Pasen y agredan

FÚTBOL SEGUNDA A UD LAS PALMAS - CORDOBAEn el circo del fútbol todo está permitido. Por todos y contra todos. Porque, ¿el gallináceo accedió con anterioridad a la sinrazón de los estadios o fue, por el contrario, al romperse la cáscara del huevo cuando se comenzó a cocinar todo aquéllo que ha desembocado, por ejemplo, en los incidentes de este fin de semana? Recordemos sucintamente el relato de los acontecimientos que pudimos contemplar, destemplados, en el Estadio de Gran Canaria el domingo pasado, a cuenta del partido de vuelta del play off definitivo para cubrir la tercera plaza de ascenso a Primera División entre la UD Las Palmas y el Córdoba: 32.000 localidades ocupadas íntegramente, victoria por la mínima del conjunto local en el momento de adentrarse el encuentro en el tiempo de descuento y, a través de una de las puertas de acceso al recinto deportivo que se abren con cierta antelación para permitir la salida controlada de aquéllos que deseen retirarse de manera inmediata, se cuela un número indeterminado pero cuantioso de gente que, en su mayoría, opta por saltar al terreno de juego para celebrar su inconsciencia, hacer suya una fiesta a la que no están invitados; el colegiado, ante la peligrosidad de la escena, opta por parar el partido cuando falta por discurrir un minuto y medio del tiempo añadido, con jugadores y directivos locales pidiendo, a voz en grito, que cese la invasión, que no destruyan lo que deportivamente tienen al alcance de un suspiro. Tras siete agónicos minutos en los que la inmensa mayoría del respetable increpa a los vándalos, el trencilla se dedica a negociar con las partes implicadas y los nervios gravitan formando una panza de burro esquizofrénica en el recinto de Siete Palmas, se opta por reanudar la contienda, con los segundos y el desconcierto suficientes como para que los jugadores visitantes igualen con ímpetu y oportunismo el partido y, por lo tanto, accedan a competir en la máxima división el próximo ejercicio. A partir de ahí, el descontrol más absoluto: agresiones mutuas entre aficionados de arriba y abajo, jugadores, directivos y árbitros saliendo en estampida al túnel de vestuarios, pillaje, destrozos… La imagen más funesta para cualquier localidad y sus gentes, para una plaza que tiene en su promoción turística externa la mayor fuente de recursos, de esperanza de progreso. Pero que, a su vez, tiene entre sus filas lo que no se abstrae actualmente de ningún espacio geográfico de este país. Tanto en la grada como en el palco.

LasPalmasCordoba2La pasión balompédica surge a finales del siglo XIX como elemento de cohesión grupal desde los barrios obreros de las ciudades industrializadas, marca común para aliviar tensiones, para hacer piña. El capital no tarda mucho en comprobar sus oportunidades de negocio, su rentabilidad económica, pero también social; el fútbol pasa a convertirse, así, en negocio y control, en caladero de simpatías y votos, en germen y pandemia de populismo de traje y corbata, el que sí gusta a la dirigencia. En la capital grancanaria el fatal destino de un balón que cambia una temporada ha puesto sobre el césped sociocultural las llagas que no pueden supurar frente a un ambiente desigual, en el que se dan cita todos los estratos de la ciudadanía separados según su rango de capacidad monetaria. Y, en lo alto, unos políticos que invierten ingentes recursos públicos en acomodar recintos deportivos para encontrar la gloria romana y suscribir contratos publicitarios ominosos, sin retorno real como puesta de largo encubierta a sus aspiraciones de impregnarse del éxito deportivo como triunfo de corte político; dirigentes incontrolables, que alcanzan hasta el indulto penal en su santificación desde las presidencias de los clubes; centros, en definitiva, de negocio clandestino que retroalimentan su codicia con la pasión más sencilla de guiar al redil de la permanencia en cúspides de cristal brillante. Toda esa altura brama cuando su plebe arruina el postre, como si el descontrol fuera ajeno a sus actos y omisiones.

Aquéllos que exaltaron la violencia antideportiva desde las entrañas de la expresión más vanagloriada, precisamente, del deporte nacional, son la propia sociedad y sus fracasos, las que también explosionan festejos colectivos, manifestaciones pacíficas y de rotundo mensaje ciudadano, pero en esas ocasiones las fuerzas del orden son adoctrinadas para golpear sin compasión y, de este modo, los mismos que el domingo vieron afrentado su espacio de santificación desde las alturas del Estadio de Gran Canaria, poder asustar al cohibido individuo que ama el orden y teme la barbarie enarbolando la pantochada de grupos extremistas, barbarie organizada, terrorismo de postín, deambulando por nuestras sombras. No, malquerido dirigente, esos que retumban sin dar voces son los suyos, los que su amor por la desigualdad ha creado.

Nación de necios

El fútbol, en ocasiones, puede ser un arte, una suerte de expresión estética en el comportamiento humano que imprime de emociones de alto voltaje a millones de esos bípedos a lo largo y ancho del globo terráqueo. Ajustando la mira telescópica, muchos de ellos transforman ese placer, de manera cotidiana, en obsesión de la que depende en un porcentaje elevadamente dañino su rumbo vital, ya ni siquiera con latido dominguero al tener partidos casi a diario. Lo que parece ser incapaz de abstraerse de los colectivos como conjuntos seguidistas del folclore bien engalanado es el factor amnésico que sudora bajo símbolos que vienen bien al negocio; cada cuatro años, un Campeonato de Fútbol a nivel mundial viene de perlas, más aún en los tiempos del inmovilismo dinámico que transitamos, para que el objetivo recorra miles de kilómetros y deje la pradera catódica, las columnas periodísticas, ajenas al factor propio de los hechos que van modificando el paisaje. De este modo, no hay mejor toque de atención que un silbato al aire y un balón rodando en algo semejante a un decorado de ficción, un plató en el que todas las tomas se envían, instantáneamente, a positivar, para que se detenga el mundo y la gran pantalla se despliegue a toda velocidad. Hasta que esa pelota de reglamento se obstina, en cinco ocasiones, en atragantarte el psiscolabis y la distracción a deshoras reales.

EspañaHolandaEl estreno de la selección española en el Mundial de Brasil recién inaugurado ha supuesto, en noventa sencillos minutos, el agrio antídoto para esos millones de ciudadanos que han sido animados, más aún a golpe de títulos y su eficaz postventa como éxito colectivo, del terreno a la grada y más allá, a comprometer cierta liberación de sus ahogamientos diarios en esta apuesta no asamblearia. De una tacada, plazas y avenidas del Estado español quedaron silenciadas por la imprevisibilidad del azar deportivo, y es doblemente traumático para la expectación sin ganas de sorpresa (paradojas del fútbol moderno), con una generación que ha entendido el triunfo como una rutina, y ha entregado sus expectativas de hacer de la vida un espacio alegre a oráculos con lenguas muertas, inamovibles.

EspañaHolanda2Podemos consolarnos con que el mal del fanatismo loco no es, ni mucho menos, exclusivo de esa pasión latina que se exporta como adjetivo pero se sustantiva como un cefalópodo que derrama sus tentáculos en todo tiempo, a todo modo, por el conjunto de la sociedad. Las versiones ulteriores del circo siempre han supuesto condimento de conservación estructural por parte de la realidad política, levantar o dejar caer el pulgar ya es algo que dejan al público, y en su asentimiento, casi en comandita, filtrándose en ella con interés electoral y de respaldo necesario, hacen masa, moldean su diplomacia.

Para el futbolero gobierno de Rajoy, tan acostumbrado a asumir como triunfos de una política inmaterial las victorias del deporte nacional, el noqueo sufrido ante Holanda en la primera jornada mundialista provoca una úlcera en la distensión de realismo socio institucional que pretende en estas fechas, cuando seguramente vivía en la ensoñación de estrenar tribuna triunfal con el acelerado emperador Felipe VI, entronado a tiempo para que pudiera realizar sus tribulaciones representativas a toda pastilla. Quizás esa goleada, por tanto, despeje toda esa borrasca de somníferos atronadores que nos dejan con los ojos dando vuelta, y antes de lo previsto se abran los cielos, nos abrace el tibio verano, y se derrumbe la última muralla de climatología política para mirar hacia adentro, que tanta falta le hace a esta nación de necios.

Holocausto en honor al fútbol

La designación de un Estado como sede de un evento deportivo de primera magnitud ha dejado de resultar una cuestión de honor patriótico, si es que alguna vez lo fue, para resultar simplemente la puerta de entrada a celerosas inversiones y captación de capital, así como el escaparate idóneo de cara a relanzar sectores de negocio tales como el turismo y la construcción. Y, claro, ese escaparate debe permanecer radiante de principio a fin. En función de la nación que albergue la organización de una de estas competiciones que movilizan a cientos de miles de seguidores y aficionados, las técnicas y herramientas para limpiar, dar brillo y esplendor a decorados que, en algunos casos, comienzan la tarea sin saber siquiera dar lustre por responsabilidad gubernativa, provocan que el resultado final pueda estar teñido de una sociedad insoportable, que permanece con su hedor inhumano sobre los impolutos escenarios.

La UEFA y la FIFA, organismos encargados de la regulación europea y mundial, respectivamente, del negocio que subyace sobre, bajo y alrededor del balompié, han aprobado en los últimos tiempos la organización de sus competiciones más prestigiosas en países donde sólo cabía la certeza de que los plazos y las infraestructuras necesarias llegarían a tiempo para que el decorado aparentara hermosura en los cientos de pantallas de televisión que expondrían la magia del circo futbolero. Baste recordar que, tras la elección de Brasil como sede del próximo Mundial a celebrar en 2014, la organización presidida por Joseph Blatter tomó la insólita determinación de aprobar de una tacada los receptores de las dos siguientes designaciones, cerrando las sedes hasta 2022. Rusia y Quatar, dos Estados que no se caracterizan precisamente por su liderazgo en materia de derechos humanos, igualdad electoral o desarrollo de políticas sociales avanzadas, han sido premiadas por el poder del capital, con la instrucción de llegar a la cita con los estadios más vanguardistas en pie, y los hoteles y avenidas dispuestos a recibir a los visitantes de estos parques de atracciones rotatorios. Como lo hagan, es lo de menos.

La UEFA no quiso quedarse atrás en esto de mirar hacia otro lado a la hora de valorar las situaciones colaterales antes de que comience a rodar el balón y se enciendan los opacos focos del espectáculo balompédico. Una utilitarista alianza entre Polonia (miembro de la UE) y la ex república soviética Ucrania, en el ojo de mira permanente debido a sus constantes rupturas con el fomento democrático y del desarrollo ciudadano (encarcelamiento en sospechosas circunstancias de la ex Primera Ministra Yulia Timoshenko, envenamiento del candidato presidencial Viktor Yushchenko, etc.) ha supuesto la celebración de dos Eurocopas en una, provocando un tenso equilibrio dialéctico por parte de dirigentes y hasta futbolistas a la hora de participar en esta competición. Un claro ejemplo ha supuesto la declaración del capitán de la selección de Alemania, Philipp Lahm, acerca de su negativa y la del resto de compañeros del conjunto germano a estrechar la mano de cualquier dirigente del Estado ucranio por la situación en aquel país en materia de derechos humanos.

Más allá del trato que ha recibido la ciudadanía ucraniana desde la fallida Revolución Naranja, un holocausto sangriento ha venido recorriendo las ciudades que están siendo sedes de la presente Eurocopa, un holocausto denunciado con tibieza e ignorado por la mayor parte de la población local. Para asear el teatro de los sueños futbolísticos, las autoridades decidieron implantar una política de cruel exterminio sobre perros y gatos callejeros, utilizando métodos de extrema crueldad de cara a rematar con la mayor velocidad este asqueroso genocidio en nombre del negocio de los hombres. Hasta que la asociación PETA denunció internacionalmente las atrocidades que se venían cometiendo, se estima que más de 250.000 animales fueron sacrificados en el repugnante altar del Olimpo balompédico, 20.000 de ellos en la capital del país, Kiev. Hornos crematorios ambulantes supusieron los campos de exterminios de todos estos seres indefensos, atrapados y retenidos en gigantescas bolsas donde morían asfixiados o heridos. Los que lograban sobrevivir perecían al ser arrojados vivos a temperaturas superiores a 900 grados centígrados. En otras localidades que no disponían de instrumentos de eliminación tan sofisticados, se ha procedido de cualquier atroz manera a cumplir este sangriento cometido: fusilamientos, envenenamientos masivos, cualquier fórmula miserable por encima de utilizar un minúsculo porcentaje de los presupuestos asignados a la organización de la Eurocopa para implantar una política de esterilizaciones y centros de acogida, una acción que acercara a Ucrania a la intención de convertirse en una sociedad avanzada, respetuosa con todos los seres vivos que en ella participan.

A pesar de las denuncias, que obligaron al gobierno ucraniano a asegurar que se habían detenido las matanzas y los métodos despreciables utilizados para la carnicería, observadores de diferentes organizaciones en defensa de los animales aseguran que éstas prosiguieron para que el espectáculo continúe, para que el deporte rey elija a aquél que detentará el cetro europeo los próximos cuatro años, mientras nuestra capacidad de ahondar en una sociedad más justa y sensible con nuestro entorno pierde todos los partidos por goleada.

Derrotados por su entorno

El deporte profesional crea ídolos de barro, estatuas estereotipadas a las que rendir culto y sacar brillo. De eso en este país sabemos un buen rato; mientras las medallas y los resultados crean esa ilusioria traslación entre éxito individual y colectivo, el profesional en cuestión será un becerro de oro en manos y a merced de hordas de sendentarios/as que exportan sus sueños fallidos, su necesidad de épica victoriosa, hasta las manos o las piernas de aquel Héctor presto a ser descabezado. Porque tras la purpurina de los grandes eventos suele quedar el pluriempleo de bajo ingreso o, a lo sumo, la segunda línea de la gestión deportiva. En ocasiones, no queda nada.

Ningún deportista obtiene el respaldo unánime del Coliseo. La sobreexposición pública de su esfuerzo produce terribles melanomas en la pigmentación de sus medallas y trofeos. En apenas veinticuatro horas hemos asistido a la trastienda de dos héroes nacionales que enfrentan otro tipo de derrota, la del ser humano tras la leyenda, recibiendo la insolación de opiniones enfocada en la prístina consideración de que la gloria es la condición previa para el fracaso. ¿Cuánto control recae en la responsabilidad del héroe? Mucho menos de lo que quisieran, de lo que pudieran; el proceso para llegar a la cima impide gestionar lo extradeportivo, tanto o más agotador que aquellas horas que deben invertirse en la preparación física y táctica indispensable para la consecución del éxito.

Arantxa Sánchez Vicario, considerada la mejor deportista española de la historia, ha revolucionado los ecos de sociedad anunciando un explosivo tomo de memorias en el que, mercadotecnia controlada aparte, extrae como eje central de su carrera tenística (es decir, de su vida) la revelación de que ha cortado cualquier relación con los miembros principales de su familia, aquella que parecía una piña sentimental y organizativa en busca del éxito de una dinastía de la que sólo destacó la benjamina luchadora. Por lo visto, sus progenitores controlaron al dedillo la gestión de sus ingresos, que podrían haber ascendido a una cantidad aproximada de 45 millones de euros, además de verse aún inmersa en un grave proceso tributario con la Hacienda pública por supuesta evasión de impuestos al domiciliar fraudulentamente su residencia en Andorra. Hagamos un poco de memoria y pongamos sobre la mesa el linchamiento nacional que recibió la tres veces campeona de Roland Garros cuando trascendió esa decisión como propia. De antipatriota para arriba, la millonaria insolidaria. La imagen del triunfador también se ve obligada a recibir los varapalos del escarnio público por lo que irradia su figura. Hoy nos cuenta la ausencia de control de sus recursos, recibiendo prácticamente una asignación rácana, una paga dominguera de subsistencia. Su buceo por el fango lastimoso que supone tener que relatar miserias para, paradójicamente, recibir algo de lo sustraído no debe ser sencillo. La raqueta no llega a ganar la bola del entorno, la confianza de los íntimos.

Dinero o razones. Prestigio e inocencia. A fin de cuentas, todo incide en la necesidad de entender que el profesional del deporte es muy humano, con sus implacables limitaciones. Bastante tiene con trabajar como fabricante de éxitos para alegría ajena. En el día de hoy, Alberto Contador ha recibido la implacable sentencia del TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo) suspendiendo dos años su carrera deportiva. Aunque hay un aliviante efecto retroactivo que le permitirá retomar la alta competición a principios de agosto, nada impedirá su ausencia en la próxima edición del Tour de Francia y de los JJOO de Londres, además de conllevar el efecto tenebroso de ser desposeído del título en la ronda gala de 2010 y del Giro al año siguiente. Cuando lo hemos escuchado en su defensa personal de los hechos, la actitud del ciclista de Pinto permitía dos lecturas: o es un actor del método ó anda despistado sobre la realidad de su deporte. Todas aquellas excusas alrededor de un chuletón contaminado son producidas por la maquinaria de una factoria que necesita conservar a su gallina de los huevos de oro. Es más, la cantidad apabullante de complementos y control dietético de un ciclista profesional deben pasar bien poco por su supervisión y toma de decisiones, tal es la imposibilidad de bajarse del sillín para preocuparse de aquello que se sale del asfalto. Hoy él paga el pato de una industria que va abandonando en la cuneta las tuercas defectuosas y, tal vez, en unos años, nos levantemos con otro libro de memorias acusando hasta al primo de Matalascañas del engaño y el fraude. Hoy no puede, sigue siendo un héroe patrio porque en el Estado Español el dopado es víctima, nunca verdugo con cuerda propia. Pero víctima de contubernios extranjeros, de la envidia a esta nación transpirenáica generadora de incontables leyendas deportivas que dan esplendor a la bandera y el himno mudo.

El artículo 21.1 del reglamento de la Agencia Mundial Antidopaje establece que “es deber del deportista asegurar que ninguna sustancia prohibida entra en su organismo y no es necesario demostrar intención, falta ni negligencia”. Mucho pedir. El deportista, mientras se esmera en alegrar el tedio del dominguero, no dispone de tiempo y herramientas para impedir que entre en su organismo aquello que será el óxido inevitable de los trofeos mañana polvorientos. El entorno es como un aparato digestivo que regula el tránsito de la carrera deportiva del ganador y, en ese recorrido por órganos delicados, se producen úlceras más o menos profundas.

Corre una leyenda por verificar que cuenta como el grueso de la selección española de fútbol, tras alzarse con el Campeonato en el pasado Mundial de Sudáfrica, se abalanzó a la Hacienda del país anfitrión para declarar ante su fisco el ingreso de la prima correspondiente, pactada con la Federación Española, generada merced a los ingresos ordinarios del ente federativo en suelo nacional y que ascendía a 600.000 euros por barba. El motivo, la pírrica tributación en el país africano en comparación con la cuota resultante bajo la normativa española. Cierta o no, cuesta creer que los futbolistas tuvieran tiempo y conocimientos de Hacienda Pública internacional para gestionar esa decisión. Entre el alborozo triunfante en lo deportivo, no pierdan de vista el corrillo de trajes y corbatas teléfono en mano, redactando quizás llantos y miserias futuras de aquellos que bastante tienen con golpear el balón de forma exquisita, de pedalear con entusiasmo heroico.