Cuando compito con fantasmas

Ciertos puñetazos de desencanto se quedan soplando aire, los nudillos al viento. No hay siquiera punching ball con diseño de holograma a la vista, todo queda en la mirada tirando de nuca, poniendo cabeza abajo, gestionando el tiro de gracia sin haber recibido la ráfaga previa de metralla injusta. Carga injusta. Apunta, dispara, fuego. Todo propio, todo injusto. Todo merecido.

Ni golpes ni balacera, en realidad. Una cuerda colgando, recia y pesada, en busca de autor y nuez, de crack y lengua fuera, cuencas como cabezas de jíbaro, sin ojos que poder atrapar en su huida. Es eso, sencillamente la catatonia caprichosa de mente y vida privilegiada, que encuentra en la ruleta rusa cierta perversión lúdica para echar restos de tristeza sobre un manto que aspira a verde. La vida debe ser así para aquellos que no temen al hambre ni al horror, que sólo pueden llorar por cuestiones que, a miles de millones de congéneres reventados por la existencia verdadera le suena a chino, a negro, a sulfato y sal, montañas de sal aguada. Y a pólvora, pero de la de verdad, lejos de patio y de tardes bélicas, de infancia con merienda y rebeldía vallada entre arboledas y primavera de urbanización.

Cuando yo, cualquiera, compito con fantasmas, es como decirle al futuro que la estupidez se postula presidenciable. Y que pretende arrasar todas aquellas urnas que se le pongan por delante. Las demandas no pueden ser sino pretérito imperfecto que teje pronombre pero equivoca sustancia: de-ordena; desordena. ¿Aspiraba a verde o era césped mustio? Moción o inacción, guerra frente al mando o fusilamiento al borde del mar que ya está dentro, en la barcaza, a fuego, en busca de cadáveres. Aquí se repocha la vida breve, mientras en centenares de fronteras el guarda es pelotón de fusilamiento. La ley es el fantasma, y su caricia infarta.

Las únicas cadenas con bola que se arrastran a este lado se nos están cerrando, con sus grilletes, a partir de esa bobaliconería de contar, narrar, ver, como poquísimo denunciar mientras se sorbe el primer helado que ya se está derritiendo en…. ¿Acerca de qué estaba opinando? Ummm, frambuesa, “me gusta”.

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Zizekeando

Integrar la teoría filosófica en el análisis de la cultura popular desaparecerá, como lágrimas en la lluvia, sin poder ver desde Orion la fórmula decrépita de nuestra apuesta como sociedad. Y, entonces, personajes como Slavoj Zizek ni siquiera aparecerán en nuestro juego del conocimiento individual o colectivo, siquiera como fieras indómitas en ese circo que ya viene apagando sus luces, recogiendo sus telares en tecnicolor. La desaparición en los planes de estudio de todo aquello que suponga despertar la esencia vital por entender nuestro entorno, para adelante y hacia atrás, nos deja estancados en el curso de la Historia, hace de la evolución humana un rodillo atascado presto a comenzar a chirriar y producir chispa, hasta el incendio, pira de una civilización atascada.

ZizekDesde Eslovenia hacia el mundo moderno, entendido con el don de la antelación que otorga pensar en lugar de actuar desde la irracionalidad hoy más valorada que el patrón-oro que sustenta la imbecilidad del ser, Zizek acelera sus propósitos con ese pedal en el lenguaje que no conoce freno de mano ni de lengua, mucho menos a través de unas neuronas en veloz comandita. Pero en las aulas ese bastión que supone no arredrarse ante la capacidad de superar la memorística y trasvasar datos hacia el canal de la crítica tiende a la extinción. El sistema necesita mano de obra funcional, acomodaticia, como una masa de codicia que busca el destino de su ser mismo a partir de la obtención de bienes que quedan en el camino cuando la pieza es sustituida, como desechos de la vida contemporánea, como versiones 2.0 del interés humano por acaparar aquello a lo que da, por el azar de sus infortunios terrenales, suplemento monetario en la escasez de lo mismamente infiltrado como de interés; especies brillantes en manos de animales desorientados.

Parece, y parece con carácter presuntamente definitivo, que la frontera está cerca, sólo que la humanidad tarda en tocar sus murallas porque se ha empecinado en dilatar aquello que es definitivo per se dando vueltas de trompo como un satélite sin órbita conocida. Al menos la ignorancia permite continuar estos padecimientos grupales quien sabe por cuanto tiempo de supervivencia. Entretanto, unos pocos piensan por el resto y dejan encontrarse, por menos que por más, de modo que aunque el pupitre esté a punto de ser decorado con la calculadora de la eficiencia, algún que otro alumnos continuará escondiéndose en la última fila, azorado, blandiendo papel y pluma, mirando por la ventana como el clima acompaña sus cambios, integrando sus dudas en el entorno.

Lo Real

P320563.jpgSi Edmundo saciará sus demandas de vitamina C y a otra cosa hasta la alborada, hasta que las desembocaduras devoren el horizonte y el atardecer se vuelva hipnótico antes incluso de armar estrellas, del cigarrillo permitido como terapia de desintoxicación social, o tomará el Land Rover de vuelta y perseguirá una versión 2.0 de libertad no impuesta por la tragedia humana, es algo que queda en tus expectativas al acariciar la cubierta trasera.

Las pérdidas, aquello que nos arrebata ser sólo un rato, con el poco margen para entender lo que ya venimos despidiendo, no pueden suponer inflexión a la hora de enfrentar las fuerzas con las que gestionamos nuestro respectivo plan de vida. Las pérdidas, las de verdad, las que la casualidad nos acerca con la lengua fuera, con el dedo bien tieso en posición vertical, todas las que no permiten siquiera arrepentirnos por un “tal vez” de estrategia postparto, quedan fuera. Nos dejan fuera. Edmundo Gómez Risco debe haberlo sabido, observando a Mica enfrentar la playa en invierno con ojos aún incrustados en su parentesco con la naturaleza, tan lejos del ser social como de la melancolía. Una mirada así, a través de los ojos agotados de la tristeza, de lo adulto rendido sin enemigos a la vista, deben suponer el único faro en la tormenta, otro salvavidas no es posible.

Pero ¿Y antes del afecto? Todo ese panorama que para Edmundo Gómez Risco significaba no dejar atrapar su destino por las relaciones de trabajo, el valor de las condiciones de trasvase entre las mentiras con tacto de capital suficiente y las fuerzas de trabajo desde las neuronas al refinamiento de transmutarse, a ratos, en uno de los otros, en pasar desapercibido aún sabiéndose con la marca que nos mantiene expulsados de la independencia, parecían asegurar supervivencia agotadora. La vida como aprendizaje, la evolución de las especies en su comportamiento social, observando los errores estrategicos inmediatamente antecesores para avanzar a pasos de velocista en la lucha de clases sin cuartel.

BelenGopeguiLos valores que nos sitúan en la fidelidad al orden de las cosas, aquellos en los que Fernando Maldonado será nuestro amigo desde el abrazo en la distancia, al que enseñaremos nuestros pasos pero él nunca nos llevará de la mano a bailar con su orquesta, suponen el afluente por el que la mayoría confía en sumarse, si la voluntad de los factores que no alteran nunca el producto de la realidad, a lo sumo de la esperanza como quiniela en balde, a una corriente que es minoría, que necesita serlo, que supervive siéndolo, pero a través de la cual fluyen las escorrentías de la opulencia. ¿Y el afecto, preguntamos nuevamente? ¿Y la felicidad? Se quedó en el nacimiento. Los sentimientos no se alumbran a través del proceso de relaciones humanas, sino de manera escueta, casi avergonzada, a través de diminutos elementos del todo. O de unos cuantos. Edmundo nadó y guardó la ropa en busca de no tener que entregar su pulso a pesar de las lecciones recibidas. Pero los sentimientos, ay, y el destino casual, con sus irregularidades siempre en línea de llegada, le remontaron, agotado pero con algo de pesca oculta entre los aparejos, a ver a través de las pupilas, enormes, de Mica, una nueva aventura en el horizonte.

¿Quién me ha atrapado en un meme, un tweet?

No es a tí a quien te ocurre. Nos pasa a todos, los ciclos se suceden con mayor carga vertiginosa que los propios años, que aquellos períodos que, según los ciclos vitales de cada cual, se convierten en etapas fronterizas del ayer y hoy para navegar en etapas que archivan nuestras respectivas, escasas, existencias. Y hay letras premonitorias, veloces en encontrar su sitio en, después y para siempre al relatar lo que toca, lo que va a venir y lo que vendrá sin la pausa de su conocimiento.

AbrilEn la antesala inmediata de una nueva primavera sabemos que las estaciones que sobrevuelan, año a año, nuestro calendario sin importarle los ritmos de la desgracia que sucede bajo sus nieves, sombreando su canícula, están prestas, sin embargo y a pesar de todo, a la revisión de la temperatura que se pueda mascar en sus correspondientes atardeceres. Eso corre de nuestra cuenta; y, algunas letras, pusieron tildes e hiatos en cualquiera de sus períodos con la lucidez de dejar el ritmo abierto a la actualización, sea de la negrura que ésta sea.

En la hendidura del parnaso
donde el ritmo sirve de colchón
el cuento de la dignidad
desprecia el confort.
Y cuando por las redes viaja
la confusión, la tempestad
internautas desmusculados
alzan sus mensajes de caracteres
y braman

Quién ha marcado el devenir
cómo ansío convencerte a tí
quién ha auspiciado este trajín
Lo guardaba en mi servidor
Donde esparzo la falsa contención

La rabia, el anhelo, los fraudes
las lanzas que la infancia quebró
entierran sus colmillos
la cobardía venció
Y cuando en las pantallas plasman
millones de teorías de la conspiración
megabytes de sinrazón
ruedan por las páginas del blog
y en ellos dicen

Quién ha marcado el devenir
con cuantas verdades nos pueden mentir
quién me ha atrapado en un meme, un tweet
inventados como falsa creación
arte maniaco a un click, desde un botón

La narrativa del presente
herencia de pluma que hace tiempo voló
años por segundos
hasta lo instantáneo se ralentizó
y cuando el fraude y la estafa viajan
veloces frente a tanta indignación
derrotada la población
se marchita ante el viejo televisor
el hombre, no el cerebro

Quién ha marcado el devenir
años en venta en nuestro porvenir
quien desmemoria a manos mil
revolución en red, enredada decepción
pira en llamas, malversada combustión

Los living

LosLivingSi Nito pudiera arrimar su desolador timbrazo a millones de rumiantes duermevelas simultáneamente, la desazón de su relato, sincronizad, poseería el mismo verso fatal: Usted se fustiga irregularmente, tan a medida del látigo que reparte de cuando en cuando la fiebre de su cuero en la esperanza traicionada; y éso es así porque pensó (y que cosas tiene eso de pensar en voz cuadriculada, en papeleta que ya imprime un pensamiento al que acomodarse) que su clase, su condición social, ya no es lo que era, se evaporó en la medida en que cayeron muros y se sortearon banderas. Por eso se permite el privilegio, como un lujo a su debido alcance, de confiar su salvación a aquellos que, a su vez, no tienen reparo en ofrecerle el peludo abrazo que, en lugar de abrigar, pica y raspa. No se ha dado cuenta aún, o se ha olvidado todavía, pero es que de lejos resulta tan confortable, tan mullido; no es algo definitivo, qué duda cabe, porque las piedras a tropezar acaban un día por hacer llaga y, con ello, recuerdo, pero mientras tanto usted ya ha acudido varias veces al colegio electoral queriendo recuperar la confortabilidad prestada a través de los que dan cobertura a los prestatarios. Mal negocio, pero claro, usted hace más de dos décadas que ya no recuerda el lado del mostrador en que se sumergían sus aspiraciones.

No seríamos tan capaces de aterrarnos así, de sopetón, porque eso de agredirnos en nuestra propia casa llamándonos traidores de nosotros mismos, dejando en barrena la credibilidad de nuestros propios actos, no es del gusto de la clase media, hipoteca arriba, moratoria abajo. Es egoístamente cálido abonar el germen de las culpas a las siglas, al pasado, a lo que ya no va a volver, como si eso supusiera un futuro de traspiés inevitables en el universo de la economía (¿de qué si no, si la esperanza y el destino se maneja en patrón-oro?). Nito se quedará desorientado, cabizbajo, preguntándose en qué parte del camino ha quedado su don para poner firme la esperanza humana de qué el fin queda lejos y el presente, a desmano. Es la ideología, estúpido, bramará histérico, pero de ese término no suele alimentarse el pavor cotidiano, más bien al contrario el espíritu de las ideas hace mucho que optó por regresar a la oscuridad, en hibernación hasta tiempos más fértiles. Eso que se denominaba conciencia de clase supone casi tanto un estigma como un espejismo del lenguaje, tan difuminado se encuentra su significado como las primeras células que comienzan su rabioso jugueteo a espaldas del resto del equipo, a tus espaldas y a las de tu inevitable destino.

Así Nito decaerá en la confianza de hacer algo grandioso, viviendo en y viviendo para. Viviendo para siempre, pero sin tiempo para recordar algún motivo por el que el sentido se quedará del lado de acá o se mereciera la esperanza de trasladarse a aquellos más allá, los que buenamente convengan.

El día de mañana

ElDiaDeMañanaSi Justo Gil levantara la cabeza se encontraría muy satisfecho en un escenario repleto de eternos aspirantes a suceder su innoble profesión, dice Tinejo Sánchez. No es que las modas de la traición vayan y vengan, mi mucho menos. Los chivatos del presente no temen al disparo en la cabeza, a quemarropa, ven la impunidad fácil y el dinero aún más fácil. Justo sí que lo tenía complicado, con tanto tiburón en busca de océano. Eran otros tiempos, que duda cabe, y con su pinta, tan deteriorada, tan de derrota, hoy no podría aspirar ni a un puesto intermedio en cualquier lista electoral de provincias. Que va, lo suyo era el anonimato a cara descubierta, es lo que tiene de bondadoso el fracaso instrumental. Yo no lo conocí personalmente, nada más que por referencias, pero resulta imposible no idolatrar la figura que he sido capaz de construir con los retales, muchas veces épicamente tijereteados, de ese fantasma coleccionista de cicatrices en un alma que nació muerta. Los que han llegado hasta hoy con la memoria de Justo alojada en algunos recuerdos imprecisos, influenciados por el tecnicolor de unos paisajes que se nos han emborronado a fuerzas de querer verlos en modernista tridimensionalidad, son incapaces (qué incongruencia) de detectar a todos los indirectos profetas que escampan sus respectivas miserias a cambio de mucho menos que una redención silenciosa. Porque Justo era la Rata que agarra a primeros de mes cualquier detritus sabiendo como se paladean los aromas de los buenos propósitos, de la carne sin pudrir, con el engaño de los primeros años visualizando toda una vida por delante. Cuando una puerta se cierra, otra ya se está torneando ofreciendo una luz que puede aclarar la vista de la misma manera que consigue cegarte definitivamente y la imprudencia posee esa ignota energía que siempre tira por el camino más incómodo, de mayor atracción.

Pues, como decía, de la misma manera que Justo puso el cuerpo en busca de balas hoy en día estamos rodeados de roedores a porrillo. Están en todos lados, aunque resultan más complicados de exterminar no por cierta piedad hacia el devenir de sus respectivas conductas, sino por culpa de haber asimilado una falsa convicción de que la desratización ha finalizado y podemos abrir la opinión sin nada que temer, dejar nuestras sabrosas opiniones en el quicio de la ventana con la confianza de que van a enfriarse sin temor a la rapiña, a la desnutrición ciudadana. Transitan por otras cañerías, pero al caer la tarde continúan sentándose alrededor de nuestras mesas, frente a frente en cualquier barra, y atraen con una sonrisa inofensiva la necesidad de interactuación que todos llevamos debajo del brazo. Se arriman para sellar la estafa, para hurtarnos el derecho a no salir con miedo a la calle, arropados por ese escenario que nos dicen pluralista, seguro, confortable. Estamos rodeados. Pero Justo no se sentiría orgulloso, en realidad nunca fue vanguardia de ninguna traición profesional. Donde él se vio obligado a situarse miles lo estuvieron antes en el curso de la historia, si bien en la nuestra su recuerdo es el paisaje más concreto, de mayor exactitud, con respecto a qué significa desaprovechar el valor para malvestirlo jugándote el pellejo en todas las bandas. Cuidado con los síntomas, con el tintineo de mazmorras sin habeas corpus, con el golpe por la espalda cuando ya te estás marchando, con el dedo acusador de aquél que, en el preciso momento de fatalidad, se transmuta en la versión de un Justo que ni siquiera aprovecha sus ensangrentadas monedas traicioneras para poner los primeros ladrillos de una redención retrasada.

Un mundo para Julius

Julius3La carroza cambia de jardín al mismo ritmo que ya no se escuchan los disparos a hurtadillas, los mayordomos cayendo al ritmo vaquero de Julius. Dilma dejó de llamarlo, de rescatar a Celso, a Carlos, a todos, de las garras de la infancia que son la razón de ser de una microsociedad injusta tras las verjas del palacete. Demasiadas páginas sin Cinthia, sin el calor de lo que daría la temperatura a cuatrocientas páginas sin alma, con la infancia en soledad, con el descubrimiento sin parientes, sin aliados. La historia de Julius hasta la frontera donde el impúber se ve sustraido de su casta inocencia transcurre sin alma, un principito limeño arropado por los expulsado del diminuto paraíso que todo lo tiene, que los convierte en élite del vacío, viviendo en la penumbra de la riqueza, sintiendo las migajas como su legítima parte del banquete. Julius, línea tras línea, en medio, como un Peter Pan en blanco y negro.

Julius1Julius desaparece frente a un mundo en continua despreocupación, donde las preocupaciones se centran en la organización de vacaciones dentro de las vacaciones, festejos, golf, gin tonic, pastillas para no dudar. El niño crece sin mostrarse; el protagonista se convierte, así, en un atrezzo ante almuerzos y cenas, cocktails de alto copete, desarraigado entre la minoría que es un país dentro de un país. De ahí la carroza que siempre es frontera, que Julius abandona pero continúa, esperándole, en el centro del jardín, como hogar y refugio, hasta que rompa él la alcancía y vaya en busca de la noche con los suyos. Es, en efecto, un recorrido literario en el que no aparece la población, sus conflictos, sus interacciones. Lo más lejos que Julius será capaz de traspasar las verjas de oro se detendrá frente a un piano violento, entre pasillos oscuros, cuartos con sombras de humanos que apenas hablan, que se encuentran lejos y alejan, en su meridiano, a Julius para siempre del mundo. Nada importa, Santiago ya está en Nueva York preparando su hereditario liderazgo, mientras Bobby camina en la rebeldía inmune a la reprobación, como un acto natural de los elegidos, casi sano. Esas dos etapas hacen de secuelas andantes los períodos de Julius que no veremos, que sus hermanos miméticamente nos han contando.

Julius2Un relato que duplicara su recorrido para que continuáramos siguiendo la plácida pasividad de Julius hasta su vejez nos hubiera aturdido igualmente con la desidia de encontrarnos ante a desesperada necesidad de buscar el redondeo de un relato que se desorienta casi desde el alumbramiento de su protagonista. Nadie nos remueve, ninguna despedida, ningún cuchicheo, porque todas son circulares; Juan Lucas bebe y disfrutan, siempre de la misma manera, con una convivencia frente a lo lúdico que de repetirse deja paso al tedio. Susan, mientras, se recoge el flequillo y asiente, y ya están todos muertos, la casa en llamas huecas, frente a un último banquete en el que Julius, en lugar de huir y refugiarse en la carroza pidiendo, con mucha fuerza, que al abrir los ojos todo cambie, ocupará su asiento y se hará una pregunta más, pero muy tímida, lejos de Mafalda, lejos de ser capaz de salir de los folios y abrazarnos al cerrar la cubierta.