Quién es quién en el Monopoly bancario

Un comprometido y estrecho suscriptor nos ha obsequiado con uno de esos documentales que humedecen las sábanas, a pesar de las noches de invierno, con espantadas de sudor incómodo. Más allá del carácter sionista, funambulista ó, sencillamente, camorrista de los interfectos, lo cierto es que la camada de maduros cachorros hambrientos que conectan su sistema nervioso a nuestra fuente de alimentación son primos hermanos de su dinastía opulenta. El carácter de discreción pública, casi de mediocridad pusilánime aparente, es una de las magníficas cortinas que el neoliberalismo fabrica con tonos negruzcos, dejando para su defensa externa a cómplices políticos de amplia sonrisa, así como ejemplos del star system económico. Pero, no lo olvidemos, detrás de la apariencia producida por la deshidratación económica y social que padecemos, están ellos, continuando su magno plan de universos financieros paralelos, de retorno a un mundo capitalista sin enemigos a la vista, donde cada ciudadano retorna en siervo y cada salario en limosna.

Cuando la enfermedad se alza en virtud

La ludopatía, término compuesto desde los latinismos que lo definen como enfermedad del juego, es calificada negativamente en nuestro entorno social. Cierto es que lo bares y restaurantes se encuentran atestados de maquinas tragaperras, mientras muchas de sus mesas, al atardecer, se pueblan de inocentes partidas de cartas donde desfogar el tránsito diario y la cartera semivacia. Ni que decir tiene que es sólo la antesala de mastondósticos bingos y casinos poblados de seres de moneda fácil, de ansiosa necesidad de pulir sus ingresos y transformarlos en deudas y miseria. Los juegos de azar, que ya se han trasladado al anónimo escenario de las apuestas por internet, están regulados, consentidos y aprobados por nuestro entorno social y legal, siempre y cuando no salten la incómoda barrera del vicio y el desacato económico. En muchos casos, es síntoma de glamour y posicionamiento, de maneras refinadas. No obstante, cuando el jugador traspasa los límites subjetivamente establecidos como aceptables, ahí aparece el desterrado ludópata que, en lugar de movilizar la economía, la arruina y destruye el núcleo que genera nuevos rendimientos en su plano inmediato.

Qué decir entonces de momentos consagrados en nuestra cotidianeidad alrededor de unas cañas de cervezas o una buena botella de vino. O mala. El alcohol lidera el círculo de encuentros y desencuentros en las relaciones entre congéneres: almuerzos de amigos o laborales, salidas nocturnas, aperitivo, encuentros con el diálogo y frente a la copa; la publicidad trata a los productos destilados como impulsores de sensaciones llenas de autenticidad, capaces de transformar y versionar la personalidad del consumidor en aquel reflejo pleno de confianza y ocurrencia, de liderazgo grupal. Tras esos soportes comerciales y los indiscutibles momentos de encuentro, jolgorio y alegre esparcimiento, también se muestran, día a día, abandonados compañeros de camino que optaron por andar esta travesía en soledad, muy cerca de la barra de su bar de confianza y muy lejos de lo que pretendían alcanzar en realidad. Ese momento es el que, en el caso de la definida patología del alcoholismo, establece la línea entre la sana diversión etílica y el abandono social. Ya no tiene gracia, es molesto, y para tal fin establecemos presurosos un término inequívoco que le lance fuera de la fiesta del consumismo.

De este modo, y a grandes rasgos, podemos establecer con meridiana rotundidad que este sistema económico, que es quien marca toda la pirámide de relaciones y modos aceptados grupalmente, llama a las cosas por su nombre. Al pan, pan y al vino, vino. Todo aquello que se mueve por la corteza de nuestra realidad está atestado de acciones aceptadas que mantienen su reverso de exclusiones aceptables. Pero en el núcleo del sistema, en el epicentro del que irradia el motor que mantiene encendido y a temperatura idónea el ritmo de la economía, se encuentra la raíz no definida del mayor de sus complejos, disfrazado éste de virtud inalterable. Las imágenes cotidianas de ciudadanos plenos de felicidad y sonrisa, con bolsas de múltiples colores y marcas colgando de sus enérgicos y mercantilistas brazos, son expresión del triunfo y el cénit sistémico. A veces se les va un poco la mano, y en ese caso, en lugar de trasvasar su situación hacia el temible plano de la calificación inculpatoria, se les cataloga como compradores compulsivos. ¿Qué significa exactamente? Pues no gran cosa, ya que es confuso batir ambos términos y extraer una conclusión en sentido positivo o negativo. La compulsión es, en efecto, el impulso irresistible a la repetición de una acción determinada, pero este hecho, en sí, no delimita un error o enfermedad que deba ser sanado. Pero también, en puridad, la compulsión consiste en la obligación de hacer algo por haber sido compelido por una autoridad legal. Y que mayor, más noble y respetada, autoridad existe que el orden económico mundial, incapaz de engrasar su maquinaría sin el imprescindible lubricante que generan cajas registradoras en constante abrir y cerrar.

El comprador compulsivo es el mayor de los ejemplos, el espejo donde cualquier individuo que pretenda ser alguien en su capitalista entorno debe observarse a diario hasta que consiga mimetizarse en sus gestos y acciones. No es casual que, en tiempos de crisis y ruina como la actual, se planteen con mayor fiereza campañas municipales alentando la apertura de tiendas y centros comerciales los domingos y fiestas de guardar. Veinticuatro horas de consumo, aderezadas por campañas de saldos y ofertas que complementan la ya dilatadas temporadas de rebajas invernales y estivales. Cuando un ciudadano se acerca al mostrador para abonar sus compras, nunca verán al dependiente de turno analizar si ese individuo que le entrega una tarjeta de crédito desgastada puede o no permitirse un despilfarro textil o tecnológico de esa envergadura, mucho menos osará cuestionarle si realmente necesita ese nuevo par de zapatos de piel de oso hormiguero, o un reproductor musical de color pistacho. Ese ser que muestra como signo de posición social irrefutable su plástico dorado es un solidario consumidor, un estratega del negocio de compraventa de bienes muebles. Al pisar la acera, sus congéneres le observarán con insana envidia, deseando alcanzar su gloria adquirente a la mayor brevedad posible. No hay barranco tras el abuso de nuestros limitados recursos cuando de adquirir productos manufacturados se trata. Tal vez, al traspasar el desvencijado portal de su casa en ruinas, el optimista comprador se sirva unas tristes y solitarias copas, mientras observa el saldo de sus cuentas y maldice sus frenéticos e incomprensibiles impulsos. Pero esa es otra historia incalificable, porque ocurre frente a su soledad y, por tanto, no molesta.

El trágico retorno

La aceptación nietzscheana acerca de que todos los acontecimientos del mundo se repetirán eternamente basa su prisma inspirador en un profundo conocimiento del desarrollo humano, en la certeza de que los individuos, bien en sus pasos solitarios, bien en su papel de célula nacional, mantienen una tremenda capacidad para eliminar el recuerdo y el aprendizaje como elemento evolutivo, lo que nos convierte en obtusas piezas de maquinaria sin conductor.

El Museo Nacional Reina Sofía expone, hasta el próximo 22 de agosto, la colección que, bajo el título “Una luz dura, sin compasión“, recopila una vasta camada del documental fotográfico proletario amateur desarrollado entre 1926 y 1939. Sin duda, la compasión no aparece por ningún trasluz de las miles de instantáneas que componen esta exposición imprescindible para acercarnos al colectivo obrero europeo, reflejado desde su propio objetivo. De entre tanta desolación asentada en las miradas y rostros individuales de esta clase formada en el siglo pasado, protagonista de él, nada alivia. Hay dolor y cansancio en cada fotografía, en cada portada de publicaciones divulgativas casi artesanales, pero también sobra coraje y energía, sea cual sea el Estado del que provenga el mensaje visual.

El mundo proletario, efervecente de rebeldía e iluminado por la Revolución de Octubre, tiene en la década de los veinte sus primeras huellas como detentador de herramientas propias para contarse lo qué ocurre y reflexionar acerca de lo que debe ocurrir. En este sentido, destaca la publicación alemana AIZ, vertebrando masivamente la estrategia propagandística consensuada en la Internacional Comunista, que destierra la visión burguesa de la fotografía y, más al contrario, considera su potencialidad para el desarrollo revolucionario. Willi Munzenberg, editor de AIZ y otras publicaciones obreras en Alemania, complementa la labor de Sovetskoe foto en la Unión Soviética e irradia a toda Europa la realidad del colectivo, estableciendo como mensajes prioritarios la representación de las clases trabajadoras como protagonistas de una nueva hegemonía política (URSS), así como la desgracia y el padecimiento de la clase proletaria bajo la opresión del capitalismo (Alemania, principalmente).

Entre septiembre y diciembre de 1931, la publicación alemana presenta dos reportajes sobre las condiciones de sendas familias, los Filipov moscovitas y los Fournes berlineses. En ellos se confrontan los logros acaecidos en la URSS de cara a resaltar el protagonismo del trabajador en la patria de los proletarios con respecto a las penurias que, bajo la República de Weimar, sufren a diario los obreros. Sin obviar el obvio celo propagandístico de éste y tantos reportajes que nutren las revistas mencionadas, es imposible escapar a la objetividad identitaria entre los datos que reflejan el horror diario de la ciudadanía de un Estado empobrecido en ese momento como Alemania pero, a su vez, cuna de derechos y logros laborales y económicos, y su paralelismo con este presente incierto que andamos sin reflejar preocupación. Efectivamente, la familia Fournes desarrolla su miserable existencia en un panorama capitalista que obliga a la totalidad de sus miembros a trabajar para sobrevivir; los hijos se ven obligados a dejar de lado su formación académica para conseguir miserables recursos económicos con los que sustentar sus necesidades básicas, siempre en labores penosamente remuneradas y con el yugo permanente del posible despido en caso de no aceptar condiciones laborales leoninas y precarias. El padre, por su parte, siendo obrero cualificado y con una dilatada experiencia en su ramo, convive con la indeterminación de su futuro profesional, recibiendo un salario semanal de unos 60 miseros marcos. Mientras, el dueño de la fabrica que lo emplea cierra ese año 1931 con unos beneficios de 4.120.000 marcos.

  Al finalizar el recorrido de la exposición, rematada con una extensa recopilación de cartelería y fotografía del bando repúblicano durante nuestra Guerra Civil, el eterno retorno se hace carne y presencia devastadora; cuántas similitudes aborda nuestro recorrido como especie y en qué medida se acortan los plazos para repetir errores y desventuras es algo que salta al pensamiento y lo engulle a cada expositor presenciado. Pero, sobre todo, resulta atroz percibir la calcada sucesión de hechos que van masticando la oleada de desgracias producto de un sistema, el capitalista, que no duda en provocar errores calculados para sobrevivir, aún sea con mácula.

– Uso de la fuerza militar para asegurar recursos primarios: El colonialismo, ajeno a todo fin romántico o aventurero como ha venido relatándose a modo de turbia pantalla, consagró el control absoluto y esclavista de los recursos naturales imprescindibles para mantener la rueda productiva capitalista. Tras asolar las estructuras sociales de los territorios avasallados durante décadas y arruinar por completo el sustento y la cultura de los mismos, los Estados colonizadores tuvieron que retroceder ante el empuje del hartazgo y la ruina. No obstante, mantuvieron el control económico y financiero que justificaba el político, absolutamente prescindible en tanto en cuanto se comprobó cuan sencillo resulta aprovechar un sistema propio (la democracia), para venderlo con taras y fugas al Estado que se desea controlar. Mientras, la descolonización consigue desarrollar definitivamente la estructura de poder que, a día de hoy, se ha convertido en protagonista absoluto del sistema de control económico mundial: la Corporación. Efectivamente, la salida del mando militar del Estado opresor refuerza el liderazgo de la multinacional que esquilma la riqueza del lugar, convirtiéndose en el interlocutor de la nación receptora del saqueo.

Este sistema, agresivo hasta decir basta, acaba chocando también desde su estructura de corporaciones silenciosas, apareciendo la tercera opción con vistas a que nada cambie, dando la pública impresión de estar realizando acciones de profundo sentimiento nacionalista-patriótico (Anexiones), o bien de calado humanitario (Imposiciones). La filantropía no casa bien con los misiles.

– Aquiescencia socialdemócrata: En épocas de profundas crisis del sistema capitalista, la socialdemócracia se ha acostumbrado en arrogarse una penosa función de mediador entre necesidades contrapuestas, estirando las sábanas y planchando la colcha a las Corporaciones y repartiendo limosnas a la ciudadanía trabajadora. La dualidad que bailotea entre unos símbolos nostálgicos y unas acciones contradictorias marcan la penuria de estas agrupaciones políticas, tanto más cuanto se acercan épocas de tensión bélica como la actual.

– La estrechez del embudo laboral: Las multinacionales no conciben ejercicio sin mayores beneficios que el anterior. La incompatibilidad de un planteamiento de dimensión tan voraz con el desarrollo, no ya de los millones de trabajadores que desarrollan su existencia en el mundo capitalista directo, sino a su vez de los que lo soportan en el indirecto, se está encontrando con una ausencia dramática de respuesta firme que ralentice los efectos de este apocalipsis económico. Setenta años después, Europa y USA se llenan de habitantes sin acceso cotidiano a los bienes de consumo, empobrece las relaciones sociales y distancia al colectivo de sus objetivos comunes, agrietando la conciencia de clase y relanzando una falsa clase media trabajadora con expectativas burguesas.

– Desaparición de máscaras políticas: Las fluctuaciones del sistema capitalista construyen antesalas que, en el momento que la rapiña que da sentido a su desarrollo especulativo se estanca, transforma el recibidor en un amplio salón con ventanales abierto de par en par, por el que entran, sin pudor ni reparo, las formaciones fascistas, gracias a la confianza que le otorgan precisamente los sectores obreros castigados con mayor severidad por el sistema. La arrolladora aparición de la extrema derecha finlandesa, su auge vertiginoso en Hungría, o su existencia ya estable en Estados de tal desarrollo social como pueden ser Holanda o Francia, suponen la invasión de toda la estancia, la implosión de las bases que componen la condición humana, el respeto al prójimo y la solidaridad grupal como motor de evolución individual y colectiva.

– Reforzamiento del discurso en favor de las libertades individuales: Diluir los potenciales sentimientos de respuesta en masa necesita discursos consensuados por el conjunto de las fuerzas políticas representantes del sistema capitalista, detentadoras del puesto de vigilia del poder económico desde una estructura electoral capacitada para evitar fugas significativas desde sus torreones representativos. Así, aparece un mimético discurso que ensalza la importancia de preservar la libertades individuales, tal cual un logro del sistema, pero que se relaciona impúdicamente con una libertad máxima: la del consumo. Elegir, de este modo, no tiene más significado que la posibilidad de optar entre tal y cual producto, mientras que las ideas y las propuestas que signifiquen libertad para cambiar lo establecido se arriman y demonizan como respuesta errónea, si bien se aprovechan puntualmente para reforzar la farsa de un supuesto gobierno de todos, en donde tienen cabida la totalidad de puntos de vista e intereses ciudadanos.

La familia Filipov, representación del establecimiento de la primera República de obreros y campesinos de la historia de la humanidad, nunca jugó al tenis en sus jornadas de ocio productivo; no dispuso de las ventajas de una estructura económica y social pensada por sus semejantes y desarrollada con un destino de liberación definitiva del yugo de las clases dominantes, minoritarias en número pero aplastantemente mayoritarias en recursos y bienes productivos. Los miembros de esta familia moscovita aparecen en la páginas color sepia de AIZ como útil propaganda y, a su vez, como eficaz medio de reacción hacia millones de trabajadores allende las fronteras soviéticas pero, lamentablemente, ese paraiso tampoco abrió sus puertas en este planeta imperfecto. No obstante, la exposición fotográfica que podemos disfrutar en el Museo Reina Sofía nos recuerda que hace sólo setenta años el colectivo obrero se hartó definitivamente de las mentiras especulativas de las clases opresoras e intentó buscar una vía liberadora de desarrollo, pero también nos alerta de cuan cerca nos encontramos de las armas, del odio y la destrucción, de cometer los errores que debimos haber superado gracias al profundo conocimiento que nos otorgó el siglo XX. Pero, claro, el trágico eterno retorno…