Carolina, descansa

CarolinaBescansa1…. Por mucho que se empeñen en ubicarte en el centro de una hipotética polémica planificada con diurnidad y alevosía, que permite proyectar en claroscuro esas sombras que quedan poblando la Cámara, aunque sea con traje corbata, pajarita o broche al dorso. No eres tú, ni tu retoño, quienes provocan jaqueca en la bancada grisácea, ésa alrededor del arco iris que significó, reluciente, nuevos mensajes, formas frescas que humedecieron la emoción de millones de ciudadanos al rodear emocionalmente el Congreso sintiéndolo parte del paisaje propio. No, Carolina, tu presencia maternal en el hemiciclo en realidad significó alegría de la buena para la demagogia oficial, encantada de tener un elemento de distracción con tan buena resolución de pantalla. Eso, unos cuantos peinados de nuevo cuño, y ropajes coloridos aquí y allá, el séptimo arte del populismo patrio ancestral, diseñado al detalle para situar en primera línea todo aquello que se encuentre en las antípodas de la actividad real del poder legislativo.

Dicen que tienes guardería a mano, como si la posibilidad de delegar el cuidado de los bebés, desde el momento que existe la oferta instrumental, se convirtiera en obligación. No aceptan el colecho, o la lactancia materna a demanda, porque las moderneces ya las enterraron las muy progres diputadas socialdemócratas a mediados de los ochenta, y de ahí su indignación más acusada, si es posible, que la de las muy nobles señoras de la bancada popular. Y, para rematar, pero esto tú ya lo tendrías más que asumido antes de aparecer carrito en ristre al salón plenario, que eres una privilegiada por poder hacer lo que millones de madres trabajadoras lo tienen impedido en sus respectivas responsabilidades profesionales. Como hubiera dicho el ínclito Carlos Fabra, pero en esta ocasión con auténtico tino, “No han entendido nada”.

CarolinaBescansa2Las acciones extraordinarias tienen particular sentido cuando se realizan en aquellos escenarios con mayor público alrededor. Más allá de que, siguiendo tu trayectoria profesional sin tener que bajar siquiera de la corteza, sea público y notorio tu forma de entender el cuidado y crianza de tus hijos, lo que aleja la excepcionalidad teatrera que quieren colgarte los juzgadores profesionales de viga ocular acusada; mantener esa hermosa rutina de autonomía decisoria en una fecha de simbolismo trascendental sí genera un debate desde la imagen hasta la palabra. No sólo de proposiciones de ley vive el congresista. Millones de hombres y mujeres en este país se están planteando por qué su manera de organizar el equilibrio, casi siempre decidido por otros, entre familia y trabajo, ha de ser un trauma, una manera de desarrollar esa etapa esencial de la existencia que les mantiene ansiosos y con el sentido de culpabilidad permanentemente latente. Es notorio que resulta minoritario la posibilidad de disponer de un centro de cuidado de los hijos de carácter público cerca del hogar o el centro de trabajo, no hablemos ya en la propia empresa; o que la conciliación a través de las nuevas herramientas tecnológicas permiten, con la voluntad necesaria por ambas partes, rediseñar horarios y rutinas conciliando ambas realidades. Y para todos aquellos que, por la propia naturaleza de su acción laboral, esto resulte imposible, nada impide volver a pactar el mapa de derechos y obligaciones, de tal manera que esta cuestión se resuelva, de la misma manera que en fechas pretéritas se superaron conflictos que hoy pueden resultar sorprendentes, como el tiempo descanso, los permisos vacacionales, la protección in itinere o las jornadas laborales.

Podemos tendrá que presentar propuestas para pasar de los hechos a las palabras, es evidente, pero a su vez la discusión ya está en la calle, y si con gestos se abre un nuevo escenario en el que la política sea titular permanente en las conversaciones ciudadanas, de abajo hacia arriba, bienvenidas la nuevas formas. Mientras tanto Carolina, descansa, que la furia de los contrincantes no ha hecho más que empezar.

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El jurisionista

Dadme una ley y removeré el sistema. Eso, mucho antes de afrontar una sala decorada de antemano para acoger una nueva sesión de prevaricación acelerada, debió programar el desterrado juez Elpidio Silva. Glosado y hecho. Hay que resultar un hábil prestidigitador del contorno procedimental más sugerente, haber recorrido todas sus eróticas curvas normativas, para presentarse como ese Merlín legislativo frente al desprecio de un juez que ni el mismo Brassens hubiera sido capaz de parodiar angustiosamente, con sus mandobles despreciativos a todo aquello lejos de su áltiva concupiscencia magistrada, y salir desde la primera sesión investido de una vitola dominadora, un ave no fénix jurisionista.

Elpidio1Es de una evidencia primaria que un juez que tiene sobre su estima y su esfuerzo haber obtenido plaza en primera posición de entrada maneja con versatilidad de brújula hasta la más recóndita servidumbre de paso  en los estrechos pasajes del derecho procesal. No obstante, el binomio Elpidio Silva-Conde Pumpido, supera cualquier mina antipersona que el sistema, encarnado en esta fase represiva en parcialidad togada, pudiera prever. La renuncia a su defensa, el ruego por parte de ésta de ser liberada de una carga inasumible por diferencias irreconciliables en la estrategia judicial, y la pronosticada suspensión, destartalada la calvicie desmelenada de Arturo Beltrán, ha situado el futuro inmediato de esta renovada farsa de dependencia de poderes en algo que sólo puede desembocar en granuloso espasmo social e institucional. Que a la vera, a la verita suya, María Tardón, ex consejera de Caja Madrid, se haya sentado sin propósito de recusar su mullido asiento ha aumentado los grados de la estufa que calienta un desenlace que, a buen seguro, va a marcar un hito jurisprudencial digno de ser recordado en las futuras facultades de Derecho, en aquéllos tiempos aún por llegar en los que uno, dos y tres no sean seis sino la suma sin resta.

Elpidio2Con el doble estigma que fue posado sobre los hombros de Baltazar Garzón debiéramos haber aprendido que de nada vale enaltecer los principios básicos de un supuesto Estado de Derecho cuando éstos, caso de la separación infranqueable de los poderes que lo conforman, se quedan en dogmas sin fe, sin ley y sin justicia. Segundo juez que le pone el cascabel al felino, segundo que sale de su selva para ser arrastrado tras los barrotes del zoológico de la democracia con adiós. En el primero de los casos, los medios de comunicación de amplio espectro, paradigmas de aspiración a convertirse en ese cuarto poder que no marca distancias sino que las estrecha, insistieron en que rompiéramos la yema sin probar la clara: rumorología de deficiencias en su labor instructora en casos de especial relevancia, con el resultado de impedir el enjuiciamiento de criminales peligrosísimos; ínfulas de star system agobiado por las estrecheces de su sala; sueños de grandeza política desde que se dejó abrazar por el electoralista oso socialdemócrata…. pero, ¿Quién puede recordar cuales fueron las consideraciones jurídicas que justificaron su punto y apartado de la carrera con rugoso ídem? Pues ahora estamos en las mismas, en la versión 2.0, mejorada por ambas partes en su refinamiento antes de descender la ladera del campo de batalla. El juez Silva, con 30 cañones de condena por banda, micro en pompa y a toda mecha, viene desplegando la máxima de que en el amor y en la guerra vale todo. Y más. Sus habilidades dilatorias trascienden el legítimo interés de coronarse eurodiputado en los comicios más previsiblemente fragmentados del largometraje, toda vez que resultan un hito argumental más para alcanzar su salvación y la de la justicia. Acercarse a la lejanía de sus inquisidores también aleja la guillotina de nuestros gaznates. Quedan unas cuantas palomas, a buen seguro, por salir de su chistera.

Democracia abortada

Aborto1De la mano del ejecutivo silencioso, que no silenciado, realizamos un atareado viaje en el tiempo para regresar a todas aquellas épocas que, no por remotas, carecen siquiera del exotismo de las modas venidas a menos, de las imágenes cotidianas que, en lugar de nostalgia, nos llenan de ácaros ideológicos, imposibles de ver pero tercos en su afan de producir alergia a la libertad individual y colectiva. Y en esta sucesión de traslados forzosos al pasado de una democracia que aún no conseguía desembarazarse de sus complejos nacional católicos, arribamos a 1985, año en que el derecho a decidir abrió su puerta a modo de plazos y supuestos, manera aplaudible en base al contexto en que se enmarcaba un cambio notable en la anuencia de toma de decisiones fuera del control estatal. El siguiente cuarto de siglo ha transcurrido normalizando social y legislativamente la decisión ciudadana de interrumper de manera voluntaria el embarazo, dentro de unas condiciones y requisitos temporales, hasta alcanzar unos elevados porcentajes de aprobación en cuanto a su regulación y acomodo cotidiano. Como dato incuestionable basta comprobar la cifra de este tipo de intervenciones, que de manera regular ha venido descendiendo en los últimos años, gracias por un lado a la mayor educación sexual en la juventud, así como la utilización cotidiana de los diferentes medios anticonceptivos.

Pero cuando de deslizarnos regresivamente por una arruga político-temporal se refiere, no hay mejor tripulante a bordo que el ministro de justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, ese joven viejo que hacía las delicias de un nutrido grupo de socialdemócratas despistados desde el sillón presidencial de la alcaldía de Madrid, tan dicharachero él ante los micrófonos de “Caiga quien Caiga” y formatos similares. No parece del PP, afirmaban aquellos miles que viven sobre el péndulo indefinido de la línea central en lo político y que, con su candidez ideológica, pusieron la primera e inamovible piedra de más de dos décadas de mayorías políticas conservadoras en la capital del Estado y la Comunidad Autonóma que le da cobijo. Pero al derrochador regidor se le quedó corto circunvalar y circunvalar la ciudad, así que optó por umbilicarse en el equipo justiciero de Rajoy, que con mayoría absoluta se está en un plácido estado de gestión, que no así gestando.

Aborto2Resulta burdamente paradójico como se las ingenian aquellos que se catalogan a sí mismos de liberales a la hora de deslindar su voluntad de no ser controlados en lo económico con la misma firmeza con que se obstinan en imponer su pensamiento existencial sobre el resto. Y no hablamos de desarrollar derechos que les resulten de interés, sino en cercenar los mismos a golpe de deberes sobre la voluntad individual y el pensamiento libre, fuera del control gubernamental en cualquier sistema competente en cuanto éste emana de la cesión voluntaria de la libertad inherente a la condición humana con el objeto de poner en común estrategias de protección y desarrollo colectivo, no así de ver impedido el acceso a la toma de decisiones consustanciales al propio ser que no afectan al resto del grupo ciudadano. Un contrato social con letra pequeña es lo que nos ofrece este Ejecutivo acostumbrado a pasar a la firma programas electorales que automáticamente se contradicen con la teoría de los actos propios.

Aborto3La leyenda que acompaña a Gallardón Jr a raíz de una supuesta respuesta de su conservador progenitor, que afirmó en público que si a él lo consideraban de derechas era porque no se habían topado con su vástago, queda certificada precisamente con esa tendencia a haber abandonado paulatinamente las gracejas, la sonrisa de cejas rugonas y el buenrrollismo alcaldil, para convertirse en azote primero de toda la comunidad jurídica del Estado, en un asociacionismo sin precedente de abogados, fiscales, procuradores y jueces frente a una ley de tasas que conculca de facto el acceso a la tutela judicial efectiva, amen de desequilibrar la capacidad de protección de derechos, e instaurarse después en el epicentro de un blanco y negro que desentona con el paisaje, el tiempo, la historia y el sentido de la res pública, temporal y al servicio de la sensibilidad colectiva. Gallardón ha arrebatado competencias a una ministra de sanidad en paradero intelectual desconocido, y ha armado un cuerpo legal a la altura de su miseria ideológica y la de su cohorte, de Roma a Santiago, desde un útero ajeno hasta la satisfacción propia por dejar en el mundo, en su mundo, lo que llaman vida como unidad espiritual en lo universal. La jefatura que maneja al empleado Ruiz-Gallardón ordena que todos tengamos alma desde que un espermatozoide y un óvulo se saluden a lo lejos, y si ese espíritu viene acorazado en carne enferma, dolorida, no habrá ley ni presupuesto de dependencia que arregle el desaguisado moral, más allá de la caridad que ama, irremisiblemente, aquél que no acepta la igualdad, que se abraza a estar un peldaño por encima del mayor número de indig…ciudadanos posibles. No ven el aborto como un trauma, como una decisión personal de extraordinaria responsabilidad dolorida, sino que proyectan su miseria hacia un panorama impostado en el que creen que pululan miles de mujeres que mutilan con gratuidad vida y a otro polvo en polvorosa. Es lo que sucede cuando se gobierna desde la intolerancia que hay tras las murallas, en una suerte de atalaya feudal que sólo abre sus puertas cuatrienalmente para repartir dádivas insolentes que automáticamente se devalúan una vez recuperan el cetro.

Fraude en dia festivo

Constitucion1Marcar como día no laborable el 6 de diciembre, a estas alturas de la fábula, parece que sólo debería circunscribirse a la actividad cotidiana (ya de por sí bastante laxa en cuanto a horarios y controles) de congresistas, senadores, y gente de igual vivir alrededor de ambos inmuebles, sitos en Madrid, transfronterizos de nuestra memoria mediata, de cuando nos creímos en democracia.

Vale que como somos cínicos en lo constitucional con el mismo tino que dejamos a vírgenes y cristos en sangre cuando de feriado se refiere, de tal modo que a nadie le amarga un puente si tiene todavía la osadía de hacer caso al despertador de lunes al siguiente. De todas formas, deberíamos renunciar a ese privilegio del descanso de larga distancia cuando el último mes comienza su andadura hacia la ruina navideña (otro plazo de saltimbanqueo en permisos para que el gastar no deje de engordar su fábula de trueno, su maquinaria apetente a débito, a crédito o a perpetuidad) o, al menos, reventar cualquier mecanismo de proyección para dejar la fiesta en paz, la de ellos, protectores insomnes de esa salvaguarda en pergamino que no se toca. O se toca poco, pero mucho.

Se reúnen entre sonrisas que deben ser pura letanía para las cámaras, para su historia, en un puro despendole de fragilidad ética; pasan los años, y cada día ese folio que dicen venerar aplaudiéndose como sus rígidos protectores se inflama por los cuatro bordes pero ellos y ellas, a lo suyo. Ha cogido polvo, sus bloques han perdido siquiera el prestigio aparente de los buenos propósitos a la misma velocidad que el contenido se ha conocido ineficaz en lo pragmático, pero nos dicen que está más en vigor que nunca, que su espíritu es lo único que nos mantiene con respiración no asistida. Y, mientras, nos desmayamos. Pero ellos brindan.

Constitucion2Como Constitución tramposa no hay duda que ha cumplido su trascendental labor histórica con mayor eficacia que ninguna otra antecesora en la historia del Estado español. Es más elegante que la sucesión de parientes decimonónicas mientras que cuarenta años de dictadura consiguieron erradicar cualquier brillo vanguardista al texto del 31, así que su esbeltez no ha tenido problemas en mantener la figura con la convicción de que cualquier tiempo pasado fue peor, y a otra cosa. Únicamente el capital ha descifrado su contraseña desde 1978, introduciendo en su bajo vientre la convalidación a participar sin discusión en la libre circulación de la pasta allende las fronteras a la vez que el poder público se hacía el hara kiri para autoinmolar su capacidad de inversión social prohibiendo el déficit público sobre el límite que el capital privado dispone como pecado capitalista. De esos lodos vienen estas escorrentías en forma de entrega de los sectores estratégicos a la, ejem, iniciativa privada.

Por eso sólo ellos se reúnen, cada vez en menor número, para amarla con delicadeza, susurrándole en artículos intrascendentes que tal vez le haga falta teñirse las puntas, cambiarse algún complemento, poca cosa. Pero a la ciudadanía ese día nos pesa la duda de si esquiar, acercarse a alguna costa que sostenga los últimos rayos del otoño o, más sencillamente, tirarnos a la bartola. Si encendemos el televisor con descuido tal vez nuestras miradas se crucen con el paseíllo de saludos bidireccionales y algún discurso acerca de cómo nos (les) congratula dejar de tener que fingir al menos una vez al año que se llevan fatal y que son dos cosas distintas alrededor de un folio que recoge versos pero que esparce aflicción.

Crimen y castigo Parotista

PAROT1Se acabo la efervescencia de ese efluvio gaseoso que venía emanando del Tribunal Supremo hacia ningún horizonte. Si recaudar Fondos estructurales y de convergencia era política de rechupete en esa aportación macro europea consistente en seguir lo dictados de la privatización para invertir en la libre circulación de capitales y servicios como virreinato de la ausencia de fronteras pecuniarias, alguna insondable frontera de plastilina tenía que derretirse como intercambio a la hora de dejar hacer y no dejar pasar.

La venganza es plato de agrio gusto cuando se enfrenta a los principios básicos del telón de fondo. Crimen y castigo, venganza a la carta. El Código Penal de 1973 no era norma laxa, bien armada de fusilamientos y rencores varios, pero sí que estaba inadaptado para afrontar a pistoleros con diversidad política en comandita. Más de dos décadas después, el sistema penal español se modernizó de la misma manera que lo habían hecho previamente asfaltos y papeleras, instrumentos primordiales de una democracia siempre llegando y en desbandada, al mismo ritmo de aleteo. Pero lo más malos, los irredentos, ya estaban cautivos y desarmados, y ahí quedaron, entre ambas franjas punibles, entre la venganza con olor a redención y la democratización del castigo. En definitiva, carne débil en formato de tres décadas de mazmorra, al servicio de la siguiente generación.

La gracieta es que pasada la etapa redentoria ni los anteriores pueden desvincularse de su democratización procesal ni la siguiente ha llegado a alcanzar la frontera de la Historia que permite entender que lo que no le sangró tiene derecho a cicatrizar sus propias heridas. Siguen los mismos, más viejos, más rencorosos, sin atisbo de justicia y sedientos de venganza perra. Dos décadas desargumentadas, un Estado que mete marcha atrás y revienta la caja, las esperanzas, de cambios; una vía muerta. Y con alguna copa de más. La autoridad ha hecho dos controles y el positivo reafirma la incapacidad para seguir circulando, pero el volante tembloroso, temeroso, es demasiado apetecible. Mientras nos persiga nuestra apariencia de venganza, nosotros creeremos en la insolidaria justicia individual.

El medio ambiente en el Código Penal español

Un verano especialmente caluroso, unido a una realidad de amputaciones presupuestarias que han desviado el gasto preventivo y de concienciación a la lucha activa contra las llamas, ha vuelto a poner en el disparadero de la opinión pública la facilona queja a raíz de una supuesta mano blanda para con los pirómanos conscientes, responsables activos del 90% de los conatos e incendios estivales que venimos sufriendo en la práctica totalidad de las comunidades españolas.

Esa retahila de opiniones viscerales, alimentada por debates televisivos que buscan sangre y rabia sobre las brasas de miles de héctareas calcinadas, es el éxito del amarillismo, de la misma manera que tenemos que soportar el populismo que exige cadenas perpetuas, mano dura, a cada ruptura del orden social amplificada por los sectores desinformativos de costumbre.

La cuestión no admite bandolerismo del utilitarismo ora supuestamente periodístico, ora político. La aprobación de un Código Penal, como miembro vital de un cuerpo legislativo en una nación desarrollada, reclama una estructura espiritual que proyecte un sendero cierto de los grupos de acciones punibles y sus correspondientes consecuencias procesales en función de la gravedad que la sociedad sobre la que desarrolla su orden reclame. Pero, insistimos, la seguridad jurídica resulta clave para no extraviarnos por los diferentes títulos y capítulos que componen su armazón. Así, el texto de 1995 que el poder legislativo nacional aprobó con la necesidad de consenso y puesta en valor de distintas sensibilidades legales que reclama una ley orgánica estableció como elemento supremo de protección la vida humana, asignándole las responsabilidades penales más elevadas, pero estableciendo como principio supremo el equilibrio con una política de reeducación y reinserción del reo, todo con el interés de pacificar en la medida de lo posible los conflictos que surgen entre los individuos. De igual manera que los Códigos de las naciones vecinas, el ciudadano emerge como elemento principal de protección, encabezando un esqueleto que debe siempre sostener su equilibrio normativo. Así ocurre, así suele ocurrir, hasta que la excepcionalidad vitaliza el radicalismo facilón, la exigencia de castigar en fuera de juego.

¿En qué circunstancia queda nuestro ecosistema cuando es allanado? ¿Qué responsabilidad soportan los culpables que de manera dolosa desertizan por varias décadas el espacio natural que disfrutamos? El artículo 45 de la Constitución regula, como principio rector, los siguientes apartados con el objeto de inspirar el desarrollo normativo para con la protección del medio ambiente:

1. Todos tienen el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo.

2. Los poderes públicos velarán por la utilización racional de todos los recursos naturales, con el fin de proteger y mejorar la calidad de la vida y defender y restaurar el medio ambiente, apoyándose en la indispensable solidaridad colectiva.

3. Para quienes violen lo dispuesto en el apartado anterior, en los términos que la Ley fije se establecerán sanciones penales o, en su caso, administrativas, así como la obligación de reparar el daño causado.

Y, de este modo, el Código Penal del 95 desarrolla el mandato constitucional en su artículo 352 y siguientes con respecto a los incendios forestales. Otra cosa es que su contenido y escala en el sistema de responsabilidades sea discutible, pero no olvidemos que hasta cuando un pino se abrasa, la normativa penalista busca antes víctimas de carne y hueso que de hojas y resinas. Así, los que incendiaren montes o masas forestales, serán castigados con las penas de prisión de uno a cinco años y multa de doce a dieciocho meses. Si ha existido peligro para la vida o integridad física de las personas, se castigará el hecho conforme a lo dispuesto en el artículo 351 (de diez a veinte años de prisión), imponiéndose, en todo caso, la pena de multa de doce a veinticuatro meses. Por lo tanto, dada la apabullante diferencia de responsabilidad en el caso de que haya un ser vivo de por medio, nos encontramos, en realidad, ante un caso específico de homicidio o asesinato, atenuado en el caso de que sólo perezcan miles de árboles y vida animal que permiten nuestra existencia colectiva.

La desolación de nuestros bosques, con especial énfasis durante el presente mes de agosto, viene acompañado de uno de esos simplones debates acerca del mencionado endurecimiento, per se, de las responsabilidades que no respeta la dificultad que supone construir un cuerpo penal que nos sirve de referente seguro para proteger nuestros múltiples intereses. Tal y como hemos decidido regularnos, el Código Penal se alimenta de un antropocentrismo moderado, y así ha sido porque quien redacta las leyes de los hombres y mujeres son precisamente sus representantes humanos, no el resto del entorno con el que convivimos. Reclamar puntualmente la necesidad de ser implacables con los pirómanos significa alimentar el ansia humana de venganza, queriendo así amputar y modificar el genoma de nuestro Código Penal; si por cada acción de notable repercusión nacional modificáramos la escala de penas, agravando tipos de manera aleatoria, nos aseguraríamos, precisamente, un entorno de sinrazón procesal, además de un retorno al talión, a la bestia que hemos ido domesticando generación tras generación.

Otro paisaje resulta si nuestra sociedad, de manera meditada, entiende adecuado el viraje penalista hacia un Código inspirado en teorías de ecocentrismo moderado. A fin de cuentas, de lo que se trata es, fundamentalmente, de evitar el mayor número de delitos posible así como de dar respuesta a aquellos que produzcan una repercusión de dolor o rechazo mayor. El impacto social que, por ejemplo, ha provocado la destrucción del 15% de la masa forestal en la internacionalmente protegida isla de La Gomera implica consecuencias para el total de sus habitantes durante varias décadas, así como producirá pobreza y dolor a miles de ciudadanos. El asesinato de un individuo a manos de otro acciona la desconfianza, el horror, el daño, con una onda expansiva mucho más limitada tanto en el espacio como en el tiempo. En el ser humano está vislumbrar si nuestro natural egocentrismo debe superar la repetición penalista de conductas que, cuando la realidad nos golpea, sacan al excepcional vengativo que llevamos dentro.

¿Democracia y Libertad?

José Antonio Bermúdez de Castro, vicepresidente segundo de la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados, respondió ayer, durante su participación en el programa de RNE En días como hoy, siete preguntas con la misma respuesta: Es un triunfo de la democracia y la libertad…. bla, bla, bla. Las cuestiones planteadas por Juan Ramón Lucas al congresista popular estaban centradas en los dos asuntos de máxima actualidad nacional: el asesinato de Osama Bin Laden y la prohibición por parte del Tribunal Supremo de participar en el proceso electoral a las candidaturas de Bildu.

No obstante, Bermúdez de Castro, a quien pueden contemplar en toda su alegría contenida de profundo demócrata en la instantánea de su izquierda, no hace sino expresar, con cierta carencia dialéctica, lo que, de una u otra manera, han venido repitiendo durante las últimas veinticuatro horas, con más o menos asomo de sonrojo, representantes de su partido político y del PSOE. Qué sea patrono de la FAES no lo ha convertido ayer en un integrista de los dogmas ultraliberales, ya que con sus afirmaciones miméticas, lo único que le caracterizó fue una incapacidad flagrante para desarrollar un planteamiento que acepta pero del que, en su tibia intimidad, desconfía electoralmente.

Repetir los planteamientos mitineros y vacuos de todos los responsables políticos que “analizaron” durante el día de ayer ambos titulares es una absoluta pérdida de tiempo y de neuronas. Sería intentar comprender como los dos partidos que engloban mayor número de electores y, por ende, de cargos públicos representantivos en nuestro país, aceptan a pies juntillas discursos antidemocráticos como si tal cosa. Ese pensamiento devasta nuestro mapa cerebral como si de un coma etílico se tratara. Comprender, por lo tanto, qué nos ha llevado a aceptar miserablemente ilegalidades y atrocidades como principios rectores de nuestra organización política y social, es tarea alejada de la manada de corbatas y trajes de corte ejecutivo con pretensión monocorde. Observemos lo ocurrido con lejanía kilométrica:

Finalmente, la sala del Tribunal Supremo encargada de estudiar el recurso de la fiscalía acerca de las listas electorales de la coalición Bildu decidió, en aplicación de la mutiladora Ley Orgánica 6/2002, prohibir su concurrencia a los comicios del próximo 22 de mayo. Nueve votos contra seis, y tan anchos. Los votos en contra se caracterizan por una meticulosidad jurídica digna de encomio, entrando al estudio de la prueba y fundamentando el fallo con rigurosidad. La mayoría optó, en cambio, por un discurso político en sus conclusiones, con la falaz utilización de jurisprudencia amputada con el fin de ser utilizada a conveniencia literaria del proceso en juego, y a otra cosa mariposa. Detrás quedan decenas de miles de ciudadanos que, si el Tribunal Constitucional no lo remedia, se tendrán que quedar sin poder ejercitar, de facto, su derecho de sufragio activo y, en la cúspide del deterioro democrático y jurídico al que nos ha llevado el Alto Tribunal, cientos de inmaculados candidatos, así como siglas políticas de intachable tradición democrática, apartados del proceso electivo por connivencia de las dos principales marcas importadoras del modelo imperial agresivo-liberal. En las alocuciones de éstos, ya que a los renegados del sistema no se les deja ni espacio para el debate público en los medios de comunicación masivos, siempre la democracia y la libertad como adalides victoriosos frente a la amenaza del terrorismo y de los enemigos de nuestro plácido sistema. El 5 de mayo el TC tiene reservada la responsabilidad histórica de no toparnos de bruces con una resolución del Tribunal de Estrasburgo que ponga colorada la cara de nuestra inmadura y repelente democracia porque, no lo duden, allende Los Pirineos no se van a tomar a guasa esta indivisión de poderes patrio.

Para rematar este fin de semana largo, en el que los ramos y los bombones aplastaron a las necesarias pancartas y reivindicaciones como trágico preludio del futuro a corto plazo que estamos gestando, ayer despertamos con el asesinato del rostro que encarna el mal en la Tierra. Fue liquidado, fulminado, en una operación militar norteamericana precisa en la orden de no atrapar prisioneros. Estamos hablando de un líder terrorista acusado formalmente de infinidad de delitos de lesa humanidad, en busca y captura por decenas de Estados, entre ellos el nuestro tras los funestos atentados acaecidos en Madrid el 11 de marzo de 2004. No obstante y nuevamente, los representantes políticos que se han llenado la boca con los términos “aplicación estricta de la ley”, “triunfo del Estado de derecho y cumplimiento de las reglas de juego”, etc., para congratularse por la ilegalización de personas e ideas, aplauden rabiosamente, en cambio, saltarse a la torera los elementales y básicos instrumentos de garantía procesal y practicar la ley del Talión sin asomo de duda. Debe ser que cuando dicen digo quiere decir diego, y que donde creíamos que nos encontrábamos ante un sistema de justicia reinsertativa realmente buceábamos entre una miserable justicia retributiva.

Este señor era y es The Hope para la socialdemocracia internacional, la escenificación de una época de reformas y progreso. Pero, por desgracia, sólo está apareciendo como extensión del larguísimo decenio neoliberalista que amenaza con convertirse en centuria. Las fuerzas internacionales, bajo el inefable mando de la OTAN, ya hicieron prácticas de tiro al líder que no nos gusta y asesinaron vilmente a uno de los hijos de Muammar el Gadafi y tres de sus nietos, saltándose a la torera el mandato de Naciones Unidas que limita la presencia internacional en suelo libio para establecer una zona de exclusión aérea. Sin darnos cuenta, esa rendija forzada se ha convertido en puerta abierta de par en par con el objetivo de establecer las herramientas más convenientes a la hora de controlar los recursos naturales de excelente calidad que brotan de la tierra beduina; y a quien no le guste, a llorar al valle.

Atrapar a Osama Bin Laden no tendría ningún efecto positivo en el país más fanático actualmente del globo terráqueo. Las calles de las principales ciudades norteaméricanas se congestionaron de fundamentalistas de las barras y las estrellas celebrando la desaparición física de su Darth Vader particular, el Doctor Maligno que protagonizará historias para no dormir durante años en las mentes infantiles de los futuros ciudadanos del Imperio. Bravo por ellos, ya no disimulan sus aviesas intenciones de controlar la realidad planetaria a cualquier precio. Por ahora, si nada ha cambiado a nuestras espaldas, España sigue reconociendo y perteneciendo al Tribunal Penal Internacional, además de no regular la pena de muerte en ningún caso, tras su supresión del Código Penal Militar en 1995, que regulaba determinados tipos jurídicos en tiempos de guerra. ¿Cómo pueden entonces nuestros dirigentes políticos aplaudir el ojo por ojo sanguinario cometido por las tropas norteaméricanas? ¿Cómo se atreven a solicitar respeto para las decisiones judiciales y la división de poderes si, con sus manifestaciones, avalan un sistema basado en la venganza y el rencor, en la ley del más fuerte?

Lo terrible, lo que francamente debe hacernos prever que el futuro inmediato sólo puede estar protagonizado por la desesperanza y la sinrazón, es que a todo ésto que hemos tratado, lo califican de Triunfo de la democracia y la libertad.