El hartazgo de los resignados

No mires para otro lado: tú estás dentro, en el centro, de ese grupo que a lo largo de la Historia sobrevive en lugar de asumir valentía, rebeldía, ausencia de actitud resignada. Hace unas pocas centurias la diferencia estribaba en que tus ascendientes se encontraban en la cobarde obligación de levantar el mandoble porque los mercados de antaño no se financiaban a golpe de teclado y video llamada, sino de tu muerte real, la de los tuyos. Hoy cacareas en algún asfalto en busca de derechos caducados porque te han hecho creer que no te dominan, que no les perteneces, pero ten por seguro que hasta el último gramo de tu osadia cibernética, de tus gritos sin eco en sus avenidas cerradas a ratitos para que airees el agobio, caen en barranco que amplifica el silencio.

No somos, actualmente, siquiera clase desposeida; no tenemos consciencia de grupo. A lo sumo, nos encontramos en función de la desposesión de las últimas alhajas capitalistas, no más. En eso nos han convertido, sencillamente en una suerte de barranco humano que se nutre de pedruscos ruidosos en un aforo insonorizado. Lo saben, les gusta. En realidad, les excita. La nueva plebe carece de herencia voluntariosa, sencillamente pisa la calle cuando no le queda parquet, a sabiendas que la recuperación, aunque sea momentánea de la protectora madera con luces indirectas, les retirará nuevamente hacia la calidez del anonimato, de la desafección gritona que hasta les llegará a parecer incómoda, antipatriota, antipática.

No somos nadie, nunca lo fuimos. Lo entregamos todo a aquellos nuestros con ropaje de pana que transmutaron en seda invisible y, aún así, nos siguieron pareciendo del gremio entre el crédito y el europeismo añorado, sin armas. Se acabó, volvimos a las catacumbas del sur del sur, lo que ocurre es que algunos trapos aún no están lo suficientemente desgastados como para apreciar la altura de Los Pirineos en fiscal orden.

Las respuestas no entran en el capítulo de los interrogantes descolocados de corto espectro. Todo lo contrario. Podemos abandonarnos en una especie de hartazgo de los resignados, en búsqueda constante para cubrir el espacio histórico de los que se derrotan sin necesidad de alzar la bandera blanca. Estas tierras son muy amigas de elevar lo excelso de sus ruindades allende los mares, como si aquello de imponer analfabetismo y cruces fuera parte de gloriosa actividad, pero agacha el rostro en el terruño de secano que es, en realidad, todo lo nuestro, aunque sigamos teniendo falsas torres que algunos japoneses despistados anhelan fotografiar para sus recuerdos de civilización muerta.

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2 comentarios en “El hartazgo de los resignados

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