La República Mediterranera de Rajoy

El Presidente del Gobierno maneja con inútil habilidad el don de la ubicuidad inversa; el máximo responsable del poder ejecutivo debe, inexorablemente, multiplicarse para cumplir su mandato y obligaciones pero Mariano Rajoy no es capaz de estar ni donde se le espera ni donde se le reclama. Es un fantasma asustadizo, que arrastra sus cadenas al crepitar de pasos de las demandas ciudadanas. Su pavor por enfrentar las responsabilidades que le son ajenas en las duras y en las maduras dio un giro de tuerca cuando, asolado por el mayor escándalo de corrupción del siglo en este país, optó por hacer mutis por el foro a lo largo de tres días y concluir su irresponsable exilio con la lectura de un manifiesto (redactado por los centenares de asesores que le cubren las sábanas fantasmagóricas) frente a los suyos y retransmitida a los medios de comunicación a través de una lejana pantalla de televisión. Tics nerviosos en el ojo izquierdo que se repiten cuando asevera lo que no cree; énfasis a mitad de frase, en la coma inadecuada; lectura desacompasada de afirmaciones que debería tener grabadas como actos de fe, fueron las especies con las que regó lo que para él suponía el fin de un problemilla, volviendo a la obscuridad de ese anonimato que adora potenciar.

RajoyMerkelLo que vino a relatar, como un alumno tembloroso frente a un dictado con tachones, se puede resumir en la negación absoluta de todas las sospechas e indicios que se ciernen sobre su persona y el Partido Popular; el compromiso único de presentar, como ejemplo divino de transparencia política, algunas de sus declaraciones de la renta y de patrimonio; y la amenaza velada a todos aquellos que osen poner en duda la bondad inmutable de la formación conservadora, demasiado ocupada en salvar a España de las garras de la miseria como para estar ahora perdiendo tiempo en el corner de la corrupción. En todo caso, aseveran desde la sede de Génova, dejémonos de leer prensa y ver televisión, que si algo hubiera o hubiese, ya se encargarán los juzgados y tribunales de poner a cada uno en su sitio. Que cada palo aguante su vela, pero sin quemarse.

Rajoy1Resulta nada cómico escuchar de manera cotidiana ese compromiso del Partido Popular en remarcar el énfasis por los principios básicos de un sistema democrático: presunción de inocencia, división de poderes, respeto excrupuloso a las sentencias judiciales, etc. Cuando los actos que vienen de magistratura no han sido sensibles a sus intereses de táctica política (vease la doctrina Parot, sin ir más lejos), no han cesado de repetir que respetan pero no comparten; que asumen pero no respetan; que ni respetan ni asumen ni saben lo que es un tribunal de justicia. De igual manera ocurre con el abuso de esa máxima de la carga de la prueba a la hora de acusar y ser acusado. A ninguno de los dirigentes de la cúpula del partido le consta, pero que cada palo aguante el cirio, porque el que la hace la paga, pero hay papeles que nunca han visto y que contienen falsedades, menos algunas que no legitiman el total de ninguna manera, de ninguna ma-ne-ra. Todo junto marea pero es, a fin de cuentas, la forma de proceder de quien entiende el poder político como un estadio de vanidad superior ante el que ningún superpoder puede hacer mella.

La realidad de esta República Mediterranera que alienta Mariano Rajoy y los suyos es que la Fiscalía confirma que recibe presiones de manera continuada; que el Tribunal de Cuentas tarda una media de cinco años en dar validez a los presupuestos de los partidos y está formado por miembros elegidos por ellos mismos (con un Presidente que aparece como uno de los donantes desinteresados del cuaderno de Bárcenas); que el Consejo General del Poder Judicial está formado tras batallas sanguinarias entre los favoritos de los principales escuadrones políticos; que, por ende, el Tribunal Supremo se preside por la misma mano que ha sido dada a comer; que misteriosamente los malos olores ascienden cuando la prescripción hace acto de presencia; que la cúpula fiscal y policial se quita y pone en función de quien gobierne como fichas de dominó, apartando a quien te investiga y blindando tus plazos a base de siervos. Y así.

BipartidismoEl Partido Popular, desde su primera aparición en el Gobierno liderado por José María Aznar, ha tratado con desprecio colonialista a los Estados latinoamerianos, más aún en función de los avances profundos que se intentaran en la mejora de derechos, reparto de la riqueza y potenciación de la justicia. Su éxtasis absolutista se puso de manifiesto en el fallido golpe de Estado que sufrió Venezuela en 2002, reconociendo al gobierno ilegítimo en cuestión de segundos. Por las iberias no florece el banano, pero el olor de la sal mediterránea que empezó a darnos alergia en primavera, tras las naranjas de Levante, ha secado todo el territorio nacional, siendo ahora el hazmerreir del mundo civilizado. Lo que queda irá dosificando nuestra impaciencia pero necesitamos verlo, con grilletes y dimisiones, aunque sea a través de una pantalla de televisión.