Ser un buen español es…

… No tener pretensiones de agredir, vejar, insultar, vilipendiar y cualquier actitud en primera conjugación infinitiva que suponga salir de mala baba y, al cruzar esa frontera entre la puerta del hogar y la acera española, buscar enemigos en lugar de un rayito de sol invernal.

Ser un buen español es ir hasta la frontera del pueblo de uno, de ese uno y bueno español, del barrio de uno (otro uno, o el mismo, algunos pueblos ya tienen su enjundia y hasta su dimensión territorial tensa), de la provincia o Comunidad Autónoma de uno (mejor si esta no es uniprovincial, porque entonces vamos a lo que vamos y llegamos al mismo sitio), y darse cuenta que no está pintada, que no hay nada más maravilloso que un vacío lineal, no así natural en forma de tierra yerma, riachuelo más o menos mercurizado o, sencillamente, un arbol tras otro. Y, al llegar a ese límite entre sus valores y los de los cafres (eso piensa usted, si continuamos el rastro supositorio, o de suposiciones) que habitan al otro lado, se dará celerosa cuenta que no existe allí y aquí, que no tiene muy claro dónde y por qué han puesto, a suponer, un cartelón de “Bienvenidos a Piedra Las Cañas de la Medianía”. Y, si mira bien y da la casualidad que la trashumancia se vuelve a poner de moda rural, a lo mejor hasta se percata que la antropomorfia y algunos otros rasgos del sapiens sapiens tienen la manía de replicarse allende su urbanización.

Ser buen español es no andar todo el día torturado con ese pensamiento bellaco de que los que vienen por mar andan con el animus robandi por encima de valores clínicos (Y cívicos. Si los suyos andan por los derroteros de la línea anterior, le sobraría la “l” del primer valor o le tocaría sustituir la “V” del segundo) recomendados. Recuerde, compañero de DNI, que no en todas partes se vive tan bien y con tanto bar cerquita de casa (Y del trabajo, y del super, y del ambulatorio…), en algunos sitios hasta les da por matarte por tonterías, torturarte por echar la tarde, arruinarte la vida por un quítame allá esas tierras con coltán debajo. Y que millones de buenos españoles como usted tienen al tío de América, que no dejó herencia pero sí un montón de historias de emprendimiento, sinergias positivas, y branding laboral a punta de pala. Pues eso, que los que arriban verá que también quieren formar esos relatos a sus próximas generaciones, trabajando tanto como los demás y, a poquito que pase el tiempo, acercándose al bar ese tan majete que estaba al lado de… de todos lados.

Ser buen español es no ponerse a trastear hasta la propia bandera del español. Deje esas águilas para los estandartes de Juego de Tronos, no sea impaciente por ver la temporada definitiva. Si tanto nos gusta la Constitución, que la tenemos leída y releída, recuerde que la sacrosanta y poco manoseada Carta Magna nos cuenta como va eso de los símbolos patrios allende el año 78, con sus coronas, sus columnitas, y todo el tuneado propio de las cosas del país democrático en el que usted cohabita.

Ser buen español es serlo sin pensar que se es bueno, sí, pero también mejor que otro buen español. La mejor, única, manera de ser un ibérico o insularizado por mediterráneo o atlántico (norteafricano de ciudades autónomas aparte) de pro consiste en pagar los tributos que correspondan sin poner cara de yogurt con bifidus activado a control remoto y cumplir esas normas que sí, que son muy de esto o lo otro, pero que están aprobadas, ratificadas, sancionadas, promulgadas y publicadas y todo esto, en plural normativo, desemboca en que está requetebien hacerles caso.

Ser buen español no es incompatible con querer cambiar su bello Estado, válganos Quevedo y qué menos. Proponga pero no disponga. Colectivice sus pulsiones, pero no amedrente; vacile, pero no se mofe. Una mano de pintura siempre está a la vuelta de la brocha en el curso de la historia de naciones y comunidades de vecinos, pero recuerde que siempre necesitará de otros millones de buenos españoles y, de paso, si cuenta con debatirlo con esos otros millones que no están por la labor, miel sobre hojuelas.

Porque ser buen español tiene truco: Pruebe a ser un buen tipo/a y verá como la cosa cuaja.

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El rejuvenecimiento rugoso

PedroSanchez1Una renovación a las puertas de un museo, el surrealismo de las prisas sin equipaje a la vista; en definitiva, el rejuvenecimiento áspero en su superficie y al tacto político con el ph menos neutro posible. Desde ahí emerge la figura baloncestística de Pedro Sánchez, diminuta hace menos de cuatro meses y que, desde, por o para el aparato, ha aumentado internamente a una velocidad que riase usted de la exponencialidad electoral de Podemos. Pero ahí se queda, en lo interno, en lo doméstico y domesticado, tanto así que de los diecisiete puntos a los que se comprometió el político madrileño en su presentación como candidato nada ha tardado en conculcar el primero de aquéllos a los que ha tenido acceso, esto es, retrasar las primarias en su formación para elegir el candidato, el cabeza de cartel, el rostro que intentará mantener la pelea vacua en una política sin contenido.

Lo que es indudable es que con Pedro Sánchez ha desembarcado de manera definitiva y refinada el modo norteamericano de hacer política por estos parajes en desertización democrática. No hay más que ver el video propagandístico para animar su campaña interna en el PSOE, recorriendo aspectos de su intimidad más prescindible en el debate de las ideas, el que en cualquier escenario político se necesita: amigos de infancia relatando sus virtudes y esas pequeñas debilidades, tan tiernas en la construcción del liderazgo; una novia que recibió el flechazo instantáneo, irresistible, ante la presencia del nuevo Secretario General socialista, recordándote que si ella no pudo resistirse antes incluso de hablar con él, ¿Cómo vas a hacerlo tú, desorientado votante, que tanto anhelas abrazar nuevamente la rosa aunque tenga espinas?

PedroSanchez2Volvamos a los famosos diecisiete compromisos de Pedro Sánchez, la tenue sombra a la que todos los dirigentes socialdemócratas ahora se arriman en busca de tímido cobijo para que su arboleda electoral no se despoble, obligándoles a huir al mundo real, con el cambio policlimatológico que se avecina. Luchar contra la corrupción, primarias para todos, puertas giratorias atrabancadas, fin de indulto y aforamientos múltiples, reformas legales genéricas, etc. ¿Y dónde podemos encontrar el socialismo que reclama la ciudadanía, la búsqueda de condiciones laborales y de ejecución real de derechos y perspectivas sociales? No en su sonrisa, desde luego, porque el PSOE se encuentra sujeto a una mastodóntica maquinaria de supervivencia enterrada entre su poder ser y su ser real. Resulta evidente que una participación del 65% en sus bases de afiliados en un éxito de movilización, pero habrá que ver si estos lo han hecho también en la convicción que el cambio de cromos volverá a resultar higiénico para que su hogar político no se derrumbe y, más aún, resurja de sus múltiples cenizas ideológicas.

Desde IU y Podemos resulta bastante evidente su común regocijo por esta orientación en el aparato socialista, que parece preocupar en mayor medida al PP que a todo aquello que se viene gestando a su izquierda, cada día a mayor distancia de lo que sus siglas aparentan ocupar. No obstante, resulta paradójico que quien más le alabe también le tema, bien porque por un lado garantiza el equilibrio del bipartidismo por más que la primera decisión, nada meditada y muy en la línea efectista de la vacuidad programática, sea romper el pacto pro Junker, aunque también su aparente moderación salvaguarde el negocio pero pueda, desde la parafernalia del marketing político, pescar con cierta opulencia, por primera vez, en el caladero popular, siempre a salvo del pirateo electoral por más que Vox y otras cañas desorientadas hayan intentado asomar en río revuelto.

¿Quién ha sido quién en estas urgencias? Negar que el cataclismo de los pasados comicios europeos no ha removido, dentro de sus escasas capacidades, briznas de apariencia cambiaria en los mastodontes políticos es de un cinismo espantoso. Pero está claro que el Partido Popular postergará cualquier estrategia a la extenuación de su mayoría absoluta, mientras que tanto Eduardo Madina como Pérez Tapias ya venían siendo rostro de líneas que rumiaban otro panorama antes incluso que se certificara la defunción de la calma bipartidista. En cambio, será Pedro Sánchez, un obediente miembro del aparato tanto desde su responsabilidad en la Asamblea General de CajaMadrid como en la reforma express del artículo 135 de la Constitución, quien decore el futuro próximo de la socialdemocracia española. Su sonrisa ya ha llegado. Sus ideas, si las tiene, se harán de rogar.

Interdicción de la arbitrariedad

InterdiccionArbitrariedad2Una vez dada por finiquitada la crisis, esto es, asegurada la recuperación de capital, control de salarios y destino de los trabajadores por parte de los perennes altos del curso de la Historia, se nubla una pantalla que emitía créditos convenientemente confusos y el servilismo político ha acelerado su inclinación, presto a desplegar nuevos cachivaches a un lado para despistar a la hora del saqueo. Ahora toca el turno a mansalva para que la inimputabilidad cotice en mercados de aforamiento primario, la justicia no mire para ningún lado allende las fronteras, o las brechas socioeconómicas y de oportunidades, ya de por sí insorteables, se eleven como vallas de expulsión ciudadana.

¿Y qué nos queda? Pues por ahora el pataleo recurrente, cotidiano, con más o menos éxito de afluencia en función del grado térmico de indignación que se produzca por cada una de las situaciones que nos arrojan al plato, una vez hecho bola incomestible. Y en esos encuentros, habitualmente dominicales, salimos adornados de cartelería variada desde la que dejar constancia al semejante que, al otro lado de la fotografía o la actualidad televisada, opta por amodorrar su derrota, a ver si con algún teorema impactante conseguimos que deje el chandal de interior y se sume al jogging de protesta colectiva. En esas calles que nunca fueron nuestras, goza de gran éxito frente al micrófono en directo reclamar que se cumplan los derechos más vistosos que los padrastros constitucionales dieron por buenos redactar, darles cuerpo, pero con sus sistemas nerviosos y reproductivos totalmente desabilitados. El acceso a la sanidad pública y universal, a una vivienda digna, etc., son calificados, en época de privatización masiva y de segregación social sin parangón, como “principios programáticos”, meras buenas intenciones que el legislador dejó plantadas por si el tiempo y los azares tenían a bien suministrarles algo de abono normativo, aunque en realidad no han sido más que “frustraciones constitucionales”; aspirar a que lo que la mayoría considera pilares de nuestro Estado actualmente asocial no se quede en unos pocos ladrillos presos de aluminosis, parece dormir el sueño de los injustos.

InterdiccionArbitrariedad2La Constitución española está a buen recaudo. Lejos de las garras ciudadanas, se entiende.  No hay más que recordar como se enarbola una supuesta inmutabilidad permanente en la cúspide del ordenamiento jurídico mientras por sus puertas traseras se maltrata el mismo, con modificaciones en la madrugada de los tiempos en los Estados contemporáneos (artículo 135 y su entreguismo deudor al capital con prisas). Por ese motivo, no parece el camino más recto para protagonizar los cambios necesarios y deseables aquél que pretende transitar a tumba abierta, con escasa visibilidad y lleno de obstáculos. En cambio, existe un apartado constitucional que no es receptor habitual de visitas ni menciones, y desde el cual se sostiene, con repugnante elasticidad, el trayecto contrario al que su composición jurídica pretende guiar: la interdicción de la arbitrariedad (artículo 9.3).

Este principio supone la prohibición expresa para los poderes públicos, entendidos éstos en el sentido más amplio de la terminología legal y su correspondiente traducción vía pronunciamientos del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, de actuar de manera caprichosa, dañando el principio de igualdad de trato frente a los administrados. Dicho así resulta obvio, pero no por ello es menos asombroso que no se tarde apenas unos segundos para recorrer decenas de acciones políticas que patean sin pudor este mandato principal recogido en nuestra Carta Magna.

InterdiccionArbitrariedad3Sí, por ejemplo y de manera destacada, éste es uno de ellos: los indultos. El derecho de gracia sin justificación social ni piadosa que conculca penas a quienes no sólo tienen, como el resto de ciudadanos, la obligación de conocer la ley sin ser eximidos de ello por desconocimiento, sino que por notoriedad pública deben desarrollar un impecable ejercicio profesional, reforzado en esa posición preeminente en la escala capitalista en la que dicen jugar sin cartas marcadas. ¿Y qué decir del proceso de desentronización, entronización, aforamiento y blindaje del linaje Borbón en estos últimos días? Algo de arbitrio sí que parece rezumar la manera en que desde el bipartidismo se otorga un aurea especial al abdicado y su regia plebe, con tal de que los juzgados queden a enorme distancia de su trayectoria.

Estos detalles sólo son algunos artificios que pueden destapar en su mente las interminables explosiones de lucidez que le llevarán a recordar que frente a tanta y tanta desigualdad legislativa se encuentra la mencionada prohibición, sorteada a diario, ignorada por muchos.

La Corona sale al rescate del bipartidismo

AbdicacionRey1El Jefe del Estado se ha apuntado a la renovación, con sorpresa mayúscula para el conjunto de la ciudadanía pero a través de un pacto alineado con el Partido Popular y el Partido Socialista, protagonistas centrales del teatrillo que hoy estamos presenciando y que vienen dirimiendo desde principios de años para, juntos y revueltos, apuntalar sus comunes intereses en busca de la supervivencia en esta transición que desde las diez y media de la mañana ha comenzado. Y hablamos de renovación con la impostura que no tiene siquiera que presuponerse frente a situaciones del calado histórico que hoy se enraiza con el pulso de la ciudadanía, un latido efectivamente renovador, sin trampa ni Borbón, que viene exigiendo en mayor número, con un estimulante alarido exponencial, reclamar su liderato para aprovisionar el invierno socioeconómico que tanto escalofrío le viene provocando.

Mucho se ha comentado en los últimos años, fundamentalmente a raiz de la pérdida de respaldo ciudadano de la monarquía y sus elementos humanos, nada vigorosos en su intento biológico de aproximarse a la infalibilidad de postín, rodeada en su protección de trampas constitucionales bien puntiagudas, acerca del contenido normativo del Título II de la Constitución, su escaso desarrollo desde el vientre de la Carta Magna hacia el resto del ordenamiento jurídico, huérfano de una Ley Orgánica que hubiera dado contenido detallado a una Jefatura del Estado ya lesionada por su lejanía electiva, por su ausencia de respaldo certificado en tanto en cuanto levanta sus murallas desde un referendum global para aprobar un texto constitucional que a ver quien era el guapo que le hacía pestes con la polvora todavía humeante, presta a recargar tambores y apuntar a dar. Precisamente, una Ley Orgánica que ahora parece hacer acto de presencia como un fantasma corpóreo, que ha tejido sus sábanas desde el silencio de palacio con la misma celeridad que el bipartidismo imprimió a la reforma del artículo 135 del texto constitucional, y que mañana hará acto de presencia con el beneplácito de dos formaciones políticas, otrora mayoritarias, hoy con padecimiento de mengua representativa.

AbdicacionRey2La defensa a ultranza del equilibrio regio que aparecen en estas primeras horas de despedida juancarlista resuena a inmovilismo de segunda generación, atando y bien atando entre el poder que se siente desorientado tras su golpetazo del pasado domingo y el guia en decadencia un futuro que no les interesa si es el más propicio a medio plazo para el conjunto de la sociedad española, sino el de armazón con mayor refuerzo para sus respectivas supervivencias. De entre el articulado del mencionado Título II (antesala de los padrastros constitucionales en un curso avanzado de cómo autogestionar el poder eterno, recubriéndolo del espeso barniz que otorga el artículo 168 y su reforma agravada) sí hay un apartado que permite de manera automática demostrar a Felipe de Borbón definirse como el demócrata que su barrera de contención afirma que es: A través del artículo 62 c), nada más colgarse el cetro si los acontecimientos no le superan antes, puede convocar a referéndum en los casos previstos en la Carta Magna. Evidentemente, la decisión no resulta automática, ya que todos los actos que ejecuta la jefatura del Estado son actos debidos salvo un par de lindezas autopresupuestarias, pero sí le imbuye de legitimidad para, nuevamente, sostenerse en sus bastones partidistas, a derecha y izquierda, e impulsar el interrogante hacia la acera. Claro está que por vía del artículo 57.5 (Las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica) le queda más a mano, pero algo nos dice que esa norma que mañana va a desempolvar el bipartidismo, cocinada desde el primer trimestre, no va a ser muy preguntona.

AbdicacionRey3No obstante todo esto, no nos llevemos a engaño. La virtud prestidigitadora de la política que se derrite, la que sale tan poco a la calle que no resfría su capacidad manipulativa desde las alturas, habrá calibrado el ruido y entenderá que el fuego controlado será disparado con un debate monarquía-república inerte en el contenido, efectista como estrategia de despiste. Y, además, no se puede excluir en el análisis del interrogante de los plazos que Alfredo Pérez Rubalcaba está pero se viene yendo, y es la tercera piedra de estos Pactos de la Zarzuela necesarios (salvo que la fecha fuera aplazada hasta que Juan Carlos viera como monarca alzar al Real Madrid la décima, que cuestiones mas disparatadas emergen en el anecdotario historiográfico) para ese segundo encuentro normativo veloz y con el refuerzo cuantitativo imprescindible en las Cortes Generales que permitirán nuevamente imponer en silencio sus cábalas. Un alto porcentaje de la afiliación socialdemócrata no aplaude con tanta vehemencia estos chanchullos contrarios a uno de los espíritus básicos en la estructura sociopolítica que plantea su razón de ser, así que este triunvirato se las componía hoy o nunca. Y a Craso ya no le daban más cuartelillo.

Resultaría, por tanto, estremecedor que este artificio nuble la marejada que necesita entrar a puerto. La sociedad española viene reclamando ser cuestionada pero no como delegada, sino como protagonista del curso de su historia, siendo ésta la que lideran sus grupos ciudadanos con las renovaciones que la finitud vital impone a la raza humana. Hoy toca aprovechar este apaño fáctico para convertirlo en la legítima reclamación de como dar el giro que en mayoría nos propongamos. Mañana mismo tiene que ser la transición que le corresponde a nuestra generación.

 

Fraude en dia festivo

Constitucion1Marcar como día no laborable el 6 de diciembre, a estas alturas de la fábula, parece que sólo debería circunscribirse a la actividad cotidiana (ya de por sí bastante laxa en cuanto a horarios y controles) de congresistas, senadores, y gente de igual vivir alrededor de ambos inmuebles, sitos en Madrid, transfronterizos de nuestra memoria mediata, de cuando nos creímos en democracia.

Vale que como somos cínicos en lo constitucional con el mismo tino que dejamos a vírgenes y cristos en sangre cuando de feriado se refiere, de tal modo que a nadie le amarga un puente si tiene todavía la osadía de hacer caso al despertador de lunes al siguiente. De todas formas, deberíamos renunciar a ese privilegio del descanso de larga distancia cuando el último mes comienza su andadura hacia la ruina navideña (otro plazo de saltimbanqueo en permisos para que el gastar no deje de engordar su fábula de trueno, su maquinaria apetente a débito, a crédito o a perpetuidad) o, al menos, reventar cualquier mecanismo de proyección para dejar la fiesta en paz, la de ellos, protectores insomnes de esa salvaguarda en pergamino que no se toca. O se toca poco, pero mucho.

Se reúnen entre sonrisas que deben ser pura letanía para las cámaras, para su historia, en un puro despendole de fragilidad ética; pasan los años, y cada día ese folio que dicen venerar aplaudiéndose como sus rígidos protectores se inflama por los cuatro bordes pero ellos y ellas, a lo suyo. Ha cogido polvo, sus bloques han perdido siquiera el prestigio aparente de los buenos propósitos a la misma velocidad que el contenido se ha conocido ineficaz en lo pragmático, pero nos dicen que está más en vigor que nunca, que su espíritu es lo único que nos mantiene con respiración no asistida. Y, mientras, nos desmayamos. Pero ellos brindan.

Constitucion2Como Constitución tramposa no hay duda que ha cumplido su trascendental labor histórica con mayor eficacia que ninguna otra antecesora en la historia del Estado español. Es más elegante que la sucesión de parientes decimonónicas mientras que cuarenta años de dictadura consiguieron erradicar cualquier brillo vanguardista al texto del 31, así que su esbeltez no ha tenido problemas en mantener la figura con la convicción de que cualquier tiempo pasado fue peor, y a otra cosa. Únicamente el capital ha descifrado su contraseña desde 1978, introduciendo en su bajo vientre la convalidación a participar sin discusión en la libre circulación de la pasta allende las fronteras a la vez que el poder público se hacía el hara kiri para autoinmolar su capacidad de inversión social prohibiendo el déficit público sobre el límite que el capital privado dispone como pecado capitalista. De esos lodos vienen estas escorrentías en forma de entrega de los sectores estratégicos a la, ejem, iniciativa privada.

Por eso sólo ellos se reúnen, cada vez en menor número, para amarla con delicadeza, susurrándole en artículos intrascendentes que tal vez le haga falta teñirse las puntas, cambiarse algún complemento, poca cosa. Pero a la ciudadanía ese día nos pesa la duda de si esquiar, acercarse a alguna costa que sostenga los últimos rayos del otoño o, más sencillamente, tirarnos a la bartola. Si encendemos el televisor con descuido tal vez nuestras miradas se crucen con el paseíllo de saludos bidireccionales y algún discurso acerca de cómo nos (les) congratula dejar de tener que fingir al menos una vez al año que se llevan fatal y que son dos cosas distintas alrededor de un folio que recoge versos pero que esparce aflicción.

Consejos a los Ministros

El Gobierno, unos de los tres poderes fundamentales del Estado, junto al legislativo y el judicial, ostenta la responsabilidad ejecutiva, y la Constitución regula su composición y atribuciones en su Título IV. Fundamentalmente, el Presidente del Gobierno y los Ministros que lo componen ostentan de manera colectiva una función política, una función ejecutiva y una función normativa. En este último punto, desarrolla de manera directa una función de creadora, con el instrumento reglamentario denominado real decreto, así como de manera extraordinaria con los instrumentos que emanan de los decretos leyes y decretos legislativos, convalidables posteriormente para consolidar su rango legal por las Cortes. De igual manera, tiene atribuida la capacidad impulsora para el desarrollo legal al proponer proyectos de ley a las Cámaras, de cara a su estudio, debate y aprobación.

Lo que viene ocurriendo cada viernes y que, hasta la aparición de la Vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría frente a los diferentes medios de comunicación, nos tiene con el corazón en un puño (cuando aparece y resume el contenido de las decisiones tomadas, sencillamente, el puño se cierra para triturar nuestra esperanza), no responde al perfil de un órgano colegiado que debe reunir a sus miembros para apuntillar o debatir de manera profunda determinadas vías de gobernanza que deben encontrarse perfiladas antes de entrar a ejecutiva escena. Para nada. Los miembros del Gobierno son la representación de las familias que han convenido sostener a Mariano Rajoy como aséptico cabeza de cartel, con esa apariencia bobalicona de sólo creerse él que es un líder sin contestación y respaldado por la unanimidad de la formación conservadora, y esos grupos no entran a la sala con espíritu colaborador, como elementos integradores de un órgano en el que descansa una responsabilidad crítica a estas alturas del desbarajute nacional.

Semana tras semana, la conclusión que se extrae al conocer el contenido de cada reunión es que la tramposa improvisación lo chorrea todo de puertas adentro. Varios ministros andan a la gresca, y no es ningún secreto precisamente porque si se puede segmentar de alguna manera a los miembros del ejecutivo, éstos se dividirían entre aquellos que, de manera más o menos disimulada, gestionan sus ministerios orientados por los intereses privados que surcan sus futuras codicias, y los que se estrenan en primera línea política y que, entre torpezas dialécticas y egolatrías mesiánicas propias del acelerón inesperado en sus respectivas carreras, descansan sus posaderas cada viernes sintiéndose imprescindibles para el futuro de la nación, de su nación.

Una mayoría absoluta, tal y como funciona la dinámica de partidos en nuestro país, se convierte en cientos de escaños que esperan las decisiones de sus compañeros de gobierno para levantar la mano en señal de asentimiento con el objeto de respaldar las decisiones tomadas previamente, quien sabe si en el Consejo de Ministros o en la sede de la formación política en cuestión. Pero con tantos miembros desquiciados en sí mismos y entre ellos, que si un Montoro afrenta a un Soria, que si un Guindos despreciando a una Báñez, que si un Wert volando torpemente libre, lo normativo desemboca en permanente improvisación con la nada deliciosa inocencia de creerse competentes mientras bloquean por completo el sistema.

La última zarandaja vestida de real decreto fue alumbrada en el día de ayer, equiparando las obligaciones de los ciudadanos desempleados con determinadas responsabilidades penales en beneficio a la comunidad. A partir de ahora, los primeros se verán obligados a participar en tareas de extinción y limpieza en la lucha contra los incendios. En caso contrario, podrán dejar de percibir la prestación a la que tengan derecho o ser sancionados. Con decisiones como éstas es imposible vislumbrar los planes del ejecutivo desde una óptica general: la principal obligación de un desempleado es personal, para con sus planes vitales, y el poder político no puede arrogarse la potestad de decidir su futuro individual o colectivo utilizándolos como cuadrilla para lo inmediato. Si el monte se quema más de lo habitual, la responsabilidad se encuentra en el área de medio ambiente; si faltan medios para su prevención, la estrategia coordinada de algunas carteras queda en entredicho; si la acción policial para atrapar con rapidez a los responsables no funciona, el Ministro del Interior debería dejar tanta rueda de prensa reveladora de secretos y ponerse manos a la obra en lo que le compete. Si las cosas cada día funcionan de peor manera, los Ministros no deberían reunirse para dar consejos, y tal vez deberían recibir unos cuantos.

Protestando sin pisar la calle

Para el que aún no lo sepa, este sujeto con ese aire entre bonachón y triste, al estilo Moratinos, es el actual Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Un hombre de partido. Tanto, que milita por la derecha desde los tiempos de AP, pisando poco lo que comunmente llamamos un oficio, y enlazando gobiernos civiles, secretarías de Estado y actas de diputado ramplón desde aquellos majestuosos tiempos en que dicen que el pueblo español refrendó una Constitución que garantizara un marco democrático de relaciones en esta patria peleona. El hermano viejuno del lozano Alberto Fernández, líder hasta hace bien poco de los populares catalanes, pudo haber sido un buen estudiante de Ingenieria Industrial, que es de la cosa universitaria en la que recibió licenciatura, pero de la rama del Derecho no parece colgarse ni para hacer piruetas con cierta armonía. Hoy ha anunciado la finalización de un sesudo informe de su ministerio, en colaboración con su homónimo de Justicia, de cara a recrudecer determinados tipos penales con el ordenado intento de evitar actos vandálicos que, parece ser, se cuelan con habitualidad en todo tipo de protestas y manifestaciones públicas. De este modo, y para intentar asegurar fríos barrotes al que desordene el asfalto y su mobiliario, confirma que el Código Penal incorporará nuevas conductas punibles, se ampliarán otras y se actuará con suma diligencia para aplacar esa incomprensible conducta como de irritabilidad permanente que le ha dado, como una viruela intempestiva, a ciertos elementos humanos que pululan por sus dominios. Entre la amalgama de sandeces jurídicas que plantean parchear en el ya apaleado cuerpo penal del año 1995 (al que no reconoce ni la madre que lo parió) sobresale la inclusión como delito de atentado contra la autoridad la resistencia activa o pasiva grande ante las fuerzas de seguridad, llegando en alguno de los supuestos a implantar el poder padecer responsabilidades penales de hasta cuatro años de prisión.

Estas actitudes tan Gandhi no parecen resultar convenientes para mitigar la violencia, sobre todo la de esos mercados que ya tienen a nuestra cotidiana prima de riesgo acariciando el 7% a diez años. Pero, insistimos, a pesar de las bienintencionadas acciones de nuestro afable Ministro, que con todo ésto seguro que pretende evitarnos más cachiporrazos de los habituales, pasándonos a pernoctar por un buen tiempo en esos holgados presidios patrios donde apenas encuentras congéneres antes que desviarnos a la sanidad a curar heridas evitables en estos tiempos recortados que corren y vuelan, nos tememos que su conocimiento del cuerpo jurídico español no anda muy fresco. Y es que si el Código Penal ha sufrido en quince años tantas ocurrencias que apenas ya se puede reconocer su estructura ni su espíritu inicial, qué decir de otro texto aún más anciano, al que poco penetran pero que, de rato en rato, soban y abandonan en la cuneta sin dinero para que regrese a casa. El artículo 21 de la Carta Magna reza lo siguiente:

1. Se reconoce el derecho de reunión pacifica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa.

2. En los casos de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que sólo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes.

Vaya, vaya. ¿Y cómo desarrollará este principio tan confuso el marco legal descendente? Pues la Ley Orgánica 9/1983 (los derechos fundamentales tienen una regulación cristalina hace mucho tiempo, y su perdurabilidad viene acompañada por los principios de seguridad jurídica y protección garantista), reguladora del Derecho de Reunión recuerda que los participantes en reuniones o manifestaciones, que causen un daño a terceros, responderán directamente de él, y lo harán en base a la rama jurídica que corresponda. Es decir, hace 30 años que está bien definido el marco de responsabilidades para aquellos que busquen promover altercados bajo el manto de una manifestación pública, con lo que no mantiene la más mínima lógica la alteración del CP, ni mucho menos los parches mohosos que pretenden agregarle por puro espíritu amedrentador.

Pero, más allá de cualquier otra consideración, a lo mejor algún estudiante de primero de Derecho podría acercarse por el despacho ministerial y recordarle a este tal Fernández Díaz que existe un Título de nada en la Constitución Española, para más señas el primero, en el que habita una Sección I del Capítulo II. Ésta, bajo la contundente denominación “De los derechos y deberes fundamentales“, se encuentra compuesta por los artículos que van del 14 al 29. Todos ellos, junto al 30 (objeción de conciencia), son de amparo judicial y constitucional directo, tal y como afirma tajantemente el artículo 53.2 de la Carta Magna:

Cualquier ciudadano podrá recabar la tutela de las libertades y derechos reconocidos en el artículo 14 y la Sección primera del Capítulo II ante los Tribunales ordinarios por un procedimiento basado en los principios de preferendcia y sumariedad y, en su caso, a través del recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional. Este último recurso será aplicable a la objeción de conciencia reconocida en el artículo 30.

Cómo además de con las leyes no parece muy ducho con los números, recordémosle que el número 21 se encuentra entre el 14 y el 29. Y, de paso, que esa cosa llamada Constitución está en la cúspide del ordenamiento. A ver si aprende, y se le pasa la furia castigadora.