Wertguenza de ser ciudadano de la marca España

José Ignacio Wert, el miembro del Consejo de Ministros que ostenta el particular farolillo rojo de valoración entre la ciudadanía, no deja de haber sustentado su negativo logro en una amalgama torpe de chascarrillos inoportunos, meteduras de pata hasta propias de la novatada ministerial pero, fundamentalmente, en el proceso traslativo mal ejecutado que va de contertulio opinadetodo a responsable de tres carteras plagadas de asuntos candentes, informativamente en portada perpetua. Es significativo su nombramiento, alejado de cualquier quiniela más o menos arriesgada, ya que su aparente alejamiento de la primera línea política se fechaba a finales de 1987, cuando renunció a su acta de diputado por PDP, una minúscula formación de derechas que hacía de útil rémora en coalición con Alianza Popular. A partir de ahí, su devenir ha transcurrido fundamentalmente en ese limbo profesional que se califica como “sector privado”, pero que suele enlazar responsabilidades de tipo asesor en estrecha relación con cúpulas directivas afines al poder público, en este caso el que emana a la derecha de las corporativas imágenes. Tan cerca y tan de derechas como haber desarrollado la responsabilidad de adjunto al Presidente de BBVA, Francisco González.

José Ignacio Wert, un hombre sin piedad (Foto:Claudio Álvarez)

De esa faceta sustentada en la discreción, tanto desde un silencioso escaño llegado de provincias norteñas como en la segunda fila de la gestión privada, el ahora Ministro de Educación, Cultura y Deportes mutó sorpresivamente hasta desarrollar un personaje entre graciosete y ácido que comenzó a ganarse la vida, o a perderla, de plató en radio, de medio en cuarto, como contertulio profesional de cualquier materia que le pusieran a bien en el plato. Que el ánimo titiritero le viniera punzando desde la mocedad o que fuera producto de algún abandono en la cuneta de los favoritismos no está muy claro desde el gallinero analítico de éstas y tantas historias de bandazos mecánicos, pero que tenía madera de polemista insurrecto, no cabe ninguna duda.

A su llegada a la triple corona ministerial se produjeron reacciones desde todos los ámbitos y desde todas las casas, si bien el mensaje más repetido descansaba en una mescolanza entre simpatía lejana y confianza con el rabo del ojo a medio abrir. Un tío majete, decían muchos, acostumbrados a sus comentarios en aspectos que no resaltan posicionamientos de materia sensible: gustos musicales, cinematográficos, gastronómicos… no son anzuelo para pescar sustento del bueno, ideología o propósitos en caso de darle el timón al marinero errante.

En un trimestre, José Ignacio Wert no debe ganar para zapatero, porque ha metido la pierna en fango hasta las rodillas, y así un día tras otro; algunas veces, a propósito y con preparada sarna, como la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía utilizando como argumentos laterales mentiras tan despreciables como el equívoco de confundir manuales obligatorios con libros de ensayo, en lugar de cumplir con el santo mandato de la órden liberal y modificar el plan educativo sin berenjenales justificativos. Total, vamos a reforma por legislatura, a destrozo por rotura y, ésta, por mutilación. Pero no, el tertuliano no puede evitar emerger en momentos de disputa de hemiciclo y, en la confusión de un plató por el recinto donde descansa la Soberanía Popular, es capaz de utilizar argumentos a sabiendas de su improcedencia, con el único ánimo contractual de cumplir su papel de discutidor, de llevar la contraria valga lo que valga.

De ahí hasta hoy ha venido cayendo en impertinencias con sonrisa, patriotismo de taberna (generalizar la nación francesa con el mensaje humorístico de un programa televisivo sólo está al alcance de un cazurro con posibles), inhábil manejo de las redes sociales así como demostración suicida del nulo dominio del vocabulario y los correspondientes significados (glorioso por sorprendente la afirmación, primero, acerca de que la victoria en las elecciones generales del PP había sido “no por mayoría absoluta, sino universal; y, finalmente, tras la difusión de la incultez ministerial por parte de Ignacio Escolar en Twitter, responder con mayor brutalismo dialéctico haciendo la siguiente afirmación: en el texto se explica que “universal” quiere decir en casi todas las circunscripciones ¿Acaso no es cierto? Ya le respondemos nosotros, comisionista de la cultura: NO) y un arte exclusivo para meterse hasta en fregados de edificios que le vienen a desmano (los manifestantes apaleados en Valencia ahora son delincuentes, ahora no, ahora de nuevo sí y, además, extremistas conocidos…).

Todo ésto y, visto su comienzo de campeonato ministerial, lo que vendrá con certeza en las próximas jornadas, le hacen ser firme candidato a mantener esa posición privilegiada de Ministro más denostado por la ciudadanía, liderato conseguido a pesar del ambicioso arreón de sus perseguidores para alcanzarle, con reformas laborales esclavistas, subida de tributos, recortes por doquier, etc. Pero Wert no flaquea. Todo este incompetente proceder puede producir estupefacción, indiferencia, desasosiego y hasta resignada tristeza, pero nada más allá de lo esperado por un responsable del ramo en la hora que toca gobernar a la amplia derecha (la labor de Esperanza Aguirre puso el listón demasiado alto). Hasta hoy.

Las afirmaciones del ministro, en una entrevista (cómo le gustan, cuanto tiempo tiene para mantener su reverso de tertuliano incontenible) concedida a la cadena COPE, resultan repugnantes e ideológicamente viscerales. Wert ha afirmado rotundamente que las corridas de toros merecen especial protección por comprender un elemento fundamental de la marca España y que, por tanto, el Ejecutivo busca fórmulas para resaltar su aspecto cultural. Por lo tanto, para este individuo de eterna sonrisa roedora, la tortura y linchamiento de un hervíboro mareado hasta su insensible ejecución sumaria es, per se, una característica esencial de nuestra representación nacional, un elemento del que emana la sustancia que queremos trasladar al resto del planeta como consustancial a nuestra forma de ser y proceder. Y lo afirma el mismo que defiende un sistema de becas basado en la excelencia sobre la renta del alumno, en sus calificaciones independientemente del nivel de ingresos familiares del potencial receptor. En cambio, que las sangrientas palizas taurinas apenas atraigan público a las plazas no es óbice para extraer la conclusión de que cada día despiertan menor interés entre la población patria, que no hay resultados académicos que respalden la potenciación de su actividad. Sangre por sangre, España cañí para un ruedo desierto. Para sostener el negocio miserable que cultiva violencia injusta y desproporcionada a un animal indefenso y cautivo, que traslada a las nuevas generaciones valores ajenos al respeto por el entorno y por los propios semejantes, que verte sangre rendida para alzar a un héroe cobarde y aventajado, para toda esta inmundicia social, el ya sin paliativos miserable José Ignacio Wert sí tiene capital, carece de dudas, ahonda en su pigmentación de camaleónico provocador y, por desgracia, nos recuerda de la manera más eficaz posible que el empobrecimiento de España no se ciñe exclusivamente, ni mucho menos, a su realidad económica y financiera.

El desolador funeral Público

El mes de septiembre de 2007, justo a las puertas de una crisis a punto de rendirnos y desarmarnos, incáutos y por sorpresa, gestaba el fértil nacimiento de una necesaria cabecera informativa que venía a ocupar la estantería izquierda de nuestros quioscos, vacía y desolada desde el fallecimiento de Diario 16. En su espíritu fundacional, el diario Público se posicionaba, rotundamente, por la defensa del espacio colectivo, de los servicios y prestaciones justas y necesarias de un Estado a desarrollar desde la solidaridad y la equidad democrática. Era una carta de intenciones emocionante, emanada desde una sensatez romántica, y con unos pilares que sustentaban con garantías plenas en lo periodístico su nacimiento y etapa de madurez como medio de comunicación.

La dirección apostó, y eso era más que buena cosa, por un rostro y un cerebro directivo ajeno a las grandes plataformas de comunicación, Ignacio Escolar. El joven director de La Voz de Almería, venía a liderar una estructura periodística atestada de plumas de relumbrón, una terna inmejorable de pichichis del arte y ensayo narrativo: Rafael Reig, Antonio Avendaño, Javier Vizcaino, Manolo Saco, Isaac Rosa y, como colofón de una plantilla de relumbrón, Javier Ortiz. Esa gestación se siente desde esta Casa muy cercana, con aquella llamada de agosto en la que el añorado periodista guipuzcoano nos trasladaba su ilusión por iniciar esta aventura con pinta de sincera, tan alejada de la complicación mundanal de las jotas; y nos quedará grabada su sensación de niño barburdo con zapatos relucientes en la fiesta de presentación del periódico, absorto con la presencia de Brian Ferry y mucha energía redactora. Rejuveneció en lo profesional y lo humano, como seguramente todos sus compañeros de columnas ladeadas, como Torres de Pisa enderezándose. Adquirir Público en coloreado papel se convirtió en un signo de distinción lectora y, a su vez, la cruzada por exportar las bondades de su contenido fue provocando una alegría completa cuando los queridos cercanos iban abandonando matutinos con injusta fama progresista y descubrían lo que no sabían que podía ser hallado por 0,50 euros.

La pérdida irremplazable de Javier, casi a la vez de la salida de Escolar de la dirección del medio y la aparición sospechosa e incómoda de Ernesto Ekaizer pintaron, en cierto modo, los primeros graffitis horteras en un espacio que, a sabiendas de buscar el rendimiento económico y la rentabilidad empresarial, tenía una lograda apariencia de ausencia lucrativa entre sus opiniones límpidas y sus sobradamente valerosos redactores: recuperadores del dedo en la llaga mohosa, en el hostigamiento a los corruptos y sus entramados, al desvío de la responsabilidad gestora, demasiados horteras con acceso a la caja fuerte les pillaron tanta tiña como a cierto magistrado de cuyo nombre todos nos acordamos. No es casual la ausencia radical de inversores para continuar esta indispensable aventura, de igual manera que la unanimidad cómplice de ciertos inquisidores judiciales.

Hoy se ha cerrado una puerta tras la que seguía una maquinaria agradablemente ruidosa a pleno rendimiento. No son buenos tiempos para el periodismo escrito y sus tradicionales fuentes de negocio; la transición entre su necesaria existencia y el corrimiento de lectores hacia la gratuidad digital sigue sin conseguir un marco de aclaración acerca de cómo nutrir la complejidad del periodismo profesional, de su desarrollo desahogado y bravo. Por aquí, por esta rendija sin filtro, se han estancado las demandas informativas de millones de ciudadanos con profundo ánimo de ingerir verdad progresista y el futuro, al menos cercano, de tantos artistas del implecable arte de la transmisión periodística. Era una enternecedora quimera animarnos a acompañar esta aventura que aspiraba a defender lo público de manera veraz y sincera; lo inevitable es que lo hacía sobre un subterráneo de capital privado que solidifica y, con la misma rapidez, licua sus apuestas inversoras sin apostar a caballo honrado, sino ganador. Hasta siempre, querido Público.