Leche, galletas y a tí, corazón

y si pretendes vivir en paz contigo en el cielo,

antes tendrás que pasar una temporada en el infierno.

Pues ahí nos encontramos, sin dulzura y con dolor. Permanentemente y sin posibilidad de redención. Es lo que nos toca por amodorrados. Y todo por vislumbrar al coco detrás de las cortinas, con su disfraz de esqueleto que, en realidad, es piel luminosa, radioactiva. No hay que sentir temor ante la potencialidad de su susto, de sus colmillos brillantes en la noche de renta limitada, sino de sus sombras. Esas costillas vibrantes nunca asoman para atemorizarnos antes de la pasta de dientes, el pijama y las sábanas con manchurrones, sino que se agolpan, silenciosas pero contundentes, obligándonos a sobrevivir castañeteando los premolares de día y de noche. A todas horas. A pesar de nuestra estructura cerebral adulta, y sin pesar de nuestras infantes y mascotas inocentes, impermeablemente valerosas.

Estamos tan solos ante los miedos, con tantísima arritmia quejumbrosa desde la autovía en penumbra hasta el octavo café con orujo de las reuniones vespertinas, que nos exponemos, incapaces, frente a la desaparición que marca su presencia desde que lloramos sin saber por qué. Pero lloramos. Lo hacemos, protagonizando torrentes y cataratas de líquidos vacuos, para asumir el dolor como respuesta permanente ante la impotencia de tantos y tantos instrumentos vitales inmanejables. Hoy es la renta, mañana una multa, todos los días la cordialidad ante los no semejantes. Dolor, dolor, expulsamos líquido ante la rabia de la sinrazón.

Cuarenta y cinco millones de voluntades que se ponen en funcionamiento a distintas horas, haciendo funcionar herramientas que convergen con otras maquinarias fronterizas, apartando de nuestro lado y, por ende, de todo orden comprensivo la vitalidad aneja al gran caos que, aún así, continúa engrasando por diez y por más dedos, y manos, y troncos, y estructuras humanas completas que se desconectan el tiempo esencial de recarga de batería y, automáticamente, reaccionan ante el incentivo permanente de esa pila serigrafiada como supervivencia.

En esas estamos, no? Seguramente sí. Por mucho tiempo. El que resta para que los libros de Historia futura determinen que nuestra época ha tocado a su fin. Como el imperio bizantino hace seis siglos. Ellos no lo asumieron así, no fueron capaces de distinguir que su muerte era el de una época para los imberbes que nos sentamos ayer en pupitres de menos barro, más madera y ninguna instrucción, aprendiendo lo que no entendemos. Mientras nuestros padres y nietos se amodorraron frente a los tutores repetitivos, se ha ido formando una nueva cortina, más espesa y almidonada, tras la que se encuentran figuras óseas completas que saltan y machacan nuestros sueños embrionarios. Con sus golpes y pisoteos comienzan a encuadernar las mentiras de los próximos siglos, ésas que aceleran sus líneas prestas a finiquitar esta tumba nuestra. La que comenzamos a tallar con mimo, una millonésima de segundo universal anterior a pelearnos por el foso donde enterrarla.

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