Si lo sé, no pienso

Silosenopienso1No levantar la mirada del desánimo, tan en todas las letras e imágenes que vienen y retornan, trae estas desazonadas cuestiones. Por ejemplo, si un Estado cuenta con la propiedad plena de una compañía de telecomunicaciones, rudimentaria pero monopolística, lo que asegura pingües beneficios casi sin necesidad de innovar y ser innovado, ¿Qué le lleva a deshacerse, precio de mercadillo aparte, de su prístina oportunidad para abastecer presupuestariamente a otros sectores, deficitarios en su esencia y sin remisión? Libre competencia, dicen que alguien comentó que así se llamaba en tiempos del Fausto de Adam Smith. Pero aunque la flor se mantenga lozana en su primer vuelo, el adiós al fértil tallo no hará sino asegurar que le ronda lo mustio, el fin del color. La vuelta al negro y negro.

De una compañía de telefonía con esguince leve de eficiencia (mercado que fue mutando hasta contar con nuevas extremidades en forma de dispositivos móviles, conexión a internet, televisión a la carta, etc) pasamos a cuatro con diferentes niveles de rotura de ligamentos, cruzando entre ellas sus respectivas lesiones, enredando entre cobre, fibra y demás tiranteces el oligopolio del absurdo. Y poco a poco, fusión a absorción, las quejas pasaron de las cuentas de resultados corporativas a las facturas de millones de usuarios. La farsa de la competencia permanece, pero el control real de este mercado en una sola insignia, casualmente la misma que vino del fondo común a la mansalva privada, es moneda corriente. La diferencia, que esos multimillonarios ingresos ahora se reparten de acción en acción, de aquí para allá, mientras el Estado cuadra cuentas a costa de fondos de calcetín roido. Y no levante mucho la voz, que a lo mejor el santo grial de este juego de pocos para uno se percata de su pujante pobreza y le obliga a seguir siendo competitivo vendiendo algún aeropuerto. Mientras sea el de Castellón….

Silosenopienso2Tanto dar vueltas al innoble arte de reflexionar en voz ronca agota que es un primor, así que nada mejor que airearse con las ventanas del coche bien abiertas y ¿Qué demonios? con el cinturón bien recogido, lejos de la incomodidad de torso a ingle. A fin de cuentas, ¿Con qué derecho viene el Estado que todo lo vende a querer regular mi potencial muerte, elegida desde la inconsciencia más privada? Si me dedico al deporte de rotura de lunas estilo ariete clásico, problema mío y nada más que mío. “Ojo, egoista conductor”, me inquirirá la DGT, “que sus mutilaciones, secuelas, fenecimiento en última instancia, es abonada por todos en solidaria comandita, vía Seguridad Social. Aténgase a las normas para no empobrecer más las arcas públicas ni colapsar la sanidad de su Comunidad, seguramente deficitaria”. Que gran verdad. ¡Gracias, Estado hermano, sanador prematuro de mis humanas imprudencias! ¡Odas a ti, Protector anticipado de las turbulencias de tus ciudadanos atolondrados! Ahora, aplícate el cuento y prohibe de una humanitaria vez tantas y tantas barbaries que se suceden durante la canícula cerebralmente tenebrosa, a lo largo y estrecho de tus pueblos y villas. No permitas que miles de mamíferos superiores, pacíficos y sin capacidad de decidir su participación en ningún tipo de afrenta carnicera a su vida e integridad, sean utilizados como juguetes de muerte, víctimas abrasadas por la obcecación colectiva de reafirmar su ancestralidad sanguinaria. Y, mientras humanizas tu carcaza para abandonar tantas excusas de tradición sobre civilización, no me vuelvas a hablar de responsabilidad en ningún aspecto de mi libre albedrío al mismo momento que facilitas decenas de muertes y lesiones humanas previa al irreversible sacrificio del único que entra sin pedirlo, que se defiende sin ser reconocido por ello. La crueldad aderezada por esa concatenación de irresponsabilidades, desde el poder público que financia generosamente estas atrocidades, hasta los miles de “gallardos” novicios que se lanzan a multiplicar el terror del astado. Y cuando unos pocos, estadística inevitable, fenecen o quedan malheridos de gravedad, se convierte en noticia como si el toro apareciera de la misma manera que ese pinchazo a noventa kilómetros por hora. ¿Y ese doble coste, el de nuestra barbarie social y el de la víctima voluntaria en el fervor de la sangre, quién lo paga?

Silosenopienso3Basta de dar vueltas, de seguir dudando alrededor de la propia duda, que podemos dar un volantazo de esos que hieren con sólo sentir el derrape bajo las neuronas. Mejor continuar acechando este mes de agosto lejos de los arrumacos de la contradicción que supone perseguir lo equilibrado. A la playa, pues, a escote, con amigos, tirando del poco dinero que el menudeo de este capitalismo nuestro nos permuta en algún rincón de las comisionadas cuentas bancarias. Claro que, pensando sin querer hacerlo pero nuevamente un poco, a ver de qué manera uno se tumba en la hamaca sin ser visto por los prismáticos del periodismo riguroso. Mal está gastar lo que uno bien se gana, y peor aún si lo hace tras cometer la osadía de ser político de paso con la pensión a la vista de todos. Faltaría que los que van de Luxury Resort imPúnicamente vayan a permitir que se extienda la costumbre de proveerse de asueto contra el pecunio propio. Desde luego, está visto, mejor no salir de casa. Mejor aún no salir del sueño. Si lo sé, no pienso.

El mayordomo nunca se sienta a la mesa

Ángel Sanchis, uno más de esos tesoreros históricos que han volado, gaviota en ristre, desde la casposa Alianza Popular al muy sofisticado Partido Popular, ha reconocido entre chascarrillos de aquel que se siente impune, que organizaba cenas, a medio millón de pesetas el cubierto, en su humilde morada, para recaudar algún dinerillo con el que construir aquella imberbe democracia al gusto de los paladares más exquisitos. Financiación de andar por casa, nunca mejor dicho, con la buena voluntad de ese capital tan por encima de transiciones, reformas y voluntades electorales. En esas mesas la caras han podido ir transfigurándose, de tal modo que sus respectivas naturalezas se han hecho más o menos visibles a lo largo de los años, pero el anfitrión principal ha devorado con el mismo apetito nombres y corbatas, esbirros de almuerzo a la carta y de menú de sidrería. Pero, fueran las que fueran las viandas, envueltas en primorosas privatizaciones o con aroma a ladrillo deconstruido, los comensales que se han reunido para enarbolar sus cuchillos nada inofensivos, vigilantes a babor y a estribor con tal de que nadie les hurtara el pan untado de manteca gorrina, siempre han sido esbirros de su propia clase, social o política, mancomunados en el interés común, superior, que les ha venido convocando alrededor de mesas financiadoras.

Mayordomo1Puntualmente toda la parafernalia ha estado dispuesta, fiel a su cita, pero la sillas tienen invariablemente el tarjetón de turno con el nombre de su poseedor, y ahí el mayordomo nunca se sienta a la mesa. Cada cuatro años, a lo sumo, prueba a hurtadillas alguna sobra, recibe un efímero aguinaldo de condescendencia, pero el resto de veladas se queda a apagar los focos, recoger la mesa, soportar con estoicismo el desaguisado de los comensales. Suspira y continúa su jornada, día tras día, con alguna protesta en forma de ronroneo histérico, sin saber como desahogarse lejos de la pajarita, del silencio pacífico, contaminado frente a una continua contradicción entre su órden y la anarquía que pueblan las butacas que sirve.

Quizás los cambios de uniforme, de talante, de catres y de manera a la hora de recibir el salario haya confundido nuestras atribuciones alrededor del capitalismo como forma de supervivencia, que no de vida. El dinero no entiende de menú colectivo, de café para todos, y estas dos décadas de prórroga ideológica que ha sobrevolado la superficie de los compromisos de portada, mayoritarios, con Fukuyamas y otros sommeliers de áspero paladar, se han topado con la soberbia programada de implantar la dieta única con aderezos de pega, hierbajos alrededor del plato con el único propósito de ocultar la escualidez de las raciones.

Mayordomo2La lucha de clases como motor obligatoriamente engrasado en la rueda del materialismo histórico resulta imperecedero en la condición humana, en la sempiterna batalla por aspiraciones contradictorias que chocan con la necesidad de rebañar las bandejas antes de que sean retiradas. Y para aspirar a que las banquetas sean rotatorias, proporcionadas desde el entrante hasta el postre, no se admiten reservas. A partir del despertar mayoritario, aunque a cuentagotas, acerca de la podredumbre que se teje entre el poder financiero y político, el militar y el control de los recursos naturales, las farmacéuticas y la tiranía de los padecimientos desterrados de cura, la salvaguarda del interés mayoritario ha quedado detenida; un quinquenio de reconocida crisis se ha tornado, por fin, en el escenario real: la amputación de la mano invisible para sustituirla por una prótesis guiada para abofetear a las clases medias, desterrándolas de aquellos privilegios inevitablemente otorgados como contrapeso frente a la tentación marxista y lanzándolas al cubículo sin fondo conocido; hoy es un recorte salarial, mañana la privatización de servicios públicos esenciales y así hasta donde la ciudadanía lo permita, con la única frontera subterránea conocida en el trasluz de la semiesclavitud.

Mayordomo3Lo que Sanchis, Naseiro, Lapuerta o Bárcenas han tejido no ha sido más que sentar a la mesa, en pequeña escala, a invitados que representan el asociacionismo de la minoría. Ésta se obceca en afirmar que son el problema y la solución, a sabiendas de haber sido descubiertos, desde el contubernio con los que vienen accionando las teclas para revertir cualquier estado de bienestar hasta la búsqueda torpe de nuevas excusas para demandarnos altura de miras, paz en las calles, mesura hasta los próximos comicios, mientras envían a las fuerzas de supuesta seguridad a apalearnos más cuanto más civilizado es nuestro comportamiento. ¿El zorro que cuida de las gallinas? Ni mucho menos, el capital es mucho más refinado: espera a la puesta de huevos para sustraérnoslos mientras nos acaricia el plumaje seco, ignorando el piar de nuestra tímida desolación.

Al capital se le enreda la lengua

Puede sonarles extraños viniendo de un liberal como yo pero… (y aquí entra el resumen de su contradictoria reflexión) parece conveniente, según De Guindos, que en esta época donde su adorada ley de la oferta y la demanda se encuentra tan repleta de cláusulas interpretativas y trampas varias, las entidades financieras intervenidas por el Estado pasen a hacer causa común (con nuestros tributos, of course) y se nacionalicen en solidaria comandita. Efectivamente, el liberal con bipolaridad marxista puntual ha entendido que Bankia y otras estructuras bancarias que tienen control estatal para buscar su reflote y posterior venta a precio de saldo, no van a obtener en eso que llaman mercado pero quiere decir prostíbulo, la más mínima rentabilidad (así sea negativa, en su particular léxico tramposo). Por lo tanto, y siempre remarcando que el futuro (lo que quiera que ese vocablo signifique a estas alturas) de esa hipotética banca pública (prometemos que de sus capitalistas cuerdas vocales emergió esa denominación en su comparecencia de hoy) sólo supone, en su ortodoxia de libremercadista, una engorrosa aceptación transitoria de que la afirmación iniciática tiene trampa, como toda invención humana dispuesta a ser impuesta a golpe de insensibilidad, y que la privatización es cuestión de tiempo, ha procedido a alabar virtudes de lo odiado. Así, se ha dedicado a enumerar todas las posibilidades de que dispone la fusión de las fusiones fracasadas, con el banco de su indemnizado amigo Rato a la cabeza, bajo el mando de su ministerio, otorgando servicios a más de 17 millones de clientes y asegurando su solvencia presente y próxima. Es decir, aquel que protege y confía en la regulación inteligente del mercado asume que tiene mastondósticos productos en oferta sin adquirente a la vista, que aquéllos están siendo abrillantados con nuestra colectiva pasta y que, mientras su adorada divinidad del capital reune calderilla para hacerle la cobertura, va a tener que desempolvar sus apuntes sobre alternativas macroeconómicas para construir un artilugio que no le gusta pero del que destaca valiosas posibilidades en términos de solidez, crecimiento y solidaridad financiera.

Pero De Guindos no ha transmutado su burguesita inconsciencia tras quedar atrapado por consignas colectivas que alimenten sus recovecos cerebrales, sino que continúa por la senda de abrazar aquel negocio que queda en casa. De otra forma no se entendería como se puede continuar hablando de seguridad y robustez del fraude Bankia mientras se aumenta por miles de millones sus necesidades de inyección monetaria a diario. De este modo, con la conciencia anticipada de la debacle que iba a suponer el temblequeo de este hotentote de pega, Rajoy y sus escuderos de la dilapidación de tributos públicos llevan unas programadas jornadas afirmando que iban a inyectar sin rubor todo aquel parné que hiciera falta para que el fraude fuera completo, para que los que se han quedado al frente de la nave hueca fueran estimando al alza la masilla verdosa adecuada a sus planes de impunidad. Banca pública a tiempo parcial, fortaleza de algo que no se vende por imposible. Desde luego, con estratagemas tan miserables usando la estructura pública para validar su sistema de enriquecimiento, el capitalismo se retrata… pero se insufla oxígeno monetario desde aquello que adelgaza y reclama ligero y flexible.

Porque, y de eso no hay duda, el capitalismo saca pecho a medida que llena sus alveolos financieros arriesgando la expectativa ajena. Sirva como ejemplo el significativo caso de César Alierta, presidente de la muy privatizada Telefónica, que en un plazo inferior a doce horas ha resultado ejemplo perfecto de cómo se puede hacer loas a la mano invisible de sus muy visibles negocios. La cabeza marmórea de esa corporación que ha desarrollado mareados tentáculos por mercados tramposos, que tuvo el honor de trasladar al ex Presidente José Luis Rodríguez Zapatero a la sede de Ferraz durante una jornada electoral, facilitándole, que se sepa, los escrutinios y, que no se sepa, tal vez su camaradería tan de pupitre como la que servía Juan Villalonga a José María Aznar, ha afirmado esta mañana que, informe financiado por la empresa que preside y otras tantas de similar tamaño y calaña, la nueva reforma laboral es el instrumento idóneo para reactivar la economía nacional. Tanto es así que se atreve a asegurar como veremos síntomas de sólida recuperación en menos que canta un móvil, dando datos tan precisos como que en poco menos de un año estaremos sobre el 0,5% de crecimiento del PIB y comprobando la creación de un millón y medio de puestos de esclav…trabajo. Y así, amigos, se escribe la historia del fraude mercantilista, denominando “creación de puestos laborales” al centrifugado que han realizado con la destrucción medida de gran parte de la clase media. Tras alcanzar más de cinco millones de desempleados estables, sacan ahora de la lavadora empobrecida empleos en los que no se percibe mota de derechos laborales ni mancha alguna de estabilidad trabajadora o contraprestación salarial digna.

Ya entrada la tarde, el amigo de amargarnos horas muertas con llamadas comerciales al comienzo de la siesta u obsequiarnos con el servicio de atención al cliente más desquiciante que la mano del empresariado haya podido crear, ha visitado, junto a un ramillete de recaudadores del capital elegidos con mercantilista exquisitez, las dependencias oficiales del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, para utilizar el despacho de la gestión pública ejecutiva como cueva de negocietes ajenos, cerrando con dirigentes de la República Popular de China acuerdos comerciales de lucro privado por valor de 500 millones de euros.

Ahhh, la lejana China, motivo de escarnio, desconfianza y profunda crítica por el autodenominado mundo libre, libre de principios y equidad. El capital, burlón y promiscuo, ignora a propósito la simbología roja a sabiendas que tras sus puños y sus estrellas se encuentra el paraíso de miles de millones de manos esclavas que surten a ridículo coste sus estanterías, las mismas que empobrecen la balanza de costes de sus compatriotas de naves industriales clausuradas, imposibles de competir ante ese discurso en el que se enreda la lengua de la oferta y la demanda; que balbucea, ebrio de monedas mediatas, el principio del fin de su mundo intervenido.

El trágico retorno

La aceptación nietzscheana acerca de que todos los acontecimientos del mundo se repetirán eternamente basa su prisma inspirador en un profundo conocimiento del desarrollo humano, en la certeza de que los individuos, bien en sus pasos solitarios, bien en su papel de célula nacional, mantienen una tremenda capacidad para eliminar el recuerdo y el aprendizaje como elemento evolutivo, lo que nos convierte en obtusas piezas de maquinaria sin conductor.

El Museo Nacional Reina Sofía expone, hasta el próximo 22 de agosto, la colección que, bajo el título “Una luz dura, sin compasión“, recopila una vasta camada del documental fotográfico proletario amateur desarrollado entre 1926 y 1939. Sin duda, la compasión no aparece por ningún trasluz de las miles de instantáneas que componen esta exposición imprescindible para acercarnos al colectivo obrero europeo, reflejado desde su propio objetivo. De entre tanta desolación asentada en las miradas y rostros individuales de esta clase formada en el siglo pasado, protagonista de él, nada alivia. Hay dolor y cansancio en cada fotografía, en cada portada de publicaciones divulgativas casi artesanales, pero también sobra coraje y energía, sea cual sea el Estado del que provenga el mensaje visual.

El mundo proletario, efervecente de rebeldía e iluminado por la Revolución de Octubre, tiene en la década de los veinte sus primeras huellas como detentador de herramientas propias para contarse lo qué ocurre y reflexionar acerca de lo que debe ocurrir. En este sentido, destaca la publicación alemana AIZ, vertebrando masivamente la estrategia propagandística consensuada en la Internacional Comunista, que destierra la visión burguesa de la fotografía y, más al contrario, considera su potencialidad para el desarrollo revolucionario. Willi Munzenberg, editor de AIZ y otras publicaciones obreras en Alemania, complementa la labor de Sovetskoe foto en la Unión Soviética e irradia a toda Europa la realidad del colectivo, estableciendo como mensajes prioritarios la representación de las clases trabajadoras como protagonistas de una nueva hegemonía política (URSS), así como la desgracia y el padecimiento de la clase proletaria bajo la opresión del capitalismo (Alemania, principalmente).

Entre septiembre y diciembre de 1931, la publicación alemana presenta dos reportajes sobre las condiciones de sendas familias, los Filipov moscovitas y los Fournes berlineses. En ellos se confrontan los logros acaecidos en la URSS de cara a resaltar el protagonismo del trabajador en la patria de los proletarios con respecto a las penurias que, bajo la República de Weimar, sufren a diario los obreros. Sin obviar el obvio celo propagandístico de éste y tantos reportajes que nutren las revistas mencionadas, es imposible escapar a la objetividad identitaria entre los datos que reflejan el horror diario de la ciudadanía de un Estado empobrecido en ese momento como Alemania pero, a su vez, cuna de derechos y logros laborales y económicos, y su paralelismo con este presente incierto que andamos sin reflejar preocupación. Efectivamente, la familia Fournes desarrolla su miserable existencia en un panorama capitalista que obliga a la totalidad de sus miembros a trabajar para sobrevivir; los hijos se ven obligados a dejar de lado su formación académica para conseguir miserables recursos económicos con los que sustentar sus necesidades básicas, siempre en labores penosamente remuneradas y con el yugo permanente del posible despido en caso de no aceptar condiciones laborales leoninas y precarias. El padre, por su parte, siendo obrero cualificado y con una dilatada experiencia en su ramo, convive con la indeterminación de su futuro profesional, recibiendo un salario semanal de unos 60 miseros marcos. Mientras, el dueño de la fabrica que lo emplea cierra ese año 1931 con unos beneficios de 4.120.000 marcos.

  Al finalizar el recorrido de la exposición, rematada con una extensa recopilación de cartelería y fotografía del bando repúblicano durante nuestra Guerra Civil, el eterno retorno se hace carne y presencia devastadora; cuántas similitudes aborda nuestro recorrido como especie y en qué medida se acortan los plazos para repetir errores y desventuras es algo que salta al pensamiento y lo engulle a cada expositor presenciado. Pero, sobre todo, resulta atroz percibir la calcada sucesión de hechos que van masticando la oleada de desgracias producto de un sistema, el capitalista, que no duda en provocar errores calculados para sobrevivir, aún sea con mácula.

– Uso de la fuerza militar para asegurar recursos primarios: El colonialismo, ajeno a todo fin romántico o aventurero como ha venido relatándose a modo de turbia pantalla, consagró el control absoluto y esclavista de los recursos naturales imprescindibles para mantener la rueda productiva capitalista. Tras asolar las estructuras sociales de los territorios avasallados durante décadas y arruinar por completo el sustento y la cultura de los mismos, los Estados colonizadores tuvieron que retroceder ante el empuje del hartazgo y la ruina. No obstante, mantuvieron el control económico y financiero que justificaba el político, absolutamente prescindible en tanto en cuanto se comprobó cuan sencillo resulta aprovechar un sistema propio (la democracia), para venderlo con taras y fugas al Estado que se desea controlar. Mientras, la descolonización consigue desarrollar definitivamente la estructura de poder que, a día de hoy, se ha convertido en protagonista absoluto del sistema de control económico mundial: la Corporación. Efectivamente, la salida del mando militar del Estado opresor refuerza el liderazgo de la multinacional que esquilma la riqueza del lugar, convirtiéndose en el interlocutor de la nación receptora del saqueo.

Este sistema, agresivo hasta decir basta, acaba chocando también desde su estructura de corporaciones silenciosas, apareciendo la tercera opción con vistas a que nada cambie, dando la pública impresión de estar realizando acciones de profundo sentimiento nacionalista-patriótico (Anexiones), o bien de calado humanitario (Imposiciones). La filantropía no casa bien con los misiles.

– Aquiescencia socialdemócrata: En épocas de profundas crisis del sistema capitalista, la socialdemócracia se ha acostumbrado en arrogarse una penosa función de mediador entre necesidades contrapuestas, estirando las sábanas y planchando la colcha a las Corporaciones y repartiendo limosnas a la ciudadanía trabajadora. La dualidad que bailotea entre unos símbolos nostálgicos y unas acciones contradictorias marcan la penuria de estas agrupaciones políticas, tanto más cuanto se acercan épocas de tensión bélica como la actual.

– La estrechez del embudo laboral: Las multinacionales no conciben ejercicio sin mayores beneficios que el anterior. La incompatibilidad de un planteamiento de dimensión tan voraz con el desarrollo, no ya de los millones de trabajadores que desarrollan su existencia en el mundo capitalista directo, sino a su vez de los que lo soportan en el indirecto, se está encontrando con una ausencia dramática de respuesta firme que ralentice los efectos de este apocalipsis económico. Setenta años después, Europa y USA se llenan de habitantes sin acceso cotidiano a los bienes de consumo, empobrece las relaciones sociales y distancia al colectivo de sus objetivos comunes, agrietando la conciencia de clase y relanzando una falsa clase media trabajadora con expectativas burguesas.

– Desaparición de máscaras políticas: Las fluctuaciones del sistema capitalista construyen antesalas que, en el momento que la rapiña que da sentido a su desarrollo especulativo se estanca, transforma el recibidor en un amplio salón con ventanales abierto de par en par, por el que entran, sin pudor ni reparo, las formaciones fascistas, gracias a la confianza que le otorgan precisamente los sectores obreros castigados con mayor severidad por el sistema. La arrolladora aparición de la extrema derecha finlandesa, su auge vertiginoso en Hungría, o su existencia ya estable en Estados de tal desarrollo social como pueden ser Holanda o Francia, suponen la invasión de toda la estancia, la implosión de las bases que componen la condición humana, el respeto al prójimo y la solidaridad grupal como motor de evolución individual y colectiva.

– Reforzamiento del discurso en favor de las libertades individuales: Diluir los potenciales sentimientos de respuesta en masa necesita discursos consensuados por el conjunto de las fuerzas políticas representantes del sistema capitalista, detentadoras del puesto de vigilia del poder económico desde una estructura electoral capacitada para evitar fugas significativas desde sus torreones representativos. Así, aparece un mimético discurso que ensalza la importancia de preservar la libertades individuales, tal cual un logro del sistema, pero que se relaciona impúdicamente con una libertad máxima: la del consumo. Elegir, de este modo, no tiene más significado que la posibilidad de optar entre tal y cual producto, mientras que las ideas y las propuestas que signifiquen libertad para cambiar lo establecido se arriman y demonizan como respuesta errónea, si bien se aprovechan puntualmente para reforzar la farsa de un supuesto gobierno de todos, en donde tienen cabida la totalidad de puntos de vista e intereses ciudadanos.

La familia Filipov, representación del establecimiento de la primera República de obreros y campesinos de la historia de la humanidad, nunca jugó al tenis en sus jornadas de ocio productivo; no dispuso de las ventajas de una estructura económica y social pensada por sus semejantes y desarrollada con un destino de liberación definitiva del yugo de las clases dominantes, minoritarias en número pero aplastantemente mayoritarias en recursos y bienes productivos. Los miembros de esta familia moscovita aparecen en la páginas color sepia de AIZ como útil propaganda y, a su vez, como eficaz medio de reacción hacia millones de trabajadores allende las fronteras soviéticas pero, lamentablemente, ese paraiso tampoco abrió sus puertas en este planeta imperfecto. No obstante, la exposición fotográfica que podemos disfrutar en el Museo Reina Sofía nos recuerda que hace sólo setenta años el colectivo obrero se hartó definitivamente de las mentiras especulativas de las clases opresoras e intentó buscar una vía liberadora de desarrollo, pero también nos alerta de cuan cerca nos encontramos de las armas, del odio y la destrucción, de cometer los errores que debimos haber superado gracias al profundo conocimiento que nos otorgó el siglo XX. Pero, claro, el trágico eterno retorno…

El mercantilista que no llora

Los negocios, a lo largo de la realidad humana de los últimos ocho mil años, de nuestra realidad cercana en lo antropomórfico y lo cerebral, han venido aparejados al arte de la guerra. Y ella ha sido provocada y soportada precisamente para controlar y monopolizar nuevos y rentables segmentos de producción cautivadores de doblones, ducados, terrenos o títulos nobiliarios. En definitiva, un elemento definidor ha encauzado el entendimiento de la agresividad y aspiraciones de los grupos a lo largo y ancho de nuestra herencia reciente: el monopolio de la más lucrativa fuente de ingresos y, como consecuencia de lo citado, el control absoluto y despiadado de la realidad geográfica donde se generara dicho beneficio, así como de los individuos perdedores encargados de producir la ganancia a bajo coste.

Resumiendo lo despiadado de la relación existencial entre colectivos a lo largo de la Historia encontramos la respuesta que nos conduce a comprender, más allá de nuestra imposibilidad como ejemplo hacia lo eterno, los mecanismos que manejan el conflicto permanente en la geografía terrestre pero, sobre todo, los límites aparejados a dicho enfrentamiento sempiterno.

Los que componen las pesadillas

En todo caso, como decimos, los grandes héroes de la destrucción y el aplastamiento de otros objetivos han realizado dichas imposiciones por múltiples factores, todos ellos conducentes al control del binomio importación-exportación, se denominara de una u otra manera a lo largo del desarrollo macroeconómico universal. Pero todos esos emperadores, centuriones, duques o burgueses iniciáticos implantaron su crueldad empresarial en base al logro de beneficios sobre explotaciones reales y cercanas, con sus esclavos o lacayos a pie de castillo.

En estos instantes de guerras no encaminadas al control territorial y movimiento empresarial difuso e incomprensible para la mayor parte de los mortales, la belicosidad se centra y atrae hacia la riqueza que no entendemos. El rifle y la corbata se han asociado como el tribuno con el mercenario, pero en una oscuridad con bombillas rotas. A partir de ahí, centrémonos en nuestra realidad de servilismo impregnador de toda realidad; la compra del supermercado, la entrada del partido de fútbol ó el paquete de cigarrillos son las miserias del siervo de la gleva en estado catatónico. No obstante, las miserias recibidas, en uno u otro estado social a lo largo de la Historia, han sido diáfanas en lo que respecta a su producción u origen, hasta nuestros días. En efecto, la actualidad mercantilista ha creado una nueva raza de ejecutores masivos de órdenes y sistemas que reciben a cambio su salario azucarado desde sombras y lejanías que les permiten no reflexionar sobre ese punto de inicio.

Invirtamos el protagonismo de los actores que dan y reciben el mercadeo de nuestros tiempos para sonrojarnos de verdad. Exigir moralidad a la masa receptora de las limosnas generadas es como rogar a un tigre que lama y ronronee en lugar de morder y devorar; por el contrario, los acaparadores de los resortes productivos ya no van a cara descubierta, no se enorgullecen de sus triunfos y logros. Por el contrario, conscientes de su indignidad a la hora de fomentar y expandir este sistema de éxito en negro, movilizan a sus ejércitos sin hombres ni armas, desde la lejanía de sus sistemas financieros que se enrevesan en función de cada complicación que deben preparar para ir escapando de las respuestas exigidas. Así, clavan sus lanzas y asaltan las fortalezas desde sus torreones de pocos metros cuadrados, día tras día, noche tras noche. Y en esas mínimas jornadas de descanso que se permiten los generales del capitalismo, los denominados mercados financieros, ellos también duermen. Y sueñan. Lo que cabe preguntarse, aterrados desde nuestras chozas cada día con menos paja y más barro o estiercol, es si son conscientes, ausentes de cualquier orgullo cercano frente a la sangre y la muerte de sus contricantes, francotiradores con la diana disfrazada, del sufrimiento que generan cada segundo. Vencer a pecho descubierto y, a partir de clavar la bandera y la lanza del triunfo, exigir tributo y pleitesía, es lo que viene soportando nuestra especie desde la aparición fortuita de la llama combustiva y existencial. Masacrar con la cobardía del anonimato de la víctima es el resultado de la especialización financiera y económica del capitalismo, es como lanzar misiles inteligentes en nombre de los derechos humanos de las bestias pardas. Esos mercados que tanto hacen tambalear nuestro destino, el de la colectividad trabajadora reunida en torno a Estados frágiles y cobardicas, están compuestos por seres vivos que, tras afilar los colmillos y saltar sobre las presas, llenan arcas y, a su vez, cementerios y barras de bar. Producen tristezas, dramas y tragedias. Son hombres y mujeres que no salen al campo de batalla a batirse para generar su logros a cara descubierta, sino fantasmas que expanden su capacidad de rendimiento a costa de inversiones de temor y desconcierto.

Tienen hijos, inmuebles, y comen y cenan con amigos y familiares. Cada día tantos mueren y se sacrifican como soldados caídos en proporción a los ceros que logran con un sistema guerrillero de estrategia especulativa, no bélica. Hacen lo mismo que nosotros y, alguno, estamos convencidos, suelta una lágrima por su mezquindad histórica, por su bajeza evolutiva. Triunfan a costa de ampliar su sombra siniestra, pero tienen carne y hueso que se degrada como la nuestra. A costa de la nuestra.