Un mundo para Julius

Julius3La carroza cambia de jardín al mismo ritmo que ya no se escuchan los disparos a hurtadillas, los mayordomos cayendo al ritmo vaquero de Julius. Dilma dejó de llamarlo, de rescatar a Celso, a Carlos, a todos, de las garras de la infancia que son la razón de ser de una microsociedad injusta tras las verjas del palacete. Demasiadas páginas sin Cinthia, sin el calor de lo que daría la temperatura a cuatrocientas páginas sin alma, con la infancia en soledad, con el descubrimiento sin parientes, sin aliados. La historia de Julius hasta la frontera donde el impúber se ve sustraido de su casta inocencia transcurre sin alma, un principito limeño arropado por los expulsado del diminuto paraíso que todo lo tiene, que los convierte en élite del vacío, viviendo en la penumbra de la riqueza, sintiendo las migajas como su legítima parte del banquete. Julius, línea tras línea, en medio, como un Peter Pan en blanco y negro.

Julius1Julius desaparece frente a un mundo en continua despreocupación, donde las preocupaciones se centran en la organización de vacaciones dentro de las vacaciones, festejos, golf, gin tonic, pastillas para no dudar. El niño crece sin mostrarse; el protagonista se convierte, así, en un atrezzo ante almuerzos y cenas, cocktails de alto copete, desarraigado entre la minoría que es un país dentro de un país. De ahí la carroza que siempre es frontera, que Julius abandona pero continúa, esperándole, en el centro del jardín, como hogar y refugio, hasta que rompa él la alcancía y vaya en busca de la noche con los suyos. Es, en efecto, un recorrido literario en el que no aparece la población, sus conflictos, sus interacciones. Lo más lejos que Julius será capaz de traspasar las verjas de oro se detendrá frente a un piano violento, entre pasillos oscuros, cuartos con sombras de humanos que apenas hablan, que se encuentran lejos y alejan, en su meridiano, a Julius para siempre del mundo. Nada importa, Santiago ya está en Nueva York preparando su hereditario liderazgo, mientras Bobby camina en la rebeldía inmune a la reprobación, como un acto natural de los elegidos, casi sano. Esas dos etapas hacen de secuelas andantes los períodos de Julius que no veremos, que sus hermanos miméticamente nos han contando.

Julius2Un relato que duplicara su recorrido para que continuáramos siguiendo la plácida pasividad de Julius hasta su vejez nos hubiera aturdido igualmente con la desidia de encontrarnos ante a desesperada necesidad de buscar el redondeo de un relato que se desorienta casi desde el alumbramiento de su protagonista. Nadie nos remueve, ninguna despedida, ningún cuchicheo, porque todas son circulares; Juan Lucas bebe y disfrutan, siempre de la misma manera, con una convivencia frente a lo lúdico que de repetirse deja paso al tedio. Susan, mientras, se recoge el flequillo y asiente, y ya están todos muertos, la casa en llamas huecas, frente a un último banquete en el que Julius, en lugar de huir y refugiarse en la carroza pidiendo, con mucha fuerza, que al abrir los ojos todo cambie, ocupará su asiento y se hará una pregunta más, pero muy tímida, lejos de Mafalda, lejos de ser capaz de salir de los folios y abrazarnos al cerrar la cubierta.

 

La línea 1, en vía de esperanza

Como rezan camisetas y pancartas cada día 3 de mes, en la plaza de la virgen de Valencia, “43 muertos, 47 heridos, 0 responsables“. El cantautor Pau Alabajos los recordó, como aperturan musicalmente estas líneas, y nos recordó que la impunidad no puede continuar ejerciendo su metralla vertiginosa de silencio cada vez que llaman accidente lo que quiere decir negligencia. Y todo ocurrió en una vía que aquellos que fueron exculpados de manera tramposa a nivel judicial y protegidos en lo político, sustentados en su mayoría absoluta, pretendieron directamente borrar de la historia, en una chusca suerte de neolengua ferroviaria, endilgando su recorrido a la cuenta de un genio de las artes local, como si su nombre infundiera por sí mismo un respeto que evitara a los damnificados mancillar su legado pictórico. Una línea plagada de cadáveres, expulsados con veloz fiereza a través de unas ventanas de plástico sin refuerzo, tan efectivas contra el sabotaje como frágiles frente a su misión principal. Una línea, en definitiva, preparada para la desgracia con el mimo que sólo puede imprimirle la incompetencia y la sustracción del ánimo de servicio público a la hora de invertir, efectivamente, los recursos globales cuando de infraestructuras básicas, las que crean riqueza real en la construcción social, se trata; porque en la Línea 1 no sólo el plástico dejaba los laterales de los vagones como un escudo de plastilina, sino que el sistema de frenado que esperaba al desenlace era de baratillo, instalado únicamente en este trayecto y en otra línea del metro de Barcelona. El Frenado Automático Puntual, 40 veces más económico que el sistema ATP se llevó prácticamente una vida por cada unidad de ahorro sustraida a la seguridad ciudadana, cantidades ridículas frente a la opulencia de estructuras arquitectónicas con presupuestos sin límite al escándalo, agrietados como las pistas de aterrizaje que no palpan de los aviones en desbandada.

MetroValencia1Lo que está claro es que la energía popular se ha reactivado, a pesar de haber transcurrido siete años de opacidad, con una televisión pública en silencio y silenciada, una estructura alrededor de las trampas del poder que impidieron que creciera la indignación multitudinaria para que los responsables, que fueron y son, no tuvieron siquiera que retraerse institucionalmente; más aún, desde Juan Cotino hasta los responsables medios de la televisión autonómica o Metro de Valencia arrojaron toda la culpabilidad sobre un conductor fallecido, silenciado, frágil. Afortunadamente, los excelentes reportajes que Jordi Évole realizó en su programa Salvados, así como la persistencia de la asociación de víctimas presidida por Beatriz Garrote, no han permitido ni el detenimiento ni la mentira de esas plantas invasivas capaces de enredar la verdad hasta hacerla trampa o, peor aún, desaparecer. A día de hoy, la velocidad del ferrocarril arrastra tanta imprudencia como la probable epilepsia del conductor, ocultada a sabiendas y que, junto a esas medidas de seguridad más que escasas, condenan al ostracismo la protección tras el sobreseimiento por falta de pruebas que se emitió, deprisa y sin mucho ánimo investigador, a nivel judicial. Desde mediados de mayo del presente año la investigación avanza para que, ya que resulta imposible revertir las dos primeras nefastas cantidades, el 0 aumente hasta alcanzar la cifra exacta de responsables de la desgracia y el silencio.

El país de los hombres íntegros

Esa es la traducción que se encierra tras la denominación de Burkina Faso en las lenguas mossi y djula, las mayoritarias en el territorio que comprende la nación desde 1983, año en el que llega al poder Thomas Sankara, una luz cuatrienal que se apaga en 1987, bajo las balas del neocolonialismo francés, norteamericano y, en general, del capital internacional que no soporta un ejemplo de guevarismo panafricano en su corrala continental. Continuamos en esta senda el tratamiento de las muertes siempre malas que han impedido con la energía del expolio controlado cualquier voz que cierre las minas, que bloquee el atraco, que finalice con la penuria de millones de hombres y mujeres desposeidos de la titularidad de la tierra de sus ancestros.

Sankara1Ver con los prismáticos de la lucidez aquellas orillas lejanas donde sucede lo que es hermanamiento de experiencias más o menos inmediatas supone un aprendizaje anticipado frente a las trampas que se irán presentando en el deambular (nunca el progreso se ha encontrado tan desorientado) de los colectivos de este y aquel país, de las clases sociales mal emparejadas, a lo largo de la Historia. Y la dignidad del grupo de oficiales que, con Sankara y Compaoré (el judas que siempre besa la mejilla luego acribillada, y quien encabezó el asesinato de Sankara y la vuelta a las políticas de sometimiento al FMI y las potencias occidentales), lideraron la revolución más celerosa y digna del África postcolonial, necesita ser iluminada en los tiempos que acallan las crisis y las diferencias sociales aquellos mismos que las provocan. La guerra de clases, el materialismo histórico, puede ser desacreditado a partir de un axioma con la enjundia de un diamante hueco, pero su brillo deslumbrará cualquier crítica de peso y nos dejará, siempre, en manos del enemigo a la hora de ingerir la receta caducada. En el país de los hombres íntegros, el nuevo presidente, que nunca ocultó la necesidad de la lucha armada como última bala en la recámara de los desposeídos, que entendió que el desterrado no iba a dejar de serlo a través de la caridad con intereses, vendió la flota de Mercedes-Benz del gobierno e hizo que el Renault 5 (el auto más barato vendido en Burkina Faso en ese momento) fuera el auto oficial de los ministros; redujo los sueldos de todos los funcionarios públicos, incluso el propio, prohibió el uso de chóferes del gobierno y los billetes de primera clase de avión; se redistribuyó la tierra de los terratenientes feudales y se la entregó directamente a los campesinos. La producción de trigo aumentó en tan sólo tres años de 1700 kg por hactárea a 3800 kg por hectárea, lo que hizo el país autosuficiente en comida; se opuso a la ayuda exterior, diciendo que “el que te alimenta, te controla.”; obligó a los funcionarios públicos a destinar un mes de salario a los proyectos públicos; o, como presidente, bajó su sueldo a sólo 450 dólares americanos al mes y limitó sus posesiones materiales a un automóvil, cuatro bicicletas, tres guitarras, un frigorífico convencional y un congelador roto, además de la casa donde vivía con su familia. En la lucha por la igualdad real, célebre es su máxima “La revolución y la liberación de la mujer van unidas. No hablamos de la emancipación de la mujer como un acto de caridad o por una oleada de compasión humana, es una necesidad básica para el triunfo de la revolución. Las mujeres ocupan la otra mitad del cielo.”

Sankara2Por sus hechos los conocereis, y desde cualquier punto del orbe existen experiencias extraordinarias que, simultáneamente y sin remisión, son cegadas a golpe del silencio violento desde aquellos logotipos sin armas, sin líderes. Sin apariencia a la que culpar. Ese silencio que tiene como reverso el mismo estruendo de la oferta y la demanda, del mundo de fábula que consume al mismo ritmo que cosecha millones de almas errantes, esclavos de la nueva era, no visibles más allá de la intrepidez de insignificantes titulares que dejan la tinta en las manos, desaparecidas a la misma velocidad que no soportamos sentirnos impregnados de duda.

Nos encontramos en un momento, a este lado de la frontera opulenta, de lucha dispersa. Tenemos jadeos, fiebres, algunos vómitos, pero nos catalogamos los síntomas por separado, y de este modo la enfermedad avanza sin apreciar como nos supura el amarillento de una metástasis ciudadana controlada e incontrolable a la vez. Siempre confiamos en el reflejo de eslóganes y actitudes que ya han trasvasado la barrera de la dignidad para confluir donde desemboca la mercadotecnia. El Che no es nuestro Che, que nos lo han cambiado. Si se les escapa del silencio alguna voz barbuda, algún ejemplo incómodo, se transforma y se envía de nuevo a la cadena de producción con el destino de consumo adecuado. Mal nos irá si no lo percibimos, si no somos capaces de asomarnos a la pradera de los hombres y mujeres íntegros para descubrir nuestro asfalto y desconfiar de las excusas.

Se armó la Luiscabronera

Barcenas3Luis Bárcenas llevaba varios días toqueteando los botones de la aspiradora que, sin leerse el manual de instrucciones, sabía antes de sacarla del envoltorio que tenía potencia para succionar todo a su alrededor. Las primeras pruebas, por alguna esquina, le han dado muestras a lo largo de los últimos días de la potencia y calidad del instrumento a su alcance así que hoy se ha puesto manos a la obra y ha decidido dejar la manta impoluta de ácaros. Es sintomático que cuando se descubre la rara avis de un insecto alérgico, como es el caso, la exterminación a su alrededor es inversamente proporcional a la resistencia de su flexible exoesqueleto. Por ahora parece que la precisión helvética funciona a arreones y de manera selectiva, en busca y captura de los microbios que le han venido provocando más escozor, pero si algo es sabido en el común de la cultura popular la generalidad de las especies insectívoras no hacen ascos a compartir heces en barbecho. Eso sí, cuando uno de ellos resulta aplastado, el resto sabe poner con ágil eficacia patas y alas en polvorosa.

La desinsectación de hoy en la Audiencia Nacional ha utilizado productos de tanta toxicidad que ha dejado inconsciente tanto a Mariano Rajoy como a Dolores de Cospedal. De lo contrario, no se entiende la triquiñuela del Presidente del ejecutivo para responder sin hacerlo, teniendo como detestable aliado a un plumillas poco respetuoso con la profesión que le da cobijo; el redactor de ABC ha preferido sodomizar cualquier principio deontológico del periodismo para conservar su trabajo, aceptando primero la imposición de una pregunta pactada por parte de un director de su medio y saltándose, después, el pacto entre los colegas que cubren las ruedas de prensa en Moncloa para repartirse las cuestiones a plantear cuando éstas son limitadas y hacer de correveidile para producir una respuesta que, por escrita, guionizada y dramatizada, fue puro silencio. Aunque, como es costumbre, hasta leyendo robóticamente, con ese seseo metálico tan perturbador, lo que le han cocinado, no puede evitar dejar a la opinión pública exhausta de intranquilidad. Según Mariano Rajoy, analizada su comparecencia, la responsabilidad penal es la única que puede revolotear sobre la clase política gobernante, y como él se jacta de ser honrado se diga lo que se diga, con una mayoría absoluta en lontananza parlamentaria, pues la cara B de este disco rallado, la de la responsabilidad pública o política, no es menester de traer a colación porque su responsabilidad es seguir avanzando en la dirección que le parece a él recta, mientras una gran mayoría nos marea al verlo dar vueltas sobre su sombra. Es normal que esto ocurra cuando se gobierna más alejado de lo habitual del asfalto colectivo y el círculo estrecho, único sonido que digiere para construir su panorama, le asegura que aquí se ha alcanzado en el buen camino y, lo demás, envidia de una oposición debilitada y mezquina. Pero el despiste ya no es sobre el precio de una taza de café; en esta ocasión es el valor de una democracia adolescente lo que no se es capaz de tasar.

Rajoy2Lo más llamativo es la previsibilidad de los invertebrados a la hora de huir al olor del insecticida. El Gobierno no va a ceder al chantaje, ha afirmado, como si se le hubiera colado algún guión tras un atentado de ETA; lo mismo vale para un pisotón que para una rociada de Barceygon. María Dolores de Cospedal se ha empecinado en horario vespertino, obstinadamente, en buscar el mismo cobijo con distinto tono. Al menos a la Secretaria General del Partido Popular no le vibra el párpado izquierdo cuando miente, pero su melena alocada y la empecinada repetición de sustantivos y adjetivos no deja demasiada duda a la imaginación corrupta. Floriano, al amanecer… fue Floriano.

¿Y, ahora, qué? Ya se sabe que la eficacia de estas rociadas, aunque dejen de oler, se mantienen largo tiempo. No obstante, a algunos, desconfiados cuando el pestazo desaparece de la atmósfera, les da por repetir el tratamiento de exterminio, gas sobre gas. No parece que Bárcenas sea los que cumpla las instrucciones de empleo al pie de la letra; es un verso suelto sin demasiado oido para seguir aprendiendo lecciones de sus otrora compañeros. Y el verano no ha hecho más que comenzar a desparramar su bochorno judicial, con lo que eso despierta el apetito de los bichos.

 

Empurando a Rajoy

RajoyPuro2El Presidente vuelve a estar en silencio, ¿Qué sonido hará rugir al Presidente? En medio del humo que se ha levantado desde el pasado domingo, Mariano Rajoy puede prever la magnitud del incendio que se le avecina, a él y a los suyos, a sabiendas que el paso del tiempo nunca llega a apagar todos los rescoldos que se dejan en un letargo de combustión política. O quizás no sea consecuente presuponer tanta capacidad táctica al jefe del Ejecutivo y su desaparición de la escena pública a lo largo de estas horas se deba, básicamente, a la terrorífica sensación que le puede estar produciendo un escenario que temía pero, en su habitual optimismo, consideraba que no se le iba a presentar. Lo cierto es que tras la segunda vuelta de este round de papelería fina, aderezada con nuevos ganchos de fuerza original, no fotocopiada, todo aquel que sale caligráficamente retratado viene haciendo mutis por el foro ocultándose no ya siquiera con una pantalla de plasma por escudo, sino usando un contraataque equilibrado, esto es, papel por papel, sobresueldos por comunicados de a mí que me registren.

Parte importante de la corriente de opinión que ha venido generando la nueva estrategia de defensa callejera por parte de Bárcenas no alcanza a comprender como, ante la magnitud de escándalos que se concentran en la contabilidad apócrifa del Partido Popular, no se haya desencadenado una turba social, una pira ciudadana que detenga el tiempo de las excusas insolentes y clame y clame hasta que se demuestre lo frágil que resulta el enladrillado de Moncloa. Resulta sencillo de explicar. El común del ciudadano, porque para asaltar políticamente un Palacio de Verano hace falta más que unos miles de cabreados por turnos (que se lo recuerden a Aznar previa invasión iraquí), entiende el delito cuando la sangre inocente corre por el asfalto. Digamos que del artículo 138 en adelante del Código Penal aparecen las fábulas predilectas del entendimiento humano, que la violencia se desparrame y yo pueda verlo para entender la quiebra de la paz social. Pero en el fondo, a pesar de las palizas diarias a la economía doméstica y a las expectativas de progreso individual, ver en unos papelotes números y nombres mal escritos y mentalmente enlazar esa tabla contable con la apropiación indebida (término muy complicado de asimilar frente al robo con alevosía, nocturnidad y mala baba, que es el que entendemos todos) y la prevaricación (que mucho se nombra pero pregunta en la calle qué significa, para que veas) mosquea pero no tanto como para perderse el sorteo del calendario de Liga y salir a achicharrarnos frente a un inmueble cerrado a cal y canto. Ahí, tal vez, es donde reside la confianza de Cospedal y Rajoy en que para que todo siga igual todo debe cambiar, y eso en España nunca ha sido moneda de curso legal.

RajoyPuro1Pongámoslo, pues, fácil para que el hormigueo del ciudadano medio resulte incómodo y nos haga saltar del sofá acondicionado. Imagínese a un ministro de Administraciones Públicas de un Gobierno que ha llegado al poder por primera vez teniendo como bandera la lucha contra la corrupción; ese ministro, que gusta de estética de barba y puro pero sin traje de comandante de Sierra Maestra, tiene entre sus máximas responsabildades ser el guardían de la Ley de Incompatibilidades que impide a un cargo público cobrar cantidad alguna ajena a las retribuciones que le confiere su cargo, vengan aquellas de lo público o de lo privado. Pues bien, ese señor y varios compañeros de filas aparecen como beneficiarios de complementos económicos de diversa naturaleza desde su formación política, aumentos escandalosos mientras el poder adquisitivo y el empleo, tanto su cantidad como su calidad, caían en picado, así como abonos de servicios cuasiprivados que procuraban, de manera integral, facilitarles un nivel de vida sumamente privilegiado. Y, todo esto, financiado presuntamente a través de opacas donaciones en metálico por personas y entidades que, a vuelta de monetario correo, recibían respuesta en forma de concesiones arbitrarias. Así quizás ya suene más rotundo, más criminal, más para enfadarnos un poco e impedir, con la pasividad de una sociedad que no puede merecerse esto que tiene, que desde Génova a diversas huestes autonómicas puedan apostar por el mutismo como forma de defensa y desprecio a partes iguales.

El fumador de puros, el lector de prensa deportiva, aquel que afirma haber perdido poder adquisitivo entrando en política (¿Quién le rogó que, en su mocedad, lo hiciera? ¿Quién lo esperaba, quién lo apartó, en definitiva, de un registro de provincias?) parece ser que recibía cantidades en metálico ocultas en cajas de habanos. ¿Qué fue, entonces, antes? ¿El hábito de fumar o el de trincar? Curioso recipiente para recepcionar algo que se entiende legítimo. Nos huele a chamusquina, tal vez porque las brasas vuelven a prender nuestra paciencia.

Revueltas patrocinadas

Ahora que por Egipto se ponen lúgubremente de moda los tonos militares, da que pensar la supuesta estacionalidad de las revueltas que inundan las costas mediterráneas desde Tetuán hasta Latakia. Más de dos años después de que germinaran, supuestamente, masas floridas al albur de una democracia transmitida a golpe de tuit y “me gusta la libertad”, el calendario parece haberse detenido en plena insolación; Túnez soporta, a día de hoy, el mismo deterioro institucional, caos en los servicios y violación sistemática de los derechos humanos primarios con un dictador múltiple, sin rostro, el de sus propias cadenas oligarcas. A Libia mejor ni asomarse, presa de la venganza en cada esquina, con un Estado absolutamente fallido y la mutación (¿o sería más exacto recordar que no es más que la presencia, sin adornos externos, de la verdadera condición de la codicia?) de toda aquella troupé bendecida como “reformistas democráticos” en una suerte de señores diarios de la guerra por el control de la riqueza, cualquiera que ésta sea. Por Siria no se libran de sus propios libertadores, patrocinados con descaro por un interés mayor a cualquier apariencia cuneiforme de las primeras farsas en el innoble arte de la ocupación macroeconómica de los pueblos. Y de Egipto, ¿qué decir de Egipto? Tan asqueada de dictadores y tan amantes del totalitarismo, ansiosos por elegir y excitados por no aceptar sus propias elecciones. En todos estos casos, lo que allende sus respectivas fronteras se debate debería tener una postura uniforme, alejada de impulsar alienaciones en la opinión pública, favorable siempre a dos principios inmutables: la democracia y la protección y defensa de los derechos humanos. Pues depende, pues depende.

CORRECTION-GREECE-VIOLENCEEs lo que tiene intentar comprender por qué la turba se maneja contra uno, contra otros, o contra ellos mismos, en una sucesión de odios sociales que no parecen deslizarse en función de mayor o menor cantidad de polen de indignación en el ambiente. Allende nuestras fronteras, acostumbrados como estamos a no encontrar más enemigos que el abstracto villano del capital, representado en aquellos mismos a los que hemos entregado, con repetitivo desdén, nuestra confianza cuatrienal, ver imágenes de masas gritando y exigiendo, en lenguas interesadamente traducidas, valores supremos que damos como innegociables (a pesar de que se nos vayan dispersando, como calderilla revoltosa, a diario) nos emocionan. Si a eso le unimos montajes con musiquilla libertaria y un par de tomas de jóvenes en primer plano, los pelos como escarpia revolucionaria que se nos ponen.

Pero como el prisma del largo plazo suele ser mucho más sensato que secundar, sin miramientos, aquello que nos dicen que huele a violeta de la libertad, presenciar la segunda parte de algunos aconteceres que creíamos no iban a contar con trilogía deberían hacernos sospechar que los guionistas ocultos suelen inclinarse por exprimir al máximo la rentabilidad de sus productos. En casos como el egipcio, parece ser que el sufragio universal como cartelera del éxito de la floresta pasada no resulta adecuado cuando a los Hermanos Musulmanes nos referimos. Democracia sí, pero sin pasarse. Aquí no entran en juego mayorías, consensos ni negociaciones posibles, que no está el capital para patrocinar premiere al aire libre y que caigan chuzos de islámica punta. Para poder corregir ese desatino climatológico en lo electoral, siempre podemos contar con el héroe de turno (vease El Baradei y otros star de la oligarquía occidental de rostro árabe) y el estético despliegue de cámaras enfocadas hacia el plano adecuado.

Revuelta2Si a este lado del Mare Nostrum nos da por hacer de las nuestras, discutiendo la servidumbre del poder político a todos menos a quienes los han elegido, rechazando la alienación que resulta dar como hechos innegociables el sacrificio de un mayoritario lado para armar la fertilidad del que siempre gana fuera de las urnas, la estética de las mareas y las pancartas se torna, por obra y gracia de los patrocinadores, en una pira repleta de encendidos anti sistemas (¿es ese término rechazable per se?) que merece dispersar en mamporrero desorden. Entonces, dos costas se enfrentan en función del producto de sistema político manufacturado que se pretenda introducir. Por Siria llevan dos años erre que erre, y mira que les cuesta. Pero no hay salida, si el marketing exige frente libertario en busca del cambio de cromos, no hay valla publicitaria, ni sacrificadas abejas polinizando a diestro y siniestro que eviten la desertización de cualquier esperanza crédula.

El espíritu de Sócrates

El discurso social que ha emanado alrededor de la recientemente finalizada Copa Confederaciones, celebrada en la opulenta a partes desiguales Brasil, ha dejado un vencedor ilusionante: la ciudadanía. Hacía mucho que el deporte de masas no sólo no conseguía enmudecer la realidad que transcurre, infecta, lejos de las taquillas y el graderío, sino por el contrario este evento ha dejado mundialmente al descubierto que se acabaron las glorificaciones indemnes al dios de la amnesia.

Socrates1Y es que recibimos con resignado despiste la certeza de que las grandes citas deportivas en general, frecuentes en lo cotidiano cuanta más distracción se considera de utilidad en tiempos como los actuales, funcionan como principio activo de la dormidera ciudadana; no hay espacio para detener la fiebre pre, in y post competitiva, con sus resultados, análisis y chismes varios, que permitan desviar nuestra bobalicona distracción para que nos dé por tomar conciencia de lo que sucede, a lo largo y ancho del globo, lejos del parquet lustroso, del fértil prado. En Brasil, por el contrario, se creó un diálogo inverso entre jugadores y aficionados a principios de la década de los 80, en los últimos retazos de una dictadura herida de debilidad cínica. Fue la denominada democracia corinthiana que, con el genial Sampaio de Souza Socrates al frente, estableció ese vínculo entre una masa de seguidores que encontraron en el estadio un espacio de elección y reflexión, trasladado ésto a unas grietas que fueron solapándose con voluntad de doble vía. El liderazgo de El Doctor resultó determinante como referente más allá del arte del balón; diversión y compromiso, todo en uno, todo tan necesario para conjugar la necesaria participación activa en los cambios sociales y en la distracción puntual frente a la exigencia colectiva permanente.

La antigua colonia portuguesa, instaurada macroeconómicamente entre la élite mundial y con una tasas de crecimiento envidiables, ha ocultado tras el circo de mundiales y juegos olímpicos varios, su renovada fragmentación entre capas ciudadanas, mientras a lo lejos la información, como es tradición de los antiguos dominadores con respecto a los territorios de ultramar, ha venido tratando con miope condescendencia los barrios en sombra, el hambre raquítica, todo adornado con la alegría, el carnaval, la supuesta samba permanente de unas necesidades que a los ojos de este lado se llevan con folclórica gracia. Pero no, el fútbol no lo es todo, ni siquiera para el país de los pentacampeones, y los desterrados por el reino de las mayores riquezas han salido a reclamar lo que es suyo, lo que les deniega hasta quien gobierna asegurando que nació entre ellos. Y nos asombramos. Y, algunos, son capaces de exigir incluso que no se mezcle el transilium con la bebida de burbujas. Y nos hablan de imagen, y de irresponsabilidad, como si la pelota, por redonda, tuviera más equilibrio que cientos de miles de mentes en lucha. El ruido y las pancartas que exigen igualdad y justicia social han encontrado aliados en la herencia que ha transcurrido desde las rayas blanquinegras de la conciencia de Corinthians, ahora en los nombres y los mensajes valientes de las principales estrellas del firmamento brasilero; no ha habido fisuras en el discurso, desde Neymar hasta Thiago Silva, con la retaguardia de Rivaldo o Romario, y esta unidad que despierta lo que se pretende aletargue ha supuesto la proclama que, en definitiva, ha arrinconado a un gobierno, como tantos otros acostumbrados a detener a golpes la demanda de equidad frente al reparto de lo colectivo. En un tiempo de fragmentación de clases, de crisis ficticia donde los tendones ciudadanos se desmembran, dejando a ambos lados tiras tiernas y podridas de masa desigual, la fiesta en sombra creada para que el expolio pase inadvertido ha supuesto, en Brasil, el efecto contrario.

Platon1De este Sócrates contemporáneo, en un eterno retorno, en ese devenir que enfrenta ideas y clases sociales a lo largo de los tiempos, emergen platónicos discípulos, hermosos, heroicos, que han dejado de temer las sombras que guían, como simios feriantes, sus temores desde las primeras cadenas de contratos y marcas publicitarias. Tal vez suponga un optimismo exacerbado considerar que han abandonado la cueva de esa alegoría que, de forma permanente, los ha convertido en timoratos gladiadores, sin vida fuera del escenario de cánticos, victoria, focos, espectáculo. Pero supone uno de esos pasos que esperanzan porque no han transmitido el más mínimo mareo o desequilibrio. Lo que a este lado del Atlántico supone un doble lamento, al constatar que la amnesia no se globaliza, y que los de la camisa roja no usan ese color más que para cumplir su bien pagada esclavitud con los patrocinadores.