España desahucia en Moscú

Hoy realizaremos una acción inédita en los casi tres años y medio de apertura de esta CasaQuerida, y es narrar un hecho con notable necesidad de difusión, pero a través de una voz que lo ha realizado con la precisión adecuada, desde la cercanía que permite contemplar y llevarse a cuestas para entregarnos el mensaje, la demanda. Hoy no es un tiempo nuevo, hoy no podemos perder ni una línea en la operación de supervivencia regia. Hoy seguimos siendo ajusticiados por la estafa que ha quebrado la clase media sin enemigos a la vista, que ha mejorado su codicia de manera exponencialmente repugnante, que nos desahucia más allá de los ladrillos, hacia el precipicio con cuerda fina, equilibristas de la resistencia.

CasaMoscu1Hoy necesitamos viajar a Moscú a través del reportaje publicado por el periodista Miguel Ángel Nieto en el número de mayo de Tinta Libre. Artistas e intelectuales de España, Rusia y Estados Unidos trabajan en el lanzamiento de un crowdfunding para recaudar el dinero suficiente que salde la deuda de los Niños de Moscú. “La Marca España no puede permitirse desahuciarse a sí misma”, dicen. Reproducimos íntegramente su valioso texto, su alerta inmediata que, de manos de Zapatero y de Rajoy, pulveriza nuestro ya de por sí pasado construido sobre heridas y a las que arrancan la sutura de cuajo para que ni el presente las cicatrice.

Conchita Rodríguez llegó con cuatro años a Moscú y desde entonces no ha vuelto a comer zanahorias. Eso tiene su explicación. Su padre murió en los bombardeos franquistas sobre Guernica, en abril de 1937. Su madre la cogió a ella y a sus dos hermanos, de nueve y dos años, y comenzó a caminar hacia Portbou para escapar de España por Cataluña. Caminó muchas semanas con la pequeña en brazos y los otros dos agarrados a sus faldas, hasta que el agotamiento y la enfermedad acabaron con su vida en los valles de Lleida. Los niños quedaron completamente desamparados.

Conchita ni recuerda lo que hicieron con el cadáver de su madre. Sí retiene en la memoria cómo el hermano mayor tomó el mando y los tres pequeños siguieron caminando y robando zanahorias en los huertos para sobrevivir. El mayor vigilaba y daba la señal. Conchita entonces se agachaba y, con disimulo, extraía de la tierra las zanahorias que comían sin lavar. Y recuerda también que fueron muchos días y muchas noches.

Al cabo del tiempo chocaron milagrosamente con miembros de las Brigadas Internacionales que habían llegado a España a defender desinteresadamente al gobierno de la República. Para entonces, los tres niños ya no eran niños, eran tres manojos de huesos con las barrigas hinchadas y envueltos en harapos.

Los brigadistas, algunos de ellos de la Lincoln estadunidense, los llevaron ante Dolores Ibarruri (en ese entonces dirigente del Partido Comunista de España) y gracias a su mediación lograron embarcar hacia Moscú, junto a 3 mil 500 niños españoles que llegaron por otras vías y fueron acogidos generosamente por familias rusas. La mayoría de ellos procedía de colonias infantiles del País Vasco o Levante, donde habían sido enviados por sus propios padres para ponerlos a salvo de aquella guerra civil de 1936. En aquel Moscú de infinita pobreza les aguardaba cariño, sí, pero también una infinita dieta de patatas crudas y una espantosa guerra mundial a punto de estallar.

Con los años, fundaron en Moscú la Casa de España en la céntrica calle Kuznetsky Most, un lugar de referencia para todos ellos en un país sin embajada española ni relaciones diplomáticas con el dictador Francisco Franco. Ahora se llama oficialmente Centro de Estudios de la Cultura Española (CECE), pero hasta en los letreros del portal sigue poniendo lo que siempre ha sido: Casa de España.

A la fecha quedan vivos 103 de aquellos niños, hoy todos mayores de 80 años y algunos de más de 90. Ancianos que se reúnen a diario en esa sede y cocinan lentejas o fabada, siempre platos españoles, y juegan a la brisca o al mus para sortear los tantos años de frío y orfandad. Es, literalmente, su casa, “la casa de todos los españoles”, como insiste su actual presidente, Francisco Mansilla, que llegó a la entonces Unión Soviética con 10 años y ahora tiene 87.

Desde 2006, apenas un año después de que el entonces presidente español José Luis Rodríguez Zapatero los visitara y se hiciera fotos fraternales en esa Casa de
España por la que había pasado hasta el príncipe Felipe, quedó bloqueada la subvención oficial que recibían para pagar el alquiler de su sede. Así comenzó la angustia. La supresión definitiva de la subvención fue efectiva en 2011, justo cuando Mariano Rajoy llegó al poder. No era mucho. Eran 40 mil euros anuales (lo que cuestan dos almuerzos del Consejo de Ministros), pero era un dinero vital para pagar mensualmente el alquiler del inmueble, subvencionado a su vez por el ayuntamiento de Moscú.

A partir de ahí comenzó esta penosa historia de un desahucio anunciado. Mansilla recibió una primera carta de la administración española en la que se le indicaba que no se habían justificado debidamente 21 mil euros que los “Niños de la Guerra” destinaron en 2006 a donativos para otras entidades humanitarias que lo necesitaban y para sufragar el costo de los entierros de muchos de sus socios a los que la edad ya no había perdonado. En otras palabras, no se les daba una subvención ni para funerales de españoles ni para que fueran solidarios con otros ni para que lo justificaran como “gastos sociales”, tal como habían hecho. Y era cierto, como también reconocieron por carta los ex niños de Moscú. El destino de ese dinero no se ajustaba “literalmente” a la reglamentación que se exigía en el Boletín Oficial del Estado. 

El reclamo de la deuda pasó del Ministerio de Asuntos Exteriores a manos del Ministerio de Hacienda en 2010. La reanudación de las subvenciones quedó de facto congelada y condicionada a la devolución íntegra de ese dinero. En un oficio enviado a Moscú por la Agencia Tributaria hace apenas cinco meses, se reiteraba textualmente que esos 21 mil euros se habían convertido, aplicados los correspondientes intereses, en 25 mil 554 euros. Un dinero que crece cada año y que en España puede parecer poco, pero en Rusia, donde el salario promedio mensual rara vez supera los 500 euros, es una verdadera fortuna.

De nada han servido las muchas cartas que Francisco Mansilla ha remitido a Hacienda solicitando que se acepte una devolución a plazos. Porque mientras tanto, las subvenciones de Madrid han seguido sin llegar y el precio del alquiler que cobraba el ayuntamiento de Moscú se ha triplicado. Han logrado pagar los cuatro primeros meses del alquiler de 2014 gracias a una donación inesperada que recibieron del gobierno vasco. “Gracias a este gesto de solidaridad, el Centro Español en Moscú podrá sobrevivir hasta el mes de mayo”, escribía Francisco Mansilla en una carta de agradecimiento fechada el 26 de febrero de este año. “Mientras tanto, estamos esperando una solución por parte del gobierno español”.

Los próximos meses, de hecho, los vuelven a afrontar con aportaciones personales de los socios. Las aportaciones personales de estos 103 mujeres y hombres proceden exclusivamente de los 360 euros mensuales de pensión que perciben del gobierno ruso, más los 200 euros al mes que reciben desde España a través del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso). En otras palabras, de lo que puedan arañar de sus vitales pensiones contributivas por jubilación.

Tras la última comunicación de la Agencia Tributaria incrementando los intereses de la deuda y sin haber recibido respuesta a las cartas enviadas al gobierno de Madrid, escribieron al rey Juan Carlos y a su hijo. El 23 de diciembre de 2013 recibieron respuesta de la Casa del Rey. Alfonso Sanz Portolés, jefe de la institución real, decía que “por encargo” expreso del rey había “remitido su escrito” sobre “la difícil situación por la que está atravesando el Centro Español en Moscú” a “la Presidencia del gobierno, para los efectos oportunos”.

De momento, sólo han recibido el silencio por respuesta. Ni Mariano Rajoy ni ningún otro miembro del gobierno ha atendido a la mediación del rey en el asunto ni a las muchas cartas que se les han enviado a través del consulado en Moscú. Las aportaciones de España en 2013 se habían limitado a cubrir “los gastos del seguro médico y los complementos al subsidio mensual de los Niños de la Guerra residentes en Rusia”.

Todos los demás gastos se cubrieron con donativos y aportaciones personales de los socios. Es decir, y según figura en la contabilidad oficial de la Casa de España: alquiler del local, comunidad de vecinos, electricidad, gas, evacuación de basura, comunicaciones, “un agua en botellones”, impuestos, comisiones bancarias, “papel higiénico, detergentes, platos y vasos desechables, reparaciones, limpieza” y organización de actividades culturales.

En total, un millón 722 mil 158 rublos, es decir, 35 mil 177 euros procedentes del bolsillo de unos niños que involuntariamente quedaron “huérfanos con sus padres en vida”. Sólo en 2013, el alquiler del local había subido de 13 mil a 26 mil euros anuales, justo el doble. En 2014 un nuevo aumento ha colocado el alquiler en casi el triple de lo que pagaban hace un año.

Son cifras que los amedrentan. Las muestran durante un sencillo almuerzo en la propia sede, para el que Conchita ha preparado un guiso de lentejas a la vasca y regadas con vodka. Una comida en la que mezclan el ruso y el castellano con absoluta naturalidad y en la que reconocen sin lágrimas que aún no comprenden la vida que les ha tocado ni de qué tienen la culpa.

Eran muy pequeños cuando les acogió una Rusia proletaria afectada en esos tiempos por la llamada “peste hambruna” que se venía propagando desde 1933 y que llegó hasta Ucrania, la despensa de Moscú. Les acogió una Rusia que les dio mantequilla, becas, formación técnica superior y empleo cualificado en los lugares más remotos de la estepa. Recibían becas especiales, equivalentes a lo que hoy serían 500 rublos mensuales (10 euros), mientras que las de los rusos eran de 150 rublos (tres euros). Se les permitía acceder a puestos técnicos de gran nivel sin la obligación de hacer las oposiciones que exigían a los rusos. Les acogieron familias rusas que les convirtieron en hijos legítimos. Se les trató como a príncipes desheredados, con verdadero afecto y compasión.

Pero también les acogió un terrible régimen político que hasta 1947 les prohibió cualquier gestión que pudiera permitirles localizar en España a sus padres biológicos, un régimen que les negó el derecho a escribir cartas a sus familiares. Familiares, por cierto, que suponían a salvo a sus “huérfanos”, que los imaginaban en el paraíso socialista y que no sabían  —ni podían imaginar— que muchos de ellos morirían por las enfermedades contraídas por los alimentos crudos o en mal estado que en aquellos primeros años eran los únicos de los que disponían los soviéticos. Que ignoraban que los habían salvado de una guerra en España para dejarlos a merced de las consecuencias de una guerra mundial en suelo soviético. Y que tampoco supusieron que hasta 1956, año de la muerte de Stalin, se les impediría salir de las fronteras de lo que fue la Unión Soviética.

“¿Por qué el gobierno no entiende que estamos muriendo en tierra ajena?”, se pregunta Enrique Alonso, el secretario de la Casa de España mientras felicita a Conchita por el sabor de las lentejas. Por haber nacido en Rusia en lugar de en España, como su hermano, no percibe ningún tipo de subsidio. A efectos legales es un ruso. Y sin embargo dice: “Yo fui engendrado en España, aunque mi madre dio a luz en Moscú. Soy español. Y el sol de la patria calienta mejor que éste”.

Cada una de las 103 historias personales que sobreviven en Moscú tiene la morfología concéntrica de la cebolla. Capas y capas y capas que tienen su origen en la misma tragedia: el exilio involuntario; el exilio de niños, en algunos casos de bebés o embriones, cuyo único delito ha sido que sus padres los pusieran a salvo de las bombas franquistas.

Mansilla, el presidente del Centro Español, abandonó su casa madrileña en El Rastro en octubre de 1936 y estuvo en una colonia de acogida en Valencia hasta marzo de 1937. Llegó a Moscú con 10 años, en un interminable viaje en el buque Cabo de Palos junto a los otros 100 chavos de la colonia levantina. Un barco, por cierto, que a su regreso a España fue bombardeado y hundido por transportar tanques para los republicanos.

Los cuatro hermanos de Francisco Mansilla pudieron regresar a España en 1956, cuando Kruschev autorizó la salida de los “niños” españoles. Su antecesor, Joseph Stalin, los había retenido en suelo soviético porque los quería enviar “a otras revoluciones”, a lo que llamaba “la revolución permanente”. Pero a Francisco le negaron la entrada a España cuando por fin podía salir de Rusia por considerarlo “comunista”. Y es lógico, dice, mientras abre una botella de coñac que en realidad es de whisky, pero él no lo distingue: “Hemos sido comunistas siempre y lo seguiremos siendo. Por más errores que se hayan cometido aquí, seguimos creyendo en los ideales”.

Cuando Mansilla localizó a sus padres a través de una carta que envió a un cura de su pueblo natal, la respuesta que recibió fue la siguiente: “Te hacíamos muerto en las nieves de Rusia”. Su esposa rusa lloraba en 1970 cuando lo acompañó a España, la primera vez que regresaba, y vio una tienda con más de 200 tipos de quesos diferentes, porque en Moscú jamás habían visto uno. La madre de Mansilla había muerto 10 años antes, en 1960. Su padre, ya muy anciano, moriría 14 años después de aquel primer reencuentro.

Tras el relato, Mansilla brinda “por las mujeres que adornan esta mesa” (un brindis tan clásico como gentil en Rusia) y luego brinda “por España”. Yo los invito a que lo hagan por mi brindis favorito, “por si acaso”. Después, levanta lentamente sus 87 años y camina por la última fotografía que le tomaron en Valencia. Asombroso. Ya era un niño menudito, rapado, con la mirada clavada en la incertidumbre. Se le escucha y sigue siendo el mismo: un niño.

Es importante entender que en Moscú sólo quedan vivos 103 de estos pequeños exiliados. Y es importante no sólo por la desproporcionada insolidaridad que a estas alturas representa su nuevo abandono, sino por lo que económica y jurídicamente significa. Al reclamo de esos 21 mil euros de gastos indebidamente justificados en 2006 y sus correspondientes intereses de Estado, se sumó contra ellos una reforma legislativa realizada en 2008 y 2009, de nuevo de manos de Rodríguez Zapatero. De ser refugiados de guerra pasaron a ser “emigrantes”, sin más. Como si hubieran sido ellos los que decidieron abandonar España por su cuenta. Como tales, tienen derecho a una ayuda anual equivalente a un dólar por cada miembro de la comunidad, es decir, a 103 dólares en el caso de los Niños de la Guerra frente a los 330 mil dólares que percibe, por ejemplo, la comunidad de emigrantes en Argentina, compuesta por 330 mil españoles, o a los 160 mil de la comunidad española en Venezuela o a las 180 mil personas de nacionalidad española en Francia.

Las ayudas, además, se daban sólo en el caso de que dichas comunidades obtuvieran más de 25 puntos en los nuevos parámetros que establecía la ley. Los puntos dependían de la cantidad de actividades “culturales” que organizaran dichas comunidades.

En el caso de los Niños de la Guerra, en ningún momento llegaron a los 25 puntos, lo máximo que han alcanzado es 15, pues además de ser muy pocos y no percibir la subvención anual, apenas han tenido dinero para organizar suficientes actividades como para percibir esos 103 míseros dólares de subvención anual.

Otra vez el asombroso destino.

“No pretendemos con esta carta abrumaros ni quitaros ningún tiempo”, reza el mensaje que enviaron a los reyes y al príncipe de Asturias el 17 de diciembre del pasado año. “Los que quedamos en Rusia organizamos en ella nuestra vida y familia y, siempre pensando en España, nos conformaba acudir a nuestra amada tierra al menos una vez al año, mediante los viajes organizados por el Imserso”.

Curiosamente, el bloqueo económico a los Niños de la Guerra ha afectado también a esos viajes. Ya no se les paga nada ni se les facilita nada. Hace ya unos años que el Imserso recibió instrucciones del gobierno de no subvencionar esos viajes que realizaban a España.

Es terrible, dice Mansilla: “En Rusia somos españoles y en España, rusos. Sin ver España es muy difícil nuestra vida”, añade. “Nuestro tiempo se agota”, dice por otra parte en la carta enviada a la Casa del Rey.

“Si Vos no lo conseguís, seremos desalojados de este lugar histórico para España (…) y en ese desalojo también se irá nuestro corazón, ya que es el espíritu del Centro Español, identidad de nuestra patria perdida, lo que nos mantiene aún con vida”.

Tristes datos de mayo de 2014. Los 103 Niños de la Guerra deben a la Hacienda española 25 mil 554 euros, intereses incluidos. Hacienda no acepta el pago aplazado que han propuesto, a razón de 2 mil 554 euros por año. Mientras la deuda esté viva, no volverán a percibir los 40 mil euros anuales de subvención que les permitan pagar el alquiler de la sede y su mantenimiento.

La Casa de España, tan humilde, tan deliciosamente noble y acogedora, ha comenzado a empaquetar en cajas sus enseres.

 

El hombre que amaba a los perros

Acercarse y adentrarse en el hermético universo de la vida y muerte de Ramón Mercader del Río, el incólume Jacques Mornard que asestó un golpe mortal una tarde de 1940 a Liev Davídovich Trotsky, supone un reto para cualquier bibliógrafo e historiador experto en la historia de la URSS y del movimiento revolucionario que comenzó en 1905, se truncó en 1924 y agonizó, sin lamentos, a comienzos de la década de los 90. Pues ha sido un novelista cubano, Leonardo Padura, quien ha conseguido relatarnos, con mayor precisión y ternura objetiva, la realidad de un proceso que es tan relevante por su ejecución como por su significado dentro de un mundo alejado de romanticismo y cargado de odio, ideologías manipuladas y sinrazón bélica.

Padura, narrador de notable fama en gran medida por la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, buceó durante casi una década en el sobrio andar de un Mercader que nació, se crió y perdió su identidad en la Barcelona de la Guerra Civil y que entregó sus pasos precisamente en La Habana, oculto bajo una nueva identidad y parapetado en un deambular sólo destacable por la compañía de sus maravillosos galgos rusos, esos esbeltos canes que tantó amó y quiso León Trotsky a lo largo de su vida y que entrelazan ambas existencias, marcadas por un siglo XX que vió la asunción y el fallecimiento de los hombres y las mujeres que han dado sentido a la manera de entender esta realidad, actualmente ahogada entre burbujas huecas, presa del egoismo humano.

La grandeza de esta historia, desarrollada desde tres perspectivas que avanzan a distintos rítmos temporales (la vida de Liev Davídovich Bronstein desde su exilio en Turquía, en 1928, hasta su asesinato en Coyoacán en 1940; la involución de Ramón Mercader, alzado como guerrillero repúblicano en la Sierra del Guadarrama y su caminar hasta instalarse como anónimo héroe soviético en Moscú; y los últimos días de Jaime López, el Ramón Mercader cubano, y sus encuentros con el joven técnico veterinario y aspirante eterno a escritor Iván, en una playa cercana a La Habana) reside en la humanización de lo trágico, en la manera de profundizar en la trastienda de unos personajes reales que nunca fueron dueños de sus vidas ni de sus sueños. Y vaya si tuvieron de éstos a puñados, mas siempre acorralados entre las décadas de la explosión de las ideologías o, si se prefiere, de la destrucción de las mismas, de su corrupción por parte de la resurreción de los líderes supremos.

Resulta complicado no empatizar, en gran medida, con la realidad de un hombre que pudo ser cualquiera de los miles de fanáticos estalinistas prestos a ejecutar lo que, en ese momento, hubiera significado la misión de mayor grandeza universal en la defensa de la Revolución proletaria y, por ende, en la salvaguarda de la clase trabajadora universal y su destino hacia la concreción del comunismo como sistema político y social preponderante. Para entender cómo millones de ciudadanos de izquierda pudieron abrazar la visión estalinista revolucionaria, carente de profundidad teórica y, a su vez, presa de odios, purgas y sufrimiento humano, es conveniente apoyarse en 1984, de George Orwell, donde un archienemigo (Goldstein, en contraposición al segundo apellido de Liev Trostsky, que no es otro que Bronstein) es presentado por el Gran Hermano (el Padrecito, el Gran Timonel), como causa y consecuencia de todos los males que asolan a la Patria. Particularmente desolador es el recorrido que se realiza en la obra de Padura por las sucesivas purgas en la URSS, aniquilando bajo los más insostenibles crímenes a la práctica totalidad de la clase dirigente, permitiendo de este modo a Stalin reescribir permanentemente la Historia y eliminar cualquier posibilidad de exposición pública de sus atrocidades. Son francamente interesantes como elemento histórico porque permiten un suave acercamiento al lector que no se encuentre familiarizado con el terror soviético interno impuesto por el georgiano hasta 1953 pero, sobre todo, resulta fascinante su composición poética por parte de Padura, encaminando y superponiendo procesos públicos horripilantes (el reflejo del arrepentimiento y posterior autoconfesión de Yagoda es significativamente perverso) hasta el culmen literario que supone la ejecución privada y macabra del antiguo líder del Ejército Rojo, el hombre que, de la mano de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, consiguió derrocar la tiranía zarista, enfrentarse al Ejército Blanco y los movimientos antirrevolucionarios internos y externos y establecer la primera República Socialista de la historia universal.

El hombre que amaba los perros, que puede ser y es cualquiera de los tres protagonistas de la novela, victimiza su existencia muy dentro de ese trascendental proceso que supuso la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero de esa trinidad nos quedamos con la crudísima realidad de un Ramón Pavlovich López que, tras veinte años en presidios mexicanos, con una férrea disciplina ante los interrogatorios y, por ende, su responsabilidad histórica, se encuentra frente al anonimato de un mundo que se encuentra incómodo ante su presencia fantasmagórica. El refugio vital de las avenidas moscovitas, acompañado por los borzois que compensaron el fantástico amor por los canes que siempre vio reprimido, hacen olvidar que nos encontramos ante el asesino de una de las mentes preclaras de la izquierda, el ejemplo de la pureza de una Revolución permanente que debía conducir al individuo a su liberación absoluta de las mayores injusticias inventadas o impuestas a los colectivos.

Ahondar en los sentimientos y motivaciones de Ramón Mercader es una tarea inhóspita, si es que, en todo caso, éstos existieron de una manera consciente. Lo que resulta irrefutable es que desde su conversión a Jacques Mornard, el izquierdista catalán dejó de ser individuo para resultar una mescolanza de integrista ideológico y espía refinado. El resto de la historia es ampliamente conocida y ha resultado profundamente debatida, saltimbanqueando entre la comprensión e, incluso, el aplauso, hasta el repudio y el rechazo. En ocasiones, Ramón Mercader ha sido presentado como un lunático individualista que perpetró el magnicidio de mayor escándalo en la historia de las izquierdas casi por libre. Acercarse a esta novela extraordinariamente documentada, significa alejarse de los prejuicios que se han levantado de uno y otro lado.

Ramón Mercader del Río falleció víctima de un cáncer óseo en 1978, en La Habana, si bien se encuentra enterrado en Rusia, en un cementerio donde yacen héroes de la URSS. A pesar de la sencillez con que resulta dictaminar, con la lejanía de estos años, sus acciones y propósitos, fue un buen hombre y un buen soldado. Su época, sus manipulaciones familiares y su compromiso ideológico en un contexto del que resultaba imposible escapar de la presión teórica y práctica de esas mismas ideologías, le impusieron una formación militar y mental, así como un piolet en las manos para que, un 21 de agosto de 1940, asestará el golpe de gracia al hombre que quería liberarlo.