¿No ves que es 2 de mayo?

Y, de este modo, la supuesta heroicidad de contiendas patrióticas pasadas no deja ver los ecos de la guerras actuales, las de las aceras repletas en la jornada universal de la clase trabajadora, que cada día tiene menos conciencia de serlo, que a pesar de volver a ser arrinconada lejos de la ficción de nuevos consumidores se desprecia como leprosos en inquietante contacto.

Las manifestaciones se disgregan en nuevas y particulares banderas, en “quítate tú, para ponerme yo”, unas legales, otras alegales; algunas despistadas, demasiadas con ánimo de puntualidad en la demanda. Si de algo valen las onomásticas colectivas es en base a esa posibilidad de concentrar en el punto de encuentro ideológico incuestionable todas las sensibilidades en lucha. El primer elemento de distanciamiento emerge, paradójicamente, de la mayor fisura del neoliberalismo, al haber arrastrado a la desesperanza continuada a más de seis millones de ciudadanos dentro de nuestras fronteras; muchos de ellos se sienten huérfanos de conciencia trabajadora, al haber sido derrotados de manera persistente por la desesperanza, como desterrados de todo, hasta de sus congéneres, de sus banderas. Y allí donde éstas se enarbolan, avenidas y calles parecen dilatarse como repulsa simultánea de los escudos y colores que vienen a reclamar, en esencia, el asunto de los asuntos, el “no” rotundo al abismo que pretenden embarcarnos.

TrincheraRatonera1Entra aquí en macabro juego el sedante que por más de tres décadas hemos inoculado con la apariencia de un reconstituyente. El malhallado “Estado del bienestar” ha venido a ser una lúgubre ratonera con apariencia de trinchera protectora y solidaria, en la que en lugar de esperar la llegada del enemigo, daba la sensación de estar diseñado para pasar la tarde en un juego permanente, irreconocible en sus reglas pero sin posibilidad de derrota. En lontananza, arco iris por doquier.

Frente a todo esto, se encuentra la más gruesa de las conclusiones ante la ausencia de encuentros y respuestas comunes: seguimos, mayoritariamente, sosteniendo una asustadiza esperanza en que el mal, tal y como vino, se irá. No que los gestores de la cosa pública se enfunden la máscara y bajen a las cloacas para desatascar el sumidero colapsado, ni mucho menos; lo que palpa un notable porcentaje de la ciudadanía es el mismo tamaño de desidia que muestra ante las convocatorias electorales y el valor de su decisión, esa sensación de que uno no cuenta y que el resto se puede ocupar sin mí, pero que cuente conmigo a las buenas. Si aderezamos todas estas cuestiones con el descrédito que nos han impregnado desde los distintos medios de incomunicación hacia las centrales sindicales, así como la sospecha de irreconocibles radicalismos cuando un sondeo de intención de voto proyecta potenciales crecimientos de fuerzas políticas que no participan (al menos, por ahora), del motin frente a nuestra esperanza, la disgregación colectiva y los adoquines relucientes encuentran respuesta.

Hoy es día de gloria, hoy nos permiten salir rojigualdos a tomar la calle. España se zafó de cuajo de la opresión napoleónica, se volvió rebelde de un día para otro. Eso, al menos, cuenta la leyenda. Pero no tomemos recortes equivocados. Ser rebeldes en lo patriótico hoy se debe reducir a lo balompédico y a mostrar veneración porque el status quo actual es un bien que nos legaron esos madrileños navaja en mano. Cualquier inspiración para actualizar la rebeldía y poner en marcha el hartazgo frente a nuevas opresiones es cosa de díscolos a los que no les queda ni el día anterior, que ya se verá si deja de ser festivo para que sea eso, un día más de trabajo.

Quién es quién en el Monopoly bancario

Un comprometido y estrecho suscriptor nos ha obsequiado con uno de esos documentales que humedecen las sábanas, a pesar de las noches de invierno, con espantadas de sudor incómodo. Más allá del carácter sionista, funambulista ó, sencillamente, camorrista de los interfectos, lo cierto es que la camada de maduros cachorros hambrientos que conectan su sistema nervioso a nuestra fuente de alimentación son primos hermanos de su dinastía opulenta. El carácter de discreción pública, casi de mediocridad pusilánime aparente, es una de las magníficas cortinas que el neoliberalismo fabrica con tonos negruzcos, dejando para su defensa externa a cómplices políticos de amplia sonrisa, así como ejemplos del star system económico. Pero, no lo olvidemos, detrás de la apariencia producida por la deshidratación económica y social que padecemos, están ellos, continuando su magno plan de universos financieros paralelos, de retorno a un mundo capitalista sin enemigos a la vista, donde cada ciudadano retorna en siervo y cada salario en limosna.