un enemigo que avanza pero no llega, que se ha organizado en un plis plas y ya controla la práctica totalidad del país. El final es conocido pero hasta que podamos disfrutarlo en pantalla de 50 pulgadas, a todo color, nos relamemos con los capítulos previos. Hasta ese momento nos quedaremos con las ganas de saber si están preparando cuarta entrega, pero parece arriesgado por si el nivel del espectáculo desciende. En estas epopeyas siempre hay un pero: algunas tramas paralelas nunca se concretan, pero mientras los espectadores asciendan la principal a categoría de leyenda…

Un movimiento ¿espontáneo? El magreb se mueve, Africa central ni se inmuta

Hace unos días, procedíamos a analizar, en esta misma sección, la inevitable comparación entre los hechos que se vienen sucediendo en el norte de África y su inevitable similitud con la caída de la URSS y el advenimiento de veloces revoluciones pacíficas en los países del Telón de Acero. En nuestra reflexión final, rechazábamos de plano cualquier paralelismo, centrándonos prioritariamente en la ausencia de una ideología común, un centro de poder que sirviera como as de un castillo de naipes, y la divergente realidad de cada Estado del magreb. En esos días, centrábamos nuestra mirada en los últimos días de Mubarak en el poder, aferrado al intento desesperado de escapar lejos del alcance judicial futuro y con su fortuna bien amarrada.

Túnez y Egipto viven en estos instantes procesos reformistas de los que poseemos un porcentaje insignificante de información en comparación con el show mediático, del gusto de las cadenas de televisión occidentales, que se formó en los días de revuelta y represión popular. Nada bueno parece que se esté cociendo cuando cientos de jóvenes tunecinos escapan diariamente hacia las costas italianas, mientras que en el país de los faraones los movimientos parecen más sólidos, pero en ambos casos sin rastro de los sátrapas huidos, y con una cúpula dirigente que continúa comandando, en sus respectivos países, ambos procedimientos abiertos.

El protagonista de 2011

A partir de ahí, miles de manifestantes en realidades tan alejadas como Yemen (país más atrasado de la península arábiga, con dictadura hereditaria en ciernes), Bahrein (príncipes petroleros implacables, pero a los que las fortunas y dirigentes atlánticos ríen las gracias, concediéndoles un GP de Fórmula 1) o Argelia (democracia manipulada, con un historial de terrorismo interno terrorífico) se han levantado sin importarles las brutales represiones que se han desplegado en cada uno de estos Estados. Y cuando todo parecía haber llegado a su cénit de sorprendente movimiento revolucionario colegiado, nos hemos vuelto a asombrar ante la firme rebelión en Libia, quizás el último territorio norteafricano donde se podía esperar una valentía ciudadana semejante. A pesar de haber sido para USA y Europa occidental parte del fantasmagórico, por inexistente, eje del mal; ejemplo de despotismo y negritud en cuanto a su realidad política y económica, cierto es que, gracias a sus magníficas reservas de petroleo de excelente calidad, mantiene un liderazgo incontestable en el continente en lo que respecta a niveles de alfabetización, sistema sanitario o formación académica. Que Gadafi ha sido el más hábil de los camaleones políticos surgido de la descolonización de mediados del siglo pasado es difícil de discutir, pero a diferencia de otros países de su entorno, la aniquilación de cualquier tipo de disidencia interna, la falta de respeto a los derechos humanos o la corrupción en todos los niveles de la administración pública no son características definitorias de la antigua colonia italiana, sino complementarias a otros elementos que hacen de la tierra de los beduinos un caso peculiar y complejo. Evidentemente, los elementos referidos anteriormente son consustanciales a los Estados mediterráneos de África, pero Libia es más que eso, no se le puede englobar en un saco demagógico. Libia es más para bien y para mal.

600 muertos en las calles, un despliegue militar sin piedad contra la población civil, un mensaje amenazante y sin titubeos a favor de la represión sin cuartel por parte del líder político, no es algo que pueda permitirse cualquiera. Mubarak y Ben Alí pueden dar fe. A primera vista, tanto USA como la UE (en el caso Libia, especialmente Italia) no parecen tener un interés especial en esta desestabilización de gobiernos proclives a vender sus riquezas naturales a buen precio y controlar un teórico “avance del islamismo radical”. Uniendo todo lo expuesto, algo no encaja. ¿Quien mueve las marionetas de la valentía con tanta precisión? El desarrollo de los acontecimientos, cuando la chispa arde, es encomiable, y demuestra el hartazgo de una población empobrecida y sin expectativas pero, ¿Quién enciende las mechas? Porque son varios cartuchos, no una sola carga. Es como si el barco se moviera pero la mar estuviera en calma, y los navegantes se marearan aterrorizados, sin poder asomarse para ver qué empuja la embarcación desde el fondo. Las declaraciones y los actos del gobierno norteaméricano y de los representantes de la política exterior comunitaria así lo dibujan.

Esta agitación pertinaz, imparable y, repetimos, misteriosamente coordinada en tiempo y empuje, choca y genera desconfianza por un segundo motivo, tan rotundo como el primero. La concentración de revueltas poderosas ha comenzado y se desarrolla en los Estados, a pesar de sus míseras realidades colectivas, más prósperos del continente africano. Mientras se despiertan nuevas revueltas y se avivan y fortalecen medidas de presión y resistencia en todos y cada uno de los Estados desde el Estrecho de Gibraltar al Canal de Suez, las miserias del África negra callan y dejan pasar de largo el tren del cambio. Territorios más acostumbrados a una cotidianeidad marcada por la violencia tribal, por guerras civiles sin fin, por milicias sanguinarias que protegen extracciones de rapiña para loor de las grandes multinacionales, por pobreza límite, difícilmente superable. Por hambre y muerte infantil masiva. En Chad, Congo, Liberia o Guinea no se mueve ni una rama, y eso destierra la leyenda, muy del gusto cinematográfico occidental, de que éstas son revueltas tecnológicas, coordinadas por hordas de jóvenes dominadores de las redes sociales y capacidad de burlar tecnológicamente la represión gubernamental, la censura interna. Más al contrario, sustenta que estas marionetas se guardan a buen recaudo en el baul del altillo.

¿Hasta donde llegará esta apasionante aventura de rebeldía necesaria, en todo caso? Como anécdota, esta misma tarde Intersindical Canaria, una organización sindical que sin ser mayoritaria en el archipiélago sí cuenta con una importante presencia en estratégicos sectores públicos y privados, ha emitido un comunicado en el que pide al pueblo canario que “siga el ejemplo de nuestros hermanos del Magreb para desterrar la avanzada neoliberal y de recorte de derechos sociales, desempleo y falta de oportunidades que nos imponen desde el gobierno del Estado español, en la calle con la lucha y la movilización social”. Demasiados hilos moviéndose entre los dedos de un escurridizo prestidigitador, agitándose al mismo son y gracias al ritmo de unos héroes que merecen, cuando todo esto acabe, que sean arrancados para imponer la melodía adecuada.

Revoluciones incomparables. De Berlín a El Cairo

En los últimos días, coincidiendo con el feliz desenlace de la caída de Mubarak y su camarilla corrupta, la inmensa mayoría de los medios de comunicación nacionales e internacionales ha recogido en sus respectivas secciones de opinión sesudas reflexiones comparativas sobre la caída del muro de Berlín y el posterior e inmediato reflejo en la descomposición de los regímenes falsamente de izquierda del Este europeo como espejo y reverso idéntico a lo que viene sucediendo en el norte de África. En efecto, para prestigiosos analistas de todo corte y condición, todo lo que viene aconteciendo en este comienzo de siglo en el continente vecino tiene una explicación equivalente en situaciones acaecidas durante el desmembramiento del Pacto de Varsovia, destacando el desplome de la Unión Soviética. Nada más lejos de la realidad, nada más simplista y oportunista para la prosa fácil y el periodismo de digestión rápida, lamentablemente cada día más de moda.

Concentración en la Plaza de La Liberación, El Cairo.

Desde 1985 se venía gestando, sin disimulo, conflictos directos entre la población civil y muchos de los politburó del mundo prosoviético. Estamos hablando de una ciudadanía, en su mayoría, con aceptable cualificación académica, que mostraba su hartazgo por no disfrutar de la productividad real de un sistema que prometía otros futuros. No era, ni de asomo, como se ha intentando defender chabacanamente desde medios liberales, la exigencia de consumo al modo occidental. Había una dignidad muy superior en aquello, preferentemente en aquellos Estados sin tradición política de izquierdas antes de la II Guerra Mundial (Checoslovaquia, Hungría y Polonia). Es en estos países, junto a los habitantes de la RDA, donde el run run del descontento gubernamental, asociado a la corrupción inherente a la perversión del modelo, se empieza a oir con mayor eco (sin olvidar sus primeras aproximaciones en la década de los cincuenta y sesenta). A partir de ahí, sólo cabe preguntarnos cuando la chispa alcanza la dinamita; estudios largos y profundos hay de sobra, pero evidentemente hay una respuesta que lo engloba todo: cuando se perdió el miedo. A partir de ahí, con la aquiescencia de un gobierno ruso liderado por una camarilla sin ánimo de resolución del problema de base, se gesta la carrera de fondo. Una Unión Soviética sin fisuras hubiera seguido infundiendo pánico, precisamente por las experiencias aplastadas por el ejército rojo (Hungría, Checoslovaquia) en décadas anteriores. Este cóctel se desparramó por toda Europa del este precisamente porque los problemas eran coincidentes, porque las exigencias y los problemas eran calcados. En una economía profundamente planificada y con rutas de viaje acordadas desde Moscú, la respuesta no podía sino ser la misma, y a la vez.

Retirada de una estatua de Lenin.

Lo que estamos disfrutando en el mediterráneo africano no puede expandirse con tanta celeridad por dos factores confrontados con el análisis anterior: la escasa formación de la población y la divergencia en los problemas de raíz y las consecuentes exigencias futuras. Túnez y Egipto pueden coincidir en la presencia de estructuras corruptas lideradas por un personaje de apariencia firme y todopoderoso, ambas miembros de pleno derecho de la Internacional Socialista (esto lo añadimos para carraspear un poco); también en el progresivo descenso del, ya de por sí, humilde nivel de vida de la mayoría de la ciudadanía, mientras que el acceso a puestos de trabajo atractivos se encontraba reservado para familiares y amigos; para finalizar, el ejército de ambos Estados mantiene una cierta reputación neutral que ha impedido ser herramienta de freno a las primeras algaradas y, en consecuencia, masivas revueltas finales.

A partir de aquí, el periodismo internacional coincide en esperar un reguero de revueltas más o menos inmediatas, desde Marruecos hasta Yemen, atreviéndose a prever incluso posibles estallidos en Irán o Arabia Saudita. Craso error, simplista reflexión. En primer lugar, nos han querido colocar en oferta que la caída de Ben Alí y Mubarak se ha asentado en una juventud formada y harta de no tener acceso al mercado laboral, que utiliza las herramientas informáticas y de comunicación con agilidad y precisión; eso queda muy bien para los largometrajes que estén preparando en Hollywood, o para llevárselo crudo escribiendo ensayos al respecto, pero a millones de personas que subsisten con dos euros al día no los movilizas enviándoles un sms o un tweet, sino con algo más clásico: liderazgo y desesperación. Quien sacará tajada de ésto, quien ha movido bien los hilos desde la sombra, lo sabremos en próximos capítulos.

En segundo lugar, el norte de África no es una zona de similitudes macroeconómicas, ni mantiene coincidencias en propósitos y puntos de vista, ni tan siquiera para saquearlos a mansalva. En esto, cada tirano se lo monta por separado. En Libia, Marruecos o Arabia Saudita, el más mínimo atisbo de levantamiento masivo será cortado de raíz, sin vacilación, y en estos casos la cúpulas militares no son tan sensibles a las repercusiones futuras. La gran mayoría se juega mucho en la connivencia con los líderes políticos y religiosos.

Salvando las astronómicas distancias, en un paralelismo facilón, Egipto sería la Unión Soviética, el modelo a seguir (nunca el faro que guía, pero sí la potencia central en lo geográfico) para sus vecinos oprimidos y hastiados. Su derrumbe siquiera hará temblar el pulso de los últimos protectores del supermercado de occidente, sección petróleo y piedras variadas.

La brújula del sur

Los hechos acaecidos a lo largo del mes en Túnez han despertado, en la medida que nos permiten, nuestro interés e información por la situación real de la ciudadanía del magreb. Más allá de los folletos turísticos y la complicidad normalizadora de nuestros amados gobiernos, los Estados los conforman, no lo olvidemos nunca, ciudadanos con universos completos bajo su cerebro. Es evidente que lo conseguido por la ciudadanía tunecina es fruto de una situación en la que se entremezclan un hartazgo del que no nos habían hecho constar, unido a una situación temporal proclive a conseguir el objetivo deseado. ¿Y cual es esa situación? Pues bien sencilla resulta saberlo: Los Estados occidentales y los “mercados” se adelantan tres movimientos al enroque popular y planean el escenario de transición antes de que éste quede en manos de los legítimos dueños. Con un telón adecuado, buenos actores y la luz indicada, hasta parecerá, no sólo para los observadores externos, sino para los propios lugareños, que todo ha cambiado, cuando nada ocurrirá.

Los símbolos comunes de estos "pacificadores"

Hoy nos hemos levantado atentos a esta representación que estrena su segundo acto: Egipto. Similares escenarios (líder embrutecido pero protegido por los amigos de sus recursos, potencia turística que asegura a los visitantes su diversión a sangre y fuego, ejemplo para la UE y EEUU). A esta hora, la bestia Mubarak se mantiene gastando sus últimos cartuchos, que en este caso, por su importancia estratégica en la frontera con Israel, tal vez le alcancen hasta que los “pensadores” cavilen un plan más sofisticado, por necesario, para su supervivencia en El Cairo, y no sea necesario que los jeques vayan preparando otro palacete.

No debemos fiarnos. Todo esto les ha cogido de sorpresa pero con tiempo y herramientas para planificar su particular plan B. En el caso de los arrogantes dictadores no existe problema: siempre habrá un avión en el aeropuerto más próximo y unas cuentas corrientes a buen recaudo para que nada les cambie. En el de sus padrinos, supone un pequeño quebradero de cabeza pero con ceñirse a ejecutar el informe preparado para el momento de su sucesión, pues se adelanta y santa pascuas.

La zona norte del continente africano vivió a mediados del siglo pasado un movimiento descolonizador y liberador emocionante, aunque acaecido en un contexto de intervención ideológica complejo. Ben Bella, Nasser y compañía resumían la energía de unos pueblos por encontrar su lugar en la Historia, y por este motivo nadie debe sorprenderse por lo que está ocurriendo en este comienzo de año. Bueno sí, sorprende porque cada día interesa menos que la ciudadanía tenga un fondo cultural adecuado para entender y comprender este mundo. De poseerlo, sólo será también cuestión de tiempo que, sabiendo qué y por qué pasó, analicen qué y por qué lo que tenemos no puede y no debe ser. Los tunecinos, lo egipcios, los yemeníes, lo entienden porque a pesar de contar con nuestro misma ignorancia, sufren el doble que sus compatriotas del norte del Mediterráneo la realidad de un mundo feo, medieval, oscuro y tenebroso, que no vemos porque nos han puesto pantallas para seguir desde cualquier butaca el tercer acto, el que ojalá protagonicemos coordinados y juntos.