Los a la derecha firmantes

AznarGonzalezCuando se habla de “bipartidismo”, imposible no pensar en esta idílica pareja. Entre ellos se fraguó, durante la última década del siglo pasado, un deja vu histórico de alto voltaje, actualizando el pucherazo de Cánovas y Sagasta a un centenario vista. Todo atado y bien atado. En las afinidades, en los intereses, se acaban encontrando los más irredentos antagonistas, si bien en el caso del binomio PSOE-PP cada vez resulta más complicado recordar si, en efecto, alguna vez desde 1978 y el primer gran acuerdo de las fuerzas ordenadas, que no de orden, en realidad fueron líquidos políticos divergentes. En el sumidero electoral en el que andan ambas formaciones metidas parece claro que los millones de votos que van a ir perdiendo serán succionados en la misma dirección de las agujas del reloj, esto es, a la derecha y a toda pastilla.

Felipe González y José María Aznar comparten más de lo que desechan en sus bifurcados senderos hacia el poder y el dinero. Han utilizado ambos como nadie, si no instaurado en versión alto copete, las puertas giratorias, desde Gas Natural hasta Endesa, pasando por asesoramientos de dudosa compatibilidad moral para con eso que ya no parece valer, como es el prestigioso cargo (o así debería serlo) de ex Presidente del Gobierno. Se alinearon y se dejaron de alinear con unos y otros dirigentes, pero ambos les rieron las gracias a Alemania, se confrontaron de pega y se amaron con Francia, y se postraron ante los Estados Unidos como jefes de todo esto, desde la OTAN que sí, que no, que nunca te decides, hasta postrar a España bélicamente en montañas lejanas plagadas de cadáveres inocentes.

AznarGonzalez2Pero como su reino no es de esta Iberia en busca de nuevos acomodos en las instituciones, ambos han tenido unos buenos años para granjear sus correspondientes simpatías en tierras allende los mares y en conquistas pudientes. Esa visión, tan extensa como la codicia les permita, ha conformado que se alcen como discretos estrategas comerciales al mismo ritmo que se erigen, de cuando en cuando y tal y como se les exija, de faros de cartón piedra en la defensa del término más embarrado que puede leerse en titulares a cinco columnas: “Libertad”. Coincidiendo con la próxima Cumbre de Las Américas, Felipe González y José María Aznar han reaparecido juntos y bien revueltos, junto a otros veintitres ex presidentes latinoamericanos, suscribiendo un manifiesto en defensa de ese supuesto valor supremo en Venezuela. Les acompañan en la cruzada caribeña dirigentes tan adorados en sus países de origen como puede ser el caso del argentino Jorge Duhalde, el colombiano Álvaro Uribe, el magnate mexicano Vicente Fox, el boliviano Jorge Quiroga o el uruguayo Luis Alberto Lacalle. Todos ellos comparten similar espacio en el curso de la historia, esto es, el abandono de las conductas que representan por parte de sus respectivas ciudadanías, si no, en algunos casos, hasta el intento de persecución judicial por acciones nada instructivas.

AznarGonzalez3El grupo de los 25 se muestra tremendamente preocupado por lo que ocurre en un Estado que ha visto como el grupo político que ostenta la responsabilidad de gobernar ha vencido en 16 de los 17 comicios realizados desde la llegada al poder de Hugo Chávez, con ratificación de las principales instituciones observadores en cada uno de los procesos electorales; que ha conseguido disminuir radicalmente los índices de pobreza alimentaria y educativa del conjunto de la nación; o con avances de trazo grueso en materia de lucha contra la desigualdad. Esos mismos ex dirigentes, que retornan del pasado para imponer la visión del presente con la connivencia de las grandes plataformas de comunicación a uno y otro lado del océano, ¿Se preocuparon de levantar una mínima crítica a Pinochet en vida? Más bien lo dejaron retornar plácidamente de Londres a su cueva, en primera clase. ¿No tiene ninguno nada que suscribir ante la violencia estructural de México y sus países limítrofes? Calla, que son de los nuestros. ¿En qué medida les quitó el sueño las atrocidades de las monarquías árabes para con sus ciudadanos? Lo inversamente proporcional a los jugosos contratos firmados con las potencias saudies.

AznarGonzalez4En Venezuela se libra una de tantas batallas del capital tras la desaparición de Hugo Chávez, con las mismas espadas en alto que aguardaban su momento desde la atalaya de Miami, el mismo faro que vigila Quito, La Paz o La Habana. En el caso del país caribeño, sus recursos energéticos lo convierten en pieza codiciosa que no puede dejarse escapar por más tiempo. ¿Alguien recuerda lo que sucedió en Paraguay tras el arrinconamiento de Lugo? ¿Preocupa la corrupción generalizada de El Salvador, Honduras o Guatemala? En el caso de nuestra ramplante pareja de ex gobernantes, ¿Ha osado suscribir acaso un párrafo solicitando la libertad del pueblo saharaui frente al expolio y destierro del ogro marroquí? Cuidado, que la libertad se escribe con Mont Blanc. Para la sangre, ya está la de los desaparecidos en el combate de la avaricia.

AznarGonzalez5De tanto repetirse en según qué medios de según qué capitales, se empeñan en consolidar un Ministerio de la Verdad virtual que nos injerte la premisa de que Venezuela no es una democracia, que sus problemas de inseguridad son sinónimo de guerracivilismo, y que el desabastecimiento de sus mercados internos no supone un embargo multinacional encubierto, sino torpeza y crueldad de sus mandatorios, que se las ha olvidado comprar el pan y la leche al salir a tirar la basura. En ésas se encuentra el capital, y para él aportan su fidelidad nuestros pizpiretos ex jefes del ejecutivo. Mientras, en España, sus antiguas formaciones continúan idolatrando ambas figuras, a las que llevarán en procesión en los próximos comicios. Después se sorprenderán al verse en la obligación del fustigamiento, con borbotones de votos huyendo de esas heridas que la ideología, la honradez política y la auténtica libertad no son capaces de cicatrizar.

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Deportista por un día

MARIANO RAJOYAdemás de las frases más desafortunadas de Carlos Floriano o Rafael Hernando, al gurú de la derecha política española Pedro Arriola también se le debe suponer esa estrategia tan yankee de poner a sus respectivos candidatos a aparentar una rutina de actividad física cotidiana los días de reflexión de las respectivas campañas electorales. Una mácula más en una estrategia que se va deshaciendo a la misma velocidad que el andar despreciable que comenzaron tomando frente a sus nuevos adversarios, hoy en Andalucía ya compañeros de bancada.

En serio, ¿Por qué trasladar una ficción tan manida a la vida política española? Más aún, a individuos que se ve a la legua no realizan más ejercicio cotidiano que subir y bajar el pie derecho del coche oficial. Porque tiene un pase haber instaurado esa cita sabatina en los tiempos del hipermusculado José María Aznar, tanto así que el ex presidente se lo tomó a pecho y dorsal con tanto ahínco que en algunas estapas de su segundo mandato se pueden encontrar más instantáneas del castellano leonés corriendo, jugando a paddel o haciendo abdominales que en tareas propias de un gobernante.

Deportista1Pero repetir, como con desidio electoral, el mismo argumento para el día antes de los comicios a un señor de provincias como Mariano Rajoy, con ese cuerpo deshilachado desde la quijada cubista hasta el desequilibrio de unos previsibles pies planos, que lo que entiende por deporte se ciñe a leer compulsivamente el “Marca”, no parece que vaya a despertar en el electorado más que sorna o cierta grima lastimera. Pero como en las elecciones generales de 2011 el resultado les salió a pedir de voto, lo de cambiar el rumbo de la impresión a transmitir al potencial votante en la jornada preelectoral se quedó en el desfiladero por el que suelen echar a andar al jefe del ejecutivo cuando le instalan alguna equipación más propia de ir a comprar churros que de bajar calorias. Y, horror, el experimento se repitió en los pasados comicios europeos para con … Arias Cañete. Si el perfil era susceptible de chirriar más aún, con el antiguo ministro de agricultura y medio ambiente los estrategas de la formación conservadora dieron en el clavo. No obstante, e imaginando que las previsiones de las respectivas encuestas y sondeos les tenían más despiertos que de costumbre, se dieron de bruces con la innovación en la fórmula, un ejemplo de poner negro sobre blanco y, alehop, al candidato se le incluyó, en el uniforme deportivo de rigor, nada más y nada menos que una bicicleta. Bueno, en realidad dos, la segunda con esposa incluida, para dar ese toque familiar al paseo bajo el sol que buscaba ternura pero, viendo el sobrepeso del candidato, más bien transmitía lástima.

Deportista3Las elecciones al Parlamento Europeo otorgaron una mínima victoria a los populares, así que el pedaleo informativo quedó como argucia electoralista adecuada. Visto así, ¿Qué podríamos esperar para el fin de semana pasado, en clave andaluza? Efectivamente, más calorías en desbandada, aunque sea fugazmente. Juan Moreno Bonilla tampoco goza de una apariencia que haga imaginar al candidato a la Junta ayer derrotado habitual de gimnasios y centros deportivos. Tanto es así que en las imágenes de sus brinquitos sevillanos, más en forma se vislumbra la Torre del Oro al fondo (imagen muy casual, por supuesto) que Bonilla y sus sonrientes acompañantes. Al equipaje, esta vez sí a juego con la actividad a realizar, sólo le falta la etiqueta colgando para certificar que lo excepcional ni es huevo, ni es gallina. Con lo bien que se está un sábado de reflexión con la familia, comiendo, haciendo la compra (que falta hará, con tantos días fuera de casa) o dando un paseo en ropa de civil. Y lo ajustado a la realidad del común de los votantes ser natural. Pero no, al candidato popular lo que le gusta es subir pulsaciones antes del batacazo. El sudor que les espera en mayo y noviembre promete ser torrencial.

Ciudadanos ingenuos

Tan joven y tan viejo, tan desgraciadamente cotidiano para muchos, resulta necesario rescatar este extracto televisivo de nuestra historia reciente por dos razones: Por un lado, a raíz de la imprudencia de haberlo dejado desterrado de este espacio por la ególatra consideración de que es algo ampliamente conocido, y tal vez no sea así; por el otro, y teniendo un cordón umbilical desde el primer hilillo conductor, a raíz de vernos en la responsabilidad de recordar que la censura es más una costumbre que una excepción en la Radio Televisión Pública estatal, tanto cuando ejercía una exclusividad de pantalla como desde el momento que competía con otras cadenas a través del merchandising de una supuesta honestidad de la guerra fría catódica.

Censura1Tenemos el fresco recuerdo de las últimas legislaturas conservadoras como totems de la putrefacción pixelada de aquello abonado sin pregunta por todos, sin casilla irreflexiva por medio en la renta intermedia; Urdaci fue la brillantina esporádica, con un solo arco iris de putrefacción reconocible a partir de aquellos segundos de rostro cuadriculado, gafas de pastaparte, al final de los finales en uno de tantos dispendios subjetivos, en aquella ocasión sentencia en mano, para dejar clandestina constancia de su debut como inquisidor de la información pública. A pocos años del destierro, tanto de las farsas como de la pesadez publicitaria que tanto nos libramos, tanto la abonamos, hemos sido imbuidos por un punto de cotidiano retorno, en su perversa versión mejorada: Ahora no es cuestión de un vocero con ínfulas de mastodonte del almirantazgo, sino desgraciadamente de una cuadrilla anónima pero armada hasta los dientes, de caninos a molares, que revierten a consciencia y por completo la responsabilidad de servicio público de la radio televisión estatal (engendros autonómicos nada al margen), dejando cadáveres redactores y corresponsales por el camino, a tiro de cámara, contra el paredón del directo.

Censura2Pero lo que hoy se proyecta en nuestra mediata pantalla no habla del presente, sería un error anquilosar el desprecio por los primeros canales frente al mando a partir de la irrupción conservadora de José María Aznar en el poder ejecutivo. Por ese motivo, la retahíla anterior ha puesto en solfa a toda esa clase norectiva de podrido abolengo como antesala a sus sabios antecesores, a los maestros de la censura que hicieron de TVE este pasto que nunca fue prado. En 1986, adolescentes y desaparecidos, las cámaras tan colectivamente costosas, retiraron sus puntos de mira para no disparar su bonhomía de directo con la presencia de Javier Krahe y su apache “Cuervo Ingenuo” que limaba las plumas del ínclito Felipe González y su política timorata frente al armamentismo atlántico, cuestión ésta bien pactada antes que gatillos más pudorosos, más verdeaceitunados, le recordaran qué protagonismo podría tener a poco de encontrarse frente al prime time de las urnas, un año después. Su cambio de registro resultó antológico, de las palabras a los hechos, de la pana al sedal.

Hay algunos caminos que miles de ciudadanos pretenden cortar para que varíe el rumbo sin señalización que venimos afrontando brotes tras baches. Pero no es menos cierto que la memoria juega el impagable papel de actuar como servidora del eterno retorno, siempre y cuando las generaciones de aquí y antes refresquen sus neuronas para tener mejor punto de mira que la de sus francotiradores, sin prisma. Por Manitú.

La democracia de los insurrectos

Insurrectos1El concepto democracia es, para las formaciones mayoritarias, inversamente proporcional a la expectativa de voto que van padeciendo en pronósticos y encuestas como las que les intoxican en los momentos actuales. Y esto es así porque confunden el término tal cual, a secas, con esa relación léxica que tanto paladean, condensada dulzonamente en la estabilidad democrática. De alguna indisgesta transición deben venir estas confusiones, porque el gobierno de todos puede ser saltarín, egoísta, irreflexivo o hasta padecer algún transtorno bipolar fuera de fecha, pero ser estable no es consustancial, ni por asomo, a su materia gris. Todavía las bancadas más populosas son capaces de reirse frente al panorama que se les presenta, porque lo detectan alejado, remontable, pero ya comienzan a notarse los primeros signos de incomodidad, de tonos fuera de partitura.

José María Aznar ha continuado hoy, en una conferencia abarrotada del empresariado más correoso y parte de la plana mayor del Gobierno, no se sabe si en calidad de oyentes o de vigilantes, tirando a dar en busca de la relevancia perdida, la de los suyos, la de lo suyo. Pero en el disparadero acarició una bala que es también del gusto polvoriento del actual Ejecutivo: advertir sobre el supuesto peligro que entraña la inestabilidad política derivada de la fragmentación electoral. Aquí es donde se puede apreciar con interesada claridad la divergencia que acontece entre la voluntad ciudadana y los intereses de clase: mientras la inversión en publicidad e imagen se mantiene, la cosa da para ir tirando de mayorías a uno y otro lado, protestando sin protestarse. Crisis, corrupciones e incompetencias aparte, desde el advenimiento del espejismo post franquista éstas han sido sorteadas con la opacidad de las financiaciones como un dios creen que mandaba, el maná de los fondos estructurales y de convergencia, la liberalización de la ley del suelo y la venta a cachitos de las empresas de propiedad colectiva para manos cercanas y, finalmente, la creación de una empresa hormigonera sobre las trampas de desregulación protectora de nuestro terruño, a golpe de ladrillazo. Pero se acabaron los recovecos y los atajos, si bien el bipartidismo ha tenido tiempo de tejer con rigidez de acero esa estructura protectora que se desparrama desde los medios de comunicación a poderes que deberían estar para ser saludados desde la distancia, con cortesía pero sin dar la mano. De ese modo nace la soberbia por la que transitan a pesar de levantarse a escándalo y fracaso diario, pero cada golpe de metroscopia les pone en guardia, a sabiendas que queda escasamente un año para comenzar a comprobar si los quesitos comienzan a equilibrar sus colores. En esa encrucijada, los socios dejan de aparentar enemistad y se alían en la supervivencia. Los que califican como desviaciones de la normalidad institucional todo aquello que agrede su confortable espacio han liderado la mayoría, ergo se han enarbolado de los paños de la supuesta democracia de los estabilizadores (nuevamente el peligro, el extravío). Notando como resbala el comodín derretido de tantas oportunidades malgastadas su sistema ya transita hacia un nuevo escenario: la democracia de los insurrectos.

Insurrectos2Capaces de cualquier actitud ,de cualquier viraje, de cualquier impostura, con tal de conservar el redil a su vera, a la verita de todos los suyos, el demócrata que se ve menos mayoritario que ayer pero menos que mañana no dudará en ser más condescendiente con los trapicheos y torpezas de sus cuitas escuderos, que sonríen en la melancolía de saberse a salvo no por hacer una temporada decorosa, sino porque a falta de recursos no hay plazas de descenso. Ese demócrata se asomará menos al balcón sobre la plaza en permanente sombra, pero buscará hasta el ventanuco con barrotes minúsculo para alardear de la apariencia sin torre de cristal. El demócrata ve terroristas y enemigos del orden donde, en la opulencia de los votos, veía pluralidad y buen rollo; ese demócrata califica de delito lo que antes apreciaba como derecho. ¿Qué es, entonces, la democracia? Desde luego, lo que la voluntad de los comicios decidan se acerca, con todas sus benditas fragmentaciones, mucho más que la interesada estabilidad democrática de los insurrectos que comienzan a ponerse el traje de camuflaje.

La República Mediterranera de Rajoy

El Presidente del Gobierno maneja con inútil habilidad el don de la ubicuidad inversa; el máximo responsable del poder ejecutivo debe, inexorablemente, multiplicarse para cumplir su mandato y obligaciones pero Mariano Rajoy no es capaz de estar ni donde se le espera ni donde se le reclama. Es un fantasma asustadizo, que arrastra sus cadenas al crepitar de pasos de las demandas ciudadanas. Su pavor por enfrentar las responsabilidades que le son ajenas en las duras y en las maduras dio un giro de tuerca cuando, asolado por el mayor escándalo de corrupción del siglo en este país, optó por hacer mutis por el foro a lo largo de tres días y concluir su irresponsable exilio con la lectura de un manifiesto (redactado por los centenares de asesores que le cubren las sábanas fantasmagóricas) frente a los suyos y retransmitida a los medios de comunicación a través de una lejana pantalla de televisión. Tics nerviosos en el ojo izquierdo que se repiten cuando asevera lo que no cree; énfasis a mitad de frase, en la coma inadecuada; lectura desacompasada de afirmaciones que debería tener grabadas como actos de fe, fueron las especies con las que regó lo que para él suponía el fin de un problemilla, volviendo a la obscuridad de ese anonimato que adora potenciar.

RajoyMerkelLo que vino a relatar, como un alumno tembloroso frente a un dictado con tachones, se puede resumir en la negación absoluta de todas las sospechas e indicios que se ciernen sobre su persona y el Partido Popular; el compromiso único de presentar, como ejemplo divino de transparencia política, algunas de sus declaraciones de la renta y de patrimonio; y la amenaza velada a todos aquellos que osen poner en duda la bondad inmutable de la formación conservadora, demasiado ocupada en salvar a España de las garras de la miseria como para estar ahora perdiendo tiempo en el corner de la corrupción. En todo caso, aseveran desde la sede de Génova, dejémonos de leer prensa y ver televisión, que si algo hubiera o hubiese, ya se encargarán los juzgados y tribunales de poner a cada uno en su sitio. Que cada palo aguante su vela, pero sin quemarse.

Rajoy1Resulta nada cómico escuchar de manera cotidiana ese compromiso del Partido Popular en remarcar el énfasis por los principios básicos de un sistema democrático: presunción de inocencia, división de poderes, respeto excrupuloso a las sentencias judiciales, etc. Cuando los actos que vienen de magistratura no han sido sensibles a sus intereses de táctica política (vease la doctrina Parot, sin ir más lejos), no han cesado de repetir que respetan pero no comparten; que asumen pero no respetan; que ni respetan ni asumen ni saben lo que es un tribunal de justicia. De igual manera ocurre con el abuso de esa máxima de la carga de la prueba a la hora de acusar y ser acusado. A ninguno de los dirigentes de la cúpula del partido le consta, pero que cada palo aguante el cirio, porque el que la hace la paga, pero hay papeles que nunca han visto y que contienen falsedades, menos algunas que no legitiman el total de ninguna manera, de ninguna ma-ne-ra. Todo junto marea pero es, a fin de cuentas, la forma de proceder de quien entiende el poder político como un estadio de vanidad superior ante el que ningún superpoder puede hacer mella.

La realidad de esta República Mediterranera que alienta Mariano Rajoy y los suyos es que la Fiscalía confirma que recibe presiones de manera continuada; que el Tribunal de Cuentas tarda una media de cinco años en dar validez a los presupuestos de los partidos y está formado por miembros elegidos por ellos mismos (con un Presidente que aparece como uno de los donantes desinteresados del cuaderno de Bárcenas); que el Consejo General del Poder Judicial está formado tras batallas sanguinarias entre los favoritos de los principales escuadrones políticos; que, por ende, el Tribunal Supremo se preside por la misma mano que ha sido dada a comer; que misteriosamente los malos olores ascienden cuando la prescripción hace acto de presencia; que la cúpula fiscal y policial se quita y pone en función de quien gobierne como fichas de dominó, apartando a quien te investiga y blindando tus plazos a base de siervos. Y así.

BipartidismoEl Partido Popular, desde su primera aparición en el Gobierno liderado por José María Aznar, ha tratado con desprecio colonialista a los Estados latinoamerianos, más aún en función de los avances profundos que se intentaran en la mejora de derechos, reparto de la riqueza y potenciación de la justicia. Su éxtasis absolutista se puso de manifiesto en el fallido golpe de Estado que sufrió Venezuela en 2002, reconociendo al gobierno ilegítimo en cuestión de segundos. Por las iberias no florece el banano, pero el olor de la sal mediterránea que empezó a darnos alergia en primavera, tras las naranjas de Levante, ha secado todo el territorio nacional, siendo ahora el hazmerreir del mundo civilizado. Lo que queda irá dosificando nuestra impaciencia pero necesitamos verlo, con grilletes y dimisiones, aunque sea a través de una pantalla de televisión.

¿Qué hay de lo mío? De lo suyo hay para Rato

Rato1En su mocedad, allá por mediados de los setenta, Rodrigo el privatizador todavía no era amante pertinaz de las telenovelas y, por lo tanto, no consideraba necesario engalanar sus sosos nombre y apellido con un “de” por medio. Era, simplemente, un joven-viejo, con ese rostro tan poco ye ye, atribulado sin duda en formarse adecuadamente en el innoble arte del desfalco y tentetieso que, por esas etapas, ya tenían en Ramón Rato Rodríguez y Ramón Rato Figaredo a ilustres prohombres entre sus filas. Tanto es así que papá y el tito, aún sin dominar el superpoder de delinquir continuadamente en las cosas monetarias y eludir la celda, pasaron una temporada a la sombra carabanchelera. Pero no se engañen, que los responsables de haber hundido a conciencia tres bancos y eludir una cantidad más que suculenta (Díaz Ferrán también es pupilo de la escuela Ratiana, como se puede comprobar) entraron en democracia como elefantes delicados, con energía pero sin que sus apellidos sonaran demasiado alto en los salones transitorios.

No en vano, la democracia tuvo la capacidad memorable de teñir y colorear demasiados rostros ocres. Y en esa transformación en technicolor, Fraga y Rato senior se encontraron frente a un suculento cheque para las imberbes arcas de Alianza Popular a cambio de que el vástago Rodrigo tuviera escaño a la mayor brevedad posible. ¿A cuanto el kilo de diputado? que se podría haber dicho, y con esas telas se vistieron las primeras comodidades de lo que algunos aún se empeñan en calificar de modélica reforma del status quo político e institucional tras la muerte del dictador.

Rato2A pesar de la abrumadora victoria de los socialistas en 1982 (202 escaños), las elecciones celebradas en el año del Mundial de España también recogieron la discreta noticia de la entrada en el Congreso de un joven de 35 años, asturiano de parentesco y candidato por Cádiz, bisnieto de un alcalde de Madrid (muy caro cotizaba, y sigue cotizando, el gramo de congresista en las listas por la capital del Reino)  y, de profesión, sus apellidos. Las informaciones adquieren relevancia a medida que el músculo de sus protagonistas toma la dimensión que la proteina de la política le inyecta, y la masa más fibrosa de Rodrigo Rato se alcanzó con su ascenso a Vicepresidente y Ministro de Economía y Hacienda en los gobiernos de José María Aznar. En menos de una década, las principales empresas públicas, la mayoría con rentabilidad positiva y generadoras de plusvalías fundamentales para el sostenimiento de aquellos servicios obligatoriamente deficitarios, se pusieron de manera veloz y opaca en manos privadas, cercanas, amigas, a precio de ganga. La herencia de los favores que duraría para Rato, doblemente, eternamente.

Con la excusa de la obligatoriedad por parte de Bruselas (¿a qué nos recuerda ese desvío de responsabilidades en la toma de decisiones de la soberanía nacional?) de eliminar los monopolios empresariales, no sólo se optó por liberalizar ciertos mercados, sino que se profundizó con exquisito entusiasmo interesado en crear Villalongas y cia, Aliertas sin alertarnos, una camada, en suma, de empresarios manufacturados con el único curriculum de haber dejado los presentes adecuados a la puerta de Génova. Ejemplo del milagro económico español, así se le calificó durante otra larga década; el genio de las finanzas que permitió la mayor etapa de prosperidad que el Reino recuerda desde el imperio de Carlos I. Sí, las burbujas con cierto grosor no estallan con tan sólo aproximar una aguja. En el Fondo Monetario Internacional tardaron un tiempo nada prudencial en darse cuenta.

Rato3Hundido el barco de su honorabilidad, el Rato rata dejó de recibir y tuvo que dedicarse a pedir el reingreso en el club de los favorecidos, dentro y fuera del partido, sin necesidad de que papá regresara con el talonario del Suero. Y por ahí el destino de la existencia demuestra la hermosura del círculo, ese elemento cíclico que nos informa desde la memoria genética y que en el caso nada casual de Rodrigo le alcanzó a recordar que la banca es lo de los suyos. La transmutación de Caja Madrid en una entidad financiera con salida a bolsa, accionistas y campana en el parqué, todo eso que sus antepesados lideraron con la frescura de entenderse por encima de cualquier complicación social y penal, supuso también lanzarse sin remisión a maquillar contabilidades, estafar a sus clientes, arruinar la torre que nunca se inclina del todo.

Y así, por ahora, sigue la estela que marcan las estrellas del destino humano, esa que nos empeñamos reiteradamente recorrer siguiendo las huellas de nuestros ancestros, sin levantar la cabeza para prevenir el muro que nos aguarda. No importa, a los Rato, a los Figaredo, siempre les espera una emboscada dulce, unas trincheras desguarnecidas. Ayer puede haber entrado en calidad de imputado por la puerta de un juzgado, pero hoy ya ha salido raudo a enredarse en las suaves sábanas de las telecomunicaciones privatizadas, en ese testamento vitalicio que firmó para nuestra colectiva ruina. Pase lo que pase, de lo suyo hay para Rato.

¿Por qué lo llama dimisión cuando quiere decir rendición?

Pocas aptitudes se le pueden colgar al rugoso cuello de la denominada lideresa, como si ese adjetivo impostado, de innovadora irrealidad, haya creado por si mismo una presencia, una actitud, una labor y una personalidad que hoy merezcan, en momentos de sorpresiva renuncia a su autoimpuesta catalogación, una sentida, colectiva, reverencia por su marcha contenida pero juguetonamente lacrimosa. Esperanza Aguirre es, en esencia, aquella burricalva Ministra de Educación de la primera legislatura presidida por José María Aznar, presa golosa y fácil de Pablo Carbonell y compañía en las dominicales guasas de Caiga quien caiga. Su llegada a tan alta responsabilidad coincidió con el despiece inexorable de la cobertura intelectual del Estado, hecha pellejo en esa sonrisa inquietante, de esquiva malignidad adornada de tontuna maquillada, capaz de expulsar veleidades de soberbia tontuna descarada como la afirmación rotunda de ser admiradora imperturbable de la compleja obra de esa poetisa portuguesa de nombre Sara Mago y que representa la sensibilidad lusitana de la misma manera que sus lacados compuestos capilares sostenían una gruesa capa de agresividad contra el ozono, contra el entorno, contra la respetabilidad misma de un país que aún no era consciente de cuan bajo puede caer el electorado cuando la irreflexión y la confianza en un sistema ya consolidado deja paso al oportunismo mafioso.

Porque esa misma bobalicona con el único encanto de hacer sonrojar a los cercanos y carcajear a los crédulos fue capaz de rodearse y presidir un grupo de codiciosos sin escrúpulos al frente de la candidatura del PP para la Comunidad de Madrid. A falta de dos tortas, buenas fueron dos hostias, y sendos escaños socialistas desencajaron el apuntalado gobierno de Rafael Simancas bajo la prestidigitación de lo corrupto, comienzo inexorable de un imperio que ha caminado sobre la ignorancia, el populismo miope, preso de privatizaciones y obras mayores y menores a pagar en especies que se quedan en el debe de los herederos. Esperanza Aguirre, en estos nueve años, ha sostenido con el poder heróico de la demagogia de aristócrata barriada una sucesión de contubernios que han alimentado su ignorancia hasta hacerla creer realmente una imparable destinada a responsabilidades más altas. No hay duda, en su cabeza ha revoloteado con demasiado aleteo ensordecedor, casi mareante, la rocosa aspiración de convertirse en el primer jefe de gobierno de sexo femenino en este Estado sin rumbo. Como perfecto ejemplo de la ignorancia absolutista propia de aquella que se rodea de varones arrodillados, creyó ser inexpugnable frente a la opinión pública contra todo aquél proyectil machista que llegara de su formación, la de los hombres como deben ser, la de las mujeres que no dicen ser nada. Salvo ella.

Se nos marcha la lideresa un lunes al mediodía, con la discreción de sus legatarios bien anudada, escenificando un penúltimo artificio que deje cuenta de que no está pero sigue en el reflejo de su Ignacio González del alma, aquel que continuará la batalla por hacer el futuro de Mariano Rajoy un poco más agrio, con más necesidad de pedir en la botica un tinte más reforzado. Se marcha porque a lo mejor está enferma, o empeora, o si mejora prefiere dedicar sus horas a la prole extensa propia de su condición aristócrata. Se larga con viento fresco para recuperar, tres décadas después y presta a adquirir la condición de jubilada, la ilusión por retomar su condición funcionarial. Se pira la reina de la soberbia el mismo día que sus detestados contrincantes sindicales paralizan la ciudad, como si ese hecho le produjera un orgasmo político perpetuo, deteniendo el tiempo de su despedida, como un César sin ser acuchillado de frente, robándoles el protagonismo de la decencia como una última algarada vengativa. Se despide con la estructura social madrileña acribillada a rencores ultraliberales, disculpándose únicamente por sus meteduras de pata, obviando al resto de miembros y órganos de sus trajines descabellados para que el mundo, el suyo, el de los suyos, sea ahora mismo un mucho más de esos pocos parientes de largo apellido. Hace mutis por el foro porque sabe, afirma con más arruga de la cuenta, cuando hay que ser responsable y dejar paso en la primera línea política, ese momento que a juicio de los tácticos de la especulación electoral debe darse con el margen suficiente para que sus delfines puedan atar los comicios siguientes con amplio plazo. La Comunidad Autónoma de Madrid y su principal Ayuntamiento están en manos de dos deslegitimados, que buscan cobrar la herencia sin pasar por el notario. Esperanza Aguirre no se va, se rinde, pero su soberbia le impide hacerlo con una bandera blanca.