Desprivatizando a Lasquetty

Lasquetty1No es periódico de ayer, sino la calma relatada tras la tormenta más que perfecta. No hizo falta más que un auto, un ejercicio de honorabilidad judicial por el poder arbitral (que no arbitrario) en el que se sustenta la supervivencia de nuestro famélico Estado Social, para que se derrumbara la montaña de prepotencia y manifiesta intencionalidad privada de Javier Fernández Lasquetty, consejero de sanidad de la Comunidad de Madrid. Este rostro contenido, con bolsas de aire entre los carrillos que siempre amenazaban huracanes de rabia, había sido hasta hace poco más de una semana el germen perfecto entre la codicia desmedida de Lamela, la presencia seductora de Güemes y, en el trino equilibrio, las anchas espaldas de Ignacio González y Esperanza Aguirre. Un compendio, en definitiva, entre la continuación al descuartizamiento sin aristas junto a la necesaria convicción ideológicamente inmoral para llevarla a término. Y así, sin cita previa, resulta evidente que la labor que ha heredado con gusto y sin picor, de manera exclusiva, ha sido dar acomodo a determinadas contratas para gestionar aquellas millonarias estructuras hospitalarias puestas en marcha sin capacidad presupuestaria. Cada uno de los pipiolos venidos desde la orilla de FAES han ido cubriendo su respectivo escalón para pretender disipar el tracto sucesorio-político de una más que evidente planificación del capital, de sus señores feudales, de ellos mismos. De la puerta que no deja de girar.

Lasquetty2A Lasquetty le tocó bailar con la que parecía más guapa antes de desprenderse del vestido, y aún con las luces apagadas. Pero no. Tratar como borricos de amplia sumisión a los diferentes colectivos que hacen posible el servicio de salud a la ciudadanía es un ejemplo evidente de lo mal que hace, en lo que respecta a la táctica política de los nuevos cachorros, no pisar más suelo que el de un despacho tras otro, repeler las baldosas al no conocer más superficie que el parquet acuchillado. En realidad tenía en su mano dar un golpe definitivo a uno de los pilares fundamentales del sistema de protección social que nos habíamos dejado otorgar, con más ilusión que cabeza, como un obsequio en lugar de algo propio, no hace mucho. El negocio huele rápido la presa y frente a su huracanada voracidad pocos tienen la apetencia de resistir. Precisamente esas demandas, esas urgencias por comenzar a meter primera en los seis nuevecitos hospitales que mamá Estado les había hecho para su enriquecimiento, provocaron que la mala consejera de costumbre modificara mal y pronto el pliego de condiciones. Lo demás es historia conocida: un triunvirato de valientes en la sala 3ª del TSJM mantuvo el caso en sus manos, soportó las presiones de extraños pero, sobre todo, de muchos propios, para que el caso no pasara a un pleno presto a hacer pelillos a la mar portorriqueña, mientras los funcionarios sanitarios iban cicatrizando, mediante protestas y una poderosa estrategia jurídica, todas las heridas abiertas en esta privatización que amenazaba con extenderse por el conjunto del Estado.

Lasquetty3Lasquetty ya es historia, pero nunca fue protagonista de ella. Su nombre sonará de cuando en cuando para recordar un episodio de toda esta serie a la que le restan temporadas y capítulos por doquier. No hay peor tratamiento para una enfermedad que cuando ésta se ignora por su portador, y en muy poco tiempo la ciudadanía española ha dado por hecho derechos con la misma inocencia que deja a los zorros cuidando a las ovejas. Ningún responsable político en el sentido digno del término se toma como afrentas, de manera rabiosa, las decisiones de la mayoría sectorial y social. Es incomprensible. Salvo que tenga más hambre de la que su estómago consiga digerir. Pues ahí está el problema, en todos aquellos que están con el ánimo dispuesto para cebar al siguiente que se suba a la doble tarima, micrófono en ristre, y prometa una retahíla de principios que le saben a nada, que le provocan acidez.

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