Valencia marca el rumbo de la ruina presente y futura

Las cifras macroeconómicas que adornan el paisaje y horizonte de este sistema nos han revelado mecanismos que son, a igual velocidad, proyecto y fracaso de las expectativas a medio plazo de los individuos. Apostar por la gestión o por la especulación, por el contenido o el adorno, tiene establecido de antemano los resultados y su correspondiente período de incubación, engorde, disfrute e, inevitablemente, colapso y fallecimiento. Y resulta imposible de regatear un proceso así cuando nuestros responsables públicos se han venido revelando como ineptos integrales a la hora de andar por la senda de la gestión, de la optimización eficaz de los recursos y herramientas públicas a la hora de establecer un marco alejado del amarillismo publicitario, la megalomanía propia con dinero ajeno y, en fin, el despilfarro como modus vivendi de propios y asimilados, de la estirpe que invierte su tiempo de obras y labores en domar los resortes que aseguren su continuidad en los mullidos sillones que pueblan los rascacielos del poder.

El Centro de Investigación Príncipe Felipe (Valencia) ha despachado a 114 científicos, prácticamente la mitad de la plantilla adscrita, demostrando su condición de gigante que adquiere musculatura a base de esteroides y porquerías varias. En los días de furia, aquellos que apuestan por esas siglas (I+D+i) de las que sólo captan la sofisticación de su sonido en los auditorios repletos de aduladores se entierran dentro de las arcas donde cultivan telarañas, derribando a machete las apuestas más livianas, aquellas que en la balanza euro-publicidad no aseguran supervivencia de atalaya. Generaciones completas de masa científica, de la que nunca hemos estado sobrados por estas tierras, vienen siendo embaladas con destino incierto a, paradójicamente, su hábitat natural y cotidiano: el extranjero, cualquier extranjeto, lejos del cortoplacismo de los amantes de la Fórmula Uno a 17 millones de euros la ración de paseo en Ferrari e instantáneas de jet set camorrera. El avance de nuestro nido investigador no merece, por el contrario, ni la mitad de lo que cuesta un fin de semana de motores rugiendo.

La recuperación económica, como intención abstracta de evitar ser engullidos irremediablemente por las arenas movedizas del despilfarro hueco, resulta una quimera frente a decisiones públicas de este calado, que pasan inadvertidas en las cincuenta y tantas páginas de un periódico que ya nos ha vapuleado desde su portada, pero que sintetizan una forma de hacer las cosas contra la que no cabe esperanza alguna de encontrar una senda sin bandoleros al acecho.

Mientras este centenar de prestigiosos investigadores son expulsados a las cloacas de la indeterminación profesional y de la paralización de sus líneas de trabajo, otras alcantarillas rezuman chanchulleo y dispendios a costa del erario público. La ciencia más desarrollada del panorama nacional, vamos. Emarsa, empresa pública depuradora de la ciudad de Valencia y 17 municipios colindantes (la multiplicación de Sociedades Anónimas de exclusiva titularidad pública para la gestión de áreas de responsabilidad local o provincial merece un análisis posterior en siguientes entradas) ha destapado su hedor levantino al saltar la primera tapa de alcantarilla, bajo la que se están viendo, con la nariz bien tapada, correr cauces millonarios de facturaciones ajenas al fin de la gestión para la que el presupuesto es aprobado o, directamente, falsas en mediterráneas mayúsculas que ocultan la vidorra de cargos de segunda y tercera fila del reinado popular a los que se acomoda sin objeto ni control, sí con animus hurtandi. Un saqueo más, una responsabilidad política menos, visto lo sonrientes que siguen campando a sus anchas aquellos que presumen de aeropuertos vacíos y megaconstrucciones con goteras. Y, así, desfila la opulencia miserable al sentido inverso en el que lo hace la honrada ciencia española, desoladora migración en busca de calidez inversora.

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