No tienes que temer…

… Los lobos muestran ternura al morder y,

ahora los oigo aullar.

(Marquesita, Nacho Vegas 2011)

En la sombras alevosas de la noche, estos aullidos políticos se han escuchado tarde, cuando la bestia acecha en los matorrales cercanos. Los dejamos avanzar sin medidas de seguridad, casi atrayéndolos con miguitas de carne sanguinolenta y ahora nos rodean, a destajo y a destiempo, armados con las zarpas de la inevitabilidad como recurrente disfraz de oveja despistada. Un susurro ilocalizable nos consuela con la posible apertura de estrechos senderos de escape por el norte y por el sur pero la esperanza se muestra incapaz de euforías poderosas, tanto más cuanto la obscuridad parte en dos la inocencia, los días felices, el sol que ya no prende.

Y, así, entre las sombras móviles, recibimos la primera dentellada. Un mordisco esperado pero fatal. El 30% de nuestro torrente sanguineo comenzó a regar el suelo yermo, desnutriendo las futuras cosechas ensoñadas. Ocho mil millones de mordiscos arrebatados que despiden la solidaridad exterior, el compromiso de nuestra aún sostenida opulencia en términos de proporción universal al garete tenebroso de una madrugada aún más desorientada, toda ella desprovista de rumbo. Se estrechan las vías de escape a medida que sentimos la somnolencia del desgarro, de la muerte suave pero inevitable que nos va retrociendo al signo fetal de ese retorno a la desesperanza. Un viaje de vuelta al ritmo de un cangrejo asfixiado, rememorando lo vivido con fotogramas que se vuelven a enrollar, visionando anticipadamente la tristeza de aquello ya hecho en lugar de la enérgica sorpresa ante lo que está por venir.

Dependientes ya de nuestra sobria misericordia, sin guías ni brújulas, sin sosten frente a la insolencia del destino social, aquella estructura que nace de las entrañas ciudadanas se convierte en lupus altivo que desprecia a los débiles, a los heridos en el desigual combate de la causa existencial. Un cero rotundo desplaza el abrazo solidario de nuestra creación, conquistada ya por extraños cuadrúpedos de alta tolerancia carnívora. No hay puertas en la noche que se ofrezcan a nuestras súplicas, demasiado débiles como para ser calificadas de reclamos. En cualquier búsqueda no ya de exigencia, acaso de honrada piedad, no hallaremos abrigo ni cura. Pensiones asistenciales, fomento del empleo y prestaciones por ausencia de actividad laboral reducen ese caparazón protector de lenta tortuga con ingenio superviviente. Barreras de acero, expulsión del falso paraíso. Justicia penal de pago, madres de obligado cumplimiento, impedidos a la puerta de la iglesia, óbolos penitentes dando gracias al capital nuestro dios.

Esta falsa ternura, esos rodeos de apariencia más felina a la hora de amilanar a la presa, no dejan espacio a la indolencia social. Aquí, en este tiempo en que el paisaje se ha transmutado en invierno boreal, todo estrellas sin luna, me adelantas que no todo va a ir bien, que sí tengo que temer. Ya no queda nadie en pie en esta defensa circular a tientas, nadie erguido frente a la lluvia de colmillos tan radiantes y certeros que sustituyen el brillo sano de las luces nocturnas para convertirse en flashes fulgurantes del ocaso como esperanza colectiva. Si alguno escapa con el ánimo en conserva, que ampute sus desgarros y abandone este exilio boscoso; que retorne al asfalto para no verlo transmutar en páramo. Que vengue nuestra derrota.

 

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