El Ser Rabioso

Semanas cerca del banquillo, deseoso de calentarlo pero, a su vez, sin el disfrute de pisotear el caluroso césped estival, a pesar de tanta necesidad de arrancar los hierbajos que brotan con ton y son, con do, re, mi, fa y hartazgo de Sol y cientos de plazas más que son terrenos atestados de espectadores activos, de delanteros rematadores hambrientos de gooool.

Ciertamente, el espectacular movimiento ciudadano que se sueña protagonista de un nuevo episodio debería activar todas las teclas ansiosas de ser apretadas, mullidas en la expectativa de sentir el peso de las carnes y las mentes expectantes de cambio. Los rincones de nuestras ciudades están famélicos de cambios indiscutibles, necesarios, fundamentales, necesariamente instántaneos; son tantos y la premura es tan cierta que se agolpan las reivindicaciones contra el muro de esos ladrillos fortalecidos a base de arena, agua y hormigón transitorio, ora definitivo, forjados a base de una trampa de más de tres décadas que ha consolidado el Estado Nacional de las cosas inalterables.

 

Olvidémonos un segundo de las perspicaces consignas que abanderan esos progresistas espacios urbanos donde pretende residir la nueva soberanía popular. El cambio está ahí pero se aleja mientras la Torre de Babel de los sonidos guturales inconexos se niegua a articular un mensaje ruidoso. Salgamos, pues, a nuestras calles particulares, donde nos aguardan, barra ferruginosa en mano, los falsos préstamos que hemos venido abonando, sumisamente, desde que pedaleamos con todas nuestras erectas extremidades: Nuestros sacrificados progenitores, hijos éstos de otros tantos entregados congeneres de línea consanguinea muy recta, son derivados, desde el momento que sus nóminas abultan más de lo que, proporcionalmente, ocupa una nevera surtida, a renegar de sus propios tributos destinados al Sistema Público de Enseñanza y, de este modo, transforman excedente monetario en agobio existencial para que nosotros tengamos ropa monocorde de lunes a viernes, educadores sin oposición ni estudios acreditados, instalaciones y horario asfaltado; en definitiva, internado moderno, ése que prestigia nuestro devenir futuro como primera cuota social invertida. De ahí a recibir la preparación docente adecuada va un planeta saturnino en su concepción diametral; eso sí, el primer boleto para el reñido sorteo del acceso al reino de los sobrevivientes más o menos despreocupados se ha insertado en el bombo consursal de viernes noche. Hay bote.

Dicho esto, y es muy poco lo dicho, la vida académica, superadas las fases del desconcierto grupal que pretenden alejarnos de la rectitud mercantilista de la que ha manado nuestra leche sustentadora, se topa con la nobleza universitaria, aseguradora hasta hace unas tardes de progreso y labor remunerada; los detentadores de las rotundas recomendaciones que alentan nuestra probreza permanente descubrieron hace mucho que el boato universitario es, imparablemente, reino de los aplicados, y éso no les compensa. Para abordar tan injusta igualación de las inadecuadas escalas salariales inventaron el rentable templo de los máster de postgrado, de infaustas siglas con las que Modifican Brutal y Aleatoriamente las capacidades y los logros a base de remangarse nuevamente la cartera, esta vez ya sin esa proletaria costumbre de becas y ayudas de estudio para desencaminados sociales.

Arrebatados de toda confianza en un futuro en el que podamos ser protagonistas a base de desgastar unas mismas herramientas entregadas al comienzo del curso vital, el desencanto se transforma en supervivencia silenciosa y plena de sumisión tributaria y normativa. Entra aquí el febril desarraigo propio de estas fechas de pompas de jabón de diminuto córtex, en las que sabemos que algo va a ocurrir pero no somos conscientes del protagonismo de nuestros actos; Cuando ser adulto significa mutar en respetuoso siervo de la gleva postmoderno, la rebeldía sin hacha y con heridas que sutura el enemigo segundos después de provocarlas se antoja vergonzoso. Estamos en las calles, en las avenidas frente a nuevos asalariados del feudal señor que nos aplasta, con la trascendental salvedad que el caballero es hostigador y salvador a base de golpiza y sonrisa electoral en similar equilibrio. En realidad, siempre fue así sin darnos cuenta; cuando la humanidad estudia revoluciones pasadas confía en la bonhomía colectiva, siendo ésta redacción de escribanos al servicio del vencedor, ése que, estando a la escala social en la que se encuentre, atrapa con fervor las prebendas e influjos del estrato desterrado. Los tributos directos que venimos soportando, en puridad, carecen de equidad presupuestaria más allá de una cortina de decencia hurtadora de nuestro esfuerzo. Mientras cualquier asalariado o trabajador autónomo mantiene migrañas contables para evitar plazos caducados o contabilizaciones miserablemente incorrectas, alejándose así de la segura e implacable sanción, a la vez que los principales empresarios patrios negocian, en Sistemas Indignos de Cobro Aventajado para gente Valorada, dejando calderilla en esas arcas que suponen el asfalto de nuestras maltrechas carreteras, (ésas atestadas de peaje que nunca se amortizan), de nuestros inmuebles educativos y sanitarios (carentes de recursos, afluentes de servicios miserablemente privados) ó de la asistencia básica de los segmentos sociales más frágiles (bolsas de recaudación electoral inmisericorde), estamos perdidos.

Pretendiendo ser mucho más contundente, el camino hasta esta línea agota la sana impertinencia ante lo que venimos soportando como ancestrales vasallos rodeados de audiovisuales cadenas (metálicas).  Nuestra pretensión era crucificarnos en el puntiguado contenido de todo aquello que entregamos sin recibir, que devolvemos en mucha mayor medida de nuestra justa compensación. Tasas, facturas, recibos, multas, sanciones, consumos y tributos consumen nuestra expectativa de crecimiento social (que no humano, imposible a estas alturas del largometraje ciudadano planetario occidental) mucho antes de olisquear la frontera de la paz individual. Estamos en la calle y, a la vez, nos encontramos en un sendero poco iluminado, con sombras que antes parecían congéneres, borrosos gracias a nosotros mismos porque los que desenfocan la vía de la humanidad hastiada siempre son renegados de nuestra propia estirpe. Así ha sido siempre, y así será.

Los discursos rabiosos

El manejo de la realidad futbolística, de lo que acontece antes, durante y después de un encuentro balompédico de trascendencia, debería carecer de importancia real, de impacto en las vidas y pasos de los seres humanos. O debería centrar sus alegrías y preocupaciones de manera primordial, según se mire. En todo caso, como el resto de circunstancias que manejan nuestras colectivas existencias, el aspecto lúdico debe regir el ánimo de los sentimientos provocados por dichos impactos. Ante el juego, diversión; ante la derrota, caballerosidad. El síndrome del mal perdedor reviste una gravedad limitadísima cuando se gesta en terrenos despoblados, en tribunas donde rebota el eco rabioso. No obstante, cuando esa impotencia desarbolada se desparrama en prime time y, frente a la humanidad bipolarizada en colores irracionales, ondula un mensaje y un tono capaz de enaltecer los valores ajenos al espíritu de la realidad que representa, nos enfrentamos a la agravación de una herida cicatrizada, de una enfermedad en recaída.

El mal perder, esa angustia visceral ante la superación de los objetivos previstos, lanzada con fiereza a nivel público y en directo, supone la traslación de los más rencorosos instintos subyacentes bajo la corteza de falsa diplomacia y aceptación que proponemos en este sistema de relación social. Cuando alguien como Mourinho y su correspondiente posición en el organigrama humano se salta con tanta ligereza las reglas de la diplomacia, la reacción en cadena de la barbarie y las subterraneas pasiones explota en racimo, dañando toda una estructura instaurada por generaciones de sensatos voceros de las reglas de juego. El profesional consolidado revirtiendo su tono hacia las ancestrales pataletas del chiquillo al que le han robado el globo, inmune al cumplimiento de normas y estilos y brutalmente irrespetuoso con las virtudes del contrincante y sus acólitos, crea un resquemor que derrama en cascada su mensaje destructor a los protagonistas del lance, primero, y velozmente se instala en la pasión incontrolada de la hinchada justificadora, a continuación e inmediatamente.

La otra columna de atención prioritaria en nuestro país también cuenta con lamentables elementos enrabietados tras la derrota de sus postulados y principios. La delicadeza que emana de asuntos de tamaña trascendencia radica en el fundamental ejemplo que debe transmitir la cabeza o cabezas visibles del colectivo que no ha conquistado la victoria pretendida. Participar en primera línea de alguna de las dos expresiones con mayor seguimiento apasionado en España conlleva, necesaria e imprescindiblemente, hábiles dosis de mesura, altura de miras y capacidad de analizar pros y contras de lo conseguido y extraviado a lo largo del recorrido emprendido. Aznar, primero, y el grupo dirigente actual, después, reúnen los perversos requisitos que debe descartar una democracia sana, del mismo modo que el técnico portugués del Real Madrid imprime en su resentimiento dialéctico incompatibles cualidades con la grandeza del club que representa y del inmenso colectivo al que se dirige.

Política y fútbol son cruz y cara, repartiéndose cotidianamente ambas parcelas, de la máxima atención ciudadana. El bipartidismo político y balompédico, inevitablemente instalado en el peso de la mayoría acomodada, necesita presentar una altísima dosis de responsabilidad en la oratoria y la dialéctica; evitar las entradas a destiempo, las artimañas a espaldas del árbitro y la culpabilización de elementos ajenos a la propia labor resulta esencial para que los bares y tertulias, las reuniones familiares y los foros cotidianos no centren su rutina en odio vacuo e impertinente.