Qué no votar cuando vas a estar votando

Votar1No hay cerebro más avinagrado que el de un ciudadano español con derecho a voto en el presente año. Si, además, dicho individuo se encuentra empadronado en Andalucía o Cataluña, las posibilidades de diálisis macroencefálica aumentan exponencialmente en cuanto las campañas electorales pretenden sumergirse en sus respectivos lóbulos parietales, hasta alcanzar la inmersión sin escapatoria en dimes y diretes de lo viejo y lo nuevo, el eslogan y el mensaje. En definitiva, 2015 supone, irremediablemente, la anualidad decisoria, un impulso al que están llamados casi 30 millones de electores con la diferencia sustancial, respecto a las anteriores citas frente a las urnas, de esa intención decisoria de la que puede dimanar un escenario divergente en la controversia, unívoco ante la construcción de la primera democracia.

Votar2Las ilusiones van y vienen, y cuando de entregar una decisión compleja en forma de simple papeleta se trata, los ensueños suelen arrinconarse al pie del colegio electoral de turno. No obstante, para los próximos meses se avecina una novedad, encarnada en forma de pluralidad, por mucho que ésta pueda deberse a corderos disgregados empeñados en tostar su piel para que el lobo al que entierran bajo sus tiernas fauces no concrete el colmillo avecinado. En efecto, de 1982, aún con menos oferta en el carrito electoral, podemos aprender como la carnaza puede resultar de apetecible a podrida en menos que se anula una promesa programática. Hoy contamos con cinco artistas en ciernes, algunos ajados de tanto salir al escenario a golpearse con el aplauso pactado, otros necesitados de cabecear en las encuestas con más ritmo que el perrito piloto del asiento trasero, así lo nieguen, así consumen su apuesta por lo nuevo recurriendo a diario a las estructuras canosas.

Votar3Estamos perdidos, eso es patente de corso ciudadano. Y el que no lo quiera ver, que se ajuste el iris y la cornea antes que su ideológico espejo retrovisor le abandone ante el choque lateral de turno. Se ha hablado en los últimos dos años tanto de castas, viejo y nuevo, superación del bipartidismo y otros menestorosos tratamientos publicitarios de esta pausa en el partido amañado de nuestra rutina política, que algunos llegarán exhaustos en lo anímico a los últimos compases del presente ejercicio. Eso que se denomina caduco no desaparecerá en tanto en cuanto el nivel formativo del elector común con derecho a serlo y votarlo encuentre su rebeldía crítica circunscrita a un jadeo puntual, inentendible, al hacer zapping y deslizarse unos gramos-minutos en aquel debate político que hoy es tedio. De resto, su afecto para con la papeleta se encuentra entre el desapego y la fidelidad… a la pareja de turno. Mientras, aquellas almas rebeldes dispuestas a encontrar nueva parentela para abrazar esas veladas sociales por explorar continuarán siendo casquivanas errantes en el sendero del acuerdo sin consenso, la crisis estabilizada, el grito del sordomudo. No se apenen, que a lo mejor le quedan tres oportunidades: tiren a dar, que el perrito piloto no siempre toca, pero tiene ganas de irse en sus brazos.

Política de rápido consumo

FastFoodQue el invierno comienza a finales de diciembre, o termina en la esperanza de un año que comienza con promesas de cambio, es un ritmo que no puede más que enfriar el escaso ánimo, desandar cualquier atisbo de recuperación emocional en casa propia. Con algunos imputados calentando cerca del banquillo pero tan lejos del terreno de juego carcelario y millones de prudentes ciudadanos dispuestos a rasgarse las vestiduras al ver sus respectivos votos convertidos en carne de gran coalición, las perspectivas de cambio para el año 2015 son inversamente proporcionales al show de fast food político que se ha instalado en el prime time catódico, nueva forma de entretenimiento de saturday night live a golpe de contertulios ligeros de andamiaje intelectual.

De PagaInfantas a convidados de piedra, no hay peor ilusión que la que se tiene desde el desánimo, la que se sabe incumplida antes siquiera de proponerse. Los espacios temporales no dejan de ser etapas ficticias que vamos encajonando en la bitácora del trayecto socio-colectivo para que las estadísticas nos queden más ordenadas, con arrugas bajo el pantalón. Mayo y noviembre son dos estaciones de servicio en ese cubículo anual que tanto se ansía dejar montado antes siquiera de pasar por la planta de compostaje; la primera promete una suerte de 14 de abril del municipalismo, y los optimistas no dejan de soñar con un cierre de ejercicio que vire, hasta colocar el mastil en la dirección de los buenos vientos, vislumbrando en lontananza la prosperidad de esa misma sociedad que lleva más de tres décadas asolándose conscientemente a base de pompas de jabón macroeconómico que siempre estallan, que antes o después tocan la baldosa fría del fraude y estallan.

FastFood2Nada de eso importa, porque ahora, efectivamente, todos tenemos al alcance de un par de botones del mando a distancia el santo grial de lo que viene a denominarse debate político pero no deja de ser amarillismo gritón con rostros que parecían rigurosos. Periodistas, candidatos y toda suerte de mester de juglaría política dejan sonar sus flautines gritones hasta altas horas de la madrugada a ritmo de centella, todo en dolby stereo de rápido consumo. Así tampoco se analiza, se piensa, se encuentran esos nuevos tiempos, ese destierro de lo viejo, que tanto gusta enarbolar con los mismo condimentos de lo caduco, esto es, a golpe de eslogan, con prisas y engordando mórbidamente la sensación de que la política no es más que chillido en celo, histrionismo que vapulea la paciencia ajena, hasta dejar exhausto al paciente frente a la vehemencia que establece hilo directo con el oido hambriento.

Siglas nuevas, espacios que ocupan otros rostros, muy probablemente con sanísimas intenciones, comprende ese escenario tan prometedor para unos, desasogante para otros. ¿Cambios? Resultamos púberes para hacer realidad la modificación sustancial del daguerrotipo social. Es indudable que una amplia mayoría ciudadana lo desea, pero desde lejos, repochada frente al televisor con la actitud del espectador ante un clásico balompédico. Finalmente, si gana tu favorito tendrás una horas, unos días, de venganza victoriosa, pero que no te quiten lo bailado, aunque siempre salgas a la pista con el paso cambiado.

Disquisiciones veraniegas (IV)

Antes que el calendario intraparlamentario recupere su anodina uniformidad conviene despedir este augusto mes con una de alcaldes. Los que conservarán su nicho de confortabilidad antipolítica y los que están por llegar desde la cercanía de las minorías unívocas. La reforma de la normativa electoral en lo que afecta al régimen local, además de extemporáneo y tramposo, como ya se ha comentado ampliamente en diferentes medios de comunicación, también adolece de cualquier viso de animosidad democrática, esto a pesar, precisamente, de muchos de esos análisis periodísticos que disculpan el fondo de la cuestión poniendo el énfasis únicamente en la forma. Y no. El estómago de la última andanada del Partido Popular para sostener por las bravas el poder municipal en las grandes capitales del orbe hispánico resulta un insolente ataque al deguello de cualquier esencia representativa que se precie. María Dolores de Cospedal ya mostró el camino a sus huestes conservadores reduciendo el número de parlamentarios autonómicos de Castilla-La Mancha y haciéndolo, además, sin debate plenario y sin contar con la más mínima voluntad de explorar consensos con otras fuerzas parlamentarias. A costa de ahorrar unos pocos miles de euros en salarios y dietas, la secretaría general de los populares se dio el atracón más voraz de política reaccionaria que se haya celebrado en España desde 1978.

Separemos la paja del trigo; el voto, de la voluntad. Esto es, comencemos por el final, que suele hacer más sencillo recorrer el camino ya escrito. Que gobierne, per se, la lista más votada, ni resulta más democrático ni, por supuesto, conlleva mayor eficacia de la res pública. Los pactos postelectorales resultan consustanciales a la mejor virtud de la política hecha entre todos, otra cosa es que dichas alianzas se establezcan en base a meros repartos de poder, a cuestiones de codicia personal. Pero para evitar esas situaciones no se puede establecer una cláusula de juego más ominosa en el epicentro del terreno de juego electoral. Es a la ciudadanía a quien le corresponde (y en el terreno municipal no nos negaran que resulta mucho más sencillo) evaluar el capital humano que compone las diferentes listas en su respectiva circunscripción, y exigir, mediante una actividad política permanente como animal colectivo necesitado de salubridad institucional, rigor en la defensa de los proyectos políticos presentados en campaña, así como coherencia en los acuerdos inter partes que puedan resultar de la conformación del ayuntamiento donde se encuentren empadronados. Que, como cacarea irritantemente Mariano Rajoy a ritmo de canícula gallega, puedan resultar gobiernos locales mediante acuerdos de tres, cuatro o cinco (o veinte) partidos, no supone la más mínima contradicción con la esencia de la democracia, mas al contrario, en circunstancias de honestidad pactista, limpia y da esplendor a los comunes rebuznos huecos entre militancia contraria a cada pleno que se celebre en lo largo y en lo ancho del Estado. Todos ellos comprenderan, de manera conjunta, una mayor representación ciudadana en número de votos, ergo el cauce nunca se rebosará de manera atronadoramente ilegítima. Al contrario, la automática gobernanza del minoritario más votado plantea dos dudas inmediatas: ¿Se permitirán las mociones de censura? (de ser así, todo este quebradero fabulado por el presidente y su círculo más temerosamente cercano no haría sino retrasar unos días lo inevitable en cientos de corporaciones locales); y ¿de no ser así, está preparado para crear un mapa municipal con multitud de plenos bloqueados?

Lo de ir, una vez surgidas todas las grietas que plantea esta nueva irracionalidad a golpe de mayoría absoluta, improvisando soluciones al modo de posibles segundas vueltas ya resulta dramáticamente carcajeante. Si se afirma haber visto la luz de la democracia perfecta tras cuarenta años en que se ha jugado a unas reglas establecidas por sus mismos padres políticos, ¿Por qué no se aprovecha el golpe de mano para establecer el mismo parámetro electivo en los parlamentos autonómicos y las Cámaras nacionales? Ah, no, que en recintos como el Senado se vive muy bien eligiendo un tercio de sus representantes a dedo autonómico y sin responsabilidad legislativa real. Como diría el ínclito Mariano “Esto ahora no toca”. Lo que corresponde, visto lo visto, es continuar alejando a la ciudadanía de las instituciones, pero acercando a la gente al colmo de su paciencia.

Interdicción de la arbitrariedad

InterdiccionArbitrariedad2Una vez dada por finiquitada la crisis, esto es, asegurada la recuperación de capital, control de salarios y destino de los trabajadores por parte de los perennes altos del curso de la Historia, se nubla una pantalla que emitía créditos convenientemente confusos y el servilismo político ha acelerado su inclinación, presto a desplegar nuevos cachivaches a un lado para despistar a la hora del saqueo. Ahora toca el turno a mansalva para que la inimputabilidad cotice en mercados de aforamiento primario, la justicia no mire para ningún lado allende las fronteras, o las brechas socioeconómicas y de oportunidades, ya de por sí insorteables, se eleven como vallas de expulsión ciudadana.

¿Y qué nos queda? Pues por ahora el pataleo recurrente, cotidiano, con más o menos éxito de afluencia en función del grado térmico de indignación que se produzca por cada una de las situaciones que nos arrojan al plato, una vez hecho bola incomestible. Y en esos encuentros, habitualmente dominicales, salimos adornados de cartelería variada desde la que dejar constancia al semejante que, al otro lado de la fotografía o la actualidad televisada, opta por amodorrar su derrota, a ver si con algún teorema impactante conseguimos que deje el chandal de interior y se sume al jogging de protesta colectiva. En esas calles que nunca fueron nuestras, goza de gran éxito frente al micrófono en directo reclamar que se cumplan los derechos más vistosos que los padrastros constitucionales dieron por buenos redactar, darles cuerpo, pero con sus sistemas nerviosos y reproductivos totalmente desabilitados. El acceso a la sanidad pública y universal, a una vivienda digna, etc., son calificados, en época de privatización masiva y de segregación social sin parangón, como “principios programáticos”, meras buenas intenciones que el legislador dejó plantadas por si el tiempo y los azares tenían a bien suministrarles algo de abono normativo, aunque en realidad no han sido más que “frustraciones constitucionales”; aspirar a que lo que la mayoría considera pilares de nuestro Estado actualmente asocial no se quede en unos pocos ladrillos presos de aluminosis, parece dormir el sueño de los injustos.

InterdiccionArbitrariedad2La Constitución española está a buen recaudo. Lejos de las garras ciudadanas, se entiende.  No hay más que recordar como se enarbola una supuesta inmutabilidad permanente en la cúspide del ordenamiento jurídico mientras por sus puertas traseras se maltrata el mismo, con modificaciones en la madrugada de los tiempos en los Estados contemporáneos (artículo 135 y su entreguismo deudor al capital con prisas). Por ese motivo, no parece el camino más recto para protagonizar los cambios necesarios y deseables aquél que pretende transitar a tumba abierta, con escasa visibilidad y lleno de obstáculos. En cambio, existe un apartado constitucional que no es receptor habitual de visitas ni menciones, y desde el cual se sostiene, con repugnante elasticidad, el trayecto contrario al que su composición jurídica pretende guiar: la interdicción de la arbitrariedad (artículo 9.3).

Este principio supone la prohibición expresa para los poderes públicos, entendidos éstos en el sentido más amplio de la terminología legal y su correspondiente traducción vía pronunciamientos del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, de actuar de manera caprichosa, dañando el principio de igualdad de trato frente a los administrados. Dicho así resulta obvio, pero no por ello es menos asombroso que no se tarde apenas unos segundos para recorrer decenas de acciones políticas que patean sin pudor este mandato principal recogido en nuestra Carta Magna.

InterdiccionArbitrariedad3Sí, por ejemplo y de manera destacada, éste es uno de ellos: los indultos. El derecho de gracia sin justificación social ni piadosa que conculca penas a quienes no sólo tienen, como el resto de ciudadanos, la obligación de conocer la ley sin ser eximidos de ello por desconocimiento, sino que por notoriedad pública deben desarrollar un impecable ejercicio profesional, reforzado en esa posición preeminente en la escala capitalista en la que dicen jugar sin cartas marcadas. ¿Y qué decir del proceso de desentronización, entronización, aforamiento y blindaje del linaje Borbón en estos últimos días? Algo de arbitrio sí que parece rezumar la manera en que desde el bipartidismo se otorga un aurea especial al abdicado y su regia plebe, con tal de que los juzgados queden a enorme distancia de su trayectoria.

Estos detalles sólo son algunos artificios que pueden destapar en su mente las interminables explosiones de lucidez que le llevarán a recordar que frente a tanta y tanta desigualdad legislativa se encuentra la mencionada prohibición, sorteada a diario, ignorada por muchos.

Pasen y agredan

FÚTBOL SEGUNDA A UD LAS PALMAS - CORDOBAEn el circo del fútbol todo está permitido. Por todos y contra todos. Porque, ¿el gallináceo accedió con anterioridad a la sinrazón de los estadios o fue, por el contrario, al romperse la cáscara del huevo cuando se comenzó a cocinar todo aquéllo que ha desembocado, por ejemplo, en los incidentes de este fin de semana? Recordemos sucintamente el relato de los acontecimientos que pudimos contemplar, destemplados, en el Estadio de Gran Canaria el domingo pasado, a cuenta del partido de vuelta del play off definitivo para cubrir la tercera plaza de ascenso a Primera División entre la UD Las Palmas y el Córdoba: 32.000 localidades ocupadas íntegramente, victoria por la mínima del conjunto local en el momento de adentrarse el encuentro en el tiempo de descuento y, a través de una de las puertas de acceso al recinto deportivo que se abren con cierta antelación para permitir la salida controlada de aquéllos que deseen retirarse de manera inmediata, se cuela un número indeterminado pero cuantioso de gente que, en su mayoría, opta por saltar al terreno de juego para celebrar su inconsciencia, hacer suya una fiesta a la que no están invitados; el colegiado, ante la peligrosidad de la escena, opta por parar el partido cuando falta por discurrir un minuto y medio del tiempo añadido, con jugadores y directivos locales pidiendo, a voz en grito, que cese la invasión, que no destruyan lo que deportivamente tienen al alcance de un suspiro. Tras siete agónicos minutos en los que la inmensa mayoría del respetable increpa a los vándalos, el trencilla se dedica a negociar con las partes implicadas y los nervios gravitan formando una panza de burro esquizofrénica en el recinto de Siete Palmas, se opta por reanudar la contienda, con los segundos y el desconcierto suficientes como para que los jugadores visitantes igualen con ímpetu y oportunismo el partido y, por lo tanto, accedan a competir en la máxima división el próximo ejercicio. A partir de ahí, el descontrol más absoluto: agresiones mutuas entre aficionados de arriba y abajo, jugadores, directivos y árbitros saliendo en estampida al túnel de vestuarios, pillaje, destrozos… La imagen más funesta para cualquier localidad y sus gentes, para una plaza que tiene en su promoción turística externa la mayor fuente de recursos, de esperanza de progreso. Pero que, a su vez, tiene entre sus filas lo que no se abstrae actualmente de ningún espacio geográfico de este país. Tanto en la grada como en el palco.

LasPalmasCordoba2La pasión balompédica surge a finales del siglo XIX como elemento de cohesión grupal desde los barrios obreros de las ciudades industrializadas, marca común para aliviar tensiones, para hacer piña. El capital no tarda mucho en comprobar sus oportunidades de negocio, su rentabilidad económica, pero también social; el fútbol pasa a convertirse, así, en negocio y control, en caladero de simpatías y votos, en germen y pandemia de populismo de traje y corbata, el que sí gusta a la dirigencia. En la capital grancanaria el fatal destino de un balón que cambia una temporada ha puesto sobre el césped sociocultural las llagas que no pueden supurar frente a un ambiente desigual, en el que se dan cita todos los estratos de la ciudadanía separados según su rango de capacidad monetaria. Y, en lo alto, unos políticos que invierten ingentes recursos públicos en acomodar recintos deportivos para encontrar la gloria romana y suscribir contratos publicitarios ominosos, sin retorno real como puesta de largo encubierta a sus aspiraciones de impregnarse del éxito deportivo como triunfo de corte político; dirigentes incontrolables, que alcanzan hasta el indulto penal en su santificación desde las presidencias de los clubes; centros, en definitiva, de negocio clandestino que retroalimentan su codicia con la pasión más sencilla de guiar al redil de la permanencia en cúspides de cristal brillante. Toda esa altura brama cuando su plebe arruina el postre, como si el descontrol fuera ajeno a sus actos y omisiones.

Aquéllos que exaltaron la violencia antideportiva desde las entrañas de la expresión más vanagloriada, precisamente, del deporte nacional, son la propia sociedad y sus fracasos, las que también explosionan festejos colectivos, manifestaciones pacíficas y de rotundo mensaje ciudadano, pero en esas ocasiones las fuerzas del orden son adoctrinadas para golpear sin compasión y, de este modo, los mismos que el domingo vieron afrentado su espacio de santificación desde las alturas del Estadio de Gran Canaria, poder asustar al cohibido individuo que ama el orden y teme la barbarie enarbolando la pantochada de grupos extremistas, barbarie organizada, terrorismo de postín, deambulando por nuestras sombras. No, malquerido dirigente, esos que retumban sin dar voces son los suyos, los que su amor por la desigualdad ha creado.

Una pista de hielo armado

PatinazoPolitico3Se dedican profesionalmente a aquello diseñado para ser cubierto de manera circunstancial, ocupando sus butacas unos y otros, en cierto modo un poco todos; o, al menos, una parte proporcional de cada tendencia, por muy genéricas que éstas deban ser. Todo ello, claro, siempre y cuando supongamos que el común de los ciudadanos tienen un interés tan real como bien nutrido en cuanto a ver la política, a saborearla, con la certeza de que resulta importante para sus respectivas existencias.

Éstos a los que nos referimos, tan repetidos como aquellos cromos sin valor a la hora de cambiar en busca del ausente, del último, del único, han conseguido rellenar esos asientos ad eternum. Se presentan a los comicios con la certeza de estar únicamente revalidando de una manera medianamente incómoda casi un derecho transmisivo, una especie de renovación documentada; un par de fotos, unas firmas, alguna sonrisa, y vuelta a la realidad. Debe ser por eso, como primer argumento a valorar, por lo que el nivel de traspiés viene aumentando en cantidad y baja calidad durante las respectivas campañas electorales. Y, probablemente, la necesidad imperiosa tanto del PP como del PSOE por mantener los niveles de participación a dieta estricta ayudan a destensar los discursos y participaciones de sus candidatos, empeñados como parecen en calzarse unos patines bien afilados y lanzarse a trompicones sobre pistas de hielo armado. ¿Todas las caidas son fortuitas, o el sombrio ridículo de patujadas propias de no iniciados políticos son el eslogan de baja intensidad, unos desacordes que no arañan el disco y nos hacen saltar de canción en canción, imposible descubrir la melodia?

PatinazoPolitico2En el plenilunio de las campañas, las grandes formaciones, ahora en probable decadencia, allanan el camino de sus rostros mismos, con torpezas quien sabe si calculadas a partir del error permanente, de la confianza generada por ese salvoconducto electoral que les hace entender que no hay mal mayor que el canovismo de nueva esfera. ¿De qué manera si no se puede llegar a explicar que un candidato a obtener la mayoría minoritaria, ataviado con asesores de toda tendencia y colorido, enrede en prime time sus calculados mensajes con machismo de alto voltaje, aderezado con alta graduación, no apta para ciudadanos de política hepática, de soberbia intelectual indemostrable? Cuando estas situaciones se producen, lo último que se espera es que sus ejércitos acudan al rescate con armas silenciosas, provistos de capa sin espada, dejando el campo de campaña hecho unos zorros, sin vivos ni muertos. Sin discurso. Premeditación y alevosía; a falta de argumentos, buenos son los espectáculos de pirotecnia sin pólvora.

PatinazoPolitico1Todo este recorrido parece surgir como, por tanto, nueva estrategia de esos grandes diseños del marketing político, tan carentes primero de ideología y discurso, y que ahora parecen evolucionar hacia la supervivencia de sus clientes eliminando también hasta a los candidatos y sus eslóganes. Siguiendo este hilo conductor, y con el control de los medios de desinformación, el público cautivo, con las siglas y el mamporrerismo de su lado ya bien insertado en el ADN cuatrienal hasta el punto de repetir, como un roedor de laboratorio, el conductismo causa-efecto designado, se encargará de mantener los niveles de representación de sus huestes.

Esos patinazos cada día más habituales obtienen, además, un relleno superior en los espacios informativos destinados al análisis y el discurso político. Y qué decir de las boyantes redes sociales, ahora víctimas de un nuevo fantasma gélido que les invita a movilizarse ante su criminalización vacua, en lugar de ser pasto de campaña alternativo. ¿Es esa obsesión por buscar tipos penales imposibles para controlar la demencia violenta de unos pocos otra pirueta que lleva al poder de bruces contra la masa de hielo o, rindámonos a la evidencia, el virtuosismo malévolo del bipartidismo, entrando a la pista con movimientos patosos, agarrado a las barandillas, para provocar nuestra carcajada a punto de silenciarse? Si nos retiramos confiados, todavía con una sonrisa de peligrosa autoestima a cuestas, puede que a nuestras espaldas nos estemos perdiendo algún que otro triple salto que haga revalidar el triunfo de las malas artes.

El valor y el uso de la vida humana

IsabelCarrasco1Hace dos días ha sido asesinada, a la salida de su domicilio, la Presidenta de la Diputación Provincial de León (y varias condecoraciones más), Isabel Carrasco. Según avanzan las investigaciones policiales 48 horas después, parece asumir bastante certeza la autoria material por parte de una ciudadana con la que mantenía una relación personal y de anuencia política, y la cooperación necesaria o complicidad de la hija de ésta, con cierto recorrido en el Partido Popular, y que perdió su puesto de trabajo en la administración local hace dos años, sintiendo una animadversión que fue creciendo de manera paraonica, con la connivencia y alianza de su progenitora. Queda a estas alturas aún difuso el grado de participación de una funcionaria de la policia local leonesa que se ha encargado de entregar el arma homicida. Dicho esto, y salvo que giros más propios de la cinematografía que de la vida cotidiana dicten sentencia sorpresiva, lo que no parece que vaya a cambiar es el movil personal como nexo entre los imputados y la víctima. La cuestión política juega un papel, en tal caso, de germen a la hora de provocar la situación fatídica. Otras lecturas únicamente pueden entrar, y de hecho han entrado, desde la óptica de la oportunidad electoral, el sensacionalismo amarillista y la irracionalidad más o menos interesada.

Vayamos por partes. Núcleo principal desde el que parte la protección penal a la vida humana es, evidentemente, la salvaguarda de ésta y, en caso de que ocurra el tipo homicida regulado en el Código Penal, analizar las pruebas, el móvil, los agravantes y atenuantes que pudieran derivarse y, finalmente, imponer la pena correspondiente en busca del resarcimiento de las víctimas, la reinserción del penado y, en menor medida, el elemento punitivo del castigo como carga didáctica para evitar acciones futuras de la misma envergadura, protegiendo así al resto de la ciudadanía y aplacando la alarma social que se produce ante acciones semejantes. Las consecuencias inmediatas son el fallecimiento de un ciudadano y el dolor que provoca a su círculo cercano. En todo caso, la protección de la vida humana es un elemento evidentemente protagonista de primer nivel de cualquier Código Penal occidental, y ésta debe ser igual para todos los ciudadanos, tanto desde el lado del finado como del ejecutor de la acción punible. Pero cuando estamos ante un cargo político, aunque haya resultado víctima desde una acción de rencilla y venganza privada y personal, las alarmas son disparadas con demasiado interés, y hablar de modificaciones legales de cartón piedra, alertar de supuestos peligros apocalípticos que germinan en las sombras de la sociedad, y disparar comentarios inconexos para llegar a conclusiones perversamente disparatadas, se convierten en juez y parte fulgurante.

IsabelCarrasco2Cuando asustar al personal de norte a sur y de este a oeste con el fantasma de ETA resultaba cosa sencilla, los dos grandes partidos obtuvieron réditos valiosísimos en sostenimiento de niveles electorales a golpe de miedo y cierto victimismo que concluyó con una violación del cuerpo penalista estatal al aumentar, per se, las penas a aquellos asesinatos cometidos por miembros de bandas armadas organizadas. A partir de aquí, la protección de la vida humana toma categorías, el dolor de los seres queridos y familiares pretende apaciguarse superponiendo la venganza sobre los principios otrora principales de reintegración del procesado y, en definitiva, se le otorga valor negativo, en concepto de pena, en función de la naturaleza ideológica e inspiradora del delito. ¿De qué manera se puede instaurar en el ordenamiento jurídico de un Estado democrático, fundamentado en el principio de igualdad como uno de sus prioritarios sostenes, que merece más castigo poner fin a la vida de un ciudadano si ésta es cercenada por alguien que lo hace pensando que está eliminando a un enemigo en un conflicto, aunque éste sea ilusorio, que aquél que lo hace, tal vez, por algo tan miserable como hurtarle diez euros? En todo caso, el papel que juega la pena como elemento preventivo puede amilanar más de cometer el delito a quien se mueve por intereses vacíos que quien lo realiza premeditadamente imbuido por un factor ideológico que le hace sentirse soldado en un entorno bélico que le fabulan, que ciegan su prudencia y su raciocinio.

Desahucio1Y finalmente ha aparecido el universo paralelo que florece en los tribunales de la información. El homicidio de Isabel Carrasco ha dado para un paréntesis en la campaña electoral europea, miles de tuits y comentarios digitales de dudosísimo equilibrio en el paladar de las ideas, y varias reflexiones valientes que desde los altavoces de turno han querido, para no variar, arrastrarlas al submundo de la demagogia, precisamente el paraiso natural de los mismos que no soportan que alguna manzana vaya madurando su próximo bocado. Pablo Iglesias, de Podemos, es sólo un ejemplo, pero más que interesante para reafirmar el equilibrio torcido de manera interesada cuando un ciudadano es apartado violentamente de su destino. ¿Por qué quienes, desesperados por el acoso de las deudas, se quitan la vida, desterrados por el sistema, casi víctimas del caos colectivo, exterminados por todos con más o menos imprudencia, no tienen su minuto de silencio? Pero lleguemos al punto de inicio, lleguemos a más: Ni un homicidio político debe conllevar consecuencias de mayor rango penal ni social, ni el homicio de un político puede seguir recordando a quien, tal vez cerca de ese instante, haya sufrido violencia similar en el anonimato de la sangre sin escaño, que también en la muerte este sistema que viene expirando con él le recuerda que vale menos, que sólo merece silencio. Un Código Penal vigoroso no lo permitiría, y una sociedad madura tampoco.