Otra edición de barbarie televisada

Estamos en la antesala de presenciar el arranque de una nueva edición de los Sanfermines, el reducto que se dice lúdico teniendo como eje central de su brutal divertimento la utilización de animales indefensos, vapuleándolos en un febril agobio por diversas callejuelas del casco viejo de Pamplona hasta desembocar, como un premonitorio afluente de sangre, en esa plaza que sigue reuniendo a la barbaridad humana más orgullosa, aquella que alza su pecho al intentar relacionar el nacionalismo y la tradición de un grupo humano en base a tradiciones obligatoriamente desterrables de nuestro planning social.

Aún así, no sólo parece que no avanza un ápice la sensibilización ciudadana ante canalladas disfrazadas de espacio festivo, sino que su cobertura protectora mantiene las murallas a máxima altura: Los Sanfermines reúnen durante una semana a lo más granado del desenfreno etílico planetario bajo el manto de su mentecata titulación como Fiesta de interés turístico internacional, y eso está pero que muy bien si la imagen principal y el centro de adoración que protagonizara campañas publicitarias y cartelería varia fuera el litro de sangría, no el toro masacrado. Es de suponer que los muy conservadores regidores pamplonicas no se enorgullecerían de los festejos principales de la localidad si ése fuera el eje central público del chiringuito; parece que resulta motivo de mayor orgullo y respetabilidad invitar a la muchachada interna y proveniente allende los mares y las fronteras bajo el pañuelo de color sanguinolento que relata en qué consiste el epicentro de la convocatoria. Pero que no se lleven a engaño: mientras las vías asfaltadas de la capital navarra se encuentran plagadas de febril pasión etílica, el ruedo vespertino comprueba como sus gradas se van despoblando edición tras edición. Los astados, por tanto, cumplen una repugnante función de arbitraje, de termómetro obligado para medir el nivel de bebidas espirituosas que se encuentran en el torrente humano a primera hora.

Todo esta rémora histórica de la que nos avergonzaremos antes de lo previsto cuenta, irónicamente, con la amplia cobertura y patrocinio, una edición más, de RTVE, el ente de radio y televisión pública que sostenemos todos los ciudadanos, independientemente de nuestra adscripción política, pasión balompédica y, visto lo visto, de resultar hombres y mujeres que no entienden el sacrificio animal como acto de placer. Cabe plantearse a qué grado de arraigo puede llegar el peso de la equivocada costumbre humana para no sólo programar un despliegue propio de una actividad extraordinaria de la sociedad sino enorgullecerse corporativamente, esbozando sonrisas desde todas las tribunas de la programación televisiva pública, al anunciar las novedades audiovisuales que permitirán presenciar con mayor cercanía y nitidez la tortura y la miseria de los Sanfermines.

El concepto de fiesta permite en nuestro momento histórico multitud de acepciones del divertimento, la algarabía y el frenesí lúdico, pero en ninguna que merezca tal calificativo puede caber la utilización de indefensos animales, hervíboros asustadizos que marchan raudos en busca de una escapatoria ante el desconcierto de calles estrechas, agresiones permanentes, ruido desconocido. Lo desconcertante es que es prácticamente imposible encontrar disidencias desde el arco político navarro y español entre las formaciones mayoritarias. Es, nuevamente, el sacrificio de minorías sociales, hoy repudiadas por el peso del atavismo, lo que permite avanzar unos pocos pasos en busca de la lucidez como comunidad avanzada. Antes que después, llegará el año en que el presentador del informativo del Telediario primera edición comunique la desaparición de esta crueldad documentada de la parrilla de la cadena estatal. Mientras esto ocurre, cambien de canal para que los índices de audiencia les vayan recordando el error de pudrir nuestros tributos con sangre inocente.

 

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Holocausto en honor al fútbol

La designación de un Estado como sede de un evento deportivo de primera magnitud ha dejado de resultar una cuestión de honor patriótico, si es que alguna vez lo fue, para resultar simplemente la puerta de entrada a celerosas inversiones y captación de capital, así como el escaparate idóneo de cara a relanzar sectores de negocio tales como el turismo y la construcción. Y, claro, ese escaparate debe permanecer radiante de principio a fin. En función de la nación que albergue la organización de una de estas competiciones que movilizan a cientos de miles de seguidores y aficionados, las técnicas y herramientas para limpiar, dar brillo y esplendor a decorados que, en algunos casos, comienzan la tarea sin saber siquiera dar lustre por responsabilidad gubernativa, provocan que el resultado final pueda estar teñido de una sociedad insoportable, que permanece con su hedor inhumano sobre los impolutos escenarios.

La UEFA y la FIFA, organismos encargados de la regulación europea y mundial, respectivamente, del negocio que subyace sobre, bajo y alrededor del balompié, han aprobado en los últimos tiempos la organización de sus competiciones más prestigiosas en países donde sólo cabía la certeza de que los plazos y las infraestructuras necesarias llegarían a tiempo para que el decorado aparentara hermosura en los cientos de pantallas de televisión que expondrían la magia del circo futbolero. Baste recordar que, tras la elección de Brasil como sede del próximo Mundial a celebrar en 2014, la organización presidida por Joseph Blatter tomó la insólita determinación de aprobar de una tacada los receptores de las dos siguientes designaciones, cerrando las sedes hasta 2022. Rusia y Quatar, dos Estados que no se caracterizan precisamente por su liderazgo en materia de derechos humanos, igualdad electoral o desarrollo de políticas sociales avanzadas, han sido premiadas por el poder del capital, con la instrucción de llegar a la cita con los estadios más vanguardistas en pie, y los hoteles y avenidas dispuestos a recibir a los visitantes de estos parques de atracciones rotatorios. Como lo hagan, es lo de menos.

La UEFA no quiso quedarse atrás en esto de mirar hacia otro lado a la hora de valorar las situaciones colaterales antes de que comience a rodar el balón y se enciendan los opacos focos del espectáculo balompédico. Una utilitarista alianza entre Polonia (miembro de la UE) y la ex república soviética Ucrania, en el ojo de mira permanente debido a sus constantes rupturas con el fomento democrático y del desarrollo ciudadano (encarcelamiento en sospechosas circunstancias de la ex Primera Ministra Yulia Timoshenko, envenamiento del candidato presidencial Viktor Yushchenko, etc.) ha supuesto la celebración de dos Eurocopas en una, provocando un tenso equilibrio dialéctico por parte de dirigentes y hasta futbolistas a la hora de participar en esta competición. Un claro ejemplo ha supuesto la declaración del capitán de la selección de Alemania, Philipp Lahm, acerca de su negativa y la del resto de compañeros del conjunto germano a estrechar la mano de cualquier dirigente del Estado ucranio por la situación en aquel país en materia de derechos humanos.

Más allá del trato que ha recibido la ciudadanía ucraniana desde la fallida Revolución Naranja, un holocausto sangriento ha venido recorriendo las ciudades que están siendo sedes de la presente Eurocopa, un holocausto denunciado con tibieza e ignorado por la mayor parte de la población local. Para asear el teatro de los sueños futbolísticos, las autoridades decidieron implantar una política de cruel exterminio sobre perros y gatos callejeros, utilizando métodos de extrema crueldad de cara a rematar con la mayor velocidad este asqueroso genocidio en nombre del negocio de los hombres. Hasta que la asociación PETA denunció internacionalmente las atrocidades que se venían cometiendo, se estima que más de 250.000 animales fueron sacrificados en el repugnante altar del Olimpo balompédico, 20.000 de ellos en la capital del país, Kiev. Hornos crematorios ambulantes supusieron los campos de exterminios de todos estos seres indefensos, atrapados y retenidos en gigantescas bolsas donde morían asfixiados o heridos. Los que lograban sobrevivir perecían al ser arrojados vivos a temperaturas superiores a 900 grados centígrados. En otras localidades que no disponían de instrumentos de eliminación tan sofisticados, se ha procedido de cualquier atroz manera a cumplir este sangriento cometido: fusilamientos, envenenamientos masivos, cualquier fórmula miserable por encima de utilizar un minúsculo porcentaje de los presupuestos asignados a la organización de la Eurocopa para implantar una política de esterilizaciones y centros de acogida, una acción que acercara a Ucrania a la intención de convertirse en una sociedad avanzada, respetuosa con todos los seres vivos que en ella participan.

A pesar de las denuncias, que obligaron al gobierno ucraniano a asegurar que se habían detenido las matanzas y los métodos despreciables utilizados para la carnicería, observadores de diferentes organizaciones en defensa de los animales aseguran que éstas prosiguieron para que el espectáculo continúe, para que el deporte rey elija a aquél que detentará el cetro europeo los próximos cuatro años, mientras nuestra capacidad de ahondar en una sociedad más justa y sensible con nuestro entorno pierde todos los partidos por goleada.

Reflexión a toro desempleado

El ayuntamiento de Guijo de Galisteo (Cáceres) decidió a principios de esta semana abanderar ese concepto tan bello de la democracia participativa inmediata. Así, los dignos quince mil euros consignados presupuestariamente a principios del ejercicio para masacrar algún despistado astado de fincas colindantes, fueron puestos en juicio de escrutinio público con vistas a derivar esa partida a algún bolsillo de brava humanidad desempleada. Pues debe ser que por esas pedanías de mar lejano la cuenta ajena es tabú excluyente, que el mensaje sobre la armonía patriotera bajo la bandera cada día más de hotentote, de tonelada insoportable sobre las esperanzas colectivas, supone inexistencia vergonzosa.

Dicho esto, convengamos que no podemos criminalizar a los nobles moradores de este municipio cacereño, ya que en su localidad principal la opción destinada al fomento del empleo obtuvo una aplastante victoria (115 papeletas optaron por esta opción, frente a 40 que decidieron hacerlo por el gusto a sangre enarenada), mientras que en los pueblos de Valrío y Batán, dependientes del mismo Ayuntamiento, no dudaron en recordar que verano y olor a muerte taurina son indispensables para regocijo de sus almas pueblerinas. De este modo, Salomón se ha acercado al Salón de Plenos y ha decidido, sin sacar aún el estoque definitivo, que con el dineral con que cuentan para estos menesteres estivales (15.000 euros) se invierta en cada una de las poblaciones en función del espíritu de los correspondientes escrutinios.

Con todo, Guijo de Galisteo ha sido ubicada en un mapa por su iniciativa, aparentemente bondadosa y consecuente, pero no desde luego por ejemplificar rutas en lo político que puedan generar soluciones en poblaciones similares. ¿Qué cantidad presupuestada irá, efectivamente, destinada a crear empleo? No hay que tener un máster especializado en asuntos económicos para concluir que lo consignado supondrá, a lo sumo, el salario mínimo interprofesional para un trabajador durante un ejercicio. Claro que menos lúcido hay que ser de cara a comprender los mecanismos de la participación ciudadana: Un grupo de gobierno que desea optar por excluir las matanzas taurinas de su calendario de festejos, desterrando de su realidad esta práctica deshumanizada, no debe lanzar la pelota de su responsabilidad gubernativa a la ciudadanía, convirtiendo en apariencia participativa lo que no resulta más que cobardía en las decisiones; más aún cuando su alcalde ha asegurado que la opción de destinar esta partida presupuestaria al fomento del empleo era la que se encontraba en el espíritu del grupo de gobierno.

Instrumentalizar una agenda imperativa de aquellas materias que deben ser sometidas a referendum en municipios con escasa población resultaría un magnífico elemento de cohesión social y confianza en las instituciones. Los ciudadanos percibirían su participación regular en los asuntos ejecutivos y aumentaría el interés por la cosa pública. Utilizarlo con afán demagógico, lo que se demuestra en el caso que nos ocupa por su excepcionalidad casi folclórica, nos recuerda qué lejos estamos del Salón de Plenos y que cerca de aplaudir la mutilación de rabo, orejas y esperanza.

14 de Abril. La Caza Real en el aniversario de la II República

¿Se acuerdan que hoy es 14 de abril, día de recuerdo y celebración de la República que fue y aliento para seguir profundizando en la que será? Pues esta onomástica que cada año moviliza mayor número de conciencia ciudadana se ha visto eclipsada, paradójicamente, por informaciones médicas provenientes de La Zarzuela, en la que se ha comunicado la intervención quirúrgica de cadera del Jefe del Estado, a cuenta de un accidente sufrido en Botswana durante un viaje privado. Dicho desplazamiento, abonado a cuenta de nuestros tributos públicos, tenía como objetivo participar en una cacería mayor, con elefantes como víctimas principales de la sanguinaria diversión del monarca. Según las últimas informaciones, 37.000 euros cuesta al erario público que Juan Carlos se entretenga en abatir a cada hermoso e inteligente mastodonte. Éste es el video promocional del repugnante parque temático para cazadores. A partir del mínuto uno y diez segundos, la sensibilidad puede verse gravemente perjudicada (la entrada tendrá que visualizarse desde youtube porque se ha indicado el bloqueo de su reproducción desde esta web. Alguien matando mosquitos a cañonazos, una vez más):

Y ésta es la prueba gráfica de la ignominia y la crueldad regia. En posición de haber obtenido un premio de mus, ambos elementos se muestran orgullosos frente a un elefante masacrado. La web que reproducía ésta y otras instantáneas ha sido velozmente bloqueada, lo que demuestra a las claras el anacronismo e incompetencia del enorme aparato de control de medios adscrito a la Corona. Cerrando páginas en internet o movilizando a la judicatura para secuestrar revistas de los kioscos ya no se puede evitar la propagación de la información, mas al contrario se despierta la curiosidad por lo censurado y produce, por tanto, un efecto multiplicador incontrolable. No nos encontramos en tiempos del abuelo Alfonso XIII que, precisamente, tuvo que salir disparado tras el masivo levantamiento ciudadano tal día como hoy de 1931, tras la victoria electoral de partidos republicanos en la mayoría de capitales de provincia. Esto sucedió, precisamente, por desarrollar una actitud tan borbónica como es el desentendimiento de sus responsabilidades públicas, intercambiándolas sin reparo por prácticas tan funestas como asesinar furtivamente a todo mamífero que se cruce en el camino de la crueldad.

Además de la legendaria memoria de los elefantes, recientes estudios neurológicos han demostrado su capacidad de autoconsciencia, reconociéndose a sí mismos, lo que resulta una habilidad cerebral nada común en el reino animal. De igual manera, es casi exclusivo de su especie el desarrollo de actividades colectivas de duelo alrededor del miembro fallecido, que suele recorrer la distancia necesaria para poder perecer en los enclaves que entienden adecuados en función de su experiencia vital, lo que prueba un innegable entendimiento de la muerte y sus consecuencias. Poseen, por otra parte, la estructura de un lenguaje más o menos sofisticado, pudiendo reconocer la llamada de más de cien congéneres distintos, aún a pesar de haber transcurrido un largo plazo temporal sin haber existido contacto entre ellos.

Un ser, en definitiva, del que aprender, al que observar como herramienta para un mejor entendimiento de nuestro ecosistema. Tras años de ingentes campañas para detener la caza furtiva con el objetivo de amputarles sus preciados colmillos de marfil (preciados por ese repugnante valor relativo que los seres humanos le dan a los elementos de la naturaleza), hoy tenemos que levantarnos con esta información producida por el representante de nuestra jefatura del estado, pidiendo sacrificios a la ciudadanía para sacrificar con nuestros impuestos la vida de estas maravillas de la evolución, de estos compañeros de viaje. Las imágenes agrían la festividad por ese día, hace 81 años, en el que un pueblo obtuvo todas las herramientas para decidir su destino, pero animan, sin duda con mayor ahínco, a seguir reclamando que la III República se abra paso y nos abrace cuanto antes.

Wertguenza de ser ciudadano de la marca España

José Ignacio Wert, el miembro del Consejo de Ministros que ostenta el particular farolillo rojo de valoración entre la ciudadanía, no deja de haber sustentado su negativo logro en una amalgama torpe de chascarrillos inoportunos, meteduras de pata hasta propias de la novatada ministerial pero, fundamentalmente, en el proceso traslativo mal ejecutado que va de contertulio opinadetodo a responsable de tres carteras plagadas de asuntos candentes, informativamente en portada perpetua. Es significativo su nombramiento, alejado de cualquier quiniela más o menos arriesgada, ya que su aparente alejamiento de la primera línea política se fechaba a finales de 1987, cuando renunció a su acta de diputado por PDP, una minúscula formación de derechas que hacía de útil rémora en coalición con Alianza Popular. A partir de ahí, su devenir ha transcurrido fundamentalmente en ese limbo profesional que se califica como “sector privado”, pero que suele enlazar responsabilidades de tipo asesor en estrecha relación con cúpulas directivas afines al poder público, en este caso el que emana a la derecha de las corporativas imágenes. Tan cerca y tan de derechas como haber desarrollado la responsabilidad de adjunto al Presidente de BBVA, Francisco González.

José Ignacio Wert, un hombre sin piedad (Foto:Claudio Álvarez)

De esa faceta sustentada en la discreción, tanto desde un silencioso escaño llegado de provincias norteñas como en la segunda fila de la gestión privada, el ahora Ministro de Educación, Cultura y Deportes mutó sorpresivamente hasta desarrollar un personaje entre graciosete y ácido que comenzó a ganarse la vida, o a perderla, de plató en radio, de medio en cuarto, como contertulio profesional de cualquier materia que le pusieran a bien en el plato. Que el ánimo titiritero le viniera punzando desde la mocedad o que fuera producto de algún abandono en la cuneta de los favoritismos no está muy claro desde el gallinero analítico de éstas y tantas historias de bandazos mecánicos, pero que tenía madera de polemista insurrecto, no cabe ninguna duda.

A su llegada a la triple corona ministerial se produjeron reacciones desde todos los ámbitos y desde todas las casas, si bien el mensaje más repetido descansaba en una mescolanza entre simpatía lejana y confianza con el rabo del ojo a medio abrir. Un tío majete, decían muchos, acostumbrados a sus comentarios en aspectos que no resaltan posicionamientos de materia sensible: gustos musicales, cinematográficos, gastronómicos… no son anzuelo para pescar sustento del bueno, ideología o propósitos en caso de darle el timón al marinero errante.

En un trimestre, José Ignacio Wert no debe ganar para zapatero, porque ha metido la pierna en fango hasta las rodillas, y así un día tras otro; algunas veces, a propósito y con preparada sarna, como la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía utilizando como argumentos laterales mentiras tan despreciables como el equívoco de confundir manuales obligatorios con libros de ensayo, en lugar de cumplir con el santo mandato de la órden liberal y modificar el plan educativo sin berenjenales justificativos. Total, vamos a reforma por legislatura, a destrozo por rotura y, ésta, por mutilación. Pero no, el tertuliano no puede evitar emerger en momentos de disputa de hemiciclo y, en la confusión de un plató por el recinto donde descansa la Soberanía Popular, es capaz de utilizar argumentos a sabiendas de su improcedencia, con el único ánimo contractual de cumplir su papel de discutidor, de llevar la contraria valga lo que valga.

De ahí hasta hoy ha venido cayendo en impertinencias con sonrisa, patriotismo de taberna (generalizar la nación francesa con el mensaje humorístico de un programa televisivo sólo está al alcance de un cazurro con posibles), inhábil manejo de las redes sociales así como demostración suicida del nulo dominio del vocabulario y los correspondientes significados (glorioso por sorprendente la afirmación, primero, acerca de que la victoria en las elecciones generales del PP había sido “no por mayoría absoluta, sino universal; y, finalmente, tras la difusión de la incultez ministerial por parte de Ignacio Escolar en Twitter, responder con mayor brutalismo dialéctico haciendo la siguiente afirmación: en el texto se explica que “universal” quiere decir en casi todas las circunscripciones ¿Acaso no es cierto? Ya le respondemos nosotros, comisionista de la cultura: NO) y un arte exclusivo para meterse hasta en fregados de edificios que le vienen a desmano (los manifestantes apaleados en Valencia ahora son delincuentes, ahora no, ahora de nuevo sí y, además, extremistas conocidos…).

Todo ésto y, visto su comienzo de campeonato ministerial, lo que vendrá con certeza en las próximas jornadas, le hacen ser firme candidato a mantener esa posición privilegiada de Ministro más denostado por la ciudadanía, liderato conseguido a pesar del ambicioso arreón de sus perseguidores para alcanzarle, con reformas laborales esclavistas, subida de tributos, recortes por doquier, etc. Pero Wert no flaquea. Todo este incompetente proceder puede producir estupefacción, indiferencia, desasosiego y hasta resignada tristeza, pero nada más allá de lo esperado por un responsable del ramo en la hora que toca gobernar a la amplia derecha (la labor de Esperanza Aguirre puso el listón demasiado alto). Hasta hoy.

Las afirmaciones del ministro, en una entrevista (cómo le gustan, cuanto tiempo tiene para mantener su reverso de tertuliano incontenible) concedida a la cadena COPE, resultan repugnantes e ideológicamente viscerales. Wert ha afirmado rotundamente que las corridas de toros merecen especial protección por comprender un elemento fundamental de la marca España y que, por tanto, el Ejecutivo busca fórmulas para resaltar su aspecto cultural. Por lo tanto, para este individuo de eterna sonrisa roedora, la tortura y linchamiento de un hervíboro mareado hasta su insensible ejecución sumaria es, per se, una característica esencial de nuestra representación nacional, un elemento del que emana la sustancia que queremos trasladar al resto del planeta como consustancial a nuestra forma de ser y proceder. Y lo afirma el mismo que defiende un sistema de becas basado en la excelencia sobre la renta del alumno, en sus calificaciones independientemente del nivel de ingresos familiares del potencial receptor. En cambio, que las sangrientas palizas taurinas apenas atraigan público a las plazas no es óbice para extraer la conclusión de que cada día despiertan menor interés entre la población patria, que no hay resultados académicos que respalden la potenciación de su actividad. Sangre por sangre, España cañí para un ruedo desierto. Para sostener el negocio miserable que cultiva violencia injusta y desproporcionada a un animal indefenso y cautivo, que traslada a las nuevas generaciones valores ajenos al respeto por el entorno y por los propios semejantes, que verte sangre rendida para alzar a un héroe cobarde y aventajado, para toda esta inmundicia social, el ya sin paliativos miserable José Ignacio Wert sí tiene capital, carece de dudas, ahonda en su pigmentación de camaleónico provocador y, por desgracia, nos recuerda de la manera más eficaz posible que el empobrecimiento de España no se ciñe exclusivamente, ni mucho menos, a su realidad económica y financiera.

Correbous: otra enfermiza diversión

Esta barbaridad abusona, este monumental apedreo a la consciencia cierta de una humanidad que aspira a ser tal, vuelve a estar presente en la arena y el asfalto. El Parlament de Catalunya, liderado por los caballeretes de copa y puro que convergen en su gusto común por la vida padre y la madre que los parió, planea mayoritariamente ampliar las facilidades obscenas de cara a plagar aquella Comunidad en ruedas mansas de fuego; localidades que recuperarán, con ese contubernio público que adora despistes brutalistas para omitir la gestión de la ruina, esta salvajada cruenta con la sencilla demostración de haber acogido en tiempos pretéritos (por muy pretéritos que éstos sean) al menos una vez la tortura de un astado achicharrando su tez, todo su rostro, bajo la cenizas que aniquilan su paciencia, que revolucionan su pavor y pánico, su físico dolor inaplacable, mientras las ratas que lo rodean entienden ese gesto de puro semejante como la expresión de una bestia indómita.

¿Por qué el término tradición se ha deteriorado de tal modo que sólo aparece en boca de aquellos que quieren sostener la bazofia colectiva que ha de ser superada? Encontrar un atisbo de diversión en la desesperación incomprendida de un animal debería ser reducto de capítulos proscritos en la Historia de nuestros tropiezos. Por el contrario, el brutalismo veraniego de los cerebros permanentemente achicharrados encuentra el guiño utilitarista de aquellos regidores públicos que juegan a la gallinita ciega de sus fracasos. Cierto es que éstos son reflejo de la ciudadanía que los aupa al desastre colectivo, al fracaso que alcanzamos como sociedad cuando, una tarde calurosa, los cuernos de la res se convierten en metáfora macabra de esos cráneos rellenos de serrín humeante que dicen proteger lo suyo de manera cavernaria.

Al menos esta circunstancia atroz conlleva que podamos abrir los ojos y comprender el pragmatismo de aquella celebrada supresión de corridas de toros en suelo catalán. Ahí sí, CiU tuvo un peso decisivo para conseguir la mayoría parlamentaria de cara a desterrar de los ruedos y plazas a picadores, banderilleros y espadachines aventajados frente a un hervíboro débil y castigado. No hubo consciencia animalista, no se expresaba sensibilidad civilizada. El blindaje de los insensatos correbous marca la línea entre lo españolista y lo catalanista, esa estupidez política que traza con marca gruesa lo propio de lo ajeno, sin darse cuenta que no hace más que acercar en estupidez las contradicciones mutuas. La tortura con senyera, pues, debe ser más complaciente con el trágico destino del toro que las rojigualdas matanzas en terreno circular.

Hoy que estamos de didáctico luto con la supresión de la asignatura de educación para la ciudadanía, recordemos como la formación en valores, en el respeto cierto por el entorno y nuestra necesaria limitación del impacto lascivo ante aquellos que comparten esta existencia finita, es elemento fundamental para convertirnos, quizás alguna vez, en ese individuo que no se avergüence de las atrocidades de sus semejantes, que no tema por la venganza de bípedos rencorosos. Para aprovechar lo bueno del desarrollo humano no hace falta echar la vista atrás; todo aquello de valor en nuestro recorrido siempre ha estado en la mochila que llevamos a cuestas. Rescatar entre letra pequeña lo que hemos ido abandonando en el camino suele esconder alguna seta venenosa. Los que apuntalan desde el púlpito público esta desgracia también lo hacen, con toda consciencia e intencionalidad, adorando al dios de la estupidez, de la incultura. Una sociedad cretina no puede permitirse el lujo de perder actividades que extraigan su violencia e insensibilidad básica. Una sociedad sin alma abusa del débil mientras besa la mano del figurante con apariencia de amo.

Reflexión a toro pasado, torturado, mutilado y asesinado

El concurso de murgas del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife es una tradición, un festejo histórico y arraigado, que produce simpatizantes, admiradores, fanáticos… e indiferentes. Quizás sus letras, eminentemente inspiradas en asuntos de actualidad local, no provoquen más allá de las Islas Canarias la gracia y simpatía que en la capital chicharrera significa pasión por esa etapa de las carnestolendas. Algo similar sucede con las populares chirigotas gaditanas, en busca de la rima precisa y punzante que produzca diversión a la vez que introduce, con resbaladizo dulce juglar, unas cuantas reflexiones a ritmo de colorido cornetín. Frente a estas representaciones centenarias se encontrarán auténticos devotos, tibios admiradores y distanciados insensibles a esa inocente expresión de la diversión humana. Lo que resultaría difícil encontrarse es un enemigo de la gracia inofensiva ajena, una turba de fieros opositores al disfraz multicolor y las carcajadas a mandíbula batiente. Tal vez una beligerante tomatina soleada pueda producir repelus alimenticio a cándidos hambrientos que ven, frente a su plato vacío, una injusticia en el destino de los víveres, que el racionamiento pasado les impida aplaudir el multitudinario paréntesis alegre vestido de rojo solanáceo; de igual manera, el común sentido de la conservación vital, de la integridad física, rechaza desde la prudente lejanía anastenarias y cucañas que mezclan reto y separan devoción. Simpatizantes, admiradores, fervorosos y comprometidos a un lado; del otro, desinteresados varios, desvinculados de la representación en cuestión. Nunca activistas defensores de la tristeza y el silencio social se vislumbran en el catálogo de actitudes reactivas frente a la diversión entre humanos. La alegría puede rodearse de grisácea envidia, pero la civilización desecha y expulsa el repudio a la inofensiva algarabía, a los paréntesis lúdicos multitudinarios.

Por civilizada desgracia, aún sobreviven décenas de reductos cromañoides a la sombra de Los Pirineos, localidades cimentadas en un brutalismo cerebral recto y descolorido. De entre todas las plazas que mancillan colectivamente su condición humana con fervor idiotizante, Tordesillas emerge y lidera el ranking de terrorífica Capital Deshumanizada. En estos comienzos de septiembre, sus moradores amantes de lo sanguinolento sitúan a un infeliz hervíboro, maldecido evolutivamente por una presencia de negrura feroz, de imponente astado bravo, con el objeto de darle desigual caza al remolino de acoso y derribo ecuestre y bípedo. Alzados con prehistóricas lanzas, punta de idem de su desarrollo tecnológico, acorralan al animal aterrorizado para perforarlo sin piedad, en busca de un golpe mortífero que alce al más cobarde de los torturadores al muy digno título local de rey de los torturadores cobardes. La notable resistencia física es otro de los injustos desatinos históricos del astado en su encuentro con la bestia bípeda ibérica, que remata su algarabía de rojo hemoglobina acuchillando, golpeando, mutilando y aplastando, vivo y sin colear, al abandonado toro entre las fauces caníbales de esos repugnantes que comparten espacio y tiempo con nosotros.

Cuentan los irresponsables aventureros que osan adentrarse por esas tierras bárbaras que los desalmados infantes corretean por sus medievales calles armados con lanzas plásticas, cultivando solemnemente su responsabilidad futura en el mantenimiento de la caverna a oscuras que supone Tordesillas. La localidad vallisoletana mantiene una dilatada experiencia en asuntos que tengan como protagonista la despiada crueldad antropomórfica: en los títulos de crédito del siglo XV fue sede del tratado del mismo nombre, protagonizado por los monarcas castellano-aragoneses y portugués. Dando los primeros pasos en la evolucionada cultura del cinismo político, acordaron, papa de Roma al acecho, repartirse a grandes rasgos el mundo, línea recta mediante, con el fin de no pelear más de la cuenta por tierras futuras y evitar derramientos de sangre ibérica y lusitana innecesarios. Fue esa rúbrica la primera condena a muerte imperial y católica de millones de indígenas americanos y esclavos africanos, oculta la tortura avariciosa bajo el codicioso manto de la evangelización. Sometimiento, violación y genocidio refinaron sus puntas afiladas desde la cavernícola Tordesillas.

Más allá de sus herméticas fronteras se ha desparramado, afortunadamente en pos de su supresión, lamentablemente en la herida que provoca presenciar la asquerosidad lúdica que enciende sus pasiones, la realidad de un foso oscuro en medio de la civilización. Su primaria manta plástica, atávica herramienta para ocultar la bajeza humana que preside esta putrefacta actividad carnicera, se ha disuelto y ha dejado al descubierto enseñamiento y masacre enfervorizada. Rujen sus huestes caballeras en busca de levantar nuevas murallas que protejan su elaborada ignorancia, pero ya es tarde, nada pueden frente a los artilugios electrónicos que dejan constancia aterradoramente visual de la podrida realidad tordesillana. Fuera de su aldea donde, el fuego y la sangre protagonizan el culmen de su evolución social, aún mantienen belicosos embajadores, algunos de ellos acaparadores de múltiples cartas credenciales, que dicen en privado lo que justifican o sortean en público. No hay excusas históricas ni perdones futuros. El Toro de la Vega es el callo doloroso en la construcción humana de esta nación; no es un tatuaje, sino un melanoma. Aquí no hay fiesta, aquí hay crueldad repugnante.