El Eibar de la política

Ésta es la celebración que ayer se produjo en la localidad guipuzcoana de Eibar, tras certificar, por primera vez en su historia, el ascenso a Primera División. Tras 75 años de existencia, el conjunto armero se convertía oficialmente en el club número 60 en engrosar la lista histórica de participantes en la máxima categoría del balompié nacional. Desde luego es de lo más destacable, toda vez que estamos hablando del club con el presupuesto más modesto de la división de plata, así como de ser un conjunto recién ascendido, tras un periplo de tres ejercicios en Segunda B. Pero lo más destacable es que el club presidido por Álex Aranzabal sostiene un balance contable que es puesto como ejemplo en la Liga Profesional nacional, sosteniendo un equilibrio financiero impecable en base a una política que prima la estabilidad económica sobre las pretensiones deportivas. Pero eso no basta. Así lo establece el Real Decreto 1251/1999, de Sociedades Anónimas Deportivas, que en base al cálculo regulado en función de diversos factores, obliga a la Sociedad Deportiva Eibar a una ampliación de capital desde los 400.000 euros actuales hasta algo más de dos millones. De lo contrario, el próximo mes de agosto el conjunto eibartarra cambiará de categoría, en efecto, pero descendiendo un peldaño.

EibarCuriosa manera de legislar en busca de la regulación correcta de las sociedades deportivas. Mientras durante años se ha permitido a clubes sortear descensos y desapariciones realizando maquillajes rastreros, desde ampliaciones anuales de capital imposibles de completar hasta empréstitos inasumibles a medio plazo por los clubes en favor de financieras y sociedades de intermediación deportiva, lo que ha llevado a la ruina técnica (dejando de lado corruptelas directas, sobornos, chanchullos, etc., impunes de toda impunidad) a clubes con tanto arraigo social como el Zaragoza o Racing de Santander, entre muchos otros. El conjunto armero, además, intentará el más difícil todavía: alcanzar esa ampliación de capital con una limitación por adquisición de paquetes accionariales, dando por sentado que resulta más importante el mantenimiento del espíritu familiar, colectivo, del proyecto, que el ascenso a costa de la irrupción de fondos externos que arranquen de cuajo el alma deportiva del Eibar.

Y del fútbol a la política, un camino relativamente corto en terreno nacional. Más aún al comparar las coincidencias de las dos mayores alegrías colectivas que protagonizaron la jornada dominical, los ascensos que generaron esperanza, regocijo, confianza en que se pueden lograr los objetivos a base de trabajo, honestidad y coherencia. Como ya hemos analizado con detenimiento, la formación PODEMOS se alzó como el triunfador sin paliativos de la jornada electoral para elegir la composición del Parlamento Europeo, al dinamitar las encuestas y lograr cinco escaños con más de un millón doscientos mil votos. Y esto en sólo cuatro meses, utilizando herramientas de comunicación interciudadana, fomento de las redes sociales, potenciación de las asambleas y movimientos locales, y sobre todo a través de una estrategia de financiación electoral impulsada desde el crowdfunding transparente, el rechazo a su financión vía compromisos crediticios con las entidades bancarias y, en definitiva, gastando aquello que sus propios simpatizantes fueron capaces de recaudar a lo largo de la campaña.

PodemosPues bien, en base a sus resultados y a la estructura de subvención a formaciones políticas para estos comicios europeistas, Podemos optaría a recibir algo más de treinta mil euros por cada eurodiputado obtenido, así como 1,08 euros por voto logrado. En total, la formación liderada por el politólogo Pablo Iglesias debería recibir algo más de un millón y medio de euros pero hecha la ley, hecha la mordaza económica. Al haber declarado poco más de cien mil euros como gastos de campaña, y considerarse como subvención el reparto de las cantidades a presupuestar, ese es el tope que puede percibir la formación progresista. ¿Subvención o financiación? He ahí el quid de la cuestión, al tratarse de unas cantidades a percibir con posterioridad, lo que impide conocer la necesidad de inversión en campaña, y que castiga el rigor a la hora de no gastar aquello de lo que no se dispone. Como quiera que los partidos tradicionales mantienen un flujo monetario siempre deficitario, atrapados en su mayoría por empréstitos frente a las grandes corporaciones financieras, ante aquellas a las que reclaman con mimo y caricias que aflojen el yugo de los desahucios y las ejecuciones hipotecarias, sus gastos siempre serán superiores a lo amortizado con estas compensaciones monetarias pagadas por todos. En cambio, lo ganado en las urnas, en buena lid, por Podemos no le permitirá continuar creciendo estructuralmente, sino que se repartirá equitativamente entre los morosos, premiando el derroche frente a esa austeridad real que no casa con la que nos incitan a llevar a término aquellos que han sido vapuleados electoralmente, claro está, por vivir en una repugnante contradicción. Por poner un ejemplo, VOX, que no ha alcanzado representación en la eurocámara a pesar de invertir una cantidad muy superior a lo largo de la campaña, recibirá una compensación mayor que Podemos. Dos ejemplos de como el sistema proclama y reclama unos principios mientras los apalea cuando éstos toman forma lejos de su control.

 

El pamplinas de Pamplona

Cervera1Asuntos como el que se viene a tratar en este artículo han de reposar convenientemente para que las murallas y los retweet no nos impidan ver el bosque de la ciudadela, esa arboleda donde el ex diputado del Partido Popular Santiago Cervera Soto se empeñó en dejarse enmarañar en una noche llena de linternas agazapadas donde parecía que iba a encontrar un claro de luna políticamente suculento.

Mucho se ha escrito a la hora de intentar desentrañar todas las explicaciones posibles a un hecho que, contado a modo de fábula, ya resultaría en sí dantesco y pleno de ficción novelesca; un Presidente de institución financiera chantajeado con nocturnidad y lejanía e instado a depositar un triste sobre en plena vía pública, conteniendo una cantidad rídicula de dinero para acallar supuestos infidelidades laborales de alta graduación; un prominente responsable político que se convierte, tanto más con lo que calla, en trampero atrapado, abandonado a su suerte por aquellos que parecían arropar su estilo fresco y desenfadado a la hora de afrontar su responsabilidad política cotidiana con el supuesto tono de la nueva liberalidad que viene. En definitiva, todo un ardid que, a resultas de la dimisión fulminante de Cervera y su inexplicable silencio, remueve una intriga que tiene demasiadas novias con la boca tapada, confiadas en que a los correos electrónicos cruzados les crezcan alas en período migratorio y que a la mano que introdujo ese sobre de humilde coartada se le amputen las extremidades que supongan algún don de oratoria libertina.

Cervera2Durante su breve opulencia de notable animador de la bancada conservadora, Santiago Cervera se ha postulado como voluntario profeta del nuevo escenario comunicativo que se ha abierto vía social media, fundamentalmente desde el balcón de Twitter; feroz en la interacción con sus seguidores, el Cervera diputado y el Soto showman, no dejaban vuelo sin aplacar, trino sin acompasar con canturreos, en ocasiones, con alma de rugido felino. No obstante, debía ser más una pose que un compromiso con las nuevas herramientas de comunicación, porque ha sido descender del escaño, descuadrar su ángulo convexo en el Hemiciclo, y comprobar como su timeline ha reducido marchas hasta ir casi en dirección contraria, que no a contracorriente. ¿Era, por tanto, Cervera la imagen del político nuevo, o no suponía más que otra impostura de rostro amable manufacturado en conserva de cercanía institucional? A saber.

El último tuit con cierta trascendencia que su voluntad nos ha deparado fue enviado al universo de los micromensajes el pasado 13 de diciembre, lo que hace cuenta del escaso bagaje creativo para un personaje que, con corbata y congresistas posaderas rozó los 20.000 tweet en escaso tiempo. El interés de esa, insistimos, última letanía con aroma a armadura reside en como el acusado busca en plumas ajenas la justificación y la respuesta a sus propios hechos. El mensaje rezaba tal que así:

Cervera4De este modo se despidió hasta de su propia defensa aquél que iba a liderar las huestes populares a medio plazo, poniendo en brazos de sus seguidores la duda razonable de sus actos y omisiones a través de otros. Como era de esperar, al señor Cervera le agrada el nudo y desenlace de un artículo que hace demasiadas preguntas pero contiene nulas respuestas. Y es que cuando quien aspira a caminar de manera respetable inserta, a tientas, su mano en busca de documentos comprometedores o un puñado de billetes, tanto monta y tanto se desmonta su honorabilidad, su manera de enfrentar los resortes que deben sostenernos como sociedad avanzada.

Cervera3Se rompió el Kent de Pamplona, el juguete preferido de los atribulados herederos del régimen anterior. Ya habrá otro que venga con un pan debajo de un brazo y un Ipad en el otro, correcto en el vestir pero con cierta rebeldía en sus tonalidades; guaperas pero sin gomina, el hijo nunca pródigo que siempre estuvo en casa, a la espera de desbancar al gris primogénito. Es evidente que a esta historieta le quedan muchas semblanzas, pero no resulta sencillo pronosticar quienes serán los relatores (que no delatores) ni desde que posiciones se irá tejiendo el grueso de la mentira que será verdad, que engrosará las versiones oficiales de esta picaresca in crescendo, incluso aquella que transfiere miseria sin tener que visitar la sucursal infame, a la que le bastan añejos y sigilosos ladrillos y el romanticismo de un sobre corrupto y culpable, como aquellos dedos que depositan y rebuscan, que se pasan la mordida evitando rozarse.

Rebelados

Reflexionando con la mesura impropia de estas épocas rabiosas que vivimos, la campaña electoral se ha convertido, nuevamente, en la representación trágica de una democracia hueca que se ha venido retroalimentando desde finales de los años setenta. Un sistema electoral de circunscripción provincial, imposible gestor de la igualdad del voto ciudadano, unido a un bicameralismo absurdo que mantiene una especie de Cámara de los Lores desterrados, pendientes de veto fugaz a proyectos de ida y vuelta, sin plazo ni interés para reconvertir su cueva de Altamira en un rascacielos de territorios y naciones, es el infinito abandono al que someten la consciencia colectiva de este país y lo transforman en bruma espesa.

Soportamos como hechos consumados que la Radio Televisión Pública programe, en prime time, un debate de dos candidatos a diputados nacionales en representación de sus respectivas formaciones políticas. Las más elegidas hasta ahora, de acuerdo, pero sin ningún criterio de interés ciudadano como para organizar un espectáculo de pataleta bilateral, de enfrentamiento deportivo, trasladando la implacable sensación de que más allá no hay opciones, ideas, programas ni candidaturas elegibles. Este despropósito lo refuerzan a modo de segundo round, cuarenta y ocho horas después, con la realización de un debate a cinco, incluyendo a otras tres formaciones con presencia institucional pero permitiendo la inclusión, nuevamente, de las fuerzas canovistas pero con segundos espadas, como si lo que se tratara en ese encuentro fueran otros aconteceres ajenos a la pugna por la conformación del próximo ejecutivo nacional, de las propuestas efectivas para entender nuestra sociedad con el prisma de tantos ojos y cerebros como energías humanas patrullamos la ciudad y el campo. Asqueroso.

El panorama que los padres de la Constitución planearon y que los legisladores iniciáticos remataron ha establecido una bazofia electoral muy utilitarista para lo que ellos consideraban normalización democrática. Las circunscripciones provinciales, con un mínimo de dos diputados por barba y un equilibrio en proporción por habitante que genera injusticias ramplantes, impide el traslado de la voluntad popular a la Cámara Baja, en forma de escaños dignos y eficazmente elegidos. De este modo, las dos marcas proteccionistas del sistema aseguran su alternancia irremediable con estas reglas de juego, dejando algunos asientos fríos a sus correspondencias nacionalistas, favorecidas por la presencia de sus listas en pocas provincias y la irremediable concentración y aprovechamiento de cada papeleta emitida a su favor. Pero, con el concepto democrático que debería florecer en cada ciudadano de un sistema maduro como debería ser el nuestro, resulta incomprensible asumir que una formación de implantación estatal como Izquierda Unida contemple la potencial recepción de casi el 10% de los escrutinios y, aún así, ver convertido ese millonario apoyo en una decena escasa de escaños, mientras que formaciones nacionalistas como CiU disfruten de cuatro o cinco diputados más con un porcentaje de papeletas que rondarán, a lo sumo, el 3,5% de las emitidas. Mientras, el Senado dialoga con traducción simultánea pero sin competencias directas y efectivas sobre la realidad territorial del Estado, allí donde debería residir la soberanía efectiva de las políticas autonómicas, la relación competencial Estado-CCAA y la armonización de los servicios fundamentales.

Es difícil comprender como cerca de doce millones de ciudadanos, fundamentalmente trabajadores y trabajadoras, personas con percepciones provenientes en exclusiva de la mala venta de su fuerza de, precisamente, trabajo, optarán por otorgar el codiciado valor de su voto a una propuesta política enemiga de su condición, de sus perspectivas existenciales. El sistema mercantilista que venimos soportando mantiene su vigencia desde una eficaz anestesia colectiva, revendiendo fórmulas fracasadas como innovaciones salvadoras, y el consumidor, desterrado de cualquier dignidad ciudadana, compra y compra, vende y se vende. Ver en los mítines rabiosos aplausos, encendidas risotadas cómplices con cualquier gracieta del líder orador, más preocupado de vender un ratito de epidural carcajeante que la exposición a la realidad tras la farsa orquestada, hace perder en muchas ocasiones la confianza en sumergir la mancha de este sistema podrido y sacarla desaparecida y con la base reluciente.

El domingo volvemos a enfrentarnos con nuestra concepción del mundo presente y futuro. Del qué queremos para nosotros y para que las siguientes generaciones lo vayan apuntalando. Desde esta Casa Querida madrugaremos para depositar nuestro firme compromiso con Izquierda Unida, con la defensa de un sistema público poderoso, imparcial y prioritario; con una gestión de la economía centrada en el ciudadano y sus proyectos y necesidades; con la visión de un sistema político que no rezume olor a casta y privilegio, sino a extensión de la voluntad soberana del pueblo que cede, con vigilancia condicional, su poder a semejantes; con el ideario de una formación que prioriza el valor de la docencia y los sueños humanos sobre la construcción de columnas de precarios aspirantes a empleados tayloristas. Olvídate de utilitarismos electorales, de la cuentas de la lechera que te conducen a tratar el hermoso poder del voto como una especulación pretenciosa de voluntades que no dependen de tu virtud racional. La fuerza que tenemos lucha más allá del número de escaños que siempre estará alejada de manera abismal de la representación real de nuestra consciencia colectiva. Salir del colegio electoral sabiendo que se ha votado en consciencia nos dignifica una barbaridad. Rebélate contra el que especula con tu sueldo, tu futuro, tus propósitos y, para colmo, con tu inteligencia.

Los usos y modos ante la muerte

En ésas todos estamos, antes o después. En realidad, estamos muriendo desde el día en que nacemos, esa paradoja repetida que, como buenos occidentales de adosado y cielos poco nublados, somos incapaces de aprehender. Pues SuperNo. Estamos dualmente asesinados y defenestrados. En primer lugar, desde la ausencia empática que significa ver a nuestros semejantes, delante y detrás de la pantalla televisiva, reventar bajo explosiones inmorales, antidemocráticas, nucleares. Plenas de dinamita y trinotrotolueno, calurosas de desidia y lágrima boba. En segundo y definitivo, porque todo lo que queremos rescatar en ese tiempo perdido en discusiones, amaneceres de despertador, carreras rústicas y urbanas hacia las reuniones fundamentalmente aplazables, desprecio por las horas post labore como pasillo inevitable de la somnolencia, se convierte en estupidez vital a la hora de recibir un tieso cascote, seco e impertinente, a golpe de Richter como mandoble cristiano, musulman, judio o impenitente en aldea inocente, plena de abrumados insectos entre sacrificados sacos colectivos.

La desaparición física y real está en la consistencia de todos los temores que nos vienen acompañando desde el día que nuestro primer ascendiente consciente lo fue, a su vez, de su desgracia molecular. Ahora, miles y miles de lunas compañeras después, esa muerte que baila a nuestro temeroso son, bajo el paraguas tenue sobre el que descansa el dios de cada terror, se ha aliado con lo más bajo de nuestro estrato evolutivo, y con barba y corbata (apariencias éstas que han sobrevivido rítmicamente en la pista de estructuras sociales impropias de tiempo y resultado) compara la desgracia sinérgica (en su músculo cerebral poco juicioso) de un temblor espasmódico a ras de corteza terrenal con las pistolas silenciadas que hicieron daño furtivo lejos de las actuales urnas.

Morir sin espacio temporal para asimilarlo es el trauma de todo este larguísimometraje; Lo que esos totem de la eternidad occidental son incapaces de asimilar, desde sus atalayas pobladas de nobles materiales constructivos y tenedores repetidos a cabo y rabo, es que la destrucción de recuerdos, principios, esperanzas, sentimientos, amores y odios magníficos soporta el mismo gramaje sobre esa balanza que supedita nuestro azar diario, eterno. Ellos, los que no se bajan del torreón más que para repartir doblones compasivos a los súbditos heridos, son incapaces de asimilar la realidad colectiva ante la absoluta luz oscura que nos acompaña desde la gestación; fallecer bajo el sol del atardecer, arropados por las innobles maderas del banco del parque, acompañados de un suspiro honrado y cálido, es una excepción sólo al alcance de manos del porcentaje de potentados geográficos, despreocupados, que esa tarde, sin cielo y tierra plagado de bochorno y secura, de pobreza en tres dimensiones, se pueden permitir el lujo de perder los instantes que nunca le sobraron.

La millonada restante de kilogramos celulares, abonando el desecho orgánico que vuela y se asienta en este planeta caduco, no es más que producto orgánico expectante. ¿ En qué placidez instantánea nos sorprenderá el destello último? Ni idea, pero desde luego, a este lado del paraíso construído a golpe de lanza y bombarderos invisibles, tras el error de sistema masivo que venimos padeciendo en nuestra composición programática, ése que puebla las listas y pasillos de espera de nuestro sistema de desesperación sanitaria, las excepciones perentorias se convierten en centenario lamento, como si el fallecimiento fuera una desgracia; una consecuencia evitable del placer agotador que resulta de las horas muy muertas, repetidas frente a televisores de fotogramas perversamente alimenticios. Pues no. La espera siquiera puede planearse como el letargo de esa siesta relajante que acontece a las obligaciones vespertinas. La maldita consecuencia de lanzarnos vagina abajo es el rescate de nuestro alimentado organigrama para el concurso universal de la materia transformada cíclicamente.

A pesar de tanta inevitabilidad, el instante electoral barrunta expectativas mortales a golpe de potencial voto en la urna de sus intereses. Y no les avergüenza. Fallecimientos que, en el indigno juicio, esperan tras una papeleta que pisotea la suya. Mientras, el amanecer de horizontes horizontales, en línea recta hacia el juicio inevitable, se puebla de cadáveres que un minuto antes desplegaban sus multitudinarias esperanzas mañaneras.

Morir furtivamente, lejos del lecho atestado de herederos, cura y notario solícito, es el pan mordisqueado de cada día. Es la consecuencia estadísticamente inevitable de haber vivido. Que nuestros demócratas dirigentes aceleren esa extrajudicial sentencia con el timón militar de sus armas de destrucción inesperada, machacando la excusa de proteger otras santas virtudes con los dedos bélicos que aplastan a sus hormigas prescindibles, bajo las que se ocultan litros y litros de negra y viscosa supervivencia económica, daña el resto de minutos que nos quedan hasta el infarto hidratadamente carbónico. Hasta el infortunio plácido del ratero con navaja o el deslizamiento de ese neumático que hace un mes debíamos sustituir. También del prescindible cuello del libertador autónomo que bombardea nuestra acera, ése del que cuelga la medalla repartida de todos los que salvan su pellejo a golpe de escaño.

La democracia alejada

Nos encontramos a las puertas de una nueva y despilfarradora campaña electoral, en este caso con el propósito de elegir a nuestro representantes en los diferentes Ayuntamientos, Diputaciones Provinciales y Cabildos, así como en los parlamentos de aquellas CCAA que no aprobaron sus correspondientes Estatutos de Autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución, salvo Andalucía. Estamos, por tanto, frente a un proceso que, si bien debería convertirse en fiesta de la democracia y herramienta real para la expresión de la soberanía popular, se ha enquistado como un procedimiento pactado y pactista. Pactado en base al sistema de distribución proporcional del voto que rige nuestro sistema electoral, y pactista por cuanto los programas de gobierno de los diferentes partidos políticos con posibilidad de conseguir concejales y diputados aparecen matizados desde los mitines iniciales, intentando no herir sensibilidades necesarias para combinar estrategias miserables de poder.

En efecto, el sistema siempre ha utilizado una estrategia de marketing político encaminada a vender la importancia de hacer uso de la papelera, perdón, de la papeleta, expresando nuestra opinión de forma directa, traduciendose ésta en la voluntad soberana del pueblo español. Dicha campaña ha dejado al descubierto su manifiesta ineficacia, por cuanto el nivel de abstencionismo en las últimas elecciones generales y autonómicas, no digamos ya europeas, es abrumador. ¿Por qué? muchos son los factores, pero dos se antojan definitivos a medida que nuestra educación electoral se ha ido asentando con el paso de los respectivos procesos electivos desde el advenimiento de la monarquía parlamentaria.

1. El bicameralismo que propugna nuestra carta magna no se traduce en dualidad de funciones efectivas, y la elección de sus miembros no viene acompañada por un reparto de las responsabilidades que defina su existencia. En nuestro sistema se utiliza, como método de distribución electoral, la fórmula denominada “sistema de D´Hont”. A grandes rasgos, el procedimiento consiste en computar el total de votos logrados por cada partido político en liza y, a partir de ahí, ir repartiendo el total de escaños en función del mayor total de votos en cada división que se vaya realizando. Resulta muy sencillo en base a un ejemplo: supongamos que participan cuatro partidos políticos para repartir un total de 8 escaños. El primer partido ha recibido 240.000 votos, el segundo 150.000, el tercero 70.000 y el último 20.000.

De este modo, se realiza la siguiente tabla:

Partido 1            Partido 2            Partido 3           Partido 4

240.000  (1) 150.000              70.000              20.000

120.000             150.000 (1) 70.000               20.000

120.000 (2) 75.000 (1) 70.000               20.000

80.000    (3) 75.000 (1) 70.000               20.000

60.000    (3) 75.000 (2) 70.000               20.000

60.000    (3) 50.000 (2) 70.000 (1) 20.000

60.000    (4) 50.000 (2) 35.000 (1) 20.000

48.000    (4) 50.000 (3) 35.000 (1) 20.000

De este modo, a medida que en cada paso se reparte un escaño, el partido que lo logra divide para la siguiente columna su elección total, primero por dos, después por tres, etc., hasta contabilizar el número total a repartir. En las elecciones al Congreso de los Diputados y Parlamentos Autonómicos se utiliza este sistema, absolutamente injusto en relación a una democracia directa. En primer lugar, por la fórmula de reparto explicado en el cuadro anterior se desprende la ausencia de democracia directa en el mismo, ya que la proporción juega en favor del partido más votado. En el ejemplo expuesto, el primer partido consigue una proporción de 4/1 con el tercer candidato, si bien el total de votos (240.000 contra 70.000) no representa idéntica diferencia. Si a eso le sumamos los límites legislativos para poder siquiera optar al reparto (mínimo de 3% a nivel nacional, pero con casos tan sangrantes como el regulado en la Ley Electoral de la CCAA de Canarias, que establece un límite del 6% regional y el ¡30%! insular), y que las listas no son únicas a nivel nacional, sino provinciales (lo que establece un segundo baremo poblacional por escaño que afecta a la proporcionalidad), tiramos la soberanía popular a la basura.

De este modo, una Cámara que debería recoger el sentir político general del total de ciudadanos del Estado queda repartida en beneficio de los dos grandes partidos, así como beneficia a aquellas formaciones políticas que concentran su capacidad y espectro político en una CCAA determinada. Sumemos a estos despropósitos el anteriormente mencionado elemento abstencionista, que no mantiene representación ni resta número de elegibles, y la injusticia está bien preparada. Es más, a los partidos mayoritarios hasta les favorece que ésos que no votan ni aparezcan, sobre todo los desencantados y críticos con el sistema.

A su vez, el Senado se instrumentaliza como una Cámara de representación territorial sin serlo, ya que, el no contar con listas cerradas no influye en la fórmula de elección, circunscrita a provincias y con elección directa, pero sin instrumentalizarla como un órgano con efectiva capacidad legislativa y reglamentaria en asuntos de índole territorial. Al contrario, su presencia se limita a servir de frágil contrapeso de la Cámara baja, lo que en lugar de constituir un elemento constructor de la voluntad del Congreso, únicamente consigue (en función de las mayorías) frenar el proceso de elaboración normativa.

2. La inexistencia del péndulo necesario que equilibre la voluntad general, residente en los más de treinta y cinco millones de electores, con respecto a los desajustes del sistema. Consecuencia de lo advertido en el primer punto, el sistema, de forma directa, evita un equilibrio jacobino entre la expresión del soberanismo parlamentarista y el sentir de la población. De este modo, no sólo quedan millones de votos arrimados en los grupos mixtos de las Cámaras de representantes, sino que el boyante abstencionismo, fruto del desencanto por las fallas del proceso y la realidad política, no viene acompañada de un contrapeso popular que complemente las decisiones representadas en los órganos de gobierno.

El Asamblearismo democrático, maquillado tras los límites, arreglos y mecanismos detallados anteriormente, se traduce en desigualdad, irrealidad y, en definitiva, limitación de la legitimidad del sistema.