Cruce de regalos sin envolver

CruceRegalos1La navidad se adelantó unos días en la relación, hasta el popular saber, invernal entre el ejecutivo popular y las grandes plataformas postsindicales, vease UGT y CCOO. Ese día, Mariano Rajoy y Fátima Báñez entregaron, sin papel de regalo, un obsequio al millonario atasco laboral en forma de ciudadanos sin ningún tipo de expectativa laboral ni prestación que se deprecie a larguísimo plazo. ¿A qué se debía esa generosidad, jau jau, del gobierno nacional más insensible con la penuria del populacho, tras tres años de sordera a cualquier inversión socioeconómica que pudiera arrastrar su dogmatismo austero? ¿Por qué razón Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo resultaron tan desagradecidos con el presente gubernamental, sin una sonrisita inocente que consolara tamaño acto de bonhomía? Curioso, curioso. En palabras de la ministra del Rocío, perdón, del ramo, 400.000 parados verían, a comienzos de 2015, reestructurados sus respectivos dramas cortoplacistas con una dádiva de 426 eurazos mensuales que deja el populismo del bolivarianismo acechante a la altura de un prestidigitador de hotel levantino. Ahora ya vamos conociendo la letra pequeña, la cláusula cielo donde estallará el artificio tamborilero del gobierno patrio, además de resultar sorprendente que el mismo partido que anuncia la consolidación de la recuperación y el despegue definitivo de la economía se preste, precisamente en ese anhelado instante de algarabía macroeconómica, a potenciar la vía del subsidio. Y Méndez y Toxo, mientras continuamos estas líneas, se empeñan en mantener prietos los dientes, oculta la alegría.

CruceRegalos2Parece que esa prudencia sindical no guarda relación con esperar a la festividad de Reyes (los tres del lejano Oriente, no los dos de la cercana Zarzuela) para devolver la sorpresa como se merece. Mas al contrario, antes de finiquitar el año de los nerviosismos postelectorales, hemos podido conocer que el obsequiante era, realmente, el obsequiador. Y no, Méndez y Toxo no permanecían con el frente labial incólume porque les supiera a carbón el kilo de limosna subsidiada, sino precisamente por parecer beneficiarios de aquello que, en realidad, les había dejado la cartera con más telarañas que sus estadísticas de nuevas afiliaciones. Hoy han recibido, a vuelta de Código Penal, la ofrenda recíproca a esas enhiestas presencias, responsables como gusta definir estos artificios en diferido, para loa de una gobernanza con poco margen de que la alquimia política derive encuestas decadentes en más balcón genovés, más plasma para todos y más sucursal germana transpirenáica. Hoy, navideños lectores, el rodillo absoluto del Partido Popular se disfraza de sensibilidad obrera, y ha anunciado la reducción de penas en la legislación penalista nacional para aquellos delitos relacionados con actividades ilegales en jornadas de huelga y acciones sindicales de similar naturaleza. Estamos de acuerdo en la desproporción de unas condenas que han servido, en los últimos tiempos, para atemorizar al movimiento obrero, metiendo entre rejas a decenas de trabajadores (otros tantos están a la espera de condena o de resolución de sus respectivas peticiones de indulto) por, en muchas ocasiones, dudosas acciones violentas en piquetes informativos o manifestaciones de carácter laboral. Pero que, de manera unilateral, la misma panda neoconservadora que ha dejado la normativa laboral sazonada para disfrute del capital más voraz deje correr una lágrima por el sindicalista que gusta gritar, manifa arriba, manifa abajo, “Esto nos pasa, por un gobierno facha”, mientras amedrenta (según cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, con ratificación judicial de por medio) a oprobiosos esquiroles de toda estirpe, cuela poco y, sobre todo, rasga vestiduras. Un cruce de regalos sin envolver que ahora, ambas partes, muestran en todo su encaje, como dos legos de ida y vuelta.

CruceRegalos3Extrañarnos de esta recíproca generosidad entre los representantes del capital y la supuesta vanguardia de la clase trabajadora resulta más inocente que las bromas de las que ayer haya sido objeto. Nicolás Redondo dejó de ver fútbol continental hasta sus últimos días por si el bombo cruzaba a algun equipo ibérico con el PSV Eindhoven; Antonio Gutiérrez vio muy poco chic eso de volver a labores de proletario electricista cuando se abandona la corona sindical y, de ahí, a diputado socialdemócrata no se tarda ni un día de asuntos propios; José María Fidalgo, tan alto, tan erguido, que desde la torre de Comisiones Obreras pudo admirar, antes que ningún proletario malencarado, la luminosidad del Cid Aznar, hasta acabar rendido a su babieca presencia. Cándido Méndez ya ha anunciado su renuncia a renovar los votos de la alta magistratura de UGT. Quien sabe, a lo mejor ya ha hecho su lista a la sombra del árbol de esta navidad con tantos presentes de ida y vuelta; ahora queda acostarse temprano, dejar alguna leche con galletas para apuntalar las bondades de su causa y esperar que se cumplan sus sueños, esta vez un lazo de postín.

Disquisiciones veraniegas (III estivales, V petroleras)

La guerra del petróleo canario, sobre el que chapoteamos por quinta edición, aumenta su acopio de armas entre los principales frentes en disputa. Mientras, la compañía privatizada Repsol observa el mutuo lanzamiento de órdagos y continúa su plan de sondeos al mismo ritmo que suaviza a golpe de página a color diaria la beligerancia de los medios de comunicación del archipiélago.

RiveroSoriaEl petróleo canario, por no ser, aún ni es. El petróleo canario puede que sí sea en informes confidencialísimos de la petrolera de Brufau, pero a nivel externo supone una apariencia de potencial negocio, una riqueza que anuncian para todos pero no es más que para unos accionistas dispersos y poderosos. El petróleo canario, al emanar de las profundidades oceánicas, en medio de una nada demasiado cercana a la arena fértil en turistas de rentabilidad notoria y todo él rodeado del agua presta a desalinizarse para surtir las necesidades de unas islas secas, no tiene como destino (o no de manera imperativa) cubrir con bonhomía un porcentaje de la dependencia energética del Estado, sino los surtidores que más calienten al albur de los petrodólares.

El petróleo canario, si emana como torrefacto pegajoso en ubicaciones interfronterizas tan vagas como el oleaje que las circunda, que fantasmagóricamente trazan su radio de influencia en esto del capital y las posesiones terrenales de los reinos de pega, pagará poco al Estado pero deberá mucho a su ministro, José Manuel Soria, veloz por África, amodorrado al asomarse al Mediterráneo. Por su parte, el presidente del ejecutivo autonómico, Paulino Rivero, desprecia lo fósil, aparta su sonrisa de antaño a aquél que fue su vicepresidente cautivador, en ningún caso cautivo, en la pasada legislatura. Pero no le hace ascos desde una conciencia medioambientalista, ni mucho menos, como mencey de un territorio fragmentado en lo territorial pero cohesionado en su devoción por el cemento y el alquitrán. El petróleo canario encandilaría al Presidente si una idílica UTE formada por el gobierno regional y un par de empresas sondeadoras y extractivas llevara a término la aventura oceanográfica en busca del monstruo del chapapote embarrilado.

PetroleoEl petróleo canario no es todavía pero, en todo caso, nunca será para los ciudadanos del archipiélago. Ni para los del resto del Estado español, porque en este país las playas no se venden pero el subsuelo se regala. El petróleo es feo, pero lo usamos a diario, lo necesitamos como el agua porque su transformación en energía nos dan la vida tal y como la conocemos. No nos gusta en la puerta de casa pero sabemos que hay plataformas frente a las playas de otro, de la misma manera que saboreamos con primor un jugoso entrecot pero ni oir hablar del proceso de sacrificio en nuestros mataderos, de la agonía cruda y real de los animales para que el mercado de ágil, higiénico, seguro. Rentable. El petróleo canario también parece serlo, aunque en palabras de Repsol parece poco más que su búsqueda en medio del Océano Atlántico es acto de caridad petroquímicristiana, a suponer por la cantidad que se espera encontrar y los costes que supone su hallazgo y extracción.

El petróleo canario tiene permiso ministerial para hacerlo salir de su escondite, y también encuentra en lontananza un referendum que se acerca a fechas agigantadas en busca de enterrar su sombra, aún desenfocada, hasta mejores tardes políticas. Entre políticos canarios anda el juego, frente a información parcialísima andan los habitantes de Canarias, y contra el porvenir anda toda la personalidad del Capital, obviando el destino humano para alimentar la codicia inmediata.

Lo Real

P320563.jpgSi Edmundo saciará sus demandas de vitamina C y a otra cosa hasta la alborada, hasta que las desembocaduras devoren el horizonte y el atardecer se vuelva hipnótico antes incluso de armar estrellas, del cigarrillo permitido como terapia de desintoxicación social, o tomará el Land Rover de vuelta y perseguirá una versión 2.0 de libertad no impuesta por la tragedia humana, es algo que queda en tus expectativas al acariciar la cubierta trasera.

Las pérdidas, aquello que nos arrebata ser sólo un rato, con el poco margen para entender lo que ya venimos despidiendo, no pueden suponer inflexión a la hora de enfrentar las fuerzas con las que gestionamos nuestro respectivo plan de vida. Las pérdidas, las de verdad, las que la casualidad nos acerca con la lengua fuera, con el dedo bien tieso en posición vertical, todas las que no permiten siquiera arrepentirnos por un “tal vez” de estrategia postparto, quedan fuera. Nos dejan fuera. Edmundo Gómez Risco debe haberlo sabido, observando a Mica enfrentar la playa en invierno con ojos aún incrustados en su parentesco con la naturaleza, tan lejos del ser social como de la melancolía. Una mirada así, a través de los ojos agotados de la tristeza, de lo adulto rendido sin enemigos a la vista, deben suponer el único faro en la tormenta, otro salvavidas no es posible.

Pero ¿Y antes del afecto? Todo ese panorama que para Edmundo Gómez Risco significaba no dejar atrapar su destino por las relaciones de trabajo, el valor de las condiciones de trasvase entre las mentiras con tacto de capital suficiente y las fuerzas de trabajo desde las neuronas al refinamiento de transmutarse, a ratos, en uno de los otros, en pasar desapercibido aún sabiéndose con la marca que nos mantiene expulsados de la independencia, parecían asegurar supervivencia agotadora. La vida como aprendizaje, la evolución de las especies en su comportamiento social, observando los errores estrategicos inmediatamente antecesores para avanzar a pasos de velocista en la lucha de clases sin cuartel.

BelenGopeguiLos valores que nos sitúan en la fidelidad al orden de las cosas, aquellos en los que Fernando Maldonado será nuestro amigo desde el abrazo en la distancia, al que enseñaremos nuestros pasos pero él nunca nos llevará de la mano a bailar con su orquesta, suponen el afluente por el que la mayoría confía en sumarse, si la voluntad de los factores que no alteran nunca el producto de la realidad, a lo sumo de la esperanza como quiniela en balde, a una corriente que es minoría, que necesita serlo, que supervive siéndolo, pero a través de la cual fluyen las escorrentías de la opulencia. ¿Y el afecto, preguntamos nuevamente? ¿Y la felicidad? Se quedó en el nacimiento. Los sentimientos no se alumbran a través del proceso de relaciones humanas, sino de manera escueta, casi avergonzada, a través de diminutos elementos del todo. O de unos cuantos. Edmundo nadó y guardó la ropa en busca de no tener que entregar su pulso a pesar de las lecciones recibidas. Pero los sentimientos, ay, y el destino casual, con sus irregularidades siempre en línea de llegada, le remontaron, agotado pero con algo de pesca oculta entre los aparejos, a ver a través de las pupilas, enormes, de Mica, una nueva aventura en el horizonte.

La fiera de mi patria

Venezuela se enfrenta, poco más de una década después, a una nueva versión del golpe de Estado enmascarado. Si en 2002 la oligarquía del Estado caribeño se desarmó de paciencia y ejecutó por las bravas las intenciones más o menos sibilinas llegadas desde la mercadotecnia de la política internacional, doce años después sus estrategias y tácticas se han refinado con la misma pureza que lo hacen, a diario, los miles de barriles de petróleo que abastecen la maquinaria mundial como cuarto productor del orbe, eso sí, alimentando exclusivamente los bolsillos del Estado y, por ende, de las necesidades públicas de la ciudadanía venezolana.

En la foto, habitualmente, los soldados que comandan este tipo de iniciativas pierden su impostura parcial al no poder evitar, por pura vanidad política, estar siempre en la foto, en primera linea. Ya hace doce años un joven Leopoldo López, como alcalde de Chacao, se aprestaba a legitimar a Pedro Carmona como Presidente de la República de Venezuela, en un movimiento que violaba la voluntad popular sustentada en las urnas frente al ruido veloz de armas y aprensión del máximo dirigente democrático, Hugo Chávez Frías, que estuvo a un tris de ser perforado por las balas del interés del capital con el aplauso de cientos de cabeceras internacionales, referentes de la prensa, la radio y la televisión y en las naciones que se califican como la luminosidad de la democracia del orbe. Y ahí está la madre de todas las violencias, de ese poder del lenguaje que resquebraja, a la velocidad de la savia producida por sistemáticos montajes que crean una conciencia sin análisis, en cuanto al poco valor que le podemos dar, como contenido, al término “democracia” actualmente. ¿Democracia es inversamente proporcional a la capacidad de reescribir la historia o, con mayor especialización, hacerla tuya desde la pura vertiente del control de la reflexión fulminante, el titular sin titubeos, la codicia con demasiadas “groupies”?

Protesta de maleterosLeopoldo López es, perdón por la insistencia, esa efigie de la doble moral del imperio de la “democracia occidental”. Debemos respetar mayorías parlamentarias como si fueran sacrosantas divinidades temporales en el arte de desandar los caminos del derecho y el avance social, pero no seamos capaces de chistar ante algunas buenas imágenes de gente lanzando piedras, quemando contenedores y reclamando la caida de un gobierno democrático si esto resulta de interés para las multinacionales de rigor. No se atreva a hacerlo en su barrio por estos lares, so pena de “antisistema”, “bandolero” y “terrorista”. Pero en Venezuela es distinto, lo dice el señorito Leopoldo López, tras pasar por la preparación del buen golpista de etiqueta. Que aprendan los vivarachos populares en España; ya no bastan con subirse a un atril y ponerse un poco colorado transmitiendo falsa tensión al leer los eslóganes que escriben para ellos sus ujieres de la retórica. Para estar a la altura cuando queremos ganar por las bravas, quítese la ropa de rico, déjese zarandear en medio de gente a la que no se arrimaría ni en un partido de fútbol, y déjese convertir en martir cuando transmute de delincuente a mártir por gracia de sus medios afines.

Venezuela6En Venezuela hay un gobierno que ha alcanzado la mayoría electoral y social durante quince años de manera consecutiva, pero especialmente débil en cuanto a la fortaleza que necesita demostrar ante el enemigo exterior, y resulta complicado desmontar la farsa cuando la neolengua permanente que ha aprehendido la legimitidad del vacuo término demócrata decide volver al contraataque; El gobierno bolivariano no permite emitir a la cadena Telesur, palabra de capital (nada se dice que en Colombia o Estados Unidos los dueños de este medio tampoco han obtenido licencia por cuestiones que nada tienen que ver con cuestiones ideológicas). El gobierno bolivariano cierra medios de comunicación (En Venezuela el 80% de los medios de comunicación son de control privado, y la audiencia total de éstos supera el 90%). Y etcétera, y etcétera. Pero, sobre todo, lo que ocurre en Venezuela es, precisamente, lo que como consigna nos obligan a aceptar cuando la normalización del pecunio duerme sin roncar: que aceptemos lo emanado de las urnas, que seamos mayoría silenciosa, que salir a protestar está muy feo para el poder y para nuestras carteras. Allí, como no hace nada en Honduras o en Paraguay, el poder real (y vaya sí duele tener que escribir de este modo que nos hace parecer paranoicos gracias, precisamente, a machacar esta terminología en la cinematografía o la literatura como si fuera patrimonio de tarados o conspiranoicos) no piensa esperar en la bancada minoritaria ni un segundo más. Y quema con su dinero las calles. Y pone el resultado de la auténtica democracia como desquiciados visionarios, amigos de otros descerebrados, y a una población hambrienta, asustada, que necesita rebelarse para conquistar su territorio. Y lo vemos en la lejanía, y lo ignoramos. Y, si nadie lo remedia, una nueva quiebra a la honestidad humana se producirá en pocos días frente a nuestra miopía de hombres y mujeres con la mente en gangrena.

El mayordomo nunca se sienta a la mesa

Ángel Sanchis, uno más de esos tesoreros históricos que han volado, gaviota en ristre, desde la casposa Alianza Popular al muy sofisticado Partido Popular, ha reconocido entre chascarrillos de aquel que se siente impune, que organizaba cenas, a medio millón de pesetas el cubierto, en su humilde morada, para recaudar algún dinerillo con el que construir aquella imberbe democracia al gusto de los paladares más exquisitos. Financiación de andar por casa, nunca mejor dicho, con la buena voluntad de ese capital tan por encima de transiciones, reformas y voluntades electorales. En esas mesas la caras han podido ir transfigurándose, de tal modo que sus respectivas naturalezas se han hecho más o menos visibles a lo largo de los años, pero el anfitrión principal ha devorado con el mismo apetito nombres y corbatas, esbirros de almuerzo a la carta y de menú de sidrería. Pero, fueran las que fueran las viandas, envueltas en primorosas privatizaciones o con aroma a ladrillo deconstruido, los comensales que se han reunido para enarbolar sus cuchillos nada inofensivos, vigilantes a babor y a estribor con tal de que nadie les hurtara el pan untado de manteca gorrina, siempre han sido esbirros de su propia clase, social o política, mancomunados en el interés común, superior, que les ha venido convocando alrededor de mesas financiadoras.

Mayordomo1Puntualmente toda la parafernalia ha estado dispuesta, fiel a su cita, pero la sillas tienen invariablemente el tarjetón de turno con el nombre de su poseedor, y ahí el mayordomo nunca se sienta a la mesa. Cada cuatro años, a lo sumo, prueba a hurtadillas alguna sobra, recibe un efímero aguinaldo de condescendencia, pero el resto de veladas se queda a apagar los focos, recoger la mesa, soportar con estoicismo el desaguisado de los comensales. Suspira y continúa su jornada, día tras día, con alguna protesta en forma de ronroneo histérico, sin saber como desahogarse lejos de la pajarita, del silencio pacífico, contaminado frente a una continua contradicción entre su órden y la anarquía que pueblan las butacas que sirve.

Quizás los cambios de uniforme, de talante, de catres y de manera a la hora de recibir el salario haya confundido nuestras atribuciones alrededor del capitalismo como forma de supervivencia, que no de vida. El dinero no entiende de menú colectivo, de café para todos, y estas dos décadas de prórroga ideológica que ha sobrevolado la superficie de los compromisos de portada, mayoritarios, con Fukuyamas y otros sommeliers de áspero paladar, se han topado con la soberbia programada de implantar la dieta única con aderezos de pega, hierbajos alrededor del plato con el único propósito de ocultar la escualidez de las raciones.

Mayordomo2La lucha de clases como motor obligatoriamente engrasado en la rueda del materialismo histórico resulta imperecedero en la condición humana, en la sempiterna batalla por aspiraciones contradictorias que chocan con la necesidad de rebañar las bandejas antes de que sean retiradas. Y para aspirar a que las banquetas sean rotatorias, proporcionadas desde el entrante hasta el postre, no se admiten reservas. A partir del despertar mayoritario, aunque a cuentagotas, acerca de la podredumbre que se teje entre el poder financiero y político, el militar y el control de los recursos naturales, las farmacéuticas y la tiranía de los padecimientos desterrados de cura, la salvaguarda del interés mayoritario ha quedado detenida; un quinquenio de reconocida crisis se ha tornado, por fin, en el escenario real: la amputación de la mano invisible para sustituirla por una prótesis guiada para abofetear a las clases medias, desterrándolas de aquellos privilegios inevitablemente otorgados como contrapeso frente a la tentación marxista y lanzándolas al cubículo sin fondo conocido; hoy es un recorte salarial, mañana la privatización de servicios públicos esenciales y así hasta donde la ciudadanía lo permita, con la única frontera subterránea conocida en el trasluz de la semiesclavitud.

Mayordomo3Lo que Sanchis, Naseiro, Lapuerta o Bárcenas han tejido no ha sido más que sentar a la mesa, en pequeña escala, a invitados que representan el asociacionismo de la minoría. Ésta se obceca en afirmar que son el problema y la solución, a sabiendas de haber sido descubiertos, desde el contubernio con los que vienen accionando las teclas para revertir cualquier estado de bienestar hasta la búsqueda torpe de nuevas excusas para demandarnos altura de miras, paz en las calles, mesura hasta los próximos comicios, mientras envían a las fuerzas de supuesta seguridad a apalearnos más cuanto más civilizado es nuestro comportamiento. ¿El zorro que cuida de las gallinas? Ni mucho menos, el capital es mucho más refinado: espera a la puesta de huevos para sustraérnoslos mientras nos acaricia el plumaje seco, ignorando el piar de nuestra tímida desolación.

La semana grande del SAT

De este modo comenzó ayer una edición del denostable late night, de seria apariencia pero con todos los ingredientes para profundizar en un programa de destentada carcajada, El gran debate. Su excepcional particularidad es que funcionó como culminación de alta trascendencia mediática para con las acciones que ha desarrollado el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) a lo largo de la presente semana, con dos estrategias de concienciación pública en sendos supermercados de Écija (Sevilla) y Arcos de La Frontera (Cádiz), así como ocupando la finca militar Las Turquillas, reclamando su cesión a braseros y jornaleros para su explotación agraria colectiva. Juan Manuel Sánchez Gordillo, afiliado al referido sindicato, así como alcalde de la localidad sevillana de Marinaleda y diputado autonómico por IU, no ha desechado ninguna posibilidad de participar en debates, entrevistas y reportajes a lo largo de los últimos días, con la convicción de que el discurso y los valores a transmitir son capaces de sortear cualquier barrera de reaccionaria manipulación o, peor aún, de encierro banderillero a pleno sol de agosto en crisis.

Y, así, tras sufrir días de descrédito, de demagogia nerviosa por parte de las principales cabeceras, prácticamente de su totalidad al carecer de oasis progresistas en los luminosos de las letras y las imágenes, así como de una actividad policial y judicial de una desproporción a estudiar en el procesalismo penal universitario, la estrategia de guerra de guerrillas desde las selvas sin capitalizar ha dado muchos más frutos que los escasos y primarios carros de alimentos que aprehendieron para alimentar, precisamente, un debate social de imprescindible digestión.

La hipocresía del capital ha anudado el discutible poder editorialista, así como la siempre eficaz inmediatez informativa catódica, para pulverizar el mensaje y simplificarlo todo hacia el machacón dogma liberal de estar ante un robo (encuentran violencia e intimidación en cualquier reducto que no se haga por favor o, tal y como dominan los ladrones de verdad, los de millones y para uso y disfrute propio y codicioso, sin cámaras por medio, con elegante discreción) intolerable, un ejemplo canallesco con el objeto de incitar a la revuelta social, a la destrucción del status quo, del orden capitalista de las cosas. Y, vaya, desde luego que un botín de tamaña humildad nos hace convenir que no tiene capacidad para alimentar la miseria que se expande con fulminante rapidez por toda la geografía española, con dos millones de infantes bajo el umbral de la pobreza y un 25% de la población acariciando la áspera realidad de la desnutrición, pero sus consecuencias hacen albergar amenazas subjetivas que ponen en pie de guardia al negocio, al maldito negocio.

La principal obligación de un gobierno en un Estado que se autodenomina social y democrático de Derecho es proveer de sustento a la totalidad de la población que representa, así como articular todas las medidas a su alcance para habilitar de posibilidades formativas y de bienestar que aseguren la frontera más nítida hacia el empleo y las adecuadas coberturas de protección humana y social. En el caso que nos ocupa, todos los Ejecutivos de nuestra mal parida democracia se han dedicado a alimentar el mostruo especulativo de una economía basada en el sector servicios, de bajísima cualificación y amenazada permanentemente por la feroz competencia de otras latitudes con precios y garantías laborales de macabra risa, salpimentada por picante ladrillo en cantidades deshidrantantes y un mostruo de empréstitos a propios y extraños que, pasado el espejismo de que democracia y prosperidad suponían sinónimos coexistentes, ha dejado al descubierto que nuestros gobernantes han venido impulsando lo impropio, esto es, la gobernanza para unas minorías y, por ende, la precariedad mayoritaria frente al paisaje real, con el oasis artifical reseco.

El nerviosismo sensacionalista de Sandra Barneda y el triunvirato de los extremistas colaboradores que le acompañan a su siniestra, no hicieron mella en el culmen mediático de Sánchez Gordillo y Diego Cañamero, secretario general de SAT, conscientes de la estrategia de defensa adecuada cuando la selva se espesa, cuando las balas contienen pólvora previsible. Resulta aconsejable, aunque pueda necesitarse cierta sedación, ver el programa completo, como didáctica apabullante de lo que no es periodismo, siquiera investigación. Gaspar Llamazares puede dar fe de ello, tras unos días de descrédito desde la cabecera derechista por antonomasia, haciendo gala del uso de la demagogia mayúscula. Como bien aseveró el diputado asturiano de IU, parece que en este país los rojos tienen prohibido poseer bienes materiales.

La confrontación necesaria que han provocado las acciones del SAT estos últimos días corrobora que una imagen vale más que mil palabras, porque éstas ya están dicha aunque su recorrido suela ser interceptado por las restrictivas rotativas de máxima tirada. En cambio, la calculada estrategia arranca con acciones cámara en ristre, dejando el surco de un debate necesario. Fue sólo un inicio, no un fin que justifique medios y modos, armado de pocos kilos de alimentos que supone un minúsculo porcentaje de las toneladas que las grandes superficies vierten a diario en lugar de reconducirlas a la necesidad colectiva. De igual manera, la ocupación de una finca no cultivada nos alerta de las miles de héctareas en tan pocas manos, casi las mismas que fueron protegidas a golpe de levantamiento militar hace menos de un siglo. Lo dicho, una puesta en escena para desarrollar debate, despertar consciencias con dulce inmediatez, y profundizar en la exigencia de fundar una sociedad que dé contenido a sus yermos principios jurídicos. Para el poder, ése que protege a los de su clase con la connivencia de diez millones de incautos e intelectualmente desabastecidos votantes, ésto es el ejemplo del pillaje y el descontrol. La ramplante corrupción de sus correligionarios, desafortunados incidentes.

 

Rocosa definición de sacrificio

Si los dados divinos (a los que, nos tememos, nadie juega y nadie apuesta) no lo remedian, el próximo viernes nos encontraremos ante un nuevo panorama de esos que gustan calificar a los economistas del capital como de sacrificios ineludibles. Lo único seguro que ocurrirá tras la celebración del correspondiente Consejo de Ministros es que no aparecerá Mariano Rajoy a explicar la hoja de ruta, extenuado por cargar durante la jornada de hoy un Códice de incalculable valor para entregar, a lo Indiana Jones, la reliquia por segunda vez a la Catedral de Santiago de Compostela.

Dichos sacrificios recorrerán los senderos acostumbrados, esto es, recortar partidas presupuestarias esenciales para el sostenimiento del Estado Social con el objeto de derivarlas a recapitalizar sectores en decadencia, no forzosamente públicos. No caigamos en la trampa nuevamente. El concepto mismo de sacrificio expresa la asunción de determinadas estrecheces temporales con el objeto de recuperar el panorama anterior a la situación que desencadena la excepcionalidad negativa de la circunstancia o, al menos, a buscar fehacientemente esa aspiración. En el caso que nos ocupa sólo estamos destruyendo para pacificar páramos ajenos, territorios selváticos donde la luz que ha entrado se ha venido evaporando bajo una corteza que parece ocultar una especie de agujero negro pecuniario. Ni lo uno ni lo otro. Lo que este gobierno de bellacos viene pretendiendo es movilizar de manera perversamente malabar los fondos públicos derivados del esfuerzo recaudatorio colectivo para proteger sus intereses de clase, a la vez que no se abochorna al afirmar que resulta necesario un nuevo sacrificio tributario para acometer la proyección gestora del Estado. Es decir, que en la misma estrategia trilera pretenden mover los vasitos de nuestra paciencia haciéndonos creer que, bajo ellos, danzan no una sino dos bolas, cuando en realidad ambas se han marchado a bolsillos ajenos.

La clase media lo aguanta todo, parecen creer. Y así lo venimos demostrando, al soportar nuestro empobrecimiento ante el temor de que el futuro próximo sea desolador. No nos percatamos como colectivo que, cada día, decenas de familias cruzan ese pesado umbral que separa la subsistencia de la desesperación, mientras la aún mayoría prefiere mirar hacia otro lado, confiando que todo se solucione por arte de biribirloque antes de que les toque traspasar ese Hades económico que les obligue a transitar por los ríos del inframundo social.

Restar poder adquisitivo por un lado, y defender acciones que reactiven el consumo por otro, resulta de una estupidez dolorosa, en tanto en cuanto el Ejecutivo se dedica a bailar macrocifras que no rozan ni de lejos aquello que significa economía productiva. Cuanto mayor sea el peso de la Hacienda Pública, sobre todo la indirecta (vía IVA, fundamentalmente), menor será la capacidad ciudadana para adquirir bienes y servicios, lo que enreda la madeja de la principal industria nacional y ahonda en su previsión de ver desinflar los únicos sectores que, hasta ahora, podían sostener mínimamente la creación de empleo. En definitiva, si a lo que aspira el Gobierno central es a intentar quedarse con los restos de nuestro naufragio porque considera que somos incorrectos gestores del salario que nuestra labor nos reporta, que luego no nos pida salir a las rebajas y pasar dos semanas de asueto en las costas patrias.

Pero hay un segundo elemento que, principalmente, golpea nuestra línea de flotación como sociedad que merezca soportar el peso de himnos, banderas y teórica anuencia a las docrinas del sacrificio. Visto lo visto, el futuro rescate de la banca privada que tiene su sede social en España (que no entidades españolas, en tanto cotizadas en mercados secundarios) no va a ser a la voz de ya del ínclito Rajoy (y miren que presionó a la UE, afirma el aventurero irredento con cara de registrador), y cuando pase por aquí irá directamente a las cuentas y balances de las entidades receptoras, entidades que, en base a sus previsiones de negocio inmediatas y las cantidades solicitadas, muy difícilmente podrán hacer frente a las correspondientes devoluciones de los millonarios recibos. ¿Y quien pagará en segunda instancia, sin posibilidad de recurso de casación económica, esa factura con intereses de demora? La multitud encerrada en un párrafo de un futuro decreto, que se aprobará un viernes de otoño en un Consejo de desministros. Justo en ese momento tendremos dos opciones alrededor de los temores que nos han lanzado para realizar el tejemaneje de las nacionalizaciones financieras falsas: o se derrumbará desde mayor altura lo que afirmaban debía ser rescatado por nuestro material bien, o se procederá a la venta por parcelas de ladrillos con deuda, de participaciones sin valor, al capital riesgo que adora afilar sus cubiertos para aprisionar a los que, en ese instante, comenzarán a desfilar por la frontera del desamparo social.

Y, en todo esto, ¿Cómo se comporta el denominado empresariado nacional, ése que nos solicita, uniformemente con sus voceros de escaños y tribunas políticas, que saquemos las moneditas agazapadas bajo el colchón e invirtamos en la supuesta reactivación de la patria? Desde luego no con esa solidaridad que exigen. Cada día sufrimos una nueva deslocalización industrial que no sólo expulsa abruptamente a miles de trabajadores del limbo sobreviviente, sino que comienza la manufactura de sus productos de consumo allende las fronteras, en muchos casos retornando esos elementos con apariencia de fabricación cercana, instándonos a adquirir y adquirir para que la rueda gire con mayor rapidez y vuelva a alcanzar velocidad de crucero. De este modo, las cuentas no nos salen. El escaparate en el que manejamos nuestra circunstancia vital a diario parece no haberse despintado del todo, pero nos cuesta percatarnos de la imposibilidad que resulta que no se descascare el armazón mientras demandamos aquello que ya no creamos. La balanza de pagos, de este modo, tiene incrustada una piedra de insoportable tonelaje en uno de sus lados, y desde luego no en el de nuestra supervivencia. El capital, desde luego, ni es solidario, ni sacrifica un ápice su rueda productiva para apostar por el sostenimiento de la construcción del Estado Contemporáneo.

El Códice Calixtino es un manuscrito fechado a mediados del siglo XII que se considera una de las primera colecciones de viaje de la que se tiene constancia. No en vano, su contenido recoge una especie de guía para los peregrinos que seguían el camino de Santiago. Probablemente Mariano Rajoy se empeñó en su formal entrega en esta jornada dominical para poder echarle un vistazo previo y aprender el origen de los viajes. Lo que no le explicaron al aventurero gallego es que los tránsitos del capital manejan senderos subterráneos, trayectos que no dejan huella salvo en nuestras marcas de sacrificio.