Absolución

Landero1Lino insatisfacción, Lino como aquel que empieza un camino asfaltado a sabiendas que, en cualquier curva, van a aparecer los adoquines levantados. No es pesimismo, supone a lo sumo un estado de alerta permanente frente al intenso e inevitable devenir trágico de la existencia; o, tal vez, la comprensión iniciática de que no sólo el camino no es de rosas, siquiera de espinos, sino sencillamente una casa del terror al aire libre en el que los sustos son imprevistos e inevitables. Todos encontramos un hotel de madrugada donde refugiar nuestras obligaciones, hacernos en ellos una acogida ceremonial, esa ruleta sin fortuna que está plagada de premios y, sin embargo, sabemos por pura probabilidad que en alguna tirada tendrá que mostrarnos el retroceso a la bancarrota existencial. El camino de Lino, no obstante, mantiene una ventaja sobre la mayoría de congéneres: haber nacido con el don de la lucidez, la virtud de aquellos que ni siquiera ven el vaso porque saben que éste, medio lleno o medio vacío, acabará estallando por la presión del contenido.

La vida nos lleva a ninguna parte, por eso tememos recrearnos en el camino, cuando es en sus bordes donde vamos encontrando el placebo para no sufrir la armonía blanda del desenlace. Importa bien poco que en ese tránsito se nos cruce aquello que nos han ordenado denominar felicidad, porque nuestros inevitables pasos no la aceptarán aunque se empeñen en acariciarla durante un breve lapsus; por tanto, ¿aquello que nos empuja a salirnos del camino marcado puede calificarse de desacierto, de mala pata cuándo el ritmo era el idóneo, cuándo parecía que íbamos a desembocar en nuestro objetivo sin mayores inconvenientes? Probablemente esa es la esencia de las excusas humanas para no afrontar que nadie no está esperando, que la frontera siempre está rodando un tramo proporcional de lejanía a nuestras pisadas de obediente caminante. Lino lo sabe y por eso su travesía es circular, sin aristas, con la circunferencia siempre presta a reinventar las trayectorias y asumiendo la certeza del azar como parte de lo racional; nada queda fuera de las expectativas, porque precisamente sus alteraciones existenciales son fruto de las contradicciones que hacen al ser humano merecedor de su casualidad como especie: andar erguido camino de la conclusión de su etapa central como individuo y aparecer como un ermitaño con alma de errante suponen la misma cara con los sentidos alerta de esos hombres y mujeres que no somos, que despedimos cada día haciendo recuento para ver si no ha habido bajas en nuestra batalla contra los acontecimientos.

Landero2Absolución nos recuerda que no podemos ir muy lejos si repetimos para sobrevivir los recuerdos en lugar de las expectativas. Si la tragedia que supone abrirse al mundo cuando esa infancia, más o menos protegida, nos deja de lado, todo acaba por engullir la imprescindible valentía que forma la curiosidad, la lucidez y el afan por amamantarnos permanentemente de lo cotidiano. A diario nos rodea un paisaje de carne y hueso que se mueve a nuestro alrededor como atrezzo medio vivo que complementa el camino, en búsqueda de reconocer otros seres igual de desorientados. A veces los encontramos, nos observamos, y esa constancia de no ser exclusivos alerta nuestra protección para salir huyendo de una u otra manera. Entonces llegan los paisajes en soledad, el retorno a las dosis de necesario egoismo, y vuelta a empezar, al ritmo de Lino por el borde de una carretera en llamas por donde ya se escucha el claxón al rescate.

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Barba nueva

– Don Pedro, ¿se va a dejar la barba a estas alturas?

Rígido, inquieto en busca de su mesa hurtada, con su botellín de cerveza sin hogar pero como arma arrojadiza, apostada aquí y allá en busca de retiradas de desconsuelo hasta rescatar el espacio de tea, el precario prejubilado sonrió, como de costumbre, con una amabilísima desgana.

– Sí, decidido. Hasta que se me tapen los crímenes y sólo se me vean los ojillos.

Risas colectivas, inevitables. Don Pedro acompañó con sus labios agrietados una cierta carcajada de parroquianos adoctrinados pero, en realidad, no sonrió lo más mínimo. Así fue con el retumbar de tambores marfileños al compás de “tres, cuatro días. Una sombra que no pique”. Todos continuaron manteniendo el compás de ji, ji, como es usted, Don Pedro, pero las mesas continuaban invadidas de no residentes, de invasores que continuaban dilatando sus posibilidades de cinismo. De educado cinismo.

Su botellín era ambiguo, una especie de trashumante de conversaciones y soportes en busca de cueva que dejara de ser residente amable temporal para convertirse en propietario huraño. La cortesía de Don Pedro siempre anda por el finísimo hilo de la demagogia general de este caminar presente: todos aceptamos la calma tensa que permiten las buenas maneras, a sabiendas de la hoguera que se dilata en brasas de altísimas pulsaciones, de cuadro clínico, de tensiométro en el disparadero. Él lo sabe, lo reconoce, pero su marquesado en la terraza en inerte lluvia aplaca cualquier rebeldía moral frente a la sumisión de dimes y diretes, copas aceleradas en su cristalino vacío.

Sin derecho a la culpa ni a la piedad, estas Taifas que acechan cualquier rincón, que amedrentan hasta los gritos balompédicos, pueden trasladarse como piojos precisamente barbudos; la rebeldía de una pulcritud costumbrista, de ese germanismo tácito en la holgura de la dejadez en tiempos de calurosa ventisca, de refugio casi criminal, supuso la constatación de que todos dejamos el vello imperecedero como síntoma del futuro pluscuamperfecto. Don Pedro seguía sonriendo maliciosamente, pero su muy punible egoismo perdía toda lógica frente a la paciencia, al divertimento, a la rendición de que su espacio existe cuando otro abandona el castillo con luna.

Todos se fueron presos de las horas intermedias, de media semana, de medios soles, de relatividad universal en esa obscuridad de la noche que no presta arco iris redentores. Triunfo completo, sillas vacías. Abrió el periódico, barba de tres días, en desarrollo, en rebeldía. Al ver la primera imagen, sin texto, recuperó las grietas de esos labios que no se acostumbran a los roces puntiguados de la pelusa trigueña. Pensó entonces en Beccaría, en Stuart Mills; tal vez los leyó, distraido, incómodo con el picor de la anarquía facial, y comenzó a entender que su libertad individual, en soledad, no resultaba lo ariscamente trascendente que se pretende cuando la verja comienza a chirriar en vía de cierre.

Epístola sosa

El pueblo regresó ayer a la Casa de Gobierno; parece una paradoja, pero es más complicado de lo que se supone. Al pueblo resulta sencillo desinformarle, quitarse la corbata y echar mano de la camisa blanca para infiltrarse desde el micrófono alto y parecer que se es de donde no se nació. El pueblo no son todos, porque hay unos poquitos, bien dispuestos, que están fuera y sólo se rozan cuando toca meterse mano con cierta profilaxis cerca. O a veces ni eso; la voz se puede adaptar al tono que mejor suene, con las palabras en solfa, en rima, en falsete,  y entonces el pueblo no cree pero algunos despliegan fe, deconstruyen la estructura colectiva, y así se mantiene esa melodía bajita que va perturbando el tímpano pero mantiene el yunque y el martillo sujetos.

Ahora me dice el pueblo que ha recuperado el oído musical. Suena bien. Cuando eso raramente ocurre es cierto que se despliega una quinta sinfonía que no cansa durante los primeros días, por todas las calles, pero el temor se despierta cuando empiezan a fallar las baterías; surge ahí un desasosiego que nos incinera en casa, pegadito al balcón en combustión, siempre con la ingrata percepción que las recargas se han pasado de voltaje o, a veces, se retienen en el lío de las aduanas portuarias y la burocracia del desgobierno. El pueblo ahora está en las escalinatas de su hogar, lo rellena todo, y abandona las apreturas de sus celdas, de sus estadios futboleros, sus salones y garajes de baile, para celebrar en comunión estrecha las ondas de un nuevo cambio. ¿Quedará ánimo para confiar que no hay máscaras en las camisas blancas que se han lavado a mano? Desgraciadamente, hay pasos del pueblo que no andan, y eso siempre ocurre. Hay pasos que no se fían de las avenidas construidas para el paseo y prefieren mantenerse en las callejuelas sin iluminación, confiando en el rayo que de vez en cuando pasa y les permite zigzaguear entre tinieblas. Se conforman con eso. El primer paso para salir a pasear es entrar en el aula, pero claro ¿dónde queda? ¿cómo se va a tientas, sin linternas ni velas, sin cera que forme costra en la palma con tal de entrar en la primera casa del gobierno de uno, para gobernarse por todos y a todos?.

Qué tristeza de ingenio, dicho sin exclamaciones. Yo he visto permanentemente a la multitud huyendo como si comenzaran a derribarse ladrillos, con velocidad fulminante, sobre sus extremidades. Pero ese temor que he presenciado era irreal, era cobarde. La realidad puede resultar mucho más devastadora; ya son los hospitales en metástasis, con la rotura ósea succionando todas sus columnas, o aquellos colegios que pierden el gusto por la letra y el número, hambriento todo lo inerte sin la savia honrada. No es una cuestión de cascotes sino de rascacielos. Así es todo el derrumbe, salvo en la Casa de Gobierno, ajena al termómetro Richter, pero sin nuestra residencia de puertas adentro.

 

 

Las decisiones

El grupo siempre ha sido de la opinión de que los fines son intocables y las desuniones solamente comprensibles cuando están aderezadas por hechos notoriamente de dominio público. Así, los demonios hacen su periódica aparición para advertirnos, recordar los entresijos de la realidad interna, esa sólo tuya o mía que compartimos a ratos y nos ocultamos cuando se despega todo aquel pegamento sensiblero que los impresentables de la decadencia califican como amor. Resurge siempre la alarma pero como hueca, porque sólo el tímido eco alcanza a un puñado de desafortunados del olvido que reclaman algo de realidad. Debe ser por eso por lo que relacionamos los abismos con el mal; los triunfantes receptores al poco tiempo se sentirán víctimas perpetuas, siempre cautivos por un sinfín de dudas cada mañana y nunca, desde luego nunca, satisfechos con la mediocridad que han elegido como acompañante de la existencia inmediata. Somos auténticos novios del recuerdo, de frustrantes y engañosas miserias del pasado, el mismo que nos ha convertido en lo que ahora somos pero a ratos de ombligo y radio mal captada, de corredores resbaladizos, despachos que amenazan y libertad de última hora.

Es por eso que andamos entre sombras que mascullan su autocracia sin excepciones perceptibles en un primer vistazo. La agudeza, o la demencia bien vista, resalta el brillo de las criaturas que se nos ofrecen y remarcan el fracaso que ahora abre la puerta y nos detiene en el intento de fuga, que impide que sequemos el trapo de las desdichas y relancemos el marcaje del capricho que aventura y obsesiona, que cumplimenta un rito sin desenlace pero tan tierno, tan de a ratos insondable que asusta; evocamos en ese instante la realidad global y podemos entonces afirmar un único axioma: el destino personal pertenece a otros, al resto, que también malvendió en única oferta, sin regateos, su rumbo a una colectividad a la que pertenecemos sin carnet. Bien mirado somos dueños parciales del camino ajeno; ése que, a fin de cuentas, acentúa la improbable objetividad de nuestro marco. Nuestro porcentaje de multipropietarios es, en efecto, escaso, pero aquí y allá disfrutamos de jugosas porciones de ese amigo temporal que aventura sus secretos por nuestro oído; de aquél abandonado que nos entrega sus decisiones, impaciente, en busca de resolución cobarde. Ese es el juego: alienamos la verdad del eterno compañero sin rostro para evitar que no hundan nuestros sueños liberados del agobio que desata el terror lúdico de tanta irrealidad, pactamos para no perder ficha. Quizás por eso los demonios vuelven a reclamar la presencia del valor de las adquisiciones tan nuestras, regresan para repetir el llamamiento cíclico a los desaforados a los que ya no sé si pertenezco pero cada noche, al enamorarme de mi colchón y acompañarlo hasta el amanecer, sueño con un eco de libertad que alguien me infunde sin haber tirado los dados, como un solitario.

El juego de las reglas tapadas

Desde que las sábanas comienzan su tarea de protección inicio la lucha por un sueño que me descanse, imaginando fantasías de héroe universal como alternativa seria a los borregos saltando mecánicamente la valla de sus desconsuelos. Pero nada más entrar en esa situación de dominio ficticio, la irrealidad me vence con su presencia completa en situaciones soñadas, echándome de menos, rogándome que intentemos querernos como se quieren los ancianitos más lúcidos de este planeta.

Transcurren dos horas y mis hazañas no consiguen un espacio completo para desplegarse, dejando paso a amoríos de sirvienta de media tarde con manzanilla; me dejo vencer y olvido lo irreal para rememorar lo único cierto, que es triste y es mío. Casi siempre un tímido beso que ni consigo saborear pero que me reconforta de entrada, al menos al reconocer su rostro, con sus rasgos aniñados mientras me obsequia con ese andar horizontal que siempre me turbó; repesco nuestros pocos diálogos (casi siempre telefónicos) y nuestros encontronazos furtivos. Son las cuatro y es cuando me asaltan las primeras lágrimas incontenibles, al recordar con inquietud de sonámbulo consciente que fui yo el que desmembró el rito. Es en ese instante cuando alcanzo a comprender que todo consistía en algo tan tormentoso pero a la vez dulce cuando se consumaba como un juego sin reglas fijas pero entabladas a medida que se desarrollaba la partida. Había que resignarse y aguardar el siguiente encuentro sin planteárselo; ni mucho menos se podía acosar al contrincante. Creo que es el único juego del mundo en el que en lugar de querer aplastar a tu rival lo que deseas es abrazarlo, amarlo con una ternura meridiana, pero ahí entra una prohibición absoluta. Nada de cuestiones definitivas, todo ha de estar marcado por una absoluta transitoriedad.

La recuerdo demasiado a menudo y quizás por eso la partida ha quedado prácticamente anulada. Es una magnitud impredecible pero parece cerrada de par en par; todo se me desliza en esta suerte de aventura incontrolable a la espera de un último movimiento, la culminación de una serie interminable de reencuentros con la salvedad ineludible de no añorarnos. Yo lo intento pero cada día me cuesta más cumplir con todo, a veces deseo que se convirtiera en la unión aburrida y costumbrista de todos los humanos, llegar a odiarnos, pero en ese mismo instante me resigno, después de tanto tiempo, a un último momento, mínimamente más intenso que los anteriores, en el que relucieran las autenticidades de esta situación que en realidad sólo adivino de soslayo. Ah! Pero si consiguiera una victoria o una derrota definitiva. Me conformo con unas diplomáticas tablas…

Días de rendición

¿Qué te he hecho yo en una mañana de accidentes y prisas, desarbolada casi sin sol, para agredirme ya sin máscara? Yo, y tantos, prácticamente todos los danzarines con horario, estamos más que acostumbrados a reptar ante los pliegues de los callejones, salir por piernas frente al más mínimo vértice de esquina sombreada, con esos perfiles oscuros en el suelo que nos alertan de la presencia amenazante tras los cientos ochenta grados de ladrillo ocultador. Pero hoy… tan desprovistos, tan por la espalda; un día más, un comienzo de semana que arrastraba la saca de miserias turbulentas de las que nos hemos provisto a modo de cáncer mohoso y, de todas formas, ha sido intentar correr la avenida y recibir el palo seco antes del arranque de pies secos, sin suela. La intersección entre la nuez y la mandíbula se nos plegó como un abanico de papel filatélico, enredado por la baba interna, mezcla de sangre y gorgojeo gástrico, hasta derrumbarnos en un infinito negro carbónico. Negro asfáltico, negro del todo negro, con los ojos precintados de pestañas y lágrimas densas y párpados con llave. Absolutamente el color de colores. O el color neutro. La nada pero el dolor, el padecimiento nervioso de tanta intensidad que apaga el sol interno y ni siquiera es sufrimiento físico porque todo el hardware neuronal reinicia su sistema con la lentitud de la prudencia superviviente. Ahí nos quedamos, me quedé, tendidos con pinta de muerto y tal vez estándolo un rato, un plazo generoso para sortear la curiosidad del garrote que puede tentarse a repetir hasta el remate, hasta el cortocircuito confirmado. El trabajo finiquitado. Una muerte de un rato, ocultando nuestra vitalidad de mínimos en una especie de ciénaga cerebral que no retira la barrera de la mirada tras todo lo cerrado. Parece que el garrote se distancia, unos tumbos a modo de tambores arrítmicos lo previenen desde el cuadro de control de emergencias, pero no recuperamos constantes suicidas, no amamos perder la esperanza en la siguiente paliza prevista, en derruir el calendario de rounds sin puntos, masacre de impostores a los que ninguna placa, ninguna sirena persigue. En cambio nuestros cuerpos (todos ellos tan fetales sobre la mancha que es nuestro horizonte urbano, nuestro campo picajoso y con zumbidos de moscas en busca de lo descuidado) producen rabia sin ternura, miseria de silencio interconectada. Efectivamente, a lo lejos, por todos los ángulos, nos revitalizan el alma del terror, la única que ahora activa nuestras palpitaciones, los tum tum tum razzzz de las botas intensas, como pisoteando sobre una superficie acampanada, mientras se nos irritan los tímpanos con el garrote de textura metálica rayando, formando olas picadas que chocan nuestra sordera, toda la desorientación que previene la conveniencia de, irremediablemente, mantenernos finiquitados, horizontales. Sigo en la noche de un lunes que no ha empezado.

El día de la lechuza

Si Marchica acusa a Pizzuco, y éste señala nuevamente al primero, nada de eso inquieta a Don Mariano Arena. Si sobre la sangre de un horadado ciudadano, dispuesto a creer en las estructuras democráticas del lugar en el que reside como una garantía inalterable de los caminos rectos, se amontona un viscoso serrín de ruidoso silencio, eso es la vida. Pero si un capitán norteño actúa con contundencia administrativa y judicial en busca de atar los cabos que maniaten una verdad silenciosa pero brutal, mayor sonará el silbido sin receptor en esa noche siciliana que es, por desgracia, la noche en violenta calma de estos días funestos.

En 1961, Leonardo Sciascia tuvo la osadia literaria de convertirse en el precursor de ese género que tomó relevancia universal con El Padrino y que, en prosa rasgada, Roberto Saviano ha rematado en la actualidad con pelos y señales y sangre. En su caso, no. El escritor nacido en Racalmuto confirmó que tuvo que realizar un hábil alarde de reducción narrativa para suprimir de la edición original nombres, situaciones y vías de escape que hubieran supuesto un problema grave en el mundo real a sus lícitas intenciones de seguir vivito y coleando. Algo que no existe, y si existiera nadie lo ha visto jamás, era y es capaz de agudizar el sentido de supervivencia frente a una máquina de escribir ó en una charla distendida de taberna. Es así, a pesar de todo. Si de una mayúscula a otra los carabineros enlazan el sentido de un asesinato a sangre fría, todos sus cabos se pueden ir deshilachando a la misma velocidad que el componente humano de las instituciones a las que representan (las que nos representan) tiran del otro lado, como una lucha de fortachones de derecha a derecha.

Es una ficción real, contada hace medio siglo desde las tinieblas de un sur que es compadre del norte pero del que desconfía. Norte y sur bajo una misma bandera y, sin embargo, dos axiomas sociales que no entienden que ocurre más allá del correspondiente meridiano nacional. ¿Nos suena? En cualquier caso, cómo sobrevivir con los nervios en reposo cuando despertamos ante una fachada plagada de recovecos hormigueros, de vías sin fin que recorren las instituciones germinando en ellas su polen de control, sus huevas envenenadas. Ahora y siempre, el ciudadano que se topa de bruces con la corrupción, ergo con la realidad humana, sufre y se desespera, opta por la primigénea negación para después, irremediablemente, caer en la fatiga y el abandono.

Afortunadamente para los mansos, siempre aparece un capitán Bellodi dispuesto a no refugiarse en su mesurado norte y recuperar con presurosa energía la convicción de que otro mundo es posible, de que es su, nuestra, responsabilidad luchar por ello. Aunque los ejecutores se inculpen entre ellos y rectifiquen sin consecuencias, aunque los Dones mantengan la calma incómoda desde una relativa impunidad. En estos días, cinco décadas después de esta lechuza que ve y calla, los juzgados se siguen abriendo para recibir a capos que manejan con exquisito arte el excepcional arte de la prescripción, a matones que se creen capos pero actúan como miseros chivatos, acusando a diestro y más diestro para lavar las culpas por dejar huellas. Así hagan paseíllos altivos y declaraciones ensayadas y somnolientas, así el banquillo en el que posan sus impasibles posaderas disfrute de calefacción regia. En esos instantes creemos en nosotros, en la justicia y la seguridad, en el orden de las cosas, mientras por la puerta la culpabilidad emerge sonriente, sin hacer declaraciones, y nos damos cuenta que las cosas, en estos tiempos, en estos siglos, no han cambiado tanto.