Suspenso antes del examen

suspenso1Septiembre no deja de ser antesala mohosa del comienzo real del curso. En esos últimos días, coincidentes con un alumbramiento otoñal que ya no deja hojas pero se empeña en recrear luminosas desbandadas de microondas temperaturas, rabiosas en la algarabía de las estaciones en exilio, no hay libros que desempolvar, mucho menos que forrar para lucirlos, lustrosos, ante camaradas en solfa, prestos de igual manera a hacer lo propio, esto es, germinar la envidia colectiva, de multilanzadera, para desencontrarnos en la sonrisa, en la algarabía de comenzar la época repetida que, no por ello, resulta menos florida. En este caso no; siquiera necesitamos acercarnos a los pupitres, mucho menos ver reposar su material lustroso, en lontananza nuestra desidia, a quienes realmente se examinan a nuestra costa. Estamos suspensos, exiliados, erradicados, abandonados, desterrados y ampliamente mutilados, sin respetar la terminación de huesos y extensiones arteriales o venosas a la hora de amputar cualquier conexión con la vida social, colectiva. Ampliamente deficiente es nuestra valoración individual y colectiva, sin paliativos, sin necesidad de reclamar segundas opiniones, reclamaciones docentes superiores. Antes de desenvainar escuadra y cartabón, anhelos sociales con vitolas de probo ciudadano, poco nos falta para que los barrotes hagan recorrer, con la velocidad del sonido metálico insondable, la antesala del destierro ciudadano.

suspenso2Lo sabemos, estamos conformados de esa pasta muy alejada del adecuado dente conciudadano. De esa manera nos pueden golpear, siquiera a razón de debate proyectivo en lo legislativo, sino a base de mamporro abusón realdecretivo, con silenciosos 10% de hachazo al Pacto de Toledo en forma de cobro a golpe de cama cancerígena, vuelo ultrasónico de becas que trashuman sin ánimo de regresar en la siguiente temporada a visitar el esfuerzo académico juvenil, y así un largo etcétera de extensas puñaladas frente no sólo a sus enemigos de clase sino también a aquellos inocentes cautivos de la fe en que el rico maneja con mayor sabiduría la estrechez que aquél que, siendo de su clase, exhuma desconfianza por alargar del terruño alguna extremidad para invertirla en calamidades de todas las bandas. Y, así, es oir el timbre ruidoso, estridente, que anuncia el fin del recreo, y las ganas de huir son todas unas. Y tantas. Y huimos. Y no hay verja. Y no puede haberla.

Son minoría

Ministros2Los miembros del actual Gobierno, cuando se ven enredados en algo tan trágico como una intervención ante la prensa o declaraciones públicas no controladas por guiones asesorados, suelen recordarnos que cuentan con el beneplácito de una amplia mayoría y que los tres años que les restan para crujirnos a sacrificios imprescindibles nos van a saber a poco. Se aferran a ese supuesto poder omnímodo que le ha otorgado el relativismo electoral, entendida su capacidad como una pregunta de lista cerrada con carácter cuatrienal, aún bajo la trampa de programas de gobierno que no valen ni como contrato social de baja estirpe. Y todo eso con una mayoría que no es tal, apenas un 30% escaso de nacionales con derecho a voto entregaron ese bastón demasiado largo de mando, que Rajoy y los suyos vienen utilizando como una varita mágica inversa, cargada con antipoderes frente a la ciudadanía. En realidad, por tanto, son una minoría que se ha enrocado en su palacio de silencio y mentira, una minoría cada día más profunda a medida que reciben la desafección de un porcentaje nada desdeñable de su electorado. Y lo son no solamente por ese abandono gradual que vienen recibiendo sus acciones políticas y sus omisiones, fundamentalmente en la lucha contra la degradación interna.

Son minoría desde el momento en que se declaran ajenos al cambio inevitable en las estructuras, toma de decisiones y demandas cívicas que se sucede a su alrededor. Pretenden gobernar como una mera delegación de imperativos de otras latitudes, creyéndose a salvo de la falibilidad humana. A medida que los resultados no aparecen, se dilatan los plazos, como una huida hacia adelante plena de fe, a sabiendas de que los resultados sí que llegan, pero en Berlín y alrededores.

Son minoría entendiendo la corrupción desde el silencio, desde la no existencia de lo evidente, malgastando su energía en levantar murallas de papel sobre los vertederos en continuo crecimiento en lugar de ejercer esa energía en regenerar el entorno, en darle vida a lo que se les viene pudriendo sin que sean capaces de percibirlo al evitar la acera, el discurso sin cámaras ni campaña.

Son minoría unos ministros demasiado ansiosos por ejercer, en jornada dominical, el innoble arte de la opinión no solicitada acerca de cuestiones que no incumben a sus respectivas carteras. Si al titular de interior los matrimonios entre personas del mismo sexo no le parecen fértiles y provechosos, o si a la del ramo del empleo le fascina entregar sus designios y los nuestros a las vírgenes inertes de cera y madera, lo único que se nos transmite es un escalofrio de vasos comunicantes, ya que esas apreciaciones sin venir a cuento parecen recordar a los compañeros de Consejo como deben decretar, en qué sentido. Y esa es otra.

Son minoría, precisamente, por como gestionan miserablemente su mayoría efectiva. Casi una treintena de decretos-ley en un escaso año de mandato, sin necesidad ni urgencia justificable, explica a las claras el nulo interés por impulsar el higiénico debate parlamentario, inmune a cualquier agresión a sus normativas pretensiones pero de lo más edificador al escuchar y poder ser escuchado. Si es que se tiene el más mínimo interés para desarrollar la vida parlamentaria sin heridas.

Ministros1Son minoría porque han temido de tal manera su capacidad para enfrentar el caluroso momento que nos golpea que la defensa ha sido entregada a un vendedor de las mismas, la economía a quien les han ordenado desde el mercado al que rinden pleitesia, y la cultura…. la cultura…. tenemos ministro de cultura?

Son minoría porque su supervivencia está a expensas de una lengua suelta, de informaciones que insisten inexistentes pero que buscan hurtando ordenadores, realizando pruebas caligráficas y demandando a siniestro y tenebroso, pero nunca al centro de la diana. Su poder, se presume, ha crecido a base de una fidelidad electoral siempre ganada en sencillas oposiciones, pero poco a poco vamos conociendo donde se ha gestado realmente esa energía que viene de empresas que pagan e inversiones que permiten ejercer como grandes padrinos políticos.

Son minoría, y lo saben. El fracaso les ha llegado desde el momento que esperan soluciones con la alianza del tiempo como única apuesta, mientras utilizan el tiempo que les queda a toda pastilla, recortando lo colectivo para seguir nutriendo a los que abonan las futuras listas opacas. Seguro, no obstante, han aprendido alguna lección. los pagos siguientes los registrarán en excel, a salvo de pruebas periciales.

Wertguenza de ser ciudadano de la marca España

José Ignacio Wert, el miembro del Consejo de Ministros que ostenta el particular farolillo rojo de valoración entre la ciudadanía, no deja de haber sustentado su negativo logro en una amalgama torpe de chascarrillos inoportunos, meteduras de pata hasta propias de la novatada ministerial pero, fundamentalmente, en el proceso traslativo mal ejecutado que va de contertulio opinadetodo a responsable de tres carteras plagadas de asuntos candentes, informativamente en portada perpetua. Es significativo su nombramiento, alejado de cualquier quiniela más o menos arriesgada, ya que su aparente alejamiento de la primera línea política se fechaba a finales de 1987, cuando renunció a su acta de diputado por PDP, una minúscula formación de derechas que hacía de útil rémora en coalición con Alianza Popular. A partir de ahí, su devenir ha transcurrido fundamentalmente en ese limbo profesional que se califica como “sector privado”, pero que suele enlazar responsabilidades de tipo asesor en estrecha relación con cúpulas directivas afines al poder público, en este caso el que emana a la derecha de las corporativas imágenes. Tan cerca y tan de derechas como haber desarrollado la responsabilidad de adjunto al Presidente de BBVA, Francisco González.

José Ignacio Wert, un hombre sin piedad (Foto:Claudio Álvarez)

De esa faceta sustentada en la discreción, tanto desde un silencioso escaño llegado de provincias norteñas como en la segunda fila de la gestión privada, el ahora Ministro de Educación, Cultura y Deportes mutó sorpresivamente hasta desarrollar un personaje entre graciosete y ácido que comenzó a ganarse la vida, o a perderla, de plató en radio, de medio en cuarto, como contertulio profesional de cualquier materia que le pusieran a bien en el plato. Que el ánimo titiritero le viniera punzando desde la mocedad o que fuera producto de algún abandono en la cuneta de los favoritismos no está muy claro desde el gallinero analítico de éstas y tantas historias de bandazos mecánicos, pero que tenía madera de polemista insurrecto, no cabe ninguna duda.

A su llegada a la triple corona ministerial se produjeron reacciones desde todos los ámbitos y desde todas las casas, si bien el mensaje más repetido descansaba en una mescolanza entre simpatía lejana y confianza con el rabo del ojo a medio abrir. Un tío majete, decían muchos, acostumbrados a sus comentarios en aspectos que no resaltan posicionamientos de materia sensible: gustos musicales, cinematográficos, gastronómicos… no son anzuelo para pescar sustento del bueno, ideología o propósitos en caso de darle el timón al marinero errante.

En un trimestre, José Ignacio Wert no debe ganar para zapatero, porque ha metido la pierna en fango hasta las rodillas, y así un día tras otro; algunas veces, a propósito y con preparada sarna, como la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía utilizando como argumentos laterales mentiras tan despreciables como el equívoco de confundir manuales obligatorios con libros de ensayo, en lugar de cumplir con el santo mandato de la órden liberal y modificar el plan educativo sin berenjenales justificativos. Total, vamos a reforma por legislatura, a destrozo por rotura y, ésta, por mutilación. Pero no, el tertuliano no puede evitar emerger en momentos de disputa de hemiciclo y, en la confusión de un plató por el recinto donde descansa la Soberanía Popular, es capaz de utilizar argumentos a sabiendas de su improcedencia, con el único ánimo contractual de cumplir su papel de discutidor, de llevar la contraria valga lo que valga.

De ahí hasta hoy ha venido cayendo en impertinencias con sonrisa, patriotismo de taberna (generalizar la nación francesa con el mensaje humorístico de un programa televisivo sólo está al alcance de un cazurro con posibles), inhábil manejo de las redes sociales así como demostración suicida del nulo dominio del vocabulario y los correspondientes significados (glorioso por sorprendente la afirmación, primero, acerca de que la victoria en las elecciones generales del PP había sido “no por mayoría absoluta, sino universal; y, finalmente, tras la difusión de la incultez ministerial por parte de Ignacio Escolar en Twitter, responder con mayor brutalismo dialéctico haciendo la siguiente afirmación: en el texto se explica que “universal” quiere decir en casi todas las circunscripciones ¿Acaso no es cierto? Ya le respondemos nosotros, comisionista de la cultura: NO) y un arte exclusivo para meterse hasta en fregados de edificios que le vienen a desmano (los manifestantes apaleados en Valencia ahora son delincuentes, ahora no, ahora de nuevo sí y, además, extremistas conocidos…).

Todo ésto y, visto su comienzo de campeonato ministerial, lo que vendrá con certeza en las próximas jornadas, le hacen ser firme candidato a mantener esa posición privilegiada de Ministro más denostado por la ciudadanía, liderato conseguido a pesar del ambicioso arreón de sus perseguidores para alcanzarle, con reformas laborales esclavistas, subida de tributos, recortes por doquier, etc. Pero Wert no flaquea. Todo este incompetente proceder puede producir estupefacción, indiferencia, desasosiego y hasta resignada tristeza, pero nada más allá de lo esperado por un responsable del ramo en la hora que toca gobernar a la amplia derecha (la labor de Esperanza Aguirre puso el listón demasiado alto). Hasta hoy.

Las afirmaciones del ministro, en una entrevista (cómo le gustan, cuanto tiempo tiene para mantener su reverso de tertuliano incontenible) concedida a la cadena COPE, resultan repugnantes e ideológicamente viscerales. Wert ha afirmado rotundamente que las corridas de toros merecen especial protección por comprender un elemento fundamental de la marca España y que, por tanto, el Ejecutivo busca fórmulas para resaltar su aspecto cultural. Por lo tanto, para este individuo de eterna sonrisa roedora, la tortura y linchamiento de un hervíboro mareado hasta su insensible ejecución sumaria es, per se, una característica esencial de nuestra representación nacional, un elemento del que emana la sustancia que queremos trasladar al resto del planeta como consustancial a nuestra forma de ser y proceder. Y lo afirma el mismo que defiende un sistema de becas basado en la excelencia sobre la renta del alumno, en sus calificaciones independientemente del nivel de ingresos familiares del potencial receptor. En cambio, que las sangrientas palizas taurinas apenas atraigan público a las plazas no es óbice para extraer la conclusión de que cada día despiertan menor interés entre la población patria, que no hay resultados académicos que respalden la potenciación de su actividad. Sangre por sangre, España cañí para un ruedo desierto. Para sostener el negocio miserable que cultiva violencia injusta y desproporcionada a un animal indefenso y cautivo, que traslada a las nuevas generaciones valores ajenos al respeto por el entorno y por los propios semejantes, que verte sangre rendida para alzar a un héroe cobarde y aventajado, para toda esta inmundicia social, el ya sin paliativos miserable José Ignacio Wert sí tiene capital, carece de dudas, ahonda en su pigmentación de camaleónico provocador y, por desgracia, nos recuerda de la manera más eficaz posible que el empobrecimiento de España no se ciñe exclusivamente, ni mucho menos, a su realidad económica y financiera.

Potente dosis de humanidad frente al brutal concepto de cultura

¿Hace falta añadir palabras, proclamas o manifiestos a esta contundente realidad? Para cualquier ser humano que se encuentre a la altura civilizatoria que marca nuestro desarrollo genético y el óptimo aprovechamiento de los avances en materia de sensibilidad, humanidad y relación con el entorno, probablemente no. Pero tal vez cínicos representantes públicos de los Estados español y francés debieran ser obligados a una potente dosis diaria de imágenes de esta naturaleza, tan reales y cotidianas como la crueldad que muchos individuos ejercen sobre variopintas especies por pura y ominosa diversión.

El civilizado país galo procedió el pasado 22 de abril 2011, por medio de su Ministerio de Cultura, a inscribir las corridas de toros como patrimonio cultural inmaterial de Francia. No es, por tanto, exclusiva de nuestra ibérica patria la obcecación por blindar la celebración cotidiana de torturas gratuitas a especies bovinas calificadas, de manera torticera e interesada, como bravas o salvajes. Nuestros vecinos suprapirenáicos también mantienen bajo el confuso manto de la administración estatal encargada de la promoción y protección de actividades culturales esta práctica cavernícola, propia de conductas salvajes de otros tiempos, de otras cuevas. Intereses para ello los encontramos a destajo, pero ninguno de los mismos responde a los fundamentos encuadernados en la tarea de un ministerio de esta naturaleza.

Esperanza Aguirre es, sin duda, una ejemplar muestra de esos ciudadanos que, si visionaran imágenes como las adjuntas, no sentirían excesiva piedad u optarían por replantearse sus estancadas concepciones acerca del significado de tradición, cultura, historia o idiosincrasia. Hace unos días, como enardecida pregonera de la Feria Taurina de Málaga (?), asoció impunemente antitaurinismo con antiespañolismo, enraizando su amor confeso por la matanza en la arena con el concepto pasado, presente y futuro como nación. De nada importan los avances humanos y tecnológicos, el destierro de prácticas, políticas y estructuras que no tienen cabida en la evolución social; el español de bien ama y respeta la tortura animal como ejemplo de culturalidad profunda. Seguramente esa sensibilidad la desarrolla a diario mientras paladea unos versos de su amada poetisa portuguesa Sara Mago, a la que tanto leía según confirmó en épocas en que un reconocido novelista radicado en Lanzarote, de nombre misteriosamente similar, se alzaba con el Premio Nobel de Literatura, coincidiendo en el tiempo con su responsabilidad al frente del Ministerio de Cultura.

Habiendo vuelto en estos días la gestión de esta barbarie cotidiana en infectos círculos arenosos de norte a sur del país a manos de dicho ministerio, no queda más que recomendar a sus máximos responsables, aquí y en Francia, en Colombia o México, que visualicen una sóla vez imágenes como las que compartimos aquí y recapitulen qué concepto protege la más alta instancia gubernamental en materia cultural.