Una huida a tiempo, una huida desoladora

El mediodía pasado hemos recorrido, aliviados, una M30 con ritmo suave de agosto, huyendo estratégicamente del colapso que en pocas horas estrangulará las vías principales de la capital española. La llegada a Barajas supuso abrazar una balsa con todas las comodidades, fresca y engrasada, con los motores a toda pastilla para poner pies en polvorosa del epicentro fanático que ya esta tarde, por desgracia, ha mostrado anticipadamente sus zarpas grisaceas, su bilis envenenada.

La experiencia que ha supuesto observar, de primera mano, la actuación como tal de esas columnas de vertebra hueca, de seguimiento disciplinado a hábitos tácticos, entristece al más pintado, al que haga trabajar, aunque sea un ratito, sus neuronas libres. No piensan, no funcionan como individuos con libre albedrío real. Cantan como futboleros, pero de forma permanente; es su día a día, la oquedad cerebral aceptada como en una cirugía detallista que ha hecho mella en esa colectividad de cerebelos pochos. Rezan en lugar de dialogar, sonríen bobalicones como sustitutivo del pensamiento libre. Necesitan a un mesías con vestimenta cegadora para no tomar las riendas de su fortuna existencial.

Irnos en el calentamiento del éxtasis sectario acolchó, inicialmente, nuestro agotado ánimo, derretido por el sol y la estupidez sufrida y percibida en estos días madrileños. No obstante, al cobijarnos lejos de esta pesadilla sufragada con nuestros heridos tributos, mansos y escasos, en manos de auténticos depredadores inconscientes de lo pecuniario, la desazón regresó con un notable halo de incomodidad. Fue buscar información sobre el discurrir de la manifestación convocada para protestar, honradamente, en el foro de la soberanía ciudadana, y volver a recibir el golpetazo de la violencia policial contra el objeto de su protección. Y ahí uno se siente cobarde, lejos de los suyos cuando hace nada paseábamos por la acera atiborrada ahora de esos cuerpos brutalistas de seguridad que reparten mandobles como templarios sanguinarios, a los suyos, a los que tienen la obligación de amparar. Hemos entregado tanto poder a unas instituciones que eran reflejo social y se han convertido en castillos medievales que desprecian a los siervos que pueblan las colinas. Hemos permitido que los nuestros ahora sean ellos. Los otros, la aristocracia renovada elección tras elección, dejadez tras dejadez. Nos fuimos y no estuvimos junto a los nuestros, los que únicamente han querido recordar que estos espectáculos de mesianismo circense deben ser sufragados por los mismos que han convertido Madrid en un caos y no mutar en una interminable factura de amplios costes. Muchos no estuvimos, pero los que hasta hoy se han comportado como hábiles camaleones piadosos esta tarde han desenvainado su crucifijo intolerante para buscar la provocación, el desprecio y el conflicto hacia el mensaje democrático y el discurso laico, ése que no busca enterrar su ignorancia, sino recordar que debe ser alimentada en el ámbito privado.

Las postrimerías de este ingrato show, el culmen y ocaso de la barbarie medieval que ha pintarrajeado de atavismo bobalicón la capital de nuestro Estado herido, se vivirá mañana, con la sumisión de las fuerzas vivas ante la llegada del torticero heredero apostólico, del pescador de idiotas. De pescados sin escamas. En el sofá a oscuras, escribiendo estas líneas, se siente uno lejos del país de los obtusos, arropado por su mullida colcha de racionalidad. Pero entonces la televisión vuelve a repetir las imágenes de las hordas uniformadas, rabiosas y fanáticas, pisoteando los derechos civiles de nuestros congéneres, de los que forman la patria en la que queremos habitar, y siento una helada incomodidad. Esta huida programada no calculó la dimensión de nuestras trincheras.