Disquisiciones veraniegas (III estivales, V petroleras)

La guerra del petróleo canario, sobre el que chapoteamos por quinta edición, aumenta su acopio de armas entre los principales frentes en disputa. Mientras, la compañía privatizada Repsol observa el mutuo lanzamiento de órdagos y continúa su plan de sondeos al mismo ritmo que suaviza a golpe de página a color diaria la beligerancia de los medios de comunicación del archipiélago.

RiveroSoriaEl petróleo canario, por no ser, aún ni es. El petróleo canario puede que sí sea en informes confidencialísimos de la petrolera de Brufau, pero a nivel externo supone una apariencia de potencial negocio, una riqueza que anuncian para todos pero no es más que para unos accionistas dispersos y poderosos. El petróleo canario, al emanar de las profundidades oceánicas, en medio de una nada demasiado cercana a la arena fértil en turistas de rentabilidad notoria y todo él rodeado del agua presta a desalinizarse para surtir las necesidades de unas islas secas, no tiene como destino (o no de manera imperativa) cubrir con bonhomía un porcentaje de la dependencia energética del Estado, sino los surtidores que más calienten al albur de los petrodólares.

El petróleo canario, si emana como torrefacto pegajoso en ubicaciones interfronterizas tan vagas como el oleaje que las circunda, que fantasmagóricamente trazan su radio de influencia en esto del capital y las posesiones terrenales de los reinos de pega, pagará poco al Estado pero deberá mucho a su ministro, José Manuel Soria, veloz por África, amodorrado al asomarse al Mediterráneo. Por su parte, el presidente del ejecutivo autonómico, Paulino Rivero, desprecia lo fósil, aparta su sonrisa de antaño a aquél que fue su vicepresidente cautivador, en ningún caso cautivo, en la pasada legislatura. Pero no le hace ascos desde una conciencia medioambientalista, ni mucho menos, como mencey de un territorio fragmentado en lo territorial pero cohesionado en su devoción por el cemento y el alquitrán. El petróleo canario encandilaría al Presidente si una idílica UTE formada por el gobierno regional y un par de empresas sondeadoras y extractivas llevara a término la aventura oceanográfica en busca del monstruo del chapapote embarrilado.

PetroleoEl petróleo canario no es todavía pero, en todo caso, nunca será para los ciudadanos del archipiélago. Ni para los del resto del Estado español, porque en este país las playas no se venden pero el subsuelo se regala. El petróleo es feo, pero lo usamos a diario, lo necesitamos como el agua porque su transformación en energía nos dan la vida tal y como la conocemos. No nos gusta en la puerta de casa pero sabemos que hay plataformas frente a las playas de otro, de la misma manera que saboreamos con primor un jugoso entrecot pero ni oir hablar del proceso de sacrificio en nuestros mataderos, de la agonía cruda y real de los animales para que el mercado de ágil, higiénico, seguro. Rentable. El petróleo canario también parece serlo, aunque en palabras de Repsol parece poco más que su búsqueda en medio del Océano Atlántico es acto de caridad petroquímicristiana, a suponer por la cantidad que se espera encontrar y los costes que supone su hallazgo y extracción.

El petróleo canario tiene permiso ministerial para hacerlo salir de su escondite, y también encuentra en lontananza un referendum que se acerca a fechas agigantadas en busca de enterrar su sombra, aún desenfocada, hasta mejores tardes políticas. Entre políticos canarios anda el juego, frente a información parcialísima andan los habitantes de Canarias, y contra el porvenir anda toda la personalidad del Capital, obviando el destino humano para alimentar la codicia inmediata.

Chávez para principiantes

Desapareció físicamente el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, tras innumerables complicaciones físicas que le han mantenido encogido en ese esfuerzo que parece una diana política aceptable pero que se considera expiación multitudinaria si el que se encorva públicamente viste de blanco purificado por esencias de divinidad crucificada. Hoy ha fallecido un hombre, pero no debe ser enterrado un mito, porque aunque alzara minúsculas biblias en medio de actividades legítimas en eso de la administración eficaz de los recursos colectivos, no había falsa divinidad en los logros que han venido sustentando acceso efectivo de la mayoría ciudadana a los fértiles recursos de la nación venezolana. El chavismo hoy ha muerto con Chávez, y así debe ser. Lo que mañana amanezca debe tener el rocío agradablemente húmedo de sus bonanzas, nunca el diluvio de tormentas con afan de arrinconar.

Chavez1La mitificación del hombre ha impedido comprobar que sus células son tan inestables como las de cualquier individuo finito, y es lógico que así fuera desde que consiguió democráticamente aglutinar un proyecto que desterró ese bipartidismo perverso que exportaba la riqueza colectiva a los confines de la recaudación bancaria extranjera, a buen recaudo. Granjearle enemistades por el posicionamiento de un gobierno con las miras puestas en los prismas de la mayoría desterrada históricamente en la tierra de los dulces sin azúcar, sabrosos en pocos paladares, era cuestión de finito tiempo; golpe de Estado por bandera intentó, por cuestión de horas, convertirle en militar fusilable, con la connivencia de los que ese día se descubrieron insurrectos del armisticio real, con tinta y con palabra. Dio igual. Salió con la evidencia externa de que ninguna trampa podía dejar a un pueblo fuera de juego, y así los banderines se bajaron automáticamente para dejar paso a las sospechas sin fundamento, a esa reiteración de exigencia externa que no se reclama en tierra propia. Hoy no se embalsama un cuerpo inerte, se solidifica un mito poderoso. Y, en realidad, es una desgracia evolutiva, una metástasis histórica, reclamando como estamos el ansia de proclamas con efectividad macroeconómica, que la cuenta cuadre para más que para menos.

Chavez2No hay sombras más allá del personalismo que le han otorgado a sus mandatos democráticos por parte de aquellos empeñados en adscribir un período de voluntad democrática a una suerte de idolatría casi caudillista que nunca fue tal, menos aún cuando trece encuentros electorales se sortearon con mayorías validadas no sólo por las papeletas sino por el refrendo internacional unánime en su ejecución. Una derrota en su haber, la más severa, precisamente la mayor de las victorias democráticas al preguntar a los suyos lo que por estas tierras nos sustraen: el derecho a rectificar lo que no deja de ser una carta consensuada con derecho a roce en lugar de Tablas de Moisés inquebrantables salvo a golpe de alevoso déficit eurocomunitario.

El día después de Venezuela sin su Presidente electo debe ser tan reposado como la borrasca con presiones de componente codicioso lo permita. Encontrar primeras portadas con reflexiones tramposas sobre la inmediatez política de Venezuela sólo vuelve a quitar el antifaz a los titulares mal pagados, pervertidos.

 

 

 

El desguace de finos utilitarios

Vayamos por sencillas partes, por una recta transición de los hechos:

– Campaña electoral, año 2008. El PSOE opta con cierta comodidad en los sondeos ciudadanos a renovar su mayoría al frente del legislativo y, por ende, a formar gobierno en solitario, sea éste con respaldo independiente en las Cámaras (Congreso y Senado), o con acuerdos puntuales junto a determinadas fuerzas políticas que respalden su acción de gobierno sin compromiso de cesión permanente de cotas de poder. En dicha campaña, padecemos la soberbia electoral del candidato a Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que viene en las anteriores semanas realizando actos imprudentes de altanería pública, con afirmaciones acerca del merecimiento nacional de ocupar un espacio en el G-8 o, como mínimo, una butaca preferente en el incipiente foro del G-20. Asimismo, no se rasga las vestiduras al afirmar que España está a punto de caramelo de praliné en el lícito propósito de alcanzar al vecino francés en el santificado índice del PIB. Hasta el alumno más novillero de primer curso de ciencias económicas era conocedor del modelo básicamente especulativo del escenario productivo español, un marco de crecimiento atrapado en su propia riqueza con forma de serpiente chupeteando su venenosa cola. Superado el escollo de renovación en las urnas, aparecen los primeros mensajes de tibia advertencia, de acelerada desaceleración, una suerte (en boca de los responsables públicos) de inevitable resfriado que exije un par de días de cama y a seguir disfrutando del carnaval económico.

– La cosa se pone fea, comienza una evidente restricción en el otorgamiento de préstamos hipotecarios y, por tanto, de creación de empleo en el sector de la construcción y de las promociones inmobiliarias. Se comienza a poner en el punto de mira a las entidades financieras, responsables primeros y últimos a ojos interesadamente desviados de la opinión pública, de un alza ficticio en los precios de la vivienda (como si nuestro modelo económico capitalista no se basara, como premisa fundamental, en el valor relativo de los productos de consumo en función de su demanda, de la posibilidad de llevárselo crudo en el menor tiempo posible y con el esfuerzo más liviano y engorroso que se consiga). El Ejecutivo central y la mayoría de fuerzas políticas representadas en el Congreso, entienden como urgente e indispensable la reforma del sistema de regulación del mercado financiero nacional.

– Pagan justos por pecadores, los enemigos engordados en el estómago propio braman consignas de cambio inmediato, a tiempo parcial, desde el redil ajeno. Se trata a las entidades bancarias y de ahorro por igual en cuanto a las cuotas de responsabilidad derivadas de un mercado primordial en la creación de riqueza nacional. Nadie advierte que el capital en movimiento es producto de un endeudamiento estrangulado dirigido a consciencia desde el aprobador y receptor, cara y cruz de un mismo escenario. Mientras, la gran banca se sienta a la diestra del pater Presidente y le susurra al oído la solución infalible al entramado irrespirable que se viene encima, ése que de repente todos detectan por arte de biribirloque. La respuesta procede, oh casualidad, de los principales acreedores de las grandes formaciones canovistas que se han venido subrogando la responsabilidad gobernante en los últimos treinta años. Consejos, al fin y al cabo, generosos y desinteresados.

– Las cerca de cincuenta Cajas de Ahorros repartidas por la geografía española son señaladas como elementos perturbadores del buen destino del flujo crediticio, filosofía inversora y, puestos al derrumbe reputacional sin retención, responsables últimos de esa debacle de la que ya vienen germinando brotes verdes que se chamuscan de inmediato, expuestos a la irradiación imprudente de gestores sin escrúpulos y despilfarro ineficaz. Nuevamente la casualidad quiere que aquellos que comienzan a utilizar los púlpitos informativos para advertir de una imprescindible reconducción de la realidad de las Cajas sean los mismos que pueblan sus respectivos Consejos de Administración en representación de las plazas en las que éstas se encuentran radicadas, orientando una política inversora basada en el retorno a misero coste de faraónicos proyectos en los que se corta la cinta con la misma tijera que se guarda a la hora de aprobar la operación crediticia de turno. En suma, una clase política que vino reformando la Ley de Cajas para asegurar su presencia en todos aquellos órganos decisorios de las mismas, indicando el destino para desmanes propios y ajenos en la cercanía y que, tras ver la luz de la eficiencia y sobriedad inversora, acusan a su propia silla vacía.

– Aparece la figura SIP (Sistema Institucional de Protección), una abstracción llamada a asegurar la viabilidad financiera de las Cajas de Ahorros, alentando la búsqueda de sinergías de negocio entre ellas y centrada en aquellas que no cumplen determinados requisitos en cuanto a sus ratios de eficiencia, volumen de negocio, riesgo de deuda, etc. Una estrambótica invención que persigue, inicialmente, la creación por parte de uniones de Cajas de un nuevo ente, en forma de institución con apariencia bancaria, llamado a liderar el negocio de cada fundador con una política única en sus territorios de origen, con creación de marca común que conviva con las restantes y evitando, en todo caso, el solapamiento de la red comercial de los integrantes así como potenciando, en definitiva, su eficiencia futura. ¿Eficiencia y mejora en los costes creando una nueva organización sin desmantelar las originarias? Parece descabellado, pero el Banco de España manda y muchas entidades de ahorro comienzan a obedecer.

– A mediados del año 2010 comienzan a darse los primeros movimientos, todos ellos de lo más variopinto: Cajas de Ahorros de mediano tamaño, con solvencia suficiente y moderación en su política de riesgos y salarios (Banca Cívica, hasta la obligatoria adopción de CajaSol), liderazgo de entidades de cierto volumen a las que se agregan satélites financieros en busca de cobijo (Bankia), descabellados proyectos con radicación exclusiva en una Comunidad Autónoma (NovaCaixaGalicia), integraciones minúsculas con el objetivo de cumplir el expediente (Unnim, Caja 3, etc.). Todo tipo de formas de entender la nueva normativa, de orientar un incierto futuro en busca de respuestas en el pozo de la desconcertante fortuna.

– Rectificación brusca: eso de un banco-faro-guía sobre el destino uniforme de matrimonios cajeros de conveniencia se torna en la obligatoriedad de segregación del total de activos, plantilla y negocio a la entidad matriz, salvo aquel adscrito a las respectivas obras benéfico-sociales. Toma del frasco, carrasco, en nombre de la santificada pero hasta ahora inadvertida consecución de la eficiencia. De un día para otro, se escrituran propiedades en nombre de las nuevas S.A., se novan contratos laborales, se redimensionan las políticas gestoras y de negocio, etc; pero, de mejora en la actividad puramente financiera, de sinergias favorables en la eficacia del método, nada de nada. Lo que sí se alumbra en partos fulgurantes es el nacimiento de una nueva clase de banqueros provenientes de las estructuras de aquellas entidades cesionarias, prestos a otorgarse sueldos astronómicos y situarse en un plano elitista en lo profesional, alejados de la noche a la mañana de sus otrora compañeros de fatigas. De igual manera, se ralentiza abordar las imprescindibles armonizaciones colectivas en cuanto a política de salarios, horarios, beneficios sociales, etc., de las respectivas plantillas.

– Muchas de las aventuras integradoras entre Cajas de Ahorros, en ningún caso voluntarias ni de manos desatadas, comienzan a desbarrancar por el desfiladero de condiciones más y más exigentes por parte del Banco de España y el Ministerio de Economía. Se advierte de la inviabilidad de aquellas uniones que no cuenten con un volumen de negocio cercano a los 150.000 millones de euros y se empiezan a colocar los acelerados plazos para enfrentar una nueva ronda de amores de pago, de roce sin cariño. Salvo excepciones muy localizadas (KutxaBank, tal vez Bankia, Ibercaja con algún amiguete de menor estatura, etc.), el resto de SIP alertan su radar de supervivencia en busca de salvación… en la cúpula. Esa camada de incipientes banqueros de amplísima nómina pero costumbres viciadas se reúnen y no se dejan de reunir en busca de un socio con el que seguir manteniendo el sillón caliente y el chófer en la puerta. La lentitud es el signo distintivo de estas rondas sin victoria a los puntos. En el comienzo del año en curso, el nuevo ministro de economía, Luis de Guindos, acelera los plazos para que esos contactos fructifiquen, so pena de excomunión financiera. A todas éstas, se van definiendo las subastas de aquellas entidades de ahorro podridas por dentro, impunes por fuera. El sector bancario comienza su devorador propósito inicial, adjudicándose la bicoca del animal herido (marca, clientes, patrimonio, etc) por cantidades tan astronómicas como un euro (Banco Sabadell-CAM). Porque, claro, los 3.000 millones necesarios para cicatrizar su necrosada herida provienen de las plaquetas tributarias, la de los impuestos públicos y, así, servida limpia y sin escamas, la gran banca se va quedando con entidades que bien podrían fusionarse y, tras ese reflote con capital de todos, inaugurar una nueva y solidaria banca pública, en compromiso innegociable de no rivalizar con la actividad de intermediación financiera del la banca privada, pero desarrollando esa gestión poco rentable pero fundamental para la necesidad de ver fluir crédito a la economía más débil (familias, pymes, etc.), además de gestionar de manera directa los más de 45.000 millones del Instituto de Crédito Oficial (Préstamos ICO), y no depender de su sospechosa utilización por parte de la gestión indirecta que realizan las entidades bancarias en forma de loteros que conocen el premio de antemano.

– Hoy, día uno de la nueva crisis que vendrá mañana hasta la hecatombe de pasado, el desguace del sector de Cajas de Ahorros es un hecho. Entidades nacidas del cooperativismo y solidaridad local, sin ánimo de lucro y sin dueños, han sido puestas miserablemente en el mercado privado, otorgándoles su valor el ondulante precio de una acción cotizada en lugar de un objetivo balance o una reinversión de sus beneficios en la plaza respectiva por medio de su acción social, cultural, medioambiental o de promoción deportiva. De su ganado, cuando proceda, prestigio. Se mutila así, de paso, la creación de riqueza indirecta en base a la pérdida de centenas de millones de euros que ahora pasan a engrosar, en el mejor de los casos, departamentos de marketing y publicidad comercial y sesgada.

– Estos amaneceres del mes de marzo del fatídico año 2012 se han convertido en la línea de salida acelerada de la previsible conclusión de ese proceso de bancarización absoluta del sistema financiero español. Muchas de las entidades en guiada búsqueda de supervivencia difusa disfrutan de los miles de millones entregados por el FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) sin aparentar inversiones de mejora concreta en su fortaleza inmediata. Por el contrario, e ignorando supinamente el nuevo convenio regulador de Cajas, que explicita la asunción de medidas de reordenación en ningún caso traumáticas en el empleo, comienzan a plantear, reforma laboral bajo el brazo, despidos inmediatos, cierre de sucursales, congelación salarial, desaparición de beneficios sociales, etc. ¿Con qué propósito si tienen un incierto futuro a semanas vista? Ni más ni menos que para dejar limpito el patio delantero con el objeto de que pasen y entren los dueños de todo esto; la gran banca afila los cuchillos para hincar el diente a bajo coste a aquellos rivales a los que, en muchas provincias, nunca pudieron tumbar en buena lid, en el terreno de la prestación de servicios financieros y atención al cliente. Hoy son todos suyos, están a la venta. Y barato oiga, que el desguace ha terminado.

El tratamiento de las muertes siempre malas

El tiempo en el que andamos, necesitados de valores y soportes, parece que no ha variado el holocausto cochino en el tatami de las derrotas aplastantes. De casi nada sirve otorgarnos cartas refinadas con variados menús de derechos y garantías a este lado del Río bravísimo cuando, al cruzarlo con cierta nocturnidad petrolera, despilfarramos el esfuerzo de las generaciones anteriores revertiendo esos propósitos de enmienda con voluntad universal. El asesinato por acción u omisión sobre aquél al que ayer recibías con armas, más tarde con flores y, finalmente, prohibiste el acceso a tus dependencias, trastoca sanguinariamente todo aquello que fue construyendo un escenario un poco más cálido; el planeta se rige por la barbarie y sus incontables adaptaciones a cada momento, crueldad y lugar, pero desde el lado de las míseras victorias éticas no podemos aceptar que se sacralice una forma de hacer riqueza o evitar la ajena de tamaña sordidez.

El término democracia, esto es, traducido mal y pronto, el gobierno de todos, se ha convertido en un sofisticado producto de justificación interna y externa para, precisamente, paralizar cualquier desarrollo consensuado en el espectro civil a la hora de tomar decisiones de profunda delicadeza en el ámbito no sólo de responsabilidad ética colectiva, sino también desde la óptica de esa demanda de permanente vigor histórico denominado progreso social. Y en éstas, el desenlace que define todo el mutismo violento de la exportación democrático-financiera (lo segundo con un lazo fabricado a base de retales de lo primero) pone la guinda al mohoso pastel de la liquidación a manos ajenas de los enemigos propios. Ginebra, Roma o La Haya son localidades por las que suena el vientecillo de despoblación de efectivos morales, papeles carbonizados y sentenciados tribunales.

La década de los sesenta en el siglo anterior, especialmente, se convirtió en el laboratorio perfecto dentro de esas instalaciones de la química mortal que palpó con agrado la soportable indiferencia de la ciudadanía global a los atentados públicos, al perro muerto con el que se escapa el vaho de la rabia, disolviéndose en multitudes que, más allá de reivindicatorias soflamas acotadas por el terror a la exclusión burguesa, no necesitan mayor atención que unos chorros de agua a presión con aperitivo de gas pimienta a discreción. La crucifixión del héroe o del rufián, según la voluntad de pensamiento unidireccional, es la misma muerte; nuestro escarnio civilizatorio, nuestra desazón en el curso de esta Historia detenida. Como reivindica el mensaje diario de los párvulos e infantes cubanos, a sensu contrario, No todos somos el Ché. Así, su ejecución demostró a la fábrica de control de plagas que no sale tan caro echar la vista atrás para recoger los frutos del implacable cruzado y, mandoble a mandoble, desterrar definitivamente a los infieles del camposanto capitalista.

Los buenos siempre pierden. Siempre. No hay héroes con trono, menos aún cuando la exigencia de ese empeño civilizatorio en el que algunos seguimos embarcados reclama expresiones humanas que condensen no una voluntad, sino una idea irrenunciable, integral. Un hombre o una mujer formado como expresión de nuestro tejido de ansías y propósitos. O tal vez fuera al revés, y ese rostro alienta nuestras timoratas expectativas, reforzando inocentes y poco construídos proyectos de disciplinado hormiguero. ¿Quién sabe a estas alturas del holocausto quien tiró la primera tonelada de miseria hasta formar la montaña de desconcierto en el que oteamos el cielo siempre encapotado, negro de miseria?

Héroe o villano, los líderes humanos siempre se han forjado en una indesterrable bicefalia de actitudes y acciones. El líquido de sus intenciones últimas fluctúa como aceite circulando entre los ríos acuosos que impiden su espesa victoria. Cuando su voz sólo es escuchada a través de yunques y martillos unilaterales, en sentido inverso, la consecuencia inevitable es ese castillo deshabitado en el que se enroca la corona solitaria; cuestión de tiempo armar el jaque mate que abra el proceso hacia un nueva y fatídica apuesta de fracaso. La lógica de los pocos seres buenos nos ha tatuado en el subconsciente ciudadano que ese final exige justicia, normas humanitarias tal vez ignoradas por el reo en sus pasos mal andados; en definitiva, Derecho del bueno. Pero, de nuevo y una vez más, toca arma y paredón, sangre extrajudicial para enseñar una presa con la dignidad arrebatada. Cuidado de aquellos que hoy son tratados con la dirigida terminología periodística presidente, dignatario, amado líder, representante legítimo, etc. Mañana son carne de adjetivos calificativos que de tiranuelo no bajan. Cosas de la política exterior, que es algo muy complicado para que los niños la entiendan.