Pasen y agredan

FÚTBOL SEGUNDA A UD LAS PALMAS - CORDOBAEn el circo del fútbol todo está permitido. Por todos y contra todos. Porque, ¿el gallináceo accedió con anterioridad a la sinrazón de los estadios o fue, por el contrario, al romperse la cáscara del huevo cuando se comenzó a cocinar todo aquéllo que ha desembocado, por ejemplo, en los incidentes de este fin de semana? Recordemos sucintamente el relato de los acontecimientos que pudimos contemplar, destemplados, en el Estadio de Gran Canaria el domingo pasado, a cuenta del partido de vuelta del play off definitivo para cubrir la tercera plaza de ascenso a Primera División entre la UD Las Palmas y el Córdoba: 32.000 localidades ocupadas íntegramente, victoria por la mínima del conjunto local en el momento de adentrarse el encuentro en el tiempo de descuento y, a través de una de las puertas de acceso al recinto deportivo que se abren con cierta antelación para permitir la salida controlada de aquéllos que deseen retirarse de manera inmediata, se cuela un número indeterminado pero cuantioso de gente que, en su mayoría, opta por saltar al terreno de juego para celebrar su inconsciencia, hacer suya una fiesta a la que no están invitados; el colegiado, ante la peligrosidad de la escena, opta por parar el partido cuando falta por discurrir un minuto y medio del tiempo añadido, con jugadores y directivos locales pidiendo, a voz en grito, que cese la invasión, que no destruyan lo que deportivamente tienen al alcance de un suspiro. Tras siete agónicos minutos en los que la inmensa mayoría del respetable increpa a los vándalos, el trencilla se dedica a negociar con las partes implicadas y los nervios gravitan formando una panza de burro esquizofrénica en el recinto de Siete Palmas, se opta por reanudar la contienda, con los segundos y el desconcierto suficientes como para que los jugadores visitantes igualen con ímpetu y oportunismo el partido y, por lo tanto, accedan a competir en la máxima división el próximo ejercicio. A partir de ahí, el descontrol más absoluto: agresiones mutuas entre aficionados de arriba y abajo, jugadores, directivos y árbitros saliendo en estampida al túnel de vestuarios, pillaje, destrozos… La imagen más funesta para cualquier localidad y sus gentes, para una plaza que tiene en su promoción turística externa la mayor fuente de recursos, de esperanza de progreso. Pero que, a su vez, tiene entre sus filas lo que no se abstrae actualmente de ningún espacio geográfico de este país. Tanto en la grada como en el palco.

LasPalmasCordoba2La pasión balompédica surge a finales del siglo XIX como elemento de cohesión grupal desde los barrios obreros de las ciudades industrializadas, marca común para aliviar tensiones, para hacer piña. El capital no tarda mucho en comprobar sus oportunidades de negocio, su rentabilidad económica, pero también social; el fútbol pasa a convertirse, así, en negocio y control, en caladero de simpatías y votos, en germen y pandemia de populismo de traje y corbata, el que sí gusta a la dirigencia. En la capital grancanaria el fatal destino de un balón que cambia una temporada ha puesto sobre el césped sociocultural las llagas que no pueden supurar frente a un ambiente desigual, en el que se dan cita todos los estratos de la ciudadanía separados según su rango de capacidad monetaria. Y, en lo alto, unos políticos que invierten ingentes recursos públicos en acomodar recintos deportivos para encontrar la gloria romana y suscribir contratos publicitarios ominosos, sin retorno real como puesta de largo encubierta a sus aspiraciones de impregnarse del éxito deportivo como triunfo de corte político; dirigentes incontrolables, que alcanzan hasta el indulto penal en su santificación desde las presidencias de los clubes; centros, en definitiva, de negocio clandestino que retroalimentan su codicia con la pasión más sencilla de guiar al redil de la permanencia en cúspides de cristal brillante. Toda esa altura brama cuando su plebe arruina el postre, como si el descontrol fuera ajeno a sus actos y omisiones.

Aquéllos que exaltaron la violencia antideportiva desde las entrañas de la expresión más vanagloriada, precisamente, del deporte nacional, son la propia sociedad y sus fracasos, las que también explosionan festejos colectivos, manifestaciones pacíficas y de rotundo mensaje ciudadano, pero en esas ocasiones las fuerzas del orden son adoctrinadas para golpear sin compasión y, de este modo, los mismos que el domingo vieron afrentado su espacio de santificación desde las alturas del Estadio de Gran Canaria, poder asustar al cohibido individuo que ama el orden y teme la barbarie enarbolando la pantochada de grupos extremistas, barbarie organizada, terrorismo de postín, deambulando por nuestras sombras. No, malquerido dirigente, esos que retumban sin dar voces son los suyos, los que su amor por la desigualdad ha creado.

Nación de necios

El fútbol, en ocasiones, puede ser un arte, una suerte de expresión estética en el comportamiento humano que imprime de emociones de alto voltaje a millones de esos bípedos a lo largo y ancho del globo terráqueo. Ajustando la mira telescópica, muchos de ellos transforman ese placer, de manera cotidiana, en obsesión de la que depende en un porcentaje elevadamente dañino su rumbo vital, ya ni siquiera con latido dominguero al tener partidos casi a diario. Lo que parece ser incapaz de abstraerse de los colectivos como conjuntos seguidistas del folclore bien engalanado es el factor amnésico que sudora bajo símbolos que vienen bien al negocio; cada cuatro años, un Campeonato de Fútbol a nivel mundial viene de perlas, más aún en los tiempos del inmovilismo dinámico que transitamos, para que el objetivo recorra miles de kilómetros y deje la pradera catódica, las columnas periodísticas, ajenas al factor propio de los hechos que van modificando el paisaje. De este modo, no hay mejor toque de atención que un silbato al aire y un balón rodando en algo semejante a un decorado de ficción, un plató en el que todas las tomas se envían, instantáneamente, a positivar, para que se detenga el mundo y la gran pantalla se despliegue a toda velocidad. Hasta que esa pelota de reglamento se obstina, en cinco ocasiones, en atragantarte el psiscolabis y la distracción a deshoras reales.

EspañaHolandaEl estreno de la selección española en el Mundial de Brasil recién inaugurado ha supuesto, en noventa sencillos minutos, el agrio antídoto para esos millones de ciudadanos que han sido animados, más aún a golpe de títulos y su eficaz postventa como éxito colectivo, del terreno a la grada y más allá, a comprometer cierta liberación de sus ahogamientos diarios en esta apuesta no asamblearia. De una tacada, plazas y avenidas del Estado español quedaron silenciadas por la imprevisibilidad del azar deportivo, y es doblemente traumático para la expectación sin ganas de sorpresa (paradojas del fútbol moderno), con una generación que ha entendido el triunfo como una rutina, y ha entregado sus expectativas de hacer de la vida un espacio alegre a oráculos con lenguas muertas, inamovibles.

EspañaHolanda2Podemos consolarnos con que el mal del fanatismo loco no es, ni mucho menos, exclusivo de esa pasión latina que se exporta como adjetivo pero se sustantiva como un cefalópodo que derrama sus tentáculos en todo tiempo, a todo modo, por el conjunto de la sociedad. Las versiones ulteriores del circo siempre han supuesto condimento de conservación estructural por parte de la realidad política, levantar o dejar caer el pulgar ya es algo que dejan al público, y en su asentimiento, casi en comandita, filtrándose en ella con interés electoral y de respaldo necesario, hacen masa, moldean su diplomacia.

Para el futbolero gobierno de Rajoy, tan acostumbrado a asumir como triunfos de una política inmaterial las victorias del deporte nacional, el noqueo sufrido ante Holanda en la primera jornada mundialista provoca una úlcera en la distensión de realismo socio institucional que pretende en estas fechas, cuando seguramente vivía en la ensoñación de estrenar tribuna triunfal con el acelerado emperador Felipe VI, entronado a tiempo para que pudiera realizar sus tribulaciones representativas a toda pastilla. Quizás esa goleada, por tanto, despeje toda esa borrasca de somníferos atronadores que nos dejan con los ojos dando vuelta, y antes de lo previsto se abran los cielos, nos abrace el tibio verano, y se derrumbe la última muralla de climatología política para mirar hacia adentro, que tanta falta le hace a esta nación de necios.

El Eibar de la política

Ésta es la celebración que ayer se produjo en la localidad guipuzcoana de Eibar, tras certificar, por primera vez en su historia, el ascenso a Primera División. Tras 75 años de existencia, el conjunto armero se convertía oficialmente en el club número 60 en engrosar la lista histórica de participantes en la máxima categoría del balompié nacional. Desde luego es de lo más destacable, toda vez que estamos hablando del club con el presupuesto más modesto de la división de plata, así como de ser un conjunto recién ascendido, tras un periplo de tres ejercicios en Segunda B. Pero lo más destacable es que el club presidido por Álex Aranzabal sostiene un balance contable que es puesto como ejemplo en la Liga Profesional nacional, sosteniendo un equilibrio financiero impecable en base a una política que prima la estabilidad económica sobre las pretensiones deportivas. Pero eso no basta. Así lo establece el Real Decreto 1251/1999, de Sociedades Anónimas Deportivas, que en base al cálculo regulado en función de diversos factores, obliga a la Sociedad Deportiva Eibar a una ampliación de capital desde los 400.000 euros actuales hasta algo más de dos millones. De lo contrario, el próximo mes de agosto el conjunto eibartarra cambiará de categoría, en efecto, pero descendiendo un peldaño.

EibarCuriosa manera de legislar en busca de la regulación correcta de las sociedades deportivas. Mientras durante años se ha permitido a clubes sortear descensos y desapariciones realizando maquillajes rastreros, desde ampliaciones anuales de capital imposibles de completar hasta empréstitos inasumibles a medio plazo por los clubes en favor de financieras y sociedades de intermediación deportiva, lo que ha llevado a la ruina técnica (dejando de lado corruptelas directas, sobornos, chanchullos, etc., impunes de toda impunidad) a clubes con tanto arraigo social como el Zaragoza o Racing de Santander, entre muchos otros. El conjunto armero, además, intentará el más difícil todavía: alcanzar esa ampliación de capital con una limitación por adquisición de paquetes accionariales, dando por sentado que resulta más importante el mantenimiento del espíritu familiar, colectivo, del proyecto, que el ascenso a costa de la irrupción de fondos externos que arranquen de cuajo el alma deportiva del Eibar.

Y del fútbol a la política, un camino relativamente corto en terreno nacional. Más aún al comparar las coincidencias de las dos mayores alegrías colectivas que protagonizaron la jornada dominical, los ascensos que generaron esperanza, regocijo, confianza en que se pueden lograr los objetivos a base de trabajo, honestidad y coherencia. Como ya hemos analizado con detenimiento, la formación PODEMOS se alzó como el triunfador sin paliativos de la jornada electoral para elegir la composición del Parlamento Europeo, al dinamitar las encuestas y lograr cinco escaños con más de un millón doscientos mil votos. Y esto en sólo cuatro meses, utilizando herramientas de comunicación interciudadana, fomento de las redes sociales, potenciación de las asambleas y movimientos locales, y sobre todo a través de una estrategia de financiación electoral impulsada desde el crowdfunding transparente, el rechazo a su financión vía compromisos crediticios con las entidades bancarias y, en definitiva, gastando aquello que sus propios simpatizantes fueron capaces de recaudar a lo largo de la campaña.

PodemosPues bien, en base a sus resultados y a la estructura de subvención a formaciones políticas para estos comicios europeistas, Podemos optaría a recibir algo más de treinta mil euros por cada eurodiputado obtenido, así como 1,08 euros por voto logrado. En total, la formación liderada por el politólogo Pablo Iglesias debería recibir algo más de un millón y medio de euros pero hecha la ley, hecha la mordaza económica. Al haber declarado poco más de cien mil euros como gastos de campaña, y considerarse como subvención el reparto de las cantidades a presupuestar, ese es el tope que puede percibir la formación progresista. ¿Subvención o financiación? He ahí el quid de la cuestión, al tratarse de unas cantidades a percibir con posterioridad, lo que impide conocer la necesidad de inversión en campaña, y que castiga el rigor a la hora de no gastar aquello de lo que no se dispone. Como quiera que los partidos tradicionales mantienen un flujo monetario siempre deficitario, atrapados en su mayoría por empréstitos frente a las grandes corporaciones financieras, ante aquellas a las que reclaman con mimo y caricias que aflojen el yugo de los desahucios y las ejecuciones hipotecarias, sus gastos siempre serán superiores a lo amortizado con estas compensaciones monetarias pagadas por todos. En cambio, lo ganado en las urnas, en buena lid, por Podemos no le permitirá continuar creciendo estructuralmente, sino que se repartirá equitativamente entre los morosos, premiando el derroche frente a esa austeridad real que no casa con la que nos incitan a llevar a término aquellos que han sido vapuleados electoralmente, claro está, por vivir en una repugnante contradicción. Por poner un ejemplo, VOX, que no ha alcanzado representación en la eurocámara a pesar de invertir una cantidad muy superior a lo largo de la campaña, recibirá una compensación mayor que Podemos. Dos ejemplos de como el sistema proclama y reclama unos principios mientras los apalea cuando éstos toman forma lejos de su control.

 

Holocausto en honor al fútbol

La designación de un Estado como sede de un evento deportivo de primera magnitud ha dejado de resultar una cuestión de honor patriótico, si es que alguna vez lo fue, para resultar simplemente la puerta de entrada a celerosas inversiones y captación de capital, así como el escaparate idóneo de cara a relanzar sectores de negocio tales como el turismo y la construcción. Y, claro, ese escaparate debe permanecer radiante de principio a fin. En función de la nación que albergue la organización de una de estas competiciones que movilizan a cientos de miles de seguidores y aficionados, las técnicas y herramientas para limpiar, dar brillo y esplendor a decorados que, en algunos casos, comienzan la tarea sin saber siquiera dar lustre por responsabilidad gubernativa, provocan que el resultado final pueda estar teñido de una sociedad insoportable, que permanece con su hedor inhumano sobre los impolutos escenarios.

La UEFA y la FIFA, organismos encargados de la regulación europea y mundial, respectivamente, del negocio que subyace sobre, bajo y alrededor del balompié, han aprobado en los últimos tiempos la organización de sus competiciones más prestigiosas en países donde sólo cabía la certeza de que los plazos y las infraestructuras necesarias llegarían a tiempo para que el decorado aparentara hermosura en los cientos de pantallas de televisión que expondrían la magia del circo futbolero. Baste recordar que, tras la elección de Brasil como sede del próximo Mundial a celebrar en 2014, la organización presidida por Joseph Blatter tomó la insólita determinación de aprobar de una tacada los receptores de las dos siguientes designaciones, cerrando las sedes hasta 2022. Rusia y Quatar, dos Estados que no se caracterizan precisamente por su liderazgo en materia de derechos humanos, igualdad electoral o desarrollo de políticas sociales avanzadas, han sido premiadas por el poder del capital, con la instrucción de llegar a la cita con los estadios más vanguardistas en pie, y los hoteles y avenidas dispuestos a recibir a los visitantes de estos parques de atracciones rotatorios. Como lo hagan, es lo de menos.

La UEFA no quiso quedarse atrás en esto de mirar hacia otro lado a la hora de valorar las situaciones colaterales antes de que comience a rodar el balón y se enciendan los opacos focos del espectáculo balompédico. Una utilitarista alianza entre Polonia (miembro de la UE) y la ex república soviética Ucrania, en el ojo de mira permanente debido a sus constantes rupturas con el fomento democrático y del desarrollo ciudadano (encarcelamiento en sospechosas circunstancias de la ex Primera Ministra Yulia Timoshenko, envenamiento del candidato presidencial Viktor Yushchenko, etc.) ha supuesto la celebración de dos Eurocopas en una, provocando un tenso equilibrio dialéctico por parte de dirigentes y hasta futbolistas a la hora de participar en esta competición. Un claro ejemplo ha supuesto la declaración del capitán de la selección de Alemania, Philipp Lahm, acerca de su negativa y la del resto de compañeros del conjunto germano a estrechar la mano de cualquier dirigente del Estado ucranio por la situación en aquel país en materia de derechos humanos.

Más allá del trato que ha recibido la ciudadanía ucraniana desde la fallida Revolución Naranja, un holocausto sangriento ha venido recorriendo las ciudades que están siendo sedes de la presente Eurocopa, un holocausto denunciado con tibieza e ignorado por la mayor parte de la población local. Para asear el teatro de los sueños futbolísticos, las autoridades decidieron implantar una política de cruel exterminio sobre perros y gatos callejeros, utilizando métodos de extrema crueldad de cara a rematar con la mayor velocidad este asqueroso genocidio en nombre del negocio de los hombres. Hasta que la asociación PETA denunció internacionalmente las atrocidades que se venían cometiendo, se estima que más de 250.000 animales fueron sacrificados en el repugnante altar del Olimpo balompédico, 20.000 de ellos en la capital del país, Kiev. Hornos crematorios ambulantes supusieron los campos de exterminios de todos estos seres indefensos, atrapados y retenidos en gigantescas bolsas donde morían asfixiados o heridos. Los que lograban sobrevivir perecían al ser arrojados vivos a temperaturas superiores a 900 grados centígrados. En otras localidades que no disponían de instrumentos de eliminación tan sofisticados, se ha procedido de cualquier atroz manera a cumplir este sangriento cometido: fusilamientos, envenenamientos masivos, cualquier fórmula miserable por encima de utilizar un minúsculo porcentaje de los presupuestos asignados a la organización de la Eurocopa para implantar una política de esterilizaciones y centros de acogida, una acción que acercara a Ucrania a la intención de convertirse en una sociedad avanzada, respetuosa con todos los seres vivos que en ella participan.

A pesar de las denuncias, que obligaron al gobierno ucraniano a asegurar que se habían detenido las matanzas y los métodos despreciables utilizados para la carnicería, observadores de diferentes organizaciones en defensa de los animales aseguran que éstas prosiguieron para que el espectáculo continúe, para que el deporte rey elija a aquél que detentará el cetro europeo los próximos cuatro años, mientras nuestra capacidad de ahondar en una sociedad más justa y sensible con nuestro entorno pierde todos los partidos por goleada.

Ligas ricas, ciudadanos pobres

En todo este doloroso proceso de asumir la consciencia del deterioro global como sociedad, hemos ido analizando en diferentes artículos aquellos procesos, al albur de las excusas políticas para tomar las de villadigo por el sendero de villadiego, que han volteado escenarios estratégicos del devenir macroeconómico nacional. Así, no nos hemos cansado de alertar sobre el perverso desguace y bancarización de nuestro sistema de ahorro (de aquí a dos semanas veremos un baile tan desafinado como el mercado de fichajes minutos antes de la medianoche del cierre, de norte a sur, de fusión a absorción especulativa), de igual manera que continuamos el análisis de conductas, casi estados de ánimo, que hacen bambolear estructuras con poca herrumbre para adecuarlas a intereses de lo más variopintos.

Pero, de igual manera que la denuncia nos exige estrenar cotidianamente altavoces poderosos para que la injusticia amplifique su mensaje, en el caso que nos ocupa no es tanto afan de alerta como reflexión de lo que, por atractivo, nos impide ver sus arrugas.

A cuestión planteada en el día de ayer por el grupo parlamentario de Izquierda Unida, el Ejecutivo central se vio en la obligación de reconocer que la deuda acumulada por los clubes de fútbol españoles asciende a la mareante cifra de 752 millones de euros (sin contar con las cantidades adeudadas a la Seguridad Social, que son de aupa). A la velocidad de un extremo izquierdo de relumbrón, las huestes balompédicas procedieron a delimitar la cifra escandalosa, con argumentos tan pacatos como que el mayor porcentaje de ese debe en las arcas públicas (673 millones) se encuentra aplazado mediante acuerdos con los correspondientes deudores. El problema no es temporal, sino de qué manera se ha llegado al engorde insostenible de un modelo de competiciones profesionales a todas luces no sustentable al albur de un proyecto de Estado con los bolsillos agujereados; en la puerta de entrada, cualquier Sociedad Anónima radicada en territorio nacional estaría encandilada con disponer, al menos, de relaciones tan cordiales con el fisco ibérico cara a negociar sus obligaciones tributarias, en cómodos plazos y a generoso descuento y, viendo la luz de salida, todos los contribuyentes deberíamos preguntarnos si esta ruina anunciada desde tiempos de artificial bonanza compensa alegrías domingueras de balompédica sofisticación.

Y es que el asunto no dispone de solventes remiendos en ningún escenario posible. La conformación de las entidades deportivas de las principales disciplinas en cuanto a número de seguidores (fútbol y baloncesto) en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) y su asociacionismo gremial bajo el amparo de Ligas Profesionales (LFP y ACB, respectivamente) se alumbró como la perfecta estructura cara a conseguir la conformación de un escenario rentable en lo deportivo y económico. Las obligaciones derivadas de la mutación de clubes con estatutos de lo más simple, organigramas de compadreo y obligaciones contables a nivel de primero de bachiller transmutaron en la metamorfosis de la que echaron a volar soluciones empresariales con el mejor producto del mercado: piernas, manos y balones; agilidad, rapidez, espectáculo. Seguidores, compradores. Ganancias a espuertas. Las diferentes plataformas televisivas se encargaron de endulzar el falsario espejismo (tautología al canto), comprometiendo cantidades irrecuperables en términos de contraprestaciones publicitarias y permitiendo a los equipos negociar bancariamente adelantos millonarios con los correspondientes contratos a años vista. Ahora, ¿qué tenemos? Unas competiciones poderosas comandadas por clubes que son apisonadoras irreductibles, aquí y en las eliminatorias continentales, y un ramillete de equipos de segunda fila plagados de ilustres apellidos de la escena balompédica y cestista internacional, sobre una sociedad arruinada, que no puede permitirse lujos conscientemente desterrados pero que disfruta del manjar somnífero de fin de semana.

No hace tanto, el obtuso orgullo nacional que trasladaba sus ansias de grandeza a cualquier entelequia que pueda ser atrapada en forma de medalla sospechosamente lograda, se vanagloriaba por disfrutar de ligas secundarias, como la Adecco Oro (Baloncesto), considerada más competitiva que las primeras divisiones  respectivas de potencias como Inglaterra o Alemania. Y tan anchos, sin preguntarse por donde anda la trampa. La implacable realidad nos presenta una Liga Endesa (ACB), en la que, salvo discutibles excepciones, pululan cerca de dos decenas de SAD arruinadas, sin capacidad de generar de ninguna manera recursos que les encaminen al fin que corresponde a cualquier Sociedad Anónima mercantil. Y no ahora, sino desde sus correspondientes constituciones: las de mayor relumbrón (Real Madrid y Regal Barça) sustentan sus poderosas plantillas con los millones derivados de las secciones futbolísticas; los conjuntos de clase media-alta sostienen la columna vertebral de sus respectivos proyectos sobre el músculo de entidades públicas (Gran Canaria 2014) o privadas (Unicaja, Sevilla Baloncesto) que, con su mayoría accionarial, se ven obligados a cerrar el déficit contable curso tras curso; y, los supervivientes, van arrastrando su deriva deportiva con patrocinadores libres o impuestos y recursos atípicos más o menos ocurrentes. Algunos, con ruina permanente (Valladolid) y otros (los menos), con brillantez gestora (Fuenlabrada).

En el césped, tanto de lo mismo, pero sobredimensionado por cantidades que sonrojan tanto como se justifican por los mismos que reproducen su indignación a la menor brizna de despilfarro en otros ámbitos. Ingentes cantidades de tributos se destinan para poner a rodar el balón, bien con la fórmula de insensatos patrocinios o como ayuda de fomento al deporte que, en lugar de pagar las medias de un alevín, acaban en el caucho del deportivo más estrambótico de la primera plantilla. Todos en la ruina, todos con las butacas a rebosar. En definitiva, Ligas de oro para economías desérticas. Insostenible, pero con el respaldo de la dormidera de tantas miles de ruinas que refugian la desesperación en el triunfo de un color colectivo. Lo que ocurre es que ese somnífero puede ser disfrutado, con ardor y compromiso, con banderas y bufandas arraigadas al sentimiento de batalla deportiva, pero ajustado al nivel de la vigésima economía mundial. A lo sumo.

Heliópolis fracasa en sus afanes de conquista

El conjunto verdiblanco vuelve a fallar lejos de Sevilla, mientras que Celta y Rayo continúan su consolidación en cabeza. En la zona baja, el Tenerife reacciona en juego pero no en resultados.

La Segunda División es una categoría apasionante. Sin la apisonadora bipartidista que impera en la máxima categoría del fútbol español, los conjuntos de la división de plata muestran sus armas sin tapujos, independientemente del rival que les toque en suerte. Así en el comienzo de la segunda vuelta del Campeonato, este fin de semana, algunos equipos de la zona media, con pretensiones de alcanzar la nobleza de los play off, dieron guerra de la buena.

El Granada demostró que Los Cármenes es una plaza prácticamente inaccesible. Es cierto que el Betis no está dando la cara en sus últimos desplazamientos, pero el 3-0 final demostró que los granadinos asientan sus serias esperanzas de jugar el play off de ascenso en función de sus resultados como locales. Se aprovechó eficazmente de este resultado el Rayo Vallecano, que no falló en Soria, y empató en cabeza con los blanquiverdes. Mientras, el Celta de Vigo no pasó del empate en el Mini Estadi y sigue al acecho de los dos puestos de ascenso directo, a tan solo dos puntos de béticos y rayistas.

Si nada cambia profundamente en esta segunda vuelta, parece claro que estos tres conjuntos lucharán por esas dos plazas de privilegio, ya que el cuarto clasificado, el Xerez, se encuentra a once puntos de la zona dorada. El dignísimo papel de los filiales (Villarreal B y Barcelona B) ha ampliado la zona de play off hasta la octava plaza, ya que ambos se encuentran actualmente entre los seis primeros clasificados. Los amarillos, que tumbaron al líder la jornada anterior, esta semana se deshicieron con facilidad de un recién descendido, el Real Valladolid, que a pesar del cambio de entrenador sigue en caída libre, más en juego aún que en resultados, y ya se encuentra a tres puntos de la zona de descenso.

Nino marcó dos goles que oxigenan a un Tenerife en la UVI

Pero si emocionante está la carrera de fondo por ascender a Primera División, no podemos perder de vista los condicionantes que se están manejando en la zona baja de la tabla. Gimnástic y UD Las Palmas trabaron un empate sin goles en Tarragona que a ninguno sirve, sobre todo por el juego desplegado por ambos conjuntos, sin atisbo de mejoría ni raza que los convierta en candidatos firmes a abandonar la zona baja de la tabla. Los mismo se puede afirmar de un Recreativo que, tras su igualada con un Elche que se empeña en estar permanentemente en tierra de nadie, vuelve a perder el brío de hace seis jornadas y coquetea nuevamente con la zona caliente. La Ponferradina pinchó en Huesca y el Albacete en Alcorcón, abriendo una pequeña brecha que cada jornada desangra más sus mutuas posibilidades de salvación. Cierra la tabla un Tenerife que, desde la llegada de Antonio Tapia al banquillo, da cal y arena por igual número de paladas: dos partidos en casa, dos empates; cinco goles a favor (no había marcado más de uno por encuentro como local en toda la temporada), pero cinco en contra. Ayer, tuvo una primera media parte de ensueño, poniéndose por delante en el electrónico, pero se cortocircuito para permitir tres goles sencillos y ver como Aragoneses se marchaba con roja directa. Ese mismo Hyde fue capaz de regresar al traje de Jeckyll y, gracias a un siempre combativo y heróico Nino, empatar el encuentro en tiempo de prologanción, para desesperación de Agné y sus gerundenses.