Gruñe, que nada queda

Lechones1Cree la bestia que su conciencia para hacer padecer dolor, en realidad, no es más que otro síntoma de una supuesta superioridad, de procedencia divina o biológica que, en este caso, en absoluto importa. La única particularidad estriba, al menos en las sociedades que se visten de etiqueta frente a la formalidad de los actos decorosos, en que unos pocos realizan, previo pago, la labor engorrosa de ocultar los escenarios menos digestivos para la aséptica mayoría. En el caso de la alimentación omnívora como proceso industrializado de matanza, esta actividad recae en unos trabajadores que afrontan este menester con el mismo grado de mecanización matarife con que un empleado de planta de automoción encaja espejos retrovisores. La demanda impone su ley.

Hoy hemos conocido que la Guardia Civil investiga a dos jóvenes de 19 y 22 años, trabajadores de una explotación porcina en Huércal-Overa (Almería), que se dedicaron a masacrar a más de 70 lechones, asesinándolos al saltar sobre ellos hasta triturar sus estructuras óseas, aplastándolos para ocasionarles un padecimiento tremebundo. No satisfechos con una salvajada de tamaña repugnancia, la matanza fue grabada para divertimento de los responsables y sus morbosas amistades.

Es una falacia de quilates continuar sosteniendo una industria cárnica propia de campos de concentración masivos para mamíferos superiores bajo el argumento de nuestra supuesta necesidad fisiológica de consumir músculos y tendones. En todo caso, y desde luego, nuestro sistema digestivo de naturaleza omnívora no requiere, ni recomienda, las cantidades que ingerimos por habitante y año, contraproducente pero muy suculento para el gran negocio de la muerte. Asimismo, no hay análisis riguroso y honrado que no establezca la inteligencia emocional de nuestros congéneres vivíparos y lactantes, capaces de mantener relaciones afectivas y vínculos de carácter familiar. Sufrientes y conscientes de su tormento a la hora de enfilar el matadero. Pero nos da igual, porque no lo vemos; o sí, envasado tras la mano de chapa y pintura al objeto de adornar como atractivo tiras musculares tan similares a las nuestras como el dolor, la alegría, y el pavor que padecen a diario millones de seres vivos ante la pistola aturdidora y el filo de su degüello.

En todo caso, no seamos del todo hipócritas. Los ejecutores de la atrocidad que hoy denunciamos desde esta sección han realizado este acto vómito-bestial copiando lo que a miles de comensales les parece entretenidísimo, tradicional, expresión de la cultura más arraigada, como es paladear el cochinillo entero en su plato, tras haber triturado su columna con un plato. Muerto previamente, asado en su jugo sanguinolento, pero bien visible su estructura infantil, su ternura violentada. Esa cría, destetada a los pocos días de nacer de una madre cuyo único destino es engendrar para ser separada permanentemente de sus retoños, y sacrificada por puro placer gustativo, resulta igualmente aberrante para una especie que se autocomplace desde una despistada superioridad intelectual, como si la casualidad antropomórfica que le permite poner ladrillo sobre bomba, destrucción sobre lo creado, irradiara patente de corso para la atrocidad de esta sinrazón alimentaria. Un caso como la masacre de estos indefensos lechones pone la lupa sobre ese reverso visceral en donde preparan las bandejas impolutas, aptas para carnívoros con principios. Pero tras esas paredes, siempre, suenan los gruñidos, pero nada queda. Nada llega.

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Se profundiza el holocausto rociero

Poco ha cambiado en los bestiales procedimientos de muchos participantes en El Rocío andaluz año tras año, pero sí en el aumento de las inocentes víctimas de su supuesta fe. Tras finalizar la presente año, otros 23 inocentes caballos han dejado su vida en el camino, víctimas del agotamiento, la deshidratación y el trato brutalista que reciben por aquellos que comercian con su sufrimiento en busca de un impío divertimento, consistente en ir en busca de una adorada talla para que arrope sus pecados, mientras transitan en salvaje acomodo sobre los lomos equinos que, a cambio, reciben látigo en lugar de abrigo. Algunos creyentes, por tanto, los tratan como a impúdicos fariseos en lugar de con la cristiana solidaridad que parecen no arrastrar en su viaje, tal vez pensando que, al saltar las vallas como posesos, obtendrán la redención de todos los ominosos pecados que han cometido desde la edición anterior. Aunque, en realidad, tal vez no estemos sino frente a la humanidad menos cercana al concepto, tal y como podemos apreciar en el siguiente video:

Visto estos 23 cadáveres, abandonados en ocasiones en sus últimos estertores tras la tortura de días de camino sin apenas descanso ni alimento, exhaustos, no podemos sino relacionar la crudeza de esa ausencia de civilización que marca, como tantas otras tradiciones nefastas, el ADN del Estado español, con las sonrisas bobaliconas de la ministra de empleo (ejem), Fátima Báñez, invocando al trozo de cera, madera y abalorios como solucionador de todas aquellas desgracias a las que nos han conducido, precisamente y en muchos casos, reconocidos nacional-catolicistas que sólo cuelgan su capa delincuente cuando atraviesan las puertas de sus templos para recibir la redención de sus penales pecados, en muchos casos por medio de otros colaboradores y cooperadores necesarios en el innoble arte de destruir el Estado social, la redistribución justa de las rentas y, en este caso, tratar al resto de seres vivos con ese desprecio tan desgraciadamente habitual en nuestro entorno. La piedad y la caridad es lo que adoran, para que sus beatas columnas mantengan el control de los recursos y, a su vez, la afición de la limosna tan de ocio para sus domingos y fiestas de desterrar.

Rocio2Esta es la imagen de falso color, fundida a negro en las conciencias de aquellos que nos negamos a quedarnos atrapados en esa basura cadavérica, desvencijada en la arena mojada de sangre y crimen, de ausencia en aquella esperanza que nos animaba a transitar hacia el solidario progreso, a encontrarnos por fin en una patria con el epicentro más grueso posible. No es así, ya lo vemos, mas al contrario el tecnicolor de los derechos y garantías no sólo dejan de acariciarnos en exponencial velocidad, sino que siquiera rozan a nuestros cuadrúpedos congéneres, tratados como instrumento, vida sin fin, sin destino.

La mayor horripilancia al tener que enfrentarnos, un año más, al mismo genocidio, transmutado ya en insufrible holocausto, es tanto el pavor nunca asumible frente a esta tortura realizada, con picada sonrisa, por supuestos ciudadanos que nos cruzamos a diario, como la desoladora convicción de que nada cambiará, de que ya están trotando, inocentes, inconscientes, las siguientes víctimas de esta miseria humana.