Lobo con piel de humano

Tengo una maldad, bendita calamidad, mi vida es un trasunto (de mi esterilidad); tengo una maldad, ansioso por lo que pasará, me voy a dar el gusto… Y esa calamidad, al bípedo pedregoso, no le supone la más mínima vergüenza, mas al contrario le excita, rifle erecto en ristre sustitutivo, las cosas que pasan por su puro gusto polvoreado, espantado, apaleado. Y sabe lo que le pasa, porque a nivel penal es nada y, en función del territorio yermo de normas consuetudinarias , sabe lo que va a hacer, haciendo: Divertirse recorriendo el sufrimiento de patas cortas a cogote que explota en risa, patada y bota, sangre que no sale porque la cámara ve el sonido hueco del coágulo que retumba a muerte. La caza, la vida muerta.

Enloquece la opinión pública pero en el terruño, tú lo sabes muy bien, domina la debilidad osada del chaleco amarillo que reclama la punta hueca del cartucho mandón. Porque el derecho, derecho es. Caza, muerte, diversión ilimitada, normas asilvestradas. Esa gran debilidad será lo que será, pero es muy patria, valga el dios que da y quita, amen lo que desempolve el gatillo oficial apartándose del doble cartucho y el salto infame, mortal. Pero….

Por mucho o por nada, con cánidos amamantados para reventar la teta de la vida, en madrigueras secas o bajo pastos correosos, la familia con mirilla persigue lo mismo: Levantarse cada día que se permite en esta estrambótica realidad para tirar a dar, a dar en el centro, cornea, lomo, lóbulo, morro, objetivo carnagilatinoso que derrumbar, oquear, amedrentar, perturbar y, obviamente, derruir por puro gusto. Viva y bravo.

Curarse de este mal antes de enloquecer no es parte del bolero amable de aquellos que aparecen frente a la imagen que les corta el amable pulso del camino arenoso. Lo llevan en la mirada, lo llevan en la mirilla, y… ¡Ay, qué debilidad!

Anuncios

Ser un buen español es…

… No tener pretensiones de agredir, vejar, insultar, vilipendiar y cualquier actitud en primera conjugación infinitiva que suponga salir de mala baba y, al cruzar esa frontera entre la puerta del hogar y la acera española, buscar enemigos en lugar de un rayito de sol invernal.

Ser un buen español es ir hasta la frontera del pueblo de uno, de ese uno y bueno español, del barrio de uno (otro uno, o el mismo, algunos pueblos ya tienen su enjundia y hasta su dimensión territorial tensa), de la provincia o Comunidad Autónoma de uno (mejor si esta no es uniprovincial, porque entonces vamos a lo que vamos y llegamos al mismo sitio), y darse cuenta que no está pintada, que no hay nada más maravilloso que un vacío lineal, no así natural en forma de tierra yerma, riachuelo más o menos mercurizado o, sencillamente, un arbol tras otro. Y, al llegar a ese límite entre sus valores y los de los cafres (eso piensa usted, si continuamos el rastro supositorio, o de suposiciones) que habitan al otro lado, se dará celerosa cuenta que no existe allí y aquí, que no tiene muy claro dónde y por qué han puesto, a suponer, un cartelón de “Bienvenidos a Piedra Las Cañas de la Medianía”. Y, si mira bien y da la casualidad que la trashumancia se vuelve a poner de moda rural, a lo mejor hasta se percata que la antropomorfia y algunos otros rasgos del sapiens sapiens tienen la manía de replicarse allende su urbanización.

Ser buen español es no andar todo el día torturado con ese pensamiento bellaco de que los que vienen por mar andan con el animus robandi por encima de valores clínicos (Y cívicos. Si los suyos andan por los derroteros de la línea anterior, le sobraría la “l” del primer valor o le tocaría sustituir la “V” del segundo) recomendados. Recuerde, compañero de DNI, que no en todas partes se vive tan bien y con tanto bar cerquita de casa (Y del trabajo, y del super, y del ambulatorio…), en algunos sitios hasta les da por matarte por tonterías, torturarte por echar la tarde, arruinarte la vida por un quítame allá esas tierras con coltán debajo. Y que millones de buenos españoles como usted tienen al tío de América, que no dejó herencia pero sí un montón de historias de emprendimiento, sinergias positivas, y branding laboral a punta de pala. Pues eso, que los que arriban verá que también quieren formar esos relatos a sus próximas generaciones, trabajando tanto como los demás y, a poquito que pase el tiempo, acercándose al bar ese tan majete que estaba al lado de… de todos lados.

Ser buen español es no ponerse a trastear hasta la propia bandera del español. Deje esas águilas para los estandartes de Juego de Tronos, no sea impaciente por ver la temporada definitiva. Si tanto nos gusta la Constitución, que la tenemos leída y releída, recuerde que la sacrosanta y poco manoseada Carta Magna nos cuenta como va eso de los símbolos patrios allende el año 78, con sus coronas, sus columnitas, y todo el tuneado propio de las cosas del país democrático en el que usted cohabita.

Ser buen español es serlo sin pensar que se es bueno, sí, pero también mejor que otro buen español. La mejor, única, manera de ser un ibérico o insularizado por mediterráneo o atlántico (norteafricano de ciudades autónomas aparte) de pro consiste en pagar los tributos que correspondan sin poner cara de yogurt con bifidus activado a control remoto y cumplir esas normas que sí, que son muy de esto o lo otro, pero que están aprobadas, ratificadas, sancionadas, promulgadas y publicadas y todo esto, en plural normativo, desemboca en que está requetebien hacerles caso.

Ser buen español no es incompatible con querer cambiar su bello Estado, válganos Quevedo y qué menos. Proponga pero no disponga. Colectivice sus pulsiones, pero no amedrente; vacile, pero no se mofe. Una mano de pintura siempre está a la vuelta de la brocha en el curso de la historia de naciones y comunidades de vecinos, pero recuerde que siempre necesitará de otros millones de buenos españoles y, de paso, si cuenta con debatirlo con esos otros millones que no están por la labor, miel sobre hojuelas.

Porque ser buen español tiene truco: Pruebe a ser un buen tipo/a y verá como la cosa cuaja.

Carolina, descansa

CarolinaBescansa1…. Por mucho que se empeñen en ubicarte en el centro de una hipotética polémica planificada con diurnidad y alevosía, que permite proyectar en claroscuro esas sombras que quedan poblando la Cámara, aunque sea con traje corbata, pajarita o broche al dorso. No eres tú, ni tu retoño, quienes provocan jaqueca en la bancada grisácea, ésa alrededor del arco iris que significó, reluciente, nuevos mensajes, formas frescas que humedecieron la emoción de millones de ciudadanos al rodear emocionalmente el Congreso sintiéndolo parte del paisaje propio. No, Carolina, tu presencia maternal en el hemiciclo en realidad significó alegría de la buena para la demagogia oficial, encantada de tener un elemento de distracción con tan buena resolución de pantalla. Eso, unos cuantos peinados de nuevo cuño, y ropajes coloridos aquí y allá, el séptimo arte del populismo patrio ancestral, diseñado al detalle para situar en primera línea todo aquello que se encuentre en las antípodas de la actividad real del poder legislativo.

Dicen que tienes guardería a mano, como si la posibilidad de delegar el cuidado de los bebés, desde el momento que existe la oferta instrumental, se convirtiera en obligación. No aceptan el colecho, o la lactancia materna a demanda, porque las moderneces ya las enterraron las muy progres diputadas socialdemócratas a mediados de los ochenta, y de ahí su indignación más acusada, si es posible, que la de las muy nobles señoras de la bancada popular. Y, para rematar, pero esto tú ya lo tendrías más que asumido antes de aparecer carrito en ristre al salón plenario, que eres una privilegiada por poder hacer lo que millones de madres trabajadoras lo tienen impedido en sus respectivas responsabilidades profesionales. Como hubiera dicho el ínclito Carlos Fabra, pero en esta ocasión con auténtico tino, “No han entendido nada”.

CarolinaBescansa2Las acciones extraordinarias tienen particular sentido cuando se realizan en aquellos escenarios con mayor público alrededor. Más allá de que, siguiendo tu trayectoria profesional sin tener que bajar siquiera de la corteza, sea público y notorio tu forma de entender el cuidado y crianza de tus hijos, lo que aleja la excepcionalidad teatrera que quieren colgarte los juzgadores profesionales de viga ocular acusada; mantener esa hermosa rutina de autonomía decisoria en una fecha de simbolismo trascendental sí genera un debate desde la imagen hasta la palabra. No sólo de proposiciones de ley vive el congresista. Millones de hombres y mujeres en este país se están planteando por qué su manera de organizar el equilibrio, casi siempre decidido por otros, entre familia y trabajo, ha de ser un trauma, una manera de desarrollar esa etapa esencial de la existencia que les mantiene ansiosos y con el sentido de culpabilidad permanentemente latente. Es notorio que resulta minoritario la posibilidad de disponer de un centro de cuidado de los hijos de carácter público cerca del hogar o el centro de trabajo, no hablemos ya en la propia empresa; o que la conciliación a través de las nuevas herramientas tecnológicas permiten, con la voluntad necesaria por ambas partes, rediseñar horarios y rutinas conciliando ambas realidades. Y para todos aquellos que, por la propia naturaleza de su acción laboral, esto resulte imposible, nada impide volver a pactar el mapa de derechos y obligaciones, de tal manera que esta cuestión se resuelva, de la misma manera que en fechas pretéritas se superaron conflictos que hoy pueden resultar sorprendentes, como el tiempo descanso, los permisos vacacionales, la protección in itinere o las jornadas laborales.

Podemos tendrá que presentar propuestas para pasar de los hechos a las palabras, es evidente, pero a su vez la discusión ya está en la calle, y si con gestos se abre un nuevo escenario en el que la política sea titular permanente en las conversaciones ciudadanas, de abajo hacia arriba, bienvenidas la nuevas formas. Mientras tanto Carolina, descansa, que la furia de los contrincantes no ha hecho más que empezar.

El jurisionista

Dadme una ley y removeré el sistema. Eso, mucho antes de afrontar una sala decorada de antemano para acoger una nueva sesión de prevaricación acelerada, debió programar el desterrado juez Elpidio Silva. Glosado y hecho. Hay que resultar un hábil prestidigitador del contorno procedimental más sugerente, haber recorrido todas sus eróticas curvas normativas, para presentarse como ese Merlín legislativo frente al desprecio de un juez que ni el mismo Brassens hubiera sido capaz de parodiar angustiosamente, con sus mandobles despreciativos a todo aquello lejos de su áltiva concupiscencia magistrada, y salir desde la primera sesión investido de una vitola dominadora, un ave no fénix jurisionista.

Elpidio1Es de una evidencia primaria que un juez que tiene sobre su estima y su esfuerzo haber obtenido plaza en primera posición de entrada maneja con versatilidad de brújula hasta la más recóndita servidumbre de paso  en los estrechos pasajes del derecho procesal. No obstante, el binomio Elpidio Silva-Conde Pumpido, supera cualquier mina antipersona que el sistema, encarnado en esta fase represiva en parcialidad togada, pudiera prever. La renuncia a su defensa, el ruego por parte de ésta de ser liberada de una carga inasumible por diferencias irreconciliables en la estrategia judicial, y la pronosticada suspensión, destartalada la calvicie desmelenada de Arturo Beltrán, ha situado el futuro inmediato de esta renovada farsa de dependencia de poderes en algo que sólo puede desembocar en granuloso espasmo social e institucional. Que a la vera, a la verita suya, María Tardón, ex consejera de Caja Madrid, se haya sentado sin propósito de recusar su mullido asiento ha aumentado los grados de la estufa que calienta un desenlace que, a buen seguro, va a marcar un hito jurisprudencial digno de ser recordado en las futuras facultades de Derecho, en aquéllos tiempos aún por llegar en los que uno, dos y tres no sean seis sino la suma sin resta.

Elpidio2Con el doble estigma que fue posado sobre los hombros de Baltazar Garzón debiéramos haber aprendido que de nada vale enaltecer los principios básicos de un supuesto Estado de Derecho cuando éstos, caso de la separación infranqueable de los poderes que lo conforman, se quedan en dogmas sin fe, sin ley y sin justicia. Segundo juez que le pone el cascabel al felino, segundo que sale de su selva para ser arrastrado tras los barrotes del zoológico de la democracia con adiós. En el primero de los casos, los medios de comunicación de amplio espectro, paradigmas de aspiración a convertirse en ese cuarto poder que no marca distancias sino que las estrecha, insistieron en que rompiéramos la yema sin probar la clara: rumorología de deficiencias en su labor instructora en casos de especial relevancia, con el resultado de impedir el enjuiciamiento de criminales peligrosísimos; ínfulas de star system agobiado por las estrecheces de su sala; sueños de grandeza política desde que se dejó abrazar por el electoralista oso socialdemócrata…. pero, ¿Quién puede recordar cuales fueron las consideraciones jurídicas que justificaron su punto y apartado de la carrera con rugoso ídem? Pues ahora estamos en las mismas, en la versión 2.0, mejorada por ambas partes en su refinamiento antes de descender la ladera del campo de batalla. El juez Silva, con 30 cañones de condena por banda, micro en pompa y a toda mecha, viene desplegando la máxima de que en el amor y en la guerra vale todo. Y más. Sus habilidades dilatorias trascienden el legítimo interés de coronarse eurodiputado en los comicios más previsiblemente fragmentados del largometraje, toda vez que resultan un hito argumental más para alcanzar su salvación y la de la justicia. Acercarse a la lejanía de sus inquisidores también aleja la guillotina de nuestros gaznates. Quedan unas cuantas palomas, a buen seguro, por salir de su chistera.

Democracia abortada

Aborto1De la mano del ejecutivo silencioso, que no silenciado, realizamos un atareado viaje en el tiempo para regresar a todas aquellas épocas que, no por remotas, carecen siquiera del exotismo de las modas venidas a menos, de las imágenes cotidianas que, en lugar de nostalgia, nos llenan de ácaros ideológicos, imposibles de ver pero tercos en su afan de producir alergia a la libertad individual y colectiva. Y en esta sucesión de traslados forzosos al pasado de una democracia que aún no conseguía desembarazarse de sus complejos nacional católicos, arribamos a 1985, año en que el derecho a decidir abrió su puerta a modo de plazos y supuestos, manera aplaudible en base al contexto en que se enmarcaba un cambio notable en la anuencia de toma de decisiones fuera del control estatal. El siguiente cuarto de siglo ha transcurrido normalizando social y legislativamente la decisión ciudadana de interrumper de manera voluntaria el embarazo, dentro de unas condiciones y requisitos temporales, hasta alcanzar unos elevados porcentajes de aprobación en cuanto a su regulación y acomodo cotidiano. Como dato incuestionable basta comprobar la cifra de este tipo de intervenciones, que de manera regular ha venido descendiendo en los últimos años, gracias por un lado a la mayor educación sexual en la juventud, así como la utilización cotidiana de los diferentes medios anticonceptivos.

Pero cuando de deslizarnos regresivamente por una arruga político-temporal se refiere, no hay mejor tripulante a bordo que el ministro de justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, ese joven viejo que hacía las delicias de un nutrido grupo de socialdemócratas despistados desde el sillón presidencial de la alcaldía de Madrid, tan dicharachero él ante los micrófonos de “Caiga quien Caiga” y formatos similares. No parece del PP, afirmaban aquellos miles que viven sobre el péndulo indefinido de la línea central en lo político y que, con su candidez ideológica, pusieron la primera e inamovible piedra de más de dos décadas de mayorías políticas conservadoras en la capital del Estado y la Comunidad Autonóma que le da cobijo. Pero al derrochador regidor se le quedó corto circunvalar y circunvalar la ciudad, así que optó por umbilicarse en el equipo justiciero de Rajoy, que con mayoría absoluta se está en un plácido estado de gestión, que no así gestando.

Aborto2Resulta burdamente paradójico como se las ingenian aquellos que se catalogan a sí mismos de liberales a la hora de deslindar su voluntad de no ser controlados en lo económico con la misma firmeza con que se obstinan en imponer su pensamiento existencial sobre el resto. Y no hablamos de desarrollar derechos que les resulten de interés, sino en cercenar los mismos a golpe de deberes sobre la voluntad individual y el pensamiento libre, fuera del control gubernamental en cualquier sistema competente en cuanto éste emana de la cesión voluntaria de la libertad inherente a la condición humana con el objeto de poner en común estrategias de protección y desarrollo colectivo, no así de ver impedido el acceso a la toma de decisiones consustanciales al propio ser que no afectan al resto del grupo ciudadano. Un contrato social con letra pequeña es lo que nos ofrece este Ejecutivo acostumbrado a pasar a la firma programas electorales que automáticamente se contradicen con la teoría de los actos propios.

Aborto3La leyenda que acompaña a Gallardón Jr a raíz de una supuesta respuesta de su conservador progenitor, que afirmó en público que si a él lo consideraban de derechas era porque no se habían topado con su vástago, queda certificada precisamente con esa tendencia a haber abandonado paulatinamente las gracejas, la sonrisa de cejas rugonas y el buenrrollismo alcaldil, para convertirse en azote primero de toda la comunidad jurídica del Estado, en un asociacionismo sin precedente de abogados, fiscales, procuradores y jueces frente a una ley de tasas que conculca de facto el acceso a la tutela judicial efectiva, amen de desequilibrar la capacidad de protección de derechos, e instaurarse después en el epicentro de un blanco y negro que desentona con el paisaje, el tiempo, la historia y el sentido de la res pública, temporal y al servicio de la sensibilidad colectiva. Gallardón ha arrebatado competencias a una ministra de sanidad en paradero intelectual desconocido, y ha armado un cuerpo legal a la altura de su miseria ideológica y la de su cohorte, de Roma a Santiago, desde un útero ajeno hasta la satisfacción propia por dejar en el mundo, en su mundo, lo que llaman vida como unidad espiritual en lo universal. La jefatura que maneja al empleado Ruiz-Gallardón ordena que todos tengamos alma desde que un espermatozoide y un óvulo se saluden a lo lejos, y si ese espíritu viene acorazado en carne enferma, dolorida, no habrá ley ni presupuesto de dependencia que arregle el desaguisado moral, más allá de la caridad que ama, irremisiblemente, aquél que no acepta la igualdad, que se abraza a estar un peldaño por encima del mayor número de indig…ciudadanos posibles. No ven el aborto como un trauma, como una decisión personal de extraordinaria responsabilidad dolorida, sino que proyectan su miseria hacia un panorama impostado en el que creen que pululan miles de mujeres que mutilan con gratuidad vida y a otro polvo en polvorosa. Es lo que sucede cuando se gobierna desde la intolerancia que hay tras las murallas, en una suerte de atalaya feudal que sólo abre sus puertas cuatrienalmente para repartir dádivas insolentes que automáticamente se devalúan una vez recuperan el cetro.

Fraude en dia festivo

Constitucion1Marcar como día no laborable el 6 de diciembre, a estas alturas de la fábula, parece que sólo debería circunscribirse a la actividad cotidiana (ya de por sí bastante laxa en cuanto a horarios y controles) de congresistas, senadores, y gente de igual vivir alrededor de ambos inmuebles, sitos en Madrid, transfronterizos de nuestra memoria mediata, de cuando nos creímos en democracia.

Vale que como somos cínicos en lo constitucional con el mismo tino que dejamos a vírgenes y cristos en sangre cuando de feriado se refiere, de tal modo que a nadie le amarga un puente si tiene todavía la osadía de hacer caso al despertador de lunes al siguiente. De todas formas, deberíamos renunciar a ese privilegio del descanso de larga distancia cuando el último mes comienza su andadura hacia la ruina navideña (otro plazo de saltimbanqueo en permisos para que el gastar no deje de engordar su fábula de trueno, su maquinaria apetente a débito, a crédito o a perpetuidad) o, al menos, reventar cualquier mecanismo de proyección para dejar la fiesta en paz, la de ellos, protectores insomnes de esa salvaguarda en pergamino que no se toca. O se toca poco, pero mucho.

Se reúnen entre sonrisas que deben ser pura letanía para las cámaras, para su historia, en un puro despendole de fragilidad ética; pasan los años, y cada día ese folio que dicen venerar aplaudiéndose como sus rígidos protectores se inflama por los cuatro bordes pero ellos y ellas, a lo suyo. Ha cogido polvo, sus bloques han perdido siquiera el prestigio aparente de los buenos propósitos a la misma velocidad que el contenido se ha conocido ineficaz en lo pragmático, pero nos dicen que está más en vigor que nunca, que su espíritu es lo único que nos mantiene con respiración no asistida. Y, mientras, nos desmayamos. Pero ellos brindan.

Constitucion2Como Constitución tramposa no hay duda que ha cumplido su trascendental labor histórica con mayor eficacia que ninguna otra antecesora en la historia del Estado español. Es más elegante que la sucesión de parientes decimonónicas mientras que cuarenta años de dictadura consiguieron erradicar cualquier brillo vanguardista al texto del 31, así que su esbeltez no ha tenido problemas en mantener la figura con la convicción de que cualquier tiempo pasado fue peor, y a otra cosa. Únicamente el capital ha descifrado su contraseña desde 1978, introduciendo en su bajo vientre la convalidación a participar sin discusión en la libre circulación de la pasta allende las fronteras a la vez que el poder público se hacía el hara kiri para autoinmolar su capacidad de inversión social prohibiendo el déficit público sobre el límite que el capital privado dispone como pecado capitalista. De esos lodos vienen estas escorrentías en forma de entrega de los sectores estratégicos a la, ejem, iniciativa privada.

Por eso sólo ellos se reúnen, cada vez en menor número, para amarla con delicadeza, susurrándole en artículos intrascendentes que tal vez le haga falta teñirse las puntas, cambiarse algún complemento, poca cosa. Pero a la ciudadanía ese día nos pesa la duda de si esquiar, acercarse a alguna costa que sostenga los últimos rayos del otoño o, más sencillamente, tirarnos a la bartola. Si encendemos el televisor con descuido tal vez nuestras miradas se crucen con el paseíllo de saludos bidireccionales y algún discurso acerca de cómo nos (les) congratula dejar de tener que fingir al menos una vez al año que se llevan fatal y que son dos cosas distintas alrededor de un folio que recoge versos pero que esparce aflicción.

Crimen y castigo Parotista

PAROT1Se acabo la efervescencia de ese efluvio gaseoso que venía emanando del Tribunal Supremo hacia ningún horizonte. Si recaudar Fondos estructurales y de convergencia era política de rechupete en esa aportación macro europea consistente en seguir lo dictados de la privatización para invertir en la libre circulación de capitales y servicios como virreinato de la ausencia de fronteras pecuniarias, alguna insondable frontera de plastilina tenía que derretirse como intercambio a la hora de dejar hacer y no dejar pasar.

La venganza es plato de agrio gusto cuando se enfrenta a los principios básicos del telón de fondo. Crimen y castigo, venganza a la carta. El Código Penal de 1973 no era norma laxa, bien armada de fusilamientos y rencores varios, pero sí que estaba inadaptado para afrontar a pistoleros con diversidad política en comandita. Más de dos décadas después, el sistema penal español se modernizó de la misma manera que lo habían hecho previamente asfaltos y papeleras, instrumentos primordiales de una democracia siempre llegando y en desbandada, al mismo ritmo de aleteo. Pero lo más malos, los irredentos, ya estaban cautivos y desarmados, y ahí quedaron, entre ambas franjas punibles, entre la venganza con olor a redención y la democratización del castigo. En definitiva, carne débil en formato de tres décadas de mazmorra, al servicio de la siguiente generación.

La gracieta es que pasada la etapa redentoria ni los anteriores pueden desvincularse de su democratización procesal ni la siguiente ha llegado a alcanzar la frontera de la Historia que permite entender que lo que no le sangró tiene derecho a cicatrizar sus propias heridas. Siguen los mismos, más viejos, más rencorosos, sin atisbo de justicia y sedientos de venganza perra. Dos décadas desargumentadas, un Estado que mete marcha atrás y revienta la caja, las esperanzas, de cambios; una vía muerta. Y con alguna copa de más. La autoridad ha hecho dos controles y el positivo reafirma la incapacidad para seguir circulando, pero el volante tembloroso, temeroso, es demasiado apetecible. Mientras nos persiga nuestra apariencia de venganza, nosotros creeremos en la insolidaria justicia individual.