La Corona errática

La Jefatura del Estado hecha carne, así como toda la troupe cosanguinea que vive al amparo de los presupuestos generales destinados a la Casa Real, ha venido sufriendo un importante descrédito, fundamentalmente a lo largo de los dos últimos años, que no se plasma en las encuestas de valoración ciudadana acerca de las instituciones. Al menos, no se concreta con el mismo peso que supone la gravedad de determinadas situaciones que se suceden desde Zarzuela a Pedralbes, pasando por orillas muy negras, muy revueltas. La Corona continúa manteniendo plaza en posiciones europeas en esto de la simpatía que despierta entre la ciudadanía, aunque habiendo tenido que ceder su habitual primera plaza, obtenida a lo largo de los años no tanto por mérito propio sino gracias a esa burbuja protectora que ha hecho del palacio borbón una isla deseada y respetada gracias a la neblina que ha impedido ver su contaminación.

Ese espejismo tras la verjas de los dominios borbónicos se ha previsto repintar con una estrategia desesperada, propia de un brainstorming de últimos cartuchos ó, quien sabe, diseñada por especialistas del publicismo residentes en tierras lejanas, desconocedores por tanto de la metástasis que Borbolandia sufre en todos sus órganos. De lo contrario, resulta complicado asimilar la ceguera que ha llevado a la máxima institución nacional, primero, a actuar frente a polémicas de incontestable gravedad (actitud cruel y despilfarradora, inmoral desde cualquier ángulo, de Juan Carlos; imputaciones penales contrastadas sobre su yerno Iñaki Urdangarín, etc.) con la estrategia de levantar murallas bajo el océano y, después, aceptando que todo se soluciona con maquillajes de humilde droguería. Con respecto a las actividades pestilentes de algunos miembros del clan, su conocimiento reciente no significa que el virus de la corrupción y el absolutismo se haya colado por las tuberías regias de la noche a la mañana; sencillamente, las múltiples vías de comunicación y difusión derivadas del desarrollo de las redes sociales vienen corrigiendo, afortunadamente, la autocensura que en España se han impuesto los medios de información tradicionales para con la Casa Real. Cuando un elefante aparece acribillado tras el perfil sádico de su majestad de nada valen las llamadas a las diferentes redacciones y consejos editoriales para tratar con discreción esos resbalones sostenidos por compañía femenina de regio concubinato; una foto, más que nunca, vale no más sino tanto, tantísimo, que todas las palabras justificadoras, porque esa imagen corre como la pólvora del rifle borbónico pero con el ritmo de un boomerang, en dirección inversa, con millones de comentarios, reflexiones, denuncias y críticas hacia el entrecejo juancarlista, reforzando la certeza de que una sociedad contemporánea merece instituciones electivas, removibles y controlables, así como alertando nuevas consciencias que van despertando de la placidez con cuerpo de pesadilla.

Con la familia mal avenida y entrando en hospitales y saliendo de comisarias y juzgados, su derrumbre definitivo se ha evitado provisionalmente gracias al colchón que le viene proporcionando su homónimo gubernamental. El virrey Rajoy y sus huestes de millonarios ministros centran la indignación principal y crónica de la sociedad y, en ese caos, el Palacio de Invierno a ocupar tiene fachada de Congreso, tal vez de Moncloa, mientras La Zarzuela va librándose de la invasión hasta que los primeros objetivos sean conquistados. Ese tiempo precioso lo quiere aprovechar la dinastía borbónica para preparar sus defensas pero, como recordamos al principio, los encargados de diseñar las medidas de protección parecen poco atinados. Bien es cierto que algunas, inicialmente, no han recibido la aprobación de la soberbia patriarcal o, al menos, ella misma se ha encargado de dejarlas invalidadas con su propia reincidencia. Con el final del verano, la familia real se ha puesto a salvo de los objetivos furtivos y se ha aprestado a desarrollar una estrategia que difunda su genética campechanía pero frente a cámaras amigables.

La campaña no ha podido comenzar de peor manera. El book idílico de la pareja principesca y su prole (de la que reproducimos algunas instantáneas), con el estilo más casposo del Hola para condesas de segunda y aristócratas en decadencia, pretende mostrar, o eso se supone, la cercanía y fraternidad armónica de la familia heredera. Y eso se escenifica, en un Estado con seis millones de desempleados en ciernes y una agitación social producto de la amputación de derechos y prestaciones sin precedentes en la etapa democrática, mostrando una sucesión de rostros impostados, modelitos para señora, caballero e infantitas de lucimiento chic, todo ello rodeado de hectáreas de jardines versallescos. Si quieren caer simpáticos recordándonos el lujo del que disfrutan a costa de nuestros tributos, y que gracia les supone el asunto, desde luego que el asesoramiento recibido no comprende a qué tipo de situación se enfrenta. Tras esta ostentación provocadora, el próximo paso anunciado sigue la línea irregular de una estrategia desesperada por remontar terreno hacia la simpatía popular por aquellos que nunca han entendido el esfuerzo ni la necesidad de cultivar la responsabilidad de ese cargo con fondos pero sin contenidos; en próximas fechas, Televisión Española ha anunciado el estreno de un programa semanal sobre la actividad de la Casa Real. La pluralidad de la pública desaparece con los despidos de tantos profesionales que no casan con el reaccionarismo de Somoano y los suyos, mientras por la puerta grande entrará el monarca y familia a contarnos lo mucho que trabajan y lo normal que es su vida y su cotidianeidad. Lo dicho, si esto es asesorar, que lo cambien por algo de sentido común.

Sí volverá a ocurrir

No hay que ser un especialista del lenguaje facial, al estilo Lie to me, para sospechar con certera evidencia que tras esas tres afirmaciones regias encadenadas que hemos presenciado ayer, a la salida del hospital USP San José, no hay otra cosa más que una imposición asumida a regañadientes para pasar página a una constatación gravísima que se quiere sepultar en cuestión de segundos. El resto, las anunciadas consecuencias reformistas en la actividad de la jefatura del Estado, son tan creíbles como las promesas electorales populares, reconvertidas en una continuada transformación de Mister Hyde político. Para asumir esta evidencia primero hay que analizar en qué se diferencian los conceptos Corona, Casa Real, Jefatura del Estado y Rey de España. En base a nuestro cuerpo legal, encontraremos separaciones en el ámbito presupuestario, político, organizativo o patrimonial. Tantas que hasta continuamos visualizando un porcentaje de la asignación a la máxima institución del Estado en los Presupuestos Generales mientras nos vendan otro tanto frente a piñatas repartidas aquí y allá, cuestión que tiene su sustento asegurado a partir de la exclusión de nuestros hereditarios Borbones de la reciente normativa relativa a la transparencia de las instituciones.

En el análisis de ese minuto escaso de arrepentimiento público por parte del Jefe del Estado se pueden comprobar dos actitudes, más allá del significado y el tono del lenguaje utilizado: Inicialmente, el rey se planta ante supuestos periodistas (¿quienes?, ¿cuantos?, ¿en representación de qué medios?) agradeciendo la preocupación e interés mostrado por su estado de salud, todo ello a un nivel sonoro de bajísima intensidad, como un infante desconcertado que repite las frases que mamá le ha conminado a expresar al oído; un brevísimo paréntesis y la modulación se transforma para apuntillar toda una degradación institucional de la Casa Real en tres infantiles mea culpa, y aquí paz y después gloria. Dicho esto, que a juicio de los asesores regios debe ser entendido como y dicho todo, Juan Carlos I enfila la línea de salida de su mayor tormento como monarca hasta la fecha recuperando esa tez rocosa, árida y de carne derrumbada, a modo de expiación de su propia debilidad impostada. De niño a hombre.

Pocos seres humanos son capaces de variar su conducta a la edad de 74 años. Menos aún cuando el grueso de su existencia ha transcurrido rodeado de una placentera almohada de confortabilidad súbdita. El Jefe del Estado no ha necesitado reafirmación ciudadana permanente cara a revalidar electoralmente la confianza en su gestión. Su papel público se ha visto reducido a leer discursos ausentes de contenido mientras el grueso de la expresión informativa interfronteriza se ha comprometido a la adscripción fiel de una imagen maquillada de la manera más estética posible, sin fisuras. Pero esa vida privada del monarca, que le lleva a preferir el asesinato por divertimento cruel de mamíferos superiores en lugar de practicar el noble arte del dominó, y en la que comparte ocio pegajoso con aristócratas complacientes o especuladores de toda calaña, no se abandona de la noche a la mañana sino que se encuestra enquistado como el alquitrán al pulmón, irreversiblemente. En definitiva, y sumando las similitudes de su expiación pública con el aprehendido mitin de Iñaki Urdangarín a la puerta de los juzgados de Palma de Mallorca, los enanos que crecen en los jardines palaciegos parece que no han reciclado sus estrategias de comunicación, o será que un considerable segmento de la población española ya ha dejado de creer que la bolita de la honradez puede aparecer bajo esos vasos nada comunicantes entre los que manejan, como una suerte de prestidigitador improvisado, los mensajes que debemos aceptar, palabra de rey.

Y todo volverá a ocurrir porque la separación de poderes se mutado en separación de personas. Los ciudadanos reciben una dieta dura de mentira por día, mientras los monopolistas de las instituciones, tanto caza, caza tanto, han instaurado, como estrategia general, ir paulatinamente desdiciendo sus previsibles embustes, con nuevos argumentos espurios. Ana Mato, la ministra de la eterna arruga, parece que intenta aprovechar esas ondulaciones faciales para evitar que detectemos sus sonoras falacias, pero no tiene la habilidad oratoria como seña de identidad. Durante el anuncio que ha realizado a cuenta de la implantación del copago sanitario en forma de abono de medicamentos a cargo de sectores socialmente debilitados, ha afirmado que esto supone un acto de valentía de cara a salvaguardar la cobertura sanitaria nacional como principio irrenunciable. Miente. Valentía hubiera supuesto enfrentarse a las grandes farmacéuticas implantando las recetas por dósis de tratamiento, la unificación de las numerosas centrales de compras para exigir presupuestación única y, finalmente, la obligatoriedad de los medicamentos genéricos en el recetario que se emane de la medicina pública. Degradar las pensiones al hacer pagar a los ciudadanos jubilados, o a los enfermos crónicos, es un acto de cobardía que se ceba con los más débiles. De igual manera que en el caso de Repsol a cuenta de la nacionalización de YPF, el ejecutivo demuestra estar al servicio del capital, no de la ciudadanía. El rey, al servicio de sus intereses empresariales y de divertimento. Todos, al verse acorralados, realizan solemnes actos de contrición teledirigidos pero, no nos engañemos: todo aquello de lo que dicen arrepentirse volverá a ocurrir, vaya que sí.

 

Crónicas del rey cazado

Viendo esta imagen de juventud, un tiempo antes de haber siquiera recibido la corona preconstitucional, nadie puede afirmar que le coja de nuevas las aficiones francotiradoras del Jefe del Estado. Otra cosa es que, en un país que ha mantenido, con mínimos altibajos, un crecimiento económico al que ha accedido grandes bolsas ciudadanas, es hasta entendible que las cosas de Corte sólo interesen cuando rezuman perfume aristocrático. Aquella rumorología maledicente, producto de rencorosos excluídos de la fiesta de la democracia por voluntad propia, que aseguraban filias monárquicas algo más truculentas de las que aparecían en asépticas portadas plagadas de glamour, eran obviadas sobre patines invernales, regatas de estival campechanía, así como bodas, bautizos y comuniones salteados con chascarrillos regios que despertaban la risotada cómplice, la admiración por todo aquello que Zarzuela exportaba de una España que era admiración internacional. La leyenda de amores silenciados por cómodos pagarés sine die, osos ajusticiados debido a sus problemas de onmívora alcoholemia y escapadas nocturnas a dos ruedas, como un angel vengador que deface entuertos a la misma velocidad que patina en sinuosas curvas sin estrellas, sólo encontraban espacio en publicaciones de sátira nada costumbrista o, peor aún, en esas páginas de reducida lectura, sólo toleradas por estómagos rencorosos, malas bestias que no podían aceptar que en Iberia, por fin, reinaba la paz de los hombres y el optimismo de los dioses.

El 14 de abril de 2012, quien lo iba a decir, transcurrió como el aniversario menos republicano de nuestra historia, sin saber que esa fecha podrá ser recordada, en no mucho tiempo, como el día en que la monarquía comenzó a desangrarse, malherida, por un disparo informativo penosamente cubierto. En menos de 24 horas todo ese escudo protector, ese chaleco antibalas periodístico que rodea La Zarzuela, trasluce enormes agujeros de gruyere, por el que no sólo se están colando críticas esperadas, sino desafecciones más que sorprendentes.

En ese sentido, es altamente recomendable la columna de alguien de nula sospecha antimonárquica, todo lo contrario, como es José Antonio Zarzalejos, quien hace hoy un repaso en El Confidencial de todas aquellas desventuras que están llevando a la Jefatura del Estado y su incontrolada prole a verse cerca de necesidades de abdicación, nada menos. Demasiados disparos y escándalos en los que mete el dedo hasta la cadera regia, hablando muy alto sobre la absoluta ruptura del matrimonio real y la existencia pública de consorte sin corona en viajes y actos oficiales que, por supuesto, no aparecen en la portada de la revista de popular saludo.

Zarzalejos afirma, en una incontinencia narrativa impropia de su mesura conservadora hacia la realeza, que la reina está triste, qué le pasa a la reina: ni más ni menos que haber sido culpabilizada por su marido de la pérdida de prestigio de la institución, sobre todo por lo que considera matrimonios imperfectos de sus vástagos. Esto demuestra la poca capacidad autocrítica de nuestra primera institución, lo que ha provocado el distanciamiento hasta geográfico de la pareja real. Sofía, en efecto, parece estar más tiempo en Londres con su hermano que atendiendo sus responsabilidades locales y, claro, sin la cabeza de familia, el clan se despendola.

Columnas situadas habitualmente a la derecha de la página han seguido a lo largo del día atizando a su otrora referencia institucional, salvando por supuesto la quinta columna del ABCedario. ¿Supone concluir que la Casa Real ya no posee la fortaleza para gestionar la opinión de una parte del periodismo nacional? Evidentemente, si resulta inútil matar mosquitos a cañonazos, es repugnante acribillar elefantes a escasos metros por perversa diversión. Lo segundo es indefendible, escandaloso, excéntrico en lo pecuniario, doloroso en lo institucional. Pero lo primero, con el bloqueo y eliminación de la web en la que se encontraba la instantánea de un paquidermo ajusticiado tras dos sonrientes matarifes, es propio de gabinetes decimonónicos: desde Zarzuela no parecen haber renovado sus conocimientos acerca del funcionamiento de la información en estos días; secuestrar una publicación o trasladar unas cuantas recomendaciones a los directores de las principales cabeceras no impide que la interacción digital siga su propio camino, forme la corriente de opinión que mañana demandará explicaciones y cambios.

En estas veinticuatro horas de tambaleo monárquico, ande o no ande, con muletas o sin ellas, quien debe sufrir un mayor desconcierto decepcionante es la inmensa colectividad de simpatizantes socialdemócratas españoles. Habiendo asumido que se puede participar en un partido republicano sin serlo, que la monarquía ha traído estabilidad al país, que se es, en realidad, juancarlista como un mal pasajero… habiendo asumido todo eso durante tres décadas la sensación de repugnancia ayer habrá sido mayoritaria entre sus filas, pero hoy han tenido que levantarse y comprobar que sus principales líderes han decidido ejercer de mudos domingueros, evitando pronunciarse sobre esta sucia actualidad (salvo la excepción nada sorprendente de Tomás Gómez). Ya dirá algo Rubalcaba a la hora del Telediario, pensarían camino del kiosco o encendiendo el ordenador para empaparse de la línea de su medio de cabecera. Pues nada, la editorial de El País, como si quieres arroz, Catalina. Miguel González, por su parte, habla de un mal tropiezo, una cosita en plan resumen de los descuidos públicos de la tribu borbónica, pero evitando caer en la reprimenda ó el fino enseñamiento. Ya se sabe, a elefante abatido todo son pulgas. Y, por ahí, llegó el tercer disgusto del progresista moderado esta mañana, que si tecleó sin querer la dirección de El Mundo, habráse visto sorprendido por un cambio de cromos en las orientaciones de cabecera. El ídem al revés; ya nadie sabe quien protege al general para que huya y se ponga a buen recaudo, lejos del campo de batalla. Debe ser que la infantería ha sido machacada, peor aún, que los restos de la soldadesca estilográfica baten en retirada. Toca al rey mantener el rifle desempolvado y proteger, desde su solitaria loma, la corona con espinas.

Desmontando los Presupuestos Generales

En nuestra realidad nacional, un paseíllo así echa en falta a otros señores. Probablemente no vestirían prendas tan desenfadadas, pero caminarían sin duda al mismo ritmo, hacia el mismo destino y pisando las mismas miserias. El quinteto en cuestión estaría acompañado por alguna sotana, un uniforme medallero y, en el centro de la escena, una corona regia sonriendo bobaliconamente.

Tras la miserable trampa temporal que ha retrasado los Presupuestos Generales del Estado 2012 con el objeto de apuntalar el poder omnímodo conservador de norte a sur, los populares han tenido que comenzar la ronda de tramposas justificaciones con una doble derrota a la espalda y una huelga multitudinaria y valiente como mochila llena de piedras. Todo eso ha supuesto traspiés no calculados cara a la presentación de las cuentas públicas más devastadoras por injustas de la historia reciente de España. Los instrumentos físicos, con ropajes ministeriales, que se vienen encargando de ejecutar y hacer cumplir lo ejecutado por los poderes que ya van enseñando su apariencia mortal, aseguran que estamos ante unas partidas de gastos ajustadas a la realidad, que buscan la dinamización y recuperación de la economía nacional y que intentan apretar las teclas adecuadas cara a un futuro halagüeño. La respuesta de sus amos ha sido, sin duda, en consonancia con la deriva que, en poco más de tres meses, ha guiado a estos náufragos que se empeñan en poner rumbo a la España muerta, la que abandonamos hace más de treinta años. Más allá de la constancia que han dejado a primera vista, de las huellas en una escena de crimen que tiene desangrada a casi cinco millones de víctimas, las macrocifras económicas no admiten engaño: los sucesivos gobiernos nacionales, en tiempos de artificial bonanza y de sus inevitables reversos críticos, han ignorado a consciencia los artilugios contables que pudieran suponer el repintado de nuevos escenarios productivos; por el contrario, siempre han sustentado el peso de nuestros tributos sobre la gran obra pública como frágil elemento dinamizador del mercado de trabajo y el pago de deudas que van más allá del simple concepto de empréstito financiero. Reforma laboral y Presupuestos Generales forman un binomio macabro: sus previsiones van de la mano para asomarse a un desfiladero en el que pueden ver, al fondo, con claridad, más de seiscientos mil nuevos parados y un total de endeudamiento público que, a finales del presente ejercicio, superará el 80% del PIB. No obstante, como ciegos sordomudos que se empeñan en guiarse el uno al otro, ambos instrumentos insisten en condenar la estructura pública y en rogar la recuperación frente al altar de un Estado que no necesita redención. Mientras, la deuda privada nacional, la que el sistema bancario soporta divinamente a base de rescates estatales sin contraprestaciones, enquista el destino de este proyecto común que vaga sin pilas.

Hablábamos de los uniformes, de los trajes distintivos que, en este país, tienen por costumbre cometer los crímenes sin consecuencias, independientemente de tiempo y lugar. De este modo, en los Presupuestos con mayor carga de sacrificios por metro cuadrado de la historia democrática española, las partidas presupuestarias destinadas al sostenimiento de la iglesia católica no reciben el más mínimo recorte (159 millones); la Casa Real hace un campechano esfuerzo y acepta disminuir su diezmo un tremendo 2% (8,26 millones mantiene,desprendiéndose de unos pocos miles de euros), siempre en referencia a los gastos conocidos, claro; y, cerrando la santísima trinidad de los improductivos estamentos que, aún así, permanecen dentro de una placidez presupuestaria digna de la España más gris, Defensa acepta un recorte algo superior a sus compañeros de divinidad, pero cargando el grueso del descenso presupuestario (112 millones) en la reducción del personal de tropa en casi dos mil efectivos, con lo que su aportación al sacrificio común se realizará en forma de despidos entre la soldadesca menos cualificada.

¿Y cómo queda el mundo real, el que hemos ido construyendo como sociedad para otorgarnos un paisaje con algo de humedad? Pues hecho unos zorros, evidentemente. Sin comentarios que ahonden gratuitamente en ese dolor frente a nuestras consciencias que nos ha dicho muy a las claras como España era un espejismo, como sigue siendo caspa malsana entre la que no cuenta nuestra frondosidad ciudadana, completamos con los contundentes datos este paseo por el agujero negro que ahora nos viene absorbiendo:

– Políticas Activas de Empleo, 21,3% de reducción para la herramienta básica contra el paro. Ah, claro, que la Contrarreforma Laboral lo arreglará todo en otra existencia.

– Formación Profesional para el empleo, 34,3% menos. Los no instruídos deben ser más sencillos de engañar ante la desesperanza.

– Prestaciones por desempleo, casi un 6% menos. ¿Cómo puede ser si el paro aumenta y el propio Gobierno pronostica un crecimiento de más de medio millón de ciudadanos sin trabajo? Parece ser que porque tienen detectado que un amplio sector de desarraigados laborales no tendrán derecho a prestación. Es decir, sugieren que están manejando estadísticas de lo más precisas en cuanto a los colectivos y segmentos que sufrirán el látigo del desempleo, pero en lugar de poner en práctica políticas activas para evitarlo, se frotan las manos con el ahorro en este epígrafe.

– Sanidad, un 6,8% menos. De este modo, el funcionamiento deficitario del sistema público se irá agudizando en la misma proporción que ese argumento conscientemente provocado deriva en políticas de concertación con el ámbito privado, así como gestión del sistema comunitario por empresas que ya están haciendo su permanente agosto.

– Educación, 21,9% en descenso. España es la monda lironda; en lugar de ir reduciendo su política de concertación educativa a medida que el sistema público hubiera ido cubriendo aquellas carencias para poner en oferta un plan universal en todos los rincones del Estado, éste se va arrogando en su obligación como Social y vuelve a dejar en católicas manos la formación de millones de incautas generaciones. Entre esta sangría de desinversión educativa, destaca la mutilación de becas y el holocausto sobre el plan nacional de guarderías. La única conciliación que parece conocer el Gobierno es la de Trento.

– Investigación y Ciencia, donde nos vamos a un 35% de nuevo abandono. Es como disparar sobre un muerto. Si esta materia se usaba a destajo para ponerse civiles medallas mientras el desarrollo científico recibía migas en tiempos de cólera recaudatoria, lo de ahora es para ponerse la bata y hacer sudokus.

– Cultura dice adiós a un 15,1%, porque es territorio de elementos perniciosos para el ínclito Wert y sus disparates de contertulio por horas. Y así, en pequeñas pero devastadoras píldoras, vemos como la Cooperación al Desarrollo prácticamente se despide desde la orilla de sus desposeídos beneficiarios, el Plan nacional contra el SIDA como si quieres arroz, Catalina….