Un verano fatal

La canción más reconocible de aquel EP que firmaron a cuatro manos Cristina Rosenvinge y Nacho Vegas, titulado Verano fatal y del que se cumple en estos días su décimo aniversario fue, precisamente, la partitura homónima que, en su cuarta estrofa, se cuestionaba quien podría imaginar lo que nos iba a deparar un verano fatal. El cantautor asturiano parece que ha quedado atrapado líricamente por su pasado, toda vez que es la comidilla del periodismo transgénico su supuesto affaire con la vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, Andrea Levy. El IVA Cultural ha quedado exento, al parecer, a la hora de liquidar la discreción de ambos personajes públicos y lo que las trincheras ideológicas parecían distanciar, el misterio de las relaciones públicas ha estrechado, con el consiguiente punto de ebullición en redes sociales y garitos con ganas de humo.

Porque cualquiera que siga con cierto interés la trayectoria artística y pública de Vegas desde sus inicios en solitario, una vez finiquitada la experiencia con Manta Ray, conoce su huida de un hedonismo musical rayano en el placer de lo lúgubre hasta desembocar, si no encallar sin viento de cola, en mesías del compromiso político y social, dando las primeras y nítidas pistas con Cómo hacer crac (2011) y teniendo continuidad sin ambages a partir de sus Actores poco memorables (2014). Dar la cara, poner la nota, musicalizar la lucha de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), ha transmutado al músico gijonés en colectivo, una suerte de Horacio que salta la rayuela para viajar hasta Oliveira.

¿Se puede alcanzar la intimidad del afecto romántico con alguien que hace de su sensibilidad ideológica profesión y way of life político desde el otro lado de una posición que, en ambos casos, tiende más barreras que lazos? Basándose en su opinión sobre qué es ser de derechas, a partir de la polémica que se levantó a raiz de unas declaraciones, en 2011, de Russian Red, no sería procedente ni mantener posición paralela en la barra de un bar. Así que, de confirmarse el idilio político-musical, Nacho se sentirá pitoniso de la rima recordando que las gaviotas chillan que ya está cerca el final de un verano fatal. El asunto será discernir si, continuando la letra de la canción, a un otoño desastroso siempre le precederá ese tortuoso tiempo del estío, dando por cierto que así se esté despidiendo septiembre para el cantautor desde que ha saltado a una multitudinaria audiencia una historia personal que ya tuvo su antesala anecdótica hace justamente un año, cuando Vegas se interpuso en una conversación tuitera a cuenta de otro rumor sentimental de Andrea Levy dentro del circuito indie nacional, en ese caso con un músico del grupo La habitación roja.

¿Qué la música una lo que la política se empeña en distanciar? La respuesta no parece que se encuentre ni para generar una reflexión breve: Andrea Levy y Nacho Vegas son adultos para gestionar sus filias como mejor convengan. ¿Exponer de manera tan nítida el blanco y negro de tus posiciones ideológicas te imposibilita para amar lo que afirmas enfrentar? Si se tiene en cuenta el tono con el que dialoga con el otro Vicesecretario junior del Partido Popular, Pablo Casado, en Twitter, hacer diálogo-ficción entre la pareja complica el asunto.

Precisamente el activismo rampante del cantautor asturiano en la red del pajarito se ha tomado un respiro desde que el papel couché de baratillo ha desahuciado su privacidad. El verano fatal, por lo tanto, parece que se despedirá con más incógnitas que certezas pero, ¿Qué más da si puede contarse con Soraya Sáenz de Santamaría para que amenice con sus mezclas esta turba de sentimientos del amor en los tiempos de crisis?

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Censura Po(r)etica

Cinco extremidades definitorias se extraen, a buen entendedor con sillón en la Real Academia Española de la Lengua, del término censurar. A la política, que es como la vida pero de puertas para muy adentro, le interesa su versión índice, desplegada en formato acusador, sin confitura ni salsas caramelizadas. La censura bloquea el tránsito de lo que está ocurriendo, sea esto aceptable o absolutamente incómodo para las mayorías que se posan bajo su manto; desaprobar no conlleva aportar alternativas, pero eso ya se sabe en una nación como la que cohabitamos, sino que llega desde y hasta nosotros en el formato más liviano: j´accuse.

Podemos, la formación política liderada por Pablo Iglesias, ha decidido presentar una moción de censura al actual ejecutivo nacional, es decir, advertir con carácter previo, que así de educado se estructura el mecanismo en sede parlamentaria, que va a transmitirle lo que hace de manera continuada en ese y otros tantos foros. Para tal fin, ha tomado por multiplicar el término hasta casi hacer pleno de acepciones en su conducta, ya que con esta estrategia política la formación morada ha ratificado que se ha formado una opinión sobre su adversario electoral, como considera que, con los nuevos casos de corrupción que han asomado a la opinión pública y judicial no lo considera legitimado para continuar ejerciendo como elemento garante del ordenamiento jurídico vigente; ha tomado, por lo tanto y evidentemente, la determinación de reprobarlo, tras presentar la correspondiente moción, vituperando formalmente la posición gubernamental y, como remate a la escuadra; ha hecho registro de su acción censora.

¿Por qué ni el gobierno de Mariano Rajoy ni el resto de grupos parlamentarios se toma en serio esta acción constitucional, que ya ha tenido dos réplicas precedentes, con idéntico fin al que sufrirá la presentada por Podemos? Fundamentalmente, porque censar algo o a alguien en el trazo ibérico es consustancial con la idiosincracia del común de los aún mortales a orillas patrias. Hordas de individuos, en cualquier aspecto de interés colectivo, se sitúan rígidamente en sus posiciones, como si aposentaran sus principios sobre puas y descargas eléctricas, para levantarse en armas contra todo aquello que provenga de la ribera contraria: Si aplaudimos un escudo balompédico, imposible criticar lo propio o ensalzar lo ajeno; tanto igual ocurre en cuestiones político-electorales, donde en lugar de ejercer esa censura previa que no ha de pasar, obligatoriamente, por cambiar de bando, se mantiene el fanatismo a las siglas, huela como huela la papeleta de turno.

La moción de censura que se debatirá, próximamente, en la Cámara Alta tiene mucho de poética, si bien se argumenta su presentación en cuestiones puramente éticas. Todo es un teatrillo sin andamiajes, sin cobertura. La acción no prosperará, pero ya ha hecho que las tramoyas se pongan a pleno rendimiento para ir descolgando los escenarios actualizados con motivo de este cambio de guion. Sin apuntador a la vista, y con demasiado verso donde la prosa estancó hace mucho sus puntos y comas, aquello que se recite en el hemiciclo a lo largo de la sesión censora tendrá menos consistencia que los titulares, replícas y contrarreplícas que, desde ayer, entretienen al respetable como de costumbre: contando lo que ya sabemos, haciendo para no hacer nada.

Qué no votar cuando vas a estar votando

Votar1No hay cerebro más avinagrado que el de un ciudadano español con derecho a voto en el presente año. Si, además, dicho individuo se encuentra empadronado en Andalucía o Cataluña, las posibilidades de diálisis macroencefálica aumentan exponencialmente en cuanto las campañas electorales pretenden sumergirse en sus respectivos lóbulos parietales, hasta alcanzar la inmersión sin escapatoria en dimes y diretes de lo viejo y lo nuevo, el eslogan y el mensaje. En definitiva, 2015 supone, irremediablemente, la anualidad decisoria, un impulso al que están llamados casi 30 millones de electores con la diferencia sustancial, respecto a las anteriores citas frente a las urnas, de esa intención decisoria de la que puede dimanar un escenario divergente en la controversia, unívoco ante la construcción de la primera democracia.

Votar2Las ilusiones van y vienen, y cuando de entregar una decisión compleja en forma de simple papeleta se trata, los ensueños suelen arrinconarse al pie del colegio electoral de turno. No obstante, para los próximos meses se avecina una novedad, encarnada en forma de pluralidad, por mucho que ésta pueda deberse a corderos disgregados empeñados en tostar su piel para que el lobo al que entierran bajo sus tiernas fauces no concrete el colmillo avecinado. En efecto, de 1982, aún con menos oferta en el carrito electoral, podemos aprender como la carnaza puede resultar de apetecible a podrida en menos que se anula una promesa programática. Hoy contamos con cinco artistas en ciernes, algunos ajados de tanto salir al escenario a golpearse con el aplauso pactado, otros necesitados de cabecear en las encuestas con más ritmo que el perrito piloto del asiento trasero, así lo nieguen, así consumen su apuesta por lo nuevo recurriendo a diario a las estructuras canosas.

Votar3Estamos perdidos, eso es patente de corso ciudadano. Y el que no lo quiera ver, que se ajuste el iris y la cornea antes que su ideológico espejo retrovisor le abandone ante el choque lateral de turno. Se ha hablado en los últimos dos años tanto de castas, viejo y nuevo, superación del bipartidismo y otros menestorosos tratamientos publicitarios de esta pausa en el partido amañado de nuestra rutina política, que algunos llegarán exhaustos en lo anímico a los últimos compases del presente ejercicio. Eso que se denomina caduco no desaparecerá en tanto en cuanto el nivel formativo del elector común con derecho a serlo y votarlo encuentre su rebeldía crítica circunscrita a un jadeo puntual, inentendible, al hacer zapping y deslizarse unos gramos-minutos en aquel debate político que hoy es tedio. De resto, su afecto para con la papeleta se encuentra entre el desapego y la fidelidad… a la pareja de turno. Mientras, aquellas almas rebeldes dispuestas a encontrar nueva parentela para abrazar esas veladas sociales por explorar continuarán siendo casquivanas errantes en el sendero del acuerdo sin consenso, la crisis estabilizada, el grito del sordomudo. No se apenen, que a lo mejor le quedan tres oportunidades: tiren a dar, que el perrito piloto no siempre toca, pero tiene ganas de irse en sus brazos.

Política de rápido consumo

FastFoodQue el invierno comienza a finales de diciembre, o termina en la esperanza de un año que comienza con promesas de cambio, es un ritmo que no puede más que enfriar el escaso ánimo, desandar cualquier atisbo de recuperación emocional en casa propia. Con algunos imputados calentando cerca del banquillo pero tan lejos del terreno de juego carcelario y millones de prudentes ciudadanos dispuestos a rasgarse las vestiduras al ver sus respectivos votos convertidos en carne de gran coalición, las perspectivas de cambio para el año 2015 son inversamente proporcionales al show de fast food político que se ha instalado en el prime time catódico, nueva forma de entretenimiento de saturday night live a golpe de contertulios ligeros de andamiaje intelectual.

De PagaInfantas a convidados de piedra, no hay peor ilusión que la que se tiene desde el desánimo, la que se sabe incumplida antes siquiera de proponerse. Los espacios temporales no dejan de ser etapas ficticias que vamos encajonando en la bitácora del trayecto socio-colectivo para que las estadísticas nos queden más ordenadas, con arrugas bajo el pantalón. Mayo y noviembre son dos estaciones de servicio en ese cubículo anual que tanto se ansía dejar montado antes siquiera de pasar por la planta de compostaje; la primera promete una suerte de 14 de abril del municipalismo, y los optimistas no dejan de soñar con un cierre de ejercicio que vire, hasta colocar el mastil en la dirección de los buenos vientos, vislumbrando en lontananza la prosperidad de esa misma sociedad que lleva más de tres décadas asolándose conscientemente a base de pompas de jabón macroeconómico que siempre estallan, que antes o después tocan la baldosa fría del fraude y estallan.

FastFood2Nada de eso importa, porque ahora, efectivamente, todos tenemos al alcance de un par de botones del mando a distancia el santo grial de lo que viene a denominarse debate político pero no deja de ser amarillismo gritón con rostros que parecían rigurosos. Periodistas, candidatos y toda suerte de mester de juglaría política dejan sonar sus flautines gritones hasta altas horas de la madrugada a ritmo de centella, todo en dolby stereo de rápido consumo. Así tampoco se analiza, se piensa, se encuentran esos nuevos tiempos, ese destierro de lo viejo, que tanto gusta enarbolar con los mismo condimentos de lo caduco, esto es, a golpe de eslogan, con prisas y engordando mórbidamente la sensación de que la política no es más que chillido en celo, histrionismo que vapulea la paciencia ajena, hasta dejar exhausto al paciente frente a la vehemencia que establece hilo directo con el oido hambriento.

Siglas nuevas, espacios que ocupan otros rostros, muy probablemente con sanísimas intenciones, comprende ese escenario tan prometedor para unos, desasogante para otros. ¿Cambios? Resultamos púberes para hacer realidad la modificación sustancial del daguerrotipo social. Es indudable que una amplia mayoría ciudadana lo desea, pero desde lejos, repochada frente al televisor con la actitud del espectador ante un clásico balompédico. Finalmente, si gana tu favorito tendrás una horas, unos días, de venganza victoriosa, pero que no te quiten lo bailado, aunque siempre salgas a la pista con el paso cambiado.

Disquisiciones veraniegas (IV)

Antes que el calendario intraparlamentario recupere su anodina uniformidad conviene despedir este augusto mes con una de alcaldes. Los que conservarán su nicho de confortabilidad antipolítica y los que están por llegar desde la cercanía de las minorías unívocas. La reforma de la normativa electoral en lo que afecta al régimen local, además de extemporáneo y tramposo, como ya se ha comentado ampliamente en diferentes medios de comunicación, también adolece de cualquier viso de animosidad democrática, esto a pesar, precisamente, de muchos de esos análisis periodísticos que disculpan el fondo de la cuestión poniendo el énfasis únicamente en la forma. Y no. El estómago de la última andanada del Partido Popular para sostener por las bravas el poder municipal en las grandes capitales del orbe hispánico resulta un insolente ataque al deguello de cualquier esencia representativa que se precie. María Dolores de Cospedal ya mostró el camino a sus huestes conservadores reduciendo el número de parlamentarios autonómicos de Castilla-La Mancha y haciéndolo, además, sin debate plenario y sin contar con la más mínima voluntad de explorar consensos con otras fuerzas parlamentarias. A costa de ahorrar unos pocos miles de euros en salarios y dietas, la secretaría general de los populares se dio el atracón más voraz de política reaccionaria que se haya celebrado en España desde 1978.

Separemos la paja del trigo; el voto, de la voluntad. Esto es, comencemos por el final, que suele hacer más sencillo recorrer el camino ya escrito. Que gobierne, per se, la lista más votada, ni resulta más democrático ni, por supuesto, conlleva mayor eficacia de la res pública. Los pactos postelectorales resultan consustanciales a la mejor virtud de la política hecha entre todos, otra cosa es que dichas alianzas se establezcan en base a meros repartos de poder, a cuestiones de codicia personal. Pero para evitar esas situaciones no se puede establecer una cláusula de juego más ominosa en el epicentro del terreno de juego electoral. Es a la ciudadanía a quien le corresponde (y en el terreno municipal no nos negaran que resulta mucho más sencillo) evaluar el capital humano que compone las diferentes listas en su respectiva circunscripción, y exigir, mediante una actividad política permanente como animal colectivo necesitado de salubridad institucional, rigor en la defensa de los proyectos políticos presentados en campaña, así como coherencia en los acuerdos inter partes que puedan resultar de la conformación del ayuntamiento donde se encuentren empadronados. Que, como cacarea irritantemente Mariano Rajoy a ritmo de canícula gallega, puedan resultar gobiernos locales mediante acuerdos de tres, cuatro o cinco (o veinte) partidos, no supone la más mínima contradicción con la esencia de la democracia, mas al contrario, en circunstancias de honestidad pactista, limpia y da esplendor a los comunes rebuznos huecos entre militancia contraria a cada pleno que se celebre en lo largo y en lo ancho del Estado. Todos ellos comprenderan, de manera conjunta, una mayor representación ciudadana en número de votos, ergo el cauce nunca se rebosará de manera atronadoramente ilegítima. Al contrario, la automática gobernanza del minoritario más votado plantea dos dudas inmediatas: ¿Se permitirán las mociones de censura? (de ser así, todo este quebradero fabulado por el presidente y su círculo más temerosamente cercano no haría sino retrasar unos días lo inevitable en cientos de corporaciones locales); y ¿de no ser así, está preparado para crear un mapa municipal con multitud de plenos bloqueados?

Lo de ir, una vez surgidas todas las grietas que plantea esta nueva irracionalidad a golpe de mayoría absoluta, improvisando soluciones al modo de posibles segundas vueltas ya resulta dramáticamente carcajeante. Si se afirma haber visto la luz de la democracia perfecta tras cuarenta años en que se ha jugado a unas reglas establecidas por sus mismos padres políticos, ¿Por qué no se aprovecha el golpe de mano para establecer el mismo parámetro electivo en los parlamentos autonómicos y las Cámaras nacionales? Ah, no, que en recintos como el Senado se vive muy bien eligiendo un tercio de sus representantes a dedo autonómico y sin responsabilidad legislativa real. Como diría el ínclito Mariano “Esto ahora no toca”. Lo que corresponde, visto lo visto, es continuar alejando a la ciudadanía de las instituciones, pero acercando a la gente al colmo de su paciencia.

Pasen y agredan

FÚTBOL SEGUNDA A UD LAS PALMAS - CORDOBAEn el circo del fútbol todo está permitido. Por todos y contra todos. Porque, ¿el gallináceo accedió con anterioridad a la sinrazón de los estadios o fue, por el contrario, al romperse la cáscara del huevo cuando se comenzó a cocinar todo aquéllo que ha desembocado, por ejemplo, en los incidentes de este fin de semana? Recordemos sucintamente el relato de los acontecimientos que pudimos contemplar, destemplados, en el Estadio de Gran Canaria el domingo pasado, a cuenta del partido de vuelta del play off definitivo para cubrir la tercera plaza de ascenso a Primera División entre la UD Las Palmas y el Córdoba: 32.000 localidades ocupadas íntegramente, victoria por la mínima del conjunto local en el momento de adentrarse el encuentro en el tiempo de descuento y, a través de una de las puertas de acceso al recinto deportivo que se abren con cierta antelación para permitir la salida controlada de aquéllos que deseen retirarse de manera inmediata, se cuela un número indeterminado pero cuantioso de gente que, en su mayoría, opta por saltar al terreno de juego para celebrar su inconsciencia, hacer suya una fiesta a la que no están invitados; el colegiado, ante la peligrosidad de la escena, opta por parar el partido cuando falta por discurrir un minuto y medio del tiempo añadido, con jugadores y directivos locales pidiendo, a voz en grito, que cese la invasión, que no destruyan lo que deportivamente tienen al alcance de un suspiro. Tras siete agónicos minutos en los que la inmensa mayoría del respetable increpa a los vándalos, el trencilla se dedica a negociar con las partes implicadas y los nervios gravitan formando una panza de burro esquizofrénica en el recinto de Siete Palmas, se opta por reanudar la contienda, con los segundos y el desconcierto suficientes como para que los jugadores visitantes igualen con ímpetu y oportunismo el partido y, por lo tanto, accedan a competir en la máxima división el próximo ejercicio. A partir de ahí, el descontrol más absoluto: agresiones mutuas entre aficionados de arriba y abajo, jugadores, directivos y árbitros saliendo en estampida al túnel de vestuarios, pillaje, destrozos… La imagen más funesta para cualquier localidad y sus gentes, para una plaza que tiene en su promoción turística externa la mayor fuente de recursos, de esperanza de progreso. Pero que, a su vez, tiene entre sus filas lo que no se abstrae actualmente de ningún espacio geográfico de este país. Tanto en la grada como en el palco.

LasPalmasCordoba2La pasión balompédica surge a finales del siglo XIX como elemento de cohesión grupal desde los barrios obreros de las ciudades industrializadas, marca común para aliviar tensiones, para hacer piña. El capital no tarda mucho en comprobar sus oportunidades de negocio, su rentabilidad económica, pero también social; el fútbol pasa a convertirse, así, en negocio y control, en caladero de simpatías y votos, en germen y pandemia de populismo de traje y corbata, el que sí gusta a la dirigencia. En la capital grancanaria el fatal destino de un balón que cambia una temporada ha puesto sobre el césped sociocultural las llagas que no pueden supurar frente a un ambiente desigual, en el que se dan cita todos los estratos de la ciudadanía separados según su rango de capacidad monetaria. Y, en lo alto, unos políticos que invierten ingentes recursos públicos en acomodar recintos deportivos para encontrar la gloria romana y suscribir contratos publicitarios ominosos, sin retorno real como puesta de largo encubierta a sus aspiraciones de impregnarse del éxito deportivo como triunfo de corte político; dirigentes incontrolables, que alcanzan hasta el indulto penal en su santificación desde las presidencias de los clubes; centros, en definitiva, de negocio clandestino que retroalimentan su codicia con la pasión más sencilla de guiar al redil de la permanencia en cúspides de cristal brillante. Toda esa altura brama cuando su plebe arruina el postre, como si el descontrol fuera ajeno a sus actos y omisiones.

Aquéllos que exaltaron la violencia antideportiva desde las entrañas de la expresión más vanagloriada, precisamente, del deporte nacional, son la propia sociedad y sus fracasos, las que también explosionan festejos colectivos, manifestaciones pacíficas y de rotundo mensaje ciudadano, pero en esas ocasiones las fuerzas del orden son adoctrinadas para golpear sin compasión y, de este modo, los mismos que el domingo vieron afrentado su espacio de santificación desde las alturas del Estadio de Gran Canaria, poder asustar al cohibido individuo que ama el orden y teme la barbarie enarbolando la pantochada de grupos extremistas, barbarie organizada, terrorismo de postín, deambulando por nuestras sombras. No, malquerido dirigente, esos que retumban sin dar voces son los suyos, los que su amor por la desigualdad ha creado.

Nación de necios

El fútbol, en ocasiones, puede ser un arte, una suerte de expresión estética en el comportamiento humano que imprime de emociones de alto voltaje a millones de esos bípedos a lo largo y ancho del globo terráqueo. Ajustando la mira telescópica, muchos de ellos transforman ese placer, de manera cotidiana, en obsesión de la que depende en un porcentaje elevadamente dañino su rumbo vital, ya ni siquiera con latido dominguero al tener partidos casi a diario. Lo que parece ser incapaz de abstraerse de los colectivos como conjuntos seguidistas del folclore bien engalanado es el factor amnésico que sudora bajo símbolos que vienen bien al negocio; cada cuatro años, un Campeonato de Fútbol a nivel mundial viene de perlas, más aún en los tiempos del inmovilismo dinámico que transitamos, para que el objetivo recorra miles de kilómetros y deje la pradera catódica, las columnas periodísticas, ajenas al factor propio de los hechos que van modificando el paisaje. De este modo, no hay mejor toque de atención que un silbato al aire y un balón rodando en algo semejante a un decorado de ficción, un plató en el que todas las tomas se envían, instantáneamente, a positivar, para que se detenga el mundo y la gran pantalla se despliegue a toda velocidad. Hasta que esa pelota de reglamento se obstina, en cinco ocasiones, en atragantarte el psiscolabis y la distracción a deshoras reales.

EspañaHolandaEl estreno de la selección española en el Mundial de Brasil recién inaugurado ha supuesto, en noventa sencillos minutos, el agrio antídoto para esos millones de ciudadanos que han sido animados, más aún a golpe de títulos y su eficaz postventa como éxito colectivo, del terreno a la grada y más allá, a comprometer cierta liberación de sus ahogamientos diarios en esta apuesta no asamblearia. De una tacada, plazas y avenidas del Estado español quedaron silenciadas por la imprevisibilidad del azar deportivo, y es doblemente traumático para la expectación sin ganas de sorpresa (paradojas del fútbol moderno), con una generación que ha entendido el triunfo como una rutina, y ha entregado sus expectativas de hacer de la vida un espacio alegre a oráculos con lenguas muertas, inamovibles.

EspañaHolanda2Podemos consolarnos con que el mal del fanatismo loco no es, ni mucho menos, exclusivo de esa pasión latina que se exporta como adjetivo pero se sustantiva como un cefalópodo que derrama sus tentáculos en todo tiempo, a todo modo, por el conjunto de la sociedad. Las versiones ulteriores del circo siempre han supuesto condimento de conservación estructural por parte de la realidad política, levantar o dejar caer el pulgar ya es algo que dejan al público, y en su asentimiento, casi en comandita, filtrándose en ella con interés electoral y de respaldo necesario, hacen masa, moldean su diplomacia.

Para el futbolero gobierno de Rajoy, tan acostumbrado a asumir como triunfos de una política inmaterial las victorias del deporte nacional, el noqueo sufrido ante Holanda en la primera jornada mundialista provoca una úlcera en la distensión de realismo socio institucional que pretende en estas fechas, cuando seguramente vivía en la ensoñación de estrenar tribuna triunfal con el acelerado emperador Felipe VI, entronado a tiempo para que pudiera realizar sus tribulaciones representativas a toda pastilla. Quizás esa goleada, por tanto, despeje toda esa borrasca de somníferos atronadores que nos dejan con los ojos dando vuelta, y antes de lo previsto se abran los cielos, nos abrace el tibio verano, y se derrumbe la última muralla de climatología política para mirar hacia adentro, que tanta falta le hace a esta nación de necios.