Lo Real

P320563.jpgSi Edmundo saciará sus demandas de vitamina C y a otra cosa hasta la alborada, hasta que las desembocaduras devoren el horizonte y el atardecer se vuelva hipnótico antes incluso de armar estrellas, del cigarrillo permitido como terapia de desintoxicación social, o tomará el Land Rover de vuelta y perseguirá una versión 2.0 de libertad no impuesta por la tragedia humana, es algo que queda en tus expectativas al acariciar la cubierta trasera.

Las pérdidas, aquello que nos arrebata ser sólo un rato, con el poco margen para entender lo que ya venimos despidiendo, no pueden suponer inflexión a la hora de enfrentar las fuerzas con las que gestionamos nuestro respectivo plan de vida. Las pérdidas, las de verdad, las que la casualidad nos acerca con la lengua fuera, con el dedo bien tieso en posición vertical, todas las que no permiten siquiera arrepentirnos por un “tal vez” de estrategia postparto, quedan fuera. Nos dejan fuera. Edmundo Gómez Risco debe haberlo sabido, observando a Mica enfrentar la playa en invierno con ojos aún incrustados en su parentesco con la naturaleza, tan lejos del ser social como de la melancolía. Una mirada así, a través de los ojos agotados de la tristeza, de lo adulto rendido sin enemigos a la vista, deben suponer el único faro en la tormenta, otro salvavidas no es posible.

Pero ¿Y antes del afecto? Todo ese panorama que para Edmundo Gómez Risco significaba no dejar atrapar su destino por las relaciones de trabajo, el valor de las condiciones de trasvase entre las mentiras con tacto de capital suficiente y las fuerzas de trabajo desde las neuronas al refinamiento de transmutarse, a ratos, en uno de los otros, en pasar desapercibido aún sabiéndose con la marca que nos mantiene expulsados de la independencia, parecían asegurar supervivencia agotadora. La vida como aprendizaje, la evolución de las especies en su comportamiento social, observando los errores estrategicos inmediatamente antecesores para avanzar a pasos de velocista en la lucha de clases sin cuartel.

BelenGopeguiLos valores que nos sitúan en la fidelidad al orden de las cosas, aquellos en los que Fernando Maldonado será nuestro amigo desde el abrazo en la distancia, al que enseñaremos nuestros pasos pero él nunca nos llevará de la mano a bailar con su orquesta, suponen el afluente por el que la mayoría confía en sumarse, si la voluntad de los factores que no alteran nunca el producto de la realidad, a lo sumo de la esperanza como quiniela en balde, a una corriente que es minoría, que necesita serlo, que supervive siéndolo, pero a través de la cual fluyen las escorrentías de la opulencia. ¿Y el afecto, preguntamos nuevamente? ¿Y la felicidad? Se quedó en el nacimiento. Los sentimientos no se alumbran a través del proceso de relaciones humanas, sino de manera escueta, casi avergonzada, a través de diminutos elementos del todo. O de unos cuantos. Edmundo nadó y guardó la ropa en busca de no tener que entregar su pulso a pesar de las lecciones recibidas. Pero los sentimientos, ay, y el destino casual, con sus irregularidades siempre en línea de llegada, le remontaron, agotado pero con algo de pesca oculta entre los aparejos, a ver a través de las pupilas, enormes, de Mica, una nueva aventura en el horizonte.

Dos lágrimas caribeñas

El jueves santo de los católicos exportó al Caribe lo grisáceo de sus fastos en recogimiento. De aquí y de allá, las dos aguas, tibias y cálidas, ardorosas en todo caso, de Barranquilla a Ponce, partieron las virtudes de dos castellanoparlantes de alta fábula. El anverso fue la previsible y mundialmente lamentada pérdida de Gabriel García Márquez, con toda sus letras ya solidificadas en la memoria del respeto, la admiración y las vías rápidas de aquellos millones de lectores por llegar. Pero también, superando el secano del DF para divisar las aguas isladas de la lengua popular, el reverso se cobraba el ritmo del sonero Cheo Feliciano, en una curva cerquita de casa, con todo el ritmo aún musculado, con unos 78 años plenos de salsa y sabor.

CheoMarquezBlanco y negro plagado de color, florido en ritmo de música y letra, de prosa y verso. Una noche y dos lamentos. Uno a la espera, el otro inesperado. El primero, con las necrológicas interesadas en imprenta y con la tinta seca hace demasiadas fechas; el segundo, irrumpiendo en las redacciones como un tono desafinado. En todo caso, los lamentos se conjugan con esta manía persecutoria de mirar atrás sin desenterrar lo ya conocido, lo ya disfrutado. Ambos nos han dejado el cénit de sus respectivas virtuosidades, y a través de sus tonadas los conocimos y admiramos, no más allá. No dentro de sus salones, ni a través del recogimiento de sus malas tardes, sus noches incompletas y, probablemente, sin pausa con exponencial manera inversa. Gabo y Cheo persiguieron el reconocimiento popular, tenían quienes escribieran y alabaran sus trayectorias artísticas, pisotearon la pobreza desde continente y la ínsular para acercarse al mar, mirar al horizonte, y saber que el mundo completo era su incompleta frontera.

CheoMarquez2Es indudable que van llegando otras voces, pero la nostalgia debe alucinar de tal modo que cada uno de estos mastodontes de la Latinoamérica más universal no puede caer sin provocar un tsunami que parece conformar olas sin fin. La lengua castellana, la voz del otro lado del océano, perdió hace más de medio siglo su monopolio, su control, con la aparición de funambulistas tan temerarios, con tanto atrevimiento para asomarse a través de los visillos en llamas.

Al ser coétaneos meridianos de los privilegiados de verlos en movimiento, instrumentos sofisticados de ahora en adelante, resulta complicado cerrar un libro, bajar el sonido, y no sentir como que nos vamos con ambos, como si estando tan lejos su arte no estuviera sentado a nuestra mesa más allá de las fechas señaladas, llegando sin avisar en tantas ceremonias improvisadas que hoy, a tantos, nos saben un tanto agrias. En cada amanecer, de solo pensarlo un poco, provocaba un mullido remanso sentir que el planeta daba vueltas con tipos tan existencialmente voluminosos también embarcados. Normal que se apeen antes, que salten por sus bordas dejándonos tantos salvavidas por si el atraque queda a desmano; de todos modos, nadie sabe en qué condiciones llegaremos a puerto, pero cuanto Caribe ha quedado con el agua helada en estos días, encallándonos, gélidos, en el trópico ahora en silencio.

 

El día de mañana

ElDiaDeMañanaSi Justo Gil levantara la cabeza se encontraría muy satisfecho en un escenario repleto de eternos aspirantes a suceder su innoble profesión, dice Tinejo Sánchez. No es que las modas de la traición vayan y vengan, mi mucho menos. Los chivatos del presente no temen al disparo en la cabeza, a quemarropa, ven la impunidad fácil y el dinero aún más fácil. Justo sí que lo tenía complicado, con tanto tiburón en busca de océano. Eran otros tiempos, que duda cabe, y con su pinta, tan deteriorada, tan de derrota, hoy no podría aspirar ni a un puesto intermedio en cualquier lista electoral de provincias. Que va, lo suyo era el anonimato a cara descubierta, es lo que tiene de bondadoso el fracaso instrumental. Yo no lo conocí personalmente, nada más que por referencias, pero resulta imposible no idolatrar la figura que he sido capaz de construir con los retales, muchas veces épicamente tijereteados, de ese fantasma coleccionista de cicatrices en un alma que nació muerta. Los que han llegado hasta hoy con la memoria de Justo alojada en algunos recuerdos imprecisos, influenciados por el tecnicolor de unos paisajes que se nos han emborronado a fuerzas de querer verlos en modernista tridimensionalidad, son incapaces (qué incongruencia) de detectar a todos los indirectos profetas que escampan sus respectivas miserias a cambio de mucho menos que una redención silenciosa. Porque Justo era la Rata que agarra a primeros de mes cualquier detritus sabiendo como se paladean los aromas de los buenos propósitos, de la carne sin pudrir, con el engaño de los primeros años visualizando toda una vida por delante. Cuando una puerta se cierra, otra ya se está torneando ofreciendo una luz que puede aclarar la vista de la misma manera que consigue cegarte definitivamente y la imprudencia posee esa ignota energía que siempre tira por el camino más incómodo, de mayor atracción.

Pues, como decía, de la misma manera que Justo puso el cuerpo en busca de balas hoy en día estamos rodeados de roedores a porrillo. Están en todos lados, aunque resultan más complicados de exterminar no por cierta piedad hacia el devenir de sus respectivas conductas, sino por culpa de haber asimilado una falsa convicción de que la desratización ha finalizado y podemos abrir la opinión sin nada que temer, dejar nuestras sabrosas opiniones en el quicio de la ventana con la confianza de que van a enfriarse sin temor a la rapiña, a la desnutrición ciudadana. Transitan por otras cañerías, pero al caer la tarde continúan sentándose alrededor de nuestras mesas, frente a frente en cualquier barra, y atraen con una sonrisa inofensiva la necesidad de interactuación que todos llevamos debajo del brazo. Se arriman para sellar la estafa, para hurtarnos el derecho a no salir con miedo a la calle, arropados por ese escenario que nos dicen pluralista, seguro, confortable. Estamos rodeados. Pero Justo no se sentiría orgulloso, en realidad nunca fue vanguardia de ninguna traición profesional. Donde él se vio obligado a situarse miles lo estuvieron antes en el curso de la historia, si bien en la nuestra su recuerdo es el paisaje más concreto, de mayor exactitud, con respecto a qué significa desaprovechar el valor para malvestirlo jugándote el pellejo en todas las bandas. Cuidado con los síntomas, con el tintineo de mazmorras sin habeas corpus, con el golpe por la espalda cuando ya te estás marchando, con el dedo acusador de aquél que, en el preciso momento de fatalidad, se transmuta en la versión de un Justo que ni siquiera aprovecha sus ensangrentadas monedas traicioneras para poner los primeros ladrillos de una redención retrasada.

Un mundo para Julius

Julius3La carroza cambia de jardín al mismo ritmo que ya no se escuchan los disparos a hurtadillas, los mayordomos cayendo al ritmo vaquero de Julius. Dilma dejó de llamarlo, de rescatar a Celso, a Carlos, a todos, de las garras de la infancia que son la razón de ser de una microsociedad injusta tras las verjas del palacete. Demasiadas páginas sin Cinthia, sin el calor de lo que daría la temperatura a cuatrocientas páginas sin alma, con la infancia en soledad, con el descubrimiento sin parientes, sin aliados. La historia de Julius hasta la frontera donde el impúber se ve sustraido de su casta inocencia transcurre sin alma, un principito limeño arropado por los expulsado del diminuto paraíso que todo lo tiene, que los convierte en élite del vacío, viviendo en la penumbra de la riqueza, sintiendo las migajas como su legítima parte del banquete. Julius, línea tras línea, en medio, como un Peter Pan en blanco y negro.

Julius1Julius desaparece frente a un mundo en continua despreocupación, donde las preocupaciones se centran en la organización de vacaciones dentro de las vacaciones, festejos, golf, gin tonic, pastillas para no dudar. El niño crece sin mostrarse; el protagonista se convierte, así, en un atrezzo ante almuerzos y cenas, cocktails de alto copete, desarraigado entre la minoría que es un país dentro de un país. De ahí la carroza que siempre es frontera, que Julius abandona pero continúa, esperándole, en el centro del jardín, como hogar y refugio, hasta que rompa él la alcancía y vaya en busca de la noche con los suyos. Es, en efecto, un recorrido literario en el que no aparece la población, sus conflictos, sus interacciones. Lo más lejos que Julius será capaz de traspasar las verjas de oro se detendrá frente a un piano violento, entre pasillos oscuros, cuartos con sombras de humanos que apenas hablan, que se encuentran lejos y alejan, en su meridiano, a Julius para siempre del mundo. Nada importa, Santiago ya está en Nueva York preparando su hereditario liderazgo, mientras Bobby camina en la rebeldía inmune a la reprobación, como un acto natural de los elegidos, casi sano. Esas dos etapas hacen de secuelas andantes los períodos de Julius que no veremos, que sus hermanos miméticamente nos han contando.

Julius2Un relato que duplicara su recorrido para que continuáramos siguiendo la plácida pasividad de Julius hasta su vejez nos hubiera aturdido igualmente con la desidia de encontrarnos ante a desesperada necesidad de buscar el redondeo de un relato que se desorienta casi desde el alumbramiento de su protagonista. Nadie nos remueve, ninguna despedida, ningún cuchicheo, porque todas son circulares; Juan Lucas bebe y disfrutan, siempre de la misma manera, con una convivencia frente a lo lúdico que de repetirse deja paso al tedio. Susan, mientras, se recoge el flequillo y asiente, y ya están todos muertos, la casa en llamas huecas, frente a un último banquete en el que Julius, en lugar de huir y refugiarse en la carroza pidiendo, con mucha fuerza, que al abrir los ojos todo cambie, ocupará su asiento y se hará una pregunta más, pero muy tímida, lejos de Mafalda, lejos de ser capaz de salir de los folios y abrazarnos al cerrar la cubierta.