Un verano fatal

La canción más reconocible de aquel EP que firmaron a cuatro manos Cristina Rosenvinge y Nacho Vegas, titulado Verano fatal y del que se cumple en estos días su décimo aniversario fue, precisamente, la partitura homónima que, en su cuarta estrofa, se cuestionaba quien podría imaginar lo que nos iba a deparar un verano fatal. El cantautor asturiano parece que ha quedado atrapado líricamente por su pasado, toda vez que es la comidilla del periodismo transgénico su supuesto affaire con la vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, Andrea Levy. El IVA Cultural ha quedado exento, al parecer, a la hora de liquidar la discreción de ambos personajes públicos y lo que las trincheras ideológicas parecían distanciar, el misterio de las relaciones públicas ha estrechado, con el consiguiente punto de ebullición en redes sociales y garitos con ganas de humo.

Porque cualquiera que siga con cierto interés la trayectoria artística y pública de Vegas desde sus inicios en solitario, una vez finiquitada la experiencia con Manta Ray, conoce su huida de un hedonismo musical rayano en el placer de lo lúgubre hasta desembocar, si no encallar sin viento de cola, en mesías del compromiso político y social, dando las primeras y nítidas pistas con Cómo hacer crac (2011) y teniendo continuidad sin ambages a partir de sus Actores poco memorables (2014). Dar la cara, poner la nota, musicalizar la lucha de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), ha transmutado al músico gijonés en colectivo, una suerte de Horacio que salta la rayuela para viajar hasta Oliveira.

¿Se puede alcanzar la intimidad del afecto romántico con alguien que hace de su sensibilidad ideológica profesión y way of life político desde el otro lado de una posición que, en ambos casos, tiende más barreras que lazos? Basándose en su opinión sobre qué es ser de derechas, a partir de la polémica que se levantó a raiz de unas declaraciones, en 2011, de Russian Red, no sería procedente ni mantener posición paralela en la barra de un bar. Así que, de confirmarse el idilio político-musical, Nacho se sentirá pitoniso de la rima recordando que las gaviotas chillan que ya está cerca el final de un verano fatal. El asunto será discernir si, continuando la letra de la canción, a un otoño desastroso siempre le precederá ese tortuoso tiempo del estío, dando por cierto que así se esté despidiendo septiembre para el cantautor desde que ha saltado a una multitudinaria audiencia una historia personal que ya tuvo su antesala anecdótica hace justamente un año, cuando Vegas se interpuso en una conversación tuitera a cuenta de otro rumor sentimental de Andrea Levy dentro del circuito indie nacional, en ese caso con un músico del grupo La habitación roja.

¿Qué la música una lo que la política se empeña en distanciar? La respuesta no parece que se encuentre ni para generar una reflexión breve: Andrea Levy y Nacho Vegas son adultos para gestionar sus filias como mejor convengan. ¿Exponer de manera tan nítida el blanco y negro de tus posiciones ideológicas te imposibilita para amar lo que afirmas enfrentar? Si se tiene en cuenta el tono con el que dialoga con el otro Vicesecretario junior del Partido Popular, Pablo Casado, en Twitter, hacer diálogo-ficción entre la pareja complica el asunto.

Precisamente el activismo rampante del cantautor asturiano en la red del pajarito se ha tomado un respiro desde que el papel couché de baratillo ha desahuciado su privacidad. El verano fatal, por lo tanto, parece que se despedirá con más incógnitas que certezas pero, ¿Qué más da si puede contarse con Soraya Sáenz de Santamaría para que amenice con sus mezclas esta turba de sentimientos del amor en los tiempos de crisis?

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Sodomía política

A pesar de estar en posición de cúbito radial, sin manejo de las extremidades ni del torso, paciente por aletargado, resulta imposible evitar el desgarro. Nadie nos ha preparado la lubricación social necesaria para continuar soportando lo que entra y sale, seco y rabioso, de ese orificio que pretendía no ser oscuro. Hoy es Ignacio González y cia, pero en realidad ya es la consecución sangrante y marrón, heces en rojo, que ha acabado infectando a toda una generación de ciudadanos que pretendían serlo. Escuchado, a nuestro oído en solfa, el rumor atosigante que emana de jueces que no deberían estar, fiscales que no deberían mirar y funcionarios que menos deberían laissez faire, laissez passer, darnos por culo es lo menos que se podía esperar de aquellos que defienden su inocencia ante un micrófono, mientras reclaman su inmerecida impunidad micrófono tras ganzua. Todo eso pasa, y duele, porque así fue siempre, y los votos confirman que así será más adelante. ¡Muera la honradez, viva la sodomía política!

Había una vez una apariencia que comenzaba en túnel oscuro pero prometía final feliz. Se le llamó democracia, y se tradujo al castellano, valiente imprecación al cielo de las buenas sociedades. Y millones de españoles lo creyeron, ratificaron y contemplaron, con alborozo, como fue sancionado por un solo ser, tras el que se posicionaron corbatas de toda raigambre ideológica y existencial. Transición lo apellidaron, y llegó a nuestras tierras sin llanto, eludiendo la cesárea. El retoño tenía buena cara, las pupilas apenas dilatadas; sus extremidades, tersas y vivarachas. La placenta, en cambio, cayó como un pulpo con la cabeza reventada, tentáculos por todos lados, dando aire a través de las ventosas para sortear el desconcierto y buscar la supervivencia de la especie pretérita. Hasta aquí han llegado, para quedarse.

Esas extensiones de un cuerpo, en su esencia, dilatante, necesitan el cobijo de nuestras mentes cavernosas, introducirse a golpe de desequilibrios colectivos; como estructura social, a cuarenta años vista, demostramos no ser más que víctimas políticas de una violación trasera que, no por menos humillante, preferimos ocultar en el subconciente de cada pregunta electoral, de cada reclamo participativo. A partir de la reiteración de cada acto indebido, a sacudidas violentas que se introducen nuevamente con forma de sms ministeriales, órdenes fiscales elusivas o, directamente, erectas mentiras húmedas de saliva sonriente así como, de manera alternativa, llanto reptil, se nos empuja a guardar silencio frente a una vejación que dura y dura, que no acaba de eyacular.

Estamos infectados por no haber tomado precaucaciones: Dejamos ser penetrados con resistencia silenciosa y, como recompensa, abrimos las piernas para que se depositara una enfermedad que va más allá de algún escozor puntual. Ahora, quizás tarde, nos vemos postrados, arrepentidos. No obstante, ya no sabemos decir no, ya no podemos siquiera abstenernos; abiertos de par en par, la democracia ha dejado de ser placentera para convertirse en vejación. Lo horripilante no se posa únicamente en el trauma, cementerio que huele a almas vitales, sino en la metástasis de una enfermedad abierta en canal. ¿Cuál podría ser esa última decisión que siempre albergamos como herramienta de salida, cuando esta se encuentra sellada? La resignación, el retorno a lo cuadrúpedo. La sodomía árida.

 

Una pista de hielo armado

PatinazoPolitico3Se dedican profesionalmente a aquello diseñado para ser cubierto de manera circunstancial, ocupando sus butacas unos y otros, en cierto modo un poco todos; o, al menos, una parte proporcional de cada tendencia, por muy genéricas que éstas deban ser. Todo ello, claro, siempre y cuando supongamos que el común de los ciudadanos tienen un interés tan real como bien nutrido en cuanto a ver la política, a saborearla, con la certeza de que resulta importante para sus respectivas existencias.

Éstos a los que nos referimos, tan repetidos como aquellos cromos sin valor a la hora de cambiar en busca del ausente, del último, del único, han conseguido rellenar esos asientos ad eternum. Se presentan a los comicios con la certeza de estar únicamente revalidando de una manera medianamente incómoda casi un derecho transmisivo, una especie de renovación documentada; un par de fotos, unas firmas, alguna sonrisa, y vuelta a la realidad. Debe ser por eso, como primer argumento a valorar, por lo que el nivel de traspiés viene aumentando en cantidad y baja calidad durante las respectivas campañas electorales. Y, probablemente, la necesidad imperiosa tanto del PP como del PSOE por mantener los niveles de participación a dieta estricta ayudan a destensar los discursos y participaciones de sus candidatos, empeñados como parecen en calzarse unos patines bien afilados y lanzarse a trompicones sobre pistas de hielo armado. ¿Todas las caidas son fortuitas, o el sombrio ridículo de patujadas propias de no iniciados políticos son el eslogan de baja intensidad, unos desacordes que no arañan el disco y nos hacen saltar de canción en canción, imposible descubrir la melodia?

PatinazoPolitico2En el plenilunio de las campañas, las grandes formaciones, ahora en probable decadencia, allanan el camino de sus rostros mismos, con torpezas quien sabe si calculadas a partir del error permanente, de la confianza generada por ese salvoconducto electoral que les hace entender que no hay mal mayor que el canovismo de nueva esfera. ¿De qué manera si no se puede llegar a explicar que un candidato a obtener la mayoría minoritaria, ataviado con asesores de toda tendencia y colorido, enrede en prime time sus calculados mensajes con machismo de alto voltaje, aderezado con alta graduación, no apta para ciudadanos de política hepática, de soberbia intelectual indemostrable? Cuando estas situaciones se producen, lo último que se espera es que sus ejércitos acudan al rescate con armas silenciosas, provistos de capa sin espada, dejando el campo de campaña hecho unos zorros, sin vivos ni muertos. Sin discurso. Premeditación y alevosía; a falta de argumentos, buenos son los espectáculos de pirotecnia sin pólvora.

PatinazoPolitico1Todo este recorrido parece surgir como, por tanto, nueva estrategia de esos grandes diseños del marketing político, tan carentes primero de ideología y discurso, y que ahora parecen evolucionar hacia la supervivencia de sus clientes eliminando también hasta a los candidatos y sus eslóganes. Siguiendo este hilo conductor, y con el control de los medios de desinformación, el público cautivo, con las siglas y el mamporrerismo de su lado ya bien insertado en el ADN cuatrienal hasta el punto de repetir, como un roedor de laboratorio, el conductismo causa-efecto designado, se encargará de mantener los niveles de representación de sus huestes.

Esos patinazos cada día más habituales obtienen, además, un relleno superior en los espacios informativos destinados al análisis y el discurso político. Y qué decir de las boyantes redes sociales, ahora víctimas de un nuevo fantasma gélido que les invita a movilizarse ante su criminalización vacua, en lugar de ser pasto de campaña alternativo. ¿Es esa obsesión por buscar tipos penales imposibles para controlar la demencia violenta de unos pocos otra pirueta que lleva al poder de bruces contra la masa de hielo o, rindámonos a la evidencia, el virtuosismo malévolo del bipartidismo, entrando a la pista con movimientos patosos, agarrado a las barandillas, para provocar nuestra carcajada a punto de silenciarse? Si nos retiramos confiados, todavía con una sonrisa de peligrosa autoestima a cuestas, puede que a nuestras espaldas nos estemos perdiendo algún que otro triple salto que haga revalidar el triunfo de las malas artes.

El valor y el uso de la vida humana

IsabelCarrasco1Hace dos días ha sido asesinada, a la salida de su domicilio, la Presidenta de la Diputación Provincial de León (y varias condecoraciones más), Isabel Carrasco. Según avanzan las investigaciones policiales 48 horas después, parece asumir bastante certeza la autoria material por parte de una ciudadana con la que mantenía una relación personal y de anuencia política, y la cooperación necesaria o complicidad de la hija de ésta, con cierto recorrido en el Partido Popular, y que perdió su puesto de trabajo en la administración local hace dos años, sintiendo una animadversión que fue creciendo de manera paraonica, con la connivencia y alianza de su progenitora. Queda a estas alturas aún difuso el grado de participación de una funcionaria de la policia local leonesa que se ha encargado de entregar el arma homicida. Dicho esto, y salvo que giros más propios de la cinematografía que de la vida cotidiana dicten sentencia sorpresiva, lo que no parece que vaya a cambiar es el movil personal como nexo entre los imputados y la víctima. La cuestión política juega un papel, en tal caso, de germen a la hora de provocar la situación fatídica. Otras lecturas únicamente pueden entrar, y de hecho han entrado, desde la óptica de la oportunidad electoral, el sensacionalismo amarillista y la irracionalidad más o menos interesada.

Vayamos por partes. Núcleo principal desde el que parte la protección penal a la vida humana es, evidentemente, la salvaguarda de ésta y, en caso de que ocurra el tipo homicida regulado en el Código Penal, analizar las pruebas, el móvil, los agravantes y atenuantes que pudieran derivarse y, finalmente, imponer la pena correspondiente en busca del resarcimiento de las víctimas, la reinserción del penado y, en menor medida, el elemento punitivo del castigo como carga didáctica para evitar acciones futuras de la misma envergadura, protegiendo así al resto de la ciudadanía y aplacando la alarma social que se produce ante acciones semejantes. Las consecuencias inmediatas son el fallecimiento de un ciudadano y el dolor que provoca a su círculo cercano. En todo caso, la protección de la vida humana es un elemento evidentemente protagonista de primer nivel de cualquier Código Penal occidental, y ésta debe ser igual para todos los ciudadanos, tanto desde el lado del finado como del ejecutor de la acción punible. Pero cuando estamos ante un cargo político, aunque haya resultado víctima desde una acción de rencilla y venganza privada y personal, las alarmas son disparadas con demasiado interés, y hablar de modificaciones legales de cartón piedra, alertar de supuestos peligros apocalípticos que germinan en las sombras de la sociedad, y disparar comentarios inconexos para llegar a conclusiones perversamente disparatadas, se convierten en juez y parte fulgurante.

IsabelCarrasco2Cuando asustar al personal de norte a sur y de este a oeste con el fantasma de ETA resultaba cosa sencilla, los dos grandes partidos obtuvieron réditos valiosísimos en sostenimiento de niveles electorales a golpe de miedo y cierto victimismo que concluyó con una violación del cuerpo penalista estatal al aumentar, per se, las penas a aquellos asesinatos cometidos por miembros de bandas armadas organizadas. A partir de aquí, la protección de la vida humana toma categorías, el dolor de los seres queridos y familiares pretende apaciguarse superponiendo la venganza sobre los principios otrora principales de reintegración del procesado y, en definitiva, se le otorga valor negativo, en concepto de pena, en función de la naturaleza ideológica e inspiradora del delito. ¿De qué manera se puede instaurar en el ordenamiento jurídico de un Estado democrático, fundamentado en el principio de igualdad como uno de sus prioritarios sostenes, que merece más castigo poner fin a la vida de un ciudadano si ésta es cercenada por alguien que lo hace pensando que está eliminando a un enemigo en un conflicto, aunque éste sea ilusorio, que aquél que lo hace, tal vez, por algo tan miserable como hurtarle diez euros? En todo caso, el papel que juega la pena como elemento preventivo puede amilanar más de cometer el delito a quien se mueve por intereses vacíos que quien lo realiza premeditadamente imbuido por un factor ideológico que le hace sentirse soldado en un entorno bélico que le fabulan, que ciegan su prudencia y su raciocinio.

Desahucio1Y finalmente ha aparecido el universo paralelo que florece en los tribunales de la información. El homicidio de Isabel Carrasco ha dado para un paréntesis en la campaña electoral europea, miles de tuits y comentarios digitales de dudosísimo equilibrio en el paladar de las ideas, y varias reflexiones valientes que desde los altavoces de turno han querido, para no variar, arrastrarlas al submundo de la demagogia, precisamente el paraiso natural de los mismos que no soportan que alguna manzana vaya madurando su próximo bocado. Pablo Iglesias, de Podemos, es sólo un ejemplo, pero más que interesante para reafirmar el equilibrio torcido de manera interesada cuando un ciudadano es apartado violentamente de su destino. ¿Por qué quienes, desesperados por el acoso de las deudas, se quitan la vida, desterrados por el sistema, casi víctimas del caos colectivo, exterminados por todos con más o menos imprudencia, no tienen su minuto de silencio? Pero lleguemos al punto de inicio, lleguemos a más: Ni un homicidio político debe conllevar consecuencias de mayor rango penal ni social, ni el homicio de un político puede seguir recordando a quien, tal vez cerca de ese instante, haya sufrido violencia similar en el anonimato de la sangre sin escaño, que también en la muerte este sistema que viene expirando con él le recuerda que vale menos, que sólo merece silencio. Un Código Penal vigoroso no lo permitiría, y una sociedad madura tampoco.

Los living

LosLivingSi Nito pudiera arrimar su desolador timbrazo a millones de rumiantes duermevelas simultáneamente, la desazón de su relato, sincronizad, poseería el mismo verso fatal: Usted se fustiga irregularmente, tan a medida del látigo que reparte de cuando en cuando la fiebre de su cuero en la esperanza traicionada; y éso es así porque pensó (y que cosas tiene eso de pensar en voz cuadriculada, en papeleta que ya imprime un pensamiento al que acomodarse) que su clase, su condición social, ya no es lo que era, se evaporó en la medida en que cayeron muros y se sortearon banderas. Por eso se permite el privilegio, como un lujo a su debido alcance, de confiar su salvación a aquellos que, a su vez, no tienen reparo en ofrecerle el peludo abrazo que, en lugar de abrigar, pica y raspa. No se ha dado cuenta aún, o se ha olvidado todavía, pero es que de lejos resulta tan confortable, tan mullido; no es algo definitivo, qué duda cabe, porque las piedras a tropezar acaban un día por hacer llaga y, con ello, recuerdo, pero mientras tanto usted ya ha acudido varias veces al colegio electoral queriendo recuperar la confortabilidad prestada a través de los que dan cobertura a los prestatarios. Mal negocio, pero claro, usted hace más de dos décadas que ya no recuerda el lado del mostrador en que se sumergían sus aspiraciones.

No seríamos tan capaces de aterrarnos así, de sopetón, porque eso de agredirnos en nuestra propia casa llamándonos traidores de nosotros mismos, dejando en barrena la credibilidad de nuestros propios actos, no es del gusto de la clase media, hipoteca arriba, moratoria abajo. Es egoístamente cálido abonar el germen de las culpas a las siglas, al pasado, a lo que ya no va a volver, como si eso supusiera un futuro de traspiés inevitables en el universo de la economía (¿de qué si no, si la esperanza y el destino se maneja en patrón-oro?). Nito se quedará desorientado, cabizbajo, preguntándose en qué parte del camino ha quedado su don para poner firme la esperanza humana de qué el fin queda lejos y el presente, a desmano. Es la ideología, estúpido, bramará histérico, pero de ese término no suele alimentarse el pavor cotidiano, más bien al contrario el espíritu de las ideas hace mucho que optó por regresar a la oscuridad, en hibernación hasta tiempos más fértiles. Eso que se denominaba conciencia de clase supone casi tanto un estigma como un espejismo del lenguaje, tan difuminado se encuentra su significado como las primeras células que comienzan su rabioso jugueteo a espaldas del resto del equipo, a tus espaldas y a las de tu inevitable destino.

Así Nito decaerá en la confianza de hacer algo grandioso, viviendo en y viviendo para. Viviendo para siempre, pero sin tiempo para recordar algún motivo por el que el sentido se quedará del lado de acá o se mereciera la esperanza de trasladarse a aquellos más allá, los que buenamente convengan.

Las ideas matan… pero engordan

Bajo el llamativo manto del titular ¿Pueden las ideas matar?, el investigador histórico Xavier Casals ha firmado un directo análisis en el diario Público acerca de la masacre producida estos días en la otrora pacífica nación noruega a manos y armas de Anders Behring Breivik, el aspirante a templario nórdico de opereta. Pacífica desde la atalaya de una sociedad opulenta, honrada y ordenada, no así en cuanto a su respuesta internacional como patria, siempre en primera línea en todas aquellas intervenciones que se les requiera, sobre todo por parte de sus primos norteamericanos, solícitos ellos a compartir esfuerzo, sudor, sangre… y riqueza. Así es Noruega, o así la vemos a menudo desde el otro lado del continente. Insolidarios burgueses, antieuropeistas. Y también educados, estructurados, discretos.

El impacto de una acción de tamaña crueldad, macerada entre tiros de gracia con munición prohibida y persecución a jóvenes indefensos entre las fronteras naturales de un islote sin atalaya, recovecos ni cuevas, toda ella sanguinariamente dispuesta gracias a la previa confusión de un bombazo en el centro neurálgico de Oslo, nos devuelve al terror descontrolado de asumir que vivimos empobrecidos, machacados por mercados insensibles e insaciables y, a la vez, rodeados de perturbados individuales o colectivos dispuestos a asestar mandobles a diestro y siniestro, encontrando frente a su mirilla de precisión enemigos gratuitos y desarmados.

Poco importa si el despreciable Breivik actuó sólo o en marcial conexión con sus camaradas de torpeza existencial. La mescolanza de ideas propias o confusamente arrendadas que pueblan su alopécico trono físico han sido capaces de tejer un panorama de horror difícilmente entendible en este tiempo y espacio. No obstante, de igual manera que, cinco décadas después de finalizada la II GM, han aparecido atemorizados combatientes japoneses ocultos en selvas, defensores últimos de la causa imperial, como transportados por H.G Wells hasta nuestros sorprendidos televisores, el despiadado asesino nórdico se acepta como una versión mejorada de los cruzados, impasible ante el sometimiento de las nuevas normas, convencido hasta la médula de estar protagonizando el resurgir de una Europa blanca, cristiana, dispuesta a expulsar al enemigo mahometano y procurar la paz de su dios y su civilización. Es en este punto cuando los extremismos convergen, cuando las pieles y los rostros desaparecen y se colorean con los mismos lápices. ¿Las ideas matan? desde luego está en su germen. Cualquier construcción teológica o politico-ideológica lleva insertada la necesidad de procreación, de imparable expansión y sometimiento. En algunos casos, los menos, ese anverso muestra el afable reverso de la transmisión de convencimiento; en ningún caso una idea se queda en casa, a salvo de la batalla cuerpo a cuerpo y dulcemente resignada a compartir sus años con una afable y hogareña minoría humana.

Para poder asumir, como civilización más o menos engranada, impactos dolorosos de esta naturaleza no vendría mal recordar que transitamos en un eterno retorno y éste, casi sin rastros de jet lag, debe situarnos en el inicio de nuestro alumbramiento, a la vera de Platón: nuestro paisaje, objetos y estructuras, aquel espacio donde desenvolvemos la supervivencia, es imperfecto e inacabado, deficiente y esquelético; en cambio, las ideas pululan en una atmósfera superior, concretas y rematadas. Todo aquello que hemos querido, a lo largo de nuestra reciente Historia, construir se posa sobre unos cimientos firmes pero a base de materiales porosos, blandos y humedecidos. Sin consistencia. Las ideologías pueden ser consideradas hijas ilegítimas de esas ideas primarias de las que todo surge, pero en todo caso mescolanza de la indisciplina humana, erráticas en su conducta diaria a manos de los hombres y mujeres que las defienden y postulan. Por lo tanto, incapaces como somos de rozar siquiera la deidad de las ideas, probablemente convendría tratar acerca de si pueden matar las ideologías, y éstas lo hacen, lo han hecho, y mucho. Las primeras, en cambio, ni matan ni deben matarse. Están fuera de nuestra mira telescópica, siendo ellas quienes nos apuntan con el gatillo de la advertencia.

En un planeta continuamente en conflicto, abierta o sigilósamente, donde caen fulminadas cientos de víctimas a diario en época de supuesta paz, la bala y la bomba, el afilado cuchillo en la noche, accionan su capacidad asesina movilizadas por una ideología, aunque en los últimos tiempos, de norte a sur, triunfe la capitalista a la hora de justificar el funesto acto de dar muerte al contrario. En lugar de acciones multitudinarias dispuestas a triunfar sobre dioses ajenos ó clases sociales dominantes y opresoras, las alevosas operaciones bélicas en busca de recursos naturales codiciados o las menos llamativas con ánimo de lucro individual a la vuelta de la esquina, responden al paso de la última ideología imperante, el mercantilismo 2.0. No obstante, esas construcciones filosóficas y económicas que han resultado razón de vida y muerte para la práctica totalidad de las generaciones concebidas también han supuesto el motor inevitable del desarrollo humano y el instrumento eficaz de renovación tecnológica y social. Las ideas, perdón, las ideologías matan… pero también engordan.

 

El hombre que amaba a los perros

Acercarse y adentrarse en el hermético universo de la vida y muerte de Ramón Mercader del Río, el incólume Jacques Mornard que asestó un golpe mortal una tarde de 1940 a Liev Davídovich Trotsky, supone un reto para cualquier bibliógrafo e historiador experto en la historia de la URSS y del movimiento revolucionario que comenzó en 1905, se truncó en 1924 y agonizó, sin lamentos, a comienzos de la década de los 90. Pues ha sido un novelista cubano, Leonardo Padura, quien ha conseguido relatarnos, con mayor precisión y ternura objetiva, la realidad de un proceso que es tan relevante por su ejecución como por su significado dentro de un mundo alejado de romanticismo y cargado de odio, ideologías manipuladas y sinrazón bélica.

Padura, narrador de notable fama en gran medida por la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, buceó durante casi una década en el sobrio andar de un Mercader que nació, se crió y perdió su identidad en la Barcelona de la Guerra Civil y que entregó sus pasos precisamente en La Habana, oculto bajo una nueva identidad y parapetado en un deambular sólo destacable por la compañía de sus maravillosos galgos rusos, esos esbeltos canes que tantó amó y quiso León Trotsky a lo largo de su vida y que entrelazan ambas existencias, marcadas por un siglo XX que vió la asunción y el fallecimiento de los hombres y las mujeres que han dado sentido a la manera de entender esta realidad, actualmente ahogada entre burbujas huecas, presa del egoismo humano.

La grandeza de esta historia, desarrollada desde tres perspectivas que avanzan a distintos rítmos temporales (la vida de Liev Davídovich Bronstein desde su exilio en Turquía, en 1928, hasta su asesinato en Coyoacán en 1940; la involución de Ramón Mercader, alzado como guerrillero repúblicano en la Sierra del Guadarrama y su caminar hasta instalarse como anónimo héroe soviético en Moscú; y los últimos días de Jaime López, el Ramón Mercader cubano, y sus encuentros con el joven técnico veterinario y aspirante eterno a escritor Iván, en una playa cercana a La Habana) reside en la humanización de lo trágico, en la manera de profundizar en la trastienda de unos personajes reales que nunca fueron dueños de sus vidas ni de sus sueños. Y vaya si tuvieron de éstos a puñados, mas siempre acorralados entre las décadas de la explosión de las ideologías o, si se prefiere, de la destrucción de las mismas, de su corrupción por parte de la resurreción de los líderes supremos.

Resulta complicado no empatizar, en gran medida, con la realidad de un hombre que pudo ser cualquiera de los miles de fanáticos estalinistas prestos a ejecutar lo que, en ese momento, hubiera significado la misión de mayor grandeza universal en la defensa de la Revolución proletaria y, por ende, en la salvaguarda de la clase trabajadora universal y su destino hacia la concreción del comunismo como sistema político y social preponderante. Para entender cómo millones de ciudadanos de izquierda pudieron abrazar la visión estalinista revolucionaria, carente de profundidad teórica y, a su vez, presa de odios, purgas y sufrimiento humano, es conveniente apoyarse en 1984, de George Orwell, donde un archienemigo (Goldstein, en contraposición al segundo apellido de Liev Trostsky, que no es otro que Bronstein) es presentado por el Gran Hermano (el Padrecito, el Gran Timonel), como causa y consecuencia de todos los males que asolan a la Patria. Particularmente desolador es el recorrido que se realiza en la obra de Padura por las sucesivas purgas en la URSS, aniquilando bajo los más insostenibles crímenes a la práctica totalidad de la clase dirigente, permitiendo de este modo a Stalin reescribir permanentemente la Historia y eliminar cualquier posibilidad de exposición pública de sus atrocidades. Son francamente interesantes como elemento histórico porque permiten un suave acercamiento al lector que no se encuentre familiarizado con el terror soviético interno impuesto por el georgiano hasta 1953 pero, sobre todo, resulta fascinante su composición poética por parte de Padura, encaminando y superponiendo procesos públicos horripilantes (el reflejo del arrepentimiento y posterior autoconfesión de Yagoda es significativamente perverso) hasta el culmen literario que supone la ejecución privada y macabra del antiguo líder del Ejército Rojo, el hombre que, de la mano de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, consiguió derrocar la tiranía zarista, enfrentarse al Ejército Blanco y los movimientos antirrevolucionarios internos y externos y establecer la primera República Socialista de la historia universal.

El hombre que amaba los perros, que puede ser y es cualquiera de los tres protagonistas de la novela, victimiza su existencia muy dentro de ese trascendental proceso que supuso la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero de esa trinidad nos quedamos con la crudísima realidad de un Ramón Pavlovich López que, tras veinte años en presidios mexicanos, con una férrea disciplina ante los interrogatorios y, por ende, su responsabilidad histórica, se encuentra frente al anonimato de un mundo que se encuentra incómodo ante su presencia fantasmagórica. El refugio vital de las avenidas moscovitas, acompañado por los borzois que compensaron el fantástico amor por los canes que siempre vio reprimido, hacen olvidar que nos encontramos ante el asesino de una de las mentes preclaras de la izquierda, el ejemplo de la pureza de una Revolución permanente que debía conducir al individuo a su liberación absoluta de las mayores injusticias inventadas o impuestas a los colectivos.

Ahondar en los sentimientos y motivaciones de Ramón Mercader es una tarea inhóspita, si es que, en todo caso, éstos existieron de una manera consciente. Lo que resulta irrefutable es que desde su conversión a Jacques Mornard, el izquierdista catalán dejó de ser individuo para resultar una mescolanza de integrista ideológico y espía refinado. El resto de la historia es ampliamente conocida y ha resultado profundamente debatida, saltimbanqueando entre la comprensión e, incluso, el aplauso, hasta el repudio y el rechazo. En ocasiones, Ramón Mercader ha sido presentado como un lunático individualista que perpetró el magnicidio de mayor escándalo en la historia de las izquierdas casi por libre. Acercarse a esta novela extraordinariamente documentada, significa alejarse de los prejuicios que se han levantado de uno y otro lado.

Ramón Mercader del Río falleció víctima de un cáncer óseo en 1978, en La Habana, si bien se encuentra enterrado en Rusia, en un cementerio donde yacen héroes de la URSS. A pesar de la sencillez con que resulta dictaminar, con la lejanía de estos años, sus acciones y propósitos, fue un buen hombre y un buen soldado. Su época, sus manipulaciones familiares y su compromiso ideológico en un contexto del que resultaba imposible escapar de la presión teórica y práctica de esas mismas ideologías, le impusieron una formación militar y mental, así como un piolet en las manos para que, un 21 de agosto de 1940, asestará el golpe de gracia al hombre que quería liberarlo.