Lo que hay que Wert

A partir del minuto cuatro del video anterior pueden disfrutar de las reaccionarias opiniones de la catedrática de ciencias políticas en una institución que se cataloga como universitaria, la Rey Juan Carlos, así como columnista habitual del diario ABC, Edurne Uriarte. Más allá de que su visión de las cosas puede casar y hasta tener descendencia con la línea desinformativa que ya está poniendo, a toda máquina, el títere Somoano en TVE, la conservadora Uriarte, mujer de un sólo hombre, se encuentra entregada en católicos votos a José Ignacio Wert, casualmente Ministro de Educación y otras cosas del destruir.

A ver como podemos analizar esta situación sin que nos reviente una lágrima. La respetable imparcialidad de los servicios informativos de RTVE se ha ido desmoronando de manera manifiesta desde el cambio de gobierno a finales del pasado año, a cuentagotas, sin resultar apabullante de manera automática. Gradualmente, con la destitución de Fran Llorente y el resto de profesionales del ente público, se ha nombrado a una caterva de controladores a sueldo del mensaje que emerge de las ondas y las imágenes de Torrespaña que, en estos últimos días, han recibido la consigna de intentar una escapada de alta montaña que dejara en el camino todo lo que sonara a lugares de encuentro propios de aquello en lo que debe consistir la responsabilidad de la comunicación en un medio que sustentamos todos los ciudadanos con nuestros tributos. El necesario blindaje del ente público, a salvo de las veleidades planificadoras del poder político de turno, siguiendo el patrón de la británica BBC, se ha ido posponiendo por falta de entendimiento entre las dos principales fuerzas políticas nacionales y, de este modo, volvemos a encontrarnos con un intervencionismo manifiesto, acción propia de la actividad reaccionaria del Partido Popular, que aboga por una liberalización en lo económico, que critica con ferocidad cualquier expresión de supuesta censura en tierras lejanas pero que no soporta la pluralidad cuando asoma el hocico por La Moncloa.

La hoja de ruta de comienzo escolar ha sido diseñada de manera tan raudamente burda que, en sólo tres días, ha dejado al descubierto que los tiempos de Urdaci vuelven para quedarse. Su disimulo sólo ha alcanzado a disponer que pongan la cara principal ante el ajusticiamiento de profesionales de indiscutible imparcialidad algunos compañeros de la casa que puedan dar sensación de no ir con ellos la manipulación. En RNE  han ocupado las franjas horarias huérfanas de Juan Ramón Lucas o Toni Garrido voces reconocibles pero sin chicha, con olor a responso melódico. TVE ha esperado al mes de septiembre para hacer lo propio; con Ana Pastor entrando hoy en CNN por la puerta grande, ha sido María Casado la elegida para disimular con su rostro las garras de la sala de mandos. Su primer papelón consistió en moderar el aséptico encuentro del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, con un ramillete de periodistas sin ánimo de tirar a dar y desde ya ha tomado el mando de Los desayunos…

Como indigesto acompañamiento al té con pastas hoy se ha rodeado de un nuevo equipo de colaboradores entre los que destaca, de manera repugnante, la presencia de Edurne Uriarte. Y esto es así más allá de que para muchos ciudadanos les resulte demencial comprobar la salida de tertulianos como Jesús Marañas o Fernando Berlín, expulsiones sólo entendibles desde una óptica ideológicamente pacata, que detesta la diversidad y pretende convertir estos espacios televisivos en entidades proteccionistas de la hoja de ruta sin brújula del ejecutivo, para sufrir la presencia regular de opinadores como Uriarte, sino que el asunto entra de lleno en la gravedad de la prevaricación manifiesta. La imprescindible higiene política no puede permitir que el cónyuge de un alto miembro del Gobierno sea contratado en la cadena de todos; resulta intolerable tanto desde la óptica de esa sospecha penal que nunca puede revolotear sobre la cabeza, en este caso muy hueca, de un cargo público, cuanto más desde la previsibilidad de unas intervenciones absolutamente condicionadas por la relación afectiva que, de manera indisimulada (como ya hemos tenido ocasión de comprobar a cuenta del análisis altamente positivo que hace Uriarte de la mencionada entrevista al jefe de su marido), impedirá el más mínimo atisbo de crítica al partido de sus sueños, a la fábrica de la mitad de los garbanzos que se consumen en el domicilio Uriarte-Wert.

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Publicistas que no tienen amigos ni salen de casa

La publicidad televisiva siempre ha sentido un cierto placer suicida por insertar, de cuando en cuando, ambiciosas campañas que suponen un batacazo de diseño y mensaje antes siquiera de aparecer en pantalla. Cabe preguntarse si los profesionales de la comunicación audiovisual que invierten tanta energía en convencer a las compañías contratantes y a sus superiores tienen algún tipo de relación con otro tipo de seres humanos con capacidad básica de interacción. De no ser así, sería hasta disculpable que lanzaran los mensajes que lanzan, que tropezaran tantísimo dinero ajeno en espacios comerciales que, a lo sumo, provocan risa, tristeza o hasta indignación.

Primer caso reciente. Una compañía de productos de limpieza textil, experta donde las haya en lanzar campañas y campañas con el machismo por bandera, ha dado un paso más aprovechando la onomástica maternal de este 6 de mayo, haciendo un guiño a tanta matriarca de pierna quebrada desde su fundación corporativa. Veamos el homenaje:

Efectivamente. Pasados unos veinte segundos, hay algo en esa dulzura melódica que nos transporta a un plano que no casa muy bien con hijos amantísimos, limpieza de lavadora y barro a eliminar.  Y es que a alguien le debe haber parecido apropiado aderezar el pasteleo materno-filial con una incomprensible versión del muy marchoso “You’re The One That I Want“, la composición que interpretan John Travolta y Olivia Newton-John en la clausura de Grease (1978). Los creativos que, encerrados por los siglos de los siglos en sus jaulas de diseño, orquestaron esta corrosión entre imagen y sonido, musicalizan esas inocentes relaciones de amor puro con una letra que reza lo siguiente:

Tengo escalofríos, se están multiplicando
Y estoy perdiendo el control
Porque la potencia que proporcionas
Está electrizando
Mejor prepárate porque necesito un hombre
Y mi corazón está puesto en ti
Mejor prepárate
Mejor entiende
Con mi corazón debo ser auténtico
Nada queda, nada queda hacer para mi

Y hasta ahí podemos leer porque al menos su humor despistado tiene la decencia creativa de cortar antes del estribillo, cuando la cosa se pone más hot. Qué este no es país donde fluya lo anglo y lo sajón no es ninguna exclusiva, pero tampoco es cuestión de insertar cualquier melodía extranjera en la convicción de que el oído es sordo. Además, ¿Qué tendrá que ver esto…

… con la incitación a la venta masiva de detergentes? Como no sea por que en el subconsciente colectivo queda penilla de la rebeca blanca de Travolta, que a saber en qué barrizal acaba, difícil conexión.

Pero, en ocasiones, ese afán artístico torna en nauseabunda adicción al reality publicitario. Como los publicistas, ya hemos dicho, salen poco y se relacionan menos, tienen un miedo atroz a todo aquello que rezume vida más allá de sus imprescindibles interconexiones con el mundo real. Del miedo a lo desconocido se paren productos como el que sigue:

¿Qué? Dilo, Mario Picazo. ¿Qué horripilante suceso les ocurre a los García por estar en su hogar? ¡Pero si tienen el salón como los chorros del oro! Nos anuncian que tengamos un montón de miedo para, inmediatamente, asegurar que todo el horror desaparece al instante conectando una alarma contra el pavor subjetivo. El mismo que sentimos contra el colesterol, porque mientras este trailer terrorífico se ha venido emitiendo, el meteorólogo con ínfulas de TV Star lo ha compatibilizado con una oda contra ese enemigo silencioso que recorre nuestro torrente sanguineo dispuesto a bloquearnos cuanta arteria se encuentre en su camino. Sí, lo han adivinado, los García tampoco tuvieron tanta suerte con su dieta.

Y, finalmente, como una consecuencia inevitable de sus encierros voluntarios, de sus respectivas existencias como tecnológicos ermitaños, se da la paradoja que los creativos de publicidad televisiva… ¡No ven la televisión! De lo contrario, no se entiende que intenten aportar realismo a la venta del producto y se obstinen en utilizar el mismo rostro para asuntos tan divergentes:

Sin contar el que pueden disfrutar en la actualidad acerca de la supervelocidad de conexión a internet por parte de una compañía de telecomunicaciones. Todos seguiditos para darle la mayor credibilidad al protagonista. Pues eso, pongan un publicista en su vida. Así, con suerte, puede que se consiga empapar mínimamente de lo que ocurre más allá de su puerta. Y de la de los desgraciados García.

Impertinencia láctea 2 (y que no haya trilogía, por caridad)

Carmen Machi ha decidido seguir adelante, y de perdidos al rio bravo, en su afán por destruir la modesta carrera artística que había conseguido asentar a golpe de voz chillona, explotación falaz del tópico marujero de extrarradio y alguna incursión más que fallida en registros abrumadoramente alejados de su capacidad interpretativa. Así, el imperio de los lácteos supuso, desde su atalaya corporativa, que la actriz madrileña sería el reclamo perfecto para su nueva campaña de concienciación intestinal. Y se les fue de las manos.

En un artículo anterior realizamos una traumática excursión por los anuncios que, hasta ese momento, habían desarrollado una incomprensible estructura comercial de cara a convencer a un sector del consumidor acerca de lo imprescindible que es consumir su supuesto producto de limpieza digestiva. Cámara en mano, la Machi iba perfeccionando su acorralamiento a amigos y conocidos de pega hasta que éstos se rindieran a las bondades del pagador. Parecía que la estrategia comunicativa había clausurado el círculo de acoso y derribo, recordándonos en do menor que el consumo lácteo no es una opción, sino la única de cara a no terminar reventados por gases de mal vivir. Error.

Envuelto bajo la versión de estrategia 2.0-1000.0, Carmen Machi involuciona como un psicópata dipuesto a atiborrarnos a base de yogurt y comparaciones que avergonzarían al político más deshonesto. Ya no espera a tropezarse contigo en medio de un supermercado, o aprovechar la hora del té para sacarte el temita gastrointestinal que tanto le ocupa. Su estrategia malévola (tal vez provocada por no haber logrado los niveles de saturación activa pretendidos en la primera cruzada) se radicaliza, apareciendo en tu baño o en el portal de tu casa al volver de una sesión de footing.

La relación causa-efecto sufre un viraje de aupa y, en la realidad Machiana, la dentadura humana es siempre sana y blanquecina y su cepillado diario se realiza por puro vicio posterior, nunca como antídoto preventivo ante caries y demás problemas periodontales. Su amiga, tontaina o desconcertada (o un poco de las dos dramáticas opciones), acepta su reflexión de vendedor ambulante de crecepelos y acepta el reto, tan ancha, tan acorralada. Ojo, que es amiga de la oronda actriz, pero no toma su producto predilecto así que, o cambia de rutina en la ingesta de fermentos bacterianos, o ahí se queda. ¿Qué es la fraternidad, la sincera amistad, si no hay un yogurt milagroso que solidifique ese vínculo?

Paco suda la gota gorda a diario, pero no por eso está hecho un pimpollo cincuentón. El es de natural un elegido antropomórfico para representar la esbeltez humana, no obstante se hace una marathón a pleno sol a cuentas de su masoquismo diagnosticado, sin más pretensión que repartir envidia a los rechonchones que se cruza por la vida. Menos mal que Carmen está para recordárselo, y para instarle a seguir malgastando su condición de superhombre consumiendo algo que no necesita. Paco pica, porque sabe del peligro de su vecina, de su insistencia registrada como una denuncia pública en un universo paralelo donde los que mantienen sus neveras y refrigeradoras vírgenes de verde yogurt, están expuestos a ese escarnio documentado.

Pepa la peluquera es, por ahora, la última víctima lanzada a las fauces de una conducta gastrointestinal equivocada. Se gasta un dineral en cremas cuando su cutis mantiene una presencia tersa gracias, se supone, a alguna grasa corporal con efectos nutritivos que emana de sus poros a modo de superpoder. Carmen no puede tolerar que Josefa se deje los ahorros en algo que no le sirve de nada y no invierta ni un euro en su producto milagroso para estómagos desgaseados. No nos lo cuenta, pero seguramente la profesional estética se tiñe el pelo porque le sale gratis, o por ahorrarse un modelo probándose los tintes a sí misma, porque seguro que su especial naturaleza provoca tonos trigueros en su frondosa cabellera por generación espontánea.

Crucemos los dedos, cerremos con fuerza los párpados confiando que ésto sea una pesadilla pasajera, una indigestión que flagela nuestra gula para llevarnos al redil alimenticio. Lo que sea, pero que la moda de las trilogías no alumbre esta irracional campaña y nos azuce con nuevas estrategias de acoso y derribo, con secuelas lácteas más virulentas, más bacteriológicas.

Leyenda encanecida

Un bar futbolero no es tal si tiene aroma a plató televisivo. Improvisado al mismo ritmo que el presupuesto fue vasculando hacia la cartera del astro portugués Luis Figo, éste hace acto de presencia entre top model que se reunen estratégicamente en mesas impolutas, decoradas con vasos de pega. Todo huele a impostura, presidida la ficción por dos amigotes que tienen tanto interés por el balompié como la que sostiene el extremo luso en compartir charleta acerca de algo tan de taberna como el tinte masculino. Qué decir de la interacción, a ritmo de tableta informática futurista, con los farsantes futboleros que esperan ser acribillados por el lanzamiento de Luis, al mejor estilo manga de un Óliver Atom artrítico; la irrupción de la sexy camarera-árbitro incluye la indispensable dosis de erotismo publicitario y, alehop, todas las imágenes que grabó por la banda durante años el centrocampista lisboeta en nuestras entregadas retinas se sustituyen inexorablemente por su falsaria dentadura, afirmando ¿tan mal han ido mis inversiones o es el momento de cambiar de representante?.

Impertinencia láctea

Érase, que en mala hora se era, amigo o conocido fugaz de Carmen Machí, y por esas suertes de la transmutación publicitaria, la lineal actriz cómica poseía el don de la presencia acogedora en tus rutinas más básicas. Sus poderes comenzaban como algo inocente, echando la tarde con su íntima Marina para dejar los cotilleos varoniles aparte y centralizar el té con pastas a ritmo de regulador intestinal lácteo. La santa anfitriona cometió la torpeza de tratar un temita baladí, intrascendente, a la espera de que el aburrimiento hiciera mella en la incómoda visita y, así, despacharla antes de comenzar la telenovela; poco podía imaginar que había pinchado en hueso, que había destapado el tarro de las esencias activas. Comenzaba así el reino de la intromisión machiana.

El revoltijo gastrointestinal, el plácido corre que te pillo gaseoso, acababa de toparse con una nueva heroína armada de verde plasma bacteriológico. A la espera de ser rescatada por una serie de postín que parece haberse acostumbrado a tenerle entre lejanas rejas, la conciencia pública llegó para recordarle que su tono de ama de casa a punto de estallar debía contener energías de sobra para luchar, a lácteo partido, contra la retención de líquidos, sólidos y demás presencias incómodas en vientres ajenos. A partir de ahí, ningún estómago ronroneante estaba a salvo de su sonrisilla sabelotoda, aprovechona de la fama que precede su perfil entre las féminas proletarias.

De vuelta a casa, tras desfacer entuertos de bilis y muy colón nuestro, nada podía detenerla. Daba igual que te escondieras en la cocina; el poder descompresor de la Machi se introducía por cualquier resquicio hogareño y, sumida tú en la inoportuna fabada veraniega, te soltaba la lengua para obligarte a confesar que dentro de tí habita el maligno. Concha, en exclusiva documentada, abre su alma a la redención activa.

El poder se le estaba yendo de las manos. Su indolente poderío expulsor transmutaba hacia un formato de claustrofóbica Conexión Carmen, acorralando a esas inocentes coleguitas que sentían el gélido visor de una cámara acusadora, difundiendo sus miserias estomacales a un ritmo de acelerado dogma sonriente, escalofriante. Marchar lejos no aseguraba la escapatoria, ni siquiera en aquellos espacios públicos donde, supondrían, la libertadora de esfínteres atascados encontraría su rechoncha kriptonita. Ataviada con su pareo protector, hasta las hembras más estilizadas quedaban atrapadas en la ardiente arena de la justicia láctea.

Buscar refugio en la propia guarida del enemigo, intentando vislumbrar donde reside su dietético poder, es caer en la peor de las ratoneras. Rodeada de sus poderosos envases, ni una sonrisa elaborada puede despistarla de su ineludible misión. En este estremecedor documento, podemos estudiar a la víctima que más próxima estuvo a conseguirlo. A pesar de no triunfar con su primera táctica de distracción, aún guardaba un repoker de ases bajo el abrigo: a sus caprichosos familiares no le gustan los tropezones. Por un pelo, pero ni así. Carmen tiene respuesta para cualquier ataque con pretensiones de regateo en el noble arte de desgasear los conductos.

No hay barreras que puedan detener el reto machiano. Su última misión la ha llevado a allanar el rincón de máxima virginidad hogareña: el cuarto de baño. Resulta tan estremecedor el relato visual de los hechos, que nos vemos en la obligación de ahorrárselos. No existe antídoto ni remedio para que la impertinencia láctea entre en sus vidas, ríndanse al monopolio del perfil rectilíneo. Desde Esperanza Sur, cada día surca los cielos patrios aquel gorgorito enrabietado que nunca se fue. Pobre de tí si osas atragantarte con ese refresco burbujeante.

Redes de lamento

Un domingo de verano a la hora del brunch, cual jubilado despreocupado después de la científica misa, Eduardo Punset no invierte sus horas vespertinas en analizar las nuevas publicaciones de Science, o analizar en su calurosa biblioteca, atestada de manuales copernicanos, fundamentos que proponer a su amantísima audiencia televisiva; mucho menos desperdicia esos ratos ociosos de la jornada dominical en disfrutar, a hurtadillas, de un encuentro balompédico tan ajeno a su categoría de divulgador cercano pero profundamente intelectual. En absoluto. Mr Punset toca furtivamente un timbre comunitario tras el que residen tres sanas féminas dispuestas a ingerir sin mirar atrás una opípara ensalada de verde con verde. Una de ellas, al abrir el portalón, se sorprende melósamente ante la carismática presencia del docto transmitente catódico y, con un corte cinematográfico abrupto, éste aparece (no se sabe si colándose cual vendedor de enciclopedias risueño) frente a la muchacha y sus sofisticadas compañeras de banquete.

Don Eduardo viene, como los niños buenos y sanos, con un pan debajo del brazo. La aperturadora del templo de la salud ya ha sido convencida por el tierno visitante, pues aparece también ya como legítima poseedora de tan jugoso presente pero cuidado, ante la alarma celulítica de las mozas, que huyen de la miga como de la peste, Punset las tranquiliza, sabedor como es de las tentaciones de la masa, reconfortándolas ante el hecho de que las rebanadas que contiene su tentador paquete son sanas, sanísimas, porque son “natural 100%. Eso mismo defiende el compañero que te facilita las primeras golosinas en la esquina del colegio.

Cómodamente instalado en la mesa, con esa sonrisa perenne de la que desconfías pero de la que, a su vez, no puedes resistirte, maneja la situación a dentadura batiente. Si una de las muchachas sostiene que las rebanadas “son jugosísimas”, el afable divulgador calla, ergo otorga. Pero cuando otra de las comensales inquiere a Don Eduardo sobre la dureza inmediata de esas pecaminosas rebanadas, todo se vuelve científico y complejo. Molares, premolares, caninos y demás piezas blanquísimas en ristre, Punset prepara, tras otro implacable corte de escena, un planteamiento de rigurosidad científica sin paliativos: a un lado, tubos de ensayo y recipientes de múltiples colores; del otro, ingredientes naturales y cercanos, caseros como nuestra abuela haciendo torrijas. Desaparición inmediata de los potingues cochambrosos, ésos que ahora deben ser alimentariamente perversos pero que, hasta este anuncio, se entiende que eran la piedra angular de nuestros sandwich, mientras resalta la harina y sus amiguitos a la vez que el meloso intruso anuncia, cual tablas del Sinaí: “es por el doble horneado”. Aleluya. Qué gran descubrimiento, que apéndice divulgativo del fantástico espacio televisivo protagonizado por el ex diputado centrista. No hay mejor manera para celebrar tan universal acontecimiento divulgativo que brindar, saludablemente, con unos líquidos ligeramente amarillentos con hierbahuena, que tanto pueden consistir en agua limonada, orina perfumada de ser humano a régimen perpetuo, o margaritas a tope (qué mejor publicidad que la encubierta por un enemigo gastronómico).

Tras la algarabía de salud, buenrollismo gastronómico y surrealismo de guión interconectado a esparadrapo limpio, la síntesis publicitaria nos cuenta su milonga comercial manteniendo el busto de boca abierta y brillantísima de tan docto protagonista. Todo muy molón, muy de reconducción de marca hacia los nuevos tiempos de la vida sana aunque te vendan azucar en kilográmos, salvo por un detalle tan revelador que desalienta ese deseo irrefrenable de abalanzarse frente a tu panadero de confianza e inquirirle: “¿esa baguette tendrá doble horneado, verdad?. Cerrando la toma cual desenlace redondo se aprecia, si subimos un poquito el volumen del televisor, el lamento entre dientes de aquel que sabe que estuvo surcando el anonimato tras su discreta carrera política, alcanzó la cima de la dignidad en la cadena de los respetados, se tropezó cual transeunte despistado con una consola en las manos, y es consciente que se cae de bruces con este allanamiento de morada tan, tan, aaayyyy, tan natural.

La res (no es televisión) pública

El actual gobierno estatal, entre sus moderados aciertos y sus notables desaciertos, enfocó desde el inicio de su primer mandato, allá por el año 2004, el honrado aunque complejo reto de reestructurar el organigrama, enfoque y parrilla de contenidos de RTVE. Así, el espíritu neutral que debe presidir el mensaje a transmitir por el grupo radiofónico y televisivo público fue consolidando estrategias arriesgadas pero imprescindibles para diferenciar la plataforma de todos de aquellas cadenas que manejan sus decisiones en función del rating y las fusiones empresariales.

Siete años después, nos encontramos como espectadores ante un formato audiovisual que ha eliminado la publicidad de su parrilla (con el subsiguiente deterioro en su capacidad presupuestaria), muy de agradecer en términos generales de cara al espectador, si bien podemos echar en falta (para quejarnos siempre hay tiempo) algún que otro descanso en retransmisiones de cierta duración: tantos y tantos años aprovechando ese momento para preparar una cena rápida (hasta que las cadenas privadas establecieron unas pausas comerciales que permiten asar un pavo) o pasar por el baño para aliviar tanta bebida gaseosa provocan que, en ocasiones, no valoremos con tanta estima lo que sonaba a canto celestial, a un no parar de pura televisión. En líneas generales, una decisión de agradecer por el consumidor-contribuyente.

Asimismo, resulta innegable apreciar un cualitativo aumento en los servicios informativos del ente público (a pesar de que, tras el paso de Urdaci, muy difícil no parecía alcanzar este logro), con un nivel de imparcialidad aceptable. Ofertando, además, un canal de noticias 24 horas, y tras el mercantilista cierre de CNN+, resulta imprescindible aire puro, agua que has de beber y no dejarla correr.

Por su parte, La 2 ha revolucionado su popurrí de contenidos como de baratillo, a modo de una frecuencia que recoge los desechos de su hermana mayor y, asumiendo sin complejos el destierro de su tesoro en forma de audiencia, el deporte, a un canal específico para estos menesteres, actualmente transmite auténtica personalidad madura, ajena a las impertinencias de las encuestas anónimas que, permanentemente, le otorgaban a sus documentales naturalistas más seguimiento que a Los Verdes en las propias de época preelectoral. Un único pero, imperdonable la cancelación del concurso vespertino Gafapastas, a modo de Vasile implacable, por elevados costes en relación a número de espectadores: si El Terrat cobra caro sus formatos, más costoso resulta evaporar el ingenio que condensaba esta media hora de humor e ingenioso carrusell de preguntas y respuestas, aderezada por los pertinentes y muy impertinentes monólogos de Juanra Bonet.

En definitiva, aprobado alto o notable bajo para el trayecto que emprendió el ejecutivo del PSOE desde su llegada al poder en relación a establecer a RTVE como una plataforma de comunicación, información y entretenimiento ajena a la beligerancia de las cadenas privadas, honesta en sus contenidos y con el espíritu de aglutinar las sensibilidades colectivas.

Por todo esto, resulta incomprensible la retransmisión en directo de los pasados sanfermines, anunciado a bombo y platillo cual largometraje de estreno o Final de un Campeonato del Mundo. Los encierros pamplonicas son festejos declarados de Interés Turístico Internacional, es cierto. Tan incontestable como que, igual que el agua dulce que fluye por los ríos desemboca, inexorablemente, en el mar, que es el morir, los aterrorizados astados que recorren veloces las estrechas vías de la capital navarra rodeados de risueños corredores, confluyen en la salada plaza, antesala de su sangriento y bestial fin, allí donde se confunde fiesta con tortura.

Los toros, bravos o mansos, de ésta o áquella centenaria ganadería, no deben soportar permanentes stress test para nuestro discutido divertimento. El ser humano no es quien para decidir qué espectáculo en el que el protagonista no sea consciente de los riesgos que implica su exposición al mismo se ajusta o no a ciertos parámetros de legalidad o sensibilidad. Ni tan siquiera esa, en apariencia, inofensiva mini marathon previa a la masacre de banderillas, picas y espada, puede ser excusada, desde el momento en que comprobamos como las reses, en desbandada, buscan despavoridas una vía de escape entre tanto intruso de su cotidiana paz vital. Estamos ante el último vestigio de la dicotomía sangrienta entre tradición y barbarie, pero mientras convenimos como especie consciente el momento final del abuso sobre nuestros congéneres, resulta inaceptable el aplomo con que nuestra televisión pública alienta y promociona nuevas y sanguinolentas adhesiones.