El odio en los tiempos del confinamiento

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No veníamos de un esperanzador punto de partida, ni mucho menos. A pesar de eso, los primeros compases desde que el Gobierno estatal decretó el confinamiento de la población así como las severas restricciones en la actividad del país parecieron vislumbrar un sensato restablecimiento de la calma política, como si el Covid 19 hubiera llegado, al menos a España, para forzar algo de mesura entre tanta carga mortal como lleva alojada en su núcleo. Nada más lejos de la realidad. Bastaron unos pocos días desde el comienzo del período de cuarentena para que a la inicial placidez en las formas de los responsables públicos de distinto signo político le sucedieran las actuales bajísimas presiones a la hora de enfrentar el pasado reciente, el presente inquietante y el futuro desconocido.

Todo empieza como lo hace un mal guion: Con una puesta en escena que te invita a no continuar el visionado. Desgraciadamente, la película de nuestra vida social no puede resintonizarse a nuestro antojo, sino que es un reflejo de la producción colectiva, la que formamos los 47 millones de individuos que jaleamos o ponemos a caldo cualquier puesta en escena pública de este u otro bando, porque de bandos hemos de hablar, al no disponer de formaciones parlamentarias que pretendan dedicar su labor a la búsqueda de soluciones ante el gran interrogante, ese que se ha dispuesto por primera vez sin experiencias previas con las que responder. El ejecutivo central ha ido tomando una vía de trabajo para atajar, según su juicio, esta pandemia a la mayor brevedad posible, entendiendo por «breve» unos períodos que se estiran tenebrosamente a medida que las trincheras víricas modulan su carga de fuego. La oposición más numerosa, por su parte, ha preferido tirar hacia el monte, verde desesperanza mediante, y acercarse a Moncloa cuando tenga un rato entre su mercadotecnia o, en su caso, directamente ausentarse porque no todo es orégano.

La información, y su consumo masivo a falta de otras distracciones para ese enorme porcentaje de personas que evitan cualquier intervención en las cuestiones públicas mientras haya un partido o diez que echarse a los ojos, viene acelerando la formacion de voluntades, no precisamente juiciosas en su inmensa mayoría, que sitúan a España como un país sensato y que afronta esta excepcional tragedia lo mejor que puede ayer, y como un lúgubre lugar liderado por censores, traidores, anarcobolicomunistas y mentirosos con ánimos casi exterminadores, hoy. Los que hace unos días actuaron con sensatez y responsabilidad al anunciar, casi de inmediato, la puesta en marcha de expedientes de regulación temporales de empleo para evitar la caída general de la macroeconomía, actualmente se encargan de regalar nuestros sufridos tributos para empezar con cartillas de racionamiento en forma de jugosos euros para el derroche de esos vagos y maleantes que o no han dado un palo en su vida, o nos lo han dado pero para trincarnos el bolso. Si rescatan un banco con tus impuestos, era inevitable. Si lo hacen a una familia monoparental presta a agotar el subsidio de desempleo y sin posibilidad de salir a la calle en busca de una alternativa laboral, un sacrilegio.

Ciertos medios de comunicación han decidido poner de su parte para que desinformar salga a cuenta, enfadar a mansalva debe resultar rentable. Ellos sabrán en qué medida retornará a sus anforas ese diezmo que vienen cultivando en forma de ira permanente, deconstructiva, contra la forma de proceder del gobierno de la nación, pero si lo que esperan es recaudarlo en el juego tradicional de estar en la cola cuando pase el turno electoral es que, sin lugar a dudas, son los últimos en darse cuenta que las fichas y el tablero, al desplegarlo, está incompleto. Esto no va así. Esto va de informar mucho y de verdad y absolutamente nada de especular, que es lo que viene ocurriendo a partir de expandir la duda sobre cuándo se debieron tomar las primeras medidas, cuales son las fórmulas de recuento de fallecidos no resucitables o la incomprensible necesidad de anteponer banderas a media asta y duelos colectivos a detener la emergencia sanitaria que nos continúa atravesando.

La última acción conjunta de este odio en tiempos de confinamiento por parte del triunvirato periopolíempresarial que aspira a quedarse con los restos del naufragio en tierra yerma ha tomado desde hoy el flanco de la renta mínima vital, la que no es para ellos. Mañana serán los plazos del desconfinamiento. Pasado llegará su gran propuesta, así que tengan lista la corbata negra y almidonen el traje de las más funestas ceremonias.

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