El país de los hombres íntegros

Esa es la traducción que se encierra tras la denominación de Burkina Faso en las lenguas mossi y djula, las mayoritarias en el territorio que comprende la nación desde 1983, año en el que llega al poder Thomas Sankara, una luz cuatrienal que se apaga en 1987, bajo las balas del neocolonialismo francés, norteamericano y, en general, del capital internacional que no soporta un ejemplo de guevarismo panafricano en su corrala continental. Continuamos en esta senda el tratamiento de las muertes siempre malas que han impedido con la energía del expolio controlado cualquier voz que cierre las minas, que bloquee el atraco, que finalice con la penuria de millones de hombres y mujeres desposeidos de la titularidad de la tierra de sus ancestros.

Sankara1Ver con los prismáticos de la lucidez aquellas orillas lejanas donde sucede lo que es hermanamiento de experiencias más o menos inmediatas supone un aprendizaje anticipado frente a las trampas que se irán presentando en el deambular (nunca el progreso se ha encontrado tan desorientado) de los colectivos de este y aquel país, de las clases sociales mal emparejadas, a lo largo de la Historia. Y la dignidad del grupo de oficiales que, con Sankara y Compaoré (el judas que siempre besa la mejilla luego acribillada, y quien encabezó el asesinato de Sankara y la vuelta a las políticas de sometimiento al FMI y las potencias occidentales), lideraron la revolución más celerosa y digna del África postcolonial, necesita ser iluminada en los tiempos que acallan las crisis y las diferencias sociales aquellos mismos que las provocan. La guerra de clases, el materialismo histórico, puede ser desacreditado a partir de un axioma con la enjundia de un diamante hueco, pero su brillo deslumbrará cualquier crítica de peso y nos dejará, siempre, en manos del enemigo a la hora de ingerir la receta caducada. En el país de los hombres íntegros, el nuevo presidente, que nunca ocultó la necesidad de la lucha armada como última bala en la recámara de los desposeídos, que entendió que el desterrado no iba a dejar de serlo a través de la caridad con intereses, vendió la flota de Mercedes-Benz del gobierno e hizo que el Renault 5 (el auto más barato vendido en Burkina Faso en ese momento) fuera el auto oficial de los ministros; redujo los sueldos de todos los funcionarios públicos, incluso el propio, prohibió el uso de chóferes del gobierno y los billetes de primera clase de avión; se redistribuyó la tierra de los terratenientes feudales y se la entregó directamente a los campesinos. La producción de trigo aumentó en tan sólo tres años de 1700 kg por hactárea a 3800 kg por hectárea, lo que hizo el país autosuficiente en comida; se opuso a la ayuda exterior, diciendo que “el que te alimenta, te controla.”; obligó a los funcionarios públicos a destinar un mes de salario a los proyectos públicos; o, como presidente, bajó su sueldo a sólo 450 dólares americanos al mes y limitó sus posesiones materiales a un automóvil, cuatro bicicletas, tres guitarras, un frigorífico convencional y un congelador roto, además de la casa donde vivía con su familia. En la lucha por la igualdad real, célebre es su máxima “La revolución y la liberación de la mujer van unidas. No hablamos de la emancipación de la mujer como un acto de caridad o por una oleada de compasión humana, es una necesidad básica para el triunfo de la revolución. Las mujeres ocupan la otra mitad del cielo.”

Sankara2Por sus hechos los conocereis, y desde cualquier punto del orbe existen experiencias extraordinarias que, simultáneamente y sin remisión, son cegadas a golpe del silencio violento desde aquellos logotipos sin armas, sin líderes. Sin apariencia a la que culpar. Ese silencio que tiene como reverso el mismo estruendo de la oferta y la demanda, del mundo de fábula que consume al mismo ritmo que cosecha millones de almas errantes, esclavos de la nueva era, no visibles más allá de la intrepidez de insignificantes titulares que dejan la tinta en las manos, desaparecidas a la misma velocidad que no soportamos sentirnos impregnados de duda.

Nos encontramos en un momento, a este lado de la frontera opulenta, de lucha dispersa. Tenemos jadeos, fiebres, algunos vómitos, pero nos catalogamos los síntomas por separado, y de este modo la enfermedad avanza sin apreciar como nos supura el amarillento de una metástasis ciudadana controlada e incontrolable a la vez. Siempre confiamos en el reflejo de eslóganes y actitudes que ya han trasvasado la barrera de la dignidad para confluir donde desemboca la mercadotecnia. El Che no es nuestro Che, que nos lo han cambiado. Si se les escapa del silencio alguna voz barbuda, algún ejemplo incómodo, se transforma y se envía de nuevo a la cadena de producción con el destino de consumo adecuado. Mal nos irá si no lo percibimos, si no somos capaces de asomarnos a la pradera de los hombres y mujeres íntegros para descubrir nuestro asfalto y desconfiar de las excusas.

Un movimiento ¿espontáneo? El magreb se mueve, Africa central ni se inmuta

Hace unos días, procedíamos a analizar, en esta misma sección, la inevitable comparación entre los hechos que se vienen sucediendo en el norte de África y su inevitable similitud con la caída de la URSS y el advenimiento de veloces revoluciones pacíficas en los países del Telón de Acero. En nuestra reflexión final, rechazábamos de plano cualquier paralelismo, centrándonos prioritariamente en la ausencia de una ideología común, un centro de poder que sirviera como as de un castillo de naipes, y la divergente realidad de cada Estado del magreb. En esos días, centrábamos nuestra mirada en los últimos días de Mubarak en el poder, aferrado al intento desesperado de escapar lejos del alcance judicial futuro y con su fortuna bien amarrada.

Túnez y Egipto viven en estos instantes procesos reformistas de los que poseemos un porcentaje insignificante de información en comparación con el show mediático, del gusto de las cadenas de televisión occidentales, que se formó en los días de revuelta y represión popular. Nada bueno parece que se esté cociendo cuando cientos de jóvenes tunecinos escapan diariamente hacia las costas italianas, mientras que en el país de los faraones los movimientos parecen más sólidos, pero en ambos casos sin rastro de los sátrapas huidos, y con una cúpula dirigente que continúa comandando, en sus respectivos países, ambos procedimientos abiertos.

El protagonista de 2011

A partir de ahí, miles de manifestantes en realidades tan alejadas como Yemen (país más atrasado de la península arábiga, con dictadura hereditaria en ciernes), Bahrein (príncipes petroleros implacables, pero a los que las fortunas y dirigentes atlánticos ríen las gracias, concediéndoles un GP de Fórmula 1) o Argelia (democracia manipulada, con un historial de terrorismo interno terrorífico) se han levantado sin importarles las brutales represiones que se han desplegado en cada uno de estos Estados. Y cuando todo parecía haber llegado a su cénit de sorprendente movimiento revolucionario colegiado, nos hemos vuelto a asombrar ante la firme rebelión en Libia, quizás el último territorio norteafricano donde se podía esperar una valentía ciudadana semejante. A pesar de haber sido para USA y Europa occidental parte del fantasmagórico, por inexistente, eje del mal; ejemplo de despotismo y negritud en cuanto a su realidad política y económica, cierto es que, gracias a sus magníficas reservas de petroleo de excelente calidad, mantiene un liderazgo incontestable en el continente en lo que respecta a niveles de alfabetización, sistema sanitario o formación académica. Que Gadafi ha sido el más hábil de los camaleones políticos surgido de la descolonización de mediados del siglo pasado es difícil de discutir, pero a diferencia de otros países de su entorno, la aniquilación de cualquier tipo de disidencia interna, la falta de respeto a los derechos humanos o la corrupción en todos los niveles de la administración pública no son características definitorias de la antigua colonia italiana, sino complementarias a otros elementos que hacen de la tierra de los beduinos un caso peculiar y complejo. Evidentemente, los elementos referidos anteriormente son consustanciales a los Estados mediterráneos de África, pero Libia es más que eso, no se le puede englobar en un saco demagógico. Libia es más para bien y para mal.

600 muertos en las calles, un despliegue militar sin piedad contra la población civil, un mensaje amenazante y sin titubeos a favor de la represión sin cuartel por parte del líder político, no es algo que pueda permitirse cualquiera. Mubarak y Ben Alí pueden dar fe. A primera vista, tanto USA como la UE (en el caso Libia, especialmente Italia) no parecen tener un interés especial en esta desestabilización de gobiernos proclives a vender sus riquezas naturales a buen precio y controlar un teórico “avance del islamismo radical”. Uniendo todo lo expuesto, algo no encaja. ¿Quien mueve las marionetas de la valentía con tanta precisión? El desarrollo de los acontecimientos, cuando la chispa arde, es encomiable, y demuestra el hartazgo de una población empobrecida y sin expectativas pero, ¿Quién enciende las mechas? Porque son varios cartuchos, no una sola carga. Es como si el barco se moviera pero la mar estuviera en calma, y los navegantes se marearan aterrorizados, sin poder asomarse para ver qué empuja la embarcación desde el fondo. Las declaraciones y los actos del gobierno norteaméricano y de los representantes de la política exterior comunitaria así lo dibujan.

Esta agitación pertinaz, imparable y, repetimos, misteriosamente coordinada en tiempo y empuje, choca y genera desconfianza por un segundo motivo, tan rotundo como el primero. La concentración de revueltas poderosas ha comenzado y se desarrolla en los Estados, a pesar de sus míseras realidades colectivas, más prósperos del continente africano. Mientras se despiertan nuevas revueltas y se avivan y fortalecen medidas de presión y resistencia en todos y cada uno de los Estados desde el Estrecho de Gibraltar al Canal de Suez, las miserias del África negra callan y dejan pasar de largo el tren del cambio. Territorios más acostumbrados a una cotidianeidad marcada por la violencia tribal, por guerras civiles sin fin, por milicias sanguinarias que protegen extracciones de rapiña para loor de las grandes multinacionales, por pobreza límite, difícilmente superable. Por hambre y muerte infantil masiva. En Chad, Congo, Liberia o Guinea no se mueve ni una rama, y eso destierra la leyenda, muy del gusto cinematográfico occidental, de que éstas son revueltas tecnológicas, coordinadas por hordas de jóvenes dominadores de las redes sociales y capacidad de burlar tecnológicamente la represión gubernamental, la censura interna. Más al contrario, sustenta que estas marionetas se guardan a buen recaudo en el baul del altillo.

¿Hasta donde llegará esta apasionante aventura de rebeldía necesaria, en todo caso? Como anécdota, esta misma tarde Intersindical Canaria, una organización sindical que sin ser mayoritaria en el archipiélago sí cuenta con una importante presencia en estratégicos sectores públicos y privados, ha emitido un comunicado en el que pide al pueblo canario que “siga el ejemplo de nuestros hermanos del Magreb para desterrar la avanzada neoliberal y de recorte de derechos sociales, desempleo y falta de oportunidades que nos imponen desde el gobierno del Estado español, en la calle con la lucha y la movilización social”. Demasiados hilos moviéndose entre los dedos de un escurridizo prestidigitador, agitándose al mismo son y gracias al ritmo de unos héroes que merecen, cuando todo esto acabe, que sean arrancados para imponer la melodía adecuada.

Revoluciones incomparables. De Berlín a El Cairo

En los últimos días, coincidiendo con el feliz desenlace de la caída de Mubarak y su camarilla corrupta, la inmensa mayoría de los medios de comunicación nacionales e internacionales ha recogido en sus respectivas secciones de opinión sesudas reflexiones comparativas sobre la caída del muro de Berlín y el posterior e inmediato reflejo en la descomposición de los regímenes falsamente de izquierda del Este europeo como espejo y reverso idéntico a lo que viene sucediendo en el norte de África. En efecto, para prestigiosos analistas de todo corte y condición, todo lo que viene aconteciendo en este comienzo de siglo en el continente vecino tiene una explicación equivalente en situaciones acaecidas durante el desmembramiento del Pacto de Varsovia, destacando el desplome de la Unión Soviética. Nada más lejos de la realidad, nada más simplista y oportunista para la prosa fácil y el periodismo de digestión rápida, lamentablemente cada día más de moda.

Concentración en la Plaza de La Liberación, El Cairo.

Desde 1985 se venía gestando, sin disimulo, conflictos directos entre la población civil y muchos de los politburó del mundo prosoviético. Estamos hablando de una ciudadanía, en su mayoría, con aceptable cualificación académica, que mostraba su hartazgo por no disfrutar de la productividad real de un sistema que prometía otros futuros. No era, ni de asomo, como se ha intentando defender chabacanamente desde medios liberales, la exigencia de consumo al modo occidental. Había una dignidad muy superior en aquello, preferentemente en aquellos Estados sin tradición política de izquierdas antes de la II Guerra Mundial (Checoslovaquia, Hungría y Polonia). Es en estos países, junto a los habitantes de la RDA, donde el run run del descontento gubernamental, asociado a la corrupción inherente a la perversión del modelo, se empieza a oir con mayor eco (sin olvidar sus primeras aproximaciones en la década de los cincuenta y sesenta). A partir de ahí, sólo cabe preguntarnos cuando la chispa alcanza la dinamita; estudios largos y profundos hay de sobra, pero evidentemente hay una respuesta que lo engloba todo: cuando se perdió el miedo. A partir de ahí, con la aquiescencia de un gobierno ruso liderado por una camarilla sin ánimo de resolución del problema de base, se gesta la carrera de fondo. Una Unión Soviética sin fisuras hubiera seguido infundiendo pánico, precisamente por las experiencias aplastadas por el ejército rojo (Hungría, Checoslovaquia) en décadas anteriores. Este cóctel se desparramó por toda Europa del este precisamente porque los problemas eran coincidentes, porque las exigencias y los problemas eran calcados. En una economía profundamente planificada y con rutas de viaje acordadas desde Moscú, la respuesta no podía sino ser la misma, y a la vez.

Retirada de una estatua de Lenin.

Lo que estamos disfrutando en el mediterráneo africano no puede expandirse con tanta celeridad por dos factores confrontados con el análisis anterior: la escasa formación de la población y la divergencia en los problemas de raíz y las consecuentes exigencias futuras. Túnez y Egipto pueden coincidir en la presencia de estructuras corruptas lideradas por un personaje de apariencia firme y todopoderoso, ambas miembros de pleno derecho de la Internacional Socialista (esto lo añadimos para carraspear un poco); también en el progresivo descenso del, ya de por sí, humilde nivel de vida de la mayoría de la ciudadanía, mientras que el acceso a puestos de trabajo atractivos se encontraba reservado para familiares y amigos; para finalizar, el ejército de ambos Estados mantiene una cierta reputación neutral que ha impedido ser herramienta de freno a las primeras algaradas y, en consecuencia, masivas revueltas finales.

A partir de aquí, el periodismo internacional coincide en esperar un reguero de revueltas más o menos inmediatas, desde Marruecos hasta Yemen, atreviéndose a prever incluso posibles estallidos en Irán o Arabia Saudita. Craso error, simplista reflexión. En primer lugar, nos han querido colocar en oferta que la caída de Ben Alí y Mubarak se ha asentado en una juventud formada y harta de no tener acceso al mercado laboral, que utiliza las herramientas informáticas y de comunicación con agilidad y precisión; eso queda muy bien para los largometrajes que estén preparando en Hollywood, o para llevárselo crudo escribiendo ensayos al respecto, pero a millones de personas que subsisten con dos euros al día no los movilizas enviándoles un sms o un tweet, sino con algo más clásico: liderazgo y desesperación. Quien sacará tajada de ésto, quien ha movido bien los hilos desde la sombra, lo sabremos en próximos capítulos.

En segundo lugar, el norte de África no es una zona de similitudes macroeconómicas, ni mantiene coincidencias en propósitos y puntos de vista, ni tan siquiera para saquearlos a mansalva. En esto, cada tirano se lo monta por separado. En Libia, Marruecos o Arabia Saudita, el más mínimo atisbo de levantamiento masivo será cortado de raíz, sin vacilación, y en estos casos la cúpulas militares no son tan sensibles a las repercusiones futuras. La gran mayoría se juega mucho en la connivencia con los líderes políticos y religiosos.

Salvando las astronómicas distancias, en un paralelismo facilón, Egipto sería la Unión Soviética, el modelo a seguir (nunca el faro que guía, pero sí la potencia central en lo geográfico) para sus vecinos oprimidos y hastiados. Su derrumbe siquiera hará temblar el pulso de los últimos protectores del supermercado de occidente, sección petróleo y piedras variadas.