Lobo con piel de humano

Tengo una maldad, bendita calamidad, mi vida es un trasunto (de mi esterilidad); tengo una maldad, ansioso por lo que pasará, me voy a dar el gusto… Y esa calamidad, al bípedo pedregoso, no le supone la más mínima vergüenza, mas al contrario le excita, rifle erecto en ristre sustitutivo, las cosas que pasan por su puro gusto polvoreado, espantado, apaleado. Y sabe lo que le pasa, porque a nivel penal es nada y, en función del territorio yermo de normas consuetudinarias , sabe lo que va a hacer, haciendo: Divertirse recorriendo el sufrimiento de patas cortas a cogote que explota en risa, patada y bota, sangre que no sale porque la cámara ve el sonido hueco del coágulo que retumba a muerte. La caza, la vida muerta.

Enloquece la opinión pública pero en el terruño, tú lo sabes muy bien, domina la debilidad osada del chaleco amarillo que reclama la punta hueca del cartucho mandón. Porque el derecho, derecho es. Caza, muerte, diversión ilimitada, normas asilvestradas. Esa gran debilidad será lo que será, pero es muy patria, valga el dios que da y quita, amen lo que desempolve el gatillo oficial apartándose del doble cartucho y el salto infame, mortal. Pero….

Por mucho o por nada, con cánidos amamantados para reventar la teta de la vida, en madrigueras secas o bajo pastos correosos, la familia con mirilla persigue lo mismo: Levantarse cada día que se permite en esta estrambótica realidad para tirar a dar, a dar en el centro, cornea, lomo, lóbulo, morro, objetivo carnagilatinoso que derrumbar, oquear, amedrentar, perturbar y, obviamente, derruir por puro gusto. Viva y bravo.

Curarse de este mal antes de enloquecer no es parte del bolero amable de aquellos que aparecen frente a la imagen que les corta el amable pulso del camino arenoso. Lo llevan en la mirada, lo llevan en la mirilla, y… ¡Ay, qué debilidad!

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Seis años de regresión televisiva animal

Televisión Española había conseguido superar el atavismo de un determinado sector de la clase política y la ciudadanía más insensible y eliminar por completo de su parrilla, durante los últimos seis años, el repugnante espectáculo que, con disfraz de inocente tradición, consiste en acribillar a seis hervíboros astados con diferentes instrumentos de afilada tortura. Lamentablemente cierto es que aún continúa sobreviviendo la trampa festiva de los Sanfermines, como si una carrerita previa por las calles del centro de Pamplona mitigara el asesino desenlace posterior en el ruedo navarro. Pero, de igual manera que ha retornado la ambición por el control informativo de los medios públicos con la llegada del Partido Popular al poder, poco han tardado en saltarse cualquier sensibilidad y cumplimiento de la normativa respecto a los horarios de especial protección infantil. Les ha podido la reivindicación cutre de un concepto de patria que ya fue, que ya no es. Que por ahí no recupera ni crea nada, sino que nos devuelve a un espacio que no es capaz de contemplar el respeto catódico múltiple más riguroso, utilizando la proyección financiada colectivamente para traer una España sanguinolenta e insensible en franja protegida.

El pasado 5 de septiembre, la Feria de la muy reaccionaria Valladolid reestrenó las matanzas animales televisadas en la pública. Ni siquiera un basto criterio de audiencia justificaría la ignorancia de los múltiples acuerdos que buscan desterrar del escenario allende las plazas y ruedos el ominoso ejemplo que consiste en disfrutar con el sufrimiento de seres vivos asustados e inofensivos; dicho criterio, además, no existe. Prueba de ello es su ausencia de las principales cadenas privadas, que se guían ciegamente por análisis de rentabilidad publicitaria; únicamente Canal+ se empeña en ofertar las principales ferias a sus abonados. Pero si algo causa especial repulsión en lo que respecta a este errado retorno taurino a TVE es una indisimulada connivencia del Gobierno actual con sus cabeceras informativas aliadas. El terreno para preparar el regreso de sangre y arena a nuestras pantallas como una victoria de la España de bien comenzó semanas atrás con las patrióticas portadas de ABC a raíz de un supuesto lleno espontáneo en la Plaza de Toros de Illumbe (Donostia), un éxito de taquilla que, según el diario conservador, cimentaba una politizada respuesta al proyecto de la corporación municipal de cara a prohibir la celebración de eventos taurinos en el municipio. Fanáticos de distintos puntos del Estado acudieron a la patriótica llamada para crear la apariencia concertada de que la izquierda abertzale prohibe y reprime los legítimos intereses de la ciudadanía. Y así se escribe la agria historia de la España reversible. En todo caso, el consistorio donostiarra no picó en la trampa y, una vez finalizadas las jornadas de matanza con público, llevo a término el civilizado destierro de las corridas allende sus fronteras municipales.

El Partido Animalista (Pacma), así como otras formaciones de carácter local a lo largo y ancho del Estado, han procedido a registrar denuncias contra RTVE, recordando que las corridas de toros son “un espectáculo en el que los espectadores asisten a la agonía y muerte de un animal desangrado, un auténtico maltrato para los animales”. Además, ha acusado al Partido Popular de apoyar “de forma partidista al ‘lobby’ taurino” y estar “dispuesto a todo para que las retransmisiones de las corridas regresen a la cadena pública”. Incluso a pasar por encima de la directiva europea de ‘Televisión Sin Fronteras’, incorporada al Ordenamiento Jurídico español en 1994 y que impide taxativamente que los contenidos violentos que afecten a la infancia sean emitidos entre las 6.00 y las 22.00 horas.

El entorno en el que vamos reptando para pasar desapercibidos ante los ojos de esta perenne crisis no sólo se circunscribe al ámbito económico, comprobando como retornamos, con curvas demasiado cerradas, al nivel de expectativa vital de décadas anteriores, sino que resulta patente que los del bastón de mando se obstinan en atar a nuestro peso cotidiano otro saco extra relleno de España intelectualmente cruel y subdesarrollada.