El pamplinas de Pamplona

Cervera1Asuntos como el que se viene a tratar en este artículo han de reposar convenientemente para que las murallas y los retweet no nos impidan ver el bosque de la ciudadela, esa arboleda donde el ex diputado del Partido Popular Santiago Cervera Soto se empeñó en dejarse enmarañar en una noche llena de linternas agazapadas donde parecía que iba a encontrar un claro de luna políticamente suculento.

Mucho se ha escrito a la hora de intentar desentrañar todas las explicaciones posibles a un hecho que, contado a modo de fábula, ya resultaría en sí dantesco y pleno de ficción novelesca; un Presidente de institución financiera chantajeado con nocturnidad y lejanía e instado a depositar un triste sobre en plena vía pública, conteniendo una cantidad rídicula de dinero para acallar supuestos infidelidades laborales de alta graduación; un prominente responsable político que se convierte, tanto más con lo que calla, en trampero atrapado, abandonado a su suerte por aquellos que parecían arropar su estilo fresco y desenfadado a la hora de afrontar su responsabilidad política cotidiana con el supuesto tono de la nueva liberalidad que viene. En definitiva, todo un ardid que, a resultas de la dimisión fulminante de Cervera y su inexplicable silencio, remueve una intriga que tiene demasiadas novias con la boca tapada, confiadas en que a los correos electrónicos cruzados les crezcan alas en período migratorio y que a la mano que introdujo ese sobre de humilde coartada se le amputen las extremidades que supongan algún don de oratoria libertina.

Cervera2Durante su breve opulencia de notable animador de la bancada conservadora, Santiago Cervera se ha postulado como voluntario profeta del nuevo escenario comunicativo que se ha abierto vía social media, fundamentalmente desde el balcón de Twitter; feroz en la interacción con sus seguidores, el Cervera diputado y el Soto showman, no dejaban vuelo sin aplacar, trino sin acompasar con canturreos, en ocasiones, con alma de rugido felino. No obstante, debía ser más una pose que un compromiso con las nuevas herramientas de comunicación, porque ha sido descender del escaño, descuadrar su ángulo convexo en el Hemiciclo, y comprobar como su timeline ha reducido marchas hasta ir casi en dirección contraria, que no a contracorriente. ¿Era, por tanto, Cervera la imagen del político nuevo, o no suponía más que otra impostura de rostro amable manufacturado en conserva de cercanía institucional? A saber.

El último tuit con cierta trascendencia que su voluntad nos ha deparado fue enviado al universo de los micromensajes el pasado 13 de diciembre, lo que hace cuenta del escaso bagaje creativo para un personaje que, con corbata y congresistas posaderas rozó los 20.000 tweet en escaso tiempo. El interés de esa, insistimos, última letanía con aroma a armadura reside en como el acusado busca en plumas ajenas la justificación y la respuesta a sus propios hechos. El mensaje rezaba tal que así:

Cervera4De este modo se despidió hasta de su propia defensa aquél que iba a liderar las huestes populares a medio plazo, poniendo en brazos de sus seguidores la duda razonable de sus actos y omisiones a través de otros. Como era de esperar, al señor Cervera le agrada el nudo y desenlace de un artículo que hace demasiadas preguntas pero contiene nulas respuestas. Y es que cuando quien aspira a caminar de manera respetable inserta, a tientas, su mano en busca de documentos comprometedores o un puñado de billetes, tanto monta y tanto se desmonta su honorabilidad, su manera de enfrentar los resortes que deben sostenernos como sociedad avanzada.

Cervera3Se rompió el Kent de Pamplona, el juguete preferido de los atribulados herederos del régimen anterior. Ya habrá otro que venga con un pan debajo de un brazo y un Ipad en el otro, correcto en el vestir pero con cierta rebeldía en sus tonalidades; guaperas pero sin gomina, el hijo nunca pródigo que siempre estuvo en casa, a la espera de desbancar al gris primogénito. Es evidente que a esta historieta le quedan muchas semblanzas, pero no resulta sencillo pronosticar quienes serán los relatores (que no delatores) ni desde que posiciones se irá tejiendo el grueso de la mentira que será verdad, que engrosará las versiones oficiales de esta picaresca in crescendo, incluso aquella que transfiere miseria sin tener que visitar la sucursal infame, a la que le bastan añejos y sigilosos ladrillos y el romanticismo de un sobre corrupto y culpable, como aquellos dedos que depositan y rebuscan, que se pasan la mordida evitando rozarse.

Otra edición de barbarie televisada

Estamos en la antesala de presenciar el arranque de una nueva edición de los Sanfermines, el reducto que se dice lúdico teniendo como eje central de su brutal divertimento la utilización de animales indefensos, vapuleándolos en un febril agobio por diversas callejuelas del casco viejo de Pamplona hasta desembocar, como un premonitorio afluente de sangre, en esa plaza que sigue reuniendo a la barbaridad humana más orgullosa, aquella que alza su pecho al intentar relacionar el nacionalismo y la tradición de un grupo humano en base a tradiciones obligatoriamente desterrables de nuestro planning social.

Aún así, no sólo parece que no avanza un ápice la sensibilización ciudadana ante canalladas disfrazadas de espacio festivo, sino que su cobertura protectora mantiene las murallas a máxima altura: Los Sanfermines reúnen durante una semana a lo más granado del desenfreno etílico planetario bajo el manto de su mentecata titulación como Fiesta de interés turístico internacional, y eso está pero que muy bien si la imagen principal y el centro de adoración que protagonizara campañas publicitarias y cartelería varia fuera el litro de sangría, no el toro masacrado. Es de suponer que los muy conservadores regidores pamplonicas no se enorgullecerían de los festejos principales de la localidad si ése fuera el eje central público del chiringuito; parece que resulta motivo de mayor orgullo y respetabilidad invitar a la muchachada interna y proveniente allende los mares y las fronteras bajo el pañuelo de color sanguinolento que relata en qué consiste el epicentro de la convocatoria. Pero que no se lleven a engaño: mientras las vías asfaltadas de la capital navarra se encuentran plagadas de febril pasión etílica, el ruedo vespertino comprueba como sus gradas se van despoblando edición tras edición. Los astados, por tanto, cumplen una repugnante función de arbitraje, de termómetro obligado para medir el nivel de bebidas espirituosas que se encuentran en el torrente humano a primera hora.

Todo esta rémora histórica de la que nos avergonzaremos antes de lo previsto cuenta, irónicamente, con la amplia cobertura y patrocinio, una edición más, de RTVE, el ente de radio y televisión pública que sostenemos todos los ciudadanos, independientemente de nuestra adscripción política, pasión balompédica y, visto lo visto, de resultar hombres y mujeres que no entienden el sacrificio animal como acto de placer. Cabe plantearse a qué grado de arraigo puede llegar el peso de la equivocada costumbre humana para no sólo programar un despliegue propio de una actividad extraordinaria de la sociedad sino enorgullecerse corporativamente, esbozando sonrisas desde todas las tribunas de la programación televisiva pública, al anunciar las novedades audiovisuales que permitirán presenciar con mayor cercanía y nitidez la tortura y la miseria de los Sanfermines.

El concepto de fiesta permite en nuestro momento histórico multitud de acepciones del divertimento, la algarabía y el frenesí lúdico, pero en ninguna que merezca tal calificativo puede caber la utilización de indefensos animales, hervíboros asustadizos que marchan raudos en busca de una escapatoria ante el desconcierto de calles estrechas, agresiones permanentes, ruido desconocido. Lo desconcertante es que es prácticamente imposible encontrar disidencias desde el arco político navarro y español entre las formaciones mayoritarias. Es, nuevamente, el sacrificio de minorías sociales, hoy repudiadas por el peso del atavismo, lo que permite avanzar unos pocos pasos en busca de la lucidez como comunidad avanzada. Antes que después, llegará el año en que el presentador del informativo del Telediario primera edición comunique la desaparición de esta crueldad documentada de la parrilla de la cadena estatal. Mientras esto ocurre, cambien de canal para que los índices de audiencia les vayan recordando el error de pudrir nuestros tributos con sangre inocente.