La corrupción Sobre la paciencia

Implicados a partir de un cutre libro de cuentas, que se vende en cualquier papelería, y que se rellena concienzudamente, casi con pluma de ganso y en la penumbra de un despacho terrorífico, en ese epicentro que gobierna con mayoría absoluta el Estado y la mayoría de las Comunidades Autónomas. Esta síntesis ha revolcado los cimientos de las negativas y amenazas de costumbre, que se realizan en cuestiones como la presente de una manera casi autómata, con la confianza de la prescripción por bandera y a otra cosa, mariposa. Pero hay momentos en que la realidad mezcla demasiados ingredientes como para poder descubrir el sabor de la masa; en este caso, el silencio agría cualquier confianza en que no se haya caducado el contenido. Tal vez sí sea así a nivel penal y fiscal, pero en ningún caso parece que se pueda otorgar la absolución ciudadana a este punto de ebullición que amenaza con quemar toda la cocina central. Los receptores de supuestos sobresueldos de dinero no declarado amenazan o se ocultan; los presuntos donantes no tienen nada que aportar.

Barcenas1Tal y como señala la publicación que ayer dio a conocer el periódico El País, esta tradición de reforzar con regularidad mensual los emolumentos de la cúpula del Partido Popular se ha mantenido, como mínimo a lo largo de casi dos décadas, teniendo a Luis Bárcenas como cajero intocable de un instrumento heredado por unos, auspiciado por otros, pero sobre el que nadie parece tener constancia. Ahí es donde la mayonesa no consigue alcanzar su punto adecuado. Utilizar de manera imperturbable el silencio y hacer mutis por el foro cuando la investigación periodística te señala con diez dedos no alcanza para tanta paciencia agotada. Si hace escasamente un mes una encuesta del mismo medio de tirada nacional evaluaba la confianza de los ciudadanos en los grandes partidos en mínimos históricos, este empuje hacia el descrédito sólo puede continuar alimentándose a medida que no se presenten las pruebas que sean capaces de rebatir el contenido de negra contabilidad o presenciando, por primera vez en la historia de esta arrugada democracia, que los actos ausentes de ética vienen acompañados de consecuencias capaces de regenerar el inmueble sobre el que hemos construido nuestra esperanza como sociedad con ánimo de resultar cada día más avanzada.

En realidad, la prudencia parece sólo partir, precisamente, de aquellos que hemos sufrido la sustracción no sólo de nuestras contraprestaciones tributarias a base de recortes y supuestos sacrificios donde más se hiere a un Estado Social y Democrático de Derecho que se precie de apellidarse con tanto lustre, sino de esa inversión continuada que hemos ido aportando al vaivén de un proceso electoral y político empeñado en alejarse de nuestros gratuitos abrazos, de nuestra confianza tuerta. Las manifestaciones frente a distintas sedes del Partido Popular apenas han superado las centenas de asistentes, y las reacciones en diferentes redes sociales han limitado su indignación y gestión del humor en comparación con escándalos de reciente aparición. No es que el ciudadano se hastíe de lo ocurrido, mucho menos se mal acostumbre como una presencia incómoda que desvalija su esperanza sin posibilidad de redención democrática; la aparición de que la corrupción parece ser una institución imbricada por la élite del partido que gobierna como una estructura de armónico trasvase de parné no declarado elimina gran parte de la ironía que pueda aparecer por las mentes más privilegiadas del anónimo circo de la comunicación en la red y en el asfalto. No hay más que ver la mayoría de carteles que exhibían los manifestantes ayer en la calle Génova: sobrios carteles solicitando Dimisión en blanco y negro.

Barcenas2Siguiendo el procedimiento tradicional del Partido Popular en estas huestes (no hay más que retroceder y echar un vistazo al tratamiento que se le dio al caso Naseiro), la Secretaría General de la formación conservadora niega y amenaza, la Vicepresidenta afirma que no es su cometido tratar de asuntos de partido desde Moncloa y, por lo que aseguran las últimas informaciones, el Presidente, tres días después, se limitará a hablar para los suyos, en abierto para los medios pero sin rueda de prensa ni pregunta de los periodistas acreditados. A ver si se pasa, a ver si se olvida. Pero como de ésta parece que no va a poder salir a base de silencio y chascarrillos, algunos ya se dedican a justificar su aparición en la novela de los pagos. Una realidad que huele como un flato: aunque se niegue, la peste se queda en el ambiente. La dosificación por parte de los medios de próximas informaciones para rentabilizar sus tiradas, el abandono hasta de los propios (salvando a Marhuenda) en la defensa a ultranza de la causa popular y el grito de regeneración que va tomando amplificación minuto a minuto nos dice, nos vocifera, que ha acabado el tiempo de la impunidad.

No miremos los golpes

Hace menos de veinticuatro horas que la violencia, los cachiporrazos, las carreras y los gritos se han evaporado de las calles y plazas aledañas al Congreso de Los Diputados, imágenes que todos hemos soportado con la sensación de asistir a una cacería advertida, programada y casi podría afirmarse que instigada desde las instituciones que deben velar por lo contrario. Miremos ahora lo sucedido y sus conclusiones pero sin acompañamiento visual; que el análisis pueda fluir sin la rabia de leer con un ojo en la prosa y el otro en el cerco de la violencia.

La iniciativa que pretendía diseñar un marco de protesta saliendo de los habituales cliché de la clásica manifestación que desemboca en mítines, aplausos y a otra cosa no vio valorada su innovadora propuesta por las principales fuerzas políticas del Estado, en especial por el actual partido gobernante, que alertó desde sus primeros pasos que nos encontrábamos ante un movimiento casi golpista, invadido de elementos antisistema a derecha e izquierda de las causas perdidas. Esa desacreditación preventiva, que es una evolución a ras de calle patria de las intervenciones armadas apoyadas por este país a principios de siglo, de Azores a Bagdad, ha hinchado el pecho a las altas esferas encargadas de la seguridad para continuar, a medida que el día 25 de septiembre se acercaba en el calendario, la escalada de golpe dialéctico; es quizás el primer momento en la etapa democrática de este país en que se ha visto, sin la más mínima neblina en el horizonte institucional, la condena y la repulsa de un mensaje ciudadano colectivo antes de que éste sucediera. No olvidemos que si la Delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, estaba tan segura de la animosidad invasora de los convocantes, carece de sentido que autorizara la concentración sin poner peros y pegas. Evidentemente, a sabiendas de que en sus limitadas competencias no se encuentra prohibir arbitrariamente marchas y manifestaciones, no le quedó otra opción que desarrollar ese hábito tan cristiano de “a dios rogando, y con el mazo dando”. En este caso, firmando el visto bueno por un lado y afirmando por el otro que ya estaban fichados mil elementos subversivos que, de aparecer, serían detenidos, así como retrayendo a miles de potenciales asistentes con la certeza de que los que lideraban la acción eran unos borrokas de padre y muy señor suyo.

Una vez diseñada la disuasión global, a las fuerzas que supuestamente velan por el orden se les inquirió a ejercer dicha actividad de manera más individualizada, presentándose en las asambleas preparatorias que se venían celebrando por los convocantes los domingos en el Parque del Retiro y conculcando, de facto, el derecho de reunión. No satisfecho o, más concretamente, intranquilo el dispositivo de previa dispersión, durante los días previos a la jornada de ayer, se lanzó la llamarada de amenazas y recordatorios de dudoso encaje legal acerca del ramillete de delitos tipificados y a la espera de ser ejercido sobre todo aquél que osara siquiera rozar el sistema de vallado casi fronterizo de la sede parlamentaria de la Carrera de San Jerónimo. En efecto, el dispositivo levantado por todas las vías de acceso al recinto de la Cámara Baja respondían a una vergonzosa sensación de amurallada República Independiente de Parlamentolandia, a la que no se podría acceder sin sortear controles, presentación de acreditaciones y permisos, así como las ahumadas miradas de las guardias fronterizas.

Con todo esto, más de diez mil ciudadanos se dieron ayer cita por donde el blindaje del hemiciclo lo permitió, para transmitir de viva voz que un importante segmento ciudadano entiende que hay un vicio en la representatividad del poder legislativo y ejecutivo, que no se puede consentir la presentación electoral de programas políticos que se incumplen en su totalidad sin consecuencias, sin suponer un vicio del contrato social en el que los cesionarios temporales de la Soberanía Popular ven raptada su voluntad durante cuatro años. Titular lo sucedido en base a las minorías que provocaron alboroto, sean éstas elementos descontrolados de la colectividad ciudadana o, como se afirma en diversas informaciones, miembros de las fuerzas antidisturbios infiltradas, tiene poco margen de interés para lo que realmente importa, que no puede ser otra circunstancia más allá del calado que haya quedado retumbando contra los muros del Congreso. Los populares han levantado el telón de la jornada corroborando sus supuestos temores previos, una especie de “yo ya lo advertí”, así como alabando el mandoble y tentetieso de los cuerpos de seguridad con placa bien oculta; los socialdemócratas callan, ni siquiera guiñan ofreciendo su mejilla provechosa. La izquierda plural se unió al pueblo, y los ni aquí ni allá pero en todos lados de UPyD afirmaron que los de fuera no son la España en la que ellos flotan.

Hoy, jornada de sangrienta resaca, se han convocado nuevas concentraciones, reiteración del mensaje. Si continúa la sordera desde los escaños, el grito retumbará hasta derruir los cientos de tímpanos ausentes.

Tras el escalofrío de lo vivido, este texto sin reposo debe concluir, en este punto sí, con la imagen de lo sufrido.