Rostro de logotipo

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España ha avanzado muchísimo a lo largo de los últimos 40 años, desde el advenimiento del paisaje nacional-constituyente ¡Qué bien estamos! Ya no nos topamos con esas divergencias duales entre sublevados sin orden y gobierno cuatro estaciones, posturas enfrentadas sobre rojos y azules o cualquier otra tonalidad que no admita paleta para mezclar. La frivolidad de los tiempos felices nos ha permitido derivar nuestra tradicional dicotomía, más aún en los tiempos del Covid, desde el fango de las trincheras a los aplausos desde los balcones donde una cacerola mal entonada es lo más parecido al silbido de las balas en noche de primavera entrante. De este modo, actualmente, a España solo le queda un frente de batalla entre dos tropas manifiestamente enfrentadas: Los que consideran a Amancio Ortega, fundador del grupo Inditex, un prohombre que debiera, más pronto que nunca, liderar nuestra devastada nación de coaliciones politidifusas, y aquellas que ven en el empresario de Arteixo a un trilero que enjuaga sus malabares tributarios con entregas a cuenta ambulatorias.

Una vez se consolidó, hace más de dos décadas, el liderazgo y proyección del grupo textil que había puesto en marcha Amancio desde Galicia, expandiendo un humilde entramado productivo hasta convertirlo en un conglomerado empresarial que toca palos de todo hilo y ladrillo, y pasado más de la mitad de ese período, nadie conocía rostro del visionario de origen leonés más allá de esta imagen, quietud con cejas y labios ondulados pero a la mejor manera fotográfica de un Giocondo que quería expresar algo, todavía en ese momento incomprensible. No daba entrevistas, no se prodigaba ni en periódicos de provincia, pero su fortuna se iba millloplicando al vértigo de ir escalando puertos de admiración patria casi a la misma velocidad, sin cambio de pedales mediante, de los cantantes de OT o el dream team culé. Y ahí estuvo la primera, hegemónica, victoria del marketing soterrado que ha hecho de Inditex lider de Finisterre a Bangladesh: Un rostro de logotipo.

Hasta fechas más recientes, pensar en Amancio Ortega era visualizar este busto sin marco, sin emoción pero tenso en la calma del que dice sin decir: «Así se hace». Zara, buque insignia del emporio liderado por el de Busdongo, no tiene más marca que su propio nombre, con una tipografía sosita en blanco, contra fondo negro, y a otra cosa. Inditex, es de todos y todas sabido, invierte en publicidad convencional lo mismo, a grandes rasgos, que se rasca el bolsillo el vecino del ático del 13 Rue del Percebe, a cambio de poseer una herramienta de influencia tan sencilla y poderosa como se ha demostrado supone la efigie de su insigne creador unida a una serie de donaciones, con excelsa difusión mediática, a la estructura socio-sanitaria del Estado.

En «El Dormilón» (1973), Woody Allen viajaba a un futuro donde gobernaba el Gran Jefazo, un líder que, a prontas maneras norcoreanas, se dejaba ver poco más que en proyecciones audiovisuales grandilocuentes para mantener el halo de liderazgo y misterio que maridaba al punto de una sociedad frígida a todos los niveles. Arrollado por una apisonadora en un risible accidente solo pudo conservarse intacta su nariz, que se convirtió en elemento de gobernanza a falta del resto del cuerpo, y de la propia vida, lo que no solo no intranquilizó a sus súbditos sino que reforzó la capacidad de pervivencia del primer ciudadano, y del sistema. Ahora es el futuro, ese y el nuestro, el mismo. Un anciano al que prácticamente nadie ha escuchado, ni conoce sus pensamientos, afectividades, manías, fobias o alergias es la faraónica expresión de adhesión o rechazo a un arquetipo de ser y querer ser, estar y sentir. Por un lado, unos salen de noche, sin mejor plan posible mediante, a adherirse al conglomerado de felicitación colectiva por el 84 cumpleaños del prohombre que ha incrustado a su España en la ATP de los Forbes. Otros, en cambio, exigen que olvide en el desván las supuestas lismonas y, en su lugar, suelte el volante y deje de zigzaguear por la normativa fiscal. De este modo, una vez vencida y entregada la cuota integra que genera su actividad empresarial en la patria nuestra, sortilegios tributarios en retirada, ya podría aprestarse alegramente a hacer donación en estado puro.

Dos Españas, un rostro de logotipo. Así se hace marca, y no mordiendo una manzana.

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