La luz oscura de Libia

Nuestros imparciales medios de comunicación han despachado la semana de éxtasis papal con un aliviador rescate para sus editoriales secos de agosto. La entrada de las tropas sublevadas libias en Trípoli les han ahorrado la incómoda resaca de tener que enfrentar la realidad que nuestro país ha mostrado en los últimos días: cuerpos y fuerzas de seguridad guíadas y gestadas con una profunda actitud antidemocrática y anticiudadana, entrega del poder público y sus (nuestros) recursos a los festejos y vaivenes expresivos de una estructura medieval en su concepto, medieval en sus pretensiones para con nosotros. Benedicto XVI ha recibido ovaciones cerradas por los cuatro vientos de la inmisericordia vital, por ese millón de almas sin cerebro que abrazan discursos hirientes a la propia condición humana, palabras que estructuran un mensaje tan lascivo en lo racional que sólo puede ser pasto del esclavo y tesoro del totalitario. Nos invita a abrazar el manto de su iglesia como cuerpo presente de la única luz posible para un mundo que convirtió, por centurias, en tinieblas, del que repugnan en lo científico y tecnológico mientras disponen de sus avances, del que dicen adolece de altura universal mientras se sientan a la mesa de sus dirigentes, ora supuestamente protectores del pacto social, ora aduladores del representante inverso a su responsabilidad pública. El pescador de cándidos utiliza para su faena redes prohibidas de arrastre, se rodea de infantes sin capacidad de obrar para formar estructuras fanáticas que abracen su dictadura en estos tiempos de pobreza, en estos tiempos óptimos para su causa.

Decíamos que este lunes ha amanecido con un capítulo en la realidad mundial que ha clausurado la portadas de los diarios de ayer, los informativos de madrugada, sin tiempo para anuncios comerciales. El país de los beduinos, la reserva norteafricana de las más óptimas reservas de petroleo, gas o agua potable, ya tiene su conclusión libertaria, sus idílicas imágenes de masas atiborradas de dedos en alza con el signo de la victoria. En esta ocasión, han tenido que ser las fuerzas de la Alianza Atlántica (y mediterránea, se deberia añadir) las que dieran el empujoncito final para que sus filiales corporativas sintieran el placer de una estocada de primer nivel, un mandoble económico de aupa. La OTAN, conglomerado de naciones unidas bajo un contrato solidario de autodefensa, se ha convertido en la herramienta militar idónea para concluir aquellas operaciones soterradas de descontrol controlado en territorios fundamentales para la supervivencia del sistema. La clase política, además de abrazar cardenales, bendice descaradamente estas nuevas cruzadas, estos procesados exterminios de lejanos emperadores que se empeñan en gestionar el Santo Grial de reservas energéticas indecentes y mal ubicadas en el globo terráqueo a su antojo, cobrando el dynar como si de democrático dólar se tratara.

No es crudo todo lo que chorrea hacia el cielo de las petroleras, no todas las sonrisas comprenden su propio futuro. Que el centro de la actividad humana debe ser, en redundancia inevitable, la protección de sus congéneres, de sí mismo como colectivo, no admite demasiadas dudas. Que la máxima latina homo homini lupus alcanza en la megalomanía cruenta de Muamar El Gadafi su ilustración más detallada, tampoco. Y que nuestra moral de sofá se enternece velozmente con la euforia colectiva de tierras lejanas, con esas V carnales que alzan su depauperada sonrisa al viento de las cámaras estratégicas, no es secreto que merezca intentar ocultarse.

En la guerra siempre hay bandos. Dar la vida por una opción supone un sacrificio complejo de asimilar desde la placidez de esta existencia que no debe aceptar ni un mamporro furtivo de aquel que oculta su identificación y su profesionalidad. En Libia, el tablero de esa guerra coordinada desde las supersónicas alturas ha mantenido las piezas revueltas antes del primer movimiento; millones de individuos han alzado su estrategia vital bajo palio de digna supervivencia, ajenos al fatal contubernio de dimes y diretes especulativos, de aquel brazo ejecutor que fue a proteger la segmentación harta y acabó desprotegiendo la segmentación conforme. En definitiva, con más jugadas de las previstas, el jaque mate anunciado se ha llevado por delante al rey y a los peones.

Esos editoriales asustadizos hoy dan albricias con el rescate moral de su esencia. No será, por tanto, necesario, analizar lo ocurrido en casa sino que podrán huir a especular en tierra extraña. Y hablarán de libertad, de cómo el fin justifica (dirán a veces, pero creen que siempre) los medios, del triunfo de la luz sobre las tinieblas dictatoriales. Escribirán largo y erguido sobre tribunales internacionales, sobre justicia universal, de pasada tratarán eso que denominan transición, como si no estuviera demasiado manchado ya el término con nuestro andar reciente, y rematarán en plazo dominical con la necesidad de nuestro respeto y admiración por nuevos ejemplos de revolucionarios de incógnita relevancia. Menos Ché y más anonimato en las odiseas libertarias, desearán; más opacidad y menos ejemplos incómodos para nuestra respondona juventud, suspirarán.

Libia hoy restalla en la imagen viva de los aliviados, de los rescatados en un paréntesis confuso; no obstante, el sol de la particular liberación norteafricana brilla más en múltiples despachos de otras tantas cities planetarias. Las promesas que hacen sonreir a los primeros son las mismas que los voceros de los segundos exclamaron a los despistados oriundos iraquies, afganos… y las que, con los mismos argumentos falaces en las manos, se obstinan en hurtar a sudaneses, somalíes, guineanos, saudies, yemeníes y tantos y tantos aspirantes a la sonrisa alimenticia, a la sonrisa libertaria, que no han visto en su subsuelo más que tibias y peronés, antropología reciente que no escurre crudo, que no oscurece aún su luminoso territorio.

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¿Democracia y Libertad?

José Antonio Bermúdez de Castro, vicepresidente segundo de la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados, respondió ayer, durante su participación en el programa de RNE En días como hoy, siete preguntas con la misma respuesta: Es un triunfo de la democracia y la libertad…. bla, bla, bla. Las cuestiones planteadas por Juan Ramón Lucas al congresista popular estaban centradas en los dos asuntos de máxima actualidad nacional: el asesinato de Osama Bin Laden y la prohibición por parte del Tribunal Supremo de participar en el proceso electoral a las candidaturas de Bildu.

No obstante, Bermúdez de Castro, a quien pueden contemplar en toda su alegría contenida de profundo demócrata en la instantánea de su izquierda, no hace sino expresar, con cierta carencia dialéctica, lo que, de una u otra manera, han venido repitiendo durante las últimas veinticuatro horas, con más o menos asomo de sonrojo, representantes de su partido político y del PSOE. Qué sea patrono de la FAES no lo ha convertido ayer en un integrista de los dogmas ultraliberales, ya que con sus afirmaciones miméticas, lo único que le caracterizó fue una incapacidad flagrante para desarrollar un planteamiento que acepta pero del que, en su tibia intimidad, desconfía electoralmente.

Repetir los planteamientos mitineros y vacuos de todos los responsables políticos que “analizaron” durante el día de ayer ambos titulares es una absoluta pérdida de tiempo y de neuronas. Sería intentar comprender como los dos partidos que engloban mayor número de electores y, por ende, de cargos públicos representantivos en nuestro país, aceptan a pies juntillas discursos antidemocráticos como si tal cosa. Ese pensamiento devasta nuestro mapa cerebral como si de un coma etílico se tratara. Comprender, por lo tanto, qué nos ha llevado a aceptar miserablemente ilegalidades y atrocidades como principios rectores de nuestra organización política y social, es tarea alejada de la manada de corbatas y trajes de corte ejecutivo con pretensión monocorde. Observemos lo ocurrido con lejanía kilométrica:

Finalmente, la sala del Tribunal Supremo encargada de estudiar el recurso de la fiscalía acerca de las listas electorales de la coalición Bildu decidió, en aplicación de la mutiladora Ley Orgánica 6/2002, prohibir su concurrencia a los comicios del próximo 22 de mayo. Nueve votos contra seis, y tan anchos. Los votos en contra se caracterizan por una meticulosidad jurídica digna de encomio, entrando al estudio de la prueba y fundamentando el fallo con rigurosidad. La mayoría optó, en cambio, por un discurso político en sus conclusiones, con la falaz utilización de jurisprudencia amputada con el fin de ser utilizada a conveniencia literaria del proceso en juego, y a otra cosa mariposa. Detrás quedan decenas de miles de ciudadanos que, si el Tribunal Constitucional no lo remedia, se tendrán que quedar sin poder ejercitar, de facto, su derecho de sufragio activo y, en la cúspide del deterioro democrático y jurídico al que nos ha llevado el Alto Tribunal, cientos de inmaculados candidatos, así como siglas políticas de intachable tradición democrática, apartados del proceso electivo por connivencia de las dos principales marcas importadoras del modelo imperial agresivo-liberal. En las alocuciones de éstos, ya que a los renegados del sistema no se les deja ni espacio para el debate público en los medios de comunicación masivos, siempre la democracia y la libertad como adalides victoriosos frente a la amenaza del terrorismo y de los enemigos de nuestro plácido sistema. El 5 de mayo el TC tiene reservada la responsabilidad histórica de no toparnos de bruces con una resolución del Tribunal de Estrasburgo que ponga colorada la cara de nuestra inmadura y repelente democracia porque, no lo duden, allende Los Pirineos no se van a tomar a guasa esta indivisión de poderes patrio.

Para rematar este fin de semana largo, en el que los ramos y los bombones aplastaron a las necesarias pancartas y reivindicaciones como trágico preludio del futuro a corto plazo que estamos gestando, ayer despertamos con el asesinato del rostro que encarna el mal en la Tierra. Fue liquidado, fulminado, en una operación militar norteamericana precisa en la orden de no atrapar prisioneros. Estamos hablando de un líder terrorista acusado formalmente de infinidad de delitos de lesa humanidad, en busca y captura por decenas de Estados, entre ellos el nuestro tras los funestos atentados acaecidos en Madrid el 11 de marzo de 2004. No obstante y nuevamente, los representantes políticos que se han llenado la boca con los términos “aplicación estricta de la ley”, “triunfo del Estado de derecho y cumplimiento de las reglas de juego”, etc., para congratularse por la ilegalización de personas e ideas, aplauden rabiosamente, en cambio, saltarse a la torera los elementales y básicos instrumentos de garantía procesal y practicar la ley del Talión sin asomo de duda. Debe ser que cuando dicen digo quiere decir diego, y que donde creíamos que nos encontrábamos ante un sistema de justicia reinsertativa realmente buceábamos entre una miserable justicia retributiva.

Este señor era y es The Hope para la socialdemocracia internacional, la escenificación de una época de reformas y progreso. Pero, por desgracia, sólo está apareciendo como extensión del larguísimo decenio neoliberalista que amenaza con convertirse en centuria. Las fuerzas internacionales, bajo el inefable mando de la OTAN, ya hicieron prácticas de tiro al líder que no nos gusta y asesinaron vilmente a uno de los hijos de Muammar el Gadafi y tres de sus nietos, saltándose a la torera el mandato de Naciones Unidas que limita la presencia internacional en suelo libio para establecer una zona de exclusión aérea. Sin darnos cuenta, esa rendija forzada se ha convertido en puerta abierta de par en par con el objetivo de establecer las herramientas más convenientes a la hora de controlar los recursos naturales de excelente calidad que brotan de la tierra beduina; y a quien no le guste, a llorar al valle.

Atrapar a Osama Bin Laden no tendría ningún efecto positivo en el país más fanático actualmente del globo terráqueo. Las calles de las principales ciudades norteaméricanas se congestionaron de fundamentalistas de las barras y las estrellas celebrando la desaparición física de su Darth Vader particular, el Doctor Maligno que protagonizará historias para no dormir durante años en las mentes infantiles de los futuros ciudadanos del Imperio. Bravo por ellos, ya no disimulan sus aviesas intenciones de controlar la realidad planetaria a cualquier precio. Por ahora, si nada ha cambiado a nuestras espaldas, España sigue reconociendo y perteneciendo al Tribunal Penal Internacional, además de no regular la pena de muerte en ningún caso, tras su supresión del Código Penal Militar en 1995, que regulaba determinados tipos jurídicos en tiempos de guerra. ¿Cómo pueden entonces nuestros dirigentes políticos aplaudir el ojo por ojo sanguinario cometido por las tropas norteaméricanas? ¿Cómo se atreven a solicitar respeto para las decisiones judiciales y la división de poderes si, con sus manifestaciones, avalan un sistema basado en la venganza y el rencor, en la ley del más fuerte?

Lo terrible, lo que francamente debe hacernos prever que el futuro inmediato sólo puede estar protagonizado por la desesperanza y la sinrazón, es que a todo ésto que hemos tratado, lo califican de Triunfo de la democracia y la libertad.

La información devastada. Libia opaca, ONU desorientada

Como aperitivo, dos preguntas que resultan fundamentales para acercarnos a lo que viene sucediendo en Libia desde este fin de semana: ¿Cómo consiguieron convencer con tanta celeridad a China y Rusia para que se abstuvieran en la resolución del Consejo de Seguridad en cuanto al establecimiento de una zona de exclusión aérea? Y, a partir de esa premisa ¿Por qué, si se han conseguido los objetivos aprobados en dicha resolución, se vienen bombardeando palacios y edificios gubernamentales? A partir de ambos interrogantes, el caos se apodera de la información veraz, de tal modo que si se cumple con lo estipulado en la resolución indicada, no se pueden ejercitar acciones terrestres, directas, en la contienda civil de Libia, con lo que se dejaría el escenario en manos de la misma cruenta realidad bélica. Si, por el contrario, la coalición internacional que viene disparando misiles Tomahawk a mansalva sobre territorio libio decide ampliar su escenario y política de acción, se encontrará con el rotundo rechazo de chinos y rusos, con lo que esa plausible segunda fase debe estar bien masticada en Londres, París y Washington porque, de lo contrario, únicamente se está consiguiendo dejar más desértico aún el panorama en la tierra de los beduinos.

Hay otras opciones, claro que las hay. Pacíficas, respetuosas con las políticas internas y la resolución de conflictos civiles de los Estados con belicosidad latente o concreta. Pero de ésas no nos informan, con lo que la trama se deshilacha con roturas profundas. En el Eliseo, principal impulsor de esta celerosa embestida internacional, no se alberga asomo de candidez, con lo que tenemos que asumir que las acciones en liza pretenden enviar a Gadafi lejos del control de los recursos naturales codiciados por el mundo occidental. El ejecutivo galo se ha apresurado a legitimar y reconocer el gobierno insurgente, como si el fantasma popular que ha tomado y perdido ciudades a lo largo y ancho del desierto libio tuviera una organización, estructura y, sobre todo, legitimidad política más allá de las mismas armas que enarbolan con la energía de Gadafi y los suyos. Empate macabro, realidad informativa opaca para nuestros paladares de noticia veloz y necesidad de héroes y villanos.

En Bahrein, Yemen, Marruecos o Argelia se aplasta a movimientos de mucha mayor envergadura sistémica con la misma energía con que se ignora su decencia en el mensaje y su reclamación de apoyo internacional. Debe ser que por esos lares los intereses de las multinacionales extirpadoras de la sangre y el músculo de la corteza africana tienen sus negocios bien atados. Pero en Libia parecía que los tiros iban hacia las mismas dianas, gracias a un gobierno al que se ha venido abrazando en los últimos años con una extremidad, mientras con las otras tres se firmaban a toda pastilla contratos y contratos de explotación energética.

Enarbolar la dignidad de la ciudadanía oprimida duele tanto en la consciencia y la razón del racionalismo europeo que comienza a resultar inquietante este período de “mini guerras” con avales de una organización supranacional incapaz al estilo Versalles. Ojalá fuera cierto, ojalá en la mano levantada de nuestros representantes en el Consejo de Seguridad residiera una mínima sensibilidad por aquellos que mueren entre tanto tiro cruzado. Pero no es así, más al contrario de aquellas decisiones vienen estas balas.

Sangrante es la mentira de nuestros democráticos dirigentes, pero de auténtico infartado resulta saber que no sabemos nada. Los videos y las imágenes que nos acercan resultan tan cinematográficas como aquellos destellos verdes bailoteando sobre el cielo negro de Bagdad, realizadas para sugestionar mentes debiluchas, las mismas que en mayo acudirán raudas a la llamada del miedo. En este instante, el PP no ha establecido el más mínimo pero a la estrategia del ejecutivo, consciente que esta guerra es la suya, la de los suyos. La batalla por la información veraz y razonada es la nuestra.

 

Me gusta que los planes salgan bien

Eso estará diciendo con rostro de autocomplaciencia, tal vez con un enorme habano entre los dedos, alguien en un punto indeterminado del planeta, rodeado de otros que sonreirán mientras comprueban en inmensas pantallas el devenir de un largometraje con el guión celosamente detalladado.

Estamos a pocas horas de un más que probable cambio de rumbo en Libia. Las tropas contrarias al régimen se encuentran cerca de Trípoli, donde se atrinchera Gadafi y sus fieles, sin intención conocida de rendirse; las cataratas de sangre y destrucción se plantean inevitables. Finiquitado este nuevo capítulo del melodrama norteafricano, en el que los títulos de crédito aparecen cuando los héroes se alzan con la victoria, dejando al espectador con el sabor de que, a partir de ahí, el desierto se transformará en vergel y la pobreza desaparecerá de los hogares deprimidos por arte de biribirloque, los medios de comunicación nos conducen, con tibios titulares de letra fina, a generar expectativa acerca de la grabación de nuevas entregas, con más aventura y espectacularidad. Lo cierto es que ya se manejan hasta los títulos de las producciones en ciernes: Argelia, Marruecos, tal vez Bahrein.

Esos sonrientes productores, que no se intuyen, que se encuentran enmascarados entre tanta algarada popular presuntamente espontánea, son celosos ante el éxito. No quieren presumir de buen ojo para la inversión. Pero sabemos que existen, porque alguien paga lo que, de otra manera, sería insoportable y, sobre todo, irreconducible. En estos dos meses del año 2011, cientos de miles de extras han realizado una labor extenuante basada en la constancia, la paciencia y la valentía más aguerrida. Ahí se encuentra el sustento de tan magnífico resultado, en los decorados y escenografía, en lugar de apostar por la lógica acostumbrada de invertir el grueso de los fondos en actores de postín, en rostros donde descansar nuestra admiración y nuestros sueños.

A primera vista, los grandes estudios norteamericanos serían serios candidatos a hacerse cargo de tan magnífica odisea, pero nada nos hace apreciar un excesivo interés por superproducciones en tierras exóticas a estas alturas, nunca mejor dicho, de la película. El cine europeo, siempre cautivador para los jurados de los grandes festivales, apuesta históricamente por argumentos de corte intimista, centrados en los héroes urbanitas. Historias de dolor, pero sin sangre.

No desesperemos; cuando se culmine esta apasionante saga de aventuras y desventuras populares, de dignidades alzadas contra la opresión malvada, alguien tendrá que salir a recibir los aplausos, a recoger los galardones. Cuentan que el cine chino se encuentra en auge, apostando por innovadoras fórmulas de desarrollo artístico y comercial.

Un movimiento ¿espontáneo? El magreb se mueve, Africa central ni se inmuta

Hace unos días, procedíamos a analizar, en esta misma sección, la inevitable comparación entre los hechos que se vienen sucediendo en el norte de África y su inevitable similitud con la caída de la URSS y el advenimiento de veloces revoluciones pacíficas en los países del Telón de Acero. En nuestra reflexión final, rechazábamos de plano cualquier paralelismo, centrándonos prioritariamente en la ausencia de una ideología común, un centro de poder que sirviera como as de un castillo de naipes, y la divergente realidad de cada Estado del magreb. En esos días, centrábamos nuestra mirada en los últimos días de Mubarak en el poder, aferrado al intento desesperado de escapar lejos del alcance judicial futuro y con su fortuna bien amarrada.

Túnez y Egipto viven en estos instantes procesos reformistas de los que poseemos un porcentaje insignificante de información en comparación con el show mediático, del gusto de las cadenas de televisión occidentales, que se formó en los días de revuelta y represión popular. Nada bueno parece que se esté cociendo cuando cientos de jóvenes tunecinos escapan diariamente hacia las costas italianas, mientras que en el país de los faraones los movimientos parecen más sólidos, pero en ambos casos sin rastro de los sátrapas huidos, y con una cúpula dirigente que continúa comandando, en sus respectivos países, ambos procedimientos abiertos.

El protagonista de 2011

A partir de ahí, miles de manifestantes en realidades tan alejadas como Yemen (país más atrasado de la península arábiga, con dictadura hereditaria en ciernes), Bahrein (príncipes petroleros implacables, pero a los que las fortunas y dirigentes atlánticos ríen las gracias, concediéndoles un GP de Fórmula 1) o Argelia (democracia manipulada, con un historial de terrorismo interno terrorífico) se han levantado sin importarles las brutales represiones que se han desplegado en cada uno de estos Estados. Y cuando todo parecía haber llegado a su cénit de sorprendente movimiento revolucionario colegiado, nos hemos vuelto a asombrar ante la firme rebelión en Libia, quizás el último territorio norteafricano donde se podía esperar una valentía ciudadana semejante. A pesar de haber sido para USA y Europa occidental parte del fantasmagórico, por inexistente, eje del mal; ejemplo de despotismo y negritud en cuanto a su realidad política y económica, cierto es que, gracias a sus magníficas reservas de petroleo de excelente calidad, mantiene un liderazgo incontestable en el continente en lo que respecta a niveles de alfabetización, sistema sanitario o formación académica. Que Gadafi ha sido el más hábil de los camaleones políticos surgido de la descolonización de mediados del siglo pasado es difícil de discutir, pero a diferencia de otros países de su entorno, la aniquilación de cualquier tipo de disidencia interna, la falta de respeto a los derechos humanos o la corrupción en todos los niveles de la administración pública no son características definitorias de la antigua colonia italiana, sino complementarias a otros elementos que hacen de la tierra de los beduinos un caso peculiar y complejo. Evidentemente, los elementos referidos anteriormente son consustanciales a los Estados mediterráneos de África, pero Libia es más que eso, no se le puede englobar en un saco demagógico. Libia es más para bien y para mal.

600 muertos en las calles, un despliegue militar sin piedad contra la población civil, un mensaje amenazante y sin titubeos a favor de la represión sin cuartel por parte del líder político, no es algo que pueda permitirse cualquiera. Mubarak y Ben Alí pueden dar fe. A primera vista, tanto USA como la UE (en el caso Libia, especialmente Italia) no parecen tener un interés especial en esta desestabilización de gobiernos proclives a vender sus riquezas naturales a buen precio y controlar un teórico “avance del islamismo radical”. Uniendo todo lo expuesto, algo no encaja. ¿Quien mueve las marionetas de la valentía con tanta precisión? El desarrollo de los acontecimientos, cuando la chispa arde, es encomiable, y demuestra el hartazgo de una población empobrecida y sin expectativas pero, ¿Quién enciende las mechas? Porque son varios cartuchos, no una sola carga. Es como si el barco se moviera pero la mar estuviera en calma, y los navegantes se marearan aterrorizados, sin poder asomarse para ver qué empuja la embarcación desde el fondo. Las declaraciones y los actos del gobierno norteaméricano y de los representantes de la política exterior comunitaria así lo dibujan.

Esta agitación pertinaz, imparable y, repetimos, misteriosamente coordinada en tiempo y empuje, choca y genera desconfianza por un segundo motivo, tan rotundo como el primero. La concentración de revueltas poderosas ha comenzado y se desarrolla en los Estados, a pesar de sus míseras realidades colectivas, más prósperos del continente africano. Mientras se despiertan nuevas revueltas y se avivan y fortalecen medidas de presión y resistencia en todos y cada uno de los Estados desde el Estrecho de Gibraltar al Canal de Suez, las miserias del África negra callan y dejan pasar de largo el tren del cambio. Territorios más acostumbrados a una cotidianeidad marcada por la violencia tribal, por guerras civiles sin fin, por milicias sanguinarias que protegen extracciones de rapiña para loor de las grandes multinacionales, por pobreza límite, difícilmente superable. Por hambre y muerte infantil masiva. En Chad, Congo, Liberia o Guinea no se mueve ni una rama, y eso destierra la leyenda, muy del gusto cinematográfico occidental, de que éstas son revueltas tecnológicas, coordinadas por hordas de jóvenes dominadores de las redes sociales y capacidad de burlar tecnológicamente la represión gubernamental, la censura interna. Más al contrario, sustenta que estas marionetas se guardan a buen recaudo en el baul del altillo.

¿Hasta donde llegará esta apasionante aventura de rebeldía necesaria, en todo caso? Como anécdota, esta misma tarde Intersindical Canaria, una organización sindical que sin ser mayoritaria en el archipiélago sí cuenta con una importante presencia en estratégicos sectores públicos y privados, ha emitido un comunicado en el que pide al pueblo canario que “siga el ejemplo de nuestros hermanos del Magreb para desterrar la avanzada neoliberal y de recorte de derechos sociales, desempleo y falta de oportunidades que nos imponen desde el gobierno del Estado español, en la calle con la lucha y la movilización social”. Demasiados hilos moviéndose entre los dedos de un escurridizo prestidigitador, agitándose al mismo son y gracias al ritmo de unos héroes que merecen, cuando todo esto acabe, que sean arrancados para imponer la melodía adecuada.