Rocosa definición de sacrificio

Si los dados divinos (a los que, nos tememos, nadie juega y nadie apuesta) no lo remedian, el próximo viernes nos encontraremos ante un nuevo panorama de esos que gustan calificar a los economistas del capital como de sacrificios ineludibles. Lo único seguro que ocurrirá tras la celebración del correspondiente Consejo de Ministros es que no aparecerá Mariano Rajoy a explicar la hoja de ruta, extenuado por cargar durante la jornada de hoy un Códice de incalculable valor para entregar, a lo Indiana Jones, la reliquia por segunda vez a la Catedral de Santiago de Compostela.

Dichos sacrificios recorrerán los senderos acostumbrados, esto es, recortar partidas presupuestarias esenciales para el sostenimiento del Estado Social con el objeto de derivarlas a recapitalizar sectores en decadencia, no forzosamente públicos. No caigamos en la trampa nuevamente. El concepto mismo de sacrificio expresa la asunción de determinadas estrecheces temporales con el objeto de recuperar el panorama anterior a la situación que desencadena la excepcionalidad negativa de la circunstancia o, al menos, a buscar fehacientemente esa aspiración. En el caso que nos ocupa sólo estamos destruyendo para pacificar páramos ajenos, territorios selváticos donde la luz que ha entrado se ha venido evaporando bajo una corteza que parece ocultar una especie de agujero negro pecuniario. Ni lo uno ni lo otro. Lo que este gobierno de bellacos viene pretendiendo es movilizar de manera perversamente malabar los fondos públicos derivados del esfuerzo recaudatorio colectivo para proteger sus intereses de clase, a la vez que no se abochorna al afirmar que resulta necesario un nuevo sacrificio tributario para acometer la proyección gestora del Estado. Es decir, que en la misma estrategia trilera pretenden mover los vasitos de nuestra paciencia haciéndonos creer que, bajo ellos, danzan no una sino dos bolas, cuando en realidad ambas se han marchado a bolsillos ajenos.

La clase media lo aguanta todo, parecen creer. Y así lo venimos demostrando, al soportar nuestro empobrecimiento ante el temor de que el futuro próximo sea desolador. No nos percatamos como colectivo que, cada día, decenas de familias cruzan ese pesado umbral que separa la subsistencia de la desesperación, mientras la aún mayoría prefiere mirar hacia otro lado, confiando que todo se solucione por arte de biribirloque antes de que les toque traspasar ese Hades económico que les obligue a transitar por los ríos del inframundo social.

Restar poder adquisitivo por un lado, y defender acciones que reactiven el consumo por otro, resulta de una estupidez dolorosa, en tanto en cuanto el Ejecutivo se dedica a bailar macrocifras que no rozan ni de lejos aquello que significa economía productiva. Cuanto mayor sea el peso de la Hacienda Pública, sobre todo la indirecta (vía IVA, fundamentalmente), menor será la capacidad ciudadana para adquirir bienes y servicios, lo que enreda la madeja de la principal industria nacional y ahonda en su previsión de ver desinflar los únicos sectores que, hasta ahora, podían sostener mínimamente la creación de empleo. En definitiva, si a lo que aspira el Gobierno central es a intentar quedarse con los restos de nuestro naufragio porque considera que somos incorrectos gestores del salario que nuestra labor nos reporta, que luego no nos pida salir a las rebajas y pasar dos semanas de asueto en las costas patrias.

Pero hay un segundo elemento que, principalmente, golpea nuestra línea de flotación como sociedad que merezca soportar el peso de himnos, banderas y teórica anuencia a las docrinas del sacrificio. Visto lo visto, el futuro rescate de la banca privada que tiene su sede social en España (que no entidades españolas, en tanto cotizadas en mercados secundarios) no va a ser a la voz de ya del ínclito Rajoy (y miren que presionó a la UE, afirma el aventurero irredento con cara de registrador), y cuando pase por aquí irá directamente a las cuentas y balances de las entidades receptoras, entidades que, en base a sus previsiones de negocio inmediatas y las cantidades solicitadas, muy difícilmente podrán hacer frente a las correspondientes devoluciones de los millonarios recibos. ¿Y quien pagará en segunda instancia, sin posibilidad de recurso de casación económica, esa factura con intereses de demora? La multitud encerrada en un párrafo de un futuro decreto, que se aprobará un viernes de otoño en un Consejo de desministros. Justo en ese momento tendremos dos opciones alrededor de los temores que nos han lanzado para realizar el tejemaneje de las nacionalizaciones financieras falsas: o se derrumbará desde mayor altura lo que afirmaban debía ser rescatado por nuestro material bien, o se procederá a la venta por parcelas de ladrillos con deuda, de participaciones sin valor, al capital riesgo que adora afilar sus cubiertos para aprisionar a los que, en ese instante, comenzarán a desfilar por la frontera del desamparo social.

Y, en todo esto, ¿Cómo se comporta el denominado empresariado nacional, ése que nos solicita, uniformemente con sus voceros de escaños y tribunas políticas, que saquemos las moneditas agazapadas bajo el colchón e invirtamos en la supuesta reactivación de la patria? Desde luego no con esa solidaridad que exigen. Cada día sufrimos una nueva deslocalización industrial que no sólo expulsa abruptamente a miles de trabajadores del limbo sobreviviente, sino que comienza la manufactura de sus productos de consumo allende las fronteras, en muchos casos retornando esos elementos con apariencia de fabricación cercana, instándonos a adquirir y adquirir para que la rueda gire con mayor rapidez y vuelva a alcanzar velocidad de crucero. De este modo, las cuentas no nos salen. El escaparate en el que manejamos nuestra circunstancia vital a diario parece no haberse despintado del todo, pero nos cuesta percatarnos de la imposibilidad que resulta que no se descascare el armazón mientras demandamos aquello que ya no creamos. La balanza de pagos, de este modo, tiene incrustada una piedra de insoportable tonelaje en uno de sus lados, y desde luego no en el de nuestra supervivencia. El capital, desde luego, ni es solidario, ni sacrifica un ápice su rueda productiva para apostar por el sostenimiento de la construcción del Estado Contemporáneo.

El Códice Calixtino es un manuscrito fechado a mediados del siglo XII que se considera una de las primera colecciones de viaje de la que se tiene constancia. No en vano, su contenido recoge una especie de guía para los peregrinos que seguían el camino de Santiago. Probablemente Mariano Rajoy se empeñó en su formal entrega en esta jornada dominical para poder echarle un vistazo previo y aprender el origen de los viajes. Lo que no le explicaron al aventurero gallego es que los tránsitos del capital manejan senderos subterráneos, trayectos que no dejan huella salvo en nuestras marcas de sacrificio.

Los violadores de la semántica

La clase política de largo recorrido, esa cuya trayectoria individual provista, quiere uno creer con inocencia democrática de parvulario constitucional, de argumentos y principios ideológicos ha derivado en casta difusa, en unívoco mensaje superviviente, se ha ausentado de su burbuja maquillada para adentrarse en los inciertos senderos del bosque protector. La crisis le viene grande. Respuestas no tiene, de modo que gestionar la opulencia atrofió cualquier mecanismo de acercamiento a eso que supone ser su proyección colectiva. Algo así como ciudadanía, parece ser que lo llaman. Sí, esas gentes a las que saludaban y besaban con lejanía sanitaria. Ahora el pueblo llano les transmite confusa confianza para liderar la navegación a través de la tormenta económica y social, pero se ven solos en la proa del barco; la niebla que apelmaza la visibilidad del largo plazo emborrona la presencia de algo que, inexplicablemente para su sentido corporativo, se ha transformado en horda embravecida.

A raíz de la sumisión nacional al destino implacable con rostro de precipicio, los dirigentes públicos se han visto obligados a reeducarse dialécticamente: ya no hay espacio para flores y medallas, sino para ametrallar con discursos sufridos, plagados de supuestas acciones dolorosas y labores intempestivas con el objeto de reinvertir el caos hasta transformarlo en un nuevo vergel. Hasta ahora nos han ido estafando con las dificultades propias del descontento sectorial, pero algunos, mientras mantienen el dispendio descarado en su Casa y Corte, se desplazan  totalmente a ciegas, entre nubarrones plomizos que parecen cemento armado, y nos toman por invidentes de orejas amputadas. En ese terreno, han decidido salvar a los suyos y liquidar, de una vez por todas, a esa sobrevalorada clase media que, a pesar de piso, coche y muebles suecos, se empeña en dudar y pedir explicaciones de cuando en cuando. Mal acostumbrados, desagradecidos que son. Entonces, a falta de aprobar el último curso, se dedican a poner en práctica sus primeras lecciones con cierto regusto a podrido. Pasen una tarde escuchando intervenciones de responsables públicos y se harán eco del título de moda: Reconducción del gasto ó, en su versión vespertina, Reasignación del gasto. Arrinconanda en la penumbra con sensación de inimputabilidad, la clase política castiga a la semántica aplicándole una violación múltiple, dejando el término recorte lejos del tímpano de los atentos.

Pero la agudización de este terremoto absoluto traduce la demagogia en nítidos mensajes que derriten el yunque y el martillo hasta reventar nuestro cerebro y afilarnos las primarias garras. Hablarnos de copago sanitario mientras comprobamos la retención a la Seguridad social en la exigua nómina sólo puede significar repago descarado, doble imposición, propina impuesta tras pagar la cuenta. Los peajes eternos se traducen en lucro incesante, en estafa despistada. Adoctrinarnos como a infantes obsequiándonos con una factura simulada tras sufrir una penuria médica se traslada al terreno objetivo del mal gusto, a la velada amenaza inmediata. Y rematar toda esta degradación del sistema público de servicios, para el que trasladamos conscientemente el grueso de nuestros tributos, peloteando sobre el tejado de nuestro sistema público de educación primaria, secundaria y superior, no es ocultable aunque abusen del google translator.

En la apariencia de cemento y credit card para todos, el travase hacia un sistema aparentemente concertado pasó desapercibido como los pellizcos presupuestarios y las obras faraónicas. De este modo, junto al impulso global que se imprimió para adornar la sanidad privada y los planes de pensiones como elementos indispensables de salto social, las tres columnas vertebrales han ido reduciendo sus partidas presupuestarias a espaldas inconscientes de la mayoría distraida con nuestra nueva tableta informática. Pero ahora, cuando la necesidad nos devuelve al infravalorado plano de las prestaciones amortizadas, nos vienen contando que éstas no pueden seguir igual, que nos falta efectivo y ellos no llevan suelto. Pero oiga, no, que todo esto lo pago yo, mensual y rigurosamente. El resto me sobra, como esos 24 helicopteros comprometidos por una minucia de 600 millones de nada, pero los protagonistas del impuesto directo y progresivo por antonomasia, los solidarios de tramo medio, exigen que los soportes no se apolillen virulentamente, con alevosía. Si en menos de un lustro la autosuficiente clase política ha desbarrancado desde el altar infalible hasta la cueva en penumbra, la desgracia a corto plazo está servida en bandeja de plomo. Pero todo tiene un insostenible límite, y con la garantía tributariamente cubierta que da cobertura a la clase trabajadora no se bromea ni el 28 de diciembre.

No obstante, no nos llevemos a engaño. Hay torpeza y precariedad en todas y cada una de las administraciones públicas, pero no es menos cierto que muchas de ellas cobijan la confabulación masticada para el retorno de las castas, entregando tu fuerza de trabajo en forma de impuesto a centros concertados que no respetan la laicidad, la integración de sexos y el respeto a los programas educativos aprobados, amen de su evidente capacidad de sostenimiento con fondos propios; centros donde los potentados progenitores que pueden y desean permitirse diferenciar su posición mediante la herramienta de un puber con uniforme británico son recompensados con deducción en la Renta de las Personas Físicas, de modo que no duden de las bondades de la exclusividad. Entregando, descaradamente, tu fuerza de trabajo a proyectos de centros sanitarios desnudos de presupuesto antes de su última piedra para resolver la factura con la entrega de su gestión a una empresa especializada que, oh casualidad multifuncional, suele coincidir en su accionariado con la constructora demandante. Fuerza de trabajo que subcontrata la gestión pública de servicios esenciales a grupos corporativos que te asean la acera con agua sucia y manchan las nóminas de sus doblesubcontratados hasta protagonizar sus placenteros milagros económicos. Esa fuerza de trabajo a la que le arrebataron el esqueleto público para lanzarte sus huesos desde varios ángulos, con múltiples ofertas confusas y una chirriante ausencia de calcio reinversor. El Estado es endeudamiento cero porque ya no es nada, porque nuestro castillo de naipes se ha usado para echar una partidita de poker. No, no estamos invitados. En su lugar, en el salón contiguo, nos ofrecen sesión de ruleta rusa.