Disquisiciones veraniegas (III estivales, V petroleras)

La guerra del petróleo canario, sobre el que chapoteamos por quinta edición, aumenta su acopio de armas entre los principales frentes en disputa. Mientras, la compañía privatizada Repsol observa el mutuo lanzamiento de órdagos y continúa su plan de sondeos al mismo ritmo que suaviza a golpe de página a color diaria la beligerancia de los medios de comunicación del archipiélago.

RiveroSoriaEl petróleo canario, por no ser, aún ni es. El petróleo canario puede que sí sea en informes confidencialísimos de la petrolera de Brufau, pero a nivel externo supone una apariencia de potencial negocio, una riqueza que anuncian para todos pero no es más que para unos accionistas dispersos y poderosos. El petróleo canario, al emanar de las profundidades oceánicas, en medio de una nada demasiado cercana a la arena fértil en turistas de rentabilidad notoria y todo él rodeado del agua presta a desalinizarse para surtir las necesidades de unas islas secas, no tiene como destino (o no de manera imperativa) cubrir con bonhomía un porcentaje de la dependencia energética del Estado, sino los surtidores que más calienten al albur de los petrodólares.

El petróleo canario, si emana como torrefacto pegajoso en ubicaciones interfronterizas tan vagas como el oleaje que las circunda, que fantasmagóricamente trazan su radio de influencia en esto del capital y las posesiones terrenales de los reinos de pega, pagará poco al Estado pero deberá mucho a su ministro, José Manuel Soria, veloz por África, amodorrado al asomarse al Mediterráneo. Por su parte, el presidente del ejecutivo autonómico, Paulino Rivero, desprecia lo fósil, aparta su sonrisa de antaño a aquél que fue su vicepresidente cautivador, en ningún caso cautivo, en la pasada legislatura. Pero no le hace ascos desde una conciencia medioambientalista, ni mucho menos, como mencey de un territorio fragmentado en lo territorial pero cohesionado en su devoción por el cemento y el alquitrán. El petróleo canario encandilaría al Presidente si una idílica UTE formada por el gobierno regional y un par de empresas sondeadoras y extractivas llevara a término la aventura oceanográfica en busca del monstruo del chapapote embarrilado.

PetroleoEl petróleo canario no es todavía pero, en todo caso, nunca será para los ciudadanos del archipiélago. Ni para los del resto del Estado español, porque en este país las playas no se venden pero el subsuelo se regala. El petróleo es feo, pero lo usamos a diario, lo necesitamos como el agua porque su transformación en energía nos dan la vida tal y como la conocemos. No nos gusta en la puerta de casa pero sabemos que hay plataformas frente a las playas de otro, de la misma manera que saboreamos con primor un jugoso entrecot pero ni oir hablar del proceso de sacrificio en nuestros mataderos, de la agonía cruda y real de los animales para que el mercado de ágil, higiénico, seguro. Rentable. El petróleo canario también parece serlo, aunque en palabras de Repsol parece poco más que su búsqueda en medio del Océano Atlántico es acto de caridad petroquímicristiana, a suponer por la cantidad que se espera encontrar y los costes que supone su hallazgo y extracción.

El petróleo canario tiene permiso ministerial para hacerlo salir de su escondite, y también encuentra en lontananza un referendum que se acerca a fechas agigantadas en busca de enterrar su sombra, aún desenfocada, hasta mejores tardes políticas. Entre políticos canarios anda el juego, frente a información parcialísima andan los habitantes de Canarias, y contra el porvenir anda toda la personalidad del Capital, obviando el destino humano para alimentar la codicia inmediata.

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Rocosa definición de sacrificio

Si los dados divinos (a los que, nos tememos, nadie juega y nadie apuesta) no lo remedian, el próximo viernes nos encontraremos ante un nuevo panorama de esos que gustan calificar a los economistas del capital como de sacrificios ineludibles. Lo único seguro que ocurrirá tras la celebración del correspondiente Consejo de Ministros es que no aparecerá Mariano Rajoy a explicar la hoja de ruta, extenuado por cargar durante la jornada de hoy un Códice de incalculable valor para entregar, a lo Indiana Jones, la reliquia por segunda vez a la Catedral de Santiago de Compostela.

Dichos sacrificios recorrerán los senderos acostumbrados, esto es, recortar partidas presupuestarias esenciales para el sostenimiento del Estado Social con el objeto de derivarlas a recapitalizar sectores en decadencia, no forzosamente públicos. No caigamos en la trampa nuevamente. El concepto mismo de sacrificio expresa la asunción de determinadas estrecheces temporales con el objeto de recuperar el panorama anterior a la situación que desencadena la excepcionalidad negativa de la circunstancia o, al menos, a buscar fehacientemente esa aspiración. En el caso que nos ocupa sólo estamos destruyendo para pacificar páramos ajenos, territorios selváticos donde la luz que ha entrado se ha venido evaporando bajo una corteza que parece ocultar una especie de agujero negro pecuniario. Ni lo uno ni lo otro. Lo que este gobierno de bellacos viene pretendiendo es movilizar de manera perversamente malabar los fondos públicos derivados del esfuerzo recaudatorio colectivo para proteger sus intereses de clase, a la vez que no se abochorna al afirmar que resulta necesario un nuevo sacrificio tributario para acometer la proyección gestora del Estado. Es decir, que en la misma estrategia trilera pretenden mover los vasitos de nuestra paciencia haciéndonos creer que, bajo ellos, danzan no una sino dos bolas, cuando en realidad ambas se han marchado a bolsillos ajenos.

La clase media lo aguanta todo, parecen creer. Y así lo venimos demostrando, al soportar nuestro empobrecimiento ante el temor de que el futuro próximo sea desolador. No nos percatamos como colectivo que, cada día, decenas de familias cruzan ese pesado umbral que separa la subsistencia de la desesperación, mientras la aún mayoría prefiere mirar hacia otro lado, confiando que todo se solucione por arte de biribirloque antes de que les toque traspasar ese Hades económico que les obligue a transitar por los ríos del inframundo social.

Restar poder adquisitivo por un lado, y defender acciones que reactiven el consumo por otro, resulta de una estupidez dolorosa, en tanto en cuanto el Ejecutivo se dedica a bailar macrocifras que no rozan ni de lejos aquello que significa economía productiva. Cuanto mayor sea el peso de la Hacienda Pública, sobre todo la indirecta (vía IVA, fundamentalmente), menor será la capacidad ciudadana para adquirir bienes y servicios, lo que enreda la madeja de la principal industria nacional y ahonda en su previsión de ver desinflar los únicos sectores que, hasta ahora, podían sostener mínimamente la creación de empleo. En definitiva, si a lo que aspira el Gobierno central es a intentar quedarse con los restos de nuestro naufragio porque considera que somos incorrectos gestores del salario que nuestra labor nos reporta, que luego no nos pida salir a las rebajas y pasar dos semanas de asueto en las costas patrias.

Pero hay un segundo elemento que, principalmente, golpea nuestra línea de flotación como sociedad que merezca soportar el peso de himnos, banderas y teórica anuencia a las docrinas del sacrificio. Visto lo visto, el futuro rescate de la banca privada que tiene su sede social en España (que no entidades españolas, en tanto cotizadas en mercados secundarios) no va a ser a la voz de ya del ínclito Rajoy (y miren que presionó a la UE, afirma el aventurero irredento con cara de registrador), y cuando pase por aquí irá directamente a las cuentas y balances de las entidades receptoras, entidades que, en base a sus previsiones de negocio inmediatas y las cantidades solicitadas, muy difícilmente podrán hacer frente a las correspondientes devoluciones de los millonarios recibos. ¿Y quien pagará en segunda instancia, sin posibilidad de recurso de casación económica, esa factura con intereses de demora? La multitud encerrada en un párrafo de un futuro decreto, que se aprobará un viernes de otoño en un Consejo de desministros. Justo en ese momento tendremos dos opciones alrededor de los temores que nos han lanzado para realizar el tejemaneje de las nacionalizaciones financieras falsas: o se derrumbará desde mayor altura lo que afirmaban debía ser rescatado por nuestro material bien, o se procederá a la venta por parcelas de ladrillos con deuda, de participaciones sin valor, al capital riesgo que adora afilar sus cubiertos para aprisionar a los que, en ese instante, comenzarán a desfilar por la frontera del desamparo social.

Y, en todo esto, ¿Cómo se comporta el denominado empresariado nacional, ése que nos solicita, uniformemente con sus voceros de escaños y tribunas políticas, que saquemos las moneditas agazapadas bajo el colchón e invirtamos en la supuesta reactivación de la patria? Desde luego no con esa solidaridad que exigen. Cada día sufrimos una nueva deslocalización industrial que no sólo expulsa abruptamente a miles de trabajadores del limbo sobreviviente, sino que comienza la manufactura de sus productos de consumo allende las fronteras, en muchos casos retornando esos elementos con apariencia de fabricación cercana, instándonos a adquirir y adquirir para que la rueda gire con mayor rapidez y vuelva a alcanzar velocidad de crucero. De este modo, las cuentas no nos salen. El escaparate en el que manejamos nuestra circunstancia vital a diario parece no haberse despintado del todo, pero nos cuesta percatarnos de la imposibilidad que resulta que no se descascare el armazón mientras demandamos aquello que ya no creamos. La balanza de pagos, de este modo, tiene incrustada una piedra de insoportable tonelaje en uno de sus lados, y desde luego no en el de nuestra supervivencia. El capital, desde luego, ni es solidario, ni sacrifica un ápice su rueda productiva para apostar por el sostenimiento de la construcción del Estado Contemporáneo.

El Códice Calixtino es un manuscrito fechado a mediados del siglo XII que se considera una de las primera colecciones de viaje de la que se tiene constancia. No en vano, su contenido recoge una especie de guía para los peregrinos que seguían el camino de Santiago. Probablemente Mariano Rajoy se empeñó en su formal entrega en esta jornada dominical para poder echarle un vistazo previo y aprender el origen de los viajes. Lo que no le explicaron al aventurero gallego es que los tránsitos del capital manejan senderos subterráneos, trayectos que no dejan huella salvo en nuestras marcas de sacrificio.

Tocando la profundidad social abisal

Ahora sí, queridos compañeros de viaje nacional, podemos decirnos, sin temor a realizarnos cortes menos profundos, que nuestra dignidad se está embadurnando en barro de desesperanza, de notable modorra virulenta. Resulta delicioso tomar el descanso dominical como familiar jornada de protestas y movilizaciones honradas, obligatorias; engullir la hostia colectiva y a otra cosa, deber cumplido. Así, se ha consolidado en menos de seis meses una trágica circunvalación semanal que comienza con rueda de prensa ministerial en viernes donde se calla más de lo que se otorga, un puñado de Reales Decretos en BOE de sábado por la mañana con entrelíneas punzantes y, para cerrar el círculo, las consabidas movilizaciones con todo el buen propósito de autocaridad, tan de espíritu social reconfortado pero… a la espera del siguiente machete vengativo.

Lo cierto es que los acribillantes datos macroeconómicos, las estadísticas descendentes en la confianza y las traiciones de los naturales traidores cada siete días son la consecuencia y el resultado de un aparente fracaso, pero a su vez vienen alcanzando el propósito de una rendición inmoderada de la mayoría ciudadana. En menos de seis meses, el Ejecutivo entrante ha alcanzado un nivel tan elevado de mentiras y aparentes contradicciones que, en lugar de haber incendiado las afueras del castillo del tirano gobernador, ha conseguido narcotizar a importantes bolsas de detractores confesos, así como de desapegar por completo el más mínimo asomo de duda de las huestes propias que, aún vigilando desde las torretas a cambio de míseras raciones, continúan fieles; tal vez por el mareo de esa indigestión irregular entre las primeras líneas de batalla, tan radicalmente hermosas en su rabia que consiguen alimentarse con penalizaciones médicas, segregación social y retorno a la gleva servil, que obtiene caridad en lugar de derechos. Algo más atrás, sirviendo la munición a pesar de la ruina energética, quedan las masas avergonzadas, con su papeleta a un lado de los ropajes a modo de servilleta áspera, relacionándose entre ellas como un gremio estigmatizado, ajenos ad eternum al valor de la dignidad que nos confiere poder tomar partido, hacer la elección correcta ó, a humanización pasada, rectificar sabiamente.

Es indudable que los almirantes del rey silenciosamente pasmado, putrefactos en su alianza suicida, están dispuestos a donar cualquier activo nacional por un futuro miserable en el anonimato de la opulencia que prometen los invasores, los semejantes en el negocio de la traición. Resulta incomprensible que alguien con tantas aptitudes de insolencia ambiciosa, de amor por el protagonismo hueco, sea capaz de ocultarse tras las cortinas de Moncloa a las primeras de cambio mientras su Consejo del huérfano coronado reparte amputaciones variopintas por éste o áquel sector mancomunado; de igual manera, se han abierto las puertas traseras de la fortaleza para recibir, con leprosa algarabía, a los defraudadores del reino.

Esos euromaravedíes envenenados que se manejan en los mercados desabastecidos, llenos de trampillas donde comercian aquellos que no queremos ver pero que han tomado las riendas de la casa común, tienen olor a fértil óxido. Unos muy pocos realizan la repartición y, de este modo, regresan las jornadas de óbolo en lugar de la progresividad y la solidaridad, del retroceso dispuesto en aras a evitar todo aquello que suene a clases difusas, a ciudadanos de diferentes categorías. Lo que buscan, con meridiana precisión, es acogotar durante décadas el destino de lo creado, las herramientas en funcionamiento para disponer de lo que no es propio, ese retorno equitativo de lo entregado hacia los canales que hacen fluir salud para todos, educación para todos. De todos. Seamos más o menos pobres, más o menos modestos en nuestra colecta común, lo revertido debe establecer instrumentos fundamentales para hacer patria orgullosa, ciudadanía con mayúsculas. Actualmente, todos los que siempre hemos sabido ésto nos venimos concentrando en la plaza central en esos domingos nublados que anteceden a otra semana de injusticia abandonada, mientras desde las almenas acechan los cañoneros apuntando hacia el interior. Parece que no recordamos que, bajo los ropajes, camuflamos metralletas poderosas, armas de sangre y palabra que han derrumbado murallas mucho más elevadas.

Ligas ricas, ciudadanos pobres

En todo este doloroso proceso de asumir la consciencia del deterioro global como sociedad, hemos ido analizando en diferentes artículos aquellos procesos, al albur de las excusas políticas para tomar las de villadigo por el sendero de villadiego, que han volteado escenarios estratégicos del devenir macroeconómico nacional. Así, no nos hemos cansado de alertar sobre el perverso desguace y bancarización de nuestro sistema de ahorro (de aquí a dos semanas veremos un baile tan desafinado como el mercado de fichajes minutos antes de la medianoche del cierre, de norte a sur, de fusión a absorción especulativa), de igual manera que continuamos el análisis de conductas, casi estados de ánimo, que hacen bambolear estructuras con poca herrumbre para adecuarlas a intereses de lo más variopintos.

Pero, de igual manera que la denuncia nos exige estrenar cotidianamente altavoces poderosos para que la injusticia amplifique su mensaje, en el caso que nos ocupa no es tanto afan de alerta como reflexión de lo que, por atractivo, nos impide ver sus arrugas.

A cuestión planteada en el día de ayer por el grupo parlamentario de Izquierda Unida, el Ejecutivo central se vio en la obligación de reconocer que la deuda acumulada por los clubes de fútbol españoles asciende a la mareante cifra de 752 millones de euros (sin contar con las cantidades adeudadas a la Seguridad Social, que son de aupa). A la velocidad de un extremo izquierdo de relumbrón, las huestes balompédicas procedieron a delimitar la cifra escandalosa, con argumentos tan pacatos como que el mayor porcentaje de ese debe en las arcas públicas (673 millones) se encuentra aplazado mediante acuerdos con los correspondientes deudores. El problema no es temporal, sino de qué manera se ha llegado al engorde insostenible de un modelo de competiciones profesionales a todas luces no sustentable al albur de un proyecto de Estado con los bolsillos agujereados; en la puerta de entrada, cualquier Sociedad Anónima radicada en territorio nacional estaría encandilada con disponer, al menos, de relaciones tan cordiales con el fisco ibérico cara a negociar sus obligaciones tributarias, en cómodos plazos y a generoso descuento y, viendo la luz de salida, todos los contribuyentes deberíamos preguntarnos si esta ruina anunciada desde tiempos de artificial bonanza compensa alegrías domingueras de balompédica sofisticación.

Y es que el asunto no dispone de solventes remiendos en ningún escenario posible. La conformación de las entidades deportivas de las principales disciplinas en cuanto a número de seguidores (fútbol y baloncesto) en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) y su asociacionismo gremial bajo el amparo de Ligas Profesionales (LFP y ACB, respectivamente) se alumbró como la perfecta estructura cara a conseguir la conformación de un escenario rentable en lo deportivo y económico. Las obligaciones derivadas de la mutación de clubes con estatutos de lo más simple, organigramas de compadreo y obligaciones contables a nivel de primero de bachiller transmutaron en la metamorfosis de la que echaron a volar soluciones empresariales con el mejor producto del mercado: piernas, manos y balones; agilidad, rapidez, espectáculo. Seguidores, compradores. Ganancias a espuertas. Las diferentes plataformas televisivas se encargaron de endulzar el falsario espejismo (tautología al canto), comprometiendo cantidades irrecuperables en términos de contraprestaciones publicitarias y permitiendo a los equipos negociar bancariamente adelantos millonarios con los correspondientes contratos a años vista. Ahora, ¿qué tenemos? Unas competiciones poderosas comandadas por clubes que son apisonadoras irreductibles, aquí y en las eliminatorias continentales, y un ramillete de equipos de segunda fila plagados de ilustres apellidos de la escena balompédica y cestista internacional, sobre una sociedad arruinada, que no puede permitirse lujos conscientemente desterrados pero que disfruta del manjar somnífero de fin de semana.

No hace tanto, el obtuso orgullo nacional que trasladaba sus ansias de grandeza a cualquier entelequia que pueda ser atrapada en forma de medalla sospechosamente lograda, se vanagloriaba por disfrutar de ligas secundarias, como la Adecco Oro (Baloncesto), considerada más competitiva que las primeras divisiones  respectivas de potencias como Inglaterra o Alemania. Y tan anchos, sin preguntarse por donde anda la trampa. La implacable realidad nos presenta una Liga Endesa (ACB), en la que, salvo discutibles excepciones, pululan cerca de dos decenas de SAD arruinadas, sin capacidad de generar de ninguna manera recursos que les encaminen al fin que corresponde a cualquier Sociedad Anónima mercantil. Y no ahora, sino desde sus correspondientes constituciones: las de mayor relumbrón (Real Madrid y Regal Barça) sustentan sus poderosas plantillas con los millones derivados de las secciones futbolísticas; los conjuntos de clase media-alta sostienen la columna vertebral de sus respectivos proyectos sobre el músculo de entidades públicas (Gran Canaria 2014) o privadas (Unicaja, Sevilla Baloncesto) que, con su mayoría accionarial, se ven obligados a cerrar el déficit contable curso tras curso; y, los supervivientes, van arrastrando su deriva deportiva con patrocinadores libres o impuestos y recursos atípicos más o menos ocurrentes. Algunos, con ruina permanente (Valladolid) y otros (los menos), con brillantez gestora (Fuenlabrada).

En el césped, tanto de lo mismo, pero sobredimensionado por cantidades que sonrojan tanto como se justifican por los mismos que reproducen su indignación a la menor brizna de despilfarro en otros ámbitos. Ingentes cantidades de tributos se destinan para poner a rodar el balón, bien con la fórmula de insensatos patrocinios o como ayuda de fomento al deporte que, en lugar de pagar las medias de un alevín, acaban en el caucho del deportivo más estrambótico de la primera plantilla. Todos en la ruina, todos con las butacas a rebosar. En definitiva, Ligas de oro para economías desérticas. Insostenible, pero con el respaldo de la dormidera de tantas miles de ruinas que refugian la desesperación en el triunfo de un color colectivo. Lo que ocurre es que ese somnífero puede ser disfrutado, con ardor y compromiso, con banderas y bufandas arraigadas al sentimiento de batalla deportiva, pero ajustado al nivel de la vigésima economía mundial. A lo sumo.

El desguace de finos utilitarios

Vayamos por sencillas partes, por una recta transición de los hechos:

– Campaña electoral, año 2008. El PSOE opta con cierta comodidad en los sondeos ciudadanos a renovar su mayoría al frente del legislativo y, por ende, a formar gobierno en solitario, sea éste con respaldo independiente en las Cámaras (Congreso y Senado), o con acuerdos puntuales junto a determinadas fuerzas políticas que respalden su acción de gobierno sin compromiso de cesión permanente de cotas de poder. En dicha campaña, padecemos la soberbia electoral del candidato a Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que viene en las anteriores semanas realizando actos imprudentes de altanería pública, con afirmaciones acerca del merecimiento nacional de ocupar un espacio en el G-8 o, como mínimo, una butaca preferente en el incipiente foro del G-20. Asimismo, no se rasga las vestiduras al afirmar que España está a punto de caramelo de praliné en el lícito propósito de alcanzar al vecino francés en el santificado índice del PIB. Hasta el alumno más novillero de primer curso de ciencias económicas era conocedor del modelo básicamente especulativo del escenario productivo español, un marco de crecimiento atrapado en su propia riqueza con forma de serpiente chupeteando su venenosa cola. Superado el escollo de renovación en las urnas, aparecen los primeros mensajes de tibia advertencia, de acelerada desaceleración, una suerte (en boca de los responsables públicos) de inevitable resfriado que exije un par de días de cama y a seguir disfrutando del carnaval económico.

– La cosa se pone fea, comienza una evidente restricción en el otorgamiento de préstamos hipotecarios y, por tanto, de creación de empleo en el sector de la construcción y de las promociones inmobiliarias. Se comienza a poner en el punto de mira a las entidades financieras, responsables primeros y últimos a ojos interesadamente desviados de la opinión pública, de un alza ficticio en los precios de la vivienda (como si nuestro modelo económico capitalista no se basara, como premisa fundamental, en el valor relativo de los productos de consumo en función de su demanda, de la posibilidad de llevárselo crudo en el menor tiempo posible y con el esfuerzo más liviano y engorroso que se consiga). El Ejecutivo central y la mayoría de fuerzas políticas representadas en el Congreso, entienden como urgente e indispensable la reforma del sistema de regulación del mercado financiero nacional.

– Pagan justos por pecadores, los enemigos engordados en el estómago propio braman consignas de cambio inmediato, a tiempo parcial, desde el redil ajeno. Se trata a las entidades bancarias y de ahorro por igual en cuanto a las cuotas de responsabilidad derivadas de un mercado primordial en la creación de riqueza nacional. Nadie advierte que el capital en movimiento es producto de un endeudamiento estrangulado dirigido a consciencia desde el aprobador y receptor, cara y cruz de un mismo escenario. Mientras, la gran banca se sienta a la diestra del pater Presidente y le susurra al oído la solución infalible al entramado irrespirable que se viene encima, ése que de repente todos detectan por arte de biribirloque. La respuesta procede, oh casualidad, de los principales acreedores de las grandes formaciones canovistas que se han venido subrogando la responsabilidad gobernante en los últimos treinta años. Consejos, al fin y al cabo, generosos y desinteresados.

– Las cerca de cincuenta Cajas de Ahorros repartidas por la geografía española son señaladas como elementos perturbadores del buen destino del flujo crediticio, filosofía inversora y, puestos al derrumbe reputacional sin retención, responsables últimos de esa debacle de la que ya vienen germinando brotes verdes que se chamuscan de inmediato, expuestos a la irradiación imprudente de gestores sin escrúpulos y despilfarro ineficaz. Nuevamente la casualidad quiere que aquellos que comienzan a utilizar los púlpitos informativos para advertir de una imprescindible reconducción de la realidad de las Cajas sean los mismos que pueblan sus respectivos Consejos de Administración en representación de las plazas en las que éstas se encuentran radicadas, orientando una política inversora basada en el retorno a misero coste de faraónicos proyectos en los que se corta la cinta con la misma tijera que se guarda a la hora de aprobar la operación crediticia de turno. En suma, una clase política que vino reformando la Ley de Cajas para asegurar su presencia en todos aquellos órganos decisorios de las mismas, indicando el destino para desmanes propios y ajenos en la cercanía y que, tras ver la luz de la eficiencia y sobriedad inversora, acusan a su propia silla vacía.

– Aparece la figura SIP (Sistema Institucional de Protección), una abstracción llamada a asegurar la viabilidad financiera de las Cajas de Ahorros, alentando la búsqueda de sinergías de negocio entre ellas y centrada en aquellas que no cumplen determinados requisitos en cuanto a sus ratios de eficiencia, volumen de negocio, riesgo de deuda, etc. Una estrambótica invención que persigue, inicialmente, la creación por parte de uniones de Cajas de un nuevo ente, en forma de institución con apariencia bancaria, llamado a liderar el negocio de cada fundador con una política única en sus territorios de origen, con creación de marca común que conviva con las restantes y evitando, en todo caso, el solapamiento de la red comercial de los integrantes así como potenciando, en definitiva, su eficiencia futura. ¿Eficiencia y mejora en los costes creando una nueva organización sin desmantelar las originarias? Parece descabellado, pero el Banco de España manda y muchas entidades de ahorro comienzan a obedecer.

– A mediados del año 2010 comienzan a darse los primeros movimientos, todos ellos de lo más variopinto: Cajas de Ahorros de mediano tamaño, con solvencia suficiente y moderación en su política de riesgos y salarios (Banca Cívica, hasta la obligatoria adopción de CajaSol), liderazgo de entidades de cierto volumen a las que se agregan satélites financieros en busca de cobijo (Bankia), descabellados proyectos con radicación exclusiva en una Comunidad Autónoma (NovaCaixaGalicia), integraciones minúsculas con el objetivo de cumplir el expediente (Unnim, Caja 3, etc.). Todo tipo de formas de entender la nueva normativa, de orientar un incierto futuro en busca de respuestas en el pozo de la desconcertante fortuna.

– Rectificación brusca: eso de un banco-faro-guía sobre el destino uniforme de matrimonios cajeros de conveniencia se torna en la obligatoriedad de segregación del total de activos, plantilla y negocio a la entidad matriz, salvo aquel adscrito a las respectivas obras benéfico-sociales. Toma del frasco, carrasco, en nombre de la santificada pero hasta ahora inadvertida consecución de la eficiencia. De un día para otro, se escrituran propiedades en nombre de las nuevas S.A., se novan contratos laborales, se redimensionan las políticas gestoras y de negocio, etc; pero, de mejora en la actividad puramente financiera, de sinergias favorables en la eficacia del método, nada de nada. Lo que sí se alumbra en partos fulgurantes es el nacimiento de una nueva clase de banqueros provenientes de las estructuras de aquellas entidades cesionarias, prestos a otorgarse sueldos astronómicos y situarse en un plano elitista en lo profesional, alejados de la noche a la mañana de sus otrora compañeros de fatigas. De igual manera, se ralentiza abordar las imprescindibles armonizaciones colectivas en cuanto a política de salarios, horarios, beneficios sociales, etc., de las respectivas plantillas.

– Muchas de las aventuras integradoras entre Cajas de Ahorros, en ningún caso voluntarias ni de manos desatadas, comienzan a desbarrancar por el desfiladero de condiciones más y más exigentes por parte del Banco de España y el Ministerio de Economía. Se advierte de la inviabilidad de aquellas uniones que no cuenten con un volumen de negocio cercano a los 150.000 millones de euros y se empiezan a colocar los acelerados plazos para enfrentar una nueva ronda de amores de pago, de roce sin cariño. Salvo excepciones muy localizadas (KutxaBank, tal vez Bankia, Ibercaja con algún amiguete de menor estatura, etc.), el resto de SIP alertan su radar de supervivencia en busca de salvación… en la cúpula. Esa camada de incipientes banqueros de amplísima nómina pero costumbres viciadas se reúnen y no se dejan de reunir en busca de un socio con el que seguir manteniendo el sillón caliente y el chófer en la puerta. La lentitud es el signo distintivo de estas rondas sin victoria a los puntos. En el comienzo del año en curso, el nuevo ministro de economía, Luis de Guindos, acelera los plazos para que esos contactos fructifiquen, so pena de excomunión financiera. A todas éstas, se van definiendo las subastas de aquellas entidades de ahorro podridas por dentro, impunes por fuera. El sector bancario comienza su devorador propósito inicial, adjudicándose la bicoca del animal herido (marca, clientes, patrimonio, etc) por cantidades tan astronómicas como un euro (Banco Sabadell-CAM). Porque, claro, los 3.000 millones necesarios para cicatrizar su necrosada herida provienen de las plaquetas tributarias, la de los impuestos públicos y, así, servida limpia y sin escamas, la gran banca se va quedando con entidades que bien podrían fusionarse y, tras ese reflote con capital de todos, inaugurar una nueva y solidaria banca pública, en compromiso innegociable de no rivalizar con la actividad de intermediación financiera del la banca privada, pero desarrollando esa gestión poco rentable pero fundamental para la necesidad de ver fluir crédito a la economía más débil (familias, pymes, etc.), además de gestionar de manera directa los más de 45.000 millones del Instituto de Crédito Oficial (Préstamos ICO), y no depender de su sospechosa utilización por parte de la gestión indirecta que realizan las entidades bancarias en forma de loteros que conocen el premio de antemano.

– Hoy, día uno de la nueva crisis que vendrá mañana hasta la hecatombe de pasado, el desguace del sector de Cajas de Ahorros es un hecho. Entidades nacidas del cooperativismo y solidaridad local, sin ánimo de lucro y sin dueños, han sido puestas miserablemente en el mercado privado, otorgándoles su valor el ondulante precio de una acción cotizada en lugar de un objetivo balance o una reinversión de sus beneficios en la plaza respectiva por medio de su acción social, cultural, medioambiental o de promoción deportiva. De su ganado, cuando proceda, prestigio. Se mutila así, de paso, la creación de riqueza indirecta en base a la pérdida de centenas de millones de euros que ahora pasan a engrosar, en el mejor de los casos, departamentos de marketing y publicidad comercial y sesgada.

– Estos amaneceres del mes de marzo del fatídico año 2012 se han convertido en la línea de salida acelerada de la previsible conclusión de ese proceso de bancarización absoluta del sistema financiero español. Muchas de las entidades en guiada búsqueda de supervivencia difusa disfrutan de los miles de millones entregados por el FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) sin aparentar inversiones de mejora concreta en su fortaleza inmediata. Por el contrario, e ignorando supinamente el nuevo convenio regulador de Cajas, que explicita la asunción de medidas de reordenación en ningún caso traumáticas en el empleo, comienzan a plantear, reforma laboral bajo el brazo, despidos inmediatos, cierre de sucursales, congelación salarial, desaparición de beneficios sociales, etc. ¿Con qué propósito si tienen un incierto futuro a semanas vista? Ni más ni menos que para dejar limpito el patio delantero con el objeto de que pasen y entren los dueños de todo esto; la gran banca afila los cuchillos para hincar el diente a bajo coste a aquellos rivales a los que, en muchas provincias, nunca pudieron tumbar en buena lid, en el terreno de la prestación de servicios financieros y atención al cliente. Hoy son todos suyos, están a la venta. Y barato oiga, que el desguace ha terminado.

Crónica de un adelanto anunciado

Qué poca emoción transmite una noticia del calibre que se supone a un adelanto electoral nacional cuando éste es un secreto a voces desde hace meses. Aunque el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha negado en redondo a confirmar siquiera el planteamiento de este extremo desde los recientes comicios locales y autonómicos, lo cierto es que el PSOE era consciente hace muchas jornadas que el Campeonato se le estaba escapando del terreno arenoso en que zigzaguea la política. El anuncio que ha trasladado el Jefe del Ejecutivo esta mañana trae perdida la principal baza que se le supone: el efecto sorpresa para desarbolar al contrario y recortar terreno en la carrera de obstáculos que le espera a un especialista en velocidad lisa como es Alfredo P. Rubalcaba. No es que el adelanto se sospechara, es que la fecha definitiva de celebración de los comicios al Congreso de Los Diputados y al Senado (20 de noviembre) se especulaba firmemente días atrás en los principales medios de comunicación. De este modo, el Partido Popular ha tenido tiempo para aprovecharse del tirón del contricante y, sin excesivo esfuerzo, mantener su todavía holgada ventaja en carrera.

Establecer la fecha definitiva de las próximas elecciones generales el  próximo 20 de noviembre, fecha de infausto tufo dictatorial aunque pueda también verse como el día 1 del cambio que nos ha traído hasta aquí, suena a riesgo calculado: Si bien la sensación espontánea que nos aparece sustenta un margen apurado para confiar en un volteo radical de lo que a día de hoy exponen las encuestas sobre intención de voto, no hay que desdeñar el escenario soportable que vive actualmente la formación de Ferraz, con un candidato disfrutando de su efecto novedad (qué mal estamos si un sujeto que ha mantenido importantes y longevas responsabilidades de gobierno se presenta como alternativa innovadora, extremo extrapolable a ambos líderes en la terna a máximo responsable político del Estado), unas previsiones de descenso del paro propias de la temporada estival y, sobre todo, un margen temporal exacto para eludir el previsible enmarañamiento de las redes de pesca de esos mercados hambrientos y crueles que tanto pavor producen a los gobiernos cobardes.

Efectivamente, sostener la legislatura hasta su efectivo cumplimiento supone arriesgar el encontronazo de bruces con una valla solitaria en medio de la carrera, una de ésas en forma de intervención especulativa, crecimiento abrupto de la tasa de desempleo tras la orgía navideña y vuelta al resacón de los días de currículums y negativas ó, aún peor, desgaste apresurado del antifaz que cubre el rostro de la vieja era. Agosto es un mes muerto en el sentido de las ideas; éstas se reblandecen y encallan al sol que, cada día más, calienta y tuesta. Por lo tanto, 30 días ya se han consumido para gestionar las energías disponibles. En unos escasos dos meses y medio, Rubalcaba debe aniquilar el descontesto global que ha generado la sobreexposición de las radiaciones capitalistas sobre nuestras indefensas pieles e irradiar aptitudes que se le suponen, se le conocen, pero también se le temen. Por su parte, Mariano Rajoy no tiene más remedio que aprender a convivir nuevamente con el patíbulo de las apariciones públicas, incapacitado como estará para escapar a la francesa de filias, fobias, corruptelas y falta de respuesta a un futuro que, aunque se le antoja suyo, es tan abstracto como la incomprensión que siempre le ha corroído desde el escalafón de eterno perdedor.

Y a todas estas, ¿cual es el plazo que manejamos todos aquellos que venimos abogando por cambios estructurales en la composición política y espiritual de nuestras instituciones? Pues más bien poco, ya que todas aquellas proposiciones que se vienen perfilando desde los pasados comicios locales y autonómicos no tendrán reflejo en novedades, por insignificantes que éstas fueran, dentro del nuevo circo electoral que se lanza sobre nuestra responsabilidad cívica. No obstante, a pesar de volver a padecer una injusta normativa de reparto electoral, el 20-N (cómo espeluzna escribir esa fecha para tratar un asunto relacionado con la dignidad democrática) no debemos olvidar que hay variadas papeletas en la mesa electoral; en ellas se encierra la diversidad de nuestras exigencias, de los heterogéneos reclamos. Ante la desidia y la resignación, nada mejor que emplear un tiempo extra de este tiempo que no nos sobra con el objeto de madurar nuestra elección en una onomástica que, en lugar de retrotraernos a la mullida desaparición de un ogro infame, puede ser recordada como el primer día de una nueva democracia.