Redes de lamento

Un domingo de verano a la hora del brunch, cual jubilado despreocupado después de la científica misa, Eduardo Punset no invierte sus horas vespertinas en analizar las nuevas publicaciones de Science, o analizar en su calurosa biblioteca, atestada de manuales copernicanos, fundamentos que proponer a su amantísima audiencia televisiva; mucho menos desperdicia esos ratos ociosos de la jornada dominical en disfrutar, a hurtadillas, de un encuentro balompédico tan ajeno a su categoría de divulgador cercano pero profundamente intelectual. En absoluto. Mr Punset toca furtivamente un timbre comunitario tras el que residen tres sanas féminas dispuestas a ingerir sin mirar atrás una opípara ensalada de verde con verde. Una de ellas, al abrir el portalón, se sorprende melósamente ante la carismática presencia del docto transmitente catódico y, con un corte cinematográfico abrupto, éste aparece (no se sabe si colándose cual vendedor de enciclopedias risueño) frente a la muchacha y sus sofisticadas compañeras de banquete.

Don Eduardo viene, como los niños buenos y sanos, con un pan debajo del brazo. La aperturadora del templo de la salud ya ha sido convencida por el tierno visitante, pues aparece también ya como legítima poseedora de tan jugoso presente pero cuidado, ante la alarma celulítica de las mozas, que huyen de la miga como de la peste, Punset las tranquiliza, sabedor como es de las tentaciones de la masa, reconfortándolas ante el hecho de que las rebanadas que contiene su tentador paquete son sanas, sanísimas, porque son “natural 100%. Eso mismo defiende el compañero que te facilita las primeras golosinas en la esquina del colegio.

Cómodamente instalado en la mesa, con esa sonrisa perenne de la que desconfías pero de la que, a su vez, no puedes resistirte, maneja la situación a dentadura batiente. Si una de las muchachas sostiene que las rebanadas “son jugosísimas”, el afable divulgador calla, ergo otorga. Pero cuando otra de las comensales inquiere a Don Eduardo sobre la dureza inmediata de esas pecaminosas rebanadas, todo se vuelve científico y complejo. Molares, premolares, caninos y demás piezas blanquísimas en ristre, Punset prepara, tras otro implacable corte de escena, un planteamiento de rigurosidad científica sin paliativos: a un lado, tubos de ensayo y recipientes de múltiples colores; del otro, ingredientes naturales y cercanos, caseros como nuestra abuela haciendo torrijas. Desaparición inmediata de los potingues cochambrosos, ésos que ahora deben ser alimentariamente perversos pero que, hasta este anuncio, se entiende que eran la piedra angular de nuestros sandwich, mientras resalta la harina y sus amiguitos a la vez que el meloso intruso anuncia, cual tablas del Sinaí: “es por el doble horneado”. Aleluya. Qué gran descubrimiento, que apéndice divulgativo del fantástico espacio televisivo protagonizado por el ex diputado centrista. No hay mejor manera para celebrar tan universal acontecimiento divulgativo que brindar, saludablemente, con unos líquidos ligeramente amarillentos con hierbahuena, que tanto pueden consistir en agua limonada, orina perfumada de ser humano a régimen perpetuo, o margaritas a tope (qué mejor publicidad que la encubierta por un enemigo gastronómico).

Tras la algarabía de salud, buenrollismo gastronómico y surrealismo de guión interconectado a esparadrapo limpio, la síntesis publicitaria nos cuenta su milonga comercial manteniendo el busto de boca abierta y brillantísima de tan docto protagonista. Todo muy molón, muy de reconducción de marca hacia los nuevos tiempos de la vida sana aunque te vendan azucar en kilográmos, salvo por un detalle tan revelador que desalienta ese deseo irrefrenable de abalanzarse frente a tu panadero de confianza e inquirirle: “¿esa baguette tendrá doble horneado, verdad?. Cerrando la toma cual desenlace redondo se aprecia, si subimos un poquito el volumen del televisor, el lamento entre dientes de aquel que sabe que estuvo surcando el anonimato tras su discreta carrera política, alcanzó la cima de la dignidad en la cadena de los respetados, se tropezó cual transeunte despistado con una consola en las manos, y es consciente que se cae de bruces con este allanamiento de morada tan, tan, aaayyyy, tan natural.