Si volvieran los Quijotes

Hoy se cumplen los primeros seis meses de gestación del gobierno del Partido Popular, un plazo demasiado longevo como para no haber detectado que el embrión político carece de viabilidad, que sus órganos se han desarrollado tumorosos, derretidos y sin vida. A pesar de la certeza que su alumbramiento sería desastroso, más de once millones de ciudadanos se lanzaron a un frenesí procreativo, introduciendo su esperma electoral en virginales urnas a lo largo y ancho del Estado español, violadas en su permanente inocencia. Seis meses larguísimos, rotundos en la confirmación de los peores presagios, sin necesidad de realizar ecografías en tres dimensiones para apreciar la planicie del feto siempre fallecido.

O tal vez no. Quizás la criatura, de continuar el proceso, emerja como un patoso gigante que no se conforme con asumir su derrota vital y apisone, ya sin excusas ni contradicciones evolutivas, a todos los diminutos seres que continuamos sorteando las sombras de extremidades que aplanan nuestra superficie, nuestro horizonte.

Ese pisoteo comenzó desde el mismo día 20 de noviembre en el que nos encontramos, resignados, frente a un equipo de perdedores profesionales, dispuestos a disfrutar del poder vacuo, sin resortes novedosos tras siete años para estudiar a fondo la lección. Tal ha sido el desastre en tan poco tiempo que han tenido que volver a asomar desde sus merecidos retiros algunos Quijotes con la espada largo tiempo envainada. La sociedad necesita referentes para apartar su letargo ante los latigazos que da esta rocosa clase política, y parece que Julio Anguita, tras dos infartos de miocardio producto de un entorno cargado de vicio cínico, ha asumido que su presencia y su discurso, la armadura de la honradez política y dialéctica que le caracterizaron a lo largo de su trayectoria pública, debe ser desempolvado y dar la última batalla en este campo de minas anticiudadanía.

La valentía quijotesca de Anguita no debe obviar que los gigantes patizambos a los que pretende hacer frente, mermado de fuerzas tras el largo camino, son en realidad molinos inmensos, cargados de codicia a proteger, y sus hélices no van a dar tregua utilizando dimes y diretes para espantar al enemigo. Aunque el escenario parezca una planicie que sortear con el brío de la experiencia ya recorrida, esas estructuras tienen muy claro cuales son las prioridades, entre las que nunca se encuentra enarbolar siquiera una temporal bandera blanca. Mucho les ha costado ir llenando sus alforjas como para abandonar el equipaje ante el primer caballero andante que retome el testigo de hacerles frente.

La aventura que se propone necesita algo más que una plataforma cívica indeterminada como cobertura valiente para enfrentar el holocausto que se nos viene a diario encima. En ese sentido, Julio Anguita no ha clarificado si cuenta en su planificación participar con la coalición de la que ha sido coordinador federal durante más de una década. Efectivamente, el crecimiento electoral, así como de valoración ciudadana, por parte de Izquierda Unida en los últimos comicios autonómicos y generales, pone de manifiesto que es la aeronave idónea para que el político cordobés sume desde el navío común, además de poder incorporar su discurso preclaro a aquel que se viene postulando como vanguardia de más y más ciudadanos, no sólo en convocatorias electorales, sino en el respaldo que significan sus acciones cotidianas para con la honestidad y buenos modos en la relación colectiva. Volver a la arena le dignifica, tanto más cuanto su acción siempre fue de compromiso bienintencionado, pero los pasos a andar debe darlos con la mejor horma, con el calzado que no produzca llagas.

Así están los Quijotes españoles, colocando en las estanterías el repaso de las caballerías que fueron y pueden ser, animándose a salir al asfalto para convertir en hechos las fábulas que se han convertido en utopía. La criatura que tanto pataleo ha dado en el vientre del Estado pretende continuar su agresiva existencia en cualquier momento, como un sietemesino presuroso. De dar a luz en fecha, el verano será infernal en nuestro común vientre, pero su gateo hacia el final del presente ejercicio puede dejar a su paso la llanura más árida. Por eso necesitamos a los Quijotes en guardía, con sus escuderos susurrándoles que desconfíen de las hélices que rodean a aquellos molinos, en lontananza, que no son sino gigantes con puños peligrosamente torpones.

 

Ligas ricas, ciudadanos pobres

En todo este doloroso proceso de asumir la consciencia del deterioro global como sociedad, hemos ido analizando en diferentes artículos aquellos procesos, al albur de las excusas políticas para tomar las de villadigo por el sendero de villadiego, que han volteado escenarios estratégicos del devenir macroeconómico nacional. Así, no nos hemos cansado de alertar sobre el perverso desguace y bancarización de nuestro sistema de ahorro (de aquí a dos semanas veremos un baile tan desafinado como el mercado de fichajes minutos antes de la medianoche del cierre, de norte a sur, de fusión a absorción especulativa), de igual manera que continuamos el análisis de conductas, casi estados de ánimo, que hacen bambolear estructuras con poca herrumbre para adecuarlas a intereses de lo más variopintos.

Pero, de igual manera que la denuncia nos exige estrenar cotidianamente altavoces poderosos para que la injusticia amplifique su mensaje, en el caso que nos ocupa no es tanto afan de alerta como reflexión de lo que, por atractivo, nos impide ver sus arrugas.

A cuestión planteada en el día de ayer por el grupo parlamentario de Izquierda Unida, el Ejecutivo central se vio en la obligación de reconocer que la deuda acumulada por los clubes de fútbol españoles asciende a la mareante cifra de 752 millones de euros (sin contar con las cantidades adeudadas a la Seguridad Social, que son de aupa). A la velocidad de un extremo izquierdo de relumbrón, las huestes balompédicas procedieron a delimitar la cifra escandalosa, con argumentos tan pacatos como que el mayor porcentaje de ese debe en las arcas públicas (673 millones) se encuentra aplazado mediante acuerdos con los correspondientes deudores. El problema no es temporal, sino de qué manera se ha llegado al engorde insostenible de un modelo de competiciones profesionales a todas luces no sustentable al albur de un proyecto de Estado con los bolsillos agujereados; en la puerta de entrada, cualquier Sociedad Anónima radicada en territorio nacional estaría encandilada con disponer, al menos, de relaciones tan cordiales con el fisco ibérico cara a negociar sus obligaciones tributarias, en cómodos plazos y a generoso descuento y, viendo la luz de salida, todos los contribuyentes deberíamos preguntarnos si esta ruina anunciada desde tiempos de artificial bonanza compensa alegrías domingueras de balompédica sofisticación.

Y es que el asunto no dispone de solventes remiendos en ningún escenario posible. La conformación de las entidades deportivas de las principales disciplinas en cuanto a número de seguidores (fútbol y baloncesto) en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) y su asociacionismo gremial bajo el amparo de Ligas Profesionales (LFP y ACB, respectivamente) se alumbró como la perfecta estructura cara a conseguir la conformación de un escenario rentable en lo deportivo y económico. Las obligaciones derivadas de la mutación de clubes con estatutos de lo más simple, organigramas de compadreo y obligaciones contables a nivel de primero de bachiller transmutaron en la metamorfosis de la que echaron a volar soluciones empresariales con el mejor producto del mercado: piernas, manos y balones; agilidad, rapidez, espectáculo. Seguidores, compradores. Ganancias a espuertas. Las diferentes plataformas televisivas se encargaron de endulzar el falsario espejismo (tautología al canto), comprometiendo cantidades irrecuperables en términos de contraprestaciones publicitarias y permitiendo a los equipos negociar bancariamente adelantos millonarios con los correspondientes contratos a años vista. Ahora, ¿qué tenemos? Unas competiciones poderosas comandadas por clubes que son apisonadoras irreductibles, aquí y en las eliminatorias continentales, y un ramillete de equipos de segunda fila plagados de ilustres apellidos de la escena balompédica y cestista internacional, sobre una sociedad arruinada, que no puede permitirse lujos conscientemente desterrados pero que disfruta del manjar somnífero de fin de semana.

No hace tanto, el obtuso orgullo nacional que trasladaba sus ansias de grandeza a cualquier entelequia que pueda ser atrapada en forma de medalla sospechosamente lograda, se vanagloriaba por disfrutar de ligas secundarias, como la Adecco Oro (Baloncesto), considerada más competitiva que las primeras divisiones  respectivas de potencias como Inglaterra o Alemania. Y tan anchos, sin preguntarse por donde anda la trampa. La implacable realidad nos presenta una Liga Endesa (ACB), en la que, salvo discutibles excepciones, pululan cerca de dos decenas de SAD arruinadas, sin capacidad de generar de ninguna manera recursos que les encaminen al fin que corresponde a cualquier Sociedad Anónima mercantil. Y no ahora, sino desde sus correspondientes constituciones: las de mayor relumbrón (Real Madrid y Regal Barça) sustentan sus poderosas plantillas con los millones derivados de las secciones futbolísticas; los conjuntos de clase media-alta sostienen la columna vertebral de sus respectivos proyectos sobre el músculo de entidades públicas (Gran Canaria 2014) o privadas (Unicaja, Sevilla Baloncesto) que, con su mayoría accionarial, se ven obligados a cerrar el déficit contable curso tras curso; y, los supervivientes, van arrastrando su deriva deportiva con patrocinadores libres o impuestos y recursos atípicos más o menos ocurrentes. Algunos, con ruina permanente (Valladolid) y otros (los menos), con brillantez gestora (Fuenlabrada).

En el césped, tanto de lo mismo, pero sobredimensionado por cantidades que sonrojan tanto como se justifican por los mismos que reproducen su indignación a la menor brizna de despilfarro en otros ámbitos. Ingentes cantidades de tributos se destinan para poner a rodar el balón, bien con la fórmula de insensatos patrocinios o como ayuda de fomento al deporte que, en lugar de pagar las medias de un alevín, acaban en el caucho del deportivo más estrambótico de la primera plantilla. Todos en la ruina, todos con las butacas a rebosar. En definitiva, Ligas de oro para economías desérticas. Insostenible, pero con el respaldo de la dormidera de tantas miles de ruinas que refugian la desesperación en el triunfo de un color colectivo. Lo que ocurre es que ese somnífero puede ser disfrutado, con ardor y compromiso, con banderas y bufandas arraigadas al sentimiento de batalla deportiva, pero ajustado al nivel de la vigésima economía mundial. A lo sumo.

Las vallas electorales que no cesan

Si usted quiere participar de la fiesta de la Democracia, tome aire y respire hondo. Seguramente, estos vacuos consejos no le sirvan de mucho, pero al menos ganará unos segundos antes de bucear en la tensión horripilante que supone entender que, entre el espíritu del asunto y la realidad legisladora, la distancia entre los ciudadanos y sus potenciales representantes se vuelve un universo completito de agujeros negros y antimateria representativa.

En primer lugar, arremangado y dispuesto a hacer efectiva la honrosa voluntad de ser voz de una bolsa ciudadana más o menos dilatada, es hora de salir a batirse el primer cobre frente al envite iniciático de la LOREG. Avales y más avales son necesarios recaudar como demostración previa de una voluntad popular abstracta, ésa que, sin comprometerse, parece decir que nuestra formación política tiene cabida en las urnas futuras. En caso de que la saca no chorree nombres, apellidos y firmas, el escollo que se asoma en la primera curva se antojará definitivo para caer lesionados y sin posibilidad de recuperarnos a tiempo.

Quién sabe, tal vez nuestra voluntad de hacer efectivo el mandato democrático de la elegibilidad nos endurezca el ánimo y, de este modo, saltemos con esfuerzo la primera valla a sortear. Hecho ésto, olvídense de las rectas plácidas, pues someternos al antojo de los comicios exige una dósis extra de anabolizantes y esteroides electorales: mitines, pegada de carteles, aprovechamiento de la difusión masiva por medio de redes sociales, etc.; en definitiva, transmisión eficaz del concepto político hacia la zona del cerebro en el que resguardamos nuestras apetencias ideológicas, nuestra manera de entender el mundo. Así hasta ese domingo de uñas y dientes, de profunda tensión estadística y encuestas a pie de intención obsubjetiva. La culminación del ánimo democrático, de trasladar la voluntad ciudadana a los dignos recintos de la discusión política, vierten toda su intensidad en una jornada que ha derivado su solemnidad procedimental hacia una suerte de fanatismo futbolero, de rojo y azul a golpe de victoria o derrota hueca.

¡Albricias! límites y más límites sorteados, porcentajes locales, provinciales, nacionales y universales no han podido con la consciencia colectiva expresada en sobres y papeletas válidas, sin manchurrones rechazables. Estamos en línea de meta, respaldados por un puñado de escaños que, juntos y bien pertrechados, darán voz y batalla a miles de demandas invisibles. Nadie se acerca a nuestra espalda, la campanilla hace rato que nos ha alertado de que nos encontramos afrontando la última vuelta, tal vez la primera de muchas y exigentes pruebas. Pero… ¿qué es esa muralla de hormigón grisáceo que se levanta a toda pastilla sobre el recto horizonte? Nuevos límites, límites subjetivos; adiós mojigata LOREG, abran paso al despistado Reglamento del Congreso.

¿Qué usted ha obtenido cinco o más actas de diputado? ¿Qué se las prometía muy felices en su cabaña de grupo parlamentario propio? Stop, in the name of law. Cándido representante periférico, para armar la tienda de campaña en la Cámara Baja, necesita la base del 5% de los votos totales a nivel nacional. ¿Qué no los ha obtenido? No pasa nada, la norma es magnánima con el voluntarioso candidato minoritario, y le otorga carta de naturaleza grupal en caso de haber arañado el 15% en las circunscripciones en las que se haya presentado. Vaya, así que a usted le ha dado por rascar un escaño en tierras forales extrañas sin haber alcanzado ninguna de esas dos condiciones tan ligeras, meras normas de trámite al alcance de cualquiera. Pues entonces la generosidad democrática se hará carne en la noble Mesa del Congreso, que estudiará al detalle su caso para resolver acorde lo establecido en eso tan concreto denominado voluntad popular.

Y en éstas nos vemos. Quiso el rebaño que las ovejas de IU no siguieran descarriadas una legislatura más, y el 6,92% de votos totales computados salvó a la formación progresista de encontrarse ante la judicatura congresista. Pero claro, los dignos miembros de la Mesa ven con malos ojos que esos díscolos de Amaiur, que cambian de nombre como de estrategia (¡a los mayoritarios populares se la van a dar con queso Idiazábal!), vayan a recibir a estas alturas conmiseración democrática, y ahí busquen alojamiento en eso que llaman grupo mixto pero que sabe a salsa mal casada. Si hablamos de UPyD la cosa cambia, son situaciones radicalmente distintas, arguyen. La letra de la ley está para cumplirla… y para interpretarla.

Tener grupo parlamentario propio comprende fundamentales herramientas de acción normativa: presentación de iniciativas legislativas, acceso a las distintas comisiones del Congreso, tiempo de intervención en plenos y sesiones de control, etc. Pero, más allá de las consecuencias prácticas, se pone en valor el espacio representativo otorgado por los electores, se levanta o se retira la última valla para aquellos que llenan el minúsculo espacio que les otorgan las estructuras bipartidistas, bipolares. Qué tiempos aquellos en los que Coalición Canaria, con tres diputados acodados en la bancada peninsular, podían formar grupo parlamentario propio merced a la generosidad cedente del Partido Popular, que les prestaba a dos amiguetes de Soria o Ciudad Real a cambio de fieles manos alzadas, de intervenciones con oratoria pelotera y entregada. Los tiempos cambian, la legislación permanece. La interpretación de la misma, según de donde vengas, según lo que vayas a decir.

Un ciudadano, una expectativa de voto

Más allá de la inerte mayoría popular en los comicios del pasado domingo, el concepto destacado de tantas y tantas valoraciones post electorales tiene como análisis central la denostada normativa electoral que viene provocando no pocos desequilibrios en la relación elector-elegible. Y es cierto, innegable, que el camino hasta la urna, lejos de resultar una actividad ilusionante en la vertiente de protagonismo directo, resulta una frustración por el valor que acaba resultando de nuestra papeleta en la balanza de la correspondencia representativa. ¿A cuanto sale el kilo de diputado, oiga? Depende de la inflación poblacional y otros mejunjes de macroeconomía política, señora.

La transmutación del papel con siglas en carne y huesos congresista, de ese ejercicio comprometido que deviene representación irresponsable, efectivamente ha centrado multitud de foros, sesudos debates que, en ocasiones, desembocan en beligerancia simplista. ¿Un ciudadano, un voto? Jacobinismo del bueno, del puro destilado a base de calcetín con manchurrones; parece lo justo, lo obvio, el camino recto entre dos puntos que la clase política apabullantemente mayoritaria nos ha venido coartando con sus interesadas curvas paisajísticas, desentrándonos del placer visual del bosque con ese abeto en medio del escenario límpido. Ciegos interesados en el paraíso de los tuertos lúcidos; recordemos los resultados dominicales, con una mayoría absoluta inapelable de una formación que gobernará a pierna suelta y, a pesar de eso, no alcanzó el 45% del escrutinio global, del tal forma que un sistema de vía directa y poder ciudadano equilibrado conllevaría la ingobernabilidad permanente de la expresión política emanada de esa población de igual calibre. Peor aún, revolveríamos la paradoja hasta el extremo perpetuo de someter a las mayorías conscientes a la voluntad de las minorías imprescindibles para la sostenibilidad de la gobernanza más o menos estable.Vamos, lo que suele ocurrir ahora, pero para siempre jamás. La República italiana, desde 1945 hasta su perversión berlusconiana de obligada concentración bilateral, puede dar buena cuenta de ello.

No cabe duda que, a día de hoy y desde los albures de esa transición a la que se le ha corrido el rímel con las lluvias del especulativo invierno, el sistema electoral nacional no se ha mirado al espejo y, así, únicamente Izquierda Unida ha practicado una suerte de trágica trashumancia desértica, llorando en el valle lo que otros recolectan sin quebrar el lomo. Estos días se destaca cómo la justicia que supondría la urna sin forma de papelera hubiera dispuesto la multiplicación de los congresistas y voluntades de la formación progresista frente al panorama de la pureza electora. UPyD se ha subido al carro de esas reivindicaciones, pero su peregrinar por el sendero del desequilibrio electoral resulta diletante dado su inmediato crecimiento representativo y su manejo de la farándula propagandística sobre los programas asentados. Aún les quedan cabañas reales que recorrer para encontrarse en circunstancias de exigir el paso vallado por el kilómetro cero de ésto que supone hablar en nombre de cientos de miles de divergentes ciudadanos.

Seguramente resulte hipócrita conquistar una atalaya de opinión para saber que no se sabe nada, salvo que lo afirmado carece de razón. Algo es cierto, innegable, y debe ser el paso para restaurar, si alguna vez poseímos tal justicia en una nación cobarde desde la desesperanza que nos hace acomplejados por supuestos imperios repugnantes de antaño, el sufragio universal con maýusculas. Y ese caldo debe comenzar a hervir desde la propuesta socialdemócrata de eliminar, por obsoletas y responsables de la duplicidad de funciones y recursos, las Diputaciones Provinciales. De igual manera, ese debate obliga a arrastrar la inmediata supresión de las circunscripciones territoriales de igual denominación como termómetro iniciático de la voluntad popular segmentada. La división territorial que sirvió de base política a mediados del siglo XIX carece de trascendencia y espíritu objetivo en la España autonómica y, más áun, absorbe una cómoda excusa geográfica para aprovechar, meticulosamente, el estudio personalizado del elemento político; para más inri, compensar, de inicio, a cada provicia con dos diputados por barba, porque sí, como si éstos acudieran a la Cámara Baja por libre, con la defensa a capa y espada de sus electores por montera, aniquila a sangre fría cualquier voluntad de equilibrar los propios desequilibrios de un consenso de cuarenta y cinco millones de potenciales analistas políticos.

Cada uno de nosotros arrima el ascua a su sardina o, en este caso, a su filia ideológica o hooliganismo partidista. De éso hay poca duda, no nos caracterizamos por una objetividad generosa en cuestión de colores gobernantes. Somos aún así de impúberes democráticos. Lo que ocurre es que nuestro sistema político tampoco ha hecho mucho por sacarnos del cascarón y echarnos a volar. Tal vez nos ama tanto que se ha encargado de mutilar nuestras alas para que no abandonemos el nido timorato; o, más bien, esos tres quintos de consenso en sus cosas de clase política privilegiada parece que siguen entendiendo que, para que no nos pongamos de acuerdo, deben seguir marcándonos la hora de llegada tras disfrutar de eso que llaman la fiesta de la democracia.

Rebelados

Reflexionando con la mesura impropia de estas épocas rabiosas que vivimos, la campaña electoral se ha convertido, nuevamente, en la representación trágica de una democracia hueca que se ha venido retroalimentando desde finales de los años setenta. Un sistema electoral de circunscripción provincial, imposible gestor de la igualdad del voto ciudadano, unido a un bicameralismo absurdo que mantiene una especie de Cámara de los Lores desterrados, pendientes de veto fugaz a proyectos de ida y vuelta, sin plazo ni interés para reconvertir su cueva de Altamira en un rascacielos de territorios y naciones, es el infinito abandono al que someten la consciencia colectiva de este país y lo transforman en bruma espesa.

Soportamos como hechos consumados que la Radio Televisión Pública programe, en prime time, un debate de dos candidatos a diputados nacionales en representación de sus respectivas formaciones políticas. Las más elegidas hasta ahora, de acuerdo, pero sin ningún criterio de interés ciudadano como para organizar un espectáculo de pataleta bilateral, de enfrentamiento deportivo, trasladando la implacable sensación de que más allá no hay opciones, ideas, programas ni candidaturas elegibles. Este despropósito lo refuerzan a modo de segundo round, cuarenta y ocho horas después, con la realización de un debate a cinco, incluyendo a otras tres formaciones con presencia institucional pero permitiendo la inclusión, nuevamente, de las fuerzas canovistas pero con segundos espadas, como si lo que se tratara en ese encuentro fueran otros aconteceres ajenos a la pugna por la conformación del próximo ejecutivo nacional, de las propuestas efectivas para entender nuestra sociedad con el prisma de tantos ojos y cerebros como energías humanas patrullamos la ciudad y el campo. Asqueroso.

El panorama que los padres de la Constitución planearon y que los legisladores iniciáticos remataron ha establecido una bazofia electoral muy utilitarista para lo que ellos consideraban normalización democrática. Las circunscripciones provinciales, con un mínimo de dos diputados por barba y un equilibrio en proporción por habitante que genera injusticias ramplantes, impide el traslado de la voluntad popular a la Cámara Baja, en forma de escaños dignos y eficazmente elegidos. De este modo, las dos marcas proteccionistas del sistema aseguran su alternancia irremediable con estas reglas de juego, dejando algunos asientos fríos a sus correspondencias nacionalistas, favorecidas por la presencia de sus listas en pocas provincias y la irremediable concentración y aprovechamiento de cada papeleta emitida a su favor. Pero, con el concepto democrático que debería florecer en cada ciudadano de un sistema maduro como debería ser el nuestro, resulta incomprensible asumir que una formación de implantación estatal como Izquierda Unida contemple la potencial recepción de casi el 10% de los escrutinios y, aún así, ver convertido ese millonario apoyo en una decena escasa de escaños, mientras que formaciones nacionalistas como CiU disfruten de cuatro o cinco diputados más con un porcentaje de papeletas que rondarán, a lo sumo, el 3,5% de las emitidas. Mientras, el Senado dialoga con traducción simultánea pero sin competencias directas y efectivas sobre la realidad territorial del Estado, allí donde debería residir la soberanía efectiva de las políticas autonómicas, la relación competencial Estado-CCAA y la armonización de los servicios fundamentales.

Es difícil comprender como cerca de doce millones de ciudadanos, fundamentalmente trabajadores y trabajadoras, personas con percepciones provenientes en exclusiva de la mala venta de su fuerza de, precisamente, trabajo, optarán por otorgar el codiciado valor de su voto a una propuesta política enemiga de su condición, de sus perspectivas existenciales. El sistema mercantilista que venimos soportando mantiene su vigencia desde una eficaz anestesia colectiva, revendiendo fórmulas fracasadas como innovaciones salvadoras, y el consumidor, desterrado de cualquier dignidad ciudadana, compra y compra, vende y se vende. Ver en los mítines rabiosos aplausos, encendidas risotadas cómplices con cualquier gracieta del líder orador, más preocupado de vender un ratito de epidural carcajeante que la exposición a la realidad tras la farsa orquestada, hace perder en muchas ocasiones la confianza en sumergir la mancha de este sistema podrido y sacarla desaparecida y con la base reluciente.

El domingo volvemos a enfrentarnos con nuestra concepción del mundo presente y futuro. Del qué queremos para nosotros y para que las siguientes generaciones lo vayan apuntalando. Desde esta Casa Querida madrugaremos para depositar nuestro firme compromiso con Izquierda Unida, con la defensa de un sistema público poderoso, imparcial y prioritario; con una gestión de la economía centrada en el ciudadano y sus proyectos y necesidades; con la visión de un sistema político que no rezume olor a casta y privilegio, sino a extensión de la voluntad soberana del pueblo que cede, con vigilancia condicional, su poder a semejantes; con el ideario de una formación que prioriza el valor de la docencia y los sueños humanos sobre la construcción de columnas de precarios aspirantes a empleados tayloristas. Olvídate de utilitarismos electorales, de la cuentas de la lechera que te conducen a tratar el hermoso poder del voto como una especulación pretenciosa de voluntades que no dependen de tu virtud racional. La fuerza que tenemos lucha más allá del número de escaños que siempre estará alejada de manera abismal de la representación real de nuestra consciencia colectiva. Salir del colegio electoral sabiendo que se ha votado en consciencia nos dignifica una barbaridad. Rebélate contra el que especula con tu sueldo, tu futuro, tus propósitos y, para colmo, con tu inteligencia.

La invasión desordenada

Peregrinos italianos "consagran" el momento a ritmo de sangría en una barra madrileña

Madrid es colapso, hormiguero sin arena pero con sus fértiles cadenas vivas, capitaneadas por curas, monjas o monjes Reina a golpe de banderita patriota. Exponerse al apabullante sol de mediodía, sin brisa significativa, constriñe el ánimo casi tanto como enfrentar unos ociosos pasos entre tantas camisetas coloreadas, todas muy católicamente solidarias pero patrocinadas por unos opusdeistas grandes almacenes. En definitiva, utilizar la vía pública del centro madrileño se traduce en angustia al comprobar que el espacio de todos se ha arrendado, subrepticiamente, a una multinacional especializada en la gestión del temor al destino.

Hace escasos minutos, la Policía Nacional ha confirmado la detención de un hombre de 24 años de edad (el informativo de TVE, tras entregar quince minutos de su programación a la simpatía y buenrollismo de los visitantes apostólicos, ha liquidado esta información en una seca frase, sin imágenes, sin interés), estudiante del Centro Superior de Investigaciones Científicas, que planeaba atentar durante la marcha laica de mañana miércoles mediante la utilización de gases asfixiantes. Un beato piadoso. Un prohombre de la causa cruzada. Un tolerante. El modus operandi enlaza con el gusto genocida de los compañeros de uniforme del rockstar de blanco en sus años mozos, cuando aún no había descubierto su destino en lo universal, cuando su bondad estaba confundida en el relativismo racial. Ya lo sentenció horas antes otra adalid del cristianismo de base, Ana Botella, afirmando que dicha manifestación no tiene otro argumento que el pecaminoso deseo de provocar. Pues dicho y hecho, los templarios de la moral vaticana se pusieron manos a la obra para diseñar mandobles justicieros en forma de química avanzada. La intolerancia es atrevida, y cuando el poder político les acompaña revierte en algo, sencillamente, temible.

Las cuentas no están claras, pero la invasión es espesa. Y no toman dos tazas; a lo sumo comparten, como buenos discípulos masivos del altísimo, unas cucharadas que les permitan mantener las constantes vitales alerta hasta el día del clímax papal, ese jueves estival que centrará el éxtasis de tanto groupie vaticano. En efecto, mientras Izquierda Unida ha vuelto a solicitar el detalle exacto de la factura que repercutirá en el erario público, recibiendo el silencio o el desprecio por respuesta, la realidad incontestable en términos de economía doméstica se mide en los comedores y barras de la capital, donde los peregrinos hacen acto de presencia en función de que acepten o no los vales de descuento graciosamente repartidos a su llegada (¿y financiados por…?). El Paseo del Prado, arteria vital para el tráfico rodado en una jornada laboral como la de hoy, se mantenía cortado desde primeras horas de la mañana, para asegurar el plácido discurrir de peregrinos despistados, poco interesados en aprovechar su visita a Madrid para cultivar también su ser cultural y darse un garbeo por la magnífica exposición temporal del pintor y escultor Antonio López en el Museo Thyssen ó hacer acto de presencia en dos de las pinacotecas punteras a nivel mundial, como son El Prado o el Reina Sofía. Colas inexistentes en los centros pictóricos más allá de las habituales, maraña humana a la espera de un zumo natural, ticket en mano, aplastados por cuarenta grados centígrados que poco daño pueden hacer en cráneos huecos, vacíos de respeto por su propia condición humana.

Madrid es, a lo largo de esta semana, una ciudad que no gusta. Nos retrasa y entristece. Nos devuelve un ratito a las cavernas. En las líneas de metro las camisas de colorines atronan, billete de precio reducido como privilegio frente al ciudadano tributario, con sus cánticos hooligan, calentando la llegada de un dios ardiente, humanamente ardiente. Nadie se acuerda de quienes eran, de donde vienen. Esto es un festival más de verano, pero el vino no está fresquito y el pan ácimo se atraganta en este verano implacable. Aquí no está dios ni la razón. Únicamente el vacío de la mercadotecnia para imbéciles, del crucifijo a un euro.

Quedar tercero no te convierte en filial

El término democracia se viene desgastando en un ritmo instántaneo, preso de bocas que justifican cualquier sonido, cualquier tono, arguyendo incansablemente cómo detentar la propiedad de tan inalcanzable aspiración ciudadana. La federación autonómica de IU Extremadura ha tomado con firmeza la necesidad de acercarse, con la mayor proximidad a su alcance, a la quimera de decidir, colectivamente, su destino como expresión política durante los próximos cuatro años. Efectivamente, las urnas le han otorgado nuevamente una presencia en forma de tres representantes dentro del Parlamento autonómico; a pesar de la insistencia de los grandes bloques corporativo-políticos en argumentar que la individualidad del voto irradia mensaje global de un electorado que es uno y trino, que la ausencia de mayorías absolutas es una advertencia espiritual de urnas que son como arcas de la alianza, como caliz de política eterna, lo único racionalmente inmutable y cierto se expresa en el recuento que equilibran esas normativas estadísticas asignatorias de voluntades por escaños. De éstos, IU Extremadura ha pasado a ostentar de cero a tres. La competición política ha querido, caprichosamente, que el eterno aspirante se convirtiera en llave del torneo electoral en liza; como aquel glorioso Tenerife que le sustrajo heróicamente dos trofeos ligueros al poderoso Real Madrid, de la misma manera que la ambición coruñesa se topó con guantes ché en forma de guardameta con alma de trotamundos.

El discurso preelectoral de la Dirección Federal de Izquierda Unida no calibró su propia capacidad de renovada movilización progresista. De este modo, asegurar firmemente que serían freno engrasado de cualquier aspiración de poder liberal que fueran capaces de detener se convirtió en un nuevo brindis gratuito a esa vía funesta de optar por convertirse en entretenido filial antes que en rabioso competidor. La coalición de izquierdas es precisamente éso, una suma de pensamientos, realidades y voluntades, que toma su legitimidad dialéctica y política de su diversidad y reflexión interna, de todo aquello que, entre sumas y restas, se ha ido tornando multiplicación, vivificando una promesa de cambio real entre un significativo segmento de la ciudadanía comprometida con la superación de estructuras condenadas como las que padecemos.

La decisión adoptada por el Consejo Político Regional de IU Extremadura es incontestablemente consecuente con lo propugnado a sus bases y a su electorado, los mismos que confiaron en la honestidad de la que han hecho gala abusando de sus herramientas de democracia interna. La vía sencilla, la que desde todos los frentes indignados que vienen iluminando calles y plazas de la geografía patria se critica y combate, hubiera consistido en la sumisa entrega, a modo de tierna comparsa, del inmenso botín que supone recuperar la confianza de un nada desdeñable segmento del electorado extremeño. Si el máximo órgano de decisión regional de la coalición ha preferido no sacar tajada de décenas de cargos políticos y de confianza en variopintas escalas de la maquinaria autonómica, si ha optado por no traspasar su apoyo a dos formas de entender la res publica tan alejada del ideario progresista y tener las manos libres para, eficazmente, sustentar la balanza de las grandes líneas de actuación de los poderes ejecutivo y legislativo extremeño, la crítica que salpica cualquier informativo visto, oído y escrito sólo puede haber sido lanzada desde la afinidad a los grandes intereses partidistas, más aún en tierra de implantación feudal de una marca y una manera de expresar el ideario socialdemócrata tan ibarrista, populachero y abrumador, presto permanentemente a azuzar la bandera de los miedos y terrores cavernícolas. Disfrazar la entrega de miles de esperanzas bajo el manto de un pacto de solidaria izquierda supondría la rendición absoluta a la justa ambición de abandonar la tercera plaza de este desequilibrado Campeonato histórico en el que Izquierda Unida debe recordar que se hace camino al andar. Con paciencia, con democracia interna y compromiso; con un inmaculado sello de auténtica conciencia de clase, con la comprensión de que la opinión de todos cuenta, y de que esas opiniones se están multiplicando, más aún si se cambian las cerraduras y se cierran los portalones en la cara de esas restas que, no obstante, dan la escalofriante sensación, invariablemente, de esconder un juego de llaves maestras bajo el falso ropaje encarnado.