Lo Real

P320563.jpgSi Edmundo saciará sus demandas de vitamina C y a otra cosa hasta la alborada, hasta que las desembocaduras devoren el horizonte y el atardecer se vuelva hipnótico antes incluso de armar estrellas, del cigarrillo permitido como terapia de desintoxicación social, o tomará el Land Rover de vuelta y perseguirá una versión 2.0 de libertad no impuesta por la tragedia humana, es algo que queda en tus expectativas al acariciar la cubierta trasera.

Las pérdidas, aquello que nos arrebata ser sólo un rato, con el poco margen para entender lo que ya venimos despidiendo, no pueden suponer inflexión a la hora de enfrentar las fuerzas con las que gestionamos nuestro respectivo plan de vida. Las pérdidas, las de verdad, las que la casualidad nos acerca con la lengua fuera, con el dedo bien tieso en posición vertical, todas las que no permiten siquiera arrepentirnos por un “tal vez” de estrategia postparto, quedan fuera. Nos dejan fuera. Edmundo Gómez Risco debe haberlo sabido, observando a Mica enfrentar la playa en invierno con ojos aún incrustados en su parentesco con la naturaleza, tan lejos del ser social como de la melancolía. Una mirada así, a través de los ojos agotados de la tristeza, de lo adulto rendido sin enemigos a la vista, deben suponer el único faro en la tormenta, otro salvavidas no es posible.

Pero ¿Y antes del afecto? Todo ese panorama que para Edmundo Gómez Risco significaba no dejar atrapar su destino por las relaciones de trabajo, el valor de las condiciones de trasvase entre las mentiras con tacto de capital suficiente y las fuerzas de trabajo desde las neuronas al refinamiento de transmutarse, a ratos, en uno de los otros, en pasar desapercibido aún sabiéndose con la marca que nos mantiene expulsados de la independencia, parecían asegurar supervivencia agotadora. La vida como aprendizaje, la evolución de las especies en su comportamiento social, observando los errores estrategicos inmediatamente antecesores para avanzar a pasos de velocista en la lucha de clases sin cuartel.

BelenGopeguiLos valores que nos sitúan en la fidelidad al orden de las cosas, aquellos en los que Fernando Maldonado será nuestro amigo desde el abrazo en la distancia, al que enseñaremos nuestros pasos pero él nunca nos llevará de la mano a bailar con su orquesta, suponen el afluente por el que la mayoría confía en sumarse, si la voluntad de los factores que no alteran nunca el producto de la realidad, a lo sumo de la esperanza como quiniela en balde, a una corriente que es minoría, que necesita serlo, que supervive siéndolo, pero a través de la cual fluyen las escorrentías de la opulencia. ¿Y el afecto, preguntamos nuevamente? ¿Y la felicidad? Se quedó en el nacimiento. Los sentimientos no se alumbran a través del proceso de relaciones humanas, sino de manera escueta, casi avergonzada, a través de diminutos elementos del todo. O de unos cuantos. Edmundo nadó y guardó la ropa en busca de no tener que entregar su pulso a pesar de las lecciones recibidas. Pero los sentimientos, ay, y el destino casual, con sus irregularidades siempre en línea de llegada, le remontaron, agotado pero con algo de pesca oculta entre los aparejos, a ver a través de las pupilas, enormes, de Mica, una nueva aventura en el horizonte.

El mayordomo nunca se sienta a la mesa

Ángel Sanchis, uno más de esos tesoreros históricos que han volado, gaviota en ristre, desde la casposa Alianza Popular al muy sofisticado Partido Popular, ha reconocido entre chascarrillos de aquel que se siente impune, que organizaba cenas, a medio millón de pesetas el cubierto, en su humilde morada, para recaudar algún dinerillo con el que construir aquella imberbe democracia al gusto de los paladares más exquisitos. Financiación de andar por casa, nunca mejor dicho, con la buena voluntad de ese capital tan por encima de transiciones, reformas y voluntades electorales. En esas mesas la caras han podido ir transfigurándose, de tal modo que sus respectivas naturalezas se han hecho más o menos visibles a lo largo de los años, pero el anfitrión principal ha devorado con el mismo apetito nombres y corbatas, esbirros de almuerzo a la carta y de menú de sidrería. Pero, fueran las que fueran las viandas, envueltas en primorosas privatizaciones o con aroma a ladrillo deconstruido, los comensales que se han reunido para enarbolar sus cuchillos nada inofensivos, vigilantes a babor y a estribor con tal de que nadie les hurtara el pan untado de manteca gorrina, siempre han sido esbirros de su propia clase, social o política, mancomunados en el interés común, superior, que les ha venido convocando alrededor de mesas financiadoras.

Mayordomo1Puntualmente toda la parafernalia ha estado dispuesta, fiel a su cita, pero la sillas tienen invariablemente el tarjetón de turno con el nombre de su poseedor, y ahí el mayordomo nunca se sienta a la mesa. Cada cuatro años, a lo sumo, prueba a hurtadillas alguna sobra, recibe un efímero aguinaldo de condescendencia, pero el resto de veladas se queda a apagar los focos, recoger la mesa, soportar con estoicismo el desaguisado de los comensales. Suspira y continúa su jornada, día tras día, con alguna protesta en forma de ronroneo histérico, sin saber como desahogarse lejos de la pajarita, del silencio pacífico, contaminado frente a una continua contradicción entre su órden y la anarquía que pueblan las butacas que sirve.

Quizás los cambios de uniforme, de talante, de catres y de manera a la hora de recibir el salario haya confundido nuestras atribuciones alrededor del capitalismo como forma de supervivencia, que no de vida. El dinero no entiende de menú colectivo, de café para todos, y estas dos décadas de prórroga ideológica que ha sobrevolado la superficie de los compromisos de portada, mayoritarios, con Fukuyamas y otros sommeliers de áspero paladar, se han topado con la soberbia programada de implantar la dieta única con aderezos de pega, hierbajos alrededor del plato con el único propósito de ocultar la escualidez de las raciones.

Mayordomo2La lucha de clases como motor obligatoriamente engrasado en la rueda del materialismo histórico resulta imperecedero en la condición humana, en la sempiterna batalla por aspiraciones contradictorias que chocan con la necesidad de rebañar las bandejas antes de que sean retiradas. Y para aspirar a que las banquetas sean rotatorias, proporcionadas desde el entrante hasta el postre, no se admiten reservas. A partir del despertar mayoritario, aunque a cuentagotas, acerca de la podredumbre que se teje entre el poder financiero y político, el militar y el control de los recursos naturales, las farmacéuticas y la tiranía de los padecimientos desterrados de cura, la salvaguarda del interés mayoritario ha quedado detenida; un quinquenio de reconocida crisis se ha tornado, por fin, en el escenario real: la amputación de la mano invisible para sustituirla por una prótesis guiada para abofetear a las clases medias, desterrándolas de aquellos privilegios inevitablemente otorgados como contrapeso frente a la tentación marxista y lanzándolas al cubículo sin fondo conocido; hoy es un recorte salarial, mañana la privatización de servicios públicos esenciales y así hasta donde la ciudadanía lo permita, con la única frontera subterránea conocida en el trasluz de la semiesclavitud.

Mayordomo3Lo que Sanchis, Naseiro, Lapuerta o Bárcenas han tejido no ha sido más que sentar a la mesa, en pequeña escala, a invitados que representan el asociacionismo de la minoría. Ésta se obceca en afirmar que son el problema y la solución, a sabiendas de haber sido descubiertos, desde el contubernio con los que vienen accionando las teclas para revertir cualquier estado de bienestar hasta la búsqueda torpe de nuevas excusas para demandarnos altura de miras, paz en las calles, mesura hasta los próximos comicios, mientras envían a las fuerzas de supuesta seguridad a apalearnos más cuanto más civilizado es nuestro comportamiento. ¿El zorro que cuida de las gallinas? Ni mucho menos, el capital es mucho más refinado: espera a la puesta de huevos para sustraérnoslos mientras nos acaricia el plumaje seco, ignorando el piar de nuestra tímida desolación.

El país de los hombres íntegros

Esa es la traducción que se encierra tras la denominación de Burkina Faso en las lenguas mossi y djula, las mayoritarias en el territorio que comprende la nación desde 1983, año en el que llega al poder Thomas Sankara, una luz cuatrienal que se apaga en 1987, bajo las balas del neocolonialismo francés, norteamericano y, en general, del capital internacional que no soporta un ejemplo de guevarismo panafricano en su corrala continental. Continuamos en esta senda el tratamiento de las muertes siempre malas que han impedido con la energía del expolio controlado cualquier voz que cierre las minas, que bloquee el atraco, que finalice con la penuria de millones de hombres y mujeres desposeidos de la titularidad de la tierra de sus ancestros.

Sankara1Ver con los prismáticos de la lucidez aquellas orillas lejanas donde sucede lo que es hermanamiento de experiencias más o menos inmediatas supone un aprendizaje anticipado frente a las trampas que se irán presentando en el deambular (nunca el progreso se ha encontrado tan desorientado) de los colectivos de este y aquel país, de las clases sociales mal emparejadas, a lo largo de la Historia. Y la dignidad del grupo de oficiales que, con Sankara y Compaoré (el judas que siempre besa la mejilla luego acribillada, y quien encabezó el asesinato de Sankara y la vuelta a las políticas de sometimiento al FMI y las potencias occidentales), lideraron la revolución más celerosa y digna del África postcolonial, necesita ser iluminada en los tiempos que acallan las crisis y las diferencias sociales aquellos mismos que las provocan. La guerra de clases, el materialismo histórico, puede ser desacreditado a partir de un axioma con la enjundia de un diamante hueco, pero su brillo deslumbrará cualquier crítica de peso y nos dejará, siempre, en manos del enemigo a la hora de ingerir la receta caducada. En el país de los hombres íntegros, el nuevo presidente, que nunca ocultó la necesidad de la lucha armada como última bala en la recámara de los desposeídos, que entendió que el desterrado no iba a dejar de serlo a través de la caridad con intereses, vendió la flota de Mercedes-Benz del gobierno e hizo que el Renault 5 (el auto más barato vendido en Burkina Faso en ese momento) fuera el auto oficial de los ministros; redujo los sueldos de todos los funcionarios públicos, incluso el propio, prohibió el uso de chóferes del gobierno y los billetes de primera clase de avión; se redistribuyó la tierra de los terratenientes feudales y se la entregó directamente a los campesinos. La producción de trigo aumentó en tan sólo tres años de 1700 kg por hactárea a 3800 kg por hectárea, lo que hizo el país autosuficiente en comida; se opuso a la ayuda exterior, diciendo que “el que te alimenta, te controla.”; obligó a los funcionarios públicos a destinar un mes de salario a los proyectos públicos; o, como presidente, bajó su sueldo a sólo 450 dólares americanos al mes y limitó sus posesiones materiales a un automóvil, cuatro bicicletas, tres guitarras, un frigorífico convencional y un congelador roto, además de la casa donde vivía con su familia. En la lucha por la igualdad real, célebre es su máxima “La revolución y la liberación de la mujer van unidas. No hablamos de la emancipación de la mujer como un acto de caridad o por una oleada de compasión humana, es una necesidad básica para el triunfo de la revolución. Las mujeres ocupan la otra mitad del cielo.”

Sankara2Por sus hechos los conocereis, y desde cualquier punto del orbe existen experiencias extraordinarias que, simultáneamente y sin remisión, son cegadas a golpe del silencio violento desde aquellos logotipos sin armas, sin líderes. Sin apariencia a la que culpar. Ese silencio que tiene como reverso el mismo estruendo de la oferta y la demanda, del mundo de fábula que consume al mismo ritmo que cosecha millones de almas errantes, esclavos de la nueva era, no visibles más allá de la intrepidez de insignificantes titulares que dejan la tinta en las manos, desaparecidas a la misma velocidad que no soportamos sentirnos impregnados de duda.

Nos encontramos en un momento, a este lado de la frontera opulenta, de lucha dispersa. Tenemos jadeos, fiebres, algunos vómitos, pero nos catalogamos los síntomas por separado, y de este modo la enfermedad avanza sin apreciar como nos supura el amarillento de una metástasis ciudadana controlada e incontrolable a la vez. Siempre confiamos en el reflejo de eslóganes y actitudes que ya han trasvasado la barrera de la dignidad para confluir donde desemboca la mercadotecnia. El Che no es nuestro Che, que nos lo han cambiado. Si se les escapa del silencio alguna voz barbuda, algún ejemplo incómodo, se transforma y se envía de nuevo a la cadena de producción con el destino de consumo adecuado. Mal nos irá si no lo percibimos, si no somos capaces de asomarnos a la pradera de los hombres y mujeres íntegros para descubrir nuestro asfalto y desconfiar de las excusas.

El espíritu de Sócrates

El discurso social que ha emanado alrededor de la recientemente finalizada Copa Confederaciones, celebrada en la opulenta a partes desiguales Brasil, ha dejado un vencedor ilusionante: la ciudadanía. Hacía mucho que el deporte de masas no sólo no conseguía enmudecer la realidad que transcurre, infecta, lejos de las taquillas y el graderío, sino por el contrario este evento ha dejado mundialmente al descubierto que se acabaron las glorificaciones indemnes al dios de la amnesia.

Socrates1Y es que recibimos con resignado despiste la certeza de que las grandes citas deportivas en general, frecuentes en lo cotidiano cuanta más distracción se considera de utilidad en tiempos como los actuales, funcionan como principio activo de la dormidera ciudadana; no hay espacio para detener la fiebre pre, in y post competitiva, con sus resultados, análisis y chismes varios, que permitan desviar nuestra bobalicona distracción para que nos dé por tomar conciencia de lo que sucede, a lo largo y ancho del globo, lejos del parquet lustroso, del fértil prado. En Brasil, por el contrario, se creó un diálogo inverso entre jugadores y aficionados a principios de la década de los 80, en los últimos retazos de una dictadura herida de debilidad cínica. Fue la denominada democracia corinthiana que, con el genial Sampaio de Souza Socrates al frente, estableció ese vínculo entre una masa de seguidores que encontraron en el estadio un espacio de elección y reflexión, trasladado ésto a unas grietas que fueron solapándose con voluntad de doble vía. El liderazgo de El Doctor resultó determinante como referente más allá del arte del balón; diversión y compromiso, todo en uno, todo tan necesario para conjugar la necesaria participación activa en los cambios sociales y en la distracción puntual frente a la exigencia colectiva permanente.

La antigua colonia portuguesa, instaurada macroeconómicamente entre la élite mundial y con una tasas de crecimiento envidiables, ha ocultado tras el circo de mundiales y juegos olímpicos varios, su renovada fragmentación entre capas ciudadanas, mientras a lo lejos la información, como es tradición de los antiguos dominadores con respecto a los territorios de ultramar, ha venido tratando con miope condescendencia los barrios en sombra, el hambre raquítica, todo adornado con la alegría, el carnaval, la supuesta samba permanente de unas necesidades que a los ojos de este lado se llevan con folclórica gracia. Pero no, el fútbol no lo es todo, ni siquiera para el país de los pentacampeones, y los desterrados por el reino de las mayores riquezas han salido a reclamar lo que es suyo, lo que les deniega hasta quien gobierna asegurando que nació entre ellos. Y nos asombramos. Y, algunos, son capaces de exigir incluso que no se mezcle el transilium con la bebida de burbujas. Y nos hablan de imagen, y de irresponsabilidad, como si la pelota, por redonda, tuviera más equilibrio que cientos de miles de mentes en lucha. El ruido y las pancartas que exigen igualdad y justicia social han encontrado aliados en la herencia que ha transcurrido desde las rayas blanquinegras de la conciencia de Corinthians, ahora en los nombres y los mensajes valientes de las principales estrellas del firmamento brasilero; no ha habido fisuras en el discurso, desde Neymar hasta Thiago Silva, con la retaguardia de Rivaldo o Romario, y esta unidad que despierta lo que se pretende aletargue ha supuesto la proclama que, en definitiva, ha arrinconado a un gobierno, como tantos otros acostumbrados a detener a golpes la demanda de equidad frente al reparto de lo colectivo. En un tiempo de fragmentación de clases, de crisis ficticia donde los tendones ciudadanos se desmembran, dejando a ambos lados tiras tiernas y podridas de masa desigual, la fiesta en sombra creada para que el expolio pase inadvertido ha supuesto, en Brasil, el efecto contrario.

Platon1De este Sócrates contemporáneo, en un eterno retorno, en ese devenir que enfrenta ideas y clases sociales a lo largo de los tiempos, emergen platónicos discípulos, hermosos, heroicos, que han dejado de temer las sombras que guían, como simios feriantes, sus temores desde las primeras cadenas de contratos y marcas publicitarias. Tal vez suponga un optimismo exacerbado considerar que han abandonado la cueva de esa alegoría que, de forma permanente, los ha convertido en timoratos gladiadores, sin vida fuera del escenario de cánticos, victoria, focos, espectáculo. Pero supone uno de esos pasos que esperanzan porque no han transmitido el más mínimo mareo o desequilibrio. Lo que a este lado del Atlántico supone un doble lamento, al constatar que la amnesia no se globaliza, y que los de la camisa roja no usan ese color más que para cumplir su bien pagada esclavitud con los patrocinadores.

La justicia, al servicio del delito

El Código Penal español, reformado casi por completo en 1995 para adaptarse a la normativa de su entorno, establece una frágil ambivalencia entre el concepto de pena, como castigo que cumple funciones de prevención colectiva y escarmiento individual, y la reinserción del procesado, intentando que el cumplimiento de la sentencia promueva las circunstancias adecuadas para que el sujeto no vuelva a delinquir. Esa dualidad a la hora de enfrentar las incorrecciones de la paz social deben calibrarse con meticulosidad casi de equilibrista, ya que pasarse o quedarse corto en las medidas puede resultar catastrófico a la hora de emitir sentencia tanto en las consecuencias del penado como en el escándalo colectivo que supone encontrarse fuera del espacio del sentido común.

Justicia1Por que el ordenamiento jurídico debe inspirarse como principio fundamental en éso, el sentido común más integrador entre las millonarias sensibilidades humanas que transitan en el Estado donde ha de aplicarse las correspondientes leyes y reglamentos. La realidad penal es, sin duda, la más llamativa, la que alcanza el prime time de las portadas cuando las decisiones judiciales chirrían; peor aún cuando la división de poderes da muestras de cierta efectividad y, de sopetón, se reta la justicia y el interés minúsculo, proveniente precisamente del núcleo de donde deberían emanar las respuestas más sensatas, las acciones determinantes para equilibrar las deficiencias de las relaciones humanas. Ver a la Fiscalía de parte de procesados como Miguel Blesa o Cristina de Borbón no puede resultar cuanto menos sospechoso, más aún en una época en que la lucha de clases se demuestra en plena vigencia, con ese derroche de privilegios que están teniendo que gastar de sus reservas los que han podido transitar las últimas tres décadas poniendo rostro de congénere, de ser de los nuestros.

No obstante, el arte del disimulo como una suerte de onomatopeya constante frente a los desmanes allende nuestras fronteras siempre han pretendido refugiarnos en una placidez mezquina a la hora de valorar como se las gasta el pudiente patrio. Los medios de comunicación de más amplia difusión se obstinan en aleccionarnos frente a la violación permanente de la justicia y la moral a lo lejos, donde no debemos siquiera mirar, por si, de casualidad, viéramos otras cosas que echáramos en falta a menudo. Denunciar la impunidad de las altas esferas está muy bien, no cabe duda, y a los pobres de solemnidad nos reconforta estúpidamente cuando un poderoso cae frente a miles de injusticias cotidianas, cuando el que se cree intocable cae de bruces dentro de la inesperada mazmorra. Mientras nos entretenemos con esos castigos, no sólo se cometen atrocidades insoportables, impunes en un entorno sin seguridad ni organización judicial, sino que nublamos ese nada común sentido que debería orientarnos en el análisis del cosmos nacional plagado de imputados que, con sus posibles, sus contactos y unas tasas que destierran del sistema la justicia sin parné, nos han devuelto a un escenario con pantallas pero sin cimientos. En el cuerpo legal todo continúa existiendo, como un espejismo, como si tal cosa, pero no se anime más de la cuenta, cuando se sienta vilipendiado, a gritar que se les verá en el juzgado sin haber contado antes el capitalito del que dispone.

AccidenteTenerife1Mientras toda la herrumbre que se oxidó alrededor del poder político en las últimas décadas cuelga sin demasiado agotamiento el cartel de imputado, a sabiendas que las molestias de transitar frente a las cámaras es cuestión incómoda de poco tiempo, hay una segunda escala de impunidad que evita el crimen, el castigo, y la moderna reinserción del que perturba el equilibrio social. Farruquitos y Ortegas Cano vulneran a diario nuestros titulares, tomando las vías públicas como circuitos de los que deben apartarse los torpes siervos de la gleva que manchan su bólidos. Pasa en el amarillismo más notorio, y en esos señoritos de provincia que ostentan los apellidos, la raigambre política y de clase, así como los recursos para asaltar la triple muerte ajena en la noche del alcohol, las risas y la ausencia de consecuencias. Los pobres reciben el castigo del olvido mientras aquellos, sin despeinarse, comprueban como el sistema se acciona para proteger su buen nombre, su futuro impoluto.

Cuando la miseria trasciende los bolsillos

Pues nada, ya estamos en 640 grados farenheit de deseconomía. Sorpresas no puede haber muchas, ni siquiera en el diccionario montoriano de lengua miserablemente pastosa a la hora de referir sus jocosas amputaciones colectivas. Entraron solos al Congreso de los Diputados, prendieron dolosamente las escasas ramas del futuro imperfecto, y salieron a la calle, a tomar el viento cálido de las cenizas que ya les aventuraban un lunes infernal. Les da igual. Los suyos, los pocos miles que pueblan sus huestes de verdad, los que con su fraude permanente al Estado que desprecian pero que destetan a diario, tienen de sobra para mantener a unos cuantos millones de incautos en la rueda roedora que busca, sin frontera, una salida a manos de criminales con pinta de sufridos a tiempo parcial.

A fin de cuentas, y a estas alturas del mercurio macroeconómico disparado, sabemos que los paños fríos en la frente y las infusiones tibias no valen de nada. Cada paquete de medidas reformistas no son más que pernadas a nuestras sangrantes vaginas productivas. En realidad, muchos ganan con este simposio de alta estafa a ritmo de bólido teutón; desde casa, sin coger sudores de asfalto, el capital se traslada de muchos a pocos, velozmente. ¿Cuál es el límite que se marcan para evitar la guillotina contemporánea? Aún no lo sabemos, ni debemos en ningún caso erradicar la impaciencia, mas al contrario hace un buen rato que la clase trabajadora, hoy convenientemente segmentada en estratos públicos y privados y éstos, con precisión quirúrgica, en tantas subclases como posibilidades haya de enfrentarla para hacer sentirnos ciudadanos de distinta estirpe, debe echar a andar hacia el epicentro de esta ruina premeditada a ritmo minero.

Y como tener la despensa escuálida distrae más de la cuenta el estómago, que a fin de cuentas es lo que cotiza cuando todo va dejando de bascular en el mareo de la desorientación social, los miserables aprovechan que el horizonte aparece borroso para arrinconar a la madre que lleva en su vientre un proyecto de vida previamente sufridor, que tendrá obligación de nasciturus porque las pobladas cejas católicas exigen darle cobijo, pero al que le han arrebatado la dependencia desde la casa común, ya vacía y nada nuestra.

Y así, de paso, cruzamos con pancartas la avenida de la desolación mientras a nuestras espaldas se reparten los fondos educativos en una germinación del segregacionismo lectivo de aupa. Treinta años después de haber comenzado una apuesta inevitable por la concertación para recuperar el mapa escolar público que los ascendientes del horror actual aplastaron, la inversión se viene torciendo conscientemente para abonar, con la raquítica paga de todos, jugosas estructuras apostólicas. No lo olvide, esquelético ciudadano, no queda en la hucha para lujos públicos.

La televisión y otras zarandajas tecnológicas hacen de pantalla modernista para provocarnos esa apariencia de que nos encontramos en una ruina distinta, más civilizada, más de 3G y banda ancha de mediocridad, como para temer el retorno a las cenizas de un país, de un paisaje global teñido de vencedores y vencidos. En los altares de la participación electoral controlada se encuentran, a sidiestra y siniestra, todos aquellos que nos eyacularon con agria pasta teórica la desaparición de la lucha de clases. Todos iguales en la pobreza y en la miseria resignada. Esto es lo que hay.

Y, qué cosas tan palpables como para sólo pelearlas con la única energía de una charla inocua de terraza estival, de las arcas suprapúblicas aparecen y aparecen botines para continuar estabilizando el cáncer que alimenta células caníbales. Arcas pero que muy públicas, muy de nuestro maldito trabajo mal pagado, en el que estamos sin derechos y acorralados, como si a la salida nos atracaran a diario a punta de navaja y lo acatáramos como un regreso a la adolescencia temerosa frente al matón de patio. Peor, ni siquiera retornamos al cobijo, cada día más tarde y más cansados, con la ensoñación de una venganza heróica. No estamos anestesiados. Dormitamos incómodamente en un coma inducido y nos obsesionamos con abrazar la luz definitiva. Una luz negra, un hueco tenebroso que, resignadamente, aceptamos como tumba prematura.