Revueltas patrocinadas

Ahora que por Egipto se ponen lúgubremente de moda los tonos militares, da que pensar la supuesta estacionalidad de las revueltas que inundan las costas mediterráneas desde Tetuán hasta Latakia. Más de dos años después de que germinaran, supuestamente, masas floridas al albur de una democracia transmitida a golpe de tuit y “me gusta la libertad”, el calendario parece haberse detenido en plena insolación; Túnez soporta, a día de hoy, el mismo deterioro institucional, caos en los servicios y violación sistemática de los derechos humanos primarios con un dictador múltiple, sin rostro, el de sus propias cadenas oligarcas. A Libia mejor ni asomarse, presa de la venganza en cada esquina, con un Estado absolutamente fallido y la mutación (¿o sería más exacto recordar que no es más que la presencia, sin adornos externos, de la verdadera condición de la codicia?) de toda aquella troupé bendecida como “reformistas democráticos” en una suerte de señores diarios de la guerra por el control de la riqueza, cualquiera que ésta sea. Por Siria no se libran de sus propios libertadores, patrocinados con descaro por un interés mayor a cualquier apariencia cuneiforme de las primeras farsas en el innoble arte de la ocupación macroeconómica de los pueblos. Y de Egipto, ¿qué decir de Egipto? Tan asqueada de dictadores y tan amantes del totalitarismo, ansiosos por elegir y excitados por no aceptar sus propias elecciones. En todos estos casos, lo que allende sus respectivas fronteras se debate debería tener una postura uniforme, alejada de impulsar alienaciones en la opinión pública, favorable siempre a dos principios inmutables: la democracia y la protección y defensa de los derechos humanos. Pues depende, pues depende.

CORRECTION-GREECE-VIOLENCEEs lo que tiene intentar comprender por qué la turba se maneja contra uno, contra otros, o contra ellos mismos, en una sucesión de odios sociales que no parecen deslizarse en función de mayor o menor cantidad de polen de indignación en el ambiente. Allende nuestras fronteras, acostumbrados como estamos a no encontrar más enemigos que el abstracto villano del capital, representado en aquellos mismos a los que hemos entregado, con repetitivo desdén, nuestra confianza cuatrienal, ver imágenes de masas gritando y exigiendo, en lenguas interesadamente traducidas, valores supremos que damos como innegociables (a pesar de que se nos vayan dispersando, como calderilla revoltosa, a diario) nos emocionan. Si a eso le unimos montajes con musiquilla libertaria y un par de tomas de jóvenes en primer plano, los pelos como escarpia revolucionaria que se nos ponen.

Pero como el prisma del largo plazo suele ser mucho más sensato que secundar, sin miramientos, aquello que nos dicen que huele a violeta de la libertad, presenciar la segunda parte de algunos aconteceres que creíamos no iban a contar con trilogía deberían hacernos sospechar que los guionistas ocultos suelen inclinarse por exprimir al máximo la rentabilidad de sus productos. En casos como el egipcio, parece ser que el sufragio universal como cartelera del éxito de la floresta pasada no resulta adecuado cuando a los Hermanos Musulmanes nos referimos. Democracia sí, pero sin pasarse. Aquí no entran en juego mayorías, consensos ni negociaciones posibles, que no está el capital para patrocinar premiere al aire libre y que caigan chuzos de islámica punta. Para poder corregir ese desatino climatológico en lo electoral, siempre podemos contar con el héroe de turno (vease El Baradei y otros star de la oligarquía occidental de rostro árabe) y el estético despliegue de cámaras enfocadas hacia el plano adecuado.

Revuelta2Si a este lado del Mare Nostrum nos da por hacer de las nuestras, discutiendo la servidumbre del poder político a todos menos a quienes los han elegido, rechazando la alienación que resulta dar como hechos innegociables el sacrificio de un mayoritario lado para armar la fertilidad del que siempre gana fuera de las urnas, la estética de las mareas y las pancartas se torna, por obra y gracia de los patrocinadores, en una pira repleta de encendidos anti sistemas (¿es ese término rechazable per se?) que merece dispersar en mamporrero desorden. Entonces, dos costas se enfrentan en función del producto de sistema político manufacturado que se pretenda introducir. Por Siria llevan dos años erre que erre, y mira que les cuesta. Pero no hay salida, si el marketing exige frente libertario en busca del cambio de cromos, no hay valla publicitaria, ni sacrificadas abejas polinizando a diestro y siniestro que eviten la desertización de cualquier esperanza crédula.

Una gélida e inacabable primavera

El inevitable poder de la semántica ha venido contrayendo las esperanzas propias (que no ajenas, occidentales) de cambios positivos para el discurrir de la sociedad norteafricana y de Oriente Medio. La luminosidad de una primavera con plazas atestadas de valientes, sin temor frente a presuntas maquinarias inhumanas, se ha ido marchitando pero sin recibir apenas rayos de cálido efecto ultravioleta y, un año después, el escenario en el que permanece la esperanza continúa sin barrer, con olor a putrefacción política.

Desde nuestra analítica sociedad, presta a emitir juicios de valor acerca de realidades y territorios que se califican de ejemplares y peligrosos casi en el mismo párrafo, qué sencillo resultó asistir a un conglomerado de sesudas reflexiones acerca de elementos de leyenda que magnificaban la condición humana en cuanto valor de progreso colectivo. Capaz una sociedad semianalfabeta y dividida, acostumbrada a la supervivencia individual, en convertirse de la noche de los tiempos a la mañana del futuro en hormiguero ordenado frente a la Reina voraz. Aplausos, aplausos, de nuestras democracias, que no tardaron en ponerse públicamente del lado de aquellos sumisos habitantes de territorios-dique que, precisamente, optaban a derrocar a dirigentes amigables, bastiones de control ante el abstracto fenómeno del islamismo radical (como si Islam pudiera ser, en su esencia, poesía para despiadados), generalatos que obviaban la permanente agresión sionista a sus congéneres. Hoy Túnez y Egipto han perdido el rostro incómodo que consumía miles de estatuas y cartelones publicitarios de oda al dictador en el que centrar la causa-efecto-solución de las rebeliones, mas continúan comprobando como el poder sin rostro eterniza los mismos baches, idénticas desigualdades e injusticias. No importa, el analista allende los mares continuará acostándose con la satisfacción literaria de hacer creer, y hasta convencerse dogmáticamente, que todo está resuelto porque las santificadas redes sociales demostraron su eficacia una vez y volverán a hacerlo cuando se estime oportuno. Las redes sociales, el fenómeno de la interconexión tecnológica en poblaciones sin apenas acceso a estaciones de comunicación y con, precisamente, angustiosas realidades económicas como para estar provistos de smartphones, ipad y demás zarandajas de insensata digestión. Que cosas tan cinematográficas.

¿Qué fue mientras del día en que florecieron las rosas del desierto? En esa eclosión colorida de cambios esperanzadores, las fuerzas vivas de este lado del globo no quisieron ser pacientes para con las decisiones populares y arrancaron por soleares en Libia. Primero, una exclusión aérea y, para cuando quisimos darnos cuenta, teníamos a la representación del mal encarnado en rostro informe, empalado, golpeado y, finalmente, asesinado en plena calle como argumento de un futuro esperanzador en esto de la exportación democrática. Un año después, Amnistía Internacional viene denunciando la sistemática violación de los derechos humanos en la práctica totalidad de centros de internamiento visitados en el país beduino; las milicias continúan actuando con bélica impunidad, la inseguridad y falta de servicios es insoportable, regresando a tiempos de permanente conflicto tribal en un terreno arenoso que nunca aspiró a ser Estado.

Hoy toca Siria, y destruir así cualquier cordón umbilical con el escudo iraní, dejando al descubierto su viabilidad como Estado soberano. Nuestros medios de comunicación ya están ejerciendo su obligatoria avanzadilla de concienciación ciudadana en cuanto a lo que ocurre minuto a minuto de Damasco a Homs. No hay institución supranacional que valga ni convenio de cooperación que se precie que evite ser superado por la indiscutible verdad de nuestros gobiernos, que pierden el sueño de repente ante su destino universal en la protección humana allí donde se cometa una injusticia; ellos la detectan con eficacia meridiana, sobre todo cuanto más cerca ocurra del imperio israelí y más negro sea el suelo por donde se pisa. Eso es democracia, eso es primavera. Aprovechen que, como unas soñadas rebajas, ésta nunca acaba. Usted, que se informa escrupulosamente en prensa, radio y televisión, ya lo tiene claro.

Subcontrata refinada

En una década escasa, desde la invasión cruentísima de Irak por parte de unos cuantos Estados lunáticamente ansiosos, hasta la inminente absorción de la desvencijada Libia S.L.U. desde las succionadoras fauces de las hambrientas corporaciones occidentales, podría parecer que poco ha cambiado en el estilo difusor de las amenazas, resoluciones, acciones y, finalmente, transiciones guiadas por el aliado filantrópico. En ese plazo que, para nuestro ritmo desordenado puede significar, al echar la vista atrás, un chasquido agobiante en los pasos gastados, para el sector tecnológico, por ejemplo, comprende un universo evolutivo. En cambio, la diplomacia folclórica especializada en dar pábulo al ansía mercantilista se esmera en arrastrarse, sigilosa, avanzando en sus objetivos con la prestancia de exquisitez en formas y argumentos en apariencia inalterables; la legalidad internacional merece distinción, observación, análisis y, en último término, acción inevitable. Gracias por las garantías, por la transparencia. Por la falacia con lacitos y papel de celofán.

George W. Bush, que paradójicamente ha enterrado su cabezota imitando a su otrora obsesión Sadam Husein para evitar, en algún descuido demócrata, su puesta a disposición en ese Tribunal Penal Internacional que su nación se niega a aceptar para poder rematar los expolios salvapatrias a golpe de horca autóctona, se sirvió de eficientes contratas bélicas para ejecutar los mandatos internacionales impuestos a golpe de acoso y amenaza. Lo que ocurre es que una empresa de gestión de matanzas que se nutre de gorilas lustrosos salidos de una peli de Steven Seagal no casan bien con la imagen de una intervención pacificadora y de liberación. De este modo, la omnipotente Blackwater reconvirtió sus símbolos e imagen para seguir gestionando bolos sangunarios por esas tierras con algo de subsuelo sabrosón.

El sonriente Obama no ha caído en la trampa. Consciente de que la factura de su victoria no admite más moratorias, aceptó desviar su cegadora sonrisa hacia escenarios tragicómicos y, de la mano de sus siempre fieles y avariciosillos amigos europeos, que en todo quieren picotear antes de que procedan a retirar las bandejas, instó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a emitir una resolución, la 1970, con el objeto improrrogable de exigir al gobierno libio un cambio de orientación inmediato en su actitud para con el pueblo, como es obvio proceder en el adalid de la democracia universal y sus acólitos aprendices. Ya estando reunidos, podrían haber aprovechado la tesitura para unos cuantos copia y pega modificando únicamente el nombre de las naciones advertidas, añadiendo un Yemen por aquí, un Guinea Ecuatorial por allá… pero debe ser que llegó la hora del bocata y después los europeos, esos transoceánicos de moral disipada, contagiaron al resto de presentes con esas malas costumbres del aperitivo, la siesta, la partidita de cartas, y claro, se hizo la hora de volver a casa porque cerraban la sala de reuniones mundial.

A todas estas, el ejecutivo libio no se dio muy por aludido, confiado en sortear una vez más las acostumbradas amenazas a su trayectoria, arropado también por la sacrificada inversión del último lustro de cara a lavar su imagen exterior, con la apertura de sus reservas de crudo, gas natural y agua potable a empresas de exportación extranjeras, así como sonoras y cuantiosas indemnizaciones a las víctimas de sus bravuconadas terroristas pasadas. Pero no, superada la somnolencia de la primera jornada, y tras el plazo de observancia debida, optaron por insistir en su advertencia, aprobando por diez votos a favor y cinco abstenciones (China y Rusia, con derecho de veto, así como Alemania, Brasil e India) la Resolución 1973, en la que, mediante una amalgama agotadora de gerundios enérgicos, concluían que debían garantizar la seguridad de los ciudadanos del país norteafricano mediante la aplicación de una zona de exclusión aérea, la protección de civiles y zonas ocupadas excluyendo el uso de fuerza de intervención extranjera (?), así como proceder a intervenir unos pocos fondos de entidades marcadas con la cruz de financiadores del régimen a desestabilizar. Nada se habla, pues, de acción directa, de influir en el cambio de orientación política o administrativa del Estado libio, etc., pero un fantasma ha de recorrer los cielos beduinos, invisible en su invasión, invisible desde su higiene aérea.

La inmediata operación, liderada a regañadientes por USA en cuanto a su posición diplomática, diseñó un timing ejecutor basado en las buenas enseñanzas, en cómo sortear la piedra que vuelve a buscar nuestro tropiezo, irremediablemente, en la jaqueca de la Historia. Una resolución del Consejo de Seguridad sirve como factor 50 de protección frente a la antipática opinión pública que se empeña en exigir garantías y esas zarandajas que no entran a la despensa de las residencias oficiales, y si la redacción que se consensua hila fino, la ejecución de la misma puede llevarse a cabo sin ataudes con bandera patria, sin reservistas pululando por las calles con sus historias miserables que reavivan la llama del pensamiento. ¿Buscar, entonces, en la agenda, alguna agencia de confianza, que tenga como objeto social el alquiler por horas de mercenarios, con sus granadas, sus armas automáticas, y utensilios de buen matar? Na. Afganistán y su cobarde amparo internacional han enseñado mucho y bien. Tenemos en casa la solución. Buena, bonita y pagada. Que limpia, fija y da el esplendor deseado al informativo del mediodía.

Efectivamente, la Organización del Tratado del Atlántico Norte está ahí, como un papel chorreante y pegajoso. En vigor y sin enemigo. Protectores difusos a este lado del océano que oteamos a través de nuestra ventana del oeste pero que se empeña en abrir nuevos respiraderos en otros mares, con antiguos enemigos. Sin una mención ni de soslayo a su posible papel ejecutor en el mandato de la ONU, como una velada subcontrata del trabajo inevitable. Los ladinos gestores del expolio evolucionan su otrora vacilante sigilo, colocando en los reactores que habían de proteger los cielos y los cuerpos una bandera colectiva, inofensiva en este mundo que se empeña en mostrar razonamiento unívoco.

Despezadado hace una veintena de años el equilibrio amenazante, el incómodo estorbo para alcanzar los tesoros chorreantes de tierras misteriosas, la estrella de cuatro puntas ya puede guiar los navíos para mercantilizar a bajo coste el negro Dorado. Subcontrata de personal propio, Rosa de Los Vientos que expande sus afiladas extremidades allí donde su presencia sea reclamada. Desde la legalidad internacional, la colonización moderna no necesita desembarcar para tomar posesión de las riquezas ajenas. Ni siquiera llevar baratijas para confundir a los beduinos tontainas. Basta unas bombas amedrentadoras, una hermética comunicación externa y vuelta a la reunión para liquidar el asunto. Pero esta vez con hábil celeridad, sin café, copa y puro.

La luz oscura de Libia

Nuestros imparciales medios de comunicación han despachado la semana de éxtasis papal con un aliviador rescate para sus editoriales secos de agosto. La entrada de las tropas sublevadas libias en Trípoli les han ahorrado la incómoda resaca de tener que enfrentar la realidad que nuestro país ha mostrado en los últimos días: cuerpos y fuerzas de seguridad guíadas y gestadas con una profunda actitud antidemocrática y anticiudadana, entrega del poder público y sus (nuestros) recursos a los festejos y vaivenes expresivos de una estructura medieval en su concepto, medieval en sus pretensiones para con nosotros. Benedicto XVI ha recibido ovaciones cerradas por los cuatro vientos de la inmisericordia vital, por ese millón de almas sin cerebro que abrazan discursos hirientes a la propia condición humana, palabras que estructuran un mensaje tan lascivo en lo racional que sólo puede ser pasto del esclavo y tesoro del totalitario. Nos invita a abrazar el manto de su iglesia como cuerpo presente de la única luz posible para un mundo que convirtió, por centurias, en tinieblas, del que repugnan en lo científico y tecnológico mientras disponen de sus avances, del que dicen adolece de altura universal mientras se sientan a la mesa de sus dirigentes, ora supuestamente protectores del pacto social, ora aduladores del representante inverso a su responsabilidad pública. El pescador de cándidos utiliza para su faena redes prohibidas de arrastre, se rodea de infantes sin capacidad de obrar para formar estructuras fanáticas que abracen su dictadura en estos tiempos de pobreza, en estos tiempos óptimos para su causa.

Decíamos que este lunes ha amanecido con un capítulo en la realidad mundial que ha clausurado la portadas de los diarios de ayer, los informativos de madrugada, sin tiempo para anuncios comerciales. El país de los beduinos, la reserva norteafricana de las más óptimas reservas de petroleo, gas o agua potable, ya tiene su conclusión libertaria, sus idílicas imágenes de masas atiborradas de dedos en alza con el signo de la victoria. En esta ocasión, han tenido que ser las fuerzas de la Alianza Atlántica (y mediterránea, se deberia añadir) las que dieran el empujoncito final para que sus filiales corporativas sintieran el placer de una estocada de primer nivel, un mandoble económico de aupa. La OTAN, conglomerado de naciones unidas bajo un contrato solidario de autodefensa, se ha convertido en la herramienta militar idónea para concluir aquellas operaciones soterradas de descontrol controlado en territorios fundamentales para la supervivencia del sistema. La clase política, además de abrazar cardenales, bendice descaradamente estas nuevas cruzadas, estos procesados exterminios de lejanos emperadores que se empeñan en gestionar el Santo Grial de reservas energéticas indecentes y mal ubicadas en el globo terráqueo a su antojo, cobrando el dynar como si de democrático dólar se tratara.

No es crudo todo lo que chorrea hacia el cielo de las petroleras, no todas las sonrisas comprenden su propio futuro. Que el centro de la actividad humana debe ser, en redundancia inevitable, la protección de sus congéneres, de sí mismo como colectivo, no admite demasiadas dudas. Que la máxima latina homo homini lupus alcanza en la megalomanía cruenta de Muamar El Gadafi su ilustración más detallada, tampoco. Y que nuestra moral de sofá se enternece velozmente con la euforia colectiva de tierras lejanas, con esas V carnales que alzan su depauperada sonrisa al viento de las cámaras estratégicas, no es secreto que merezca intentar ocultarse.

En la guerra siempre hay bandos. Dar la vida por una opción supone un sacrificio complejo de asimilar desde la placidez de esta existencia que no debe aceptar ni un mamporro furtivo de aquel que oculta su identificación y su profesionalidad. En Libia, el tablero de esa guerra coordinada desde las supersónicas alturas ha mantenido las piezas revueltas antes del primer movimiento; millones de individuos han alzado su estrategia vital bajo palio de digna supervivencia, ajenos al fatal contubernio de dimes y diretes especulativos, de aquel brazo ejecutor que fue a proteger la segmentación harta y acabó desprotegiendo la segmentación conforme. En definitiva, con más jugadas de las previstas, el jaque mate anunciado se ha llevado por delante al rey y a los peones.

Esos editoriales asustadizos hoy dan albricias con el rescate moral de su esencia. No será, por tanto, necesario, analizar lo ocurrido en casa sino que podrán huir a especular en tierra extraña. Y hablarán de libertad, de cómo el fin justifica (dirán a veces, pero creen que siempre) los medios, del triunfo de la luz sobre las tinieblas dictatoriales. Escribirán largo y erguido sobre tribunales internacionales, sobre justicia universal, de pasada tratarán eso que denominan transición, como si no estuviera demasiado manchado ya el término con nuestro andar reciente, y rematarán en plazo dominical con la necesidad de nuestro respeto y admiración por nuevos ejemplos de revolucionarios de incógnita relevancia. Menos Ché y más anonimato en las odiseas libertarias, desearán; más opacidad y menos ejemplos incómodos para nuestra respondona juventud, suspirarán.

Libia hoy restalla en la imagen viva de los aliviados, de los rescatados en un paréntesis confuso; no obstante, el sol de la particular liberación norteafricana brilla más en múltiples despachos de otras tantas cities planetarias. Las promesas que hacen sonreir a los primeros son las mismas que los voceros de los segundos exclamaron a los despistados oriundos iraquies, afganos… y las que, con los mismos argumentos falaces en las manos, se obstinan en hurtar a sudaneses, somalíes, guineanos, saudies, yemeníes y tantos y tantos aspirantes a la sonrisa alimenticia, a la sonrisa libertaria, que no han visto en su subsuelo más que tibias y peronés, antropología reciente que no escurre crudo, que no oscurece aún su luminoso territorio.

Trío de honestidad entre el fango y la barbarie

Durante la mañana de hoy se ha procedido en el Congreso de los Diputados a la escenificación del argumentario planificado y diligente de la barbarie y la conrazón bélico-económica. Los 340 diputados presentes en el hemiciclo allanaron con su complacencia el devenir de una acción militar mal planificada, injusta y, en lo que respecta a los ciudadanos a los que teóricamente rinden cuentas con esta patraña, mentirosa. ¿Todos siguieron el mismo patrón y discurso? Todos no. Entre el sandwich compresor de ideologías y discrepancias resisten algunas formaciones que representan, con su postura y valentía, a un segmento del electorado muy superior al que pesan en número de votos y escaños. Gaspar Llamazares, por IU y Francisco Jorquera, de BNG (su compañera de partido Olaia Fernández secundó el voto en contra), rompieron la monocorde melodía del resto de grupos con representación en la Cámara Baja. Y lo desafinaron con melodías directas y acompasadas, a través de la decencia y la razón.

Gaspar Llamazares. Aplausos.

Para comenzar con puntualidad dialéctica el circo levantado, José Luis Rodríguez Zapatero se aprestó a disparar la retahíla de frases y leyendas consensuadas por el Ejecutivo y repetida por sus miembros en los diferentes medios de comunicación desde la aprobación de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU. Tal es la perseverancia de ese estudio a martillazos de dogmas comunes, que a preguntas que todos nos hacemos, como por qué no se aplican con igual contundencia ante tragedias humanas como la que viene ocurriendo en Yemen o Bahrein, la ministra de Asuntos Exteriores titubeó y carraspeó con énfasis taquicárdico mientras, como alumno en pleno examen oral, Juan Ramón Lucas escuchaba en su “Con el día por delante” la respuesta acordada.

El Presidente del gobierno se centró en defender la legalidad de la intervención armada a sabiendas de no necesitar ningún esfuerzo de oratoria o recursos de estrategia dialéctica, por lo que ni intentó vislumbrar al auditorio los planes acordados tras el establecimiento de la zona de exclusión aérea dispuesta, según sus propios términos, a finalizar con el genocidio del gobierno contra su pueblo, pero que no pretende expulsar del poder a Gadafi y sus acólitos. Con tremenda vaguedad informativa se podría esperar un tímido cruce de golpes con el principal partido de la oposición, pero ni por esas. La guerra de Irak y las funestas consecuencias electorales que sufrió el PP le llevan a padecer profundas pesadillas cuando tiene que enfrentarse a situaciones de este tipo, así que Mariano Rajoy se limitó a realizar tímidas preguntas de respuesta facilona y automática, así como a resaltar su carácter de formación solidaria con el destino glorioso y solidario en lo bélico de España, que a su juicio se encuentra casi de misión humanitaria por el país de los beduinos, como si los Tomahawk que caen por cientos estuvieran rellenos de alimentos y juguetes.

Joan Herrera, aguantando el chaparrón de su incomprensible postura. Foto de Ricard Cugat.

Tras la connivencia calcada en las alocuciones del resto de formaciones con representación en el Congreso, que obviaremos por insulsas y desaprovechadas, a partir del monolito ideológico formado por cientos de señorías sin oficio ni utilidad política y práctica, la intervención de los diputados Gaspar Llamazares, por IU, y Francisco Jorquera (BNG) y sus votos en contra (junto al de Olaia Fernández, también diputada del Bloque Nacionalista Galego) recogen lágrima y despiertan ilusión. Solos tres entre más de trescientos, pero sin cacareo monocorde, dignos en el compromiso y la idea, en la palabra y los argumentos. La intervención de Llamazares obligó al Presidente a despertar de su letargo guiado, y a pesar de su reciente desprecio a la federación de izquierdas (“IU es muy importante, tiene dos diputados” se burló en entrevista pública el otrora autodenominado ejemplo de talante) se vio obligado a improvisar más allá de las citas dispuestas en el discurso, afirmando que “En Afganistán no hay petroleo ni gas, es una desfiguración burda”, en defensa de los intereses que mueven a nuestro ejército en suelo asiático. Puede que sea cierto y que no dispongan de esos codiciados recursos naturales, pero resulta sospechoso que tiempo después de la intervención se descubriera, por casualidad (ejem), la mayor reserva de litio del mundo, superior a la que se encuentra en Bolivia (por si no entendemos lo que molesta que Evo Morales presida el supermercado de materias primas de latinoamérica), un material esencial para la fábrica de las baterias de los principales dispositivos electrónicos que utilizamos. Y, ante esa respuesta, tampoco queda muy claro si la intervención en Libia sí se encuentra inspirada por este hecho. Viendo la premura de nuestro poco innovador Gobierno en limitar la velocidad máxima en autopistas y autovías, su caluroso e inmediato abrazo a los dictados de París y su absoluta disposición a prestar las cuatro zarandajas militares que poseemos, da la sensación que va a ser cierta la información sobre el importante papel que juega en la viabilidad de la empresa privada Repsol sus contratos de extracción en suelo libio.

Francisco Jorquera, de BNG. El tercer honesto.

Magnífico el momento en el que el anterior Coordinador General de IU espetó a Zapatero su postura de reverso de La Odisea (ironizando con el nombre de la intervención aprobada , Odisea al amanecer), navegando rumbo a Troya, no a Ítaca. Magnífico por el gesto desorientado del jefe del ejecutivo, no acostumbrado a referencias literarias. En realidad, no acostumbrado a mucho más que los ladridos entonados desde la bancada de la gaviota, y su correspondiente bramido defensivo.

Gaspar Llamazares remató su brillante discurso preguntándose qué ocurre con los gobiernos patrios, que terminan sus legislaturas perdiendo el contacto con la ciudadanía que, remarcó, es mayoritariamente pacifista. Desde luego, así lo indica la práctica totalidad de las encuestas que se vienen planteando en los medios de comunicación de todo signo y orientación política.

Teniendo que reconocer el eco en el desierto, el silbido entre el grito, la postura de IU (salvando la negativa a secundarla por parte de Joan Herrera y, por ende, su socio ICV) y BNG, la honestidad y brillantez de sus respectivos discursos y el asomo de eso que muchos queremos ser, ciudadanos honrados formando un Estado honrado, nuestro y transparente, el altavoz de nuestra reivindicación se modula y amplifica nuestro sonido. Somos más de lo que el número de señorías dignos ocupan en la Cámara Baja, y en nuestra mano y energía está que aumente su espacio y relevancia en la toma de decisiones. Mientras tanto, gracias al triunvirato de los lúcidos por nadar entre el fango.

La información devastada. Libia opaca, ONU desorientada

Como aperitivo, dos preguntas que resultan fundamentales para acercarnos a lo que viene sucediendo en Libia desde este fin de semana: ¿Cómo consiguieron convencer con tanta celeridad a China y Rusia para que se abstuvieran en la resolución del Consejo de Seguridad en cuanto al establecimiento de una zona de exclusión aérea? Y, a partir de esa premisa ¿Por qué, si se han conseguido los objetivos aprobados en dicha resolución, se vienen bombardeando palacios y edificios gubernamentales? A partir de ambos interrogantes, el caos se apodera de la información veraz, de tal modo que si se cumple con lo estipulado en la resolución indicada, no se pueden ejercitar acciones terrestres, directas, en la contienda civil de Libia, con lo que se dejaría el escenario en manos de la misma cruenta realidad bélica. Si, por el contrario, la coalición internacional que viene disparando misiles Tomahawk a mansalva sobre territorio libio decide ampliar su escenario y política de acción, se encontrará con el rotundo rechazo de chinos y rusos, con lo que esa plausible segunda fase debe estar bien masticada en Londres, París y Washington porque, de lo contrario, únicamente se está consiguiendo dejar más desértico aún el panorama en la tierra de los beduinos.

Hay otras opciones, claro que las hay. Pacíficas, respetuosas con las políticas internas y la resolución de conflictos civiles de los Estados con belicosidad latente o concreta. Pero de ésas no nos informan, con lo que la trama se deshilacha con roturas profundas. En el Eliseo, principal impulsor de esta celerosa embestida internacional, no se alberga asomo de candidez, con lo que tenemos que asumir que las acciones en liza pretenden enviar a Gadafi lejos del control de los recursos naturales codiciados por el mundo occidental. El ejecutivo galo se ha apresurado a legitimar y reconocer el gobierno insurgente, como si el fantasma popular que ha tomado y perdido ciudades a lo largo y ancho del desierto libio tuviera una organización, estructura y, sobre todo, legitimidad política más allá de las mismas armas que enarbolan con la energía de Gadafi y los suyos. Empate macabro, realidad informativa opaca para nuestros paladares de noticia veloz y necesidad de héroes y villanos.

En Bahrein, Yemen, Marruecos o Argelia se aplasta a movimientos de mucha mayor envergadura sistémica con la misma energía con que se ignora su decencia en el mensaje y su reclamación de apoyo internacional. Debe ser que por esos lares los intereses de las multinacionales extirpadoras de la sangre y el músculo de la corteza africana tienen sus negocios bien atados. Pero en Libia parecía que los tiros iban hacia las mismas dianas, gracias a un gobierno al que se ha venido abrazando en los últimos años con una extremidad, mientras con las otras tres se firmaban a toda pastilla contratos y contratos de explotación energética.

Enarbolar la dignidad de la ciudadanía oprimida duele tanto en la consciencia y la razón del racionalismo europeo que comienza a resultar inquietante este período de “mini guerras” con avales de una organización supranacional incapaz al estilo Versalles. Ojalá fuera cierto, ojalá en la mano levantada de nuestros representantes en el Consejo de Seguridad residiera una mínima sensibilidad por aquellos que mueren entre tanto tiro cruzado. Pero no es así, más al contrario de aquellas decisiones vienen estas balas.

Sangrante es la mentira de nuestros democráticos dirigentes, pero de auténtico infartado resulta saber que no sabemos nada. Los videos y las imágenes que nos acercan resultan tan cinematográficas como aquellos destellos verdes bailoteando sobre el cielo negro de Bagdad, realizadas para sugestionar mentes debiluchas, las mismas que en mayo acudirán raudas a la llamada del miedo. En este instante, el PP no ha establecido el más mínimo pero a la estrategia del ejecutivo, consciente que esta guerra es la suya, la de los suyos. La batalla por la información veraz y razonada es la nuestra.

 

Trilogía revolucionaria en el magreb: éxito de crítica y público

Debe ser terrible, de cara al show televisivo mundial, que las necesidades ciudadanas reprimidas y aplastadas durante décadas estallen incontrolablemente e impidan organizar convenientemente el batiburrillo de imágenes, anécdotas, escándalos y, en definitiva, carnaval de realidades puras o cocinadas que se mezclan y hornean para ser degustadas a las dos y a las ocho de la tarde.

En artículos anteriores analizábamos la inoportunidad de extraer facilonas conclusiones sobre la realidad desbordada en el norte de África en relación con la caída del muro de Berlín y, por ende, el castillo de naipes formado desde Moscú hasta Varsovia, Bucarest o Praga. La conclusión definitiva era la ausencia de un centro de poder y una política y vinculación común entre todas estas dictaduras mediterráneas, similares en su pleitesia yankee y sionista, encabezadas por dinosaurios ávidos de petrodólares, pero sin un plan común, sin una ideología que irradiara y justificara una vía de acción colectiva. Desde tiempos de Nasser o Ben Bella, el magreb carece de conciencia universal, ni tan siquiera ya emana de esas tierras el hedor anticolonialista que permitía manipular las mentes patrias para sostener sacrificios y esfuerzos.

Todo esto, a pesar de no quedarnos más remedio inicial que sospechar acerca de las noticias que nos acercan diariamente, hacía presagiar una explosión incontrolada, una mecha con varios destinos, presta a explotar como un caos inevitable. Pero no, a medida que pasan los primeros días de este año 2011, la movilización contra las dictaduras en el magreb se va rebelando en forma de revolución por entregas, por cómodos capítulos para no perder el hilo de la trama. Efectivamente, mientras se sucedían los hechos valientes en Túnez como historia principal de la primera parte, nos iban codimentando el guión con tímidas tramas paralelas; algunas manifestaciones aquí y allá, en Argelia o en Yemen. Consumado el primer acto heroico estrenan la segunda parte, comprobado el éxito de crítica y público, con Egipto como protagonista. En este caso se repite el esquema que ha arrasado en taquilla, con una población imparable y constante, valiente e inexpugnable frente al sátrapa incólume, que no da su brazo a torcer, pero perfeccionado en relación a su antecesor. Nos encontramos ante un archienemigo militar, más rocoso y mezquino, sin atisbo de debilidad y dipuesto a resistir hasta el fin de los días, todo esto aderezado por nuevas minitramas que nos iban anunciando ya los posibles derroteros de próximas entregas.

El triunfal desencadenamiento de esta perfeccionada trama de faraones modernos dio paso a la resolución de la intriga que ya acechaba a los consumidores de éxito popular, emocionados ante tanta leyenda histórica por minuto: ¿Cómo se resolvería la trilogía, con que nos sorprenderían para mejorar lo ya visto? Imposible pero cierto, Libia. A por todas, sin medias tintas. Nos sugerían que el protagonista podría ser Bahrein, Argelia, incluso Marruecos, pero se dieron cuenta que tenían que rematar la jugada a lo grande, no volver sobre los pasos andados.

Y en esas estamos, presenciando la más enquistada y violenta de las revueltas. Se cuenta, que no se ve, acerca de ciudades liberadas del yugo tirano, de miles de muertos bombardeados por aviones y tanques, de la incosciente resistencia del maligno, encerrado tras las torres de Trípoli a la espera de un enemigo que avanza pero no llega, que se ha organizado en un plis plas y ya controla la práctica totalidad del país. El final es conocido pero hasta que podamos disfrutarlo en pantalla de 50 pulgadas, a todo color, nos relamemos con los capítulos previos. Hasta ese momento nos quedaremos con las ganas de saber si están preparando cuarta entrega, pero parece arriesgado por si el nivel del espectáculo desciende. En estas epopeyas siempre hay un pero: algunas tramas paralelas nunca se concretan, pero mientras los espectadores asciendan la principal a categoría de leyenda…