Disquisiciones veraniegas (IV)

Antes que el calendario intraparlamentario recupere su anodina uniformidad conviene despedir este augusto mes con una de alcaldes. Los que conservarán su nicho de confortabilidad antipolítica y los que están por llegar desde la cercanía de las minorías unívocas. La reforma de la normativa electoral en lo que afecta al régimen local, además de extemporáneo y tramposo, como ya se ha comentado ampliamente en diferentes medios de comunicación, también adolece de cualquier viso de animosidad democrática, esto a pesar, precisamente, de muchos de esos análisis periodísticos que disculpan el fondo de la cuestión poniendo el énfasis únicamente en la forma. Y no. El estómago de la última andanada del Partido Popular para sostener por las bravas el poder municipal en las grandes capitales del orbe hispánico resulta un insolente ataque al deguello de cualquier esencia representativa que se precie. María Dolores de Cospedal ya mostró el camino a sus huestes conservadores reduciendo el número de parlamentarios autonómicos de Castilla-La Mancha y haciéndolo, además, sin debate plenario y sin contar con la más mínima voluntad de explorar consensos con otras fuerzas parlamentarias. A costa de ahorrar unos pocos miles de euros en salarios y dietas, la secretaría general de los populares se dio el atracón más voraz de política reaccionaria que se haya celebrado en España desde 1978.

Separemos la paja del trigo; el voto, de la voluntad. Esto es, comencemos por el final, que suele hacer más sencillo recorrer el camino ya escrito. Que gobierne, per se, la lista más votada, ni resulta más democrático ni, por supuesto, conlleva mayor eficacia de la res pública. Los pactos postelectorales resultan consustanciales a la mejor virtud de la política hecha entre todos, otra cosa es que dichas alianzas se establezcan en base a meros repartos de poder, a cuestiones de codicia personal. Pero para evitar esas situaciones no se puede establecer una cláusula de juego más ominosa en el epicentro del terreno de juego electoral. Es a la ciudadanía a quien le corresponde (y en el terreno municipal no nos negaran que resulta mucho más sencillo) evaluar el capital humano que compone las diferentes listas en su respectiva circunscripción, y exigir, mediante una actividad política permanente como animal colectivo necesitado de salubridad institucional, rigor en la defensa de los proyectos políticos presentados en campaña, así como coherencia en los acuerdos inter partes que puedan resultar de la conformación del ayuntamiento donde se encuentren empadronados. Que, como cacarea irritantemente Mariano Rajoy a ritmo de canícula gallega, puedan resultar gobiernos locales mediante acuerdos de tres, cuatro o cinco (o veinte) partidos, no supone la más mínima contradicción con la esencia de la democracia, mas al contrario, en circunstancias de honestidad pactista, limpia y da esplendor a los comunes rebuznos huecos entre militancia contraria a cada pleno que se celebre en lo largo y en lo ancho del Estado. Todos ellos comprenderan, de manera conjunta, una mayor representación ciudadana en número de votos, ergo el cauce nunca se rebosará de manera atronadoramente ilegítima. Al contrario, la automática gobernanza del minoritario más votado plantea dos dudas inmediatas: ¿Se permitirán las mociones de censura? (de ser así, todo este quebradero fabulado por el presidente y su círculo más temerosamente cercano no haría sino retrasar unos días lo inevitable en cientos de corporaciones locales); y ¿de no ser así, está preparado para crear un mapa municipal con multitud de plenos bloqueados?

Lo de ir, una vez surgidas todas las grietas que plantea esta nueva irracionalidad a golpe de mayoría absoluta, improvisando soluciones al modo de posibles segundas vueltas ya resulta dramáticamente carcajeante. Si se afirma haber visto la luz de la democracia perfecta tras cuarenta años en que se ha jugado a unas reglas establecidas por sus mismos padres políticos, ¿Por qué no se aprovecha el golpe de mano para establecer el mismo parámetro electivo en los parlamentos autonómicos y las Cámaras nacionales? Ah, no, que en recintos como el Senado se vive muy bien eligiendo un tercio de sus representantes a dedo autonómico y sin responsabilidad legislativa real. Como diría el ínclito Mariano “Esto ahora no toca”. Lo que corresponde, visto lo visto, es continuar alejando a la ciudadanía de las instituciones, pero acercando a la gente al colmo de su paciencia.

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Disquisiciones veraniegas (III estivales, V petroleras)

La guerra del petróleo canario, sobre el que chapoteamos por quinta edición, aumenta su acopio de armas entre los principales frentes en disputa. Mientras, la compañía privatizada Repsol observa el mutuo lanzamiento de órdagos y continúa su plan de sondeos al mismo ritmo que suaviza a golpe de página a color diaria la beligerancia de los medios de comunicación del archipiélago.

RiveroSoriaEl petróleo canario, por no ser, aún ni es. El petróleo canario puede que sí sea en informes confidencialísimos de la petrolera de Brufau, pero a nivel externo supone una apariencia de potencial negocio, una riqueza que anuncian para todos pero no es más que para unos accionistas dispersos y poderosos. El petróleo canario, al emanar de las profundidades oceánicas, en medio de una nada demasiado cercana a la arena fértil en turistas de rentabilidad notoria y todo él rodeado del agua presta a desalinizarse para surtir las necesidades de unas islas secas, no tiene como destino (o no de manera imperativa) cubrir con bonhomía un porcentaje de la dependencia energética del Estado, sino los surtidores que más calienten al albur de los petrodólares.

El petróleo canario, si emana como torrefacto pegajoso en ubicaciones interfronterizas tan vagas como el oleaje que las circunda, que fantasmagóricamente trazan su radio de influencia en esto del capital y las posesiones terrenales de los reinos de pega, pagará poco al Estado pero deberá mucho a su ministro, José Manuel Soria, veloz por África, amodorrado al asomarse al Mediterráneo. Por su parte, el presidente del ejecutivo autonómico, Paulino Rivero, desprecia lo fósil, aparta su sonrisa de antaño a aquél que fue su vicepresidente cautivador, en ningún caso cautivo, en la pasada legislatura. Pero no le hace ascos desde una conciencia medioambientalista, ni mucho menos, como mencey de un territorio fragmentado en lo territorial pero cohesionado en su devoción por el cemento y el alquitrán. El petróleo canario encandilaría al Presidente si una idílica UTE formada por el gobierno regional y un par de empresas sondeadoras y extractivas llevara a término la aventura oceanográfica en busca del monstruo del chapapote embarrilado.

PetroleoEl petróleo canario no es todavía pero, en todo caso, nunca será para los ciudadanos del archipiélago. Ni para los del resto del Estado español, porque en este país las playas no se venden pero el subsuelo se regala. El petróleo es feo, pero lo usamos a diario, lo necesitamos como el agua porque su transformación en energía nos dan la vida tal y como la conocemos. No nos gusta en la puerta de casa pero sabemos que hay plataformas frente a las playas de otro, de la misma manera que saboreamos con primor un jugoso entrecot pero ni oir hablar del proceso de sacrificio en nuestros mataderos, de la agonía cruda y real de los animales para que el mercado de ágil, higiénico, seguro. Rentable. El petróleo canario también parece serlo, aunque en palabras de Repsol parece poco más que su búsqueda en medio del Océano Atlántico es acto de caridad petroquímicristiana, a suponer por la cantidad que se espera encontrar y los costes que supone su hallazgo y extracción.

El petróleo canario tiene permiso ministerial para hacerlo salir de su escondite, y también encuentra en lontananza un referendum que se acerca a fechas agigantadas en busca de enterrar su sombra, aún desenfocada, hasta mejores tardes políticas. Entre políticos canarios anda el juego, frente a información parcialísima andan los habitantes de Canarias, y contra el porvenir anda toda la personalidad del Capital, obviando el destino humano para alimentar la codicia inmediata.

Disquisiciones veraniegas (II)

En los meses que cada vez para más gente son de asueto perpétuo no se crea empleo. Cualquier cifra que pinte sus labios con intenso color de esperanza brillante a ojos de políticos lascivos no es más que el reajuste macrolaboral de una realidad que debe ampliar sus miras a años vistas o, al menos, a esos doce meses que nos hemos inventado los humanos sirve para cuantificar todo lo terrenalmente incontrolable. Menos aún resulta de aceptación para la honradez vital sacar pecho y maracas rumberas contando falsedades a medias. Resulta de todo orden inaceptable que se propugne con la deshonra de un duelista en desbandada suertes de recuperaciones económicas, de empleo a manos llenas, cuando la creación neta de puestos de trabajo, por sí solo, ya ni siquiera es para el verano. Ni para la abstinencia de esperanza.

En primer lugar, uno de cada cuatro empleos que se ha creado en los últimos meses tiene una duración inferior a una semana, con lo que el mismo ciudadano puede contar, a efectos de orgasmo ministerial de la devota Báñez, como tres empleados en uno en el mismo plazo de treinta días, lo que pega pero no junta. Y, claro, le vale para hacer su casita de papel pero no previene para cualquier brisa que anuncie su llegada en lontananza. Por otro lado, el silencio de las buenas nuevas hace un acto de presencia transfronterizo, con guardia a ambos lados de la verja política, cuando de callar el número de exiliados se trata: Más de 200.000 ex cotizantes de la Seguridad Social que han tomado las de Villadiego, ergo para la filosofía popular significa otros tantos problemas estadísticos menos, ya que ante el vicio de no pedir empleo está para ellos la virtud de hacer como que ni nacieron por los alrededores de Ponferrada.

Y para finalizar la estadística completa de esos fuegos de artificio tan del gusto de quien deja en manos de la virgen del Rocío la economía doméstica a jornada sin descanso, la media de horas de trabajo por contrato formalizado en esta última etapa se establece en diez por trabajador, con lo que por cada puesto de trabajo indefinido y de 40 horas de duración, lo normal es ahora realizar cuatro, de carácter visto y no visto, y nuevamente al circuito de creación-destrucción, que es como masticar un bistec, soltar el buche y volverlo a engullir, aunque suene repugnante, con la imaginación perniciosa de que estamos comiendo dos por uno.

Evidentemente estas coartadas las utiliza con conciencia de causa, pero sin ningún cargo de conciencia, el ejecutivo del Partido Popular, ya que cualquier estadística puede publicarse imprimiendo sólo los quesitos que emitan mejores destellos. Los otros también existen, y juntos expulsan una realidad espantosa. Pero ya se sabe, mientras el tiempo corre, cabalga la esperanza. Aunque esta sea de unos pocos, y con tan mal gusto.

Disquisiciones veraniegas

Disquisiciones de esta temporada estival en penumbra soleada, con el menor nivel de rigor en su análisis que el término, en la acepción sin poros de la RAE, permita. Y es que el verano es tiempo de estallidos con poca onda expansiva, no por el contenido o los materiales de la subsodicha explosión, sino porque el efector amplificador queda en nada frente a redacciones que, depauperadas a tiempo completo, hacen su agosto sudorando becarios y maniatando el tiempo de la información.

No obstante, hay determinadas actualidades que no se encuentran en primera línea de titulares pero no por ello deben evitar tostarse al sol del análisis que más padece. Porque este mes, tradicionalmente en stop político, aviva demasiadas urgencias durante el pasado ejercicio. Y eso es así porque el run run ciudadano no descansa, porque las elecciones municipales de 2015 se acercan a la velocidad de un utilitario con dirigente del PP al volante y, sobre todo, porque la apariencia de transformación voluntarista de las formaciones políticas jurásicas necesita, en este momento, usar el disfraz de héroe sin descanso.

La nueva ejecutiva del PSOE, liderada por la sonrisa deconstruida del encantado de conocerse Pedro Sánchez ha tenido un gesto de revolucionaria iniciativa pedagógica al poner al frente de su departamento de “regeneración democrática” a alguien como Ximo Puig, lider de los socialdemócratas valencianos, como si acabara de llegar a la primera escena política en los primeros días de la canícula. Y, claro, el puesto hay que ganárselo, para no salir con el más mínimo desencuadre en el nuevo retrato de familia. En ese sentido, se muestra partidario de que los diputados coticen por su actividad parlamentaria y puedan tener su seguro de desempleo en lugar de que fichen por una empresa donde puede haber colisión de intereses. “Prefiero que un diputado tenga seguro de desempleo a que pueda irse a trabajar a una empresa a la que ha beneficiado con sus decisiones”, ha añadido.

Estamos, pues, ante la rendición previa a la batalla, algo predecible en un político de viejo cuño que es incapaz de razonar fuera de las lógicas de supervivencia electoral. Si no puedes con el enemigo, abrázalo hasta colmarlo de besos mustios. Su idea de regeneración democrática ni siquiera pierde el tiempo deambulando por los espacios comunes, tan pisoteados, de la limitación de mandatos y otros senderos de la bebida instantánea preelectoral. Directamente, Ximo Puig se arroja a la evidencia de que su casta es de visitar y quedarse a la cena, por lo que ya puestos, que sirvan más pavo, que la noche es joven. Entender la res pública como la entrega transitoria de la voluntad y la experiencia humana para mejorar la actividad y los servicios colectivos no se recoge en el diccionario del político como parásito social. Es más, el regenerador democrático acepta como presupuesto inicial que sus compañeros de bancadas llegan cada día antes y no están por abandonar el claustro así que, ya puestos, que saquen la cubertería de plata. Olvida que actualmente congresistas y senadores se aseguran el máximo de pensión de jubilación con sólo reposar sus inquietos traseros en sede parlamentaria a lo largo de dos legislaturas, con lo que su propuesta, además de involucionista en la búsqueda de la transparencia real, ahonda en lo acomodaticio de las perversidades políticas contemporáneas en tierra ibérica.

Y, así, transcurre el agosto. Pero no agotemos todo el sudor de la maledicencia en una sola sesión bajo el sol que más calienta…. nuestra paciencia.